Pasando las páginas del álbum de fotos con Annie Ernaux

Emma Rodríguez © 2020 /

Todos tenemos nuestros álbumes de recortes mentales. Planos congelados. Instantáneas de gente a la que amamos en distintos momentos”. Este fragmento de Lucia Berlin, extraído de su libro de relatos Manual para mujeres de la limpieza, acude a mí cuando empiezo a escribir este texto sobre otra autora a la que acabo de conocer, Annie Ernaux (Lillebonne, Normandía, 1940). Voy a hablaros de Los años, una original entrega galardonada con el Premio Formentor 2019, un deslumbrante ejercicio de recreación testimonial, biográfica, que nos cautiva con sus senderos de tiempo, de memoria. 

Imágenes, realidades, fantasías, escenas, lecturas, paisajes, épocas, modas,  se suceden en una corriente caudalosa, turbulenta, que discurre veloz y nos conduce, nos lleva, nos atrapa a medida que se va aproximando a nosotros, al tiempo en el que habitamos. Confiesa Ernaux que en un momento dado de su vida, ya en la mediana edad, tuvo la necesidad de apresar sus edades y se puso a pensar en una obra, “una especie de destino de mujer (…), algo parecido a “Una vida” de Maupassant, que haría sentir el paso del tiempo en ella y fuera de ella, en la Historia, una “novela total” que acabaría con la desposesión de los seres y de las cosas...”, nos cuenta.

En estas palabras está contenida la intención de la autora. Es una pista indudable para saber qué hemos de encontrarnos en su entrega, pero lo que no podemos saber de antemano es el efecto que la lectura ha de provocar en nosotros. Si algo me ha maravillado de este libro es su capacidad para trazar, para captar, el relato de una existencia en el latir de la colectividad. Annie Ernaux habla desde sí misma, pero a partir de sus vivencias, de sus sensaciones y pensamientos, transmite de forma magistral el transcurrir de la historia reciente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el primer trecho del siglo XXI, inaugurado con el punto de inflexión que supuso el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, ese inolvidable 11 de septiembre de 2001.

Fotografías de Emma Rodríguez leyendo, por Nacho Goberna.

A través del repaso de viejas fotografías, la autora va tirando del hilo del ayer y aproximándose al ahora; despejando recuerdos, espesuras; constatando que el pasado se desvanece cada vez con mayor velocidad, que apenas hay ocasión para el detenimiento, la reflexión, en un mundo que se mueve a grandes zancadas, sin apenas dejar respiro. Nuestra protagonista va observando su vida desde un plano distante, como si fuese una desconocida para ella misma, alguien que se asoma al espejo queriendo reconocerse en sus distintas fases, fisonomías, transformaciones. 

Si algo me ha maravillado de «Los años» es su capacidad para para captar el relato de una existencia en el latir de la colectividad. Annie Ernaux habla desde sí misma, pero a partir de sus vivencias, sensaciones y pensamientos, transmite el transcurrir de la historia reciente.

La identidad se va forjando al hilo de los acontecimientos históricos, políticos, sociales. Ernaux recoge las escenas de la intrahistoria, lo que sucede dentro de las casas y no pasa a los grandes manuales, ni siquiera a las noticias de los medios. Y aún va más allá: se introduce en las conciencias, en los corazones. Las vivencias personales, los descubrimientos, los aconteceres de la vida, se van sucediendo mientras fuera acaecen guerras, desastres, brotes de rebeldía, progresos, regresiones, desapariciones y surgimientos de nuevos órdenes, costumbres, inventos. Las esperanzas y las decepciones se mezclan con lecturas, con películas, con canciones… En muchas ocasiones esas experiencias que proporciona la ficción, las artes en general, son más reales, tienen más impacto, que el transcurrir de los días. He aquí la importancia de lo que hemos leído, contemplado, escuchado, en lo que somos.

La niña da paso a la joven, que desea ser libre y descubrir el sexo en una sociedad demasiado pacata. La joven se convierte en profesora y vive el Mayo del 68. Escribe libros y forma una familia, tiene hijos, se divorcia, vive su plenitud como mujer, sin prejuicios, y experimenta nuevas relaciones, supera un cáncer de pecho, se convierte en abuela… Todo ello acompañado de la constante producción de novedades; del ritmo frenético de la tecnología. Una carrera acelerada que no se detiene, que nos conduce al desaliento, porque no sabemos si vamos a poder seguirla.

Pasábamos al lector de DVD, a la máquina de fotos digital, al MP3, al ADSL, a la pantalla plana, no parábamos de pasar. Dejar de pasar significaba envejecer. A medida que el deterioro se dejaba sentir en la piel y afectaba insensiblemente al cuerpo, el mundo nos colmaba de cosas nuevas. Nuestro deterioro y la marcha del mundo iban en sentido inverso. / Las preguntas que surgían con la aparición de las nuevas tecnologías se suprimían unas tras otra en un uso que se había vuelto natural y carente de reflexión. La gente que no sabía usar un ordenador y un walkman digital iban a desaparecer como habían desaparecido los que no sabían usar el teléfono o la lavadora (…) Estábamos desbordados por el tiempo de las cosas...”

La voz, la manera de contar de Annie Ernaux, es como un torrente. Nos habla desde el nosotros y se sitúa detrás de la tercera persona, de un “ella” que aparece en una fotografía, en una emoción, en una imagen que tira de la memoria. En algún momento cita a Proust. Es evidente el recurso de la memoria involuntaria, el apresamiento de esas situaciones, de esos momentos en la vida que nos conducen a otros similares, a través de un olor, de un gesto, de una palabra.

La voz, la manera de contar de Annie Ernaux, es como un torrente. Nos habla desde el nosotros y se sitúa detrás de la tercera persona, de un “ella” que aparece en una fotografía, en una emoción, en una imagen que tira de la memoria.

La narradora dormida con su amante, pegada a él después de hacer el amor, despierta con el ruido de los coches de fondo, y la salida de ese estado de “torpor placentero” para volver al exterior, a la calle, a los trabajos, a las obligaciones, la lleva a pensar en otros momentos en los que experimentó la misma sensación de recogimiento, de placer, que debe ser interrumpido: leyendo tras la espalda de su madre, de niña; envuelta en una manta junto a la estufa eléctrica en su etapa de “au pair” en Inglaterra; alojada en un hotel de Pamplona

Los años es una obra cargada de sugerencias, atravesada por imágenes de gran potencia, con medidas descargas poéticas que funcionan como fogonazos. Ernaux utiliza un lenguaje potente, afilado, que llama a las cosas por su nombre, sin cortapisas, que se desmarca de sentimentalismos y sabores excesivamente dulces. Los años es un libro escrito, desde la autenticidad, sobre el paso de las generaciones, sobre las búsquedas personales, sobre las huellas que dejamos, sobre las sucesiones y los transcursos, sobre el discurrir.

Antes os hablaba del álbum de fotos. Annie Ernaux nos muestra su particular álbum y nos cuenta sus impresiones, sus recuerdos de tal o cual momento, sus pesquisas sobre tiempos ya idos, sobre rostros apenas reconocibles. Pero hay otro mecanismo que utiliza y con el que va tejiendo la narración: la rememoración de las comidas familiares los domingos, los días de fiesta. Las conversaciones mantenidas en esos  encuentros con los seres más cercanos, desde que era niña hasta que se convierte en abuela y nos muestra una última imagen con su nieta, van dando cuenta de los cambios sociales, a nivel colectivo.

Cada época tiene sus obsesiones, sus miedos, sus símbolos, sus palabras. En las primeras páginas del libro nos traslada a los días festivos después de la guerra, cuando sus padres y familiares evocaban “el tiempo de antes”. Nos dice la autora que “no se cansaban nunca de contar el invierno del 42, glacial, el hambre y el colinabo, el avituallamiento y los cupones para el tabaco, los bombardeos la aurora boreal que había anunciado la guerra las bicicletas y las carretas en la Derrota las tiendas saqueadas...”

No utiliza puntos ni comas en estas ocasiones. Salta de línea, como si levantara versos, y sigue con el recuento de los recuerdos, de los temas de conversación: “los siniestrados buscando en los escombros en busca de sus fotos y su dinero / la llegada de los alemanes (…), los ingleses siempre correctos, los americanos caraduras, los colaboracionistas, el vecino en la Resistencia, la chica X rapada tras la Liberación / Le Havre arrasada, donde no quedaba nada, el mercado negro / la Propaganda / Los “boches” en su huida cruzando el Sena en Caudebec en caballos reventados / la campesina que se tira un cuesco en un compartimento de tren donde se encuentran unos alemanes y proclama a quien la quiera oír “si no pueden entendernos por lo menos nos olerán”.

Así narra Annie Ernaux por momentos. Su manera de registrar la memoria no es nada convencional. En estos fragmentos que he reproducido resume toda una época. Entonces, nos comenta, tras reparar en el episodio de la campesina, “con fondo de hambre y miedo, todo se contaba desde el “nosotros”.

Hay una corriente de empatía que recorre todo este trayecto torrencial. La escritora francesa nos sumerge en lo acaecido desde mediados del siglo XX a través, como decía antes, de la intrahistoria, o mejor desde la historia emocional, un trayecto en el que compartimos espacio, compañía, con las generaciones de las que aún conservamos huellas cercanas; en cuyos tramos más próximos nos encontramos con nuestras propias angustias. El lenguaje es importante. La autora se detiene en las palabras, en las frases que van definiendo la forma de entender y estar en el mundo. El “deseo de hacerse mayor cubre la etapa de la adolescencia de nuestra protagonista. La monótona vida en la provincia, el peso de la religión, la escasez, el anhelo de conocer París, el distinto trato según se sea chico o chica… Como señalaba anteriormente, los recuerdos de ese tiempo de miseria, son ásperos, amargos, y el estilo, el lenguaje, se adapta a esas condiciones, se afila.

Vamos pasando las páginas y llegamos a los años que marcan el fin de las restricciones y la llegada de las novedades, anunciadas por la publicidad, empezando por los electrodomésticos, cuya posesión determinaba el estatus social y las diferencias entre quienes podían y quienes no podían adquirirlos. Ernaux nos habla de Francia, pero lo que cuenta sucedió, en paralelo, antes o después, en otros países europeos, en Estados Unidos. Hay una serie de televisión que recoge muy bien aquellos tiempos y que ahora me viene a la cabeza, Mad Men. Hay una frase muy significativa de la época que recoge la autora: “Hay que ir con los tiempos”.

En otro momento la autora se encuentra a sí misma en la foto de una adolescente morena, con gafas. Tenía catorce años y medio. A través de las percepciones y emociones de entonces, “puede la escritura recuperar aquí algo de lo que corría allá por los años cincuenta, captar el reflejo proyectado en la pantalla de la memoria individual por la historia colectiva”, señala, dando las claves del gran reto y logro de este libro del que os estoy hablando.

Annie Ernaux agarra los aconteceres, el curso del tiempo, en Los años. Prácticamente todos los grandes hechos que han determinado la historia reciente, la del siglo XX, especialmente los que más atañen a Francia, son mencionados en sus páginas: Indochina, las revueltas de Argelia, el miedo a la bomba atómica… Las comidas familiares se siguen celebrando y a través de ellas tomamos la medida a las nuevas tensiones del mundo, a las preocupaciones de la ciudadanía, a sus esperanzas. Las lecturas, las modas, las músicas, los objetos van cambiando; también las palabras, mientras percibimos las transformaciones de una joven que en la década de los 60 no se encuentra a gusto en ninguna parte, solo en el saber y la literatura”.

Hay muchos momentos esenciales en este recorrido. Las reflexiones, las apreciaciones de Ernaux sobre el trayecto del mundo en el que le ha tocado vivir, cobran cada vez mayor peso. “La profusión de cosas escondía la escasez de ideas, el desgaste de las creencias”, escribe. Y nos habla de de la aparición de la píldora anticonceptiva, que supone la liberación de la mujer, de la Guerra de Vietnam, de Los Beatles… Todo transcurriendo a gran velocidad, atrapado en las páginas de este libro que nos abarca colectivamente. Muy interesantes, a mi parecer, la parte en la que narra su experiencia en el Mayo del 68 francés. En ese momento “salían de todas partes movimientos, libros y revistas, filósofos, críticos, sociólogos: Bourdieu, Foucault, Barthes, Lacan, Chomsky, Baudrillard, Wilhem Reich, Ivan Illich, “Tel Quel”, el análisis estructural, la narratología, la ecología (…) Todo se encaminaba hacia una comprensión nueva y una transformación del mundo…”, señala la autora.

Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: creíamos que no teníamos nada que perder por probarlo todo. / 1968 era el primer año del mundo…”, escribe posteriormente. A partir de aquí yo hago un paréntesis. Os invito a que sigáis a Annie Ernaux en su recorrido, presidente a presidente, en Francia. El tiempo sigue discurriendo y ella nos lleva de la mano, paso a paso, hacia el ahora: los 70, los 80, los 90, la entrada en el siglo XXI.

Las lecturas, las modas, las músicas, los objetos van cambiando; también las palabras, mientras percibimos las transformaciones de una joven que en la década de los 60 no se encuentra a gusto en ninguna parte, solo en el saber y la literatura”.

Nos reconocemos ya en muchos de los acontecimientos que rememora: la tecnologización acelerada, a la que me refería antes; la caída de las Torres Gemelas y los sucesivos ataques terroristas; la precarización del trabajo, de la vida; el aumento de la xenofobia. “Sin tener tiempo para pensar nos sumíamos en el miedo, una fuerza oscura se había infiltrado en el mundo...”, me detengo en estas palabras que tanto reflejan nuestro tiempo. Hay páginas en las que la escritora se muestra especialmente crítica con el trato a la población emigrante en Francia, con el abandono de los jóvenes de los barrios de la periferia. 

Aquí me detengo y doy un salto hasta la parte final de este libro que se publicó en Francia en 2008, de la mano de Gallimard. La narración culmina cuando la autora tiene 70 años y su desembocadura es absolutamente reveladora. Ernaux nos dice que en ese momento es ella la que se siente inmóvil en un mundo que corre. Escribe sobre su último amor, un hombre mucho más joven; sobre la menopausia, la jubilación, la enfermedad, la llegada de los nietos, la pérdida de personas queridas, la vejez... Nos asomamos a nuevas fotos. La narración gana en emotividad.

Las sucesivas grietas que separan todas las figuras de ella en el pasado se detienen ahí. Lo que más ha cambiado de ella es su percepción del tiempo, de su ubicación en el tiempo”, constata. “Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (“se revolverían en su tumba”), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia, como se decía de sus bisabuelos: “Han visto la guerra de 1870”, sigue escribiendo.

El recorrido lleva a Annie Ernaux a una conclusión, a un descubrimiento: “Ha perdido su sensación de futuro, esa especie de fondo ilimitado en el que se proyectaban sus gestos, sus actos, una espera de las cosas desconocidas y buenas que la invadía…” En su lugar, nos dice, “ha aparecido una sensación de urgencia, que la devasta…” Tiene miedo, sobre todo, a perder la memoria. Por eso, aquí, en Los años, ha dado forma a “su ausencia futura”. Ha mirado, como explica posteriormente, “en su interior para encontrar el mundo, la memoria y el imaginario de los días pasados, captar el cambio de las ideas, de las creencias y de la sensibilidad, la transformación de las personas y del sujeto, que ella ha conocido y que no son nada, quizá, frente a quienes conocerá su nieta y todos los vivos en 2070”.

“Ha perdido su sensación de futuro, esa especie de fondo ilimitado en el que se proyectaban sus gestos, sus actos, una espera de las cosas desconocidas y buenas que la invadía…”, escribe Annie Ernaux.

Este trayecto tan original, trazado con fragmentos, los fragmentos que dan forma a un hoy donde todo se diluye, culmina así, con la explicación de sus desafíos. “Será un relato resbaladizo, en un imperfecto continuo, absoluto, devorador del presente progresivamente hasta la última imagen de una vida”, nos hace saber. Con ella hemos recorrido el relato, el camino, desde el nosotros. Un ejercicio de memoria compartido. Solo me queda expresar mi agradecimiento, por tanto. Las fotografías que ilustran este artículo, realizadas por Nacho Goberna en Madrid, son instantáneas, ráfagas de un momento concreto, imágenes impregnadas del espíritu de esta lectura.

Muy al final del libro, Annie Ernaux incluye unos versos de la poetisa francesa Anna de Noailles, con los que quiero terminar este texto: “Me apoyé en la belleza del mundo / Y tuve el olor de las estaciones en mis manos”.

Los años, de Annie Ernaux, ha sido publicado por el sello Cabaret Voltaire. La traducción la firma Lydia Vázquez Jiménez. La obra fue galardonada con el Premio Formentor 2019.

Las fotografías fueron realizadas por Nacho Goberna. Madrid, terraza del Café Comercial.

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