Emma Rodríguez © 2024 /

Tras la sencillez aparente de Bien tarde en el día, de la escritora irlandesa Claire Keegan asoman las revueltas del existir, las perplejidades, el hastío, las zonas sombrías, las renuncias, los desencantos, la falta de expectativas. Todo empieza en esta novela corta en cuatro partes con una jornada laboral que parece anodina, con un personaje que mira al reloj y desea que pasen las horas, que cesen las conversaciones de conveniencia, las formalidades. Detrás de ese telón, en los capítulos siguientes, aguardan las sorpresas, las pequeñas verdades que se van revelando y que añaden inquietud al discurrir de una vida que puede ser la de cualquiera, la de cualquier persona con la que nos topamos al coger el autobús, en el supermercado, en las calles y lugares que frecuentamos.

No me resisto a transcribir el comienzo de la entrega, uno de esos comienzos que captan la atención desde el primer párrafo, en cuyo final se introduce una de esas frases sobre la vida a la que nos quedamos dándole vueltas un rato largo: “El viernes, 29 de julio, Dublín tuvo el clima que había sido pronosticado. Toda la mañana, un sol descarado brilló a lo largo de Merrion Square, alcanzando el escritorio de Cathal, donde él estaba sentado junto a la ventana abierta. Entraba un relente a pasto cortado y, de vez en cuando, una brisa cercana agitaba la hiedra de la cornisa. Miró hacia afuera porque se cruzó una sombra, un sobresalto de golondrinas que peleaban fraternas, en lo alto. Abajo, en la grama, algunos tomaban sol y había niños, y canteros repletos de flores; buena parte de la vida transcurría sin problemas, a pesar de los muchos trastornos humanos y de saber cómo todo debe terminar”. 

La mirada sobre los detalles cotidianos impregna esta nouvelle que habla de una relación de pareja que acaba en ruptura, destapando la diferencia de puntos de vista entre sus dos miembros, Cathal y Sabine, la distancia entre la mirada masculina y la femenina, mostrando la alargada y subterránea sombra de la misoginia, los micromachismos con los que vivimos a diario y que tantas veces resultan difíciles de detectar, de visibilizar, de nombrar, por la familiaridad que los rodea. ¿Cuántas veces hemos escuchado a padres y parejas repetir lugares comunes, nada respetuosos, hacia las mujeres? ¿Cuántas veces hemos visto a nuestros propios hijos repetir argumentos que escuchan en sus entornos y que repiten ante nuestra perplejidad, sin ser conscientes realmente de su efecto? ¿Cuántas mujeres caen en esas trampas y miran para otro lado, como si no fuera con ellas?

Un simple gesto, una frase, puede echar por tierra un momento dotado de todos los ingredientes para ser feliz. Una conversación puede irse volviendo cada vez más incómoda y sacar a relucir abismos difíciles de superar. A Claire Keegan le basta con la introducción de escenas que irrumpen como volcanes en la intimidad y rompen su discurrir, con sagaces observaciones que indican su capacidad para leer los comportamientos humanos, para detectar las fallas de la convivencia. Cuando Sabine, una francesa que vive y trabaja en Dublín, se muda a casa de Cathal, en un pueblo en las afueras de la capital, después de aceptar su propuesta de matrimonio, este se ve desbordado por las cosas de ella y señala: “Quizás esto sea demasiada realidad”.

La mirada sobre los detalles cotidianos impregna esta nouvelle que habla de una relación de pareja, destapando la diferencia de puntos de vista entre sus dos miembros, Cathal y Sabine, mostrando la alargada y subterránea sombra de la misoginia.

Con anterioridad, cuando van a recoger el anillo de compromiso, él se queja de pagar un cargo adicional a la joyería por tener que estrecharlo y se escucha a sí mismo hablando como su padre al preguntar: “¿Crees que el dinero lo encuentro en los árboles?” Son constantes los signos que dan cuenta de la tacañería y el egoísmo de un hombre que no se conoce, que no sabe realmente cómo es, que se engaña. A través de comentarios de este tipo Keegan va abriendo brechas, señales de que algo no funciona, obstáculos que dificultan el camino, esas verdades incómodas que muchas veces no se quieren ver. 

En Bien tarde en el día hay una conversación con una compañera de trabajo de Cathal que le abre los ojos definitivamente a Sabine. Hablan de hombres, de los hombres irlandeses concretamente y de lo que ellos quieren y esperan de las mujeres. Resulta revelador ese encuentro que la protagonista relata a su compañero, haciéndole preguntas sobre lo que ambas mujeres hablaron. “¿Sabes qué hay en el centro de la misoginia? ¿Cuándo se cae en ella?”, le plantea.

Pronto vemos al protagonista solo, dando vueltas a todo lo vivido, recordando escenas de humillación vividas por su madre, ridiculizada por su marido y sus dos hijos varones. El personaje masculino empieza a cuestionarse por primera vez en su vida muchas cosas en un proceso doloroso, mientras escucha mensajes de amigos que le animan a despreciar, a insultar burdamente a la mujer a la que decía querer (“estás mejor sin esa puta francesa”, le dicen). Claire Keegan ofrece detalles, pero deja muchos huecos abiertos, muchos espacios de silencio que debemos llenar nosotros, quienes leemos. Cathal no sale para nada bien parado en la narración, pero también podemos leer la situación de otra manera e imaginar que, gracias a todo lo que sucede, tiene la oportunidad de conocerse y cambiar. ¿Es posible?, me pregunto. Esta novela nos toca muy de cerca, nos recuerda situaciones vividas, nos hace conscientes de lo mucho que hay que avanzar aún en la dirección de relaciones más igualitarias.

La brevedad es una de las señas de identidad de la autora. “La elegancia consiste en decir lo suficiente y creo que el lector completa la historia”, ha declarado. En el caso de la obra que nos ocupa, los acontecimientos desnudos, los diálogos directos, la exposición sobria, la manera de trabajar con la tensión que se va apoderando de un relato tranquilo, son algunos de los logros de una historia que apunta a los problemas de fondo de las sociedades patriarcales de manera certera. Siendo muy diferente en su estilo, en su planteamiento, los merodeos en torno a la intimidad me recuerdan a otra novela, Intimidades, de Katie Kitamura, que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas y donde, de forma muy sutil, su autora habla de las incomodidades en las relaciones, de las corrientes ocultas tan difíciles de revelar incluso a las personas más cercanas.

Pero hay otro libro que ha acudido a mi pensamiento y que no me canso de recomendar en estos momentos de regresión, cuando cada día nos asaltan noticias brutales sobre violaciones y asesinatos machistas. Se trata de Todos deberíamos ser feministas, de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (también presente en otro texto de esta revista, al que regreso ahora). Se trata de una obra combativa, clarificadora, motivadora, que aborda la educación de los hijos varones

Pasamos demasiado tiempo enseñando a las niñas a preocuparse por lo que piensen de ellas los chicos. Y, sin embargo, al revés no lo hacemos. No enseñamos a los niños a preocuparse por caer bien. Pasamos demasiado tiempo diciéndoles a las niñas que no pueden ser rabiosas ni agresivas ni duras, lo cual ya es malo de por sí, pero es que luego nos damos la vuelta y nos dedicamos a elogiar a los hombres por las mismas razones”, nos dice la autora. Y prosigue: ”La masculinidad es una jaula muy pequeña y dura en la que metemos a los niños. Enseñamos a los niños a tener miedo al miedo, a la debilidad y a la vulnerabilidad. Les enseñamos a ocultar quiénes son, porque tienen que ser, como se dice en Nigeria, hombres duros…”

Ngozi Adichie se refiere a la aspiración del matrimonio como algo esencial para las mujeres en nuestra época, pese a tantos avances conseguidos por el feminismo; a la búsqueda de príncipes azules inexistentes, al esfuerzo por demostrar la valía, la capacidad de encajar, en sociedades cuyas estructuras patriarcales los hombres se niegan a modificar. Y hay un aspecto muy interesante que enlaza con la historia de Bien tarde en el día: la pasividad masculina, la reticencia social a abordar en profundidad las cuestiones de género; porque siempre resulta incómodo cambiar cosas que están tan interiorizadas que cuesta reconocerlas, cuestionarlas; porque, pese a los avances políticos y legislativos en Occidente, sigue habiendo demasiada distancia entre los sexos, una distancia que nada tiene que ver con las indudables diferencias biológicas.

Claire Keegan. Fotografía CC por Ian Oliver (Dublin Writers Festival_2007)

Acabo de descubrir a Claire Keegan, una de las escritoras más aclamadas de las actuales letras irlandesas, con importantes premios en su haber, y confieso que la lectura de una sola de sus novelas me ha sabido a poco. Concluyo este artículo con el deseo de seguir adentrándome en sus territorios cotidianos, en títulos como Recorre los campos azules, Tres luces, Antártida, Cosas pequeñas como esas… Todos ellos han sido publicados en castellano por la editorial Eterna Cadencia.

En concreto, la novela de la que os he hablado, está ambientada en Dublín y en el entorno de Wicklow, a orillas del mar de Irlanda, un lugar clave en la biografía de la autora, que se crió allí, en una granja, y fue la primera de su familia en seguir estudios universitarios. “No puedo explicar mi trabajo. Solo escribo historias…”, ha señalado en una entrevista que leo en el diario “The Guardian”, mientras pienso en las verdades que encierran esas historias que aún me quedan por leer.

Bien tarde en el día ha sido publicado por Eterna Cadencia, traducido por Jorge Fondebrider.


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