Foto de cabecera: Viviendas sociales de Tatiana Bilbao en Ciudad Acuña (México) /
Emma Rodríguez © 2025 /
Doce conversaciones altamente inspiradoras sobre los lugares habitados, construidos, conforman un libro muy especial, El poder emocional del espacio, que llamó mi atención en la mesa de novedades de una librería, y cuya lectura he disfrutado por su capacidad para poner palabras, experiencias, sobre una percepción que cada vez se intensifica más en mí: la influencia sobre los estados de ánimo de los entornos que nos son próximos, en los que nos movemos. ¿Notáis que allí donde hay árboles os sentís mejor? ¿Os crispa el exceso de coches, de ruidos, en la gran ciudad? ¿Tenéis sitios-refugio, recodos especiales, en los que os sentís en calma? ¿Hasta qué punto hay paisajes que os elevan y cuyo recuerdo basta para cambiar la tonalidad de vuestros días?
Doce arquitectos, de distintas generaciones, y nacionalidades, son los protagonistas del motivador recorrido del que os hablo, ideado y dirigido por Ila Bêka y Louise Lemoine, una pareja de documentalistas especializados en los espacios, autores de películas sobre urbanismo, sobre proyectos arquitectónicos, sobre el devenir de hacedores de casas y entornos fuera de lo común. Si en un principio el carácter de la obra nos lleva a pensar en su especialización, muy pronto, desde el inicio de la lectura, nos quedamos sorprendidos por la cercanía, por la complicidad con muchas de las experiencias contadas, pues todos guardamos en la memoria impresiones y recuerdos de lugares donde hemos sido felices o que, de algún modo, han sido testigos de nuestras heridas, mudanzas, transformaciones.
“El espacio implica una experiencia multisensorial que estimula percepciones, sentimientos y pensamientos. Como ocurre con el sonido, el espacio nos abraza, nos sumerge, nos atraviesa...”, leemos en el prólogo, donde los autores del libro –guías, conductores– dejan claro el propósito que perseguían: contar, a través de diálogos próximos y espontáneos, más que historias de arquitectura, historias de sensibilidades alrededor de ella. No es el análisis de los trabajos de los doce arquitectos elegidos, a los que admiran, su principal objeto de interés, sino el acercamiento a algo mucho más “frágil, precioso e íntimo”: la forma personal que tiene cada cual de “percibir el espacio, cómo sus cuerpos interactúan en él, qué los mueve y qué sentimientos y emociones intentan transmitir en su obra”.
“El espacio implica una experiencia multisensorial que estimula percepciones, sentimientos y pensamientos. Como ocurre con el sonido, el espacio nos abraza, nos sumerge, nos atraviesa...”, Indican los autores de «El Poder emocional del espacio».
Este libro, que he recorrido con la sorpresa de los regalos inesperados, explora, según sus artífices, “el papel de lo irracional, lo intuitivo y lo emocional en la práctica arquitectónica”. Como lectora, os aseguro, que su alcance va más allá de la disciplina arquitectónica y que, siendo de indudable interés para los profesionales de la materia, se convierte en una lectura apta para cualquier lector sensible, inquieto, pues se narran experiencias de vida y se abren ventanas a paisajes diversos, lo que lo convierte también en un singular mapa de viajes a distintas partes del mundo en busca de espacios tanto exteriores como interiores. Puede que no prestemos atención a los lugares que conocemos, que transitamos, pero sin duda influyen en nuestros trayectos. No solemos detenernos a pensar en ello, pero al hacerlo somos conscientes de los efectos que provocan. Y este libro tiene el don de despertar nuestros sentidos, de estimularnos a cultivar el arte de la observación, de la contemplación meditativa.

Ryue Nishizawa, Jacques Herzog, Anne Holtrop, Juhani Pallasmaa, Kazuyo Sejima, Junya Ishigami, Álvaro Siza, Tatiana Bilbao, Boonserm Premthada, Terunobu Fujimori, Bijoy Jain y Smiljan Radic, bucean en su memoria en busca de instantes, de vivencias que de algún modo hayan podido marcar sus trayectos. La infancia es un territorio hacia el que los hacen volver sus entrevistadores, en el que, en no pocas ocasiones, encuentran elementos, situaciones, en las que en no habían reparado. Hay afinidades y similitudes en las vivencias, pero cada narración aporta detalles particulares, únicos, que, indudablemente, hacen comprender y analizar los rumbos profesionales de diferente manera.
LOs 12 arquitectos entrevistados por Ila Bêka y Louise Lemoine bucean en su memoria en busca de instantes, de vivencias que de algún modo hayan podido marcar sus trayectos. Todos vuelven a La infancia.
Arquitectura y vida se entrelazan en este libro lleno de vertientes, de ventanas de comprensión. Cada conversación traza una historia que incide en temas esenciales. Me ha gustado especialmente el capítulo dedicado al veterano arquitecto Álvaro Siza (Matosinhos, Portugal, 1933), quien se refiere a la conexión entre la música y la arquitectura con hermosas descripciones y reflexiones.
“Cuando escuchas una sinfonía hay una continuidad, una duración, un ritmo (…) Hay momentos de aceleración, de ralentización, pausas. Para mí es exactamente lo mismo que caminar por el espacio”, apunta, pasando a referirse a una visita a la emblemática Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright.
Así lo cuenta: “La vi por primera vez mientras bajaba la colina y me pareció enorme desde arriba. Luego, al llegar a la puerta principal, me sorprendió que la puerta solo midiera 1,90 de altura. El recibidor también tiene un techo muy bajo, hasta que llegas a una habitación enorme (…) Hay una secuencia de diferentes espacios. En la sala más grande, recuerdo haber levantado los brazos hacia el techo y podía tocarlo todo con la mano. ¡Sorprendentemente, no era muy alto! Esta aparente ambigüedad proviene del contraste de proporciones en esta continuidad, justo igual que una melodía cuando pasa de un “lento” a un “allegro” y luego a un “allegro ma non troppo”.
Lloyd Wright es una gran inspiración para él. Habla de la densidad de sus construcciones, describiendo la sensación que ha experimentado cuando las recorre, “como si el espacio te abrazara”, algo que tiene que ver con el vínculo de todos los elementos, pero también con “la flexibilidad y dinámica de la circulación” entre ellos. Y se refiere también a los movimientos de cámara en el cine, al diseño del espacio que realizan los bailarines mientras se mueven.
Considera el arquitecto portugués, galardonado con el Premio Pritzker en 1992, que todas las artes se parecen en su idea de continuidad. Él, que también es escultor, tiene muy presentes las conexiones entre los diversos lenguajes artísticos. Las secuencias de relaciones entre elementos están en la base de su trabajo, así como la asociación entre el exterior y el interior. La disociación entre ambos planos (la fachada en manos del arquitecto y lo de dentro del decorador) es una tendencia actual que le provoca enojo, sufrimiento, y le parece un indicador de “la decadencia de la arquitectura”.

Álvaro Siza reivindica las casas como un todo y para explicarlo alude a una visita a la casa de otro arquitecto, Adolf Loos, que le marcó sobremanera. También resulta interesante lo que cuenta de su vivienda de infancia, un entorno con mucha gente, donde las generaciones se entrelazaban, donde todos los miembros de la familia se reunían en torno a una enorme mesa, algo que ya casi no existe, pues la familia extensa ha dado paso a la familia nuclear, así como la impresión de permanencia de sus tiempos de niñez se contrapone a la movilidad actual.
Su larga y fructífera vida le permite ser consciente de los innumerables cambios que se han ido produciendo a lo largo del tiempo. La intuición siempre ha sido importante para el arquitecto, pero aún más en el presente, considerando la cantidad de información a que estamos expuestos, “tan intensa que nunca podríamos procesarla de forma racional y consciente”, declara, comparando su formación con la de cualquier estudiante de hoy en día, que ya desde el comienzo ha podido acceder a todo tipo de datos, de imágenes, de estudios. “La situación actual es, por supuesto, positiva, pero tenemos que aprender estrategias para aprovecharla al máximo: de lo contrario, es una fuente de gran confusión”, opina.
El veterano arquitecto portugués Álvaro Siza tiene muy presentes las conexiones entre los diversos lenguajes artísticos. Las secuencias de relaciones entre elementos están en la base de su trabajo, así como la asociación entre el exterior y el interior.
Las vivencias y deslumbramientos, el tono confesional, es lo que realmente nos cautiva de este libro donde, por supuesto, se habla de escalas, de maquetas, de perspectivas, de medidas y proporciones, pero siempre buscando lo que no se ve a simple vista, las motivaciones, los impactos que marcan las direcciones tomadas por los distintos arquitectos. Me detengo en la trayectoria de Tatiana Bilbao (Ciudad de México, 1972), en la que la experiencia traumática de un terremoto adquiere una gran importancia. Sucedió en 1985, causó la muerte de cien mil personas, la ciudad natal de la arquitecta fue destruida, aunque la casa en la que vivía con su familia, una casa muy conectada con el exterior, con la calle, logró salvarse.
Bilbao recuerda haberse quedado en shock al observar los derrumbamientos alrededor y cómo era evacuada la gente de los edificios; los gritos en la calle, la falta de luz. Confiesa recordar todos los detalles y guardar la sensación de que su casa, “ya no era un refugio, sino un espacio disputado”. La vuelta a la vivienda, dos meses después de la tragedia, la explica así: “Sentí que algo había cambiado en lo más profundo de mí. Ya no podía vivir en ese lugar con alegría y ligereza, como había hecho antes. Estaba muy traumatizada, como, por supuesto, mucha otra gente. Durante un año no fui capaz de dormir. Mi hermana se vio más afectada que yo y aún hoy lo está. Supongo que, gracias a que me convertí en arquitecta y adquirí una comprensión más racional de las estructuras y de cómo se construyen los edificios, conseguí que los terremotos no me preocuparan tanto, pero esos recuerdos, definitivamente, siempre han estado muy presentes en mi vida y cambiaron por completo mi relación personal con aquel lugar” .
¿Cómo ha influido esa experiencia en su relación como arquitecta con el espacio?, le pregunta Ila Bêka, a lo que responde: “Para mí el punto de inflexión fue entender que el espacio no es algo fijo, sino que cambia. Aunque hayas vivido veintiséis años en un lugar, puede transformarse cada día en algo diferente. Eso fue muy nuevo para mí y cambió radicalmente mi relación con el espacio, pero también con el tiempo. Ahora tiendo a vivir más en el presente que proyectarme hacia el futuro…”

Un trabajo en especial de Tatiana Bilbao, las viviendas sociales ejecutadas entre 2013-1015 en Ciudad Acuña (Coahuila, México), centra la atención de los entrevistadores por el impacto emocional en sus habitantes. Al respecto se habla de la funcionalidad como objetivo primordial de las edificaciones de ese tipo, de las limitaciones presupuestarias, de la exclusión social en la arquitectura. Las declaraciones de nuestra protagonista son muy alentadoras, sabedores como somos de que sus puntos de vista y sus logros, sus resoluciones, están lejos de ser llevados a la práctica de forma habitual.
“Nuestra especie ha comprendido que necesitamos un refugio; no podemos existir como organismos en la naturaleza sin él. Es algo básico. Como humanidad, demostramos que las cuevas no eran suficientes. Nos protegían, pero no nos permitían expandir nuestras capacidades, ya que somos seres mucho más complejos. Nos hacen falta espacios que no solo nos protejan, sino que también nos inspiren (…) Todos necesitamos un refugio, pero también necesitamos una plataforma para que nuestras vidas evolucionen. Esa es la definición de belleza para mí: una noción mucho más amplia que estética”, señala la arquitecta.
Siempre interesada en trabajar en vivienda asequible, como reconoce, la arquitecta prosigue: “Cuando se tiene una economía tan débil y un proceso histórico tan difícil como en México, la gente rara vez vive en espacios que sean más que simplemente protectores. En general se construyen y acondicionan de forma precaria. Estoy convencidísima de que esas personas deberían poder tener espacios que también inspiren sus vidas”.
“Una declaración política contundente”, señala Ila Bêka, quien recalca que iniciativas como la de las casas sociales de Tatiana Bilbao hacen posible creer que “se puede democratizar la belleza”, que esta “no debería ser un privilegio de unos pocos”; que podría producirse “un gran cambio en la arquitectura si se priorizara esa capa emocional al mismo nivel que la funcionalidad, para que todos pudieran conectar con sus espacios vitales”.
«Nos hacen falta espacios que no solo nos protejan, sino que también nos inspiren. Todos necesitamos un refugio, pero también una plataforma para que nuestras vidas evolucionen. Esa es la definición de belleza para mí», INdica Tatiana Bilbao.
Y hay otro punto que no quiero pasar por alto, el concepto de espiritualidad al que alude la arquitecta mexicana, un elemento que ha entrado en su recorrido con motivo de un proyecto de monasterio para una comunidad de monjes cistercienses, gracias al cual ha podido acceder a otro tipo de vida, a una medición diferentes del tiempo, a una superación de lo meramente racional. Al trabajar con los monjes se dio cuenta de la percepción del espacio a través del interior. “¡Lo que he aprendido gracias a los monjes ha cambiado por completo mi forma de ver la arquitectura! Incluso ha cambiado mi forma de pensar, me ha acercado a mi ser interior...”
El libro que tengo entre mis manos está lleno de descubrimientos, es un cauce para acceder a nuevos territorios, como el del arquitecto japonés Junya Ishigami (Kanagawa, 1974), que me ha atraído especialmente. Su capítulo lleva por título El mundo más allá de lo que percibimos y en él es clave el concepto del movimiento. Autor de trabajos como la plaza multiusos del Instituto de Tecnología de Kanagawa, la casa y restaurante cueva de Yamaguchi y el jardín acuático Art Biotop, en Tochigi, Ishigami es capaz de provocar “fuertes estados emocionales en el visitante”, como indican los autores del libro, quienes apuntan a la atención del creador a las transformaciones y movimientos estacionales, atmosféricos.

Se refiere el creador a los “espacios límite”, sujetos a modificaciones. Cuando construye tiene en cuenta el frío, el calor, la brisa, la calma, los sonidos circundantes… “En esencia, me gustan los espacios exteriores, porque siempre intento sentir el exterior desde dentro de una casa o de cualquier espacio (…) Supongo que me gusta sentir el viento. No me agradan los entornos estáticos. Busco situaciones en las que algo cambie constantemente, por ejemplo la luz o el movimiento del aire. También el cambio de temperatura: puedes sentir calor y, de repente, empezar a sentir más frío. Lo que más me gusta es sentir ese tipo de entorno en movimiento. Por eso me atraen tanto las aberturas, los límites del espacio”, explica. Y asegura que siempre tiene en mente la riqueza del movimiento alrededor cuando idea sus proyectos; siempre piensa que el visitante “puede permanecer inmóvil en el espacio”, pero que el entorno a su alrededor puede estar “cambiando sin cesar”.
El origen de todo ello posiblemente esté –así lo intuimos a través de la conversación– en un lugar muy especial para él, la vivienda tradicional japonesa de sus abuelos en la prefectura de Kanagawa. “El jardín era muy grande y la casa, de una sola planta, pero la imagen que permanece vívida en mi memoria es la de la casa rodeada de densos árboles cortavientos que parecían montañas…”
El Arquitecto japonés Junya Ishigami siempre tiene en mente la riqueza del movimiento alrededor; siempre piensa que el visitante “puede permanecer inmóvil en el espacio”, pero que el entorno a su alrededor puede estar “cambiando sin cesar”.
La naturaleza está muy presente en la obra de Ishigami, una y otra vez alude a ella, citando otro paisaje, el de Islandia, muy distinto al de su país natal, que le ha impactado profundamente con las rápidas transformaciones que se producen en él. “Habiendo crecido en Japón, mi imagen de referencia de la naturaleza está llena de vegetación, con muchos animales e insectos. Un paisaje exuberante que para mí es muy hermoso. Pero en Islandia la naturaleza no tenía criaturas vivientes a la vista; solo había rocas, agua y hielo, básicamente nada. Sin embargo, me sentí muy conmovido al confrontar esta belleza extrema...”, seguimos sus palabras.
Ishigami, Bilbao, Siza, hablan de arquitectura, pero sus testimonios, como ya he indicado, van más allá de la disciplina, bordean asuntos que nos conciernen, abren zonas de iluminación, son una invitación a mirar de otra manera. Y lo mismo sucede con el resto de los protagonistas de El poder emocional del espacio. Un enriquecedor trayecto del que paso a destacar determinados aspectos, frases, momentos.
“Lo desconocido es, en realidad, el verdadero motor de mi trabajo, esa confrontación con lo que no entiendo (…) Para mí la verdadera energía emocional se crea al explorar, experimentar y discernir cuál es exactamente tu compromiso en ese territorio desconocido. ¡Eso es lo que me hace despertar por las mañanas con ganas de ir al estudio!”, explica el arquitecto afincado en Ámsterdam Anne Holtrop (Países Bajos, 1977), quien considera que “la experiencia solo existe cuando se construye”; quien se resiste “a entender completamente un edificio”; quien considera que no todo debe ser armonía y belleza, que la fealdad, lo discordante, lo que resulta extraño o desequilibrado, debe ser tenido en cuenta, pues de la disonancia y del caos puede surgir la belleza.
Me llaman la atención estas ideas, del mismo modo que la alusión a la “arquitectura gestual, de gestos”, que hace el creador suizo Jacques Herzog (Basilea, 1955), en cuyo recorrido, en colaboración con Pierre de Meuron, destacan estadios, museos y centros sanitarios, proyectos de gran impacto emocional que prestan atención a la psicología, al comportamiento de las personas.
“El drama de la arquitectura reside en que nada funciona sin las personas (…) La arquitectura es una especie de escenario para la actuación humana”, señala el arquitecto, reconociendo que la pregunta “¿cómo actúa la gente?” se convierte en motor básico de cada uno de los trabajos ejecutados. Y se refiere, por ejemplo, al primer edificio de atención médica construido por Herzog & de Meuron, el Rehab Basel, en Basilea. “Los pacientes pueden estar inmóviles durante semanas, por lo que el techo y las vistas horizontales son, obviamente, muy importantes para enriquecer su percepción de la naturaleza y del mundo que los rodea”.

La atención a las personas está también muy presente en la obra del arquitecto tailandés Boonserm Premthada (Bangkok, 1966), de quien en el breve textos introductorio que acompaña a cada autor, Ila Bêka y Louise Lemoine destacan “su carácter sensible hacia la vulnerabilidad en general, ya sea física o social, y su firme compromiso como arquitecto para participar en proyectos que puedan tener un impacto social activo en las comunidades rurales de su entorno”.
“Quiero hacer arquitectura para la gente de las zonas rurales, para los lugareños. Cuando trabajas en ciudades, tus edificios siempre están amontonados contra otro edificio, una gran carretera, un puente o algo similar. Por el contrario, mi trabajo se desarrolla en medio de la nada y esto me desafía. Mi arquitectura no trata de construir una pieza de diseño, sino de crear una infraestructura ambiental y social”, declara quien ha convertido su sordera casi total en motor de vida y trabajo, pues le ha llevado, como dice, a mirar y escuchar con los ojos; a percibir el espacio a través de la piel; el sonido a través de las vibraciones. “Mi arquitectura trata sobre cómo vibra el sonido en el espacio”, señala, y hace brillar conceptos como misterio, humildad, lentitud, espiritualidad, haciendo hincapié en la imperfección, en la penumbra.
“La poesía es muy importante, pero muy difícil de alcanzar en arquitectura. Sin embargo, explicar cómo crear una arquitectura de sentimientos equivale a preguntarse cómo se escribió un poema y por qué este conmovió al público (…) Creo que, tanto en poesía como en arquitectura, la belleza reside en las relaciones entre las cosas (…) Es realmente en las relaciones entre lo estructural y lo inmaterial donde suceden las cosas”, declara, por su parte, el arquitecto japonés Ryue Nishizawa (Tokio, 1966), al ser preguntado por la fuerza de una de sus edificaciones, el Museo de Arte de Teshima, a nivel emocional y sensorial.
“La poesía es muy importante, pero muy difícil de alcanzar en arquitectura. Sin embargo, explicar cómo crear una arquitectura de sentimientos equivale a preguntarse cómo se escribió un poema y por qué este conmovió al público», declara Ryue Nishizawa.
La idea de refugio, de cueva; la fascinación por los ermitaños y su relación con la naturaleza, salen a relucir en el perfil del arquitecto chileno Smiljan Radic, (Santiago, 1965), mientras que Bijoy Jain (Mumbai, India, 1965), se centra en la importancia del pensamiento intuitivo –de nuevo la intuición–; a la práctica de “estar conectado y centrado, tan a menudo como sea posible”, considerando que el verdadero potencial de la arquitectura consiste en la capacidad de “invocar, evocar o provocar”.
Crear espacios donde las personas se sientan en armonía, a gusto y animadas a comunicarse, motiva a la arquitecta japonesa Kazuyo Sejima (Hitachi, 1956), galardonada con el Pritzker, quien habla de confort, felicidad, libertad y sentimiento de comunidad en referencia a las búsquedas que impulsan sus proyectos, entre los que destaca la casa de vecinos Nishinoyama, construida, según explica, “siguiendo el modelo de las estrechas calles del antiguo Kioto, con casas muy cerca unas de otras”, una obra con la que asegura haber aprendido mucho al observar cómo los habitantes encontraban diferentes maneras de vivir juntos, definiendo su propia privacidad y sus actividades comunitarias de maneras que no había imaginado.

Muy cercano al de ella, por su llamamiento a la alegría, me parece el discurso de otro creador japonés, Terunobu Fujimori (Nagano, 1946), quien siente en sus construcciones el poderoso influjo de un recuerdo infantil, la familia reunida para comer alrededor del fuego, manifiesta especial predilección por las casas de té y tiende a considerar la arquitectura “como extensión de la vida cotidiana”, entendiendo por ello, como explica, “todo lo que la gente común hace en su día a día: tocar cosas, oler algo, sostener objetos…”
Y para terminar el recorrido recurro a las palabras del arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa (Hämeenlinna,1936): “Suelo decir que la arquitectura no es un sustantivo, sino un verbo. La arquitectura nos dice adónde ir, cómo sentirnos y cómo comportarnos (…) Cada vez que entro en un espacio, inmediatamente el espacio entra en mí. La arquitectura es un intercambio. No miro la arquitectura, sino que la encuentro en mí. Es una relación muy íntima y empiezo a actuar a través de ella. La buena arquitectura guioniza y coreografía el comportamiento. Por ejemplo, una ventana se abre justo allí donde puede verse la cima de la montaña o un manzano en el jardín. Esto es buena arquitectura, la que articula el mundo para su disfrute y se comporta como un verbo”.
«Cada vez que entro en un espacio, inmediatamente el espacio entra en mí. La arquitectura es un intercambio. No miro la arquitectura, sino que la encuentro en mí. Es una relación muy íntima y empiezo a actuar a través de ella», señala JUhani Pallasmaa.
Imposible hablar de todos los deslumbramientos que proporciona este libro tan especial. Imposible dar cuenta en un artículo de todos los senderos y rutas que abre, pues los distintos arquitectos hablan de sus viajes, de los paisajes y construcciones que les han inspirado. Cada capítulo, cada voz, aporta percepciones, sensibilidades y búsquedas diferentes, pero, por supuesto, hay similitudes, por ejemplo la cita de algunos de los protagonistas al Panteón de Roma y al Partenón ateniense, ante la pregunta del encuentro con un lugar que les haya dejado una huella imborrable. Recobro la respuesta de Álvaro Siza, quien rememora su visita al templo griego, a su entorno, siendo “joven e ignorante”.
“Recuerdo especialmente la importancia del camino que conducía a la Acrópolis, un momento trascendental y muy emotivo para mí. Primero vi los Propileos y, más arriba, el Partenón, pero no en una relación directa; podía ver el templo desde un ángulo. Todos los edificios de la Acrópolis están dispersos por la colina, lo que implica que hay que recorrerlos y experimentar cada una de las diversas arquitecturas que componen el lugar. Esto me impactó tanto que lo he considerado toda mi vida al proyectar arquitectura. Me interesan sobre todo las relaciones entre los espacios, ya sea dentro de un mismo edificio, entre los espacios interiores y exteriores, o con los edificios circundantes, tanto próximos como lejanos. Veo el conjunto como una conexión entre diferentes elementos, una dinámica que une espacios y territorios. No podría desarrollar ninguna parte de un lugar, ni siquiera en mi imaginación, sin considerar esta secuencia de relaciones”.
Las páginas finales de la entrega resultan interesantes porque sus autores, Ila Bêka y Louise Lemoine, hablan de la experiencia, de los propósitos que motivaron este libro que se propone llegar a un público amplio, superar el ámbito de especialización, invitar a ser conscientes del poder emocional del espacio. “Todos somos sensibles a nuestro entorno; algo sucede desde el mismo momento que nos relacionamos con un espacio, existe una especie de sintonía con él, como sostiene Juhani Pallasmaa. Reaccionamos intuitivamente a las condiciones en las que nos encontramos en cualquier momento y lugar, pero con grandes diferencias de consciencia entre personas. La mayoría de las veces, esto se queda en un nivel inconsciente porque no hemos sido entrenados desde la infancia para expresar con palabras esos sentimientos e identificar por qué nos sentimos como nos sentimos”, reflexiona Bêka.
La memoria de los espacios de infancia es crucial y cada uno de los arquitectos reconoce el influjo de paisajes, recuerdos, circunstancias determinadas, en su desarrollo posterior. El cultivo de la sensibilidad, la manera de ayudar a los más pequeños a experimentar y disfrutar del espacio, es un tema al que se dedica atención en los distintos diálogos. Pero no hay manuales para ello. Se trata de un viaje iniciático en el que cada cual debe encontrar su propio camino individual, de una cuestión de experiencia. Los autores llegan a estas conclusiones tras las conversaciones mantenidas.
Me detengo en las opiniones de Anne Holtrop, quien agradece el margen de libertad que le dieron sus padres en la niñez para explorar y descubrir sin un exceso de reglas. “El período de autodefinición a través de la experiencia es muy importante. Vivimos en una época en la que queremos controlarlo todo, porque buscamos la seguridad que creemos que viene con el control. Pero en realidad es importante no aferrarnos a eso y dejar que los niños se desarrollen por ellos mismos”.
Cierro el libro y vuelvo al comienzo de este texto, a las preguntas planteadas sobre el efecto que tienen los lugares en nuestros estados de ánimo, en nuestras vidas. ¿Os habéis detenido a pensar en ello? ¿Habéis intentado trazar vuestro mapa personal de rincones a los que os apetece volver una y otra vez para sentir un soplo de alegría? Os aseguro que este libro os estimulará a hacerlo.

El poder emocional del espacio, ha sido publicado por Puente Editores, con traducción de Moisés Puente.









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