Las alas del pensamiento de Emilio Lledó

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Por Emma Rodríguez © 2013 / Emilio Lledó recurre a imágenes acuáticas para hablar del tiempo, del lenguaje, de los libros. Se refiere a la escritura como primer artificio “para sujetar el río del tiempo” y alude a sus cauces, “que acabaron, al fin, en el mar de los libros; en ese inmenso espacio que albergaba y recreaba los múltiples territorios de la cultura”. A mí, siguiendo con el juego de las palabras líquidas, no se me ocurre mejor invitación a sumergirse en las corrientes de su pensamiento que adentrarse en las páginas de “Los libros y la libertad”, una entrega que alienta a tomar impulso y seguir navegando por los afluentes de una obra caudalosa, de aguas cristalinas, transparentes.

Este libro, que acaba de llegar a las mesas de novedades y que es un compendio de textos dispersos -conferencias, artículos, colaboraciones en obras colectivas- seleccionados ahora por la editorial RBA, se convierte en un coherente muestrario de los temas que siempre han atraído al filósofo, en una ventana abierta a sus paisajes y querencias, a su manera de asomarse al mundo desde el diálogo, la complicidad, la cercanía, la defensa de la autenticidad. De algún modo están presentes aquí las semillas que le han llevado a forjar obras como “El surco del tiempo”, “Imágenes y palabras”, “Ser quien eres”, “Ensayos para una educación democrática” o “Elogio de la infelicidad”. De algún modo se dibuja aquí el retrato de un hombre permanentemente despierto antes las cosas del mundo, dotado de una curiosidad, de una cierta inocencia, que a sus 86 años le hace seguir pareciendo un niño.

Un niño grande, capaz de emocionarse con un libro que otros niños de un colegio sevillano -su tierra natal- elaboraron para él con las impresiones que les causó en una reciente visita. Acababa de recibir el regalo el día que tuvo lugar este encuentro, al que pertenecen las fotografías, y lo mostraba radiante, consciente de los detalles que de verdad importan. Lledó es una de esas pocas personas que he conocido en las que lo que dicen y lo que hacen -lo que escriben y lo que viven- se ajustan, coinciden como dos partes de una misma pieza que no oponen ninguna resistencia al ser engarzadas. Al referirme a él no puedo evitar detenerme de nuevo en una palabra, “cristalino”. Los ojos azules de Lledó, a juego con su camisa celeste, son cristalinos, como su lenguaje. Este adjetivo acude a mí siempre que me acerco a alguno de sus escritos, al discurrir diáfano, limpio, de unas ideas que me parecen -y no exagero- como recién nacidas.

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“El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron a esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido”, leo y subrayo, sin saber aún que estoy a punto de acercarme a una de las explicaciones más lúcidas en su simplicidad que me he encontrado sobre la diferencia entre leer en el recipiente tradicional, los libros, o a través de los nuevos objetos digitales. El espacio, el sentido del espacio, marca la distancia. Cuando leemos un libro sabemos dónde está el antes y el después, conocemos la duración del trayecto, mientras acceder a su contenido a través de los soportes digitales es como perderse en una inmensidad. “Algo así como si al salir de las habitaciones de nuestra casa, fueran desapareciendo, y solo existiera, con una leve presencia, aquella en la que estamos, o como si, en nuestro paseo por la ciudad, solo fuera presente el sitio por el que van nuestros pasos y no supiéramos dónde quedó la calle recorrida”, explica Lledó.

Emilio LLedó, en su casa de Madrid, firmando para

Sin arremeter contra los vientos del futuro, contra los indudables beneficios de la tecnología, la suya es una defensa de los libros que se tocan, se acarician, se llenan de marcas y anotaciones que son como “pruebas de amor”. ¿Una reivindicación o tal vez una despedida de los libros tal como los hemos conocido hasta ahora?, me hago esta pregunta mientras charlamos, cuando él abarca con la mirada su extensa biblioteca y confiesa que en esas estanterías llenas de lomos de colores, de cofres del tesoro, están muchos de los pedacitos que conforman su biografía. “Ahí está Kant que me echa en cara que no lo haya cogido en meses o en años…”, señala con sonrisa. Y habla de la construcción de la sensibilidad, del criterio, de la necesidad de socorrer la educación humanista de los golpes de quienes pretenden instaurar por encima de todo el utilitarismo, la ignorancia, el imperio de los números, de la avaricia.

Sin arremeter contra los vientos del futuro, contra los indudables beneficios de la tecnología, la suya es una defensa de los libros que se tocan, se acarician, se llenan de marcas y anotaciones que son como “pruebas de amor”. ¿Una reivindicación o tal vez una despedida de los libros tal como los hemos conocido hasta ahora?, me hago esta pregunta mientras charlamos, cuando él abarca con la mirada su extensa biblioteca y confiesa que en esas estanterías llenas de lomos de colores, de cofres del tesoro, están muchos de los pedacitos que conforman su biografía

Frente a todo ello, la reivindicación apasionada de la cultura, una palabra que en la tradición latina significó “cultivo, trabajo, labor y beneficio de la tierra”. La cultura que “no es solo una necesidad de los seres humanos, sino que implica, al mismo tiempo, su creación más importante, su valor decisivo sin el que apenas tiene sentido el valor fundamental imprescindible en la vida”.

Lledó desnuda esa palabra de anquilosamientos, de falsos significados, y nos la devuelve incontaminada. Cultura y Educación. Si por algo es necesario este libro, precisamente ahora, es porque sale en auxilio de la buena Educación en su acepción más amplia. “Hay que ir poco a poco, mostrando el sentido de las palabras, la inmensa capacidad de ver con ellas, y su creciente posibilidad de abrir la mirada infantil, de liberarla. La educación no consiste, por muy útil que sea para otros menesteres, en poner a los niños delante de un ordenador y tecletear el aprendizaje de noticias. Ese aprendizaje es una forma mecánica de variar y repetir la enfermedad del asignaturismo que ha corroído la educación”, escribe quien sabe, y mucho, de cómo enseñar; quien, seguramente, ha intentado en todo momento, a lo largo de su extensa trayectoria como catedrático de instituto y como docente en universidades españolas y alemanas, transmitir a sus alumnos la misma pasión por la lectura que a él, de niño, le transmitió don Francisco, un profesor de las Misiones Pedagógicas que le ayudó durante los años de la Guerra Civil a refugiarse de la violencia, de la visión del terror, en los libros, a identificar en las aventuras de Salgari o Verne, en las palabras de Don Quijote y Sancho, el latido de su propio corazón.

Si hay algo que preocupa, que enfada a Emilio LLedó es observar el deterioro que están sufriendo en nuestro país la Sanidad y la Educación públicas. “Apoderarse de la educación, condicionarla y maltratarla, ha sido una de las pretensiones fundamentales de toda tiranía”, escribe, y arremete contra esos “grumos ideológicos que han agarrotado y pringado nuestro desarrollo como individuos” . Si hay algo que le duele es el vaciamiento de las democracias -cuánto ha escrito, cuánto ha defendido él los principios de la Democracia- en las sociedades europeas. Si hay algo que le produce rabia, como a la gran mayoría de los ciudadanos españoles, es la corrupción en todos los ámbitos, incluída la corrupción del lenguaje. “Tenemos que echar a los corruptos con nuestro voto”, declara y ve signos positivos en la movilización, en el surgimiento de plataformas ciudadanas en defensa de los derechos básicos, en la concienciación de gran parte de la ciudadanía de que hay que cambiar urgentemente de rumbo. “Todavía cabe esperar” es su mensaje. “Todavía el pensamiento y el hacer humano no se han ofuscado completamente. Todavía creemos en la libertad de pensar, condición previa para la libertad del poder decir, del expresar. Podemos escapar así del cerco social con que los medios y la política de los profesionales del engaño pretenden someter la vida colectiva”, leo en el prólogo de otro libro, “La filosofía hoy”, donde se reúnen tres obras esenciales del autor que me apetece recorrer.

“Apoderarse de la educación, condicionarla y maltratarla, ha sido una de las pretensiones fundamentales de toda tiranía”, escribe Emilio Lledó, y arremete contra esos “grumos ideológicos que han agarrotado y pringado nuestro desarrollo como individuos”

Emilio LLedó en su casa de Madrid - Por Nacho Goberna © 2013

Pero todavía estoy en “Los libros y la libertad”. Y me resulta complicado resumir una entrega que me ha tendido puentes en todas las direcciones, que me ha limpiado los ojos de un modo que me hace evocar la contemplación del mar en movimiento. “La manera tan bella en que expresa los pensamientos, las convicciones, a través de ráfagas de deslumbramiento, de lucidez”, he anotado en uno de los márgenes mientras leía. “Tenemos que volver a los filósofos griegos”, he escrito más adelante. Y vuelvo sobre mis pasos, a la página 51, que despertó en mí esa necesidad. Lledó está hablando de “la tendencia hacia la igualdad que debe constituir el suelo más firme de la democracia”, de la no renuncia a términos como justicia, verdad, belleza, amor, honradez o solidaridad, “que comienzan a perderse en un cielo de utopías y consuelos etéreos”, de la melancolía a la que continuamente nos lleva el reflejo en los medios de “la crueldad, la falsedad y el embaucamiento”. Y he aquí que se saca un as de la manga, un fragmento de “La República” de Platón que no puedo dejar de reproducir.

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Serán ellos, los políticos, a quienes no esté permitido tocar el oro ni la plata, ni entrar bajo el techo que cubran estos metales, ni llevarlos sobre sí, ni beber en recipientes fabricados con ellos. Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciudad. Pero si adquieren tierras, casas, dinero, se convertirán de guardianes en administradores trapisondistas y de amigos de sus ciudadanos en odiosos déspotas. Pasarán su vida entera aborreciendo y siendo aborrecidos, conspirando y siendo objeto de conspiraciones, temiendo, en fin, mucho más a los enemigos de dentro que a los de fuera y así correrán en derechura al abismo, tanto ellos como la ciudad”.

Luchamos por formar una ciudad feliz, en nuestra opinión, no ya estableciendo desigualdades y otorgando la dicha en ella solo a unos cuantos, sino a la ciudad entera”, señala el clásico griego. ¿Nos reconocemos? ¿Son estos los ideales que queremos defender? ¡Vaya entrada de viento fresco a través del túnel del pasado! Releo el párrafo en presencia de Emilio Lledó y hago comentarios similares. Como respuesta recibo una inmensa y franca sonrisa.

La sonrisa amplia de quien vuelve a los griegos para recuperar la definición de “hombre decente”. Aquel “que se considera amigo de sí mismo porque puede mirar, sin avergonzarse, en su mismidad, y encuentra en ella el limpio reflejo de las otras mismidades con las que amistarse”, escribe Lledó. Y me dice que él se siente así. “Probablemente en mi trayectoria hay cosas de las que podría arrepentirme, pero en conjunto me siento orgulloso de lo que he hecho, de las decisiones que he tomado”, asegura. Y le pregunto entonces qué nos ha llevado a una sociedad de individuos indecentes. “La ignorancia, el afán de lucro. ¿Para qué se necesita tanto?”, es la respuesta.

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No puede saberlo quien se siente nutrido de pensamientos, de ideales, de sueños, de recuerdos. No puede saberlo quien ha conocido el afecto, la admiración, el amor verdadero. Pero, ¿cómo cubren tantos seres vacíos de todo eso sus carencias? He ahí la pregunta. En “Los libros y la libertad” Lledó nos conduce a reflexionar sobre todo eso, a formularnos preguntas, a querer saber.

Emilio LLedó en su casa de Madrid - Por Nacho Goberna © 2013

Insisto en que son muchos los asuntos que reclaman mi atención, que abren mis ojos a la luz. Me interesa la parte en la que analiza el papel del periodismo, del verdadero periodismo, el de cariz humano, aquel por el que corre la savia de la vida; no el manipulado en aras de los intereses de determinados poderes. Me gusta el tono confesional, biográfico, los pasos sobre la tierra de los que el autor parte para profundizar en temas que a todos nos atañen. Ahí está un texto titulado “El puente de Swinemünde”, tan cercano a la recreación literaria, que le lleva a un momento de su vida en Berlín en el que tuvo la oportunidad de recorrer un puente cegado por el “Muro” de la división, de la diferencia. Un episodio que le lleva a reflexionar sobre la necesidad del diálogo, sobre la defensa de los puentes, no de los muros, a través del lenguaje, de la comunicación.

Vuelve a los griegos para recuperar la definición de “hombre decente”. Aquel “que se considera amigo de sí mismo porque puede mirar, sin avergonzarse, en su mismidad, y encuentra en ella el limpio reflejo de las otras mismidades con las que amistarse”, escribe Lledó. Y me dice que él se siente así. “Probablemente en mi trayectoria hay cosas de las que podría arrepentirme, pero en conjunto me siento orgulloso de lo que he hecho, de las decisiones que he tomado”, asegura.

Ahí está su testimonio de los años de posguerra en los que la Universidad española le resultaba asfixiante, hizo el hatillo y se fue a Alemania sin hablar alemán, que sí conocía a fondo Montse, la que fuera su compañera del alma. Un obstáculo que salvó con entusiasmo, con pasión, con esa curiosidad que le caracteriza, hasta el punto de convertirse en docente de la Universidad de Heidelberg de 1956 a 1962. “Pero volví a España. Los que nos fuimos entonces teníamos la esperanza de regresar a reconstruir el país, a transformarlo. Ahora los jóvenes se marchan sin esperanza de futuro y eso me apena profundamente”, señala.

Vuelvo al libro. Busco una frase, una idea que sirva como colofón a este texto y acuden infinidad de ellas. Dudo y al final opto por volver al principio, a las palabras, al lenguaje, para acabar con un mensaje esperanzador. “El lenguaje no es solo un medio de comunicación: es un mundo por conquistar cada día a la luz de ese ideal ético que convierte la existencia humana, a pesar de todas las violencias y adversidades, en una empresa gozosa, en un asombroso destino”, señala LLedó. Hasta aquí sus palabras. A partir de aquí, su ejemplo. Si tuviera que ilustrarlo de algún modo sería con alas, alas brotando del pensamiento.

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“Los libros y la libertad” ha sido publicado por RBA, del mismo modo que “La filosofía hoy”.

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Las fotografías han sido realizadas por Nacho Goberna en la casa del escritor en Madrid.

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