Susana Vallejo e Ingvild H. Rishøi, viajes a los bosques y al territorio de la infancia

Foto Cabecera: Susana Vallejo por @MeetMRCampbell / Emma Rodríguez © 2022 / 

Voy a hablaros de dos libros que han llegado a mí en un momento en el que anhelaba volver a ser una niña necesitada de fantasía, de historias capaces de llevarme lejos sin que en ellas dejase de reconocer cercanías y complicidades. Me defino como una lectora ecléctica y creo que el deseo de volver al territorio de los cuentos no nos abandona nunca y que, en ocasiones, aunque solemos olvidarlo, se convierte, a la manera de una receta mágica, en un elemento salvador en medio de los conflictos, de las premuras, de las preocupaciones. Podemos pensar que estas dos lecturas que os revelaré enseguida están dirigidas a un público juvenil y, de hecho, son aptas para esa edad en la que todo está por descubrirse, por escribirse, pero, en realidad, son dos novelas idóneas para todos los públicos y en las que, os recomiendo, siempre que sea posible, sumergiros en familia, día a día, degustándolas a tiempo lento, sintiendo que tenéis en vuestras manos el control del tiempo; que el afuera no existe; que se abre un deseado paréntesis para compartir.

Se trata de Nueve días en el jardín de Kiev, de Susana Vallejo y de La puerta de las estrellas, de Ingvild H. Rishøi. Muy diferentes entre sí, llegadas de geografías distantes, ambas historias tienen en común la defensa de la naturaleza, la presencia de los árboles, y un cierto elemento de magia, aunque sin dejar de prestar atención al presente con sus quiebras, con sus inconsistencias. El libro de Vallejo despertó mi interés al recibir un convincente mensaje de la propia autora hablándome de su obra y de lo difícil que resulta abrirse un hueco en las mesas de novedades. Me sirvió para pensar en tantas publicaciones que pasan desapercibidas y que merecerían ser descubiertas; sobre la atención de los medios tradicionales a los autores de siempre; sobre las modas y tendencias que tienden al reduccionismo, a la exclusión, que evitan los libros que no siguen las corrientes en boga o que no resultan atractivos por tratar temas que incomodan. Pero no quiero alargarme más con reflexiones. 

Nueve días en el jardín de Kiev, fantasía y ecología

Os decía que la autora de Nueve días en el jardín de Kiev despertó mis deseos de leer su historia y me regaló un viaje a entornos de fábula que me rescataron de los ruidos de la inmediatez. Creadora de obras de ciencia-ficción y de sagas de fantasía como Porta Coeli, Susana Vallejo (Madrid, 1968), afincada desde hace tiempo en Barcelona, se adentra en esta ocasión en una narración ambiciosa en la que la fantasía, los recursos tradicionales del cuento, se combinan con la ecología, pues su libro, como decía, se convierte en una defensa de los bosques, en un diálogo con los árboles, en un llamamiento al cuidado de la naturaleza en un momento en el que estamos camino del desastre. Seguro que os habéis preguntado ya por el sentido del título. ¿Tiene algo que ver esta entrega con Ucrania y la guerra? Definitivamente no, es mera coincidencia. La autora da cuenta en un prólogo, que se sintió obligada a incorporar, que el conflicto estalló cuando la novela estaba a punto de ser publicada.

Cuando escribí este libro, Kiev no tenía las connotaciones que posee ahora. Esta novela no ha nacido con esta guerra. Sí, habla de guerras, pero estos «Nueve días en el jardín de Kiev» nacieron mucho antes, en 2011, cuando un sueño me inspiró la historia”, nos cuenta, antes de darnos acceso al jardín, antes de que nos iniciemos en los diálogos de un niño, que irá creciendo, y un anciano que guarda un jardín de ensueño, un jardín que encierra fabulosas, emocionantes y tristes historias de un tiempo y de una época que han desaparecido.

El pasado y el presente se combinan en esta obra que cuenta la historia de Olga Ivana Borisova y su familia, de las más antiguas e importantes en tiempos del imperio, emparentada con los zares. Fue esa saga la que construyó un jardín cargado de símbolos y de leyendas, donde caben los ingredientes de los cuentos de siempre, aderezados con sabias enseñanzas sobre la vida en cualquier época y, como os decía, con interesantísimas aportaciones sobre un presente que no acaba de tomar conciencia de la necesidad de preservar la naturaleza, de detener el expolio de los bosques, el maltrato al medio ambiente. 

Todos somos constructores de jardines” (…) Todo comenzó en los bosques, escuchamos la voz del veterano guardián que va enseñando al joven Sergei a leer el lenguaje de los árboles, del entorno natural, mientras Tatiana, una jovencita que aparece de manera sorprendente en el lugar le introduce en el mundo mágico de las hadas y de lo fabuloso. Os diré que mientras iba leyendo, atravesando espesuras y laberintos, visitando viejas mansiones con pasadizos secretos por los que pudo escapar Olga Ivanova y su enamorado, “el artista”, no podía dejar de evocar la lectura de Alicia en el país de las maravillas; pero también pensaba en Las mil y una noches, por el efecto cautivador de las historias dentro de historias; en relatos de cierto cariz gótico por la alusión a los tiempos que se despliegan más allá de lo tangible, y en una poderosa novela de Richard Powers, El clamor de los bosques, donde se habla de la red de conexiones de los árboles, de cómo se ayudan entre ellos enviándose mensajes cuando están en peligro, algo que Sergei va aprendiendo del viejo guardián, el valiente y tierno “Oso Feroz” en otro tiempo.

En «Nueve días en el jardín de Kiev» la fantasía, los recursos tradicionales del cuento, se combinan con la ecología. El LIbro se convierte en una defensa de los bosques, en un diálogo con los árboles, en un llamamiento al cuidado de la naturaleza.

Poco a poco, el protagonista, va siendo consciente del hilo que une a todos los seres vivos y los sostiene, frente al nefasto individualismo y el culto a lo material que define nuestra época. “Quizá eres demasiado joven, Sergei. Pero hay momentos, muy pocas veces en la vida, en que sientes esa unión o comunión con todo lo que te rodea. Puede ocurrir en un bosque o en un jardín. En soledad, quizá, escuchando un arroyo cercano, el susurro del viento entre las hojas de los árboles, sintiendo el calor del sol en la piel. Entonces, en esos momentos, sabes que todo está bien. Que formas parte de esos árboles, de ese arroyo y del viento. Cantas su canción, estás conectado con todo. Y sientes una paz inmensa. ¿Lo has sentido alguna vez?”, vamos leyendo.

Susana Vallejo ha construido una obra que se adentra en el territorio de los cuentos y siembra aprendizajes esenciales que es necesario divulgar, acercar a todo tipo de públicos. Cuando la virtualidad parece ocuparlo todo, cuando los más jóvenes caen rendidos ante la inmediatez que proporcionan los artilugios tecnológicos, esta obra recobra y regala las semillas de la fantasía, el don de las historias para incentivar la imaginación y los sueños. Solo es necesario estimular el goce de la lectura para descubrir puntos de fuga e importantes enseñanzas. Os decía al principio que leer juntos, en familia, en voz alta, es una buena manera de abrir puertas cerradas.

Susana Vallejo. Fotografía por @MeetMrCampbell.

Los árboles y los libros son esenciales en Nueve días en el jardín de Kiev. Os dejo algunos retazos: “Leer el camino, el bosque o el jardín es lo mismo que leer un libro. Puedes encontrar decenas de significados, o quizá solo uno o dos. Aprender a leer es todo un arte (…) Puedes disfrutar de una historia emocionante, ya sea de aventuras, huidas, amor, crímenes… Pero también puedes encontrar algo más debajo de esa historia: otra secreta, que te habla solo a ti y despierta en tus adentros vete a saber qué tipo de emociones (…) Hay tantas historias como lectores. Porque cada lector encuentra algo diferente en la misma historia y, también, cada paseante lee una historia diferente en el bosque y en el jardín. La naturaleza, el camino y los libros nos hablan a todos, pero cada uno vivimos una experiencia diferente”

En esta novela se habla, sí, de árboles, de bosques y de libros, pero también de la belleza, del amor, del tiempo, de los cambios que se experimentan a lo largo de la vida, de la vejez, de la desigualdad entre hombres y mujeres, de los torbellinos vitales, de las pérdidas, de las guerras, de los males del progreso… Susana Vallejo va introduciendo a los lectores en todos estos temas trascendentes a través de las preguntas que el guardián le va haciendo a Sergei, del constante diálogo que mantienen mientras pasean y recorren el enigmático y sorprendente jardín. “¿Dónde se esconde el pasado, Sergei? ¿Dónde quedan los momentos felices? ¿Dónde se van los niños que fuimos y a los que amamos?”…

SusaNA VALLEJO HABLA DE árboles, de bosques y de libros, pero también de la belleza, del amor, del tiempo, de los cambios que se experimentan a lo largo de la vida, de la desigualdad entre hombres y mujeres, de las pérdidas, de las guerras…

En cierto modo, también estamos dentro de un relato de iniciación, pues el joven protagonista emprende el camino del aprendizaje, de la vida, al lado de un sabio guía, el guardián, que le muestra lo que la naturaleza puede enseñarle si la sabe mirar. Hay dureza en sus páginas, pues no todos los finales pueden ser felices, y también hay magia, que alcanzará el corazón de quienes están predispuestos a creer en ella. Hay muchos cuentos, os decía, entre ellos el de la atormentada historia de amor de Olga Ivanova o el maravilloso del ermitaño, de mis favoritos, que anima a agradecer y valorar las pequeñas cosas que nos vamos encontrando por el camino de la vida. 

La puerta de las estrellas, un cuento de Navidad muy actual.

De la vida, de la vida dura y sus atisbos de luz, habla también Ingvild H. Rishøi (Oslo, 1978) en La puerta de las estrellas, una novela corta donde actualiza el género de los cuentos de Navidad y lo trasciende al contarnos una historia sobre la precariedad y sobre las dificultades y la extrema vulnerabilidad de los menores en entornos que no les proporcionan el bienestar necesario. Si Nueve días en el jardín de Kiev llegó a mis manos de la mano de su autora, en este caso fue la recomendación de un autor admirado, Theodor Kallifatides, a través de la hoja de promoción de la editorial Galaxia Gutenberg, la que hizo que me interesara por la obra. 

Elogia el escritor griego la entrega por su capacidad para devolver “la poderosa y pura alegría de leer” y se refiere a ella como “una novela desgarradora, humana, por momentos divertida y, sobre todo, extremadamente sensible aunque nunca sentimental”. En nada le falta razón. La joven escritora noruega, autora de dos libros de relatos que la han situado entre las voces más destacadas de la actual literatura de su país, construye una historia cargada de frescura, con un estilo que sobresale por su musicalidad, por la agilidad de los diálogos y la combinación de aspereza, ternura y humor. Escrita con la voz de una niña soñadora, Ronja, de diez años, esta novela habla de carencias y deseos. En las sociedades del primer mundo, caracterizadas por el consumo voraz, existe la pobreza, y es la necesidad de sobrevivir con todos los elementos en contra, a través de los sueños y de la creencia de que se convertirán en realidad, lo que hace tan especial esta obra.

«La puerta de las estrellas» es una novela cargada de frescura, con un estilo que sobresale por su musicalidad, por la agilidad de los diálogos y la combinación de aspereza, ternura y humor.

El mayor anhelo de la protagonista es que suceda un milagro y que su padre, viudo y alcohólico, supere su adicción para poder vivir con él y con Melissa, su hermana adolescente, a la que adora, una vida normal, con las necesidades básicas cubiertas. Su alegría sería inmensa si pudieran tener en casa un árbol de Navidad y decorarlo como cualquier familia. A partir de ahí todo se desarrolla en torno a un trabajo de venta de abetos para celebrar las fiestas, para el que es contratado el padre y que acabarán desempeñando las hermanas, robando horas al sueño y al estudio.

Los compañeros de clase, el viejo vecino, el conserje del colegio, a través del que se introduce el tema de la inmigración, los otros vendedores de abetos (el malévolo jefe y el comprensivo y audaz Tommy) son los otros personajes de este relato que atrapa y que, como decía al comienzo de este texto, participa de la veneración a los bosques, a los árboles, a la naturaleza. De hecho, algunos de los recuerdos más bonitos de Ronja, capaces de salvarla de los instantes sombríos; algunos de los cuentos que construyen las dos hermanas, a la manera de refugios contra la intemperie, tienen que ver con la imagen idealizada de un bosque y una cabaña en la que pasaron momentos felices con su padre, un hombre capaz de querer a sus hijas en sus momentos de lucidez; cuando también desea sanar y poder disfrutar de su compañía. 

Ingvild H. Rishøi. Fotografía por Mathias

Os dejo con un fragmento que os dará idea de la belleza de un relato cargado de pasajes deslumbrantes: “Entonces tienes que dar con el sendero. Cuando lo encuentres lo sabrás. Porque allí se abre una especie de portal en el bosque, hay nieve en los árboles y se doblan encima de ti cuando empiezas a caminar. Y empiezas a caminar. Es fácil, porque la nieve del sendero está dura, por las pisadas. Entonces el bosque se abre, y ves la laguna pequeña y plana, blanca, la colina donde el zorro tiene su madriguera, y arriba está la empalizada en horizontal, solo tienes que seguirla, y ya sabes lo que vas a ver”. 

Nueve días en el jardín de Kiev, de Susana Vallejo, ha sido publicado por Plaza & Janés.

La puerta de las estrellas, de Ingvild H. Rishøi, ha sido publicado por Galaxia Gutenberg, traducido del noruego por Lotte Katrine Tollefsen.

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