Fernando Aramburu: «No hay ruptura entre el joven rebelde que fui y el hombre tranquilo que soy»

Fernando Aramburu

– Fotografía a Fernando Aramburu en Hannover. ©Agentur Focus/Florian Manz –

Emma Rodríguez © 2019 /

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha sido siempre un escritor muy a tener en cuenta en el panorama de la narrativa española. Interesante, con una voz y una temática propias, su ritmo de trabajo ha sido fecundo y sus publicaciones esperadas por un público fiel, atento a sus búsquedas creativas. Son muchos los títulos que jalonan una trayectoria cargada de coherencia y tiempo, pero, de repente, uno solo, Patria, ha hecho que el autor haya llegado al gran público y conectado con lectores de países y lenguas diversas con su manera lúcida de mirar y profundizar, a través del revelador espejo de la literatura, en la realidad de su tierra de origen, el País Vasco.

Los personajes de esta novela, desgarrados por los efectos del terrorismo de ETA, cargados de sombras y preguntas, de heridas y anhelos de reconciliación, han traspasado fronteras y el fenómeno no ha parado, ya que hay una serie de televisión en marcha que redoblará el impacto de la obra. La vida de Aramburu ha cambiado: viaja más, responde a más preguntas, se sabe centro de atención, pero, en el fondo, sigue siendo el mismo hombre deseoso de construir relatos, de poner sobre el papel sus pensamientos y emociones más huidizas en la soledad de su escritorio, ante la ventana de los paisajes alemanes que un día hizo suyos, cuando abandonó España impulsado por el amor de una mujer, ligero de equipaje y con la hoja del futuro inmediato en blanco.

Escribir como necesidad, como pasión; andar el trayecto con el estímulo de nuevos proyectos, sigue siendo su meta. Hallar las palabras precisas para dar cuenta de la aventura de su propia vida es lo que ha ha hecho en Autorretrato sin mí, su última publicación hasta el momento en su editorial de siempre, Tusquets. “Habito desde que nací en un hombre llamado Fernando Aramburu. No voy a quejarme. Hay desiertos peores. Este hombre me obliga a madrugar. Se ha ido metiendo en años. Tenía una melena que se le derramaba sobre los hombros. Hoy lleva, llevamos, los pensamientos al aire…” Así comienza esta entrega esencial para conocer al escritor. Una narración íntima, unas memorias con aproximaciones poéticas, en las que el ser humano da la mano al creador, se aproxima a sus edades y reflexiona sobre las pérdidas y los aprendizajes del camino, con un hondo deseo de anular los espacios temporales para encontrar el abrazo, el abrazo a los distintos yoes y a los seres queridos que, sin estar, siguen muy presentes.

Portada de Autorretrato sin mí

Leyendo este libro nos encontramos a alguien que ha llegado a ser lo que deseaba ser, que puede cumplir a diario “el sueño de un lejano adolescente que quería ser escritor”, como dice en un momento dado. Esta sensación de destino cumplido lo recorre todo. ¿Se siente afortunado Fernando Aramburu? ¿Agradecimiento, serenidad, son palabras que le definen hoy? ¿Es eso lo que ha ganado con el paso de los años?

– En un texto juvenil, ingenuo pero no por ello carente de sentido, postulé el ejercicio de la creatividad con la idea de que a la muerte le diera pena matarnos. No era mala motivación, por cuanto anima a afrontar los infortunios con energía positiva. Nunca me he hecho demasiadas ilusiones con respecto al destino del hombre. Así y todo, siendo adolescente, concebí el deseo de cumplir un sueño en el cupo de tiempo que me correspondiera para vivir y ese sueño, que no era otro que el de ser escritor a jornada completa, se ha consumado. Tan importante y satisfactorio como eso es el logro de la serenidad. Estoy a buenas conmigo y creo haber hecho grandes progresos en el arte de aprender a morir con entereza, aunque vaya usted a saber si en el último momento lo echo todo a perder.

«Siendo adolescente, concebí el deseo de cumplir un sueño en el cupo de tiempo que me correspondiera para vivir y ese sueño, que no era otro que el de ser escritor a jornada completa, se ha consumado…»

– ¿Hay que cumplir años para poder agradecer el regalo de las cosas sencillas? (porque entre lo mucho que ofrece esta entrega está una especie de actitud zen, de aprecio ante la contemplación de la sencillez, del fluir de la vida).

– No lo creo. Yo más bien pienso que la gratitud se ejerce con naturalidad cuando uno acierta a valorar lo que recibe. A mí me ayuda la circunstancia de proceder de un medio social humilde. Nadie nos regalaba nada. Lo que teníamos era fruto del esfuerzo tenaz de mis progenitores. Barrunto que quienes viven en la abundancia tienden a desconocer la alegría de los bienes obtenidos a fuerza de trabajo. Si en casa hay una copiosa biblioteca y esta se amplía con un libro nuevo, pues no pasa nada del otro mundo. Pero si no hay libros, como era mi caso, y a uno le regalan uno, ese hecho en apariencia trivial se convierte en un acontecimiento inolvidable y uno lo agradece hasta el final de sus días.

– ¿A qué le está profundamente agradecido? ¿Al encuentro con la literatura, con las palabras, fundamentalmente? “Vivo desde entonces en un paisaje ético…”, escribe en el arranque de estas memorias tan especiales.

– Mi lista de agradecimientos sería muy larga. La existencia de la literatura, de la música, del mar y de ciertas personas merecerían un lugar preferente en dicha lista.

– No había ni un solo libro en las estanterías de su infancia y, sin embargo, los libros han sido esenciales en su trayecto… Pese a la bofetada que le propinó un cura en 1971 por no haber leído El Lazarillo completo, la literatura se convirtió, como confiesa, en la razón principal de su vida. ¿Cree en su poder transformador?

– Creo sobre todo en la capacidad formativa del lenguaje escrito. Estoy de acuerdo con quienes asocian la literatura con el conocimiento. Me complace añadir a esta virtud otra: la que anima al individuo a ejercitarse en el gusto estético. Tampoco se me oculta que la literatura establece entre los seres humanos una comunicación que muchas veces merece el calificativo de profunda.

– ¿Qué queda del joven de CLOC, el desenfadado grupo de creadores donostiarras que quería sacudir la realidad? ¿La rebeldía, las ganas de cambiar el mundo, es un latido que permanece o se pierde con el transcurso de los años? Cuando habla de esa etapa en Autorretrato sin mí alude a la irreverencia y al humor, al cultivo del humor. ¿Es eso lo que ha pervivido?

– No hay ruptura entre el joven que fui y que ejerció la rebeldía y la irreverencia contracultural con el señor tranquilo, escéptico y propenso a la ironía en que me he convertido, que soy hoy, sino una paulatina y meditada progresión. Yo no he vivido desmintiéndome todo el rato ni he ido dando bandazos ideológicos. Ya en la juventud anteponía el hombre concreto a las utopías y desconfiaba de la violencia como recurso para mejorar la sociedad. El humor pervive en mí. Lo que he perdido en energía, impulsividad y buena vista, lo he ganado en paciencia y método.

Fernando Aramburu

– Cita a Albert Camus en la primera referencia que hace a esa corriente juvenil de “Arte y Desarte”. “Albert Camus detuvo nuestras manos prestas a la rotura de cristales”. ¿Qué camino le mostró Camus? Señala que sin él no sería el hombre que es.

Camus me confirmó en la idea del hombre moral que asume la responsabilidad de sus palabras y sus actos. Me previno delas consecuencias dañinas del nihilismo. Asumí su advertencia: el verdadero rebelde no es el que se detiene en la acción crítica o destructiva, sino el que, después de eso, da un paso más y llena el hueco dejado por su acción con algo positivo para él y para los demás. Tal es el suelo de mi moral sobre el que camino allá donde esté y, por supuesto, también en mi vida privada.

«No he vivido desmintiéndome todo el rato ni he ido dando bandazos ideológicos. Ya en la juventud anteponía el hombre concreto a las utopías y desconfiaba de la violencia como recurso para mejorar la sociedad».

– Si le pidiera que recuperara algunas escenas de esa etapa de juventud, de esas que permanecen en la memoria, ¿cuáles serían?

– Hay unos cuantos episodios que recuerdo con agrado. El día en que conocí personalmente a Irazoki -más que amigo, hermano- en su caserío de Lesaka [se refiere al autor Francisco Javier Irazoki]. La esquelada, que consistió en echar al aire, desde un coche en marcha, dos mil y pico esquelas necrológicas recortadas del periódico, parodiando así a quienes lanzaban a voleo pasquines políticos. O las radionovelas Juaristi, historia de un desgraciado y El capitán Garaicotrueno, coraje y valor a puntapala, ambas en Radio Popular de San Sebastián, sin argumento ninguno, a imitación de los hermanos Marx, que duraron hasta que, claro está, fuimos despedidos.

Mucho de esto se cuenta en Fuegos con limón. ¿Qué lugar ocupa esta novela en su trayectoria?

Fuegos con limón fue mi primera novela. Me abrió las puertas de mi actual editorial. Invertí ocho años de trabajo perseverante en su escritura. La redacté a mano. No tenía la menor idea de cómo se escribe una novela. Pensé que iría aprendiendo a medida que la escribía. Me la juzgaron muy positivamente en la prensa cultural de la época, pero apenas tuvo repercusión de público.

¿En qué afectó la larga etapa de terror en el País Vasco a la producción cultural, a la literatura, a la música, a la creación en general?

– Es imposible que un hecho tan atroz y duradero no deje huellas en la vida cultural de la sociedad. El terrorismo afectó a los intelectuales lo mismo que al resto de los ciudadanos. Hay quien se opuso abiertamente a él, quien lo justificó, quien guardó silencio, quien se refugió en las medias tintas. Entre los que se opusieron, no han faltado quienes por desgracia perdieron la vida o sus bienes, quienes tuvieron que marcharse del País Vasco, quienes fueron amenazados y necesitaron escolta. Son los que yo más admiro y respeto.

«El terrorismo afectó a los intelectuales lo mismo que al resto de los ciudadanos. Hay quien se opuso abiertamente a él, quien lo justificó, quien guardó silencio, quien se refugió en las medias tintas».

– ¿Hasta qué punto marcharse a vivir fuera de su país le ha ayudado a encontrar su mirada de escritor, esa distancia tan característica respecto a las experiencias vividas que está presente en muchas de sus narraciones, ese mirar desde lejos, incluso desde lejos de sí mismo?

– A la larga creo que mi perspectiva, no elegida en virtud de ningún cálculo, ha sido favorable para la creación literaria por diversas razones. La imposibilidad, antes de la invención de Internet, de intervenir rápidamente en el debate me indujo a reflexionar con calma. Desde lejos se ve por igual a unos y otros, y uno tiene acceso continuo al comentario sin prejuicios de la prensa extranjera. Es más fácil objetivar una realidad cuando uno no está metido en ella hasta el cuello. Mi posición me recuerda la del jugador de ajedrez, que observa el tablero desde la altura de sus ojos, frente a las piezas que ven con detalle lo que tienen cerca, pero a las que quizá se les escape el sentido general de la partida.

– ¿Qué le ha aportado la sociedad y la cultura alemanas? Supongo que más de una vez se ha preguntado cómo habría sido su vida de haberse quedado en España, de no haber seguido los pasos de la mujer que un día llamó a su puerta.

– No tengo respuesta a la pregunta sobre lo que habría sido de mí en el caso de haber permanecido en España. Le debo mucho a la cultura alemana. De hecho, cuando la crítica, con buena intención, intenta explicar mis obras tan solo en función de la tradición literaria española, se equivoca. Uno no sale indemne de la lectura de Kafka, de Goethe, de Thomas Mann, de Arno Schmidt y de tantos otros leídos en versión original. El propio aprendizaje de la lengua alemana supuso para mí la toma de conciencia sobre cientos de detalles relativos a mi lengua materna. A lo antedicho se añade el largo tramo de años en que he estado acumulando experiencia personal en diversas ciudades centroeuropeas.

– La verdad es que su historia de amor resulta muy novelesca. Y la llegada a Alemania: un nuevo país, una nueva lengua, empezar de cero… ¿Qué atesora de toda esa etapa?

– Asumí responsabilidades laborales y familiares, y eso entiendo que me ayudó a madurar como hombre y como escritor. Mis prejuicios históricos, políticos, literarios, se desvanecieron bastante deprisa no bien me hice ciudadano de otro país. Los prejuicios o convicciones que había llevado en el equipaje no servían para comprender la nueva realidad social que me envolvía. A ello se une la circunstancia de que durante veinticuatro años me dediqué profesionalmente a la docencia. Esto me marcó mucho en un sentido creo que positivo, al tiempo que me abrió una ventana a las vicisitudes de cientos de familias, cosa de mucho provecho cuando a uno le da por contar historias.

– ¿Cómo era el profesor Aramburu que daba clases de lengua española a hijos y nietos de emigrantes?

– Recuerdo el primer día de clase, en agosto de 1985, y el último, en 2009. Entré por vez primera en el aula. Vi aquellas treinta y tantas caras infantiles mirándome fijamente a la espera de instrucciones. Pensé que yo no valía para el puesto. Me asustó la idea de que mi falta de experiencia como docente podría perjudicar la formación de aquellas criaturas. Yo deseaba ayudarlas y, de paso, que se divirtiesen y tomaran gusto a la materia. El primer año fue difícil. Estudié tratados de pedagogía, participé en cursos de formación de profesores, pedía consejo a los compañeros. Empecé el curso con pelo, lo terminé calvo por causa del estrés. Con los años fui cogiéndole el tranquillo a la profesión. Alumnos y padres me mostraban aprecio y agradecimiento, y eso siempre anima. El último día me organizaron una fiesta multitudinaria de despedida. Vinieron ex alumnos, algunos ya con hijos. Aquello me produjo una emoción enorme.

Fernando Aramburu firmando Patria en la Feria del libro de Madrid 2017-foto por_Miguelazo84

– Hablábamos del sueño cumplido de ser escritor. ¿También el éxito entraba en ese sueño? ¿Podríamos hablar de un antes y un después de Patria? ¿Cómo ha sido ese pasar de ser un autor de culto a convertirse en un fenómeno literario?

– Él éxito no ha sido nunca una aspiración primordial para mí. Ni lo busco a toda costa ni lo descarto. Yo prefiero entender por éxito la obra lograda. Lo que ocurra más allá del límite de la literatura, bienvenido sea si resulta grato. Ocurre que si a uno la escritura le proporciona tranquilidad económica, se encontrará en unas condiciones óptimas para dedicarse de lleno a la creación. Hay quien cree que el escritor pierde libertad cuando trata de sustentarse con el fruto de su trabajo, considerando que en adelante escribirá al dictado de los emolumentos. Confieso que alguna vez también creí en esa tontería. Otra cosa que me gusta de Alemania es que el éxito ajeno no está por principio bajo sospecha. Patria me ha deparado un éxito monumental y yo sigo y seguiré escribiendo como siempre, a solas, con esmero, acosado por las dudas y la incertidumbre.

– ¿Está agotado ya de hablar de la novela? ¿Le ha dado muchas vueltas a las razones por las que su historia ha llegado, ha impactado a tantos lectores, no solo españoles?

– Agotado no es la palabra justa. Entiendo, eso sí, que debo ir poco a poco haciendo espacio a otros proyectos que llevan tiempo aguardando a que los atienda. Yo no esperaba que Patria tuviese un impacto tan grande, por lo que también, en un momento dado, me picó la curiosidad de averiguar cuáles han podido ser las razones. Yo mismo he trasladado la pregunta a otras personas, mejor conocedoras que yo del medio editorial, y he conversado con numerosos lectores. He recibido respuestas dispares. No ha faltado quien malévolamente achaca el impacto a una campaña publicitaria, como si a la gente se le pudiera embaucar con anuncios. He hablado en salas abarrotadas en Argentina, Alemania, Suiza, Polonia, Francia e Italia, países en los que apenas, a excepción de Alemania, he hecho promoción. Lo de Italia y Argentina fue espectacular y no está vinculado a campaña mediática ninguna, sino a la particular Historia de dichos países. Lo mismo sucede en otras partes.

«Patria» me ha deparado un éxito monumental y yo sigo y seguiré escribiendo como siempre, a solas, con esmero, acosado por las dudas y la incertidumbre».

Da la impresión de que Patria es la novela que estaba buscando: una obra en la que profundizar en el conflicto vasco, el terrorismo, la violencia y su devastador efecto en las vidas de la gente, dando voz a todas las partes, intentado comprender, afrontar el dolor y también el perdón. En los relatos de Los peces de la amargura, en Años lentos, ya está el germen, pero necesitaba ir más allá. ¿Es así?

– Supongo que si merezco la atención de los profesores de literatura, se dirá algo así. Lo acepto resignadamente, sin compartirlo. Mi idea era y sigue siendo otra. Esos títulos y alguno más que vendrá se enmarcan dentro de un proyecto consistente en contar historias de gentes vascas en una época que yo también viví. Patria, en principio, iba a ser una pieza más, pero después ha sucedido lo que sabemos y los otros títulos, pobrecillos, ahora parecen antecedentes, ramas, apéndices. No seré yo quien vierta una mirada clasificatoria sobre mis libros. Concebí cada uno de ellos como una pieza singular.

– ¿Da por zanjado ya el tema? ¿Ha contado todo lo que quería contar?

– Aún guardo alguna que otra historia en el cajón, lo que hace plausible la hipótesis de que también Patria pudiera ser una novela anticipatoria. El tiempo decidirá.

Portada de Patria

– ¿Qué fue lo más difícil a la hora de abordar una novela tan dura? ¿Qué era lo que más le preocupaba?

– En el plano formal, la novela planteaba una serie de dificultades relativas a la alternancia de los narradores y al reparto de la trama entre nueve protagonistas. De hecho, no la empecé hasta que no tuve resueltos los aspectos formales de mayor importancia. Debo asimismo decir que durante el proceso de escritura me preocupaba que algún episodio o algún pasaje pudiera resultar hiriente para las víctimas del terrorismo.

– ¿Hasta qué punto la escritura le ha llevado, al menos a nivel personal, a encontrar explicaciones, tal vez un poco de consuelo?

– Hasta ningún punto. Si necesito explicaciones o consuelo, acudo a las palabras de otros.

– ¿Por qué ese miedo desde la literatura a hablar sobre la vida en el País Vasco bajo ETA? ¿Hasta qué punto ha contribuido Aramburu a llenar un vacío, a evitar la desmemoria, el olvido?

– Lo ignoro. No escribo en función de lo que hagan o digan los demás. Mis libros son una aportación entre otras y he tenido mis modelos: Ramiro Pinilla y Raúl Guerra Garrido principalmente.

¿Con el tiempo cómo cree que afrontarán las nuevas generaciones de vascos su pasado? ¿Se corre el riesgo de que pueda ser idealizado?

– El tiempo, como acostumbra y con la eficacia que lo caracteriza, hará su tarea paulatina de borrado. Los interesados en la Historia echarán un vistazo a los testimonios. El nacionalismo omitirá los episodios nocivos para sus intereses. Nuevas situaciones históricas harán que todo esto que hemos vivido recientemente ocupe un lugar menor en la memoria de los ciudadanos. Algunos autores, como David Rieff, postulan incluso el olvido como terapia para la sociedades fracturadas.

– ¿Cómo observa desde fuera la situación hoy en su tierra? ¿Qué queda por hacer? ¿Patria llegó en el momento oportuno? ¿En el momento en el que era necesario hacer recuento, pasar página? ¿Aún estamos en esa fase?

– Estas nociones de fuera o dentro me parecen poco consistentes. De hecho, la dirección de ETA también solía estar fuera. En la era de la información, la distancia geográfica es un mito. Uno viaja con frecuencia, conversa por teléfono, pregunta, lee. ¿Hay que ir todas las mañanas al bar de la esquina para estar “dentro”? Patria no fue escrita conforme a un criterio de oportunidad. Un libro de más seiscientas páginas no se escribe en un mes ni la editorial lo publica nada más recibirlo.

– Cuando se declaró el fin de ETA su tuit fue: “Hoy por fin se disuelven. Por la tarde iré a nadar”. ¿Tuvo que pensarlo mucho tiempo? Está claro que se trata de una celebración de la normalidad. ¿Qué ideas pasaron por su cabeza? ¿Cree que, desde las instituciones españolas, desde fuera del País Vasco, se ha dado la importancia que tiene este hecho, la disolución de la banda terrorista? ¿No debería haber ocupado más titulares de prensa, despertado más análisis, más debate?

– Me acordé de la célebre frase de Kafka en sus Diarios. Me pareció oportuno insinuar hasta qué punto ETA ha dejado de tener importancia en nuestra vida cotidiana actual. Sus adeptos y simpatizantes intentaron hacer pasar por momento histórico lo que a otros tan sólo nos pareció una simple escenificación propagandística sin mayores consecuencias. En cuanto a la segunda parte de la pregunta: hubo ronda de opiniones, se evocaron hechos, se ofrecieron cifras y estadísticas y eso es todo porque tampoco había mucho más que contar. El efecto publicitario que esperaban los terroristas jubilados resultó más bien modesto.

– ¿Olvidamos con demasiada rapidez? ¿La velocidad tecnológica, el ritmo frenético de las noticias en las redes sociales influyen en ello? ¿Cómo se lleva Fernando Aramburu con todo esto? ¿Cómo lo vive?

– Olvidan rápidamente, si es que alguna vez han recordado, los ciudadanos poco o nada conmovidos por el sufrimiento ajeno y los interesados en que no se conozca la verdad del daño infligido. Tampoco a mí me es posible consagrarme en exclusiva a la literatura relacionada temáticamente con el terrorismo. De vez en cuando vuelvo al asunto, reflexiono en algún artículo de prensa, digo lo que pienso en las entrevistas, redacto prólogos que me solicitan, etc. Lo cierto es que a todos nos arrastra el tiempo. El río de la Historia no cesa de traer transformaciones, novedades, descalabros, y dentro de cien o doscientos años me da que se acordarán de lo nuestro seis eruditos.

– ¿Cómo se siente cuando visita su tierra, tal vez un poco como un extranjero?

– Llevo más de media vida afincado en Alemania con la condición de extranjero. Me he adaptado. Vuelvo a mi ciudad natal y no siento que me pertenezca el paisaje. Por razones que no atino a explicar, soy inmune a la morriña. Me encanta regresar a mi tierra natal por motivos acaso triviales: ver a algún amigo, entrar en las librerías, acercarme a la orilla del mar a saludar a los cangrejos.

– ¿El mar es lo que más echa de menos? El recuerdo, la nostalgia del mar, se hace presente en algunas piezas de Autorretrato sin mí.

– ¿Ante quién rezar cuando no se cree en Dios? El generoso mar se presta de buen grado a llenar esa y otras carencias.

– En España vivimos tiempos en los que todo el mundo parece querer apropiarse de la palabra “patria”, tiempos de banderas y fervor nacionalista, donde el camino del diálogo se bloquea permanentemente, donde parece que se dan pasos hacia atrás. Ahora el foco del conflicto se ha trasladado a Cataluña. ¿Qué opina al respecto?

– En España predomina una especie de ensimismamiento que lleva a muchos de sus ciudadanos a observar la política como un asunto interno. La vinculación con la patria es ahora mismo un tema candente en Europa. Tras décadas de cesión de soberanía, de globalización, de apertura de fronteras, de creación de espacios compartidos, de llegada masiva de inmigrantes, mucha gente parece asustada, se siente desatendida por sus representantes políticos y pide una vuelta al viejo principio de la nación cerrada, reservada para los naturales del lugar. Muy peligroso.

– ¿Qué es para Fernando Aramburu la “patria”?

– Una ilusión que a muchos les ayuda a ganar identidad en el fervor por la pertenencia a una comunidad. Yo prefiero situarme personalmente en espacios abiertos. En las humanidades, por ejemplo.

Encuentro con Fernando Aramburu, mayo 2011, Donostia Kultura. Fotografía: Argazkiak / Iñigo Royo

– “Mi ventana y mi vida dan al norte”, escribe en la pieza Paisaje con abedules. Un texto, en tonos grises, que habla del recogimiento, del silencio. ¿Es el paisaje que mejor encaja con el Fernando Aramburu actual? ¿Se van adaptando los paisajes a las distintas edades, etapas de la existencia?

– Me siento incapaz de dar lecciones al respecto. Aunque últimamente salgo o me hacen salir bastante en la prensa, sigo siendo un hombre solitario que disfruta leyendo y escribiendo, que pasea con su perra y gusta de mantenerse activo en la cocina. En fin, supongo que me he convertido en el típico señor anodino, alérgico a las aventuras, junto al cual no es improbable que se aburran hasta las paredes. Yo me lo paso bomba así.

– Si algo es Autorretrato sin mí es un recorrido por los rumbos de la vida, un repaso a los “yoes” (¿Quién de todos los que he sido, soy yo en verdad?, se pregunta).

– En las páginas de Autorretrato sin mí convoqué a todos los que he sido y, ya puestos, a aquellos que pude haber sido y no fui. En el fondo, esta es una manera de no dejarse reducir a un yo único e inamovible. Me resisto a creer que un niño sea un hombre provisional. O un joven, la antesala de un ser que, por el hecho de acumular edad, es más completo o más representativo que quien sostiene un nombre fijo, pero una fisonomía mudable.

– El punto de vista, la mirada, la voz narrativa es muy interesante. Hay un yo, un hombre adulto, que desde el mañana, el futuro, habla al niño y al joven que aún no saben qué va a ser de sus destinos, de sus desarrollos. He ahí, en esa voz, en esa conjunción de tiempos y de edades, donde, en mi opinión, radica uno de los grandes aciertos del libro, su hermosura.

– Me guardaré yo mucho de corregir la lectura de nadie, con menor razón cuando dicha lectura fue emocionante o deleitosa. Me alegra sobremanera constatar que mis textos han suscitado en algunos lectores algo así como una experiencia poética.

También hay un claro homenaje a su padre. Aparece en distintas ocasiones, en capítulos tan emotivos como El viejo, Vuelta a casaLección involuntaria, Lluvia. ¿Fue algo intencionado?

– Cada pieza del libro se ocupa de una cuestión esencial en la vida de cualquier ser humano, no sólo en la mía. Digo esencial en el sentido de que nadie está exento de dichas cuestiones. La relación con el padre es una de ellas, incluso en el caso de que este no fuera conocido o hubiera fallecido cuando los hijos eran pequeños. La circunstancia de que yo homenajee al mío tiene que ver con el afecto que le tuve y con el hueco enorme que dejó en mí su fallecimiento.

– Señala que no hay un solo día en que el “niño interior” no le haga notar su presencia escondida. La infancia y la edad adulta, la vejez que ya asoma, se dan la mano en este libro. Se trata de una entrega muy gozosa, llena de emoción, de poesía, de enseñanzas sobre la vida. Habla de generosidad, de agradecimiento por “los dones gratuitamente recibidos”. ¿Fue tan gozosa la escritura de este libro como lo es su lectura? ¿Qué cosas aprendió de sí mismo en este viaje a sus paisajes interiores?

Escribir es para mí un ejercicio placentero. Lo paso mal cuando una enfermedad, un contratiempo, una obligación tediosa me aparta del escritorio. Esto no quita para que uno se apene o sienta dolor en el momento de evocar en un texto los palos que le atizó la vida. Yo necesito expresar lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste, y me quedo tranquilo si al final del empeño quedan unas pepitas de literatura en la página.

¿Hasta qué punto este Autorretrato ha supuesto un respiro necesario después de todo el ruido que ha supuesto Patria, una llamada al silencio, un parar y decir: “Hasta aquí hemos llegado; recapitulemos sobre el camino recorrido”.

– De respiro, nada. La escritura de Autorretrato sin mí es anterior, simultánea y posterior a la de Patria. El trabajo de decantación y cincelado, el tratamiento de los aspectos rítmicos y formales y la vigilancia para que las emociones personales no tuvieran consecuencias nefastas como la cursilería o el sentimentalismo no me resultaron menos dificultosos en el Autorretrato que en Patria.

– Repasando su trayectoria uno se da cuenta de lo fructífera que es, de lo mucho que ha escrito, de los variados géneros y registros que ha probado. Nada le es ajeno, ni la poesía, ni el ensayo, siendo el cuento y la novela sus dos territorios por excelencia. ¿Títulos por los que siente una especial predilección a los que ahora pueden acercarse quienes le han descubierto con Patria?

– Me es absolutamente imposible elegir un título entre los míos. Como decía Cela, quizá uno tienda a favorecer al más débil, considerando que los demás ya se defenderán por su cuenta. He dicho, sí, alguna vez y lo puedo repetir aquí, que si tuviera que presentarme ante un tribunal literario riguroso, confiaría en merecer algo de clemencia si me presentase con mis tres novelas de Antíbula [Los ojos vacíos, Bami sin sombra y La gran Marivián]

– ¿Cada libro escrito le ha conducido a un lugar nuevo? ¿Siempre hay alguna historia esperando para ser contada?

– A decir verdad, no tengo la sensación de haber llegado con mis libros a ninguna parte. Todo lo contrario, uno se siente tan desamparado y lleno de incertidumbre cada vez que se embarca en uno nuevo, como si volviera al punto de partida, como si no hubiera dejado de ser nunca un principiante.

– Y hablando de lecturas, ¿qué escritores han sido sus compañeros de viaje? ¿Qué libros no han dejado de iluminarle?

– La lista es enorme y sigue creciendo. Borges agradeció que en la Tierra hubiera Stevenson. Yo también. Y que hubiera Borges, Rulfo, Cervantes, Camus, Dostoyevski, César Vallejo, etc.

– ¿Es de los que consideran que llegado un momento se abre la etapa de las relecturas? ¿O le gusta seguir descubriendo, estar al tanto de las novedades?

– Juego en los dos bandos. Leo a autores jóvenes, leo cada vez a más mujeres, pero me falta poco para cumplir sesenta años y uno ya va entrando en la edad en que conviene visitar a los viejos amigos antes que sea demasiado tarde. A mí al menos me invade de un tiempo a esta parte una viva sensación de despedida cuando releo a Pérez Galdós, a Quevedo, a Eça de Queiroz y a tantos otros.

Son muchos los textos reveladores de Autorretrato sin mí, pero hay uno que puede resumirlos todos, La vida.  A veces mancha y duele la vida...” ¿Algo más que añadir?

– De momento no se me ocurre qué más decir.

– ¿Planes? ¿Qué le apetece escribir ahora?

– Estuve en los meses pasados diseñando una novela. Ahora todo es cuestión de encerrarse a escribir y de comprobar si las manos admiten de buena gana un trabajo que preveo largo y si la historia no se resiste a ser contada.

[Esta entrevista con Fernando Aramburu, publicada previamente en el número 128 de la revista cultural «Turia», se realizó vía correo electrónico. Un intercambio de preguntas y respuestas entre Madrid y Hannover, donde actualmente vive el escritor. "Mi ventana da a un herbazal que confina con una hilera de abedules. Aquellos árboles acercan la raya del horizonte hasta una distancia no superior a los cien metros. Más mundo no se abarca desde mi ventana…”, escribe el autor en el comienzo de Paisaje con abedules, uno de los capítulos incluidos en Autorretrato sin mí. Levantando la vista hacia el exterior, ensimismado mientras da forma a alguna nueva narración, lo imagina quien esto firma]

Patria y Autorretrato sin mí , la última entrega del escritor hasta el momento, son las dos obras en torno a las que gira esta charla, pero se citan otros libros que conforman una fecunda trayectoria creativa. Todos han sido editados por Tusquets.

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