Emma Rodríguez © 2026 /
En los últimos años ha crecido el interés por los libros sobre la naturaleza, los árboles, las plantas, los jardines. Nos cautivan con su sustrato filosófico, poético, testimonial, y nos acercamos a ellos como quien necesita tomarse un respiro, parar el ruido, sentir que la belleza sigue estando al alcance, cercana, esperando ser percibida. Tan faltos estamos de armonía, tan cegados por los vaivenes de la actualidad, por la aceleración de las sociedades que habitamos, que necesitamos el verde, la luz entre las ramas, la flor que nace cada primavera… Necesitamos recuperar la lentitud, el disfrute de las pequeñas cosas, protegernos de la confusión circundante de algún modo, encontrar asideros en el paisaje, en la narración. Mientras pasamos las páginas de estos libros sentimos que lo que estamos leyendo no va solo sobre los jardines, sino sobre la vida: el cultivo, la fragilidad, el cambio.
Me apresuré a leer Filosíntesis. Espiritualidad y filosofía desde el jardín, de Santiago Beruete, consciente de todo ello, ávida de esos nutrientes, y me resulta difícil apresar todo lo que aporta esta hermosa, inspiradora y estimulante entrega, que, a la manera de un torrente de ideas, de diálogos, de reflexiones, cae sobre nosotros y nos libera del letargo. Como “un manual de autodefensa filosófica y un tratado de jardinética”, define su obra el autor, filósofo, docente y cultivador, en el más amplio sentido de la palabra, que lleva tiempo animándonos a aprender de las plantas, que entiende la importancia de la siembra en los campos y en las mentes, a través de la educación.
Tras títulos como Jardinosofía, Una historia filosófica de los jardines, Verdolatría: la naturaleza nos enseña a ser humanos y Aprendívoros: el cultivo de la curiosidad, que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas, opta Beruete por condensar, a través de textos breves de carácter aforístico, que son fragmentos de luz, pequeños aldabonazos en la conciencia, todo lo que ha ido investigando y aprendiendo a lo largo de su trayecto. “Permíteme, apreciado lector, que te diga algo sobre el libro que tienes entre tus manos: es fruto de la fertilización cruzada entre jardinería, literatura, educación y espiritualidad. Ha crecido en la intersección de esos campos como un árbol en un cruce de caminos. Bajo su plácida sombra te invito a repensar muchas de las cosas que dabas por sabidas y a interrogarte acerca de otras que ni siquiera te habías planteado”, indica el autor.

Por mi parte, antes de pasar al diálogo mantenido con él a través de correo electrónico, no me resisto a añadir algunos apuntes personales: una vez acabada la lectura, fui consciente de que Filosíntesis es una de esas obras para ser leídas, repasadas, a pequeños sorbos, día a día, motivados por el encuentro de una inspiración, una idea a la que darle vueltas, un asunto para el debate, un acicate para seguir adelante y ver la realidad de otra manera. Y puede hacerse en desorden, abriendo al azar cualquiera de sus páginas, deteniéndose en uno u otro de sus párrafos numerados.
Son muchas las ventanas que abre este libro que llama a la apertura de las mentes, al combate contra el conformismo. En él se despliega un mapa de complicidades, de afinidades, un trazado de puentes con otros autores, con otras lecturas. Asoman historias, narraciones, curiosidades, que se van intercalando en el camino con datos de investigaciones, viejos y extraños libros desempolvados, aprendizajes de vida. Mientras seguía sus rutas, me sorprendían obras citadas que desconocía y también acudían a mí novelas como las del autor estadounidense Richard Powers, que tanto animan a cuidar de nuestro planeta y de todos los seres vivos que lo habitan. En un momento dado alude Beruete a los personajes de ficción que nos enseñan a vivir. “Todo libro inolvidable”, apunta, “emite una radiación de fondo que perdura mucho tiempo después de haberlo leído y que trastoca para siempre la visión del lector”.
«Filosíntesis» es una de esas obras para ser leídas a pequeños sorbos, día a día, motivados por el encuentro de una inspiración, una idea a la que darle vueltas, un asunto para el debate, un acicate para seguir adelante.
A medida que avanzaba por los distintos tramos de Filosíntesis, por sus capítulos en tinta verde, la estructura, así como las búsquedas de la obra, me llevaban a pensar en otra experiencia de lectura: las Meditaciones de Marco Aurelio. Aquí, partiendo de las plantas, de la vida vegetal, de los jardines, también se plantea una visión de lo que debería ser la buena vida, cercana a la ética, al respeto a la Tierra, a la convivencia, la bondad, la fraternidad…
Así se lo planteo a Santiago Beruete como arranque a nuestro intercambio y su respuesta es la siguiente: “Me gusta imaginar el libro como un caleidoscopio filosófico que aborda retos existenciales tanto individuales (amor, muerte, salud mental, fe, esperanza…) como colectivos (la crisis climática en curso, la educación, la desigualdad socioeconómica, la dictadura del algoritmo…) «Filosíntesis» está emparentado, salvando las distancias, con el “ars combinatoria” de Ramón Llull, el “Oráculo manual” de Baltasar Gracián, los “Adagios” de Erasmo de Rotterdam, y las “Meditaciones” de Marco Aurelio, entre otras obras y autores que, sin renunciar a sus aspiraciones estéticas, escribieron manuales de autodefensa y supervivencia filosófica para navegar la complejidad de su siglo con la ayuda de una brújula espiritual o, si se prefiere, ética. Por así decirlo, todas esas obras buscaron «un orden caleidoscópico» en el caos reinante en su época”.
– Estamos ante una obra muy vivaz, apasionada, combativa. ¿Cuál es la mejor manera de acercarse a ella?
– El libro traza un puente entre la prosa sapiencial y la poesía visual del jardín, al tiempo que promueve una conciencia crítica y autorreflexiva de la biosfera y defiende el humanismo radical. Su programa se resume en la afirmación inquebrantable de una sola humanidad como parte de un «Todo vivo», de un «nosotros sapiens» que comparte la casa común del mundo con los otros vivientes no humanos. Únicamente si ese sentimiento de comunidad planetaria prevalece sobre las mil y una formas de violencia, lograremos poner freno a la degradación de la biosfera y desviar el rumbo suicida de la sociedad tecnocapitalista.
La obra no exige una lectura lineal. Cada lector puede pasearse por sus páginas siguiendo su propio itinerario, conforme a un ars combinatoria de su elección. Filosíntesis es un ejercicio de filosofía indisciplinada, en un sentido literal y figurado, que no se ciñe a caminos trillados y admite múltiples lecturas. No intenta probar nada, sino alentar el cuestionamiento permanente y animar a hacernos mejores preguntas, dar motivos para reflexionar y fomentar el gozo de pensar crítica y creativamente.

– La defensa del pensamiento crítico, siempre unido a la curiosidad, a la capacidad de asombro, es uno de sus grandes pilares.
– Soy de los que creen que el pensamiento crítico salva vidas. El escepticismo refuerza el sistema inmunitario de nuestro intelecto y nos previene contra los delirios colectivos. Más peligrosa, si cabe, que la entropía climática y la carrera armamentística; que la crisis medioambiental en curso y la proliferación nuclear, resulta el desprecio de la razón humana y la credulidad. En la guerra no declarada, pero cada vez más recrudecida, por secuestrar nuestra atención, apoderarse de nuestros datos y adueñarse de nuestras mentes, urge espabilar nuestro instinto filosófico antes de que el esfuerzo de pensar por uno mismo se torne insoportable.
– En el último capítulo (Narrar el cambio que necesitamos o de la escritura) te refieres a la literatura aforística, a la escritura fragmentada, porque “solo un espejo roto puede reflejar el espíritu esquizoide de nuestra época”. Ciertamente vivimos en un tiempo fragmentado, que marcha a toda velocidad, al ritmo de los continuos avances tecnológicos. ¿Puedes reflexionar un poco sobre esto?
– La realidad cambia a un ritmo tan vertiginoso que, para darle cabida en las palabras, nos vemos forzados a inventar continuamente neologismos: dataísmo, robotlución, infoxicación, necropolítica…, entre otros muchos presagios de un incierto porvenir. Semejante proliferación de nuevos términos da medida del alud de desafíos sin precedentes a los que nos enfrentamos. El crecimiento exponencial de la tecnología, por una parte, hace cada vez más impredecible el mañana y, por otra, aviva nuestra ansiedad predictiva. Los neologismos que dan título a mis obras obedecen a esta necesidad. Los cinco títulos publicados hasta la fecha (Jardinosofía, Verdolatría, Aprendívoros, Plan(e)ta y Filosíntesis) forman un ecosistema vivo y mantienen entre sí sutiles relaciones simbióticas. Delimitan un campo semántico al que pertenecen términos como biomímesis, permaeducación, ecópolis, tecnohumanismo, entre muchos otros. A mi entender, esos conceptos encierran la simiente de un futuro esperanzador. En pocas palabras, estoy en contra de las etiquetas que restringen nuestra percepción del mundo y a favor de los neologismos, que amplían nuestro horizonte de comprensión.
– Frente a la velocidad, al caos que nos rodea, se hace necesaria la calma, la reflexión. Y ahí es donde el jardín, el huerto, la naturaleza, se convierten en un espacio de liberación, refugio, transformación. Quien se dedica al cuidado de las plantas, al cultivo de un huerto, se detiene y es capaz de parar el ruido. Quien contempla y admira la belleza de los entornos naturales ve más allá del caos dominante.
– Cultivar un huerto o un jardín se ha convertido en nuestros días en uno de los pocos gestos de genuina insumisión contra la lógica de la productividad, en una forma de desacato y de objeción de conciencia frente al consumismo desaforado, en una contracultura que reivindica el derecho a pulsar el botón de off y abandonar la frenética carrera hacia ninguna parte. Esa tendencia subversiva siempre estuvo agazapada tras el gesto de doblar los riñones para reverenciar la tierra. La cultura jardinera puede ayudarnos a transitar de la ética de la dominación a la del cuidado de la Tierra, a deshacer el malentendido de que la naturaleza nos pertenece. La solución a la emergencia climática pasa por que los humanos se vean como guardianes del jardín planetario, pues uno acaba amando todo lo que cuida y cuidando todo lo que ama. El jardín ha evolucionado de ser el símbolo por excelencia de la dominación de la humanidad sobre la naturaleza a convertirse en un ejemplo de convivencia pacífica entre personas y plantas. La historia de la jardinería ofrece una narrativa convincente acerca del camino que está llamado a recorrer el mundo entero o, dicho de una manera más poética, el jardín terráqueo.
«Cultivar un huerto o un jardín se ha convertido en nuestros días en uno de los pocos gestos de genuina insumisión contra la lógica de la productividad, en una forma de desacato y de objeción de conciencia frente al consumismo desaforado».
– Hay quienes pueden pensar que hablar de jardines en un presente tan conflictivo no tiene sentido. ¿Qué les respondes? Te refieres a la filosofía y a la naturaleza como “fármacos para el espíritu”. ¿Iría por ahí la respuesta?
– Nos podemos preguntar por qué hablar de jardinería habiendo tantos y tan acuciantes problemas y retos existenciales. La respuesta es clara: porque la experiencia del jardín ofrece un lenguaje universal, unos símbolos comunes y una narrativa compartida por todos los terrícolas, sin importar su lugar de procedencia, estatus, ideología o credo. Y por si todo esto no fuera suficiente, el verbo «ajardinar» transmite tanto un ideal de vida como un proyecto de sociedad presidido por el cuidado y la belleza. El jardín representa el eslabón perdido entre el mito y la ciencia, entre la ética y la estética, entre la humanidad y la naturaleza. Precisamente por eso, puede ayudarnos a imaginar un futuro diferente al que parecemos abocados. La civilización se inició con los intemporales gestos de los jardineros (cavar, plantar, podar, regar…), cuando nuestros antepasados cazadores-recolectores abandonaron la vida nómada y comenzaron a cultivar la tierra. Nos hallamos ante un reto de una envergadura parecida al que supuso la revolución agraria. Se nos plantea una vez más el viejo dilema: adaptarnos o desaparecer, desarrollar una nueva cultura planetaria o afrontar un catastrófico cambio climático. El hijo desnaturalizado de la madre Tierra debe decidir si se relaciona con ella como depredador, huésped o socio; si escribe el guion de la transformación o interpreta el papel de víctima de una tragedia anunciada.
– ¿No merece la pena hablar y tener presentes los jardines simplemente porque nos llevan, como dices, a “visibilizar un mundo en paz y armonía para todos”? A mí me parece que simplemente por esto merece mucho la pena tenerlos presentes, hablar de ellos, darles la importancia que merecen.
– Soy de los que creen que el mejor antónimo de guerra es jardín. Ese trozo de tierra cultivado y acordonado para disfrute o provecho humano es un símbolo de la paz más convincente que la paloma blanca o la rama de olivo. Se podría afirmar asimismo que ajardinar la selva de nuestros instintos agresivos o destructivos es el cometido de la cultura. Las plantas cultivan, en los que las cultivan, cualidades como la paciencia, la calma, la confianza y la humildad. Las virtudes implícitas en la creación y el cuidado de un jardín o un huerto representan la antítesis del instinto bélico o el ardor guerrero. Las personas recurren a la jardinería en tiempos de emergencia ecosocial, no solo para corregir el déficit de naturaleza sino también de significado, para reencontrarse con la fantasía tangible de un mundo más hermoso y justo. El jardín se sitúa a medio camino entre Arcadia y Utopía, entre el mito y el ideal, entre el paraíso perdido y el prometido, entre la añoranza y la promesa. Tal vez su emoción fundacional sea la nostalgia de un glorioso pasado común, pero su razón de ser consiste en visibilizar un mundo en paz y armonía para todos.
«Las plantas cultivan, en los que las cultivan, cualidades como la paciencia, la calma, la confianza y la humildad. Las virtudes implícitas en la creación y el cuidado de un jardín o un huerto representan la antítesis del instinto bélico o el ardor guerrero».
– Hablas de los jardines, de tu pasión y conocimiento de estos, pero la imagen, el símbolo del jardín, nos lleva también a visualizar nuestro interior, el cuidado de nuestros jardines interiores; a recobrar la dimensión de lo espiritual, el sentido sagrado que hemos perdido. Esto se refleja muy bien en Filosíntesis y me parece esencial. Desde esta perspectiva el libro conecta con nuestras preocupaciones sobre cómo afrontar el tiempo que vivimos y prepararnos para las turbulencias que nos esperan.
– Si entendemos la jardinería como una «actitud», podemos hablar con propiedad de periodistas, arquitectos, profesores, médicos… jardineros. Todos estos profesionales se distinguen por la misma vocación de cuidar y cultivar. Calificarlos de humanistas tiene todo el sentido, ya que ese término proviene del vocablo latino humus, la tierra fértil de plantación. Además de un sustantivo, jardinera o jardinero es un epíteto aplicable a quienes sienten amor por lo que hacen. Su trabajo representa no solo un medio de vida, sino una fuente inagotable de satisfacción. Al contemplar el paisaje de nuestras vidas, a quién no le gustaría visualizar un jardín más que un erial, un páramo o una selva. He ahí una buena razón para comportarnos como jardineros durante nuestro tránsito por esta Tierra y afanarnos en convertir nuestro rincón del mundo en un vergel. No hay mejor metáfora visual de una buena vida ni un símbolo más ilustrativo de una mente cultivada que ese trozo de naturaleza cultivada para provecho y disfrute humano. Muchos de nosotros somos incapaces de imaginar una dicha completa sin el verdor de las plantas.

– La idea de la necesidad de transformación, de cambio, está presente en todo el recorrido. “No nos queda más remedio que cambiar nuestras prioridades vitales” / “No podemos seguir así” / “La época de la abundancia ha tocado a su final”… ¿Por qué resulta tan difícil convencernos de que los cambios pueden ser para bien; de que decrecer cuando las necesidades básicas están cubiertas no tiene por qué ser fatal; de que la plenitud en la vida no depende del dinero? El libro plantea una gran pregunta: “¿Es posible “cambiar sin tragedia”?” ¿Cuáles son los cauces que se abren?
– Todo indica que nos estamos acercando peligrosamente al borde del precipicio de la catástrofe climática. Ahora bien, ¿cuánto tiempo más podremos seguir actuando como si no pasase nada? Sabemos que el camino por el que avanza nuestra sociedad tecnocapitalista está cortado. Podemos optar por aminorar el paso, según proponen los «decrecentistas», a fin de retrasar lo inevitable y ganar tiempo. Otra posibilidad es acelerar la marcha de la geoingeniería y, tal como sugieren los «tecnosolucionistas«, dar un salto en el vacío, confiando en no despeñarnos y caer de pie al otro lado del abismo. También cabe la alternativa de continuar como si tal cosa, realizando gesticulaciones grandilocuentes y conjurando el temor a un desastre anunciado con el sortilegio de la sostenibilidad, el biomimetismo o la economía circular, entre otros eufemismos convenientes para seguir hablando de crecimiento ilimitado sin nombrarlo. Llevamos demasiado tiempo creyendo lo que nos conviene creer para no tener que modificar nuestro inviable estilo de vida.
Todos y cada uno participamos, con diferente grado de conciencia, en un experimento climático a escala planetaria. No podemos decir que no estábamos avisados. Llevamos décadas hablando de huella ecológica, efecto invernadero, concentración de partículas de carbono en la atmósfera y demás indicadores que permiten vislumbrar el sombrío futuro que, de seguir así, nos aguarda. ¿A qué esperamos para reaccionar antes de que la situación empeore? ¿Por qué seguimos tomando iniciativas cosméticas y engañándonos a nosotros mismos, en vez de gestionar lo inevitable? ¿Cómo es posible que hayamos cambiado la biosfera de forma irreparable y no seamos capaces de transformar nuestra propia conciencia? Semejante parálisis obedece menos a la apatía o al escepticismo que a la falta de fe en el progreso. Nuestra civilización corre el riesgo de colapsar porque las ficciones culturales que la sustentan ya no resultan creíbles, han perdido su poder de fascinación.
– ¿Crees que no se está contando bien, de manera motivadora, la necesidad de modificar el estilo de vida, las costumbres, las mentalidades, ya en el tiempo de descuento en el que estamos frente al cambio climático, al deterioro de los espacios naturales, a la extinción de tantas especies?
– La cultura jardinera plantea una contranarrativa a los mitos del crecimiento ilimitado, la singularidad y la superioridad humana y la fe en el progreso material desligado del espiritual. Puede ayudar a sembrar en el inconsciente colectivo las semillas de una cosmovisión biocéntrica, que celebre una relación con el planeta no basada en la rapiña, el extractivismo y el consumismo desenfrenado, sino en el cuidado, el respeto y el conocimiento. Necesitamos una nueva fe, alternativa a la religión del consumo, el despilfarro y la celeridad, que nos infunda el fervor para creer que otro mundo es posible. Esa narración debería redefinir nuestra identidad terrícola y alentar una nueva conciencia crítica y autorreflexiva de la biosfera, antes de que nos encontremos en un mundo “postnatural” en el que todo sea naturaleza humana, manufacturada en mayor o menor medida. Esa no es la realidad en la que a una mayoría de nosotros nos gustaría vivir.
«La cultura jardinera plantea una contranarrativa a los mitos del crecimiento ilimitado, la singularidad y la superioridad humana y la fe en el progreso material desligado del espiritual. Puede ayudar a sembrar en el inconsciente colectivo las semillas de una cosmovisión biocéntrica».
– ¿Cómo explicar, narrar de forma convincente, que lo que puede llegar es mucho mejor que lo que tenemos? Los datos no parecen bastar. Y de fondo está la resistencia de las grandes corporaciones, de los medios de comunicación, que siguen contando las narrativas capitalistas, neoliberales, de la acumulación y el consumo como principales objetivos. Lejos de vislumbrar horizontes de futuro en paz, igualdad, armonía, respeto y convivencia entre todas las especies, hoy se nos inculca la necesidad de la guerra.
– Que las personas cambien de hábitos y se comprometan con la sostenibilidad, el decrecimiento o la justicia social no depende de añadir más evidencias del calentamiento global, la extinción de las especies o la contaminación atmosférica, ni tampoco de elaborar argumentos más convincentes sobre la urgencia y la magnitud del problema o aportar cifras más abrumadoras sobre el aumento de la temperatura, el nivel de los océanos o la concentración de partículas nocivas en el aire o de microplásticos en las aguas de los mares. La solución ahora requiere persuadirles con un relato, alternativo a la cultura del despilfarro y la celeridad, que corrija nuestra tendencia a normalizar lo anormal y a olvidarnos de que somos hijos de la biosfera. El camino del progreso nos ha conducido a una encrucijada. Nivel de gasto y calidad de vida han dejado de ser sinónimos. Se nos plantea el dilema de si es posible bajar el consumo incrementando el bienestar de las personas. Una conciencia medioambiental crítica diferencia entre crecer y prosperar, pues ambos verbos se han convertido en antónimos.
Cada vez resulta más difícil imaginar el futuro sin visualizar escenarios de pesadilla. La distopía ha colonizado nuestro imaginario colectivo y ha secuestrado la esperanza. Ahora que las fantasías más desbocadas son alentadas por tecnólogos y científicos (véanse Ia IA generativa, la «geoingeniería» o el «biomejoramiento» humano, entre otras), la labor de los creadores tal vez consista en volver la mirada hacia la naturaleza en busca de un principio de realidad y esperanza y mantener viva la fe en el mañana. Antes de que lamentemos lo que no hemos hecho para revertir la crisis ecosocial, urge entusiasmar con lo que podríamos hacer para avanzar hacia un porvenir deseable.
– La “ceguera vegetal” que padecemos, fundamentalmente por la arrogancia humana de creernos el centro del universo, es una de las ideas esenciales del recorrido. Ser conscientes de que esa ceguera nos impide aprender del mundo vegetal, de su creatividad, de su capacidad para mostrarnos el camino hacia “una fuente de energía inagotable y no contaminante” ya sería un magnífico punto de partida para el cambio que necesitamos.
– Aunque la alianza con las plantas ha posibilitado el imparable progreso de la humanidad, seguimos viéndolas como formas de vida jerárquicamente inferiores, poco más que cosas, «meros» vegetales. Llevados por ese delirio de grandeza, nos hemos ido convirtiendo en los amos del planeta, mientras despilfarrábamos los recursos naturales con imprudente temeridad y llevábamos el jardín terráqueo al borde del colapso. No podemos resolver los problemas causados por nuestra forma antropocéntrica de pensar siguiendo los mismos hábitos mentales que los causaron. Estamos empezando a comprender que, sin la ayuda de las plantas, jamás lograremos solventar la emergencia ecosocial y revertir la degradación de la biosfera. Hoy, como ayer, como mañana, el destino de la humanidad depende del reino vegetal.

Nos gusta pensar que somos los protagonistas de la historia natural, pero, desde la perspectiva de las plantas, los humanos somos unos recién llegados a la fiesta de la vida. Nuestra dependencia de ellas es tal que, si estas desaparecieran súbitamente, no viviríamos para contarlo. Pero si fuera al contrario, una exuberante vegetación no tardaría en repoblar la superficie de la Tierra y en colonizar las ruinas de nuestra civilización, que rápidamente se precipitaría en el verdor del olvido. En cuestión de unos pocos siglos, no quedaría apenas huella de nuestro paso por este mundo. La vida en el planeta seguirá su curso con o sin nosotros. No es un secreto para nadie que el 99 % de las especies que habitaron en la Tierra se extinguieron. La única manera de evitar las consecuencias catastróficas de nuestras conductas ecocidas es cooperar en vez de luchar con la naturaleza.
– Caminemos hacia una “cosmovisión biocéntrica”. ¿Puede servir esta frase como resumen? ¿Cómo explicarle a alguien no dispuesto a cambiar, a modificar nada en su modo de vida, en qué consiste esa cosmovisión y cuáles pueden ser sus beneficios?
– Tras los millones de nombres de los vivientes se encuentra la unidad sagrada de la naturaleza. Nadie sensible a su belleza carece de espiritualidad. Las personas que comparten esta visión biocéntrica, ecosistémica, holística, llamadla como queráis, experimentan un asombro reverencial por las plantas, los animales y el resto de las criaturas, grandes y pequeñas. Se sienten formando parte de un «Todo vivo»: un ser hecho de muchos otros seres, que supera nuestra capacidad de comprensión y nos trasciende. Podéis llamarlo Alma o Inteligencia del Mundo, Energía, Absoluto, Dios, Gaia, Espíritu o como queráis. Es lo de menos. El hecho de que todos los pobladores del planeta tengan un origen común nos debería servir de cura de humildad y prevenirnos contra la perniciosa arrogancia de sentirnos superiores. El compartir el ADN con los otros vivientes nos arraiga y religa, pero también comporta una gran responsabilidad. Debemos extraer de esta evidencia científica una lección espiritual tan consoladora como exigente: porque no estamos solos en este mundo, estamos obligados a cuidar de los que nos cuidan.
– ¿Hasta qué punto nos han convencido de que la tecnología nos salvará? ¿Cómo romper esa narrativa paralizante?
– Nos engañamos pensando que la tecnología es la respuesta a una pregunta eminentemente filosófica: cómo vivir de la mejor manera posible. Cuanto antes nos demos cuenta de que la solución definitiva a los problemas que nos afligen no vendrá de la ciencia ni de las aplicaciones tecnológicas, sino de la transformación de nuestro sistema de creencias, antes reaccionaremos. La transición hacia una sociedad descarbonizada, además de energética y digital, debe ser también espiritual o ética. Si no incorporamos a nuestro código de conducta los valores de la moderación, la prudencia, la veracidad y el espíritu crítico, que identifican a los amantes de la sabiduría, no podremos avanzar hacia una sociedad más justa, y no solo climáticamente hablando.
«El hecho de que todos los pobladores del planeta tengan un origen común nos debería servir de cura de humildad y prevenirnos contra la perniciosa arrogancia de sentirnos superiores».
– “Cómo mantenerse sano y cuerdo en una sociedad enferma” es otra idea clave. ¿Cómo “fabricar nuestra propia brújula interior”? Despertar el instinto filosófico, la curiosidad, la capacidad de maravillarse; confiar en la buena enseñanza, en esos buenos maestros que no se limitan a secundar la retórica empresarial, de los beneficios, de la productividad, sino que se afanan en cultivar el pensamiento y en estimular la imaginación; huir del conformismo, del “no hay nada que hacer”; seguir buscando la verdad; fijarse, admirar, las “proezas de las plantas y los árboles” … ¿Añadirías algo más?
– Siempre ha habido muchos y buenos motivos para sentirse desmoralizado por la marcha de los acontecimientos, pero son aquellos que no se rinden al conformismo los que hacen avanzar el mundo. Estamos llamados a encarnar el cambio que queremos ver. La única manera de defender los valores en los que afirmamos creer es practicarlos.
– Para terminar. ¿Me puedes describir tu propio jardín y contarme cómo te relacionas con él?
– Resido en la isla de Ibiza, donde hace unos veinte años transformé un trozo de bosque en un jardín de recreo y despensa. Ese fue el comienzo de esta aventura creativa. Andando el tiempo, me instalé en una casa de la ciudad vieja (Dalt Vila), cuya cubierta he convertido en una terraza ajardinada con plantas de clima mediterráneo (buganvillas, bignonias, lantanas, cicas, plumbagos, esparragueras, laurel, agaves…). Ese humilde jardín representa mi refugio y oasis de verdor.
La verdad es que cuesta dejar de seguir haciendo preguntas, pero me parece un buen final recurrir a estas palabras: “Me resisto a bajar los brazos durante la tensa espera de los malos tiempos que vendrán y me empeño en ajardinar mi rincón del mundo”.
Filosíntesis. Espiritualidad y filosofía desde el jardín ha sido publicado por la editorial Taurus.
Todas las fotografías nos han sido cedidas por el autor.









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