PAtrick Modiano por Sophie-Bassouls

Las tiendas oscuras de Patrick Modiano

Foto cabecera por Sophie-Bassouls

Alberto Trinidad © 2019 /

«No soy nada. Solo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café». Con estas ambivalentes palabras puestas en boca de Guy Roland, Patrick Modiano da comienzo a su novela Calle de las Tiendas Oscuras. «No soy nada», dice Guy, porque hace una década que no recuerda quién es, que ha perdido la memoria sin que, en la narración, se llegue a explicitar nunca el motivo de esa amnesia. «Solo una silueta clara», dice, porque su cuerpo insiste en permanecer en el tiempo —«aquella noche»—, sin un sentido aparente; aposentado en cualquier parte del mundo —«en la terraza de un café»— que le sirva como decorado para la apócrifa representación de sí mismo que le ofrece a la vida. 

Si bien el significado de estas dos frases podría servir para ilustrar, en realidad, la mayoría de las obras de Modiano (y por qué no decirlo, de la novela en general a partir de la postmodernidad), en la que nos ocupa, hoy, como una silueta asintótica en los márgenes de este artículo, se nos invita a adentrarnos unos pasos más en la irresolución del enigma planteado. Unos pasos que emprenderemos hacia atrás, o hacia abajo según se mire, y que nos ha de devolver nuestra imagen reflejada en el espejo como la de alguien diferente a nosotros mismos. Alguien a quien, en un momento dado, tendremos que decidir si reconocemos o si no reconocemos; como quien se ha extraviado mientras paseaba y debe escoger entre seguir el camino al que le han llevado esos pasos perdidos, o bien regresar a una senda originaria que probablemente ya no exista.  

Esta vuelta de tuerca ontológica nos la ofrece Modiano con una estratagema narrativa simple pero brillante. Veamos: Guy Roland, un hombre que, como hemos dicho, perdió la memoria y cualquier referencia de su pasado, ha estado trabajando durante esos años de amnesia en una agencia de detectives. Teniendo esto en cuenta no nos resulta difícil imaginar que, de la misma manera que un soñador insomne zozobra en el océano hostil de su colchón, Guy se ha debido de sentir, durante ese tiempo, naufragando en las vidas de aquellos a quienes investigaba. El que carece de facetas, vértices, matices, ha estado indagando en los de los demás, palpando con sus manos mudas esa corporeidad vital que a él le falta. Así que no nos extrañamos cuando Guy, sin solución de continuidad ni argumentaciones innecesarias, comienza a investigar sobre sí mismo el día que Hutte, su jefe, decide jubilarse y cerrar la agencia.  

Como todo lo que sucede en las obras de Modiano, esa «determinación» (por llamarla de alguna manera) está envuelta de un halo de azar e inevitabilidad que parece conducir a Guy por caminos que lo trazan a él, en lugar de a la inversa. Esta manera de entender el proceso narrativo emparenta al Premio Nobel con autores como Paul Auster o Don Delillo, a quienes lo une esta suerte proustiana de búsqueda de la identidad a través de la narración. De elaboración ficcional mediante la cual sustentar una realidad que, alabeada, se desdibuja del entorno.

Es, quizá, descubrir la identidad en torno a qué se desdibuja la realidad, la tarea más hondamente secreta a la que se dedican estos escritores cuando se sitúan frente a una hoja en blanco e inician el acto de la reelaboración: hender la huella de ausencia en el papel a partir de la cual erigir una obra que habrá de sustituirlos. Puesto que la ficción, para ellos, es el único ámbito de la existencia en la cual puede acaecer, como una chispa inesperada, el germen de una experiencia vital verdadera. El espacio ilocalizable, y por tanto presto a ser habitado siempre en lugar de ocupado y echado a perder. Y es que la ficción se presta al devenir infinito de lo acaecido; en la realidad, sin embargo, ocurre lo contrario: es decir, el continuo devenir clausurado de lo interrumpido. La sucesión imparable e inaprensible del tiempo de la realidad hace imposible cualquier manifestación permanente de nada. 

En Calle de las Tiendas Oscuras la simple aparición en escena de alguien que cree reconocer a Guy sirve como detonante para el desarrollo de toda la trama. La «determinación» de la que hablábamos viene «determinada» por unos hitos azarosos que llevan al protagonista, de un punto a otro de París, tras un rastro de sí al que aspira, pero que se antoja inalcanzable. La «silueta clara», que no es «nada», se desplaza de pista en pista movido por una fotografía en la que él ha decidido —porque no es otra cosa que una decisión— haber distinguido su imagen impresa. Con esa fotografía en mano visita diversos personajes que puedan reconocerlo, afirmarlo como alguien que ha sido, que ha vivido la historia de amor que, de la nada, comienza a dibujarse en el fondo de la novela, y que él adorna con sentimientos que no siente o, por qué no, que de pronto ve brotar de su corazón al amparo de unos escenarios que le brindan las personas con las que se está entrevistando. 

Entonces emerge por fin. Ahí está: la «chispa inesperada» se prende en nuestras manos, delante de nuestros ojos de lectores, en las inmediaciones de los rectángulos en blanco tintados de negro que vamos volteando; se trata de la novela, la novela dentro de la novela. Guy se ha convertido en Pedro (o en Albert) —los nombres que, por lo visto, tuvo verdaderamente en un oscuro pasado de exilios y mafias— y en su cerebro se comienza a gestar una narración de sí que le conceda el beneplácito del sentido. Una historia de amor con una chica de la que le hablan, con quien cruzó la frontera escapando del Gobierno colaboracionista de Vichy y de quien nunca más se supo nada; ni de ella…, ni tampoco de él.

Es en este momento cuando podemos analizar formalmente el texto, y darnos cuenta de que aquello que pudiera parecernos a priori los rasgos de una novela de género detectivesco, un thriller de suspense, se transforma en Modiano, además, en una radiografía onírica del mundo, como si reveláramos la fotografía de un sueño en el cuarto oscuro de la realidad. Este encantamiento lo produce a través de un estilo sobrio, impersonal y a un mismo tiempo impregnado de un sinfín de asideros emocionales a los que uno parece que pueda agarrarse constantemente, pero que acaban desapareciendo, dejando tan solo su huella en la retina. Un estilo muy reconocible que él definió así:

«Una frase corta, algo lineal, es el único modo, para mí, de captar lo onírico, porque para dar esa impresión de un sueño interrumpido, en el que entra alguien por sorpresa, necesito frases muy concretas, al igual que en algunos cuadros surrealistas, como los de Magritte, todo es muy preciso pero la impresión global es de sueño».

Esa precisión la emplea para describir escenas aparentemente cotidianas e introducirse en ellas como un cirujano inapelable. Ahondando en sus entrañas en busca del enigma que copa cualquier escenario de la vida, cuyo corazón desvele el sentido tras el cual se encamina toda su obra. «Creo firmemente que incluso las cosas que nos parecen más banales contienen un misterio que, si uno las mira fijamente, acaba por desvelarse, como si todo tuviera una especie de subrealidad. Hay misterio en todo». 

Modiano ha sido descrito como uno de los novelistas que mejor dio a conocer el mundo de la Ocupación nazi. Prácticamente la totalidad de sus narraciones están ubicadas en el París ocupado y de posguerra o en la memoria de unos personajes que regresan a ella habitando esa ciudad del recuerdo como una sosias de sí misma. Y es ahí, en ese deambular insistente de la memoria; en el del caminante extraviado por las calles conocidas de su propia ciudad; en la descripción de los ambientes cotidianos de la vida rutinaria; en los encuentros azarosos en encrucijadas vitales, donde el cirujano literario que es Patrick Modiano interroga a la realidad y le extirpa su secreto, su misterio, donde desvela la parte oculta que nos cierne desde cualquier rincón de la memoria y del tiempo, tal vez para decirnos simplemente que no hay nada. Que nunca lo hubo, y que la vejez consiste en hacinar toda esa nada y construir con ella una despedida digna del mundo. Elaborar una narración de uno mismo consistente, con la que dialogar desapasionadamente desde la distancia. Lejos de la consumación de la derrota y las apuestas perdidas, más allá de los reproches y de la culpa, del aventurado salto del ángel. 

Con esa actitud es con la que Guy Roland se aproxima a las personas que cree pueden darle pistas sobre su identidad. A ninguna le cuenta nunca que es él la persona de la que están hablando, a nadie le habla de su misteriosa pérdida de memoria, de sus anhelos ni de su búsqueda. Roland no es más que un espectador de la historia que los otros van trenzando sobre sí mismo; un testigo que presencia ese relato desde la platea del teatro que él ha erigido, desde los bordes de las páginas de la novela que se va construyendo a medida que avanza en la investigación. Un fantasma, «no soy nada», que alimenta la carne etérea debajo de su sábana con fragmentos de la vida caducada que mendiga, ya sin hambre, en las casas de esos testimonios apócrifos. 

Se ha dicho de él, de Patrick Modiano, cuando han querido criticarlo, que es un autor en exceso repetitivo, que escribe siempre sobre los mismos acontecimientos, en el mismo tono, y con un personaje protagonista cortado con el mismo patrón. No es algo nuevo. Se trata de un juicio que se realiza, de manera generalizada, sobre aquellos autores que dejan de lado los fuegos de artificio de la literatura puramente de género, efectista y contingente, a cambio de una literatura de compromiso.

De compromiso tanto en relación hacia el propio acto de la escritura como hacia sí mismos (y por ende, hacia el lector). Algunos ejemplos son el ya citado Paul Auster, el denostado por la crítica especializada Haruki Murakami o, en otro ámbito, el inclasificable Salvador Elizondo. Este compromiso impide al escritor escribir sobre aquello que no está íntima e ineludiblemente empujado a escribir; y esto que parece una perogrullada resulta, en términos generales, algo difícil de comprender por el público y por según qué sector periodístico. Cuando uno dedica su vida por completo a una cuestión en la que se pone en juego el sentido de su existencia, como es la literatura, no puede andar decidiendo si escribe sobre una cosa o sobre la otra, escribe sobre lo que tiene que escribir, y si necesita darle vueltas a un mismo concepto vital (¿realmente hay tantos en este mundo?), explorar los mil y un matices de una misma obsesión durante veinticuatro novelas, es lo que debe hacer, lo que sus lectores le agradeceremos que haga.

«Cada nuevo libro que se escribe, elimina el punto anterior, al que el escritor siente que ha olvidado. Se me ha ocurrido a veces que he escrito de forma discontinua, con omisiones. A menudo las mismas caras, los mismos nombres, los mismos lugares, las mismas frases me han llevado a regresar una y otra vez hacia el terreno de un tapiz que se ha tejido en medio del sopor. He escrito medio dormido, o soñando despierto. Un novelista es a menudo un sonámbulo, de lo compenetrado que está con lo que tiene que escribir. Se teme que lo atropellen cuando cruza una calle. Pero la gente suele olvidar que los sonámbulos muestran precisión extrema al caminar sobre los techos, sin caer».

Patrick Modiano es uno de esos funambulistas de la literatura, de los que se mantienen en pie en equilibro sobre la cornisa de ficción que separa el vacío del vacío; la realidad, del mundo. Orientado por el sentido inexistente de un lenguaje incapaz de constituirse como un hogar para el novelista. Una silueta desdibujada en la oscuridad, cuyos pasos se mezclan para siempre con los de la noche.

Patrick Modiano por Denis Dailleux

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