Emma Rodríguez © 2024 /
Desde un primer momento, en una de las citas de entrada de La última casa, de la escritora vasca Arantxa Urretabizkaia, queda claro el espíritu de la novela. Corresponde la misma a un texto de la neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini que dice así: “No debemos vivir la vejez recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos queda; tanto si es un día, un mes o unos cuantos años, con la esperanza de poder realizar unos proyectos que no habíamos podido acometer en los años juveniles”.
Esta es la actitud de la protagonista de esta entrega envolvente, enigmática, de cuyo camino no queremos salir cuando lo emprendemos y cuya lectura yo hubiera querido seguir prolongando, pues consigue la autora que deseemos descifrar las motivaciones del personaje central, una mujer llena de matices, dispuesta a cumplir su último deseo, el de hacerse con la casa soñada, esa casa en la que vivir el último trecho de su vida, en la que poder encontrar por fin la calma.
Seguro que al leer el párrafo que acabo de escribir pensáis en una narración de carácter introspectivo, íntimo, pero no, Urretabizkaia nos sorprende con una historia con tintes de thriller y atmósferas clandestinas, que bucea en la construcción de la identidad, en lo que somos y dejamos de ser, en las máscaras y disfraces que adoptamos a lo largo de la vida. La doble personalidad, los secretos, la necesidad de mentir para seguir adelante, son los elementos con los que la escritora construye una trama cautivadora.
No os puedo contar demasiado de la misma, porque la fuerza del relato radica en los enigmas, esos enigmas que quiere desentrañar el personaje del policía retirado desde su balcón, jugando a detective con sus vecinas de enfrente. Un vigilante obsesionado que cavila y se afana por entender lo que observa, que quiere saber más, del mismo modo que quienes nos adentramos en la historia. Os diré que hay mucho movimiento en la novela, muchas idas y venidas, viajes en tren hasta Burdeos y París desde Hendaya, localidad del País Vasco francés donde se ubica la misteriosa casa de los pinos, una casa con amplio jardín convertida en sueño, en anhelo, en la que la decidida protagonista de la novela, una mujer que lleva a sus espaldas una vida aventurera, quiere dar por culminadas todas sus huidas. No se trata de una rendición, no es una retirada lo que busca, sino un nuevo y estimulante comienzo en su vejez, un punto de partida al final del camino para encontrarse y experimentar su ser auténtico.

Todo esto se refleja en un encuentro que mantiene en Burdeos con una antigua amiga. La claudicación de esta, su falta de horizonte, contrasta con la forma de ver las cosas de la protagonista, quien le cuenta que “prefiere pensar que le quedan años y años por delante, que su fin no está próximo, que la última etapa de su vida puede ser larga y feliz y que en esa última fase puede conseguir lo que hasta ahora le ha faltado”.
consigue Arantxa Urretabizkaia que deseemos seguir sabiendo más de su personaje central, una mujer dispuesta a cumplir su último deseo, el de hacerse con Esa casa soñada en la que vivir el último trecho de su vida, en la que poder encontrar por fin la calma.
“Vivir, simplemente vivir” es una frase que llena de luz este recorrido en tonos sombríos, desenfocados. Urretabizkaia combina en la novela dos planos temporales, el presente de la mujer, que centra todo su interés en hacerse con la casa, y el pasado, un pasado lleno de secretos, como os decía, que nos traslada a tiempos de lucha política, a los ambientes de anarquistas huidos de España, a entornos abertzales, en los que se movió la mujer –pelirroja a ratos–, que nos va atrapando cada vez más en sus enigmas, que ve como las puertas del ayer se van entreabriendo y le hacen llegar escenas de antiguas reuniones, de conversaciones entre “hombres y mujeres que creían que era posible cambiar el mundo de raíz”.
Todo se muestra entre brumas, a ráfagas. Ella necesita falsificar su pasaporte y para lograrlo ha de acudir a épocas oscuras que quiere olvidar; desenterrar antiguos fantasmas, recuperar otras vidas vividas, entre ellas la de acompañante y cómplice de un pintor, con el que hizo una gran fortuna en Sudamérica, vendiendo sus falsos cuadros de Modigliani. En el trayecto aparecen figuras de años que habían sido borrados, algunas tan entrañables como la del viejo falsificador de documentos, afectado de demencia, que cree estar viviendo en un tiempo que ya no existe, pero que sigue muy presente en su memoria.
Tardamos en montar las piezas que componen la novela, en ir desentrañando sus fondos. El discurrir a ciegas que propone la autora, abriendo poco a poco, las compuertas, le añade atractivo a esta historia que también está llena de sugerencias, de silencios, de líneas que hemos de ir completando con nuestra intuición, pensamientos, reflexiones… Mientras estaba sumergida en su lectura, acudían a mí las tramas enredadas del escritor francés Patrick Modiano, siempre siguiendo las pistas del pasado, acostumbrado a moverse en entornos clandestinos, a medio iluminar; siempre construyendo su particular mapa de París, que también recrea, a su manera, la protagonista de la novela que nos ocupa.
En el París recobrado, el personaje central de La última casa medita sobre el paso del tiempo, al hilo de sus observaciones de la ciudad. La vemos sentada en una terraza, mirando a los jóvenes que pasan a su lado y que le parecen “personas aún sin hacer, verdes, inmaduras”. Entonces “es consciente de que cuando ella vivía en esas calles no se veía así, no se sentía fuera sino dentro de la vida, pero ahora los jóvenes le parecen proyectos, promesas, pinturas aún sin concluir, borradores”.
La protagonista de la novela, una mujer que nos va atrapando en sus enigmas, ve como las puertas del ayer se van entreabriendo y le hacen llegar a Antiguas conversaciones entre “hombres y mujeres que creían que era posible cambiar el mundo de raíz”.
También me conduce este libro a las búsquedas de otra escritora, Deborah Levy, que en la parte final de su Autobiografía en construcción, titulada Una casa propia, [de los tomos de este proyecto narrativo he escrito en otras páginas de Lecturas Sumergidas], merodea, desde el atisbo de la vejez, en torno a la búsqueda de un lugar en el que sentirse plena. Una casa a la medida de los deseos, en la que guardar objetos queridos, denominados por la autora “cartera de propiedades imaginarias”.
Aspiración, huida, motivo literario, la casa soñada es esencial en el trayecto de Levy y en la novela de Urretabizkaia. La primera recurre a la obra La poética del espacio, del filósofo Gastón Bachelard, quien dejó escrito: “Quizá sea bueno que conservemos unos cuantos sueños de una casa en la que viviremos más adelante, siempre más adelante, tanto más adelante, de hecho, que no tendremos tiempo de conseguirlo”. La segunda nos habla de “una casa blanca y luminosa, con el mejor de los tejados”, y nos entrega un hermoso momento de contemplación de la mano de su misteriosa protagonista. “Las nubes se acercan por el mar y una de ellas se ha pegado a la cima del monte Larrun, lo que le da forma de volcán. Permanece mucho tiempo en la misma postura, paseando la mirada de un lado a otro. Le gusta lo que ve, está cerca de lo que había soñado…”

Arantxa Urretabizkaia (Egia, San Sebastián, 1947), con una amplia trayectoria a sus espaldas como periodista y autora de novelas, poesía y ensayo, muy involucrada en la defensa y normalización del euskera a lo largo del tiempo, ha construido La última casa, Premio Euskadi de Literatura en en 2023, y traducida ahora al castellano por la editorial consonni, al hilo de su propia vida, del tiempo que está recorriendo, desde el convencimiento de que hay que seguir siempre adelante, creando, viviendo.
Yo me asomo en esta Ventana Propia –ya en el número 81 de Lecturas Sumergidas– a los paisajes que despliega ante mis ojos esta novela en la que la vejez es un tema clave, consciente de que el libro ha llegado a mí en un momento en el que empiezo a percibir los cambios y desafíos de ese tiempo extraño, desconocido, que llega sin que nos hayamos preparado para recibirlo. Pienso que empezamos a entrar en ese nuevo estado mucho antes de notar los cambios físicos, cuando vamos perdiendo cada vez a más gente querida, a personas conocidas cuyas ausencias lamentamos; cuando ya los pilares de origen no nos sujetan y, en cierto modo, nos tambaleamos, nos vamos sintiendo más vulnerables. Cada duelo nos va desgastando y al mismo tiempo nos muestra el camino a emociones y experiencias nuevas, inexplicables. La vejez es un desafío, una compleja etapa de aprendizaje en la que hemos de seguir andando entre perplejidades.
Curiosamente, tal vez por todas estas reflexiones que me ocupan, atendiendo a esos azares que acompañan las lecturas, de los que he escrito ya otras veces en estas páginas, en muchos de los libros de esta entrega de Lecturas Sumergidas asoma la vejez. Lo hace, de manera descarnada, en los cuentos de la autora argentina Magalí Etchebarne. Lo hace, en primera persona, desde la mirada a las propias transformaciones que conlleva el paso del tiempo, la también argentina Sandra Lorenzano en su ensayo Herida fecunda. Lo hace el escritor irlandés John Banville, quien repasa su vida mientras pasea y descubre rincones de Dublín… “Oh tiempo, “Oh tempora”, ¿en qué sitios hemos estado… y adónde me llevarás todavía?”, escribe.
Vuelvo a las páginas de La última casa, regreso a la ya citada conversación en Burdeos entre las dos amigas, ambas de la misma edad, atravesando la última curva del camino, pero una de ellas centrada en su terminación y la otra, la protagonista, sintiendo que tiene por delante otra vida por vivir, “un nuevo presente, en paz, como una planta, en calma”. En la contraportada de la novela se dice que la autora huye de los clichés que acompañan a la vejez. Es cierto. Su mirada sobre este periodo de la vida indica continuidad, movimiento hacia adelante, expectación, deseo de disfrutar del recorrido de la existencia hasta sus últimos tramos. De ahí que la lectura de la novela resulte tan estimulante y nos deje con la sensación de un camino siempre abierto.
“La última casa”, de Arantxa Urretabizkaia, ha sido publicada por consonni, con traducción del euskera de Bego Montorio Uribarren.









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