Andrés Rubio traza el mapa de la “España fea” o “no amada”

Fotografía por Alfredo Arias /

Emma Rodríguez © 2022 /

Se puede leer España fea, de Andrés Rubio, desde la simple curiosidad o, un paso más allá, desde la inquietud, la preocupación o incluso la indignación. Se trata de un libro que atraviesa paisajes y entornos, que recorre el país de punta a punta, con una mirada detenida en los destrozos de los paisajes, en el caos urbano. Su punto de partida es la visibilización de un daño ante el que solo cabe la denuncia, el llamamiento a derribar el espeso muro de silencio, de indiferencia, mantenido durante demasiado tiempo. ¿Ha llegado la hora de que seamos conscientes del descalabro que han provocado en nuestros pueblos y ciudades la especulación y la explotación de lo público, de que la belleza de los lugares que habitamos debe considerarse un bien común y por tanto defenderse con ahínco?

Rubio, especialista en temas de arquitectura, que durante casi veinte años estuvo al frente del suplemento “El viajero” de “El País”, un magnífico mirador desde el que contemplar los parajes más cercanos y ajenos, ha ido adentrándose cada vez más en la configuración de un mapa de lo que no debería haber sido ejecutado. Lo suyo es periodismo de investigación, práctica que, como destaca en el prólogo el arquitecto Luis Feduchi, se combina con lo que podemos denominar monólogo de viaje, en la tradición anglosajona “travelogue”. Los propios recorridos del autor, sus lecturas, sus diálogos con urbanistas y arquitectos de distintas generaciones, le han permitido trazar un diagnóstico claro y certero de las causas por las que nuestro país se ha ido llenando de basura arquitectónica, fruto de malas prácticas y malas políticas, pero, sobre todo, de “falta de amor” hacia los territorios propios .

A España la ha destruido la falta de amor, leemos en un momento dado. Es esta una idea clave en una entrega interesantísima, detallada y esclarecedora, con la capacidad de llegar a un público amplio, más allá de los círculos especializados. Debemos agradecer, celebrar, su publicación, ya que nos aproxima a asuntos por desgracia alejados de los focos mediáticos y que nos afectan mucho más de lo que podemos pensar en un primer momento, en la medida en que contribuyen a nuestro bienestar y felicidad como ciudadanos.

La geografía de este país tan lleno de contrastes y de maravillas naturales, empezó a degradarse con el franquismo, sin que la democracia fuese capaz de parar una catástrofe mantenida bajo un mal entendido progreso, bajo la burda excusa de la prosperidad, una prosperidad ante la que todo vale, tras la que en tantas ocasiones se oculta la más execrable avaricia. En España fea se analiza muy bien todo esto, trascendiendo sus temas de partida para dibujar un retrato de la España reciente, del despertar democrático y también de los pelotazos urbanísticos, de la corrupción. Al pasar las páginas de este libro percibimos los males de un presente en el que el capitalismo sigue campando a sus anchas pese a los desafíos que representa el cambio climático ya en puertas.

Andrés Rubio analiza la degradación experimentada en la geografía española con el franquismo, sin que la democracia Haya sido capaz de parar la catástrofe mantenida bajo un mal entendido progreso.

En muchos de sus tramos el recorrido resulta demoledor, pero también es cierto que lo feo nos ayuda a valorar más lo bonito, lo que aún se mantiene a salvo, lo que ha sido preservado, y de eso también encontramos mucho en el trayecto. Hay aquí, pese a todo, os lo aseguro, algunos motivos para la esperanza, rutas hacia territorios que aún nos demuestran que es posible cuidar y vivir en mayor armonía con la naturaleza. Y no hay que olvidar el papel del activismo y de las acciones de una ciudadanía comprometida para parar los desmanes. Es un cauce que aún debe abrirse más. Todas estas cuestiones, perspectivas, entran en el diálogo mantenido con Andrés Rubio a través de correo electrónico. El mero hecho de que obras como la suya contribuyan a que abramos los ojos, a que nos sensibilicemos, ya es un motivo, como decía, para celebrar. 

“Los españoles no hemos sabido asociar el paisaje y su cuidado al patriotismo bien entendido”

A título personal, y creo que lo mismo les sucederá a muchas otras personas, considero que esta obra viene a llenar un hueco importante: acercar a un público amplio un panorama global de España desde el punto de vista urbano, paisajístico, arquitectónico… Es como una lección pendiente, necesaria, en torno a estos ámbitos que apenas tienen presencia en los libros de texto, en los medios, pese a ser fundamentales. ¿Fue ese tu propósito?

– Sí, gracias por expresarlo de esa manera. Recientemente apareció publicada una crítica del libro en el periódico “La Vanguardia”, firmada por el abogado Javier Melero. El título que puso a su artículo me gustó mucho: “Nadie amaba a España”. Porque ese es el verdadero tema del libro, la falta de amor. Podría haberse titulado también así: «Nadie amaba a España». Y no solo no la amaba el Partido Popular, tampoco  los partidos nacionalistas en Euskadi y Cataluña, y no digamos los regionalistas en Canarias o Cantabria, y tampoco el Partido Socialista en Andalucía o Llanes, por poner un ejemplo grande y otro pequeño, aunque es preciso matizar que las más importantes contribuciones al buen urbanismo en España en las últimas décadas han sido impulsadas generalmente desde la socialdemocracia.

El problema surge con el big-bang de la construcción en los años cincuenta. La activista estadounidense Jane Jacobs fue una de las primeras intelectuales que detectó nítidamente el carácter delincuencial del mercado inmobiliario. Ella lo sufrió y denunció en Nueva York, escenario de su lucha contra Robert Moses, el planificador jefe del Ayuntamiento de la ciudad que planteó construir una autovía que atravesara la histórica plaza de Washington Square, algo que Jacobs, con su capacidad de movilización ciudadana, truncó. El hecho de que en España el franquismo adoptara el patrón desregulado y favorecedor de la corrupción estadounidense explica muchas cosas. Las fuerzas que centrifugan ese mercado son inexpugnables: mueve intereses muy poderosos y la incultura es demasiado profunda.

– ¿En qué momento sentiste la necesidad de contar, de hacer recapitulación, de denunciar el deterioro de los espacios comunes, la falta de armonía urbana y arquitectónica, la especulación inmobiliaria, los focos de corrupción desde las instituciones políticas? 

– Como periodista me interesó la arquitectura desde muy joven. A los 24 años, el redactor jefe de entonces en “El País Semanal”, Daniel Gavela, me encargó un artículo para la portada del suplemento sobre el Paseo de la Castellana como símbolo de la modernidad de Madrid. Él concertó una cita con Miguel Fisac, que es autor en la Castellana de un magnífico edificio, la que fue sede de IBM, y recorrimos los tres el paseo, yo tomando notas de todo lo que nos explicó aquel genial personaje que había sido, paradojas de ese oficio endiabladamente complejo, el arquitecto oficial del franquismo. Desde ese momento ya no abandoné el tema, fui educando la mirada sobre el espacio público y sobre los interiores domésticos. Pero ha sido muy avanzada mi carrera periodística, tengo ahora 59 años, cuando he tenido el tiempo necesario para escribir sobre ello. Lo he enfocado como una especie de contrarrelato de los eslóganes propagandísticos tipo Marca España o Murcia, qué hermosa eres (cuando informes oficiales muestran que es la región con más sospechosos por corrupción de España). Creo que cada vez hay más gente sensible a este tema, no solo arquitectos; gente que se pregunta por las causas de que todo esté tan mal hecho en España, de que los pueblos se hayan afeado tanto y las ciudades hayan estado tan mal planificadas en las últimas décadas. Cada vez son más las personas amantes de la naturaleza que, por ejemplo, se preguntan qué ha podido pasar para que casi toda la costa haya sido arrasada. Y he tratado de analizar las causas y buscar algún tipo de propuesta que sea viable para detener e incluso revertir el proceso, algo que, indefectiblemente, pasa por la política.

– Son temas que deberían ocupar mucho más espacio en los medios de comunicación, y sin embargo…

– Cierto. Los medios de comunicación españoles, y los propios periodistas, debemos hacer una autocrítica. En el pasado, los pocos informadores  medioambientales que había fueron poco menos que tratados como unos parias dentro de sus propios medios, casi estaban mal vistos. Los periódicos compraron aquel relato del felipismo de “Que España funcione”, pero no fomentaron la investigación sobre el precio que se iba a pagar por ello, y no les interesó apenas el tema de la configuración del espacio público. A ningún presidente del Gobierno le interesó, y a Aznar seguramente el que menos, pues decretó irresponsablemente que casi todo el suelo fuera urbanizable. Ha faltado a todas luces un plan estratégico del Estado en el periodo democrático. En todo caso, mi libro no se propone una crítica frontal a lo que se hizo, sino a cómo se hizo. Es decir, al hecho de que ningún presidente de la democracia fuera sensible a lo que Henri Lefebvre llamó “la ciencia del fenómeno urbano”, que ya a principios de los setenta le causaba asombro al filósofo francés por su “enormidad y complejidad”. Esa ciencia, la urbanología, junto al avance científico y la diversidad, son hoy puntos clave de la contemporaneidad. Y, sin embargo, en España, salvo en Barcelona y algunos otros lugares singulares, no se ha tenido en cuenta, los profesionales de la arquitectura han sido desplazados del debate, y en muchos casos ellos mismos se han inhibido, cuando no directamente corrompido.

En 2020, en pleno confinamiento, una constructora gallega aprovechó para construir en la playa de La Tejita, al sur de Tenerife (Canarias). Foto: Andrés Rubio.

Aunque señalas que la sensibilidad hacia estos temas va en aumento, vuelvo a mis propias apreciaciones. En ocasiones me ha llamado la atención que tan poca gente a mi alrededor reaccione ante la fealdad y el maltrato a los espacios públicos. Las urbanizaciones absolutamente vulgares que tapan las vistas y rompen la armonía en tantos puntos del litoral peninsular y en las islas; la falta de gusto en las construcciones, en el mobiliario urbano, en los pavimentos de ciudades como Madrid. No suelo encontrarme con muchas personas a las que les preocupe, que lo incluyan en sus conversaciones. Por eso he agradecido tanto esta entrega que pone palabras, ejemplos, opiniones, argumentos, a lo que tanto detesto. El encuentro con sensibilidades afines, la visibilización, ya me parece un magnífico punto de partida.

– Me alegra que hayas tenido esa percepción con la lectura del libro, porque no quería que pareciese que esa falta de armonía, de gusto, ese maltrato reflejados fuera una cuestión puramente subjetiva, sino que mi intención es que se percibiera la investigación que he hecho, que incluye numerosas entrevistas a profesionales mayores y más jóvenes. La impresión es compartida en todos los casos. Es la entrega del espacio público al mercado inmobiliario y a los poderes económicos, expulsando a los pensadores de la ciudad junto al resto de creadores. Puede que la mirada sea sobre todo negativa, pero es que los españoles nos lo hemos ganado a pulso.

En 2009, la eurodiputada Margrete Auken coordinó un informe demoledor que fue aprobado en el Parlamento Europeo y que habla de la “destrucción masiva” de las islas y de la costa mediterránea. Y no solo la mediterránea, la costa gallega atlántica también, y la cantábrica. Podría parecer que exagero, pero no me gustaría dar esa impresión. Insisto en que en el libro dedico mucho espacio a los proyectos que se han hecho bien, a la labor de los ecologistas, a profesionales de la arquitectura y urbanistas que han defendido el territorio con proyectos brillantes, por ejemplo al recuperado Camino de Caballos menorquín, un sendero que circunvala la isla, que es un caso espectacular de cómo se pueden hacer las cosas con criterio y pasión. En España hay grandes profesionales, la tradición es muy marcada y específica, pero parece que el país no se ha merecido a todos esos talentos y ha ido apartándolos progresivamente, o ellos han mirado para otro lado. No hay apenas arquitectos ni arquitectas con poder en España, salvo quizás en Barcelona.

«En 2009, la eurodiputada Margrete Auken coordinó un informe demoledor que fue aprobado en el Parlamento Europeo y que habla de la “destrucción masiva” de las islas y de la costa mediterránea. Y no solo la mediterránea, la costa gallega atlántica también, y la cantábrica».

– Como ya has mencionado antes, en el libro resaltas la falta de amor, de curiosidad, por los entornos naturales y urbanos. Como ciudadanos, ¿qué parte de culpa tenemos respecto a la devastación continuada del territorio? En el prólogo, el arquitecto Luis Feduchi habla de una “acción violenta y destructiva”. Me pregunto si una mayor concienciación ciudadana, una actitud colectiva activa, de indignación, habría servido para parar, al menos atenuar, tanto desastre.

Salvatore Settis, arqueólogo e historiador del arte italiano, es un gran defensor de la movilización ciudadana frente a esas acciones destructoras. Está claro que es fundamental. Un ejemplo: en Valencia hubo un proyecto para construir una autovía por el cauce del Turia. Los vecinos protestaron activamente y hoy ese cauce se ha convertido en un bosque urbano de enorme éxito entre los ciudadanos y visitantes. El activismo se necesita, pero no nos engañemos, de donde surgen las soluciones es de la política. Y aquí vemos a Francia como el gran referente, donde muchos políticos son o han sido alcaldes, y curtirse en las alcaldías les da unas cualidades en la gestión urbanística que en España no abundan. Un ejemplo es Sarkozy, que también fue alcalde. Fue el presidente menos simpático, el que parecía menos sensible, siempre a vueltas con la corrupción. Y, sin embargo, unos días después de llegar al Elíseo estaba cenando con un grupo de arquitectos y arquitectas, tal y como lo recordó Zaha Hadid. Y fue constante su interés por el Gran París, la región metropolitana determinante en Francia, junto con Toulouse. Existe una Sociedad para el Gran París que depende del Estado dedicada al planeamiento y el transporte. En España apenas se oye hablar a los políticos de las regiones y áreas metropolitanas, del Gran Madrid o de la Gran Barcelona, por ejemplo, cuando en las regiones y áreas metropolitanas es donde se juega el futuro. El alcalde Pasqual Maragall lo supo ver nítidamente. Los nacionalistas de Jordi Pujol, con la ayuda de Esquerra Republicana, liquidaron su visionario proyecto para la Gran Barcelona, que no ha logrado ser recuperado con aquella ambición que quiso darle el político socialdemócrata.

– Resulta penoso acercarse a este mapa de la España fea, a este recorrido de horror en horror. Una y otra vez te planteas si es posible revertir el camino, dar marcha atrás, cuidar lo que aún puede salvarse e incluso recuperar paisajes heridos. ¿A qué conclusiones has llegado?

– Se puede dar marcha atrás a través del desmantelamiento y el reciclaje, ese «no hacer, rehacer y deshacer» que es el mantra que propone el colectivo madrileño n’UNDO. Ojalá nos pongamos muy pronto manos a la obra. Pero lo que sí resultaría factible de forma inmediata es detener el proceso. En Cataluña están poniendo ya en marcha un Conservatorio del Litoral similar al de Francia, ese organismo independiente creado por Valéry Giscard d’Estaing que lleva desde 1975 comprando terrenos en la costa, colindantes con el dominio marítimo terrestre, a cargo del Estado, para preservarlos ecológicamente. Qué lamentable que la iniciativa aquí parta de Cataluña y no del propio Estado en coordinación con las comunidades autónomas. Una vez más desde Cataluña, y especialmente desde su epicentro, Barcelona, nos llegan las mejores propuestas.

– Otro de los grandes logros de la entrega es que siendo un libro sobre arquitectura y urbanismo consigue trascender esas esferas, convirtiéndose en un ensayo sobre la historia, los usos y costumbres, las peculiaridades, la idiosincrasia, en definitiva, de nuestro país. La miseria española “moral y cultural”, que arranca del franquismo y sus modos caciquiles, explica muchas cosas. Pero lo más aterrador es que la democracia no supusiese una ruptura, un nuevo comienzo. “El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia”, así se subtitula la entrega. Es muy duro afrontar esto, ¿no?

– Sí. Siempre me gustó la idea de la Historia contada desde otros puntos de vista. Acuérdate de Georges Duby y su legendaria Historia de la vida privada. El arquitecto Gonzalo Pardo escribió una tesis titulada Cuerpo y casa: hacia el espacio doméstico contemporáneo desde las transformaciones de la cocina y el cuarto de baño. Las posibilidades son muy amplias. Hace poco vi en Berlín una exposición titulada Los niños tienen que escuchar otra historia. Y me pareció que el tema de la devastación del territorio visto desde la España democrática y su modelo autonómico de intereses atomizados y egoístas daba mucho de sí. Porque si bien es cierto que las comunidades autónomas más corruptas se caracterizan por el voto conservador persistente, y en este sentido el Partido Popular ha sido el principal agente devastador, los demás partidos entraron también al juego del capitalismo de casino territorial. En Andalucía, donde gobernaron los socialistas, se permitió el espeluznante caso de Marbella, en manos de un populista zafio como Jesús Gil.

Todos de alguna manera son culpables. Todos somos culpables. Los españoles no hemos sabido asociar el paisaje y su cuidado al patriotismo bien entendido. La tesis del libro es que nos ha faltado capacidad de amar. No solo se ama a las personas o a los animales. También se ama a la tierra natal, sin imponer a nadie ese amor, solo por la pura alegría de vivir, reflejada en el “heile welt” de los alemanes, concepto que hace referencia al mundo en su totalidad, donde adquiere protagonismo el paisaje, ese camino de campo heideggeriano. Hay una frase magistral de Heidegger, por su valor polisémico y su alcance, que dice: “El aliento del camino de campo despierta un sentido que ama lo libre”. Los alemanes lo entendieron así, y por eso la labor de reconstrucción del país tras los bombardeos es un ejemplo de las complejas actuaciones que pueden articular un modelo a seguir. Los franceses son los que mejor abordaron el problema, y por eso Francia y Alemania deberían ser el referente imprescindible, dado su tamaño y la ambición de lo logrado. Y deberían marcar la agenda de la Unión Europea contra el afeamiento de Europa, en el marco de la lucha contra el cambio climático y a través del Pacto Verde Europeo.

La Herradura, en Granada, un ejemplo de sobreexplotación del litoral sin pensamiento arquitectónico. Fotografía por Jebalon.

– La herencia estadounidense se hace visible en el trayecto. Su efecto negativo es algo que, creo, hemos olvidado, y que ayuda a comprender.

– El hecho de que los Estados, y no el Gobierno federal, fueran los entes competentes en la ordenación territorial en Estados Unidos acabó dejando el urbanismo y la red de transportes al arbitrio de los intereses de las grandes compañías privadas. A principios del siglo XIX, el presidente Thomas Jefferson se propuso cambiar la Constitución para crear un plan estratégico del Estado. Pero tanto Jefferson como sus dos sucesores, Madison y Monroe, eran sureños y propietarios de esclavos, por lo que pudo más su defensa del statu quo que el deseo de transformación. Mejor no cambiar las cosas, por lo que pudiera pasar. Mejor seguir defendiendo los intereses de la esclavitud, la institución peculiar, como era llamada eufemísticamente por los esclavistas. Como ese cambio no se hizo, se perdió una oportunidad histórica que ha repercutido de forma especialmente negativa dado el proceso global de americanización. Esto lo ha investigado la periodista Suzannah Lessard en un libro estupendo, La mano ausente, reimaginando nuestro paisaje americano. El mismo modelo de la mano ausente del Estado es el que caracteriza las acciones que se han perpetrado en España a partir de la Guerra Civil.

– En más de una ocasión la obra nos devuelve a los logros de la Segunda República y nos lleva a preguntarnos: ¿Qué habría pasado si hubiese prosperado, si no hubiese habido golpe de Estado? ¿Estaríamos hablando ahora de la España fea?

– Hubiera sido otra España, sin lugar a dudas más elegante y respetuosa con la tradición, a la vez que comprometida con las vanguardias y el movimiento moderno de la arquitectura del siglo XX. En la Segunda República cristalizó todo el auge cultural que venía avanzando desde finales del siglo XIX, un periodo increíble por su dinamismo, calificado por Juan Marichal como la segunda Edad de Oro, de 1886 a 1936, que a él le gustaba hacer coincidir simbólicamente con la vida de Lorca (1898-1936). Un vanguardismo representado en Madrid por el extraordinario Edificio Capitol, de Luis Martínez-Feduchi y Vicente Eced. Es interesante el dato de que las becas de la Junta de Ampliación de Estudios, desmantelada en 1939 tras el triunfo de Franco, se dirigían principalmente a Francia y Alemania. El franquismo, sin embargo, una vez conseguidas las ayudas estadounidenses que lograron que el régimen superara la asfixia económica a partir de los pactos de 1953 para el establecimiento de las bases militares, miró a EEUU y su modelo no evolucionado y determinado por la esclavitud.

Si Hubiera prosperado la II República «España Hubiera sido otra, sin lugar a dudas, más elegante y respetuosa con la tradición, a la vez que comprometida con las vanguardias y el movimiento moderno de la arquitectura del siglo XX», señala el autor.

– Un concepto muy interesante es el de la “injusticia espacial”. Pone de manifiesto la importancia de las políticas urbanas, la manera en que afectan a la organización social, a la vida de las personas.

– Antes te has referido a una frase de la teoría estética de Theodor W. Adorno que dice: “La impresión de fealdad surge de un principio de violencia, de destrucción”. Esa cita abre el prólogo del libro, escrito por el arquitecto Luis Feduchi, que fue la persona que más me animó y ayudó en la escritura y al que le estoy sinceramente agradecido. Adorno relaciona la fealdad con la opresión de los seres humanos. Todo ello se relaciona asimismo con la cultura, el llamado capital cultural al que cualquier ser humano tiene derecho. Un capital cultural asociado al capital espacial, y aquí nos adentramos en ese concepto de injusticia espacial del geógrafo estadounidense Edward W. Soja, según el cual el entorno de calidad para vivir de cualquier persona es independiente de su riqueza, es decir, cualquier persona debería poder vivir en una zona que cuente con edificios bien compuestos, centros de salud y educativos, transporte, seguridad, tiendas con alimentos y posibilidad de tener vivienda y empleo. Lo contrario genera opresión, desigualdad, quiebra de la democracia. La discriminación espacial significa que un muro, o una vía de tren o cualquier otra infraestructura que actúa como barrera separa el barrio de los ricos del de los pobres, por ejemplo. O un barrio de arquitectura bien articulada frente a otro de arquitectura basura. Y aquí me gustaría citar una frase del arquitecto y crítico Luis Fernández-Galiano, que dijo que en España el urbanismo basura “es la expresión geográfica de la democracia”. Es una frase tan exacta como terrible. 

– Es muy duro comprobar que en tiempos en los que tenemos que hacer frente a importantes desafíos como el del cambio climático se siga especulando, destruyendo los espacios naturales con el único fin del enriquecimiento de unos pocos, con el beneplácito de los políticos.

–  El reto del cambio climático ha llevado a arquitectos prestigiosos como el alemán Arno Lederer a pronunciarse a favor de la creación de un ministerio de la Construcción independiente en Alemania, por encima de los poderes territoriales de los lander. Los más de 200 muertos en las inundaciones de 2021 en Alemania y Bélgica fueron la llamada de atención. Se debe planificar desde un punto de vista holístico, en cooperación, intercambiando toda la información técnico-científica en tiempo récord. Y frente a los especuladores a los que te refieres, para quienes seguramente el cambio climático sea un motivo de burla, nos queda un consuelo. Van a ir al infierno. Aunque al parecer este no existe, así lo ha dicho el Papa, el infierno de Dante sigue ahí, y Dante situaba en sus círculos más profundos a los avariciosos. La avaricia, vieja loba infame, la llamó. La avaricia del mercado inmobiliario.

«cualquier persona debería poder vivir en una zona que cuente con edificios bien compuestos, centros de salud y educativos, transporte, seguridad, tiendas con alimentos y posibilidad de tener vivienda y empleo. Lo contrario genera opresión, desigualdad, quiebra de la democracia».

– La España vaciada, cómo hacerle frente, es otro gran reto al que se dedica atención. Claro que hay soluciones, pero hace falta voluntad y acción política. ¿En qué propuestas de avance, de transformación, están trabajando los profesionales más concienciados con el problema?

– Me parece un tema difícil de abordar. Sergio del Molino lo analizó de forma brillante en La España vacía, tuvo la perspicacia periodística de descubrirlo y supo plasmarlo con mucho talento literario. Ojalá esa parte de España, dada la salubridad de su suelo, casi única, se convierta en un laboratorio de prácticas medioambientales en una sociedad descarbonizada e interespecies tutelada por la Unión Europea. El modelo francés del Conservatorio del Litoral, con sus centinelas y custodios del territorio, puede servir también de inspiración.

– ¿Cómo convencer a la ciudadanía de que hay que apoyar otras políticas, aceptar el decrecimiento, apoyar otro tipo de ciudades y comportamientos? ¿Cómo convencer a los políticos de que es urgente un cambio de mentalidad radical?

– El proceso va tan rápido que cae por su propio peso, se percibe ya hasta en el parte meteorológico. Una exposición magnífica del arquitecto y artista audiovisual Liam Young, organizada en la Fundación Telefónica de Madrid, lo explica nítidamente. Su pieza Planet City está en la línea de la propuesta de Tony Hiss y E. O. Wilson Half-Earth, según la cual la mitad de la tierra y el agua han de ser declarados santuarios naturales ante el previsible colapso de los ecosistemas. Liam Young llega aún más lejos y formula directamente un Planeta Ciudad, o Ciudad Planeta, utopía de supervivencia que no ocupa más que la extensión de un estado de Estados Unidos para albergar a todos los seres humanos, una metrópolis para 10.000 millones de personas con capacidad para autoabastecerse.

Andrés Rubio. Fotografía por Alfredo Arias.

– ¿Qué papel pueden jugar en la transformación los ecologistas y otros movimientos sociales, los partidos verdes, el feminismo y su filosofía de los cuidados?

– Hay que reconocer la labor de los ecologistas y los periodistas medioambientales porque han luchado contra viento y marea. No solo contra las fuerzas oscuras del dinero sobreabundante necesitado de inversiones inmobiliarias, sino también contra las del fanatismo y la ignorancia. Los acusaron de sobreactuación y resulta que estaban y están en lo cierto. Los partidos verdes, en este sentido, aparecen en el mapa sociopolítico como una fuerza determinante para frenar a la McMafia (no me resisto a citar la genial frase de Iain Sinclair a propósito del feísmo especulativo que está arrasando Londres: “El dinero en exceso, harto de su estatus de McMafia de mala reputación no blanqueado, está sediento de solidez y sustancia”). Esperemos que los partidos verdes no caigan en las trampas que destruyeron al movimiento de la contracultura en los sesenta y sepan librarse de los saboteadores y cumplir con su agenda ecosostenible y de acción social y ciudadana.

– En el libro se aportan ejemplos interesantísimos en este sentido. Barcelona se muestra como ciudad pionera en muchos aspectos, el proyecto de las “supermanzanas” para devolver las calles a los residentes y descongestionar el centro urbano; la puesta en marcha de corredores verdes… Pese a todo, hay señales esperanzadoras.

– Acaba de publicarse un libro de Eva Jiménez y Xavier Llobet, Arquitectes Jardiners de Barcelona 1888-1992, en el que se analizan los proyectos de parques y jardines en Barcelona durante el siglo XX, con nombres como Fontseré, Gaudí, Forestier, Rubió i Tudurí, Riudor, Casamor… Resulta que en Barcelona los arquitectos diseñaron los jardines, y han seguido haciéndolo: Bellmunt, Batlle-Roig, Vendrell, Ruisánchez, Miralles-Pinós, Beth Galí, Carme Fiol… La última intervención a destacar es la de Anna Planas y su equipo multidisciplinar en los jardines del Doctor Pla i Armengol. El arquitecto Toni Casamor señala que esta confluencia es muy poco usual en otras ciudades. Cito esto para referirme al carácter único de Barcelona como laboratorio urbano, donde los arquitectos y arquitectas, y otros profesionales relacionados con la ciudad, tienen preponderancia. Allí existe una comisión de arquitectura en el Ayuntamiento con capacidad de veto formada por 18 mujeres y hombres de diferentes disciplinas, además del puesto, ya una tradición, de arquitecto jefe o arquitecta jefa. Allí el Ayuntamiento está en contacto con la Universidad (las Superillas de Salvador Rueda, por ejemplo, es un proyecto que se gestó en contacto con el alumnado de arquitectura). Y además está el Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña. Frente a esto, me ahorro decir la consideración que me produce Madrid, donde, tristemente, la ciudad ha experimentado la mayor evolución de su historia, con mucha energía,  eso sí, pero con una deficiencia muy notoria en cuanto a planteamiento intelectual arquitectónico. Menos mal que intervenciones de grandes profesionales como las que ha habido en Matadero, y otras dispersas por la ciudad, dan esperanza sobre la posibilidad de que se construya un Madrid más interesante.

Barcelona es de las pocas ciudades que se salvan en el recorrido, pese a sus problemas actuales de la gentrificación y el exceso de turismo. Es un ejemplo de buen planeamiento urbanístico, de respeto y cuidado.

– Es así. Barcelona reúne claramente las mejores cualidades, y la figura de Oriol Bohigas se alza como su gran referente contemporáneo. Con sus defectos, logró algo inaudito, poner a la arquitectura en cabeza del  proceso urbano, con los ingenieros, promotores, abogados y demás actores detrás. Su decisión, energía y bagaje intelectual lograron que se acuñara un término: el modelo Barcelona. Su trayectoria como arquitecto-urbanista y como intelectual merece ser reivindicada.

«Barcelona tiene un carácter único como laboratorio urbano. LOs arquitectos y otros profesionales relacionados con la ciudad, tienen preponderancia. La Ciudad reúne claramente las mejores cualidades, con la figura de Oriol Bohigas como gran referente contemporáneo».

Madrid, por el contrario, es una ciudad hecha a pedazos, falta de unidad e integración, con un “planeamiento urbano chapucero”, que la mayoría de sus habitantes parecen no percibir. Pese a ello, en el libro se destacan como positivas algunas acciones llevadas a cabo en tiempos de Ruiz-Gallardón, Matadero, que ya has citado, y otros proyectos iniciados en el periodo corto como alcaldesa de Manuela Carmena…

– En 2006 Oriol Bohigas publicó un artículo sobre el arquitecto Secundino Zuazo, el gran planificador del Madrid republicano. Lamentablemente, pareciera que sus conclusiones siguen vigentes: «Hay que reconocer unos valores específicos en el diseño de Zuazo, basado en un principio fundamental: hacer un urbanismo compacto y legible explicitado en unos espacios públicos definidos por la arquitectura. Es un principio que, desgraciadamente, Madrid ha olvidado en los últimos años. Madrid está creciendo ahora con un urbanismo disperso e ilegible, con unos espacios públicos claramente suburbiales, sometidos a la hegemonía de las autopistas. Habría que invocar -si no es demasiado tarde- el gesto urbano de Zuazo cuando trazó la prolongación de La Castellana atendiendo a la monumentalidad centralizadora de los Nuevos Ministerios«. Esas seis palabras, «espacios públicos definidos por la arquitectura», son la clave que Madrid sigue sin tener en cuenta, entregada a un mercado inmobiliario poco refinado de promotores afines. Madrid Nuevo Norte es el caso, lo mismo que la ciudad sin pensamiento arquitectónico que se ha empezado ya a construir en la zona de Valdecarros.

– ¿Qué distingue a la capital española de las otras grandes capitales europeas?

– La falta de sensibilidad arquitectónica. Un hecho reciente: se publicó en 2020 el pliego de condiciones para soterrar y urbanizar un tramo de más de tres kilómetros de la autovía A5 y el Ayuntamiento pedía más de 20 ingenieros. Ningún arquitecto, urbanista o paisajista. Algo que indignó a los profesionales de la arquitectura. Ojalá Madrid aprendiera a mirar a otras capitales, estableciendo filtros a la vez que fomentando el talento. Por ejemplo, en Estocolmo hay un consejo de belleza en el Ayuntamiento con capacidad de veto. Se cuenta que obligaron a Rafael Moneo a cambiar el color exterior del museo de arte contemporáneo, sin duda una de sus obras maestras. Es un organismo tildado de conservador. Ojalá en la conservadora Madrid hubiera un organismo independiente tan conservador como el de Estocolmo. La paradoja de Madrid es que sus gobiernos conservadores son en realidad más bien destructores, como se vio con los valiosos interiores bancarios demolidos para hacer los apartamentos para multimillonarios del Centro Canalejas. No lideran, simplemente acompañan a promotores bastante burdos en sus intereses privados, entregando así a unos pocos el espacio público que es de todos. Aun así, destaca en positivo la figura que tuvo el Partido Popular con Alberto Ruiz-Gallardón. Con sus puntos oscuros, pues la especulación no se detuvo en su época como presidente de la comunidad y alcalde, impulsó la red de transportes y logística y puso en marcha dos grandes proyectos, Madrid Río y Matadero Madrid, donde la buena arquitectura, el urbanismo y el paisajismo adquirieron protagonismo. Inés Sabanés, que formó parte del equipo de Manuela Carmena, completó el legado recibido con la renaturalización del cauce del río Manzanares, un río que ahora acoge a un centenar de especies de aves. 

«La paradoja de Madrid es que sus gobiernos conservadores son más bien destructores. No lideran, simplemente acompañan a promotores bastante burdos en sus intereses privados, entregando así a unos pocos el espacio público que es de todos».

Suelen ser las personas, los buenos gestores, los que marcan la diferencia. Esto se pone de manifiesto en Barcelona, como ya has señalado, con personalidades como Oriol Bohigas. Entre los ejemplos que aparecen en el libro están también Santiago de Compostela, un oasis en medio del feísmo gallego, o la localidad de Vejer de la Frontera… También ocupa un lugar importante César Manrique y su papel en Lanzarote, aunque finalmente se impusiera la especulación que él tanto combatió en la isla. En todos los casos ha habido políticos respetuosos detrás.

– Bohigas y su colaboración con Narcis Serra y Pasqual Maragall es imbatible. Lo mismo que Josep Maria Birulés y Joaquim Nadal en Girona. Y otro gran tándem fue el formado por César Manrique con su amigo el político Pepín Ramírez. El caso de Manrique explica muy bien la España fea: un artista que había logrado preservar la arquitectura popular y los paisajes de Lanzarote y que de pronto ve que van surgiendo aquí y allá: hoteles ilegales y vulgares edificaciones en su isla natal. Gobierna Felipe González. Entonces Manrique da un giro: empuña un megáfono y se convierte en activista, acompañado en una de las manifestaciones por Alfredo Kraus, el gran tenor canario. Manrique hace una declaración contundente en el “Diario de Las Palmas”: “Menuda herencia para las generaciones futuras con esta panda de burros”. Se refiere a la incultura de los políticos, de las élites, especialmente las de Madrid. Políticos incultos y corruptos que fían el desarrollo del Estado a la especulación inmobiliaria. Lo cual se puede entender como opción cortoplacista de activación económica; lo que no se comprende es que en el proceso se expulsara del debate a los arquitectos.

La ermita de San Cosme y San Damián, del siglo XVI, en Ourense, se ve aplastada por una mole de edificios. Foto: Iria Cortizo

Hablando de Manrique, de Canarias, los capítulos dedicados a las islas son demoledores, producen sensación de impotencia. ¿Cómo es posible que se siga destruyendo un paisaje tan rico? ¿Cómo es posible que sigan en pie proyectos tan execrables como el del hotel en la playa de La Tejita, en el sur de Tenerife, pese a la oposición activa de la población?

– Por fortuna, la acción de ecologistas y vecinos con su eslogan Dinamita para el hotel de La Tejita logró que se paralizara la obra por el momento. Pero es sólo un punto en un mar de malas prácticas. El caciquismo ha sido el gran mal de las islas. César Manrique decía que los canarios fueron los principales responsables. Él no estaba en contra del turismo, sólo pedía una industria inteligente del turismo. Su fracaso en Lanzarote es un fracaso colectivo, y supone el triunfo de los construgobernantes, como allí se les llama. Qué pena que en esas islas maravillosas triunfara el modelo de Hawai y no el de Córcega.

Cuando viajas a Bilbao, te refieres a las luces y sombras de la transformación de su entorno industrial. Y en San Sebastián, una ciudad tan cuidada por sus habitantes, también hay intervenciones muy criticables…

– El caso de San Sebastián lo considero particularmente tenebroso. En mi última visita subí al cerro de San Bartolomé, donde se ha urbanizado sin calidad, con ejemplos de arquitectura basura. Eso en una ciudad con una exquisita tradición, con el ensanche de Cortázar y los edificios de su hijo. Una pena esa bajada de nivel. Desde el puerto viejo se ve que el final de la playa de La Concha, que antes destacaba por el verde, se está cementificando hasta llegar al malbaratamiento de ese monumento natural único. Más de 450 villas marineras han sido demolidas para construir bloques de pisos de lujo. El alcalde es del PNV, lo mismo que en Bilbao, donde la destrucción de fábricas que reflejaban el pasado industrial de la ría, y de edificios singulares con fines especulativos, sigue su curso. Desaparece la memoria obrera y de la inmigración, sale ganando la idea purista, inmaterial y discriminatoria de la Arcadia foral nacionalista, y en el camino los promotores afines hacen caja.

CUando iban surgiendo hoteles ilegales y vulgares edificaciones en Lanzarote, su isla natal, César Manrique empuñó un megáfono e hizo una declaración contundente: “Menuda herencia para las generaciones futuras con esta panda de burros”.

– ¿Si tuvieras el papel de demoler, de derribar, tres edificaciones o intervenciones erróneas, hacia donde mirarías?

– Pues empezaría por El Algarrobico, que aparece en la portada del libro como la metáfora de la especulación caótica, la corrupción política y la incultura. Ese estaría el primero de la lista. El segundo, la demolición del esqueleto que hemos comentado del hotel de lujo en la playa de La Tejita, en Tenerife, porque se hizo en 2020 durante la pandemia, sigilosamente, por una empresa constructora gallega. El tercero, una edificacion que tapa las vistas al mar desde la plaza del Carmen en Estepona (pongo este caso porque me mandó una foto a través del móvil una amiga escandalizada que veraneó allí este pasado agosto y vio cómo se estaba construyendo). Es una pregunta difícil de contestar porque… ¿por dónde empezar?

Acción ecologista pidiendo el derribo de El Algarrobico, en el litoral protegido del Cabo de Gata, Almería. / Foto: Pedro Armestre (Greenpeace).

Políticos, abogados, promotores y constructores inmorales son responsables del desastre, pero gran parte del gremio de los arquitectos no se salva. No pocos profesionales se han dejado comprar, han participado directamente en el caos; otros, con su silencio, con su mirar para otro lado, no han contribuido a cambiar las cosas. Frente a ellos es encomiable la labor de tantos profesionales innovadores, comprometidos, que son valorados en el ensayo. ¿Es necesaria la crítica abierta, el debate en el sector, para intentar cambiar las cosas?

-Este es un tema muy delicado, pero en el prólogo el arquitecto Luis Feduchi se atreve a decirlo: “La necesidad de desmontar el mito asociado a dicha profesión, devorada no solo por el poder, sino también por el sector inmobiliario”. Feduchi habla en primera persona: “Nuestra complicidad en la destrucción del territorio y nuestra renuncia a la denuncia”. Hay un dato esclarecedor, un informe en el que se observa que los cien estudios que más facturan en España no se corresponden en general con los estudios de arquitectura de mayor prestigio. Es un hecho, salvo en lugares como Barcelona, que los profesionales de la arquitectura han sido abandonados por los poderes públicos, no digamos por la iniciativa privada. Es algo que no sucede en casi ningún país europeo. Hay una desbandada de arquitectos y arquitectas notables, que se refugian en la universidad, y eso si pueden. Muchos están condenados a hacer reformas porque, entre otras cosas, no se convocan apenas concursos (y muchos de los que se convocan son inviables por las condiciones económicas indignas y los pliegos con requerimientos imposibles de cumplir para la mayoría de jóvenes arquitectos), y porque no hay apenas apoyo de los poderes públicos para la captación de talento. Así, triunfan grandes empresas muchas veces tan discutibles en sus planteamientos empresariales, tan poco favorecedoras de la arquitectura de alto nivel creativo, con planteamientos arquitectónicos que en muchos de los casos carecen del menor interés. Se puede decir que lo que sucede ahora mismo es una auténtica vergüenza.

– Es un panorama desolador tal como lo describes…

– Sí. Parece que todo conspira para que los buenos estudios de arquitectura tiren la toalla. Es interesante un artículo que leí hace poco en “The New York Times” que contaba la decepción de muchos arquitectos y arquitectas estadounidenses que habían respondido ingenuamente a la llamada de Le Corbusier, por así decirlo. No se dieron cuenta de que los iban a estafar en su pretensión de ser seres especiales. De ahí que se hayan convertido en el gremio con peores condiciones de horario y sueldo de las llamadas profesiones de cuello blanco, como abogados o médicos. Y han empezado a sindicarse para tratar de frenar los abusos. Pobres arquitectos, Le Corbu no respondió a su llamada, no los iluminó, y han acabado en el sindicato. A mí me asombra su persistencia, algo que admiro, pero también su desmovilización, algo que me desagrada. En las elecciones más recientes al Colegio de Arquitectos de Madrid no votó ni el veinte por ciento de los llamados a las urnas. Y fue reelegido el candidato conservador afín al Partido Popular, grupo que gobierna en la comunidad autónoma y el Ayuntamiento, con un programa, como queda dicho, nítidamente neoliberal en el que la Administración no lidera, sólo acompaña a promotores que no parece que vayan a dar trabajo a los mejores profesionales de la arquitectura.

EL ARQUITECTO Luis Feduchi señala en el prólogo de «España FEA» a SU GREMIO. APUNTA “La necesidad de desmontar el mito asociado a dicha profesión, devorada no solo por el poder, sino también por el sector inmobiliario”.

– Una y otra vez se incide en la necesidad de una supervisión a nivel estatal, de manos de profesionales cualificados de distintos ámbitos, que ponga control al caos de los estados autonómicos, de los ayuntamientos. Francia es el gran ejemplo, con su saludable “rebeldía humanista” y sus instituciones vigilantes, y también se alude a Alemania y a los países nórdicos. ¿Qué puede aprender España de estos países?

– Bastantes cosas. De Alemania, que es el país más parecido por su configuración administrativa (los lander se asemejan a las comunidades autónomas), España debe aprender a establecer una comunicación continua técnico-científica entre las comunidades como la que se produce allí, además de fomentar la mayor transparencia y la muchísima menor corrupción por las que Alemania destaca. De Francia habría que copiarlo casi todo. Su Conservatorio del Litoral, ya citado; su Cuerpo de Arquitectos y Urbanistas del Estado, unas 450 personas, cuya misión es «hacer coherente el respeto por el patrimonio y el planeamiento del territorio«; leyes como la de 1993 de protección y valorización de los paisajes; posiciones como la de su Ministerio de Cultura, que une patrimonio y fomento de la arquitectura; asistencia profesional gratuita a proyectos sin suficientes recursos… En fin, para qué seguir. Cualquier persona te comenta que cuando pasa en coche a Francia es como entrar en otra dimensión. Con todos sus problemas, que son muchos, el cuidado que se percibe nace de la idea de que la nación es un jardín, el elemento patriótico está presente en el mejor sentido. Un capítulo del libro se titula El patriotismo bien entendido pasa por el paisaje. Por eso resulta muy fácil deducir que en España patriotismo ha habido más bien poco.

Villa Kanimar. Una De Las 450 villas marineras destruidas En San Sebastián. Foto Áncora.

– Italia, Reino Unido, Grecia e incluso Portugal han seguido caminos similares al español. ¿Tiene algo que decir, que hacer al respecto, la Unión Europea?

Italia, con ese «permanente conflicto Estado-regiones» que ha denunciado ejemplarmente Salvatore Settis, aplica un modelo desregulado y corrupto parecido al español. El libro de Settis Paisaje Constitución Cemento, que no está traducido al castellano, hace una crítica muy precisa y brillante al respecto y ha sido uno de los textos que más me han acompañado. En Reino Unido, que tiene instituciones maravillosas de defensa del patrimonio, como el National Trust, y una legislación tan delicada como la que contempla las actuaciones, acotándolas a las denominadas áreas de conservación, no cuenta, sin embargo, con armas institucionales que permitan detener ese proceso de «capitalismo global brutalmente neoliberalizador«, según la expresión del geógrafo David Harvey, del que son campeones tras Estados Unidos. Solo hay que ver lo que está pasando con Londres, arrasada por la arquitectura basura de los promotores avariciosos internacionales. Las márgenes del Támesis, cuyas construcciones un crítico comparó con mucha ironía con Nueva Jersey, son bastante desastrosas si piensas en las márgenes del Sena. Grecia tiene en Atenas su talón de Aquiles, posiblemente la ciudad más inartística de entre las capitales europeas, con la gran paradoja de contar con el Partenón, que representa lo sublime. Portugal, que ha cuidado sus pueblos en El Alentejo, podría decirse que está influida por España en el peor de los flancos posibles: el de la construcción mala, corrupta, pretenciosa e incompetente.

Pienso que la Unión Europea tiene mucho que decir a este respecto. Por ejemplo, sería magnífico que recupere el espíritu de 1976, cuando el presidente francés Valéry Giscard d’Estaing hizo un llamamiento para detener el afeamiento de Francia en una carta a su primer ministro, Jacques Chirac. Ambos, políticos conservadores, no ecologistas radicales. En la actualidad, la UE podría muy bien plantearse detener el afeamiento de Europa. Giscard decía en esa carta que reglamentar no es suficiente, sino que es necesario reforzar el papel de los arquitectos, urbanistas y paisajistas, es decir, de los artistas del espacio público. Respecto a España, la Unión Europea debería articular mecanismos de control y sancionadores, unidos a programas educativos y de mentalización. Visto que en España la maraña legal se demuestra como inoperante para detener la sobreexplotación especulativa del territorio, la Unión Europea debería actuar con todo su peso político para detener y revertir ese proceso de caos, y no solo en España, sino también en Italia, Grecia y Portugal, y en cualquier otro país donde se infrinjan las leyes de forma sistemática, incluidos Francia y Alemania, no exentos tampoco de irregularidades. Sería ideal que la UE creara, asimismo, un Conservatorio del Litoral europeo a semejanza del francés, y también que creara un cuerpo de arquitectos y urbanistas de Europa inspirado en el que existe en Francia.

«De Francia habría que copiarlo casi todo: Su Conservatorio del Litoral, su Cuerpo de Arquitectos y Urbanistas del Estado… Con todos sus problemas, que son muchos, el cuidado que se percibe nace de la idea de que la nación es un jardín, el elemento patriótico está presente en el mejor sentido».

– Pese a todo lo negativo que se expone, el libro ofrece como contrapartida la valoración de esos espacios, fragmentos de belleza, que se conservan en un país tan rico en paisajes y contrastes. Pese al señalamiento de lo feo, frente a la denuncia, hay un afán por destacar lo admirable, las acciones positivas. En cierto modo, ayuda a establecer rutas, itinerarios diferentes, en busca de la excelencia, lejos del relato azucarado, buenista, difundido por los agentes turísticos.

– Sí, pienso que el libro tiene algo de queja, de lamentación, pero como me considero una persona positiva, casi entusiasta, intenté que aquí y allá a lo largo del texto aparecieran los casos positivos. Ya hemos hablado de Barcelona y Girona. En Santiago de Compostela, el alcalde-arquitecto Xerardo Estévez, discípulo de Bohigas, estableció un modelo admirable de cooperación institucional: el Consorcio. En Vejer de la Frontera, destacó el farmacéutico-alcalde Antonio Morillo. Los alcaldes de Vitoria o Pontevedra también han establecido modelos relevantes. En Lanzarote, de nuevo citamos a César Manrique… Si nos fijamos, la presencia masculina en este tema resulta asfixiante, y hasta hace relativamente poco no había figuras femeninas a las que se les hubiera dado la mínima oportunidad de ejercer algún tipo de poder. Por eso en el libro hablo de mujeres como las arquitectas Carlota Eiros, Itziar González Virós, Miriam García o Marina Fernández Ramos, cuyas trayectorias me parecen admirables. Creo que la mirada de las mujeres en lo que se ha dado en llamar el zurcido territorial, es decir, la acupuntura urbana, resulta esencial. A González Virós en la escuela de arquitectura la llamaban “la tiritas”, porque se prometió a sí misma que nunca iba a construir obra nueva, solo a reparar, a trabajar sobre lo ya construido. En Alemania, el arquitecto Arno Lederer pide «médicos generalistas de la construcción« como vía para la reparación y la cura del maltrecho espacio público. Es un debate inspirador.

ANdrés Rubio ofrece como contrapartida en su libro la valoración de esos espacios, fragmentos de belleza, que se conservan en un país tan rico en paisajes y contrastes. Pese al señalamiento de lo feo, frente a la denuncia, hay un afán por destacar lo admirable, las acciones positivas.

– Son muchas las reflexiones que podemos hacer tras el trayecto que propones. Una de ellas es que sin educación, sin divulgación, sin debate, respecto a todos estos temas que tanto influyen en nuestras vidas, que pueden hacernos más o menos felices, no hay nada que hacer.

– Totalmente de acuerdo. Se trataría de educar la mirada, y eso se hace desde la infancia. Lamentablemente, en España, la arquitectura no ha estado valorada lo suficiente en la enseñanza ni en el debate cultural. Ni sus grandes maestros han tenido el debido protagonismo: Le Corbusier,  Mies van der Rohe, Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto, Richard Neutra… ¿Su principal lección? No todo vale.

– No todo vale en nombre del progreso, del desarrollo turístico, de la prosperidad. Estas ideas deben dejar paso a otras que inauguren un tiempo nuevo, porque ya es una locura pensar en un crecimiento continuo. España fea anima a ello, a imaginar otros espacios, otro futuro. Creo que es una de sus intenciones de fondo. ¿Estás de acuerdo?

– Sí, y ojalá el libro sirva de algo. El hecho de que los principales medios de comunicación en España se hayan hecho eco me lleva a pensar que el debate interesa a la sociedad. Y también el hecho de que se hayan publicado artículos sobre él en periódicos europeos como “The Guardian” o el “Frankfurter Allgemeine Zeitung” parece indicar que la discusión de fondo no se limita a España, sino que tiene alcance y dimensiones europeas.

España fea. El caos urbano , el mayor fracaso de la democracia, de Andrés Rubio ha sido publicado por la editorial Debate, con prólogo de Luis Feduchi.

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