José María Merino: “La falsedad es una tremenda enemiga de la sociedad democrática”

Emma Rodríguez © 2021 /

En su nuevo libro de relatos, Noticias del Antropoceno, José María Merino nos habla de expediciones científicas al “continente de la basura” del Pacífico, un paisaje de desechos que uno de los protagonistas dice que se acaba aceptando con toda naturalidad, y nos acerca a concienciados recogedores de basura que empiezan a ver composiciones artísticas en los microplásticos y otros residuos. El deterioro del planeta, con el cambio climático en primer término, está muy presente en una entrega que mira de manera directa al presente, desde la veteranía de una mirada lúcida, de una voz que recurre en muchos casos a la ironía, al humor, para tratar de quitar algo de gravedad a los males que nos circundan y tal vez para alentar la reflexión a partir de una amarga sonrisa.

Hay piezas en Noticias del Antropoceno que desenmascaran el “egoísmo destructor del capitalismo a través de planteamientos, situaciones y personajes que nos resultan demasiado cercanos. La cultura del dinero, del todo por el negocio, por los beneficios, anima no pocas narraciones. Y también se trata la extinción de especies como las abejas; la crisis de los refugiados y el desastre de la solidaridad europea; la gran trama de la manipulación y las mentiras que cada vez más nos envuelve en la tela de araña de la confusión, de las realidades paralelas, de las conspiraciones.

El punto de partida es la entrada en una nueva era, el Antropoceno, un hecho visto por el jubilado que toma la palabra en el prólogo como una revelación que le ayuda a comprender un poco mejor los cambios vertiginosos que acaecen a su alrededor, que lo están sacudiendo todo. José María Merino está atento a la actualidad, pero no se queda en los titulares. Sus ficciones actúan como mecanismos de exploración, de ahondamiento en las contradicciones del ahora. Sus protagonistas son colocados en situaciones incómodas que muestran sus motivaciones y les hacen plantearse preguntas.

Como señalaba antes hay ironía en los cuentos, escepticismo, pero también ternura en la aproximación entre generaciones, en la transmisión de enseñanzas entre padres e hijos, entre abuelos que ven extinguirse el amor a los libros y nietos que observan el mundo desde su condición de nativos digitales, entre drones y nuevos horizontes abiertos por la inteligencia artificial.

El deterioro del planeta, con el cambio climático en primer término, está muy presente en «NOTICIAS DEL ANTROPOCENO», una entrega que mira de manera directa al presente, desde la veteranía de una mirada lúcida.

Si en algunos de sus títulos anteriores, en novelas y otras recopilaciones de relatos, había un componente más fantástico, una búsqueda de las extrañezas y prodigios ocultos tras las capas de lo real, en esta ocasión el escritor ha optado por narrar la inmediatez, lo cercano, sin renunciar a la crítica, a la denuncia. Dicho esto y para quienes echen de menos al Merino más enigmático, añadir que ese otro lado no está del todo ausente en el volumen que nos ocupa. También aquí hay elementos de sorpresa, vuelos de la imaginación, planteamientos visionarios.

Hay piezas como La biblioteca fantasmal en la que reconocemos al Merino de lo insólito, capaz de adentrarse en “las extrañezas sinuosas de la realidad” (frase tomada del narrador del cuento). Y en la sección titulada Nuevas perspectivas [el libro se estructura en cinco bloques que aúnan relatos con temáticas, preocupaciones, afines] Merino se permite fantasear con situaciones de futuro, por ejemplo la clandestinidad de una pareja que no participa del “poliamor”, esa forma de relación colectiva sentimental y erótica que ha sustituido al “monoamor”, o la irrupción de un nuevo tipo de turismo que produce un extraño aturdimiento en los viajeros, una preocupante desorientación de la que muchos no logran recuperarse. 

«¿Quién soy yo?«, se pregunta el protagonista del cuento así titulado. Un relato que, en cierto modo, da sentido a todo el conjunto, lo unifica, porque habla de la continuidad, del sentido de la vida. El hombre convaleciente de un ictus que abre el interrogante, medita sobre “la azarosa e interminable combinación de genes necesaria para que apareciese el Homo Sapiens”; sobre cómo era posible que “se hubiesen seguido produciendo las incalculables, casi imposibles, casualidades causantes de que él existiese y estuviese precisamente allí, y que todos los demás, igualmente resultados cada uno de esa aleatoria e imprevisible cadena de sucesivas e infinitas conjugaciones, coincidiesen con él en ese preciso momento”.

La idea de la casualidad, del azar, brota una y otra vez en la narrativa de José María Merino. En una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle hace unos años, cuando publicó La trama oculta, lo explicaba así: “Estamos aquí por casualidad. El hecho de que ahora nosotros estemos aquí juntos, en este momento, depende de una increíble cantidad de casualidades. Sería imposible reducirlas a un esquema racional. Pero resulta que aprovechamos mal el tiempo, que siendo lo único que tenemos y que conocemos, lo utilizamos de la manera más estúpida. Para mí el tiempo es esa materia misteriosa que es lo que soy y lo que dejaré de ser en algún momento. No puedo dejar de pensar que se puede aprovechar con felicidad. No puedo dejar de preguntarme: ¿Por qué no crear un mundo donde haya más felicidad para todos? No es tan difícil. Por lo menos no es difícil, por mucho que nos digan lo contrario, solucionar las felicidades materiales”.

El personaje de ¿Quién soy? acaba encontrando en la lengua, su “identidad más segura” , en la lengua y en el amor. La solidaridad, la empatía, la justicia social, como caminos de mejora, son sugeridos por José María Merino en Noticias del Antropoceno, alrededor del cual, vía correo electrónico, entablamos este cruce de preguntas y respuestas.

José María Merino. Fotografías por Pablo Rubio.

Los cuentos de Noticias del Antropoceno son, en su mayoría, más directos y realistas que otros de su cosecha situados en territorios fantásticos, oníricos. Aquí algunos incluso adquieren forma de ensayos narrativos, ficcionales. Aquí la observación de lo que acontece, el repaso a las noticias, el acercamiento a la actualidad desde la ficción, parece ser el punto de arranque. ¿Qué impulsos te han movido?

– Me planteé este libro como un ciclo unitario de ficciones que podría encajar dentro de aquello que Jean Paul Sartre llamó “literatura comprometida”. En este caso, el compromiso está en una mirada que tiene como referencia las modificaciones causadas por la especie humana en el espacio telúrico y ciertos matices nuevos en los comportamientos. En el primer aspecto, por los problemas de contaminación del aire y del agua, por la desaparición de especies y el daño a la naturaleza, por las mudanzas del clima; en el segundo, por la clara constatación de que el ser humano ha conseguido mucho “progreso técnico” –entre comillas-, pero apenas progreso moral.

– Desencanto, escepticismo, ironía, mucho humor… Hay un poco de todo ello en la mirada que planea sobre las distintas piezas del libro. ¿Hay un poco de todo ello en la mirada con la que hoy contemplas el mundo? ¿Ha ido variando esa mirada a lo largo del tiempo? 

– Como ya me he hecho octogenario, me gusta recordar una  sentencia de Lope de Vega en La Dorotea que reproduzco en el libro: “No hay secreto que más se sienta descubrir que el de los años”. Nacido y criado en el franquismo, y con las secuelas de la Guerra Civil y de la mundial en mi infancia, además de otras guerras… a lo largo de la vida fui viendo mejorar mi entorno; llegar la democracia; instaurarse la socialdemocracia en muchos espacios europeos… En los años 80 del pasado siglo yo era optimista con el futuro. A estas alturas, y además metidos en esta pandemia, no quiero ser catastrofista –por eso he optado por la mirada irónica y humorística en muchos relatos–, pero aunque conozco el esfuerzo de mucha gente admirable por mejorar las cosas, estoy francamente desencantado con la actitud “institucional” que mantienen los más poderosos con las personas y con el planeta. Y desde luego, ya no veo que el siglo XX fuese un momento esperanzador para la humanidad, precisamente. Ni tampoco el que estamos viviendo. 

– En el prólogo das la palabra a un jubilado que desea volver a los lugares gozosos de su vida, lugares que ya no le va a ser posible encontrar del mismo modo, porque han cambiado, porque todo ha cambiado. La percepción de cambio acelerado, de transformación a todos los niveles, recorre el libro. Tu jubilado toma conciencia de que estamos entrando en una nueva era, en el Antropoceno. Es para él toda una revelación. ¿Cómo adaptarse a ese cambio?

– Los expertos lo han dejado claro. Ya no podemos volver atrás, pero sí ralentizar lo más posible el cambio. ¿Adaptarse? No hay más remedio que ir sobrellevándolo, pero yo me plantearía cómo conseguir eso. Que vaya más despacio requiere medidas drásticas en muchos aspectos, que nuestra sociedad, marcada por un capitalismo ciego, no parece que esté dispuesta a asumir radicalmente. Me hace gracia, por ejemplo, el haber descubierto que, en lo que respecta a la energía eólica, existan determinados proyectos, como uno que hay para ciertos espacios naturales de las montañas de León, que se pretende llenar de centenares de molinos destructores –en varios sentidos– de aquel espacio natural. Una adaptación aparentemente progresista pero realmente nociva para el medio ambiente y que supone un enorme negocio. En cuanto a la adaptación social, ya he dicho que es irremediable, pero como tengo una nieta de cinco años pienso a menudo con desasosiego en cuál será el futuro de su generación y de las que vengan…

– ¿Consideras como Edgar Morin que hemos entrado en la era de las incertidumbres, que estamos en medio de un cambio de paradigma, “un proceso largo, difícil y caótico que topa con enormes resistencias de las estructuras establecidas y de las mentalidades”?

– No me cabe duda. Resistencia de las estructuras establecidas y mentalidades manipuladas por dicha resistencia. La negación del cambio climático, por ejemplo, ha necesitado muestras escandalosamente palpables para que vaya remitiendo, aunque individuos poderosísimos, como el infatigable Donald Trump, siguen en sus trece. Menos mal que lo ha sustituido Joe Biden

– Tú, que tan afín te has sentido siempre a la ciencia-ficción, ¿llegaste a pensar alguna vez que la realidad iba a superarla en tantos aspectos?

– Un personaje muy cercano a mí, el profesor Eduardo Souto, ha dicho: “La realidad no necesita ser verosímil”. La verdad es que la realidad, versátil, impredecible, siempre supera lo que podemos imaginar. Lo demuestra el hecho de que la ciencia-ficción, que tuvo tanto de distopía, sea ya otra de las quimeras obsoletas. Apenas sobrevive en el cine, cuando fue un género tan bien asentado y con tan estupendos productos. Por otra parte, la ciencia-ficción nos dio enseñanzas que no aprovechamos: pienso, por ejemplo, en las “leyes de la robótica” de Isaac Asimov. ¡Estamos trabajando en la “inteligencia artificial” sin tenerlas en cuenta!  

– Como te comentaba antes, apenas hay distancia entre las Noticias del Antropoceno y las que nos llegan cada día. ¿Crees que la literatura puede ayudar a encontrar sentidos, verdades, en un presente en el que la mentira se practica cada vez con menos pudor?

– Ya dijo Claude-Adrien Helvétius que “la historia es la novela de la vida, pero la novela es la historia del corazón”. La literatura es para mí algo que expresa una de las mejores muestras de nuestro pensamiento simbólico: nos ha enseñado a conocernos, a saber cómo somos. Ir debilitando la enseñanza de la literatura, con el resto de las humanidades, en los sistemas educativos, nos hará menos conocedores de cuál es nuestra naturaleza profunda, nos embrutecerá, nos hará cada vez más estúpidos. Yo siempre recordaré aquel guiño de Stendhal en El Rojo y el Negro:… “como madame de Renal no leía novelas, no sabía lo que le estaba sucediendo”.

«Ir debilitando la enseñanza de la literatura, con el resto de las humanidades, en los sistemas educativos, nos hará menos conocedores de cuál es nuestra naturaleza profunda, nos embrutecerá, nos hará cada vez más estúpidos», señala Merino.

– Hay un cuento, Ultrafalso, que habla concretamente de esto, del negocio de la manipulación, de la falsificación. “Pero lo cierto es que ya no creo en la verdad de ninguna imagen televisiva o informática. Entre los deep-fakes y las fake news, creo que vivimos en un mundo que cada vez está más impregnado de lo ultrafalso”, señala el protagonista. ¿Cabe resistir, combatir, huir de ese mundo?

– En efecto, la falsedad lo está impregnando todo cada vez más, y es una tremenda enemiga de la sociedad democrática, que para bien o para mal tiene que sustentarse en el mayor y más preciso conocimiento de lo que sucede. Contra eso solamente se puede luchar mediante una buena educación, en la familia y en el sistema escolar. Y con gente de la comunicación que, consciente de ello, no se preste a apoyarlo. Porque además de las “noticias falsas” están los ocultamientos. Por ejemplo, me sorprende que una cosa tan curiosa como el “Reloj del Apocalipsis” tenga, a final de año, apenas repercusión en las noticias, o que gente que lee mi libro piense que el “continente de basura” del Pacífico o las colmenas itinerantes son cosas que yo me he inventado… porque no ha tenido noticia de ello en los medios de comunicación. 

– Huir es lo que hacen los personajes de El cuento de los amóviles, un relato dentro de un relato que plantea una distopía cada vez más cercana, la de una comunidad que decide apartarse de las megalópolis del futuro y mantenerse absolutamente lejos de las tecnologías y las redes sociales, educando a sus hijos a la manera clásica, a través de las narraciones orales, las ficciones, el cine, los cómics, los juegos tradicionales. ¿Qué nos estamos perdiendo? ¿Qué se están perdiendo las nuevas generaciones? ¿Por qué no es posible compaginar lo bueno de hoy con lo mejor del ayer?

– Ese cuento,  que ya había publicado, más extenso, en una antología distópica, me hizo recibir tremendos improperios en las redes sociales, por “atacar” a los móviles… Hay una visión totalitaria de las llamadas nuevas tecnologías. ¡Pero yo puedo seguir leyendo en mi casa todos mis libros, incluso alguno del siglo XVIII, porque no ha cambiado la “aplicación”, y sin embargo muchos textos que guardo en el ordenador –siempre he sido de Mac– se me han hecho ininteligibles, en veinte años, por no actualizarlos en el momento oportuno! ¡Cómo no va a ser posible que el móvil, tan útil para la vida cotidiana –yo he vivido la resolución de momentos muy graves gracias a él– pueda convivir con los libros, los cómics, el cine, etcétera…! Pero, a mi juicio, es el mundo del feroz beneficio económico lo que impera… Las nuevas tecnologías son un gran negocio. Y hay que quitar de delante todo lo que pueda menoscabarlas, por mínimo que sea.  

«Contra La Falsedad solamente se puede luchar mediante una buena educación, en la familia y en el sistema escolar. Y con gente de la comunicación que, consciente de ello, no se preste a apoyarlo».

– En el relato titulado Emprendedor se habla de los libros como productos en extinción. “Desaparece la Filosofía y aparece el Emprendimiento. ¿A dónde va el Homo sapiens? Y hablan de la “inteligencia artificial” como si pudiese ser la absoluta panacea”, señala el abuelo del relato. En realidad esa pregunta: “¿A dónde va el Homo sapiens?” parece planear en todo el libro. ¿A título personal, fuera de la ficción, qué responderías?

– Si los libros desaparecen como elemento cotidiano –no estoy hablando de las Enciclopedias–, la destrucción histórica de la biblioteca de Asurbanipal, de la de Darío, de la de Alejandría, de la de la Madraza de Granada… será una minucia comparada con lo que puede sucederle a nuestro patrimonio intelectual. Los libros son duraderos, no están en una “nube”, no necesitan más energía que la del lector para funcionar, cada uno de nosotros es su “ordenador”… No sé a dónde vamos, pero tengo claro que no tenemos ningún proyecto. Jugando al humor, yo digo en un cuento que vamos a un “neofeudalismo”. Pero ¿a dónde va el planeta? 

– La vuelta a lo rural, el deseo de desconexión, el aprecio por la lentitud, por el disfrute del tiempo, son anhelos muy presentes ahora, en gran parte de las poblaciones más avanzadas; participan del espíritu de esta época tan llena de contradicciones… ¿Qué opinas?

– Que pertenecen tanto al sentimiento como al sentido común. La prisa es otro de nuestros males mayores. Y la comunicación directa con lo rural, con lo natural, una satisfacción incomparable. Pero nuestra conciencia colectiva más común no ha racionalizado que no debe de tratarse de placeres ocasionales, sino que deberíamos incorporarlos con sencillez a la vida habitual. Tenemos que replantearnos la relación con la realidad que nos rodea. En fin, hay una maldición china que dice: Ojalá vivas momentos interesantes

– El cambio climático, la contaminación, la devastación del planeta, los males del capitalismo, la corrupción, el racismo, el conflicto de los refugiados… Todo entra en este libro que ofrece escenas, imágenes del presente, irónicas, certeras. Parece que no te has querido dejar nada fuera.

– Si opto por el compromiso, tengo que intentar abarcar lo más posible… Porque el problema es que todo está –iba a decir firmemente pero prefiero decir endemoniadamente– entrelazado. Pero sí he dejado fuera algún tema que todavía no he acabado de racionalizar, como, por ejemplo, la desestabilización de Europa –posiblemente el caso afecte a otras zonas del mundo– a través del fomento secreto de  determinados separatismos, micronacionalismos, disconcordancias… Tal vez me meta con ello cuando lo tenga más claro. El caso es que estamos cada vez más lejos de esa federación mundial en la que deberíamos ir pensando en constituirnos, para afrontar de verdad los grandes problemas todos juntos.  

– Hasta hay un relato, Virología, que habla de virus mortales y de experimentos de laboratorio, que nos acerca a la devastadora pandemia en la que aún estamos inmersos. En un principio parecía que de todo esto íbamos a salir mejores, pero… ¿Cómo lo ves, es posible otear algo de luz después de la negrura?

– Por un lado, nuestra alta tecnología y nuestra natural soberbia han propiciado el que nos creamos los “dioses del laboratorio”… Pero dejando ese delicado tema aparte, parece que la peste negra del siglo XIV generó muchos aspectos que a medio plazo dieron ocasión para que surgiese el Renacimiento. ¿Por qué no pensar que podría resultar algo parecido? Desde luego, tal como está la pandemia del coronavirus en el mundo, parece que no podemos ir a peor. En ese aspecto, seamos optimistas.

– El tema del cambio climático está muy presente en el libro y está muy unido a la preocupación por la continuidad de la especie humana. En algunos de los cuentos, caso de La gota fría, se ofrece una mirada atroz, demoledora. Nada parece parar la destrucción del planeta. ¿Algún atisbo de esperanza?

– Ya lo dije antes: parece que no podemos regresar al momento anterior, pero sí intentar que esto no vaya a más, que no prospere. Para eso es preciso y urgente adoptar diversas medidas, y tiene que haber una convicción universal, y una ejecución de disposiciones en la que nos impliquemos todos los humanos. Incluso los que estos días van dejando tiradas en la calle las mascarillas que ya no usan…

– La asimilación, el blanqueo, la acomodación, la aceptación como normales de cosas que no deberían serlo, está muy presente en todo el recorrido. Por ejemplo, ese acabar aceptando con toda naturalidad el paisaje de los desechos de plásticos, como se pone de manifiesto en el relato titulado El séptimo continente, o en las distintas piezas que componen Basuraleza, donde incluso se plantea el aspecto estético de la basura.

– El homo sapiens viene de un primate que, misteriosamente, en un momento de su existencia, hace menos de doscientos mil años, comenzó a materializar ese pensamiento simbólico que acabó haciéndonos señores del universo. Pero no olvidemos que compartimos con el chimpancé el 99% del ADN. Y tenemos una cualidad que nos perjudica enormemente a nosotros y a cuanto nos rodea: la avaricia. Esperemos que una mejor organización humana facilite mejoras en el comportamiento, como ha sucedido históricamente, a pesar de todo. 

– También la asimilación, la aceptación de los discursos del dinero por encima de todo, de la inmoralidad y la corrupción como hechos inevitables: redes clientelares, comisiones ilegales, partidos políticos que actúan impunemente al margen de la ley, cajas “B”, prevaricación, delitos y paraísos fiscales… De todo esto, que tanto nos suena, se habla en relatos como El modelo perenne y La fuerza del aire.

«no olvidemos que compartimos con el chimpancé el 99% del ADN. Y tenemos una cualidad que nos perjudica enormemente a nosotros y a cuanto nos rodea: la avaricia».

El modelo perenne viene a ser un cuento entre fantástico y simbólico, pero pretende recordar que ese tipo de personajes corruptos y manipuladores están con nosotros desde la noche de los tiempos. En cuanto a La fuerza del aire, está basado en un caso real, una trama eólica que hubo en la comunidad de Castilla y León, aunque en el desarrollo narrativo y la creación de personajes me he permitido todas las licencias de la ficción, naturalmente. 

– ¿De qué modo la literatura es un medio idóneo para expresar la indignación?

– La literatura -–la ficción cinematográfica es hija suya– es el medio idóneo porque no hay otro como él para reconstruir con perfecta delicadeza la realidad y darle todos los matices posibles a los sentimientos, actitudes, comportamientos, secretos, fidelidades, traiciones… humanas. 

– ¿De todos los males que nos aquejan, qué es lo que más indigna a José María Merino? ¿Si tuviese la oportunidad de cambiar el estado de las cosas por dónde empezaría?

– Esa avaricia a la que antes me referí. Recuerdo un caso español de corrupción en el que el culpable se había hecho tan rico, que hasta  tenía cien caballos –que debieron de sufrir un destino desdichado mientras duraba el proceso del corrupto– y hasta un Miró en el cuarto de baño… Para prevenir y castigar a la avaricia está el poder público, el sistema recaudatorio, el control meticuloso y sano de eso que llamamos “la propiedad”… Hay que limpiar el mundo de pobreza. No quiero “café para todos”, pero sí que las fortunas sean razonables y que no existan las miserias.

José María Merino. Fotografías por Pablo Rubio.

En el epílogo, titulado Sin remedio, planteado como un diálogo entre dos ancianos, uno de ellos se propone ser positivo y más contemporizador con la realidad. Se refiere a la labor de muchas organizaciones ecologistas, a la gente que se echa a la calle para protestar por la pasividad ante el cambio climático… Aquí se habla de “adaptarnos a vivir en un planeta que nosotros mismos hemos desestabilizado”. ¿Se siente cómplice de esta actitud?

– Naturalmente que hay que apoyar a las organizaciones ecologistas, a las que luchan por la ayuda sanitaria, educativa y material a la gente necesitada y a todas las personas concienciadas en temas tan importantes, muy especialmente a los que están trabajando directamente en el asunto. Si mi libro sirve para darles argumentos, aunque sean literarios, mejor…  

Noticias del Antropoceno también es un repertorio de temas, preocupaciones, gustos, afinidades, de José María Merino. Y un diálogo generacional porque hay muchos hijos, nietos, abuelos. ¿Qué tienes que decirme al respecto?

– No creo que haya quien escriba ficciones que no introduzca elementos personales en ellas. En el libro hay parajes habituales para mí, animales –esos jabalíes y esos pulpos de los que escribo me han sido muy cercanos–, guiños familiares… ¡El reloj de pared del último cuento lo tengo colgado en el salón de mi casa! Y ciertas escenas en las que podría estar mi nieta…Y tampoco hay tema entre los que trato que no me interese o inquiete: guardo los cientos de guisantitos plásticos que encuentro en las playas del Cabo de Gata, y estoy pendiente de ver golondrinas –este año no he visto todavía ni una– y abejas

Noticias del Antropoceno ha sido publicado por la editorial Alfaguara.

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