Volver una vez más a Emilio Lledó, el refugio de la ética

Las imágenes de este artículo pertenecen al documental «Emilio Lledó, mirar con palabras», DIRIGIDO POR DAVID HERRANZ & ALBERTO BERMEJO y perteneciente a la serie «IMPRESCINDIBLES» de RTVE PLAY

Emma Rodríguez © 2022 /

Emilio Lledó lleva toda su vida dialogando con los clásicos griegos, manteniendo en pie sus enseñanzas. Libro a libro ha ido levantando una filosofía del ahora que tira de los hilos del ayer para encontrar sentidos, para responder a las preguntas que la actualidad obliga a replantearse una y otra vez. A sus 95 años, este hombre no deja de asomarse al presente, a las noticias, con clarividencia. Los sinsabores de los acontecimientos no le impiden seguir cultivando sus principios, su capacidad para el “bienser”. El suyo es un trayecto de fondo, de resistencia, un recorrido coherente que parte de una raíz muy profunda, la necesidad de la buena educación para seguir manteniendo robusto el árbol de las humanidades, de la convivencia, de la democracia. 

En esta época de ruidos, en la que la intimidad está dejando de ser un valor, porque todo tiende a exponerse en el escaparate de las redes, él sigue mirando hacia dentro y escribiendo, trazando surcos en el tiempo. Encerrado en su estudio, en compañía de sus autores de cabecera, Lledó ha compuesto un nuevo ensayo que entrega a lectores dispuestos a parar, a reflexionar, a contemplar. Se trata de Identidad y amistad. Palabras para un mundo posible, y en su prólogo nos dice: “En nuestro tiempo, abrumado por continuas noticias en las que intuimos el consabido término de “género humano”, se está configurando, poco a poco, el desgénero humano”. Una degeneración que, en la medida de lo posible, habría que luchar por regenerar”. 

En Lecturas Sumergidas el filósofo es una compañía inspiradora. Muchas veces nos hemos acercado a su obra en busca de asideros, de esperanza para mejor surcar las corrientes turbulentas del hoy. Una vez más he querido yo aproximarme a sus orillas, abrir esta «Ventana propia» a sus paisajes, a sus palabras. Una experiencia enriquecida con la visión del documental «Imprescindibles», magnífico acercamiento al protagonista. Quienes hemos leído al filósofo volvemos a encontrarnos con los afluentes de su pensamiento, con su empecinamiento en seguir confiando en las humanidades, en sus frutos. Este nuevo libro vuelve a recorrer senderos ya trazados. Los reconocemos y agradecemos volver a depositar nuestras pisadas sobre sus tierras renovadas. La lectura de Lledó produce el efecto de poner de nuevo ante nuestros ojos evidencias que habíamos olvidado, valores casi en desuso, herramientas para el vivir sin las cuales somos incapaces de percibir lo que verdaderamente es importante, de despejar el horizonte de la vida de búsquedas y objetivo superfluos.

El de Emilio LLedó es un trayecto de fondo, de resistencia, un recorrido coherente que parte de una raíz muy profunda, la necesidad de la buena educación para seguir manteniendo robusto el árbol de las humanidades, de la convivencia, de la democracia.

Tal vez el concepto más problemático de nuestro tiempo, tan lleno de palabras problemáticas, sea el de la ética”, escribe en el capítulo El refugio de la ética, frase de la que me apropio yo para titular este artículo. Porque ese es el espacio que nos entrega una y otra vez este pensador que tiene el don de ver entre las espesuras, de hallar claros de entendimiento. El comportamiento ético parece estar cada vez más lejos de los hombres y mujeres del siglo XXI, y su falta es clave para entender la deriva de las sociedades que habitamos. Sepultado bajo ríos de relativismo, de cinismo, de mentiras, de convencimiento de que “todo vale”, su ausencia impide, como argumenta el filósofo, que seamos capaces de apresar el verdadero significado de términos como democracia”, “libertad”, “derechos humanos, verdad”, “educación”. A base de repetirse, de ser rozados continuamente, de ser manoseados en los medios de comunicación, en los discursos políticos, se han convertido, nos dice, en “conceptos petrificados, inmóviles”.

Por la facilidad de oír, repetidas hasta el ofuscamiento, esas palabras, empezamos a dejarlas escurrir por nuestra mente sin preocuparnos por lo que quieren decir y a lo que nos comprometen. / Semejante tendencia se debe sobre todo a dos posibles causas: o no nos planteamos el saber lo que significan, o no nos importa nada lo que puedan significar, porque estamos ya lejos de cualquier comportamiento ético, lejos de cualquier compromiso. Ambas actitudes son el germen de la corrupción mental, de la destrucción de la humanidad: ese horizonte al que tiene la obligación de tender y construir el “animal que habla”, voy leyendo. 

Este arranque me parece esencial por lo que decía anteriormente; porque se trata del territorio al que Lledó nos conduce a lo largo de toda su trayectoria, y porque, de repente, su argumentación tiene la capacidad de despertarnos, de sacudirnos esos grumos mentales que a él tanto le gusta mencionar y que, de forma inevitable, ofuscan la mente atenta a la actualidad, a la inmediatez, incapaz de quitarse la camisa de fuerza de las verdades asumidas, del control social. 

Como es frecuente en Emilio Lledó, el rastreo por los orígenes del concepto de ética (a partir de éthos, lugar de refugio, guarida), resulta esencial, pues a partir de ahí empieza a extenderse una especie de alfombra sin fin. Ese lugar de refugio nos lleva a la construcción del espacio íntimo, un espacio acorde a los deseos de los seres humanos, a sus logros y necesidades. Un espacio propio, “ideal”, en el que reconocernos; “una protección de la vida individual, de la concreta existencia de cada ser”. He ahí el inicio de la ética, que adquiere todo su sentido “a través de los vínculos de la familiaridad y la amistad y más allá del bien individual, el bien colectivo, la “ciudad de palabras” que Platón decía, donde se realizaba la verdadera vida, la vida de la polis, la vida política”, sigo las argumentaciones del filósofo. 

En este ensayo que tengo entre las manos, Lledó se plantea una pregunta que no pocos nos hacemos y que ya se formulaba en un escrito platónico en el que Sócrates dialoga con Calicles. “¿Cómo hay que vivir? Una pregunta que le lleva a reflexionar sobre la libertad, sobre su delicado cultivo, porque no puede ser plena sin tener en cuenta a los otros, a los círculos de conocidos, a los amigos, a todos nuestros semejantes. La comunicación, el uso del lenguaje, de las palabras, es básico para el buen entendimiento, para la convivencia, para la vida en comunidad; de ahí la importancia de la educación. En el trayecto que se propone, repito, el autor ilumina, pone el foco sobre conceptos trillados, faltos de sentido por el exceso de uso o por la utilización interesada.

La ética adquiere todo su sentido “a través de los vínculos de la familiaridad y la amistad y más allá del bien individual, el bien colectivo», escribe EMILIO Lledó en su último ensayo «Identidad y amistad. El mundo como posibilidad».

Emilio Lledó recupera la esencia de términos como democracia y, de repente, nos lo muestra renovado, en todo su esplendor. ¿Cómo habíamos olvidado todo esto?, nos preguntamos. ¿Cómo es posible que hoy tanta gente apoye corrientes fascistas que para nada respetan los principios democráticos? ¿Qué ha fallado? Todas estas preguntas acuden a nosotros cuando nos sumergimos en la lectura del ensayo. Evidentemente algo no va bien en la educación, en la deriva de los medios de comunicación, en la manera en que determinados políticos lanzan mensajes cargados de manipulación, de mentiras. “Democracia, nos recuerda Lledó, “es, radicalmente, una forma de vida, una armonización del vivir, una conformación de la existencia humana. Una conformación, pero no un conformismo. Si hay un aspecto determinante del concepto “democracia” es el inconformismo, la no aceptación de un poder que la tradición, los intereses de distintas formas de oligarquía, los fanatismos religiosos, las inercias mentales, hubieran impuesto sobre los individuos”. 

Alude el filósofo a la “necesidad de vivir” frente al “exceso de sobrevivir”, alentado por la sociedad de consumo. Señala que “el aprendizaje de la racionalidad se tiene que dar juntamente con el de la sensibilidad, con todo ese inabarcable mundo de la amistad”. Elogia, partiendo de las enseñanzas de los griegos, “el ideal de la bondad, del hombre decente”. Afirma que “el espacio colectivo necesita el equilibrio que la justicia ofrece y que permite compensar y modificar el innato egoísmo”; porque “la justicia es una forma de bondad socializada que fecunda la convivencia”. 

«Si hay un aspecto determinante del concepto “democracia” es el inconformismo, la no aceptación de un poder que la tradición, los intereses de distintas formas de oligarquía, los fanatismos religiosos, las inercias mentales, hubieran impuesto sobre los individuos”, señala el filósofo.

La “confabulación de relaciones” es la que hace posible la vida humana, es una de las máximas de este ensayo que recupera significados que deberían estar más presentes en nuestras vidas. Pero no basta con hablar de bondad, de honestidad, de convivencia, hay que otorgar a esas palabras su sentido profundo para poder convertirlas en hechos, en acciones, en formas de ser individuales que van forjando la estructura colectiva. El diccionario Lledó está lleno de conceptos nobles, conceptos que no suelen ocupar titulares. Hoy la mentira parece estar ganando la batalla, pero es la verdad la que nos eleva. “La verdad necesita la experiencia y el compromiso del decir. Hay que estar, en cierta manera, allí donde decimos. Hay que recorrer un sendero hasta alcanzar lo que pretendemos decir”. 

Emilio Lledó. Fotograma del documental «Emilio Lledó, mirar con palabras» (RTVE Play).

No hay amistad sin verdad, sin libertad, sin sinceridad. “La sinceridad es un problema de transparencia y oscuridades. Si somos libres, no estamos amarrados ni entorpecidos para pensar, somos libres para decirnos el saber, para iluminarnos la opinión, para confirmarnos en la idea, en lo que vemos. Y, si no es suficiente la claridad de nuestra visión, hay que seguir adelante en el camino, es decir, buscar la verdad de lo que pasa, de lo que nos pasa”, vamos leyendo.

Nos indica el filósofo que vivir en sociedades maleadas, corruptas, no debe impedirnos seguir pensando “en salidas ideales, en senderos que pudieran hacerse transitables”. Sostiene, en otro momento, que “vivir es, a pesar de todo, no renunciar”, a los ideales, “y no aceptar tampoco su falsificación”. ¿Acaso la práctica de la maldad, las acciones egoístas, interesadas, han de hacer que anulemos el ejercicio del bien, la práctica de la bondad? ¿De qué manera los actos bondadosos pueden contagiarse e influir en la conformación de sociedades mejores? ¿Podrían cambiar las cosas si en los medios de información se valorara y se prestara más atención a las acciones altruistas, a la gente que lucha por el bien común?

De manera cristalina, inspiradora, Lledó nos hace llegar este mensaje “La bondad tiene que ver con lo que se es, con lo que se puede llegar a ser. Pero, así como la verdad se hace presente como camino que hay que recorrer con la experiencia de las cosas, con el mundo, con la mente y la racionalidad, la bondad se nos manifiesta como un camino interior, como un ser que somos, como un proceso también de racionalidad, de coherencia, pero, sobre todo, de sensibilidad, de sentimiento”.

Nos indica LLedó que vivir en sociedades maleadas, corruptas, no debe impedirnos seguir pensando “En salidas ideales, en senderos que pudieran hacerse transitables”. Sostiene que “vivir es, a pesar de todo, no renunciar”, a LOs ideales, “y no aceptar tampoco su falsificación”.

Más adelante expone: “En el fondo de cada ser individual existe un principio, una ética de la singularidad que alumbra ese territorio del Bien, del no dañar, del no dañarse. Esto implica una forma de alegría, un gozo peculiar, un estar del ser, que se acoge y afirma ante el horizonte de lo bueno. En ese sentido, bueno es lo que no daña. Precisamente la maldad, que también aparece en el ser individual, es una degeneración de ese horizonte de “philía”, tal vez provocado no tanto por diversas charcas genéticas sino, sobre todo, por el abandono, la ignorancia, la incultura, la miseria y la bestialidad en la que determinados individuos, por desgracia, crecen”.

Uno de los grandes méritos de esta entrega, en mi opinión, es poner frente a nosotros los horizontes de lo ideal, de los ideales. “Ese impulso que lanza a la existencia humana a buscar, en sus deseos, algo más que la satisfacción de las necesidades elementales y las complejas formas con que la riqueza supo engañar, con el adorno de esas necesidades, los más primitivos instintos”, argumenta el pensador.

Entre esos ideales también se encuentra la belleza, su búsqueda a través de la mirada, de la contemplación. La capacidad de asombro, me atrevería a decir, también se está perdiendo en estos entornos del ahora que lo muestra todo en el escaparate. Todo está al alcance de nuestras manos, pero pasamos tan rápidamente ante ello, que apenas lo disfrutamos, movidos por el ansia de la novedad permanente. La magia del asombro titula Lledó otro capítulo en el que se enfrenta al estudio de los fondos de la amistad, del material afectivo, de la historia de los sentimientos. Aquí se hace acompañar de la Ética nicomáquea de Aristóteles, tan querida para él, y de la Ilíada de Homero, concretamente del canto XXIV en el que Príamo reclama a Aquiles el cadáver de su hijo Héctor, un momento de gran dramatismo que nos asombra por su sorprendente resolución, pues el padre, pese al dolor por la pérdida, es capaz de adoptar un actitud serena, tolerante, en la que incluso cabe la admiración por quien segó la vida de su hijo. 

En la otra ladera del dolor y la desesperación se dibuja el horizonte sorprendente de la amistad”, escribe el autor en este hermoso tramo del recorrido que se detiene en el “sentir”; en la “asombrosa frontera de la percepción”; en el “convite afectuoso”; en ese “acoger con muestras de afecto, acariciar, besar”. Todo se desarrolla en el espacio del diálogo, del intercambio, de la comunicación con los otros, en esa “hermandad del existir”. “El gozo de los sentidos es el gozo de la vida, el reconocimiento de la compañía, la victoria sobre la soledad”.

Emilio Lledó. Fotograma del documental «Emilio Lledó, mirar con palabras» (RTVE Play).

Voy avanzando por las páginas de Identidad y amistad a grandes zancadas, buscando los subrayados, hilando sentidos. Es mucho lo que ofrece esta entrega que tanto engloba los temas, los motivos de análisis, las referencias y querencias que han animado el recorrido filosófico, y no solo, también vital, de Emilio Lledó. Llegada a este punto me decido a elegir algunos pasajes, correspondientes a distintos capítulos, que me parecen especialmente significativos:

Educación para la democracia.

En la “pedagogía” de la vida, además de la escuela o los medios de comunicación, están también las condiciones sociales que constriñen y aprisionan toda consciencia. Esa realidad familiar en la que hemos nacido y que acompaña a buena parte del desarrollo físico y mental del individuo, nos determina y nos constriñe. Por eso, en la organización de la sociedad tiene que haber una conciencia ética aprendida ya desde la inmensa y múltiple pedagogía de la vida que libere a cada ser individual del exclusivo sentimiento de pertenencia a una patria, a un clan, a una oligarquía de poder económico e ideológico, para que se pueda superar la miseria real, la pobreza con que se alimenta siempre la ignorancia. Hay que ir despertando, por muy lento que vaya ese despertar, el despejado horizonte que expresa esa otra palabra griega llegada hasta nuestro tiempo: “filantropía”.

Conócete a ti mismo.

Nosotros que vivimos, al parecer, en la sociedad de la desmemoria y que, a pesar de todo, creemos que el pasado es una pieza fundamental en el edificio de la inteligencia, podríamos extrañarnos de que Nietzsche afirme que “solo mediante el olvido puede uno llegar a figurarse que está en posesión de una verdad”. Tal vez porque el olvido es, aquí, inicio, origen, para una nueva forma de iluminación del propio ser. Un olvido de las palabras que consiste, paradójicamente, en descubrir, con el dardo certero de la vida, su inerte embalsamamiento, su capacidad de hacernos pensar y vivir.

Para hacer fecundo ese olvido tendría cada persona que empezar su segunda navegación, partiendo, efectivamente, del conocimiento de sí misma, y tomar su propio ser, si es que llega a objetivarlo, bajo una mirada crítica, y analizar, críticamente también, el lenguaje en el que se hace presente la fantasmagórica mismidad (…) El problema del conocimiento de sí mismo no podemos plantearlo si olvidamos la dificultad de objetivar esa mismidad. Sobre todo porque no hay una mismidad estática que como un espejo inmóvil sostenga el peso de nuestra mirada. No es un espejo, sino un río, un río de palabras, el supuesto fondo de nuestra intimidad”.

Identidad e intimidad.

En principio, no tenemos otra posibilidad de vernos que en esa esencial soledad, en esa subjetividad clausurada y cercada. Pero, precisamente, en ese cerco está la otra forma de duplicación. No solo nos vemos y encontramos con nosotros mismos, en el silencioso murmullo con el que, en esa soledad, nuestra vida nos habla y en la que somos lenguaje, sino que esas palabras que son el reflejo de nuestra intimidad nos abren al mundo y nos engarzan con los otros seres”.

El engarce tiene lugar como diálogo. Las palabras, el “lógos” en el que hemos nacido, no son solo un espejo en el que nos vemos, y en el que se solidifica la memoria, sino que son, además, cristal, aire que nos comunica y nos transparenta”.

Emilio Lledó. Fotograma del documental «Emilio Lledó, mirar con palabras» (RTVE Play).

Altamente enriquecedora resulta la parte final del libro, el epílogo, bajo el título de La patria de la democracia. En él nos ofrece el filósofo motivos para el optimismo, para la resistencia. Nos dice que no debemos caer en el pesimismo, pese a la realidad tan violenta del mundo en el que habitamos, y nos indica que la única forma de ir combatiendo la desinformación promovida por los “profesionales de la mentira”, es a través de la mejora de la enseñanza, animándonos a impulsar la vida colectiva, que no solo depende de políticos y “mandantes”. 

El tema de la amistad y del amor”, sostiene, “es esencial en la vida. Es un horizonte positivo, de realización creativa. Lejos de ser conceptos trasnochados, esos ideales en los que soñamos –el Bien, la Justicia, la Belleza, la Verdad…, todas esas palabras grandes que han caminado por nuestra cultura– son estímulos positivos que nos ofrecen un horizonte de posibilidad”

«Lejos de ser conceptos trasnochados, esos ideales en los que soñamos –el Bien, la Justicia, la Belleza, la Verdad…, todas esas palabras grandes que han caminado por nuestra cultura– son estímulos positivos que nos ofrecen un horizonte de posibilidad».

El ensayo culmina con una lista de 17 propósitos, a la manera de mandamientos de carácter laico, una especie de esbozo de sugerencias para empezar a imaginar sociedades mejores, tesis sobre las que levantar los principios de una verdadera democracia desde un nuevo concepto de identidad: El derecho al propio cuerpo y su sustento. / La educación de la inteligencia y la sensibilidad. / El fomento de la amistad y la justicia. / La práctica de la honradez y la veracidad. / El aprendizaje de la verdad. / El amansamiento de la violencia y la agresividad. / El ejercicio de la bondad. / La superación del fanatismo. / La cultura de la racionalidad. / El descubrimiento de la “igualdad”de la naturaleza humana. / El sentimiento de esa igualdad. / La identificación con toda vida. / El estudio de todas las categorías semejantes que subyacen en todas las lenguas. / El estudio de un catálogo de conceptos esenciales que expresen inteligencia, solidaridad, concordia, amistad, etcétera, en los que los seres humanos se identifican. / El análisis de las causas que han hecho surgir la violencia, la maldad y todos los conceptos negativos que se han levantado en la historia. / La democratización del cuerpo. / La democratización de la mente.

Emilio Lledó. Fotograma del documental «Emilio Lledó, mirar con palabras» (RTVE Play).

Pienso ahora, a punto de finalizar este artículo, que si fuésemos capaces de poner en práctica muchas de estas sugerencias, podríamos impulsar cambios de rumbo. Ojalá el viento de todos los ideales aquí expresados fuese capaz de darnos alas... ¿Qué pasaría si, lejos de arrugar el entrecejo, y declarar -ya imagino esta reacción- que nuestro mundo responde a parámetros muy diferentes y que todo esto es imposible, nos creyéramos capaces de transformaciones colectivas? ¿Qué sucedería si pudiésemos abrir debates en torno a estas ideas; si pudiésemos volver a creer en esas palabras que a tantos poderes interesa que no circulen?

Emilio Lledó, como decía, abre ante nosotros el espacio de la ética y de los ideales que han regado las humanidades y la cultura desde las fuentes del pasado. En un momento de la historia complejo, con avances científicos y tecnológicos increíbles, pero incapaces de frenar el daño al planeta, la guerra, el fascismo, las desigualdades sociales, el racismo, los fanatismos y tantas y tantas cosas, la lectura de este ensayo nos permite ensanchar la mirada y creer en esos horizontes de posibilidad de los que habla el filósofo. Esta obra nos hace recuperar un poco de luz, visiones y sentidos altamente inspiradores.

  • Identidad y amistad. Palabras para un mundo posible, ha sido publicado en la editorial Taurus.
  • También os animamos a leer estos dos artículos de Lecturas Sumergidas con él como protagonista.

EMILIO LLEDÓ: PALABRAS, BÚSQUEDAS Y DIÁLOGOS DE UN HUMANISTA

LAS ALAS DEL PENSAMIENTO DE EMILIO LLEDÓ

  • Por último, os recomendamos el programa «Imprescindibles» sobre el filósofo.
Ver el documental «Emilio Lledó, mirar con palabras», de la serie Imprescindibles de RTVE Play.
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