Amin Maalouf, un futuro entre la angustia y la esperanza

Fotografías: P. Cosano /Anaya

Emma Rodríguez © 2020 /

Una novela me ha tenido en vilo en la parte final de 2020. Su lectura me ha sumido en la reflexión, ha acentuado mi perplejidad ante el desasosegante presente que vivimos y, al mismo tiempo, me ha conectado con la esperanza. Mucho antes de que el Covid-19 nos sumiera en una crisis de proporciones extremas, Amin Maalouf imaginó un desastre, de efectos similares en muchos aspectos, a partir del cual plantear un posible renacer de la humanidad.

La fácula, la utopía, los resortes de la ciencia-ficción, son las vías que han permitido al escritor libanés dar salida, a través de la ficción, a preguntas que no pocas personas llevamos planteándonos hace ya mucho tiempo: ¿Qué pasaría si se produjera un apagón tecnológico? ¿Cómo reaccionaríamos ante un ataque de peligrosos hackers que nos despojaran de repente de nuestros modos de conexión, de vida? ¿Qué hacer si nada funciona, si, como antaño, nos vemos de nuevo bajo la luz de las velas? 

Este es el punto de partida de Nuestros inesperados hermanos, una novela donde la población mundial se ve sorprendida por una debacle de este tipo, una catástrofe inesperada que refleja su exceso de dependencia de los artefactos tecnológicos, los cimientos de barro de una civilización basada en lo material, que ha perdido los asideros esenciales, que se ha dejado arrastrar por los falsos cantos de sirena del capitalismo.

Esta obra visionaria, de amplio calado moral, ético, filosófico, parte de los males de nuestro mundo, pero apunta también hacia sus bondades, porque surge otro lado, otra gente salvadora, que abraza el humanismo, las raíces clásicas, los principios que alumbraron los inicios de la democracia, que hicieron florecer la cultura en la antigua Grecia. Os hablaba de esperanza y ciertamente la esperanza se palpa en la narración, pero siempre acompañada de la desazón, del desconcierto. ¿Puede la fraternidad vencer al egoísmo? ¿Puede el afán de cooperación, de comunidad, alzarse por encima de la competitividad, de la agresividad? ¿Puede la equidad imponerse a la desigualdad?

Maalouf construye su historia sobre la búsqueda de equilibrios, sobre la eterna batalla entre la luz y la oscuridad que tanto planea en la literatura de todos los tiempos. Desconectados, sin noticias, con las emisoras de radio calladas y las pantallas del televisor en negro, sus personajes se mueven a tientas, buscando respuestas, sentidos a una situación que echa por tierra sus convicciones, y al seguirlos en sus zozobras somos conscientes de cuán cerca estamos de ellos, de su fragilidad, cómplices de su sensación de estar pisando tierras movedizas, de su aturdimiento ante el exceso de informaciones contradictorias, que empiezan a surgir cuando las líneas de comunicación se restablecen, de su sensación de pisar tierras movedizas. 

En el centro de la novela están Alec y Eve. Él es un dibujante que ama el silencio; ella, una escritora que se esconde de los ambientes literarios, del éxito de una novela que ha acabado superándola y ha provocado su bloqueo creativo. Los dos viven en una isla solitaria de la costa atlántica, “una isla diminuta, la más pequeña de un archipiélago de cuatro que se llama Los Quirones”. Ambos se han fugado de la sociedad y son los únicos habitantes del lugar. Después de un primer intento de acercamiento frustrado, se ignoran el uno al otro. “No vivimos la misma soledad”, reflexiona Alec, llegando a la conclusión de que “ella huye de los humanos porque la horripilan”, mientras que él se ha apartado del mundo “para  observarlo con mayor serenidad. Y quizá para entenderlo mejor, para abarcarlo mejor”. 

AMIN Maalouf construye su historia sobre la búsqueda de equilibrios, sobre la eterna batalla entre la luz y la oscuridad. Desconectados, sin noticias, con las emisoras de radio calladas y las pantallas del televisor en negro, sus personajes se mueven a tientas, buscando respuestas.

Es el desastre el que les hace recuperar las ganas de comunicarse, de conocerse.  El lenguaje, la conversación, se convierten entonces en tablas de salvación, en la única y poderosa herramienta para compartir miedos y sueños. Ha tenido que suceder un acontecimiento extremadamente potente para que acaben encontrándose y descubran el amor, un amor que irrumpe como un milagro, del mismo modo que milagroso es todo lo que está sucediendo a su alrededor. Alec y Eve, en cierto modo, son un reflejo de la falta de proximidad, de empatía, en el tecnologizado siglo XXI. Encerrados ante nuestras pantallas, muchas veces somos incapaces de apreciar el valor de los encuentros, de los paseos, de los abrazos, del intercambio de pareceres, hasta que sucede algo que nos arrebata la posibilidad de llevarlo a cabo y nos damos cuenta de lo mucho que lo necesitamos, que lo echamos de menos. 

Amin Maalouf (Beirut, 1948), se vio obligado a exiliarse en Francia en 1976, a consecuencia de la guerra civil en su país. Hoy es académico en su nación de acogida y goza de gran prestigio, pero la marca de lo vivido, la violencia, el conflicto, es una herida que subyace en toda su obra y que le lleva constantemente a defender la paz, a analizar los motivos que conducen a la humanidad por los derroteros equivocados. Autor, entre otras novelas, de León el africano, Samarcanda o La roca de Tanios (Premio Goncourt); también cuenta en su haber con ensayos como Identidades asesinas (un alegato contra las guerras, las identidades mal asumidas y los fanatismos de cualquier tipo); El desajuste del mundo (análisis de las turbulencias financieras que caracterizan el presente, de la amenaza del cambio climático, de la crisis de valores que caracteriza el siglo XXI) y El naufragio de las civilizaciones (repaso a las incertidumbres que nos atenazan y nos distancian cada vez más de los valores humanistas, de los ideales de paz, libertad, solidaridad…) 

Los tres ensayos citados son importantes, porque reflejan la mirada de Maalouf sobre la actualidad, sobre un devenir que parece encaminarse cada vez más hacia la deriva. “Tengo la fuerte sensación de que vamos por mal camino”, ha declarado en más de una ocasión. Los tres ensayos son importantes porque en ellos, en sus preguntas, en sus argumentaciones, en sus búsquedas, está el germen de Nuestros inesperados hermanos. La historia, el ensayo, no le bastaban al autor para trazar posibles horizontes de futuro. Necesitaba de la ficción para imaginar, consciente de que “el mundo está cambiando”, de que algo está a punto de terminar y algo nuevo ha de comenzar, aunque no sepamos exactamente qué.

De estas impresiones ha hablado el escritor en entrevistas y videoconferencias que ha realizado recientemente, con motivo de la promoción de su novela. La literatura ha sido el camino que ha elegido para ir más allá, para volar, para atreverse a desear sociedades mejores. ¿Será la pandemia y sus efectos lo que nos haga girar de dirección?, me pregunto. En Nuestros inesperados hermanos Amin Maalouf inventa un posible futuro apoyándose en el pasado, en la etapa de esplendor de la Grecia antigua. Hay que recuperar el centro. Las estructuras sociales y económicas, las políticas, las formas de vida, los ideales que mueven a las comunidades, a los seres humanos, deben ser modificados, para cambiar el rumbo, para evitar el desastre. Estamos hablando de la novela, pero también de nuestra inmediatez. “La pandemia no es más que un aviso”, ha señalado el autor. “Si seguimos así continuaremos avanzando hacia sucesivas crisis”. 

La historia, el ensayo, no le bastaban al autor para trazar posibles horizontes de futuro. Necesitaba de la ficción para imaginar, consciente de que “el mundo está cambiando”, de que algo está a punto de terminar y algo nuevo ha de comenzar, aunque no sepamos exactamente qué.

Nuestros inesperados hermanos es el fruto de un deseo, de una intuición, de una convicción, incluso. El escritor, como tantos otros creadores, historiadores, activistas, sociólogos, economistas, politólogos, atisba cambios. Algo está en proceso de culminar, pero aún no somos capaces de ver con claridad lo que lo sustituirá. Si una cosa está demostrando la pandemia, como indica Edgar Morin en Cambiemos de vía, ensayo que ocupa otro de los artículos de este número de Lecturas Sumergidas, es que el sistema neoliberal está haciendo aguas, se desmorona, no es capaz de responder a los grandes desafíos que se presentan. Pero la gran pregunta es qué vendrá después, si seremos capaces de frenar el cambio climático, la crisis migratoria, las desigualdades crecientes.

Asistimos asombrados, temerosos, desasosegados, ante lo que está sucediendo. Sabemos que el consumismo por sí mismo, la productividad como meta, el excesivo individualismo de las sociedades narcisistas en las que habitamos, no nos dan la satisfacción, el desarrollo de vidas dignas, plenas, con sentido. De todo esto se habla en la novela, sobre ello reflexionan los personajes. Es Alec, el dibujante, el amante de los silencios, quien va llenando cuadernos con las sensaciones que le provocan las extrañas e inéditas circunstancias que van acaeciendo. 

Nadie parece saber lo que está sucediendo realmente, ni en la isla, ni a nivel global. “De lo único que podemos estar seguros tú y yo es de que estamos vivos, no hay nada destruido a nuestro alrededor. En vez de lamentarnos más bien deberíamos alegrarnos, celebrarlo, ¿no te parece?”, escuchamos a Eve Saint-Gilles, quien sin saberlo en un principio es una pieza clave en todo lo que está pasando por el carácter anticipador de la novela que escribió en su pasado, El porvenir ya no vive en esta dirección, donde recurre a la Grecia antigua como inspiración, manifestando nostalgia por ese momento, más de 2000 años atrás, que se ha dado en llamar milagro ateniense, ese “momento grandioso”, voy a las páginas del libro, “en que floreció la mente humana en tantos ámbitos a la vez, en que se “inventaron”, como quien dice, el teatro, la filosofía, la medicina, la historia, la escultura, la arquitectura, y también la democracia”. Todo ello en unas cuantas décadas y gracias a muy pocos hombres” (…) “Nostalgia por aquella época sin par que nos dio a Sócrates, a Platón, a Eurípides, a Herodoto, a Hipócrates, a Fidias, a Aristóteles y a tantos otros”.   

Aunque hay momentos en que se baraja la posibilidad de una catástrofe nuclear o un ataque terrorista a gran escala, lo cierto es que es algo muy distinto lo que ha parado este mundo paralelo de la ficción. Al final la respuesta al enigma, que Alec y Eve van descifrando a través de visitas inesperadas y de la ayuda de Moro, amigo del dibujante y consejero de Milton, presidente de los Estados Unidos, es mucho más inesperada, mágica, milagrosa. Prefiero no dar demasiados detalles. Solo os diré que el título de la novela ya es una pista importante; que la bondad, la empatía, el progreso bien entendido, no se han extinguido del todo, que aún hay esperanza y seres dispuestos a ayudar. Y que, precisamente por eso, surgen los recelos.

Nuevas preguntas al respecto: ¿Están las sociedades excesivamente materialistas, despojadas de espiritualidad, preparadas para el milagro? ¿Estamos destinados a desconfiar de cualquier propuesta por el bien común? Este es el tipo de preguntas a las que conduce una narración que ya de por sí, en su transcurrir, abre infinidad de interrogantes.

Los resortes de la política, de la diplomacia, también entran en juego y son parte importante de la novela. Las conspiraciones y teorías conspiratorias, la confusión informativa y sus efectos sobre la ciudadanía, los intereses cruzados, nos resultan demasiado cercanos. Estados Unidos no está dispuesto a perder su poder y a partir de ahí se desatan fuerzas fuera de control. 

En Nuestros inesperados hermanos se mira a una etapa del pasado para tomar de ella lo mejor, su ímpetu creativo, transformador, y avanzar hacia horizontes de plenitud. “¿Qué habría sucedido si la Humanidad en vez de zozobrar en una larga Edad Media, hubiera seguido progresando como en el bendito tiempo del milagro griego? ¿Cómo habrían sido las artes, las ciencias, el pensamiento? ¿Cuánto se habría elevado la mente humana si hubiera seguido floreciendo al mismo ritmo y en todos los ámbitos?”, se van abriendo interrogantes.

Maalouf consigue que nos reflejemos en nuestra realidad y en nuestros posibles sueños. Por un lado disecciona nuestra civilización, su evolución, con todos sus fallos y carencias, con todos sus males. Por el otro, nos muestra lo que podríamos llegar a ser, lo que aún estamos a tiempo de intentar ser. Pensemos en palabras como dignidad, igualdad, comunidad, fraternidad, bondad… En todo ese vocabulario tan denostado en el presente, tan alejado de los focos informativos. Los personajes van tomando conciencia de la distancia entre los dos lados. 

“¿Qué habría sucedido si la Humanidad en vez de zozobrar en una larga Edad Media, hubiera seguido progresando como en el bendito tiempo del milagro griego? ¿Cómo habrían sido las artes, las ciencias, el pensamiento? ¿Cuánto se habría elevado la mente humana?”, se van abriendo interrogantes en la novela.

Hay un momento en el que Alec asume que nada volverá a ser como antes, “ni la humanidad, ni la tierra, ni la Historia, ni nuestras propias vidas cotidianas”. Y se enfrenta a sentimientos encontrados. Le duele que todo lo construido hasta entonces se venga abajo y quede empequeñecido. Le duele darse cuenta de que estaba engañado, de que no vive en el más próspero y más adelantado de los mundos. “¿Cómo vamos a poder seguir viviendo cuando no estemos orgullosos de ser nosotros mismos?”, se cuestiona, mientras Eve se alegra y agradece que por fin los hombres y mujeres de su tiempo hayan de despojarse de su arrogancia y sentimiento de superioridad sobre todas las cosas.

¿Qué habría sucedido si…? plantea Amin Maalouf y de esa interrogación que busca posibilidades surge esta obra absolutamente inspiradora, una entrega sobre la soledad, el silencio y la salvación, la posible salvación. Una oda al pacifismo y también al feminismo, pues la capacidad de las mujeres para convencer, unir, cuidar, promover cambios, resulta clave en esta historia crítica con el presente, capaz de insuflar emoción y fe en el futuro, recomendable especialmente para espíritus rebeldes, inquietos, soñadores. Si estáis hartos de sensacionalismos y bulos, de noticias confusas y malintencionadas; si la actualidad os angustia y os sentís a contracorriente, os gustará sumergiros en sus páginas. El porvenir ya no vive en esta dirección, la novela de Eve, es una obra premonitoria y visionaria que anticipa un desastre, un “fin trágico e inminente”. Mientras la lee, Alec se pregunta de qué manera la autora ha podido pronosticar el mal solapado que conduce a ello. “¿De qué mal se trata? ¿Cómo explicar que una civilización tan dinámica y tan creativa haya podido quedarse sin porvenir y a punto de zozobrar?, se pregunta.

Más adelante se habla de rapacería, de voracidad, de odios, de impulsos asesinos e incontrolados; del uso del poder para dominar y someter… Cuando faltan los principios, cuando no se cumplen los compromisos, algo empieza a resquebrajarse lentamente. El protagonista siente “desconcierto ante la ferocidad del mundo”, una ferocidad que se pone aún más de manifiesto cuando se ven posibilidades de mejora, de cambio, de luz, cuando no se puede aceptar que otros seres más nobles vengan a señalar, a indicar el camino.

Maalouf toma de la ciencia-ficción el debate sobre la intervención o no de civilizaciones superiores, más avanzadas, en otras inferiores. Todo seguidor de la mítica serie Star Trek conoce las discusiones de los protagonistas, quienes, en su recorrido por la galaxia, se plantean muchas veces si deben acudir en ayuda de pueblos menos desarrollados o dejar que sigan su propia evolución, pues interponerse puede volverse en contra y ser perjudicial. “Siempre que una civilización tradicional ha entrado en contacto con otra más potente y más avanzada, parte de la humanidad ha pasado por algo así como un fin del mundo”, vamos leyendo.

Nuestros inesperados hermanos es una obra que plantea hondos conflictos existenciales y morales. El ansia de eternidad de los seres humanos, otro de los grandes temas de la ciencia ficción, es clave en esta novela que plantea que los avances científicos y técnicos son positivos y deseables siempre que sean utilizados para hacer el bien, no para imponerse o dañar a otros. Como es habitual en su trayectoria, Amin Maalouf hace un llamamiento a la fraternidad entre los pueblos, invita al cultivo del lenguaje de la nobleza, de la dignidad. 

Los tiempos de la “angustia” y de la “esperanza” se cruzan, pero no se sabe a ciencia cierta qué acabará imponiéndose. Las prioridades y los valores de los habitantes de este cautivador mundo paralelo al que nos hemos trasladado han dado un vuelco. ¿Nos sucederá lo mismo, estamos atravesando el mismo proceso, similar despertar? Imposible no ver reflejado el presente cuando nos sumergimos en las páginas de la novela, donde leemos: “Una extraña revolución está en marcha, la mayor, la más tranquila, la más invencible que darse pueda”.

Las prioridades y los valores de los habitantes de este cautivador mundo paralelo al que nos hemos trasladado han dado un vuelco. “Una extraña revolución está en marcha, la mayor, la más tranquila, la más invencible que darse pueda”.

El porvenir ya no vive en esta dirección, la obra de la protagonista femenina, como os decía, tiene un indudable cariz visionario, premonitorio. Sucede lo mismo con Nuestros inesperados hermanos. Evidentemente, Maalouf entabla un juego, revelando a través de la entrega de su personaje lo que busca en la suya. Ambas novelas son una, ambas participan del mismo espíritu, de la idoneidad de la ficción para anticipar futuros. Ambas son un anuncio, un aviso de lo que podría llegar a pasar, de lo que ya está pasando.

¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿Qué queremos llegar a ser? ¿Qué mundo queremos construir? ¿Y basándonos en qué valores?”, se pregunta el narrador, nos pregunta. Estas son las cuestiones esenciales que no debemos dejar de hacernos mientras intentamos escribir una nueva página de nuestras vidas.

Deciros antes de finalizar que el libro de Amin Maalouf establece puentes con el ensayo ya citado de Edgar Morin, Cambiemos de vía, y con El silencio, la última novela de Don DeLillo, protagonista de otro de los textos de este número de Lecturas Sumergidas. También el autor estadounidense imagina un apagón tecnológico, una situación de colapso que lleva a cuestionarlo todo. Curiosa coincidencia. 

 
Nuestros inesperados hermanos, de Amin Maalouf, ha sido publicada por Alianza editorial. La traducción del francés la han realizado María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.

  • 792
    Shares
Etiquetado con: