Fidel Oltra © 2025 /
Debo confesar que nunca me interesó mucho el punk. Veía más sugerentes y entretenidas sus variaciones posteriores, sobre todo el post punk. Una etiqueta vaga que se podía aplicar a casi cualquier grupo o artista que, a finales de los 70, experimentara con elementos de otros estilos partiendo de la energía y la autarquía del punk. Por algo Simon Reynolds, gran analista de la música de aquellos años, dijo del post punk que “no era tanto un género como un espacio de posibilidades”. Un espacio en el que cabían desde grupos más experimentales como Pere Ubu o Wire hasta otros más accesibles como Siouxsie and the Banshees o Magazine. Más interesante todavía es seguir sus ramificaciones, bastante numerosas dado el carácter difuso del género. Algunas de ellas llevan hasta nuevos estilos con nombres tan evocadores como “ethereal wave”, “gothic rock” o “dream pop”. Si avanzamos un poco por esas ramas, veremos que en casi todas ellas hay un nombre que se repite con insistencia: Cocteau Twins. Un grupo que podríamos meter en ese cajón etiquetado como “artistas y bandas que fueron más influyentes que famosas”.
Cocteau Twins se formaron como dúo en un pueblo de Escocia a finales de los 70. Lo integraban Robin Guthrie y Will Heggie, tomando su nombre de una canción de otro grupo escocés, en este caso de Glasgow, llamado Johnny & The Self-Abusers. Estos cantaban un tema titulado Cocteau twins en el que se referían a dos tipos de Glasgow conocidos por su fanática admiración por el cine francés y especialmente por el polifacético Jean Cocteau. Curiosamente aquel grupo le cambió el título a Cocteau Twins por el de No cure cuando publicaron su primer álbum. Un disco que ya lanzaron con su nuevo nombre: Simple Minds, inspirado, por cierto, también en la letra de una canción, en este caso en Jean Genie de David Bowie.
Guthrie y Heggie eran compañeros de escuela y venían de pequeños grupos punk. Ellos, como otros tantos jóvenes en 1979, ya se sentían distanciados de un estilo que al principio les iba fenomenal, dadas sus limitaciones técnicas. Poco a poco fueron evolucionando, aprovechando el talento tecnológico de Guthrie para crear sus propios pedales de efectos. Su ambición era expandir el sonido crudo y ruidoso del punk para darle algo más de belleza y profundidad. En su primer año de vida pasó bastante gente por el grupo, llegando a contar con una cantante y un batería antes de sustituir a este por una caja de ritmos y quedarse finalmente sin la cantante. Parece ser que entre 1980 y 1981 barajaron la idea de separarse, e incluso llegaron a distanciarse durante unos meses, pero pronto el gusanillo de la música les volvió a picar y se reunieron. Entonces conocieron a Liz Fraser en una discoteca y el destino del grupo cambió por completo.

Prácticamente al mismo tiempo que Cocteau Twins se convertía en un trío, en Londres tenía lugar otra conversión. Ivo Watts-Russell y Peter Kent habían fundado una compañía discográfica a la que llamaron Axis Records. Como descubrieron que había otro sello que se llamaba Axis, para evitar problemas Ivo y Peter decidieron cambiarle el nombre. Pensando en seguir adelante como fuera, dieron con la palabra “forward” (adelante en inglés), que rápidamente abreviaron como 4AD. Acababa de nacer otro mito de la música independiente y de los estilos más marginales de finales del siglo XX.
La voz de Liz Fraser era muy especial, aunque en esos meses de formación y experimentación quedaba algo enterrada entre capas de sonidos y ruidos diversos. Con un equipo bastante precario lograron grabar una maqueta con varias canciones. A través del grupo The Birthday Party, uno de los primeros fichajes de 4AD, la maqueta llegó hasta Ivo y Peter. Aprovechando su visita a Londres, el trío también preparó una copia para el mítico John Peel, parada casi obligatoria para todos los músicos que buscaban abrirse camino en la escena musical británica.
A Ivo Watts-Russell le gustó lo que escuchó y pronto invitó a Cocteau Twins a los estudios Blackwing, en donde no hacía mucho Depeche Mode había grabado su álbum de debut, para que grabaran un sencillo. Apenas un par de canciones fueron suficientes para que todo el mundo se diera cuenta del potencial de la voz de Liz Fraser, combinada con el estilo musical del grupo, un sonido primitivo pero a la vez rabiosamente moderno. El resultado fue un disco titulado Garlands que vio la luz en 1982 y que, a pesar de su contenido abrasivo y poco accesible, en consonancia con el post punk vanguardista en el que se habían formado Cocteau Twins, alcanzó un lugar bastante destacado en las listas independientes del Reino Unido.
Las guitarras afiladas de Guthrie, junto al bajo serpenteante de Heggie, le daban a las canciones un carácter oscuro, chirriante, amenazante. Sin embargo, desde el caos surgía la voz de Fraser, que en canciones como Blind dumb deaf empezaba a dar muestras de lo importante que iba a ser su aportación al grupo. La crítica se dividió entre quienes veían en ellos el germen de algo interesante para el futuro, y quienes calificaban al grupo como una copia de Siouxsie and the Banshees.
Los meses siguientes fueron de experimentación, de prueba y error. Cocteau Twins sacaron dos EPs, Lullabies (1982) y Peppermint Pig (1983). En el primero incluyeron algunas canciones que no habían entrado en su primer álbum. Para el segundo buscaron un productor externo, una decisión de la que se arrepintieron rápidamente. Fue una etapa de aprendizaje antes de volver al estudio para grabar su segundo álbum, Head Over Heels (4AD, 1983). Para entonces Will Heggie había abandonado el grupo tras una tormentosa gira teloneando a OMD, quedándose solos Guthrie y Fraser. El resultado, sin embargo, no se vio afectado negativamente. Al contrario, el segundo álbum de Cocteau Twins supuso un gran salto respecto a su debut, separándose del rock gótico y el post punk primigenio, evitando comparaciones con otras bandas y sentando las bases de lo que empezaba a llamarse “ethereal wave” y acabaría siendo más conocido como “dream pop”.
Las ansias de probar y experimentar seguían presentes, pero las canciones resultaban más equilibradas. Five ten fiftyfold marca el camino que seguirá el grupo en un futuro inmediato, aunque es Sugar hiccup el tema que se lleva la fama. La crudeza ha desaparecido en favor de un sonido que combina elementos ruidosos y efectos electrónicos con instrumentos tradicionales. Head Over Heels se benefició de una enorme libertad creativa y de sus ganas de probar hasta donde les podía llevar ese camino recién encontrado, en el que la voz de Liz Fraser emergía a un primer plano que no había alcanzado en su debut. Además Fraser empezaba a experimentar también con las letras, usando su voz como instrumento e inventando palabras que usaba simplemente por cómo sonaban. Cocteau Twins volvió a pillar a la crítica a pie cambiado: algunos insistían en la comparación (ahora ya absurda) con Siouxsie and the Banshees; otros definían el disco como insulso y “vaporoso”, un adjetivo en principio negativo que pronto llegaría a definir un estilo propio e inconfundible. Una parte de la crítica sí que supo entender el paso adelante que había dado el dúo. Por ejemplo, John Peel quedó encantado y puso el disco entero en su programa.

Fieles a una costumbre que no abandonarían nunca, en apenas un par de meses Cocteau Twins ya tenían otros dos EPs en el mercado: Sunburst and Snowblind (1983) y The Spangle Maker (1984). En ellos había jugoso material nuevo, como la canción Pearly-dewdrops’ drops o la propia The spangle Maker. Para entonces ya se había incorporado al grupo Simon Raymonde, a quien conocieron mientras participaban en el proyecto colectivo This Mortal Coil, impulsado por 4AD. La versión que Fraser y Guthrie realizaron de la canción Song to the siren, de Tim Buckley, fue un tremendo éxito. Tanto que incluso la pareja llegó a pensar que iba a eclipsar su trayectoria como Cocteau Twins. No ocurrió así, como veremos.
Ya con Simon Raymonde incorporado como miembro de pleno derecho, Cocteau Twins publicó su primera obra maestra, Treasure, a finales de 1984. Un disco en el que llevan a sus cotas más altas ese interés por combinar suavidad con épica, sonidos etéreos con guitarras afiladas, exuberancia vanguardista con una voz prodigiosa. Las canciones parecen caminar por una cuerda floja sin derrumbarse nunca. Hay frondosidad y profundidad, pero es la voz de Fraser la que emerge triunfal y, después de varios intentos, encuentra su lugar entre una maraña de sonidos que aquí, en la mayoría de temas, se recogen sobre sí mismos en señal de respeto.
Las canciones tienen nombres propios, empezando por Ivo que, lógicamente, está dedicada a Ivo Watts-Russell. Abundan las referencias femeninas y mitológicas (Lorelei, Pandora, Persephone…), aunque podrían perfectamente no tener título. Lo importante aquí son los sonidos, las texturas, las modulaciones, las frases incomprensibles y, sobre todo, el resultado conjunto. Junto a explosiones de ese onírico y etéreo sonido que ya era marca de la casa, junto a Lorelei o Persephone, encontramos temas de atmosférica y sosegada belleza como Otterley y otros donde se da rienda suelta a la creatividad para crear sonidos casi imposibles, ambientes indescifrables, desconcertantes pero mágicos. Ahí quedan los más de seis minutos de Donimo, con los que se cierra el álbum, una muestra de esa otra cara más experimental del grupo.
Aunque su siguiente álbum debería esperar dos años, 1985 para nada fue un tiempo en blanco. En ese periodo Cocteau Twins publicaron nada menos que tres EPs. Un formato que les encantaba y que utilizaban para ser incluso más osados que en sus discos. Solo hay que echar un vistazo a los títulos de las canciones que aparecen, por ejemplo, en el EP Aika-Guinea. O en Tiny Dyamine, que se cierra con el tema Sultitan Itan.
Conscientes quizás de que Treasure era un hito difícil de superar, el grupo intentó algo nuevo con su siguiente disco, Victorialand. Aquí las guitarras pierden su filo y se diluyen en una atmósfera brumosa y apacible que lo envuelve todo, apagando incluso en cierta manera la voz de Liz Fraser. Quizás ese sonido más líquido se debió a la ausencia del bajo de Raymonde, ocupado en otros proyectos. Fraser y Guthrie vieron la ocasión de probar algo nuevo, darle un enfoque más acústico a las canciones con el foco en las texturas y no en los ritmos. El resultado es un disco en el que no hay canciones tan destacadas como en trabajos anteriores, y que se parece más a lo que haría Talk Talk en los 90 que a lo que Cocteau Twins había realizado hasta el momento.
La combinación entre dream pop y ambient resultaba original y estimulante. Aunque algunos percibieron el disco como un bajón en la hasta ahora ascendente trayectoria del grupo, lo cierto es que funcionó muy bien en listas, incluso mejor que Treasure, y fue bien acogido por la crítica. El propio Robin Guthrie afirma que Victorialand es uno de sus discos preferidos. Ese mismo año Cocteau Twins publicó también el EP Love’s Easy Tears y colaboró con el compositor minimalista estadounidense Harold Budd en The Moon and the Melodies, un disco inicialmente pensando como banda sonora de un documental. El álbum es principalmente ambiental con algún tema más ortodoxo como Eyes are mosaics o Sea, swallow me. Vale la pena echarle un vistazo, aunque sea como curiosidad. En 1987 el grupo se tomó un descanso, publicando solamente el sencillo Crushed para el famoso recopilatorio de 4AD titulado Lonely is an Eyesore. Sus miembros aprovecharon esa pausa para construir un estudio casero y tomar fuerzas de cara a lo que vendría en años siguientes.

En Blue Bell Knoll, su disco de 1988, regresa la percusión y el bajo. La voz de Liz Fraser, que estuvo entrenando para alcanzar notas más altas, luce más trabajada pero quizás pierde algo de la espontaneidad de sus primeros discos. Sus registros casi operísticos encajan bien con canciones como Carolyn’s fingers, aunque en un tema más oscuro como The itchy glowbo blow suenan especialmente inquietantes. El disco no es tan inmediato como Treasure, ni tan atmosférico como Victorialand. Una muestra más de que el grupo no quería repetirse ni encasillarse en un solo estilo, aunque lo tenían complicado porque ellos prácticamente eran su propio estilo. Blue Bell Knoll no es un álbum para escuchar con prisas sino para sumergirse en sus casi inabarcables matices. Es más una experiencia sonora que un “disco de canciones” donde poder encontrar algún hit para las listas. Lo más parecido a un éxito fue Carolyn’s fingers, que se benefició del lanzamiento y la promoción del álbum en los Estados Unidos llegando a lanzar un vídeo que se difundió bastante en la entonces influyente y espléndida MTV.
Su alejamiento del ruidismo gótico de sus inicios, y por tanto su acercamiento sinuoso pero imparable al pop, tuvo su punto culminante en el maravilloso Heaven or Las Vegas, su disco de 1990. Es difícil escoger entre este álbum y su igualmente espléndido Treasure, pero pienso que Heaven or Las Vegas tuvo a su favor que se lanzó en un momento más propenso para este tipo de sonidos. La prueba es que en este mismo año, 1990, debutaron en disco grupos como Slowdive o Ride, con el shoegaze (para muchos, heredero o rama privilegiada del dream pop) en un momento álgido de popularidad.
El nuevo disco de Cocteau Twins funciona como un resumen perfecto de toda su trayectoria, escogiendo de cada una de sus etapas los ingredientes esenciales y combinándolos en un puñado de canciones casi perfectas. Un poco del ambient de Victorialand, de las melodías de Treasure, de la oscuridad de Garland… Un poco de todo. La voz de Liz Fraser también ha encontrado su equilibrio perfecto entre la experimentación y la grandiosidad, no buscando aquí alcanzar las notas más altas sino las más adecuadas, modulándose al servicio de la canción y no al revés.
Canciones como Cherry-coloured funk o Heaven or Las Vegas, quizás también Fotzepolitic y Wolf in the breast, representan la perfección de un estilo creado por la propia banda. El resto no se quedan atrás, así que hay que recomendar la escucha entera del disco porque siempre hay, como en el resto de la discografía de Cocteau Twins, rincones oscuros a los que asomarse para encontrar algún tesoro secreto. Por ejemplo, las canciones que Guthrie y Fraser dedicaron a su hija, nacida un año antes: Pitch the baby e Iceblink Luck. Esta última, de hecho, se acabó publicando como sencillo.
Todo parecía ir bien aparentemente, pero tras esa fachada de felicidad familiar se escondía una tormenta. La relación entre Fraser y Guthrie estaba algo enrarecida por la adicción a las drogas de Guthrie, mientras que Raymonde tampoco estaba en su mejor momento, pues había perdido a su padre durante las sesiones de grabación y también le afectaban los problemas de pareja de sus compañeros. Asimismo la relación del grupo con Ivo Watts-Russell se había ido deteriorando, aunque Ivo ha declarado en alguna ocasión que Heaven or Las Vegas es el disco favorito de entre todos los que publicó con 4AD. Finalmente los resentimientos acumulados durante los años anteriores, y algún movimiento mal calculado por ambas partes, llevó a que 4AD y Cocteau Twins separaran sus caminos. Algo que no benefició ni a unos ni a otros, como se vería rápidamente.

El grupo fichó for Fontana, una subsidiaria de Mercury, y publicó un nuevo álbum en 1993 titulado Four-Calendar Café. El disco es realmente precioso, pero puede sentirse que algo se ha perdido por el camino. Seguramente el riesgo, la aventura, es lo que más se echa de menos. No se puede dudar de la belleza de canciones como Evangeline o Know who you are at every age, y de hecho si te gusta el dream pop con más acento en el pop entonces este puede ser tu disco de Cocteau Twins. Pero es inevitable notar cierto acomodamiento, las canciones son más planas, falta tensión e incluso cierta inexactitud. Todo es demasiado perfecto a pesar de las turbulencias que el grupo había pasado en los meses anteriores, culminando en la separación de Robin Guthrie y Liz Fraser. Esta última ni siquiera recurrió durante el disco a su ya famosa forma de cantar inventando palabras, usando la voz como instrumento. Aquí se escucha todo más formal, más nítido. Un disco de transformación, de cambio de rumbo, que de todos modos se cierra con una de sus canciones más bonitas, Pur.
La grabación de Four-Calendar Café resultó de alguna forma catártica. Guthrie decidió ir a rehabilitación y Fraser se puso en manos de psicoterapeutas. En lo personal la situación parecía mejorar, pero su despertar solo sirvió para darse cuenta del error que habían cometido rompiendo con 4AD. Ningún vínculo emocional les unía a su nuevo sello, que solo buscaba el negocio (como, por otra parte, hacen prácticamente todos los sellos discográficos). El trío se sintió atrapado en una vorágine de grabaciones, promociones y giras a la que no estaban acostumbrados, o más bien ahora les apetecía menos.
Tras lanzar algunos EPs, esta vez sin tantas golosinas ocultas como en ocasiones anteriores, la publicación de su último álbum, Milk & Kisses, se ve más como una obligación contractual que como una verdadera necesidad de expresar cosas nuevas. De hecho fue un regreso a los orígenes. El grupo, quizás dándose cuenta de que su trayectoria se tambaleaba peligrosamente, decidió volver a su esencia. Las letras son de nuevo oscuras e ininteligibles, vuelve a palparse la tensión en la voz de Fraser, las capas de guitarras retoman su densidad y protagonismo. Serpentskirt les devolvió durante cuatro minutos la gloria de sus mejores momentos.
La banda se sentía liberada, aunque al mismo tiempo funcionaba menos como banda que nunca. Cada miembro asistía en horas diferentes al estudio para grabar sus partes. Fraser había empezado una nueva relación, y la tensión entre ella y Guthrie era evidente e inevitable. Todo ello llevó a que el grupo, a pesar de que tenía un nuevo disco en marcha, acabara separándose en 1997. Cada uno de sus componentes inició una trayectoria por separado, con Fraser prestando su voz a multitud de proyectos, Guthrie lanzando varios discos en solitario y Raymonde dirigiendo el sello Bella Union, creado por él mismo junto a Guthrie, y publicando también algún disco.

Un intento de reunión en 2005 acabó en nada ante la negativa en el último momento de Liz Fraser. Y así terminó definitivamente la carrera de uno de los grupos más personales, enigmáticos e influyentes que dio la música pop en las dos últimas décadas del siglo XX. Por suerte, como siempre acostumbro a decir, nos queda su música, esa que nunca desaparece ni nos abandona.









Deja un comentario