El aura mágica de Kate Bush, una mujer que renunció a la Fama Fácil

Fidel Oltra © 2021 / 

En 1978 el punk daba sus últimos coletazos y empezaba a ramificarse en otros estilos, la música disco reinaba en las pistas de baile y el synth pop asomaba a las listas de éxitos ya sin ningún tipo de complejo. Era una época de efervescencia artística y musical, unos años de sano eclecticismo en los que una canción, si tenía calidad, podía llegar con facilidad al gran público con independencia de su género. Las radios comerciales difundían todo tipo de propuestas con una libertad que, vista desde el momento actual, donde la uniformidad reinante anula casi toda posibilidad de sorpresa, resulta asombrosa. Los sellos discográficos no tenían problemas en apostar por artistas rompedores, diferentes. Incluso así, el mundo se quedó asombrado en enero de 1978 al escuchar a una adolescente cantando, con una voz capaz de romper una copa de cristal, una canción sinuosa, inquietante, basada en la novela Cumbres Borrascosas de Emily Brönte.

En realidad, más bien se basaba en los minutos finales de su adaptación cinematográfica, cuando el fantasma de Cathy le pide a su amado Heathcliff que le abra la ventana para que pueda entrar en la casa, suplicándole, diciéndole que fuera hace frío. Ese aspecto fantasmagórico de la canción se veía potenciado por el vídeo oficial que se lanzó para el Reino Unido y el resto de Europa, en el que la cantante aparecía vestida de blanco y realizando una llamativa coreografía. La canción, Wuthering Heights, llegó al número uno apenas tres semanas después de su lanzamiento. Su autora e intérprete, con apenas 19 años, se convertía así en la primera mujer en alcanzar el puesto más alto de las listas con una canción totalmente propia, lográndolo además con su sencillo de debut. Detrás de ese éxito había una historia increíble, digna de ser contada. Una historia que, sin embargo, era solo el principio de la enigmática y fascinante carrera de Kate Bush.

Kate Bush nació en 1958 en una familia acomodada y con inquietudes artísticas del condado de Kent, cerca de Londres. Aunque su padre era médico de profesión, también era un gran aficionado al piano. Su madre, enfermera, había sido bailarina. Además sus hermanos mayores, Paddy y John, se movían en la escena folk local. La pequeña Kate aprendió a tocar el piano a los 11 años, estudió además violín, y a los 13 ya había compuesto sus primeras canciones. Hasta aquí podría ser la historia de cualquier niña de buena familia con interés por la música, pero el caso de Kate Bush era muy distinto. Entre esas canciones se encontraban ya versiones muy básicas de algunos de sus mayores éxitos. De hecho en varios discos pirata aparecen dichas versiones, grabadas de forma casera cuando Kate contaba con solo 15 años.

Según algunas fuentes, llegó a componer hasta 400 canciones antes de los 16 años, algo inaudito. Seguramente no todas tendrían la calidad suficiente como para aspirar a ser difundidas, pero Kate mandó a varios destinatarios (la BBC y sellos como EMI, entre otros) maquetas de no menos de un centenar de aquellos temas. No obtuvo ninguna respuesta, ni afirmativa ni negativa, solo un silencio que, de todos modos, no consiguió quebrar su ánimo ni sus deseos de llegar algún día a ser una gran artista. Ella, que cada vez tocaba mejor y de cuya cabeza brotaban sin cesar las melodías y las canciones, estaba segura de sus posibilidades. Además era dueña de una voz casi sobrenatural que aprendió a modular sin esfuerzo y con la que conseguía alcanzar varias octavas. A veces, sin embargo, el talento por sí mismo no es suficiente y hace falta un golpe de suerte, algo que te lleve al lugar adecuado en el momento adecuado. En el caso de la música, se trata de conseguir que te escuchen los oídos adecuados. Aunque estoy seguro de que con su capacidad y su insistencia hubiese triunfado de todos modos, Kate Bush tuvo ese golpe de suerte.

Un amigo de sus hermanos Paddy y John, Ricky Hopper, tenía bastantes contactos en el negocio de la música. Durante unos meses estuvo distribuyendo una de las maquetas de Kate, una cinta de casete con esbozos de casi 50 canciones, entre todos sus conocidos. Salvo alguna palabra amable y promesas vagas, tampoco recibió ninguna respuesta. Hasta que la cinta llegó a las manos de David Gilmour, guitarrista de Pink Floyd. A pesar de que la banda atravesaba un momento anímico delicado, envuelta en diversos procesos legales y tratando de grabar una sólida continuación a su exitoso The Dark Side Of The Moon, de alguna manera Gilmour se las arregló para sacar tiempo y prestarle atención a aquella cinta. Lo que escuchó le dejó atónito. Después de conocer a Kate, impresionado por aquella chiquilla con las ideas tan claras, financió la grabación de una demo en condiciones, seleccionando las canciones que le parecían más apropiadas.

Gilmour consiguió que aquella demo de solo tres temas la arreglara y produjera Andrew Powell, que por entonces estaba con The Alan Parsons Project. No solo eso, sino que como ingeniero de sonido contrataron nada menos que a Geoff Emerick, que había trabajado con los Beatles. La maqueta volvió a llegar a las oficinas de EMI. Esta vez Terry Slater, el ejecutivo que un año después ficharía a los Sex Pistols para el sello, sí que encontró tiempo para darle una oportunidad a aquellas canciones. Al igual que todos los que la escucharon, quedó prendido de aquellas canciones y de la voz magnética que las interpretaba. Decidió fichar a Kate Bush para EMI, aunque no todos en el sello tenían tan claro que aquellas canciones pudieran triunfar. Algunas de las propuestas para un posible primer álbum eran tortuosas, raras y realmente inapropiadas para una chica de 16 años: hablaban de incestos, envenenamientos, fenómenos sobrenaturales y sexo sin tapujos. Sin embargo, sí que estaban todos de acuerdo en que aquella niña tenía un gran potencial, así que hicieron algo muy poco frecuente: en lugar de financiarle un disco, invertirían en su formación. El dinero no era problema para un sello que se encontraba en un gran momento económico, así que le dieron un magnífico adelanto de 3000 libras para que siguiera con sus estudios y su preparación artística, y le prometieron que grabarían un disco en el plazo de un par de años.

Kate Bush aprovechó bien el tiempo que le había dado EMI para formarse. Estudió danza interpretativa y mímica con Lindsay Kemp, al igual que había hecho David Bowie unos años antes, y con Adam Darius, pionero de la fusión entre el ballet clásico y el mimo en los 60. Acabó también con su formación académica y por fin se decidió a dedicarse de lleno a la música. Formó una banda, a la que llamó la KT Bush Band, y con ella dio sus primeros conciertos en Londres durante la primera mitad de 1977. Ese verano, por fin, tanto ella como EMI estuvieron de acuerdo en que era el momento de grabar el disco prometido.

Kate Bush, sin embargo, no iba a ser una dócil marioneta en manos del poderoso sello. Con ideas excepcionalmente claras para una adolescente debutante en el mundo de la música, Kate aceptó algunas de las sugerencias de la compañía para su disco, pero defendió con uñas y dientes sus propias convicciones. Por ejemplo, insistió en contar con los miembros de la KT Bush Band en la grabación del disco a pesar de que EMI le ofrecía sus mejores músicos de sesión. Al final encontraron un punto de acuerdo, y Bush aceptó con la condición de que su hermano Paddy tocara en el disco. Finalmente la KT Bush Band sí que tocó en un par de temas del disco, más que nada porque las nuevas grabaciones no convencían a nadie y se decidió dejar las canciones tal como las presentó Kate. Otros puntos de fricción fueron la elección de la portada del álbum y del primer sencillo. Ahí Kate Bush sí que no dio su brazo a torcer, algo que incluso retrasó su lanzamiento varios meses. No estoy muy seguro de que acertara en la portada que finalmente acabó imponiendo al sello, pero desde luego sí que lo hizo con la canción que, contra viento y marea, exigió que fuera el primer adelanto. La canción con la que se iba a presentar al mundo. Y, para extrañeza de todos, no era una de las que llevaba años puliendo y perfeccionando, sino un tema compuesto en pocas horas, apenas unos meses antes de entrar en el estudio. Finalmente se salió con la suya, y la primera vez que se oyó hablar de Kate Bush fue con Wuthering Heights.

En el primer álbum de Kate Bush, The Kick Inside, había también otras grandes canciones como Moving, dedicada a su maestro de danza Lindsay Kemp, The man with the child in his eyes –una de las que enamoró en su momento a David Gilmour– o la pieza que da título al disco. Esta última es una deliciosa balada inspirada en una canción tradicional escocesa del siglo XIX que habla de una relación incestuosa que acaba en embarazo y tragedia. Con solo un puñado de canciones ya quedaban de manifiesto varias de las influencias en el universo musical de Kate Bush, unas influencias que se verían incluso ampliadas en sucesivos discos: el amor, la sensualidad, la mística y la literatura.

Kate logró con su primer disco una atención y un éxito que muchas cantantes persiguen durante toda su vida, y lo hizo antes de cumplir los 20 años. A una edad tan temprana, se convirtió en la primera en alcanzar el número uno de las listas de singles con una canción escrita por ella misma, y también la primera mujer en la historia del pop en vender un millón de copias de un disco compuesto exclusivamente por canciones propias. Su imagen copaba vallas publicitarias y portadas de revistas, y los programas de televisión la tenían muy presente, bien para entrevistarla, para sacarla en prime time haciendo playback o, en ocasiones, para hacer parodias sobre su excesiva teatralidad en escena y su voz, mágica para algunos e irritante para otros.

EMI quiso aprovechar el éxito para lanzar rápidamente un segundo disco. Las canciones no eran un problema, ya que Kate Bush tenía un cajón lleno de ellas, simplemente había que escoger. Además, había tenido tiempo para componer temas nuevos. Lo que quería Kate a cambio era tener más poder de decisión en el estudio de grabación, en una búsqueda obsesiva por plasmar en sus discos los sonidos que escuchaba en su cabeza. A pesar de su inexperiencia y juventud, había absorbido y retenido todo lo que había visto y escuchado en el estudio durante la grabación del primer disco, y se sentía capaz de aplicar las técnicas y trucos que había aprendido a sus canciones para hacerlas sonar como ella deseaba. De nuevo hubo negociaciones y consenso, y antes de acabar 1978 ya había un nuevo disco de Kate Bush en el mercado: Lionheart.

Teniendo en cuenta que muchas de las mejores canciones de Kate ya habían sido seleccionadas para su álbum de debut, no sorprende que Lionheart tuviera menos éxito que su predecesor. Aun así, estuvo a punto de entrar en el top-5 de las listas británicas. Tampoco los sencillos tuvieron el eco de Wuthering Heights, ya que Hammer horror ni siquiera entró en el top-40 y Wow solo llegó al top-20. Esta última canción, Wow, es la única cuyo resultado final satisfizo plenamente a Kate Bush. Lionheart le dejó un regusto agridulce que se dispuso a quitarse de encima en subsiguientes trabajos. El disco, sin embargo, está a un nivel muy elevado tanto en composición como en sus letras. Hay temas inspirados en Erik Satie, homenajes al cine y a la literatura, canciones de amor a su tierra y, cómo no, temas polémicos como In the warm room o Kashka from Bagdad, por su contenido abiertamente sexual.

Kate decidió dedicar 1979 a presentarse en directo con una gran gira, The Tour of Life, y a componer nuevas canciones. También tomó la decisión de crear su propia empresa, Kate Bush Music, con familiares y personas de su total confianza, para tener más poder de decisión sobre su carrera. Empezó haciéndose cargo de todos los detalles de su gira, desde la puesta en escena hasta los artistas invitados. Implantó por primera vez en una gran gira el uso del micrófono inalámbrico, que le permitía realizar sus impactantes coreografías mientras cantaba. En sus conciertos había música, pero también danza, poesía, teatro e incluso números de magia durante los numerosos cambios de vestuario de la cantante. Aquel Tour of Life dejó boquiabiertos a los británicos y a los medios, que esta vez sí que fueron prácticamente unánimes en sus elogios. No sospechaban que no volverían a ver a Kate Bush sobre un escenario, salvo mínimas excepciones, en los siguientes 35 años.

En 1980 Kate Bush había demostrado su carácter, ambición y claridad de ideas creando su propia empresa y relegando a una compañía gigante como EMI a simple intermediaria. Para su tercer disco, por tanto, no iba a tener a nadie que le dijera cómo tenía que hacer las cosas. Debido a su carácter obsesivo y perfeccionista, esta autonomía podía ofrecerle tantos inconvenientes como ventajas. Por una parte le permite escoger los tiempos para la composición, grabación y lanzamiento del disco, pero por otra parte, siendo la líder del equipo, se enreda en una búsqueda frenética de un sonido, un detalle que solo entiende ella, que sus músicos no entienden. Unos músicos que van a perder buena cuota de protagonismo, porque Kate ha descubierto los sintetizadores, en especial el Fairlight CMI, en el trabajo de Peter Gabriel, con quien ha entablado cierta amistad. Además su constante perfeccionismo le lleva a no contar siempre con los mismos músicos sino con los que ella considera más adecuados para cada momento, llegando a contratar a alguno de ellos solo para que toque unos segundos en una canción. El resultado es un disco, Never for Ever (1980), extraño, sorprendente y enigmático. De nuevo batió un registro, convirtiéndose en la primera mujer británica en llegar al número uno, esta vez en las listas de discos, con temas propios. Entre ellos estaba la canción estrella del disco, Babooshka, una rara historia de amor con un vídeo impactante y unos efectos de sonido novedosos. El resto del disco ofrece canciones sobre Egipto, oscuros compositores clásicos británicos, reflexiones sobre la muerte, el amor, el sexo, la libertad e incluso, en Breathing, sobre la entonces amenazante posibilidad de un holocausto nuclear.

Kate, sin embargo, sigue insatisfecha y vuelve a cambiar cosas de cara a su siguiente disco, The Dreaming. Inquieta por naturaleza, quiere plasmar en el álbum todos los sonidos nuevos de aquellos primeros años 80. Incorpora nuevos sintetizadores, se inspira en artistas de tecno-pop, pero también en Stevie Wonder; combina el cabaret con la espiritualidad; escribe sobre la Guerra del Vietnam desde el punto de vista de los vietnamitas y sobre la lucha de los aborígenes australianos; se inspira en Houdini y en la película El Resplandor; se permite el lujo de convertirse ella misma en productora principal –rechaza nada menos que a Tony Visconti– y se deja llevar por su ímpetu juvenil para plasmar en las canciones todo tipo de emociones y sentimientos.

El resultado es un disco que está entre los más extraños de una carrera ya de por sí bastante poco ortodoxa. The Dreaming fue un álbum adelantado a su tiempo, incluso tratándose de un año tan abierto de miras como 1982. Kate estaba en un proceso evolutivo acelerado, quizás incluso en un proceso de aprendizaje, que parecía que de momento no tenía límites claros. Ella seguía siendo una esponja que absorbía todo lo que ocurría a su alrededor, fuesen cuestiones políticas, históricas, libros que había leído, canciones que había escuchado o conciertos a los que había asistido, y lo convertía todo n sus propias historias. Esa era la magia de Kate Bush, un don que llevó a un cantante famoso a decir que mientras todos los demás escribían sobre lo que sentían o vivían, Kate lo hacía sobre lo que imaginaba.

Para Hounds of Love (1985), Kate insistió en repetir como productora. El control total de su obra había sido desde el principio su obsesión, y ahora que lo había conseguido no iba a compartirlo fácilmente con cualquiera. Su proceso creativo ha cambiado, la forma de trabajar con sus músicos y dar forma a las canciones también, y decide construir su propio estudio en una casa de campo para poder moverse a sus anchas y disponer tanto de todos los avances técnicos necesarios como de abundante tiempo. Tiempo para revisar compulsivamente cada canción hasta conseguir la toma perfecta, pero también para pasear por el campo, visitar a sus amigos o su familia y llevar una vida más tranquila, alejada del bullicio de Londres. Allí surge otro de sus mayores éxitos, la canción Running up that hill, la punta de lanza de Hounds of Love y un tema cuya escucha hizo que valiera la pena los tres años transcurridos sin noticias de Kate.

Su quinto álbum resulta más cohesionado, con canciones enlazadas entre sí y un sonido que sigue resultando novedoso pero también centrado, coherente. La primera mitad del disco es más pop, mientras que la segunda incluye una suite de temas conectados entre sí tanto musical como temáticamente. Kate Bush se sigue inspirando en su propio mundo, repleto de referentes literarios y cinematográficos que conviven con sus propias ensoñaciones. Kate se había convertido en una estrella del pop casi al mismo nivel que gente como Madonna, Prince o Michael Jackson, pero mucho más desconocida y enigmática. Su aura de misterio se veía reforzada cada vez que pasaba un año, y otro, y otro, y Kate seguía sin presentar sus canciones sobre un escenario. Misterio y enigma serían algunas de las palabras más repetidas en el documental que la BBC realizó sobre su figura en 2014.

En los siguientes años Kate Bush acumula premios y nominaciones, realiza duetos con grandes artistas –enorme en Don’t give up, con Peter Gabriel – y EMI lanza un grandes éxitos con una versión renovada de Wuthering Heights. Sus lanzamientos discográficos cada vez resultan más espaciados: si entre The Dreaming y Hounds of Love habían pasado tres años, ahora sus discos saldrán cada cuatro años. Kate publicará The Sensual World en 1989, y posteriormente The Red Shoes en 1993. Ambos llevan en su esencia sendas inspiraciones literarias, una vez más. «The Sensual World» es una frase extraída del Ulises de James Joyce, mientras que The Red Shoes toma su título del trágico cuento de Hans Christian Andersen. Entonces, en 1994, Kate Bush desaparece.

Sesión de fotos para la portada de Hounds of Love

Su retirada temporal, prevista en principio para un año, se alarga nada menos que hasta 2005. Un tiempo en el que compone algunas canciones pero que dedica, principalmente, a cuidar de su hijo Albert, nacido en 1998. Aunque hace alguna aparición en público, los rumores sobre su situación personal y artística son constantes. Los medios más amarillistas especulan sobre su salud y su estado mental y físico, mientras que las revistas especializadas lo hacen sobre la posibilidad de un nuevo disco que se retrasa una y otra vez. Finalmente, en 2005 ve la luz Aerial, un disco doble que vuelve a presentar una estructura similar a la de Hounds of Love, con una mitad más accesible y pop, y un segundo disco de canciones entrelazadas que describen 24 horas en la vida de una persona. Musicalmente Kate vuelve a sorprender con un disco que mezcla elementos de numerosos estilos con elegancia, acierto e imaginación. También con algunas de sus habituales extravagancias, como dedicar una canción al número Pi en la que, en sus supuestos estribillos, llega a recitar más de 100 cifras del enigmático número. El disco fue otro gran éxito, seguramente debido más a la expectación creada por su ausencia de tantos años que a la calidad objetiva de las canciones, sin desmerecer estas. De hecho el sencillo King of the mountain es una de sus canciones más hermosas.

Aunque compone alguna canción aislada, Kate se sumerge en otro prolongado silencio solo roto por un disco de temas regrabados, The Director’s Cut, en 2011. Ese mismo año, en noviembre, publica un nuevo álbum, este por fin con canciones originales: 50 Words for Snow. Un disco minimalista, con protagonismo casi absoluto del piano y la voz de la cantante junto a una leve percusión cercana al jazz y algunos matices electrónicos casi imperceptibles en ocasiones. Pero la pregunta seguía ahí, ¿volvería a actuar en directo Kate Bush? La respuesta en 2012 parecía ser definitivamente no, puesto que la cantante había rechazado participar de manera presencial –sonaría su Running up that hill– en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres. Algo más de un año después, sin embargo, saltaría la sorpresa. En marzo de 2014 Kate Bush anunció su segunda gira, la primera en 35 años. En realidad no se trataba de una gira sino de una serie de conciertos que tendrían lugar en el Hammersmith Apollo de Londres entre agosto y octubre. La expectación, como es lógico, era máxima. Las entradas se agotaron en minutos. Kate había vuelto, pero lo haría, como siempre, a su manera.

Before The Dawn fue el nombre que recibió su residencia de 22 conciertos en el Hammersmith. Unas actuaciones que seguían el patrón de su primera y única gira hasta entonces, incluyendo música, teatro, danza, magia y poesía. Eso sí, quien esperara verla de nuevo interpretando Wuthering heights o Wow se llevaría un chasco, puesto que el espectáculo se basaba sobre todo en sus discos Hounds of Love y Aerial, especialmente en sus segundas mitades, extensas suites que servían de base para un espectáculo de carácter narrativo. Kate puso de nuevo sus ambiciones artísticas por delante de lo que hubiese sido más fácil y quién sabe si más lucrativo: realizar una gira mundial con sus canciones más conocidas. Al fin y al cabo, era lo que todo el mundo estaba esperando desde 1980. En cualquier caso los conciertos fueron un gran éxito en todos los sentidos, recibiendo grandes críticas y calificativos hiperbólicos por parte de los medios. 

Aquellos conciertos pusieron de nuevo a Kate Bush en un primer plano de popularidad hasta el punto de que, una vez más, grabó su nombre con letras de oro en la historia de la música. Cuando aún no había acabado la serie de actuaciones, en el top-40 de álbumes en Gran Bretaña aparecían ocho discos de Kate Bush, once en el top-50. Una cifra que solo habían superado Elvis Presley, tras su muerte en 1977, y los Beatles en 2009 cuando todos sus discos fueron remasterizados digitalmente y reeditados.

Elvis y los Beatles. Tras ellos, Kate Bush. Fue algo coyuntural y quizás suene exagerado, pero aun así se trata de una buena muestra de la grandeza de una artista incomparable que cambió sin estridencias la manera de ser y estar de las mujeres en la industria discográfica, que tomó las riendas de su carrera antes de que Madonna hubiese grabado su primer sencillo y que consiguió sorprender en todos y cada uno de sus trabajos. Una artista que renunció a la fama fácil para defender sus ideas artísticas y triunfó de todos modos, a pesar del carácter huidizo y vanguardista de sus discos y de su escasísima presencia en los escenarios. Un triunfo merecido que se debe no solo al misterio en torno a su figura, sino principalmente a la altísima calidad y la magia de sus canciones. Si alguien, incluso así, sigue teniendo dudas al respecto, solo tiene que repetir en voz alta varias veces: Elvis, los Beatles y Kate Bush.

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