Deborah Levy en «Una casa propia»: diálogos consigo misma a través del tiempo

Emma Rodríguez © 2022 /

He lamentado mucho que llegara el momento de cerrar las páginas de Una casa propia, de Deborah Levy, la tercera parte de su Autobiografía en construcción. Durante los días que duró la lectura, una lectura gozosa a la que conscientemente aplicaba un ritmo lento, las reflexiones de la autora se convirtieron en una compañía cómplice. La corriente de afinidad que había experimentado con las dos primeras partes de su trilogía biográfica se intensificó aún más mientras me iba adentrando en esta nueva entrega en la que la escritora, ya cerca de los 60 años, sigue buscando ser ella misma, no lo que los demás le dicen que tiene que ser, no lo que la sociedad marca para cada etapa de la vida.

El sueño de una casa a la medida de los deseos, en la que ir guardando los objetos queridos y ansiados, denominados por la autora cartera de propiedades imaginarias”, simboliza el anhelo de un lugar, de un territorio al que llegar, de un centro; pero también se convierte en una aspiración, en una huida, en un refugio, en un motivo literario. Es evidente que Virginia Woolf inspira de fondo a Levy. La imagen de su habitación propia, ese lugar para crear en soledad, en libertad, lejos de las limitaciones y prejuicios de su época con las mujeres, se cruza con el afán de Levy de acabar teniendo una casa construida según sus particulares planos y estructuras, acorde con su manera de mirar y de sentir la plenitud y la belleza del mundo. 

Al respecto recurre la autora en distintas ocasiones a La poética del espacio, de Gaston Bachelard: “Quizá sea bueno que conservemos unos cuantos sueños de una casa en la que viviremos más adelante, siempre más adelante, tanto más adelante, de hecho, que no tendremos tiempo de conseguirlo”. Se trata de un fragmento que atrapa muy bien el espíritu de una obra que celebra la existencia en toda su amplitud, que anima a seguir creciendo, experimentando, deseando, resistiendo, atisbando horizontes, siempre en un activo estado de alerta frente a los desafíos por venir. 

La habitación propia de Virginia Woolf, ese lugar para crear en soledad, en libertad, lejos de las limitaciones y prejuicios de su época, se cruza con el afán de Deborah Levy de tener una casa construida según sus particulares planos y estructuras, acorde con su manera de mirar y de sentir.

Hay un pasaje en el que Ley se pregunta cómo seguir viviendo la vida creativamente a los 60 años, cómo adaptarse a la madurez. De eso trata este libro, nacido de la inmediatez, de la meditación y ahondamiento en las vivencias y experiencias propias, experiencias que siendo particulares representan las de otras muchas mujeres también en proceso de adaptación, de búsqueda, de despojamiento de los corsés impuestos por un modelo patriarcal largamente asumido. En Una casa propia Deborah Levy habla de sus cosas, de sus circunstancias, expone sus pensamientos más íntimos, da vueltas a sus contradicciones, y consigue, sobre todo si atravesamos un periodo existencial cercano, que nos reconozcamos, que nos sintamos cómplices que se miran en espejos similares. ¿Cómo afrontar que los hijos se hacen mayores y abandonan la casa? ¿Cómo responder a los vacíos, a las pérdidas? ¿Qué hacer con los recuerdos, con los pasados vividos, con las fotos amarillentas que nos devuelven la imagen de lo que alguna vez fuimos? ¿Cómo prepararse para la vejez?

El filósofo Gaston Bachelard, como os decía antes, es una buena compañía para la autora en este libro. Hay muchas más. Como siempre, y esta es una de las señas de identidad de Autobiografía en construcción, Levy recurre a lecturas que le abren caminos, que actúan como faros, como pilares sobre los que sostenerse. En esta ocasión, como decía antes, Virginia Woolf es una presencia importante, del mismo modo que Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Elena Ferrante, Walter Benjamin, Gertrude Stein, Katherine Mansfield, Georges Perec… Nuestra protagonista mantiene aproximaciones esenciales en su recorrido. La obra de los otros se convierte en nutriente, llega incluso a influir en sus pasos. Al hilo de lo que he ido exponiendo hasta ahora, me detengo en dos pintoras que tienen mucho que enseñarle: Georgia O’Keefe y Leonora Carrington.

La primera aparece al comienzo del trayecto. Deborah Levy se detiene en su manera de pintar las flores y recuerda el día que visitó su casa en Nuevo México, ese lugar a medida de sus deseos que la creadora logró levantar y que ella tanto anhelaba hallar, lejos del estrecho y gris apartamento de su barrio londinense. “Yo también buscaba una casa donde vivir y trabajar y crearme un mundo a mi ritmo”, señala, describiendo la imagen de una vieja casona con un granado en el jardín y con una chimenea oval, similar a la de la vivienda de O’Keefe, que tanto había serenado su ánimo.

Carrington, por su parte, le indica el camino para seguir llevando una vida creativa, intensa, hasta el último momento, algo en lo que la escritora y pintora surrealista fue todo un ejemplo, dejando constancia de ello en su novela La trompetilla acústica, protagonizada por Marian Leatherby, de 92 años, la misma edad que tiene Celia, amiga de Levy y dueña del que fuera su primer cobertizo para escribir, al que alude en otro volumen de su Autobiografía. Con ella va leyendo la obra de Carrington, quien, como nos dice, “había dotado a sus protagonistas mayores de la dignidad de la imaginación, el humor, y algunas ideas interesantes sobre las propiedades inmobiliarias”.

De la original novela de la artista toma nuestra autora la siguiente frase: Nadie puede hacerte feliz, tienes que ocuparte tú”. Una frase, en mi opinión, relevante, pues se ajusta a las búsquedas emprendidas en Una casa propia, donde vemos a Deborah Levy respondiendo una vez más a la pregunta de Celia sobre su edad. “Yo volvía a decirle que tenía cincuenta y nueve años, arribando ya a las orillas de los sesenta. Y me preguntaba en voz alta si sabría aceptar el tránsito a esas playas. Celia respondía que no me quedaba otra, así que no se trataba de aceptar nada…”

Leonora Carrington le indica a Levy el camino para seguir llevando una vida creativa, intensa, hasta el último momento, algo en lo que la creadora surrealista fue todo un ejemplo, dejando constancia de ello en su novela «La trompetilla acústica», protagonizada por Marian Leatherby, de 92 años.

Los tránsitos, las adaptaciones a las distintas etapas de la vida, la necesidad de atrapar los cambios que se van produciendo, de registrar los aprendizajes… De todo ello es de lo que va la particular trilogía biográfica de Deborah Levy. Hoy que tanto se practica la autoficción, que tanto se habla de ella, a favor y en contra, yo me declaro adicta a la manera de cultivarla de esta escritora nacida en Johannesburgo en 1959, quien, además de sus obras más apegadas a la vida, es autora de relatos, piezas de teatro y un buen puñado de novelas que espero se vayan traduciendo al castellano (por ahora Random House ha anunciado la publicación de El hombre que lo vio todo).

Centrándome en sus escritos biográficos, me atrae esa capacidad tan especial para trabajar con los materiales de la memoria, para dejar registro de la manera en que la escritura, y también la lectura, van transcurriendo como ríos que fluyen en paralelo a la vida y enriquecen su caudal. Y también la manera en que se introducen los resortes del ensayo en un trayecto que reivindica la lucha de las mujeres, el feminismo como cauce para trazar otros mapas, otras formas de educar, de entender las relaciones, de vivir, en definitiva. Desde esta ventana propia, que me permito abrir en cada número de Lecturas Sumergidas, yo observo lo que me muestra la escritora y no puedo más que sentirme muy afín a sus paisajes, sus interiores.

Fotos © HEILA BURNETT

Quienes ya la conozcan por Cosas que no quiero saber y El coste de vivir, disfrutarán de esta tercera y última parte de su trilogía. Sin embargo, el registro de Una casa propia es algo diferente. En los títulos anteriores Levy parte de su vida y construye un personaje que perfectamente podría ser la protagonista de una novela. Aquí el acercamiento es más directo, a la manera de la escritura de un diario. El libro se estructura en distintos capítulos centrados en ciudades, en viajes y estancias, rumbos y experiencias que aportan ritmos e intensidades diferentes. Todo es movimiento, tránsito, búsqueda y observación de sí misma. ¿Existe un lugar que se acople a los latidos propios, un sitio lo más cercano posible a los deseos, en el que quedarse? ¿No está acaso ese espacio muy adentro, en el reconocimiento de lo que somos y hemos sido; no lo llevamos a cuestas allá donde vamos?

Son preguntas que surgen mientras pasamos las páginas de este recorrido tan estimulante. En un principio Deborah Levy nos abre las puertas de su casa en Londres, situada en un “decrépito bloque de pisos” del que huye en sus sueños, volando hacia entornos más agradables y cálidos, con vistas a un lago o al mar. En El coste de vivir la dejamos iniciando una nueva etapa tras su separación, en compañía de sus dos hijas. Ahora la más pequeña está a punto de marcharse para iniciar su aventura universitaria y ella, a sus cincuenta y nueve años, ya convertida en una escritora reconocida, se queda sola y debe volver a inventarse otra vida. Un nuevo camino que ha de emprender enfrentándose a su pasado, entablando un diálogo con las otras mujeres que ha sido.

Cuando se muda a un nuevo estudio-cobertizo para escribir, un libro con una dedicatoria amorosa del que fuera su marido, la devuelve al ayer, a la vida de mujer entregada a la familia que fue en el pasado. “Me pregunté quién era aquella mujer espectral de hacía veinte años (…) Sabía que Ella no querría verme (“mírate, casi sesenta años y sola”) y yo a Ella tampoco (“mírate, con cuarenta años, ocultando tu talento, tratando de mantener a la familia unida”), pero ambas nos acechábamos a través del tiempo (…) Mi yo joven (feroz, triste) sabía que no la juzgaba. Ambas habíamos perdido y ganado varias cosas en los veinte años que nos separaban del momento en que había recibido aquel regalo con su hermosa dedicatoria”. 

Por pasajes como este me declaro devota, adicta, a Deborah Levy. El estilo contenido, la sinceridad a la hora de abordar los tramos de su vida, con todas sus luces y sombras, haciendo conectar sus hilos con los de muchas otras experiencias vitales, hacen de ella una autora muy especial, crítica con las convenciones, capaz de desenmascarar con sarcasmo, de visibilizar la persistencia en todos los ámbitos, por supuesto en el editorial y literario, de las reglas patriarcales que siguen marcando el destino de las mujeres.

Parece aspirar la escritora al tipo de vida burguesa que acompaña a muchos de sus colegas de oficio, pero hay una evidente ironía de fondo en la manera en que lo expone. Su trayectoria está llena de esfuerzo, de trabajo, de constancia; también de dificultades y apuros económicos. Pero nada que ver sus deseos de mejora con la imagen de quienes muestran sus supuestamente ideales vidas en las redes sociales. La crítica a la falsedad, la apariencia y la valoración del éxito según el dinero y los bienes materiales que se tengan, principios que rigen el modelo de vida en las sociedades occidentales, asoma entre la mordacidad y la sutileza, una combinación nada fácil. Y luego está la originalidad de la mirada, una mirada que se fija en pequeños gestos y detalles que podrían pasar desapercibidos, pero que actúan como detonantes para abrir las puertas de la memoria, de la introspección.

La trayectoria de la autora está llena de esfuerzo, de trabajo, de constancia; también de dificultades y apuros económicos. Pero nada que ver sus deseos de mejora con la imagen de quienes muestran sus supuestamente ideales vidas en las redes sociales.

Las pérdidas y las despedidas atraviesan el recorrido. La autora da cuenta de un viaje a Nueva York para vaciar el piso de su madrastra estadounidense, que acaba de fallecer, circunstancia que la lleva a recordar la muerte de su madre, una figura a la que vuelve una y otra vez en Autobiografía en construcción, en este tercer volumen con una actitud de superación de las diferencias, de encuentro, de reconciliación. Hay unas páginas hermosas, conmovedoras, más adelante, en otro viaje, esta vez a Mumbai, India, para participar en un festival literario, donde se da cuenta de que aún no había podido aceptar la ausencia materna. “Empequeñecía a mi madre. No quería saber nada de su sufrimiento. No quería ser como ella. No me ofrecía una imagen optimista de la madurez y la vejez. Y aún así la quería sin medida”, confiesa.

Fotos © HEILA BURNETT

De vuelta a Nueva York, vemos a nuestra protagonista en Central Park, tumbada bajo un árbol de cuyas ramas cuelgan unas llaves. “Siempre hay algo secreto y misterioso en las llaves. Son el instrumento para entrar y salir, abrir y cerrar, bloquear y desbloquear dominios deseables e indeseables”, reflexiona. Como decía antes, un simple detalle, tal vez una señal, desata el caudal de los recuerdos, activa la interiorización.

En esta entrega los espacios, las casas, son fundamentales. Mientras piensa en llaves y puertas, acuden a ella historias y huidas como la del escritor estadounidense y activista por los derechos civiles James Baldwin, quien hubo de refugiarse en la ciudad francesa de Saint-Paul-de-Vence. “La casa no era un mero espacio doméstico, era un espacio político. Baldwin había tenido que dejar su país y crearse un mundo más amable en una casa alquilada en otra parte. No era la primera vez que había tenido que escapar del racismo para sobrevivir y escribir”, expone quien conoce muy de cerca el conflicto racial, desde su niñez en Sudáfrica, experiencia dolorosa que cuenta en las páginas de Cosas que no quiero saber.

No es sencillo apresar toda la intensidad, la belleza y la sabiduría que encierra este libro que es todo un ejercicio de autoconocimiento. París es la siguiente parada en el camino y nos ofrece páginas tan interesantes como gozosas. Una beca con residencia en Montparnasse, como docente en el Instituto para las Ideas y la Imaginación, supone una ventana de liberación para Levy, justo cuando debe afrontar la marcha de su hija menor a la universidad. La estancia en la capital francesa, en un espacio sobrio, con muy pocos muebles y enseres, le hace apreciar el placer del desprendimiento, de la austeridad, de la emoción de las nuevas experiencias y desafíos de la vida. Simone de Beauvoir es una de las escritoras que la acompañan en este tramo; a través de su obra reflexiona sobre el amor, sobre el matrimonio, sobre las madres solteras, que “sufren todo el peso de la hostilidad del patriarcado”. 

Al fin y al cabo, si la mujer puede crear otro tipo de familia, puede crear otro tipo de orden mundial”, argumenta. En Deborah Levy el feminismo es una constante y este último volumen de su trilogía, del mismo modo que los dos anteriores, tienen el poder de imaginar otros destinos para la mujer. A través de sus propias búsquedas, la escritora traza puentes de empatía, de solidaridad, con sus compañeras de viaje, abre constantemente cauces de encuentro con sus amigas, con sus coetáneas, con sus predecesoras y con las jóvenes de la generación de sus hijas. 

“Al fin y al cabo, si la mujer puede crear otro tipo de familia, puede crear otro tipo de orden mundial”, argumenta Levy, para quien el feminismo es una constante en su trilogía biográfica, una obra capaz de imaginar otros destinos para la mujer.

La trilogía autobiográfica de Levy, como su título indica, da cuenta de una construcción: de la identidad, de la vocación, de la manera de estar en el mundo. La autora expone algunas sus experiencias como escritora que no lo ha tenido fácil y que ha debido esforzarse por buscar su lugar frente al vacío masculino. En una fiesta literaria en Londres mantiene una conversación con un colega de oficio que, como dice, parecía ver a todas las escritoras “como ocupantes ilegales de sus tierras”. Hace entrar el agrio intercambio en las páginas de Una casa propia, donde apunta: “La clase social y la educación de aquel hombre le habían enseñado a considerar que sus pensamientos eran monumentales, pero no le habían enseñado a leer la obra de las mujeres ni de los escritores de color. Por tanto, le faltaban algunas de las ideas más importantes para el mundo y algunas de las innovaciones formales más excitantes”.

La entrega que nos ocupa visibiliza comportamientos y respuestas no fáciles de percibir desde el lado femenino por su repetición, por haber sido asimiladas socialmente a través del tiempo. “Por alguna razón, mi determinación literaria no había flaqueado nunca. En ese sentido me había tomado a mí misma en serio (…) Nunca ha dejado de fascinarme que siempre haya un hombre y sus consortes femeninas cuyo mayor deseo es derribar a una mujer que se toma a sí misma en serio. Las mujeres que quieren que otras mujeres se rían con ganas de sus propios talentos y ambiciones son mujeres que han luchado mucho para conseguir la aprobación masculina. Les da miedo perder el respeto de sus colegas varones, que las necesitan para reprimir a otras mujeres en su nombre. Las mujeres a las que se les da bien esta tarea siempre parecen muy desgraciadas”, vamos leyendo.

Fotos © HEILA BURNETT

Hay otros tránsitos en este libro que nos lleva a pensar la manera en la que los lugares nos afectan, nos marcan, nos transforman, sobre todo aquellos donde están las raíces, los primeros descubrimientos y afectos. Los recuerdos de la casa de la niñez en Johannesburgo están presentes en el recorrido y la figura del padre, que volvió a vivir en Sudáfrica, después de la liberación de Nelson Mandela (del episodio de su encarcelamiento da cuenta en el primer volumen) se torna poderosa, una fortaleza emocional que teme perder un día. 

En Grecia, en la isla de Hidra, en una vieja casona alquilada un verano, con vistas al mar, termina Deborah Levy este libro lleno de meditaciones en el que se da cuenta de lo que realmente aprecia en la vida, más allá de cualquier bien material: “las relaciones humanas reales y la imaginación”. Inicia el capítulo con una significativa cita de Goethe: “De todos los pueblos, son los griegos los que mejor han soñado la vida” y se zambulle en el Egeo, el mar de los dioses, del que escribe: “Me limpia del dolor de mis esperanzas frustradas de conseguir un amor duradero; me conecta con mi madre, que me enseñó a nadar; calma los miedos que me causa el futuro; amortigua las turbulencias de mi matrimonio roto; me ayuda a buscar ideas pero me vacía la mente; me acerca tanto a la vida como a la muerte. No sé por qué, pero así es”.

Yo sí sé que este fragmento tan bello es la mejor manera de cerrar este artículo, esta ventana que quiere ser una invitación a entrar en el territorio, en los espacios, en los sueños, de Deborah Levy.

Una casa propia, tercera y última parte de Autobiografía en construcción, ha sido editado por Literatura Random House, con traducción de Cruz Rodríguez Juiz. En el mismo sello han aparecido los dos volúmenes anteriores: Cosas que no quiero saber y El coste de vivir.

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