Santiago Beruete, lecciones en las escuelas y los bosques

Emma Rodríguez © 2021 /

Aprendívoros. El cultivo de la curiosidad, de Santiago Beruete, es uno de esos ensayos que infunden ánimo y estimulan a mantener una actitud abierta, no adormilada, asombrada, ante las circunstancias. En un presente lleno de incógnitas y de no pocas sombras, este antropólogo, filósofo, docente, escritor y jardinero nos alienta a mirar al futuro como un camino de aprendizaje, como una experiencia de descubrimiento constante. Adaptarse a las incertidumbres es el desafío que plantea el tiempo que nos está tocando vivir y para ello es necesario dominar los nuevos lenguajes tecnológicos y a la vez no perder de vista las enseñanzas de la filosofía, los espacios de las humanidades.

Este libro que tengo entre las manos es una entrega curiosa, difícil de clasificar porque en ella se entrecruzan muchas disciplinas, ámbitos diversos del saber y de la experiencia. De ahí que seguir el recorrido planteado por el autor, ya de entrada, supone ir hallando senderos de comprensión, claros que habían quedado tapados por la espesura de la sobrecarga informativa, por la velocidad de un modo de vida que nos obliga a pasar las páginas del existir sin haber digerido, interiorizado, sus sentidos. Aprendívoros es un llamamiento a la calma, a la perseverancia, a la lentitud, a la espera. El simple hecho de adentrarnos en sus planteamientos ya es un modo de parar, de escuchar, de reflexionar de otra manera sobre lo que acontece a nuestro alrededor.

Santiago Beruete es autor de títulos como Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines y Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos, dos ensayos que anticipan, son una especie de preludio del que ahora nos ocupa. Todas las investigaciones llevadas a cabo previamente entran aquí, se condensan y expanden, todas las búsquedas anteriores se entrelazan y fluyen en esta propuesta de  acercamiento a la educación desde la perspectiva botánica.

Aprendívoros es una obra que habla de escuelas, de profesores y alumnos, pero también de árboles, bosques y jardines, porque en el fondo de lo que se trata es de crecer en la diversidad, de sembrar semillas, de cultivar entornos frondosos que nutran la vida y de dar el paso a generaciones de hombres y mujeres capaces de pensar por sí mismos, preparados para desmontar mentiras, para imaginar y hacer posibles sociedades mejores. Mientras voy escribiendo soy consciente de que me mueve el deseo, la vena utópica. Pero no penséis que este libro gira únicamente en esta dirección, que también. Está lleno de luz, pero no elude plantear los conflictos, las carencias, los peligros que nos atenazan: el cambio climático, el preocupante deterioro del sistema educativo y en general de los servicios públicos…

«Aprendíveros» es un LIbro lleno de luz, pero no elude plantear los conflictos, las carencias, los peligros que nos atenazan: el cambio climático, el preocupante deterioro del sistema educativo.

“Las buenas escuelas son como un bosque, un frágil ecosistema donde todos sus integrantes están interrelacionados por vínculos simbióticos de dependencia mutua formando una malla”, sostiene el autor, haciendo hincapié en el amor y el respeto como humus fertilizante, en el hecho de que el aprendizaje se produce en las dos direcciones: quien enseña aprende de sus pupilos; quien cultiva al mismo tiempo se cultiva. Esta idea es básica en el recorrido y no se trata solo de una hermosa aspiración, de bonitas palabras. El docente parte de sus propias experiencias sobre el terreno y aporta ejemplos, reconoce lo mucho que ha aprendido a lo largo del tiempo de sus alumnos.

Recorro las páginas de una obra que seguro hará las delicias de los profesionales de la enseñanza, pero no solo. Cualquiera puede interesarse por los trazados de este mapa singular que ofrece orientaciones, pistas, para pisar los terrenos resbaladizos del hoy. Con estilo directo, sin dejar de ser profundo, con afán de transmitir ideas clave, Santiago Beruete no puede esconder que es profesor, que sabe captar la atención mezclando el discurso filosófico con la narración de vivencias, de historias propias y ajenas. Su objetivo es volar alto en cuanto a las propuestas, a las visiones de un mejor mañana, pero al mismo tiempo hay una clara intención de pisar tierra, de plantear cuáles son los problemas, “la lucha sin cuartel que se libra en las escuelas, institutos, colegios y universidades en defensa del pensamiento racional, la escucha activa, el contraste de pareceres, la toma de decisiones ponderadas, la sensibilidad a los matices”.

Santiago Beruete junto a una escultura de Giuseppe Penone (Amsterdam). Fotografías del álbum personal del autor.

Nos habla el pensador de lo que pasa en el territorio educativo español y, seguramente, en el de muchos países de nuestro entorno, pero sabemos que todo ello es un espejo de las sociedades neoliberales, impulsoras de la productividad y del rendimiento por encima de todo. Lo que sucede en las escuelas refleja el desquiciamiento de una ciudadanía a la que le cuesta seguir el ritmo de los acontecimientos, discernir entre verdades y mentiras, hacer frente a continuas crisis (económicas, sanitarias, medioambientales), que precarizan cada vez más la vida de una gran mayoría de la población. “El acoso escolar es una de las tantas formas en que aflora la agresividad y el salvajismo latentes en nuestra sociedad, donde demasiadas personas llevan vidas miserables, frustrantes e insatisfactorias. En las escuelas e institutos se escenifican sus dramas y se reproducen las relaciones de sometimiento y explotación que se dan en el seno de la familia y el trabajo”, expone Beruete. 

Y prosigue: “Los niños y adolescentes que abusan de otros han sido sobreprotegidos, desatendidos o maltratados por sus padres (…) El acosador escolar pertenece a la misma ralea que el fundamentalista, el torturador, el supremacista, el terrorista, el racista y un largo etcétera de figuras proclives a violentar a sus semejantes (…) El “bullying” no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de una enfermedad que aqueja a nuestra sociedad, así como una prueba de lo ardua, laboriosa y compleja que puede llegar a ser la tarea del educador. No basta con transmitir conocimientos, hay que formar integralmente a los aspirantes a ciudadanos, a los adultos del mañana”.

Santiago Beruete analiza el peso de las desigualdades y nos conciencia de las diferencias de partida que determinan el éxito o el fracaso académico; diferencias marcadas por el nivel de estudios de los padres y la renta familiar, más que por el esfuerzo personal. De ahí la importancia de los centros educativos, de los maestros, figuras no suficientemente consideradas, no suficientemente arropadas por la sociedad, por el entorno mediático, en un tiempo de celebridades banales, de «influencers», de futbolistas millonarios, que determinan en gran medida los ejemplos a seguir por los más jóvenes.

Mientras leía Aprendívoros me planteaba una vez más qué pasaría si en los canales de televisión se entrevistase a profesores, a médicos, a científicos, a filósofos, a escritores, a ecologistas… Me planteaba qué pasaría si en vez del dinero, en los medios de comunicación, como altavoces de la sociedad, se valorase el conocimiento, la cultura, los cuidados, la defensa del medio ambiente. ¿Imposible? ¿Utopía? Tal vez tenemos que empezar a imaginar otro tipo de sociedades y creer en ellas para realmente merecerlas. Y aquí, no está de más insistir una y otra vez en ello, el papel de la educación es básico, fundamental.

El prestigio del que goza la figura del docente dice mucho de la confianza de un país en su porvenir, así como de la fortaleza de su fe democrática. Una sociedad que descuida y desoye a sus profesores es una sociedad que desoye y descuida a sus menores (…) La educación es la respuesta a todos los conflictos que nos afligen: la emergencia climática, la pobreza, la violencia de género, la xenofobia, el control tecnológico y un largo etcétera. El camino hacia un mundo mejor parte y culmina en las aulas”, argumenta el ensayista.

“El prestigio del que goza la figura del docente dice mucho de la confianza de un país en su porvenir, así como de la fortaleza de su fe democrática. Una sociedad que descuida y desoye a sus profesores es una sociedad que desoye y descuida a sus menores».

Como os decía, esta entrega aborda los conflictos de frente, pero no se deja vencer por el pesimismo. En la línea del ensayista italiano Nuccio Ordine, del filósofo Emilio Lledó, el autor reivindica la defensa de las humanidades en el momento en el que reinan las nuevas tecnologías. “La educación no consiste, por muy útil que sea para otros menesteres, en poner a los niños delante de un ordenador y “tecletear” el aprendizaje de noticias. Ese aprendizaje es una forma mecánica de variar y repetir la enfermedad del asignaturismo que ha corroído la educación”, señala Lledó. “La buena escuela no la hacen las “tablets” ni los programas digitales, sino los buenos profesores”, le da la razón Ordine. 

A nadie se le escapa la especial dificultad que representa ejercer la docencia en una época en que buena parte de los niños y adolescentes son rehenes de las pantallas. Cuanto más adictivos resultan los videojuegos, las series, los anuncios, más aburridas parecen las explicaciones, las lecturas, las clases. No es casual que el “ciberbullying”, las conductas adictivas, el déficit de atención y el trastorno de ansiedad se extiendan como una plaga”, sostiene Beruete.

Y a continuación aclara: “No intento sugerir que las nuevas tecnologías sean culpables de todos nuestros males, sino destacar la necesidad de avanzar hacia el tecnohumanismo. Más importantes que las herramientas digitales son las personas que las emplean. Se engañan quienes piensan  que unos dispositivos más avanzados garantizan por sí solos el avance en el aprendizaje. Este no mejora por modernizar los recursos, sino por suscitar la curiosidad de los alumnos y retarles a cuestionarse a sí mismos y demostrar su talento”.

En el trayecto Santiago Beruete se hermana también con el pensador francés Edgar Morin, quien sostiene que los jóvenes deben aprender a moverse entre incertidumbres, a dudar permanentemente para ejercitar su sentido crítico. “La necesidad de la duda se ve incrementada en esta época nuestra, en que falsas informaciones, rumores y habladurías no sólo circulan a través del boca a oreja, sino que se propagan a una velocidad y con una amplitud inauditas por Internet. No obstante, también es preciso saber que la duda incontrolada e ilimitada se transforma en la certidumbre paranoica de que todo es falso o simplemente mentira. También hay que saber dudar de la duda”, escribe Morin en su obra Enseñar a vivir

En la misma línea Beruete reflexiona:

_ “La escuela debe preparar a los alumnos a vivir en la incertidumbre, capacitarles para encontrar el equilibrio en medio del caos y conservar la serenidad pese a estar sometidos al continuo asedio del marketing personalizado y la manipulación digital de sus emociones y pensamientos

– “La mejor manera de evitar que nuestros alumnos se conviertan en esclavos de muchos amos y consumidores entontecidos es ejercitarlos en el pensamiento crítico, entendido como la capacidad de poner en duda las ideas establecidas y hacerse preguntas incómodas en una búsqueda de la verdad sobre uno mismo y el mundo”.

– “Aun cuando nadie sabe a ciencia cierta cómo será el futuro para el que se supone que la escuela debe preparar, está claro que a las nuevas generaciones les espera una larga vida de aprendizaje, donde más importantes que las destrezas técnicas específicas serán las genéricas como la reflexión crítica, una buena gestión de la frustración y las habilidades comunicativas y para el trabajo en equipo”.

 –“Las personas a las que les cuesta leer la realidad se aferran por un propio principio de supervivencia a narrativas simplistas, que abonan el terreno de la demagogia. Sus respuestas tan facilonas como contundentes a los complejos e imbricados problemas del mundo envenenan la convivencia. Así se explica, por ejemplo, que el pueblo se rebele contra la democracia en nombre de la democracia y caiga en el absurdo de denunciar la falta de libertad votando en las elecciones a líderes autoritarios”

En Aprendívoros encontramos diagnósticos certeros sobre la problemática educativa, siempre en relación con los males de las sociedades que habitamos. Pero también caminos de salida, esperanzadoras propuestas de avance, entroncadas con las humanidades, con la ecología y el feminismo (amplio paraguas en el que incluir la igualdad, los cuidados…). “Unos y otros estamos llamados a participar en esa lucha en favor de una sociedad sin privilegios sexistas, que se inició hace más de tres siglos (…) El feminismo ha supuesto una revolución mental, cuya onda expansiva se propaga a todas las esferas, incluida la ecología”, sostiene el autor. 

Curiosidad es una palabra clave en Aprendívoros. Es el tronco sobre el que se sustenta todo el ensayo. El autor alude a lo que decía el escritor José Saramago de que la vejez empieza cuando perdemos la curiosidad. “La vida plena significa una vida de continuo aprendizaje”, señala el ensayista, quien una y otra vez se refiere a la “semilla de la curiosidad” que, como jardineros, los docentes han de sembrar en sus alumnos. A partir de ahí el bosque, el jardín, el huerto, se convierten en modelos. El lenguaje de la cooperación, el funcionamiento de los ecosistemas naturales, el cuidado de la biodiversidad, nutren una obra que precisamente en este aspecto, en su capacidad para entablar paralelismos, conexiones simbólicas, adquiere su punto de mayor creatividad. 

A pesar de ser organismos pensantes, o tal vez a causa de eso mismo, abundan las personas que defienden la biodiversidad, pero persiguen la pluralidad ideológica y tratan de imponer el pensamiento único, una forma artificial de monocultivo. El respeto a la vida en sus innumerables formas debe ser el objetivo prioritario de la alfabetización ecológica, orientada a promover la conciencia de la biosfera entre los estudiantes”, expone el autor, quien hace hincapié en la idea de comunidad, en la importancia de comprender que formamos parte de un ecosistema que debemos respetar y cuidar porque de ello depende nuestra supervivencia como especie. 

Compartimos el ADN con animales, plantas, bacterias, hongos y arqueas. Ser conscientes de nuestra afinidad, o por qué no llamarla comunión genética, con el resto de los pobladores no humanos del planeta no solo invita al respeto y comporta una gran responsabilidad, sino que rebaja nuestras pretensiones de ocupar una posición central y ser por derecho propio los protagonistas de la historia natural”, nos dice Beruete, quien sigue la senda de investigadores como Bruno Latour o Donna Haraway, quien habla de tejer redes de recuperación en una tierra dañada –a ambos hemos prestado atención en otros artículos de Lecturas Sumergidas–. Y no puedo dejar de pensar en Richard Powers, autor de una novela, El clamor de los bosques, que habla de cómo los árboles “se cuidan y se alimentan unos a otros, orquestando comportamientos comunes a través de la red del suelo”, de “cómo construyen sistemas inmunitarios tan extensos como el bosque”. Muchos de los personajes y escenas de esta poderosísima obra coral acuden a mí mientras recorro las páginas de este ensayo. 

«El respeto a la vida en sus innumerables formas debe ser el objetivo prioritario de la alfabetización ecológica, orientada a promover la conciencia de la biosfera entre los estudiantes”, señala santiago Beruete.

Una entrega que, como ya os decía, tiene un especial interés para enseñantes, pero no deja de resultar reveladora para cualquier lector inquieto, preocupado ante las arenas movedizas del presente. “Plantar es más barato que una terapia y, además, recoge tomates, dice un viejo chiste. Bromas aparte, las cualidades necesarias para cuidar de un huerto o un jardín: paciencia, humildad, constancia, gratitud... forman parte de la receta de una buena vida, sea esta cual sea, y de las aspiraciones de una enseñanza transformadora”, leemos. 

Partiendo de esta idea, nos encontramos en el ensayo con apartados referidos a los efectos beneficiosos que puede tener la creación de huertos y jardines en los centros educativos, a la presencia de plantas y arbolado en las escuelas para reducir los niveles de estrés, mejorar la capacidad de concentración y favorecer el aprendizaje. El entorno no es algo sin importancia y si imaginamos un mejor futuro hemos de pensar también en propuestas arquitectónicas que se adapten a los nuevos retos, que participen de estructuras menos rígidas, más abiertas al encuentro, al diálogo, a la cooperación, que introduzcan el lenguaje y las formas de lo verde. 

Santiago Beruete en un jardín comunitario del Lower East Side de Manhattan (New York). Fotografías del álbum personal del autor.

Son muchos los valores de Aprendívoros, muchos los caminos que abre a la reflexión, muchos los desafíos que plantea. Mientras el pensamiento conservador se empeña en seguir utilizando lenguajes y mensajes trillados en favor del sostenimiento de los principios neoliberales, este libro se inscribe en la esfera de las obras llamadas a despertar. “Probablemente solo hay una cosa más importante que cobrar conciencia del calentamiento global, y es ponerle remedio (…) El peor destino de la humanidad sería que la supervivencia de la Tierra exigiera nuestra servidumbre. Buscar soluciones al efecto invernadero sin renunciar al ideal de justicia social es el gran reto de nuestra época, y la tarea más importante a la que están convocados los docentes. De lo contrario, la emergencia climática podría servir de pretexto para socavar el principio de igualdad de oportunidades, ensanchar la brecha económica y avanzar hacia una nueva sociedad de clases “climática”, donde la conciencia medioambiental sea una marca de estatus y los menos privilegiados arrostrasen las consecuencias de la crisis ecológica. Antes de que el problema se vuelva irresoluble debemos volver la mirada hacia los bosques. Ninguna tecnología es más eficiente que un árbol extrayendo carbono del aire”, expone Santiago Beruete.

El ensayista insiste en que ya no es tiempo de mirar para otro lado y nos dice que la pandemia del coronavirus podemos interpretarla como “una advertencia de lo que nos aguarda si no cambiamos nuestra depredadora manera de habitar el planeta y no hacemos cuanto está a nuestro alcance para frenar el aumento de la temperatura”.

Los árboles, los bosques, nos enseñan el camino de la cooperación y de la sobriedad. Nos indican que la lógica de la competencia debe ser sustituida por la de la colaboración si queremos frenar el “ecocidio” en marcha. Los relatos y aprendizajes alrededor de ellos nutren las páginas de una obra que podemos considerar abarcadora en el sentido de que despliega gran parte de los conflictos, problemáticas y retos del mundo en el que vivimos, trasladándolo todo ello al terreno de la educación, el espacio esencial para encontrar salidas y hallar esperanzas. “Para frenar los estragos del Antropoceno necesitamos una nueva narrativa, que conjugue las enseñanzas de hoja perenne de la filosofía con la fe en la duda de la ciencia, y plantee una relación con el planeta no fundada en la rapiña y el consumo desenfrenado de los recursos, sino en el conocimiento, el cuidado y el respeto”.

Los árboles, los bosques, nos enseñan el camino de la cooperación y de la sobriedad. Nos indican que la lógica de la competencia debe ser sustituida por la de la colaboración si queremos frenar el “ecocidio” en marcha.

Hay una gran cantidad de relatos, de aprendizajes y de ejemplos en este recorrido que resulta revelador y muy ameno. En este texto me he centrado en exponer algunos de sus pilares, pero os aseguro que resultan muy interesantes las experiencias del autor, extraídas de su biografía como docente. Y también el acercamiento a lecturas y figuras para él altamente inspiradoras. Especialmente atractivos me han resultado esos apartados que parten de las propias vivencias. Hay capítulos cuyos títulos ya dicen mucho: Carta a alguien que se inicia en el oficio de cultivar personas; Sembrar en las trincheras: 24 horas en la vida de un profesor; ¿Pueden los alumnos cambiar la vida de sus profesores?; La creatividad no se puede enseñar… 

Especialmente revelador el momento en el que Santiago Beruete expone de qué manera sus pupilos le han enseñado cosas esenciales. Historias de superación que le han animado a seguir adelante, sin rendiciones, aceptando las dificultades como oportunidades para seguir aprendiendo. Y ese otro en el que el  profesor explica algunos ejercicios puestos en práctica fuera de programa, como el día que realizó a sus alumnos un examen sin preguntas para medir su capacidad para permanecer callados, para entender la importancia de los silencios, de ese espacio interior que debe mantenerse limpio, lejos de los ruidos, para facilitar el pensamiento, la contemplación, la meditación. O esas otras clases que se convirtieron en un improvisado curso de “arborisofía”, en las que, a través de relatos de distintas especies vegetales, los alumnos se acercaron, con los ojos muy abiertos, plenos de curiosidad, a lecciones profundas acerca de la vida. Os aseguro que como lectores también vais a disfrutar de esas lecciones que, a modo de un jardín zen, se convierten en un refugio en medio de la celeridad y la agitación del ahora. 

Jardín Zen en templo (Kioto). Fotografía por Nacho Goberna.

Aprendívoros. El cultivo de la curiosidad, ha sido publicado por Turner

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