Menchu Gutiérrez: “Hoy en día el derecho a la intimidad se encuentra bajo sospecha”

Emma Rodríguez © 2022 /

Inspiradora, sugerente, evocadora, La ventana inolvidable, de Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957), es una entrega capaz de hacernos parar y mirar hacia dentro; olvidar los ruidos y las prisas el tiempo que dura la lectura y mucho más si somos capaces de interiorizar las sensaciones que nos transmite. Se califica la obra como una novela, pero en ella no caben las etiquetas, pues el recorrido es abierto y por él se deslizan con soltura estructuras y estilos de distintos géneros. Un contenido halo poético marca este libro que se abre a la meditación, al apunte biográfico, al hallazgo en todo momento; que se hace acompañar de lecturas afines, de puntos de partida para plantear preguntas de fondo. 

Los espacios desde los que mirar y ser mirados están en el centro de una narración construida por varias voces, a través de retazos de vida, de experiencia, que se van intercalando. Hay una voz narradora, sutil y a la vez poderosa, que dirige el camino, que nombra con iniciales a los distintos actores de una escena que sucede en espacios de la intimidad, en momentos decisivos, en entornos que invitan a la introspección, a la actitud reflexiva, a la misiva salvadora, pues parte del último trecho del camino se compone de cruces de mensajes enviados a través del ordenador en tiempos de encierro, de pandemia, con la finalidad de confirmar que la vida seguía latiendo. “No es posible salir de casa y los dos cristales de la ventana cobran el valor de unos ojos definitivos, ojos únicos y todopoderosos que a veces parecen dispuestos a cegar, incluso, a los de la literatura, o a suplantarlos”. 

La atención cuidadosa a los detalles es esencial en la obra ya extensa de esta mujer dotada de una capacidad especial para detenerlo todo con la palabra, para cultivar los sentidos. La prosa, la poesía, el ensayo y el trabajo como traductora de autores como Edgar Allan Poe, Jane Austen, Anne Brontë, Joseph Brodsky o W. H. Auden, ocupan el trayecto de quien tiene claro que la literatura transcurre por dentro y requiere, como la buena vida, de silencio, de concentración y alejamiento. Los espacios y sus simbologías, los paisajes, los mapas sensoriales, le interesan especialmente. Sus investigaciones y búsquedas sobre todo ello, en diálogo con distintas disciplinas, nutren seminarios y talleres que imparte regularmente y que la ponen en contacto con los demás.

Los espacios desde los que mirar y ser mirados están en el centro de una narración construida por varias voces, a través de retazos de vida, de experiencia, que se van intercalando. Hay una voz narradora, sutil y a la vez poderosa.

Durante un largo periodo de tiempo, Menchu Gutiérrez vivió en un faro de la costa norte de España y eso me lleva a imaginarla mirando largamente al horizonte, afinando su sensibilidad para el ahondamiento y la observación de los fenómenos de la naturaleza, de lo que transcurre sin posibilidad de control, lejos de los domesticados entornos urbanos. De todo ello da cuenta en la novela El faro por dentro. Mientras escribo estas líneas me la imagino como protagonista de un cuadro de un pintor romántico, tal vez de Caspar David Friedrich, sola ante los elementos externos y ante los embates del lenguaje.

Su estilo es muy pictórico, lleno de imágenes que retenemos. Cuando pasaba las páginas de La ventana inolvidable (ganadora del Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro 2022), ante determinados pasajes, no podía evitar pensar en escenas de Edward Hopper, con sus personajes ensimismados, pensativos. La escritora se asoma a las ventanas de casas que han sido vividas, algunas imborrables, nutriente esencial; pero también se aproxima a las miradas finales de personas que ya se despiden. La pérdida está muy presente en este libro en el que la luz y la sombra se superponen; en el que la sorpresa y también la herida asoman tras los cristales, algunas veces rotos. La memoria, el paso del tiempo, la decadencia, el rumor de los recuerdos… “La ventana se abre y se cierra, la paloma aparece y desaparece, la vida y la muerte se turnan sin llegar a rozarse”, vamos leyendo.

La casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”, señala Gaston Bachelard en Poética del espacio, un libro cuya influencia reconoce la autora. De ello da cuenta en este diálogo sostenido a distancia, a través de correo electrónico. En el caso de quien pregunta desde la ventana entran los ruidos del tráfico urbano; desde la de quien contesta se observa un valle de Cantabria muy abierto, en el que las luces de las casas empiezan a encenderse al atardecer.   

Al leer La ventana inolvidable y mirar hacia atrás, hacia otras de tus obras, da la impresión de que hay una continuidad consciente en tu trayecto literario, una necesidad de detenerse en los detalles, en las sensaciones, en las emociones, para acceder a los interiores del yo. ¿Estás de acuerdo?

– Siempre escribo como respuesta a una necesidad interior, a partir de una especie de centro magnético que actúa como un generador de preguntas. De alguna manera, creo que en mi escritura, como en mi vida, hay una tendencia -por quimérica que pueda ser la empresa- a reconstruir el nacimiento de todas las cosas, ya se trate de un sentimiento, de una idea o de un copo de nieve. Hay una parte que conozco y otra, mucho más importante, de la que lo desconozco todo. Lo más interesante, para mí, está en los hallazgos que aparecen en el proceso de creación de un libro.

En esta ocasión son los ojos de la casa los protagonistas, es la mirada el sentido que se explora. ¿Hasta qué punto habita en nosotros un “voyeur”? Pienso en las ventanas de las casas, de las construcciones, desde las que observamos el exterior y nos asomamos curiosos a pequeños retazos de vida de los otros. Eso está muy presente en el libro.

– Los seres humanos estamos interesados en los seres humanos, y el catálogo de las ventanas es casi infinito: hay tanta variedad de ventanas como de personas. Este libro está lleno de algo que podría llamarse “ventanas parlantes”, ventanas que están comunicando una historia; no sólo por medio de lo que se expone a la vista, sino de lo que se oculta y que espolea la imaginación. Una luz en la ventana en mitad de la noche, está diciendo que hay alguien despierto, a una hora en la que todo el mundo duerme, y es imposible no preguntarse qué provoca esta vigilia o este insomnio. Las flores y los objetos que vemos en los alféizares de las ventanas parecen enviar un mensaje al exterior, como tarjetas de visita, y hacen visible de manera selectiva algún rasgo de los habitantes de una casa. Para los arqueólogos de las ventanas, lo más interesante es, precisamente, la parte que falta.

También pienso en las ventanas virtuales a través de las que, cada vez más, observamos realidades demasiado idílicas para ser ciertas. En la actualidad todo tiende a mostrarse sin pudor a través de las redes sociales. Instagram se ha acabado convirtiendo en una gran y engañosa ventana. ¿Has reflexionado sobre ello?

– No tengo cuenta en ninguna red social y no conozco bien las diferencias entre unas y otras. Pero, de forma indirecta, me resulta evidente la servidumbre que producen; de qué modo el mecanismo que ponen en marcha se muestra insaciable y debe alimentarse una y otra vez. Sin duda habrá naturalezas que puedan controlar su nivel de implicación. La mía me advierte: no participes en este festín. Cada persona debe saber dónde se encuentran sus límites; también, qué valor concede a su intimidad o, a lo que coloca en la esfera de la intimidad, ese espacio necesario al encantamiento con uno mismo. Por otro lado, los mensajes se superponen, creamos contenidos a la misma velocidad que los borramos, y ese parpadeo incesante en el que vivimos conduce directamente a la alienación. 

«el mecanismo que ponen en marcha las redes sociales se muestra insaciable y debe alimentarse una y otra vez. Sin duda habrá naturalezas que puedan controlar su nivel de implicación. La mía me advierte: no participes en este festín», dice la autora.

Aquí me parece interesante recurrir a un extracto del libro. “Pienso en el panóptico digital en el que vivimos, en el que todo el mundo observa a todo el mundo, y en el que ya no podemos saber en qué momento el observador es el objeto observado”. 

–  Cuando dio comienzo la pandemia, y por necesidades laborales, ensayé las vídeo conferencias y en este libro reflexiono sobre el componente de ventana que se inscribe en la pantalla del ordenador: la que te acerca el mundo y es productora también de grandes espejismos. No escribo una crítica sino una especie de cuaderno de bitácora en el que se hace evidente que la pantalla no es un inocente espacio de intercambio. Como acabo de decir, no soy distinta a las personas que utilizan a diario las redes sociales y tengo que recordarme a diario que es preciso racionar la comunicación, una tarea hercúlea en nuestro tiempo. Lo que me resulta claro es que comunicarlo todo a tiempo real es dejar de habitar la profundidad del presente. 

– La ventana es un elemento sumamente interesante. Resulta un magnífico punto de partida para ahondar en el concepto de intimidad. Un concepto en proceso de transformación, incluso, podríamos decir, de extinción. Tu obra forma parte de esa literatura que se nutre de lo íntimo, que merodea en torno a la intimidad en busca de sentidos. Eso me lleva a reflexionar sobre la literatura como una especie de refugio. ¿Cómo lo ves tú?

– Siempre ha habido entusiastas de la exposición, los que defienden que no tienen nada que ocultar, frente a los cuales estarían situados los pecadores. Por otro lado, el exhibicionismo adquiere mil tarjetas de visita diferentes. Es evidente que hoy en día el derecho a la intimidad se encuentra bajo sospecha. Me parece fundamental no abandonarse a la inercia, cuestionarse cómo vivimos. La enfermedad del automatismo necesita de poderosos antídotos. De un modo u otro todos somos vulnerables y es preciso preservar un territorio de silencio en el que poder convivir con la propia vulnerabilidad. La literatura debería hacer habitable ese territorio, habitable y también deseable. 

Fotografías facilitadas por la autora.

Pareciera que la imagen de la casa fuese la topografía de nuestro ser íntimo”, escribe Gaston Bachelard en su ensayo La poética del espacio. Imposible no pensar en este libro al leer a Menchu Gutiérrez. 

– Esta obra de Bachelard, que leí hace muchos años, fue capital para mí. Me enseñó que se podía escribir una clase de ensayo comprometido con la poesía y la imaginación. Algunas ventanas de este libro están emparentadas con esa mirada que reflexiona y se abandona a un mismo tiempo. Por aquel tiempo leí en Psicología y alquimia de Carl Gustav Jung: “Yo soy la casa y el habitante de la casa”. Lo escribí en la pared de mi estudio, como si fuera un interrogante que nunca se acaba de cerrar.

– ¿Podemos trazar un retrato de nuestra identidad a través de las casas en las que hemos vivido, de las ciudades que habitamos? La ventana inolvidable está llena de tránsitos, de mudanzas… Y, sin embargo, hay una ventana que es como una raíz inamovible, el espacio de la infancia, de los orígenes.

– Después del vientre materno, la casa es nuestro principal espacio de referencia, y en esa primera casa, la ventana parece haber tatuado nuestra memoria. A lo largo de la vida, recibes vislumbres de ella, en otras ventanas, en el mero acto de mirar hacia ella o desde ella. La ventana es una verdadera máquina del tiempo. 

– La entrega merodea por la historia familiar, por el sendero de la memoria, propiciando un sugerente viaje hacia dentro. La familia, la infancia, los recuerdos, son básicos en tu obra, y junto a todo ello el paso del tiempo. ¿Dónde está el origen de tus inspiraciones? ¿De dónde surgen tus narraciones? En más de una ocasión has dicho que partes del yo para apresar el nosotros, lo colectivo, lo universal. 

– Como he dicho en otro lugar, este libro no es mi biografía contada en ventanas, sino que pretende ser “la vida” contada en ventanas. Lo que me interesaba era convertir la ventana en un vehículo para la reflexión en el que todos podemos reconocernos. En La búsqueda del tiempo perdido de Proust, se cuentan muchos recuerdos personales de su autor, pero lo más interesante del libro no son los recuerdos en sí, sino que estos te hagan partícipe del acto mismo de recordar. Yo arranco de una emoción personal, pero mi deseo es trascender ese yo y desaparecer en un yo, como dices, colectivo.

– Podemos calificar este libro como una novela, pero yo creo que es una obra que no se puede apresar en etiquetas, que transita entre la ficción, la meditación, la poesía también. ¿Cómo te enfrentas a los géneros?

– La verdad es que siempre he sentido una gran libertad a la hora de escribir; es decir, que nunca me he planteado si un poema invadía el territorio del ensayo o un ensayo se inclinaba hacia la narración. La poesía, que se encuentra en la base de todos mis libros, en realidad no entiende nada de géneros. Lo único importante es hacer renacer las palabras una y otra vez para que no señalen lugares comunes, para que lo que se dice no nazca muerto, algo muy diferente a ir en pos de la originalidad.

Los espacios, el tiempo, la intimidad, pero también el silencio. El silencio es importante en La ventana... Citas a Séneca, que se planteaba: ¿De qué sirve el silencio exterior, el silencio de la calle, si las pasiones se agitan en el interior de mi cabeza?” También aludes a John Cage, “el amigo de todos los sonidos”, quien tanto indagó en el silencio. Y abres un interrogante: “¿Cuál será el silencio del siglo XXI? ¿El de la ventana definitivamente cerrada?”. Ahora te pregunto: ¿Crees que hoy estamos huérfanos de silencio? ¿Necesitamos el silencio? ¿Cómo recuperarlo, cómo enfrentarse al exceso de ruidos? 

– Hay un silencio físico y un silencio que equivale a una pausa que depende exclusivamente de nosotros. Podemos combatir en la medida de lo posible la tiranía del ruido, pero sobre todo deberíamos ser capaces de crear el silencio interior, recuperar la capacidad de concentrarnos. En mi opinión la falta de concentración es la gran patología de nuestro tiempo.

«Podemos combatir en la medida de lo posible la tiranía del ruido, pero deberíamos ser capaces de crear el silencio interior, recuperar la capacidad de concentrarnos. En mi opinión la falta de concentración es la gran patología de nuestro tiempo».

– Lo cierto es que, desde su sutileza y singularidad, tu obra nos dice mucho sobre el momento que vivimos, a la vez que nos estimula a detenernos, a observar, a conocernos…

– Me alegra este comentario porque sin duda vivimos en un mundo desdibujado por la velocidad. La pausa no es sinónimo de parálisis; por el contrario, es un espacio fructífero para la reflexión, en el que suceden muchas cosas.

A partir de detalles, de ventanas diversas, la entrega ahonda en asuntos de gran calado: las pérdidas, la enfermedad, la muerte… Pero, de nuevo, aquí entran los silencios. Las historias al respecto se sugieren, no se completan… Somos los lectores los que debemos rellenar los huecos, los silencios, por decirlo de algún modo.

– Nunca me han gustado los libros en los que todo se da masticado y casi digerido. Creo en la lectura activa, que nos sacude y nos obliga a pensar. Por otro lado, mis libros no contienen sentencias ni aseveraciones, y lo que hacen más bien es plantear dudas y preguntas, de modo que el lector tiene la posibilidad de escribir una especie de obra paralela.

Fotografías facilitadas por la autora.

– A través de las ventanas de este libro asoman muchas inquietudes, muchas despedidas y últimos paisajes. En ese sentido es un libro, una ventana sombría, por la que se cuelan rayos de luz. 

– La magdalena de Proust de este libro sería esa primera ventana que, como decía antes, tienes tatuada en la memoria; una ventana perdida en una dimensión del tiempo y viva en otro mucho más profundo. En la primera parece encontrarse también la última. Yo creo que éste es un libro coral, escrito con muchas voces, en el que se alternan las luces y las sombras, como sucede en la vida de todos. En un momento del libro escribo que la ventana, como la vida, nunca te dirá lo que quieres oír.  

– ¿Hasta qué punto la creación, el proceso de escritura, exige cerrar la ventana ante las prisas y los ruidos? ¿De qué manera consigues mantenerte al margen de tendencias, de modas, para seguir manteniendo la limpieza de tu mirada literaria?

– Aunque parezca una paradoja, para escribir es preciso ante todo ser capaz de crear el silencio. El silencio es la puerta de entrada a las experiencias más profundas. Del mismo modo que nunca me he puesto a estudiar una tendencia literaria, tampoco he hecho un esfuerzo por resultar original. Mi única preocupación ha sido y sigue siendo la de ser fiel a lo que deseo comunicar en todo momento, encontrar el lenguaje que me permita identificarme totalmente con aquello sobre lo que escribo. 

«Aunque parezca una paradoja, para escribir es preciso ante todo ser capaz de crear el silencio. El silencio es la puerta de entrada a las experiencias más profundas».

Supongo que vivir en una localidad de Cantabria, alejada de las grandes ciudades, hace posible ese silencio.

– Para mí es muy importante estar en contacto diario con la naturaleza, pisar la tierra, sentir las estaciones en los árboles o la presencia de los animales. La ciudad tiene muchos regalos pero la mayor parte del tiempo es una apisonadora para los sentidos. 

– Pienso en el tiempo que viviste en un faro. ¿Cuánto debe tu obra, tus caminos literarios, a esa experiencia?

– El faro es un lugar muy cargado simbólicamente, guarda un parentesco con el castillo, con la iglesia, con el puesto de vigía… Desde su posición te propone ampliar la mirada y al mismo tiempo te invita a concentrarla, recogiéndote. Por otra parte, el faro es un espacio en el que se es siempre huésped, y eso actuó también para mí como un recordatorio esencial de la transitoriedad, del elemento ilusorio de cualquier posesión, algo que ayuda a despojarte de muchas cargas a la hora de pensar.

– ¿Qué literatura te inspira? ¿A qué autores contemporáneos te sientes afín?

– Siempre me ha inspirado la literatura de las afueras, comprometida con la poesía, la que se escribe en el interior de un paréntesis o en un tiempo aparte, alejado de los relojes oficiales. Entre los autores vivos -aunque hay algunos escritores del pasado que leo como si estuvieran en la habitación de al lado- me gustan muchísimo la canadiense Anne Carson y el húngaro Laszlo Krasnahorkai. Ambos son escritores que dialogan con el ayer de una forma nueva, como si plantaran semillas de un tiempo remoto y las hicieran fructificar en el presente.

– Una última pregunta. ¿Qué es lo que ves desde tu ventana ahora mismo? 

– Vivo en la colina de un valle muy abierto y ésta es la hora en que empiezan a encenderse las luces de las casas y las farolas de la colina del otro lado. Siempre pienso que me están invitando a participar en una fiesta. O, mejor, en una reunión tranquila, en la que se conversa.

– Y antes de terminar, otro extracto del libro que me parece muy revelador: “Recuerdo a Leonora Carrington cuando recomendaba poner un ojo en el microscopio y otro en el telescopio para conducirse por la vida, para no ser aplastada por la ignorancia de lo grande ni de lo pequeño. Ahora tiempo y espacio se concentran frente a la ventana, que es ambas cosas a la vez: microscopio y telescopio”. ¿Algo que decir al respecto? 

– Sólo me queda invitar al lector a acercar el ojo a la mirilla.

La ventana inolvidable ha sido publicado por la editorial Galaxia Gutenberg.  Ha recibido el Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro 2022.

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