Nick Drake: el sábado soleado que se volvió un domingo de truenos

Fidel Oltra © 2020 / 

El pasado 19 de junio (2020) Nick Drake hubiese cumplido 72 años. Quizás seguiría sacando discos y girando, como Bob Dylan, incluso puede que se hubiera convertido en una leyenda viviente admirada y conocida en todo el mundo, como el genio de Duluth. Aunque es más probable que hubiese sacado discos a cuentagotas, convirtiéndose en una figura enigmática, un músico de culto prestigioso pero alejado de los focos. Alguien publicaría una biografía, probablemente sin su consentimiento, o un documental donde su protagonista apenas aparecería ante las cámaras. Puede que sus canciones más famosas sonaran en las principales series de TV, que se disputarían sus derechos, o más probablemente lo harían en series independientes que las usarían como guiño a sus fans. Sus contadas reapariciones públicas serían un acontecimiento, y los cantantes y grupos más famosos del mundo colaborarían en un disco homenaje en el que interpretarían sus canciones.

En sus últimos años posiblemente hubiese publicado trabajos sorprendentes, crepusculares, como Leonard Cohen o el propio Bob Dylan, discos bellísimos con los que compensar una probable errática trayectoria en los 80, década en la que puede que hubiese coqueteado con la electrónica y la música disco en un giro estilístico que muchos de sus fans no entenderían. En los 90 sus letras, irónicas y amargas, pero también profundas y poéticas, podrían haber sido reivindicadas por la generación grunge, tan desorientada emocionalmente como el propio Drake. En ese caso, Nick hubiese vuelto a sus raíces con renovado brío, entusiasmado porque finalmente su música pudiese llegar a un público más amplio. Tímido hasta la médula, no usaría redes sociales, aunque quizás tendría un Community Manager que lo haría por él. Pero la exposición mediática le resultaría incómoda. Tal vez a estas alturas llevase varios años desaparecido, mudo.

Todo ello, o al menos una buena parte de lo imaginado en el anterior párrafo, podría haber ocurrido. De hecho, algunas de las hipótesis enunciadas se acercan a ciertas situaciones que acabaron sucediendo en realidad. Sin embargo, nunca podremos estar seguros de cómo se hubiese desarrollado la carrera de Nick Drake en las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI porque Nick falleció en noviembre de 1974 por una sobredosis de antidepresivos. También es probable que nunca sepamos a ciencia cierta si fue accidental o voluntaria. Aquella noche su madre le oyó vagar por la casa, hacer varias visitas a la cocina, abrir y cerrar armarios. No le extrañó, era algo habitual. Nick dormía mal, se echaba en la cama y escuchaba música, se levantaba en medio de la noche y comía algo. Al filtrarse los primeros rayos del sol por la ventana era cuando mejor descansaba. Su madre fue a despertarle al mediodía, preocupada porque no solía levantarse tan tarde. Sus largas piernas cruzaban la cama de lado a lado. Nick nunca despertó. En 1969 había publicado su primer disco, Five Leaves Left. Traducido, significa “faltan cinco hojas”. Aunque parece ser que la frase la había sacado de unos sobres de papel de fumar que avisaban cuando estaban a punto de vaciarse, algunos han querido ver en ese “faltan cinco hojas” un triste presagio: Nick Drake moriría cinco años después del lanzamiento del disco. Lo tópico sería añadir aquí que entonces nació su leyenda, pero no es así como sucedió. Murió en un casi completo anonimato que él mismo fomentaba con sus negativas a promocionar su música y a dar entrevistas. Apenas había vendido unos pocos miles de ejemplares de sus tres discos. La leyenda de Nick Drake todavía tendría que esperar un tiempo para hacerse realidad.

Unos años después, en 1978, dos amigos daneses muy aficionados a la música, especialmente al folk, se encuentran en casa de uno de ellos resguardándose de una noche muy lluviosa. Comparten recomendaciones discográficas, descubrimientos recientes o discos de los 60 poco conocidos. Uno de los amigos se llama Gorm Henrik Rasmussen y es poeta. Le gustan las letras delicadas y melancólicas, pero también le interesa la forma de tocar la guitarra de los cantantes de folk. Está hablando de ello con su compañero, cuando este le pasa un disco y le pregunta si lo conoce. Rasmussen niega con la cabeza, jamás ha oído hablar ni del disco, Pink Moon, ni del cantante, Nick Drake. Sacan a Bert Jansch del tocadiscos y ponen a Drake. Rasmussen se queda boquiabierto con su forma de tocar la guitarra, pero cuando pone la atención en las letras, y en la forma de cantarlas, es cuando queda fascinado completamente. Al terminar la última canción le pregunta a su amigo sobre el tal Drake, de dónde es, qué más ha publicado, si tiene algún disco reciente. Le interesaría conocerle, saber más de él, escuchar sus últimos trabajos, saber qué ha hecho después de ese impactante Pink Moon. Su amigo le responde: “no ha hecho nada más. Se suicidó poco después de publicar este disco”.

Rasmussen pasó la noche en casa de su amigo, pero le costó conciliar el sueño. Aquella voz dolorosa seguía retumbando en sus oídos. Bajó al salón, buscó el disco, ojeó la carátula. Vio la cara de Nick Drake. Transmitía tanto misterio y tristeza como su música. En ese momento el danés se obsesionó con el poeta británico. Una obsesión que le llevó a indagar sobre su vida y obra, reuniendo durante los años siguientes toda la información que pudo obtener sobre Nick, que no era mucha: apenas una docena de artículos en revistas musicales, y no siempre en las más conocidas. También obtuvo información del libreto incluido en una caja recopilatoria que se había publicado en 1979. A través de todos esos artículos supo del carácter taciturno, tímido y complicado de Nick, de su difícil relación con la industria musical, y también con su propia obra. Conocía las dificultades que tenía para relacionarse con las mujeres, su constante frustración tanto personal como artística, su tendencia a la depresión. También sabía que Nick había nacido en Birmania, en 1948, pero que antes de cumplir los cinco años su familia ya se había trasladado a Inglaterra. Pero poco más. Y necesitaba saberlo todo. Así que, cuando dispuso del dinero suficiente, viajó a Inglaterra buscando una localidad llamada Tanworth-In-Arden y una casa, calle o pedanía conocida como Far Leys. La casa de Rodney y Molly Drake, los padres de Nick.

Rodney y Molly se quedaron muy extrañados cuando supieron que un danés había viajado expresamente a Inglaterra porque quería saber más detalles sobre la vida y obra de su desaparecido hijo Nick. Nadie se había interesado por él, ni ellos creían que tuviesen nada importante que contar. Sin embargo, la condición de poeta de Rasmussen le ayuda a ganarse su confianza. Durante aquella primera visita hablan de Nick, de su cualidad de niño introvertido y solitario, pero no triste ni sin capacidad de hacer amigos. De hecho gozaba de cierta popularidad entre sus compañeros, que querían acercarse a él y ganarse su amistad, aunque siempre se sentía mejor solo. Le contaron que, pese a todo, sentía mucho amor y empatía por la gente. Que era muy sensible y que sufría con el dolor de los demás, incluso con el de los personajes ficticios de los cuentos que le contaban para dormir: prefería los que tenían un final feliz, pues de lo contrario era capaz de pasarse el día siguiente sumido en una terrible tristeza.

También supo por sus padres que ese carácter introvertido y melancólico del joven Nick no estaba reñido con un agudo sentido del humor. Como ocurre a menudo con las personas más sensibles, un sentido del humor inteligente y absurdo que pocos más entendían. A Rasmussen le sorprendió muchísimo saber que Nick Drake había sido un gran atleta en su adolescencia, que llegó a ser capitán del equipo de rugby y que tenía grandes marcas en atletismo. Recordó que en las fotos parecía frágil, pero que su cuerpo estaba bien formado, parecía muy alto y sus espaldas eran anchas. ¿Por qué parecía entonces tan poca cosa? El danés cayó en la cuenta: nunca había visto una foto en la que estuviese riendo o erguido, siempre aparecía encorvado y meditabundo. Sus padres comparten con Rasmussen unos dibujos que representan a Nick con diversas edades. En ellos se ve su evolución anímica, desde el joven henchido de vida hasta el adulto hundido en la depresión. Todas estas conversaciones, y otras que tuvieron lugar en los años siguientes, acabaron en un libro publicado en danés que nadie en Inglaterra se interesó por traducir hasta mucho tiempo después.

A Nick Drake le gustaba el folk, pero también el R&B y el jazz. Escuchaba a Tim Buckley, Donovan, Bert Jansch y Bob Dylan. Pero también a Miles Davis, a Mose Allison y el Astral Weeks de Van Morrison. También leía mucho, especialmente poesía, algo de filosofía, a Oscar Wilde. Se manejaba bien con los instrumentos de viento, pero cuando se paró ante un escaparate en el que se vendía una guitarra, echó mano del bolsillo y vio que llevaba el dinero justo para comprarla, recordó el impacto que le había producido escuchar Mr. Tambourine man de Dylan y se lanzó a por ella.

A partir de ahí, como por arte de magia, una inspiración casi divina se apoderó de él y empezó a escribir canciones en las que proporcionaba una vía de escape a sus entonces ya alborotados sentimientos. Sus largos dedos, su amor por el folk pero también por el blues y la excepcional sensibilidad que ponía en todo lo que hacía, le llevaron a tocar la guitarra de una forma muy particular que encandilaba a quien lo escuchaba. Ni las chicas ni las clases, excepto las de lengua y literatura inglesa, le entusiasmaban, solo la música. Cuentan sus escasos amigos que era buen conversador, pero que disfrutaba más escuchando y observando. Al llegar la hora de dar el salto a la universidad, por razones prácticas, sus padres optaron por mandar a Nick a Francia, a Aix-En-Provence. Allí siguió con sus estudios, y allí empezaron a brotar de su cabeza algunas de las más bellas canciones escritas en su amada lengua inglesa, mientras se empapaba de poesía francesa, especialmente de Las Flores del Mal, de Baudelaire. Junto a unos amigos viajó a África, donde conoció a los Rolling Stones y llegó a tocar alguna canción de Dylan para ellos. Posteriormente volvió a Inglaterra, reanudó sus estudios en Cambridge y se animó a intentar hacer de la música algo más que un entretenimiento. Se puso en contacto con Robert Kirby para que le hiciera los arreglos orquestales que había imaginado para sus canciones, y poco después conoció al productor Joe Boyd, que había lanzado a la fama a varios de los grandes nombres del folk británico. Todos los que escucharon las canciones de Drake quedaron entusiasmados, y en 1968 vio la luz su primer álbum, el anteriormente mencionado Five Leaves Left.

Con aquel primer disco empezó también la complicada relación de Drake con la industria. Le impusieron arreglos no deseados, no conseguía reproducir en el estudio la emoción que desprendían sus maquetas, y la compañía de discos deslizó diversos errores en la carpeta del disco. Nick Drake se sintió algo frustrado, y más todavía cuando las críticas, principalmente poco entusiastas, empezaron a publicarse. Lo más bonito que se dijo del disco fue que era “poético”. Un adjetivo adecuado, pero que se queda corto ante unas letras de belleza infinita, de enorme sensibilidad, que hunden sus raíces en el gusto de Drake por la filosofía existencialista y por el budismo. Canciones como Way to blue, Time has told me o Day is done son tremendamente maduras para un veinteañero como Drake, quizás demasiado maduras para ser entendidas en tiempos del «flower power», del sueño hippie, de las protestas contra la Guerra de Vietnam. En Saturday sun empieza describiendo un día soleado, alegre, para acabar con los versos

pero el sábado soleado se volvió un domingo de truenos

y cuando el domingo sustituyó al soleado sábado

lloró por el día recién acabado

Nick Drake: “Saturday sun”

Drake, como Cohen, era un poeta que cantaba y tocaba la guitarra, más que un músico. Es en sus letras donde encontramos las claves para entenderle, para seguir el proceso que le llevó a encerrarse cada vez más en sí mismo, a estar siempre insatisfecho, a alejarse de su potencial público y a boicotear su propia carrera. Antes de eso, sin embargo, decide abandonar los estudios y hacer un nuevo intento con su siguiente disco, Bryter Lyter (inicialmente Brighter Later, un título que se le ocurrió escuchando un informe meteorológico).  Nick garabatea en su cuaderno todo lo que le viene a la cabeza, por críptico que sea. En aquellos textos vuelca sus obsesiones, sus dudas y su progresivo desasosiego. A la hora de la grabación Nick vuelve a mostrarse inseguro y cambiante. Se enfrenta con Boyd, que quiere convertirlo en un cantante tipo Donovan, mientras que Nick quiere que su disco sea algo más que una colección de canciones, así que descarta intencionadamente las que el productor piensa que pueden ser singles de éxito. Finalmente llegan a un acuerdo en el que ambas partes cedieron y seguramente perdieron: ni llega el éxito ni Drake queda totalmente satisfecho. Su segundo disco vuelve a fracasar comercialmente. Nick se va encerrando cada vez más en sí mismo, y rehúye cualquier oportunidad de promocionar el disco. Sin conciertos, entrevistas, presentaciones ni recepciones, ninguna revista importante se molesta en reseñarlo. Drake realimenta su propia frustración, como en una alocada e inevitable carrera hacia el abismo.

En 1971 Joe Boyd acepta un trabajo en los Estados Unidos y vende su productora en Inglaterra. Cuando Nick Drake se entera, se siente abandonado y no sabe qué hacer. Se recluye todavía más, física y anímicamente. Empieza a hacerse preguntas, demasiadas preguntas, sobre su carrera, sobre su música, su fracaso como músico y como persona, sobre la existencia misma. Se traslada a un nuevo domicilio, apartado del mundo, para reflexionar y quizás darse una tercera oportunidad componiendo nuevas canciones. En un ambiente tranquilo y sin interrupciones, solo sale del aislamiento para anunciarle a su ingeniero de sonido que tiene listo su tercer álbum. Además, ha decidido que, ya que no está Boyd con él, lo hará a su manera, se encargará de todos los detalles y por fin conseguirá plasmar en disco lo que suena en su cabeza. ¿Y qué es lo que suena en su cabeza? Nada, más que su voz y su guitarra. Nick se presenta en el estudio con menos de media hora de música. Tras grabarla, desde la mesa de control le preguntan qué quiere conservar y qué quiere añadir. A la primera pregunta responde “todo”, mientras que a la segunda contesta “nada”. Pink Moon será así, breve, crudo, frágil.

A Pink Moon, la canción que abre el álbum con una única estrofa que se repite dos veces, solo permite que se le añada una pequeña parte de piano. En Place to be relata poéticamente su progresivo descenso al oscuro infierno de la depresión:

estaba verde, mas verde que las colinas

donde las flores crecían y el sol todavía lucía

ahora soy más oscuro que el profundo mar

NICK DRAKE: “Place to be”

Road sigue un camino similar al del tema que da título al álbum. Es una canción prácticamente instrumental, con Drake a la guitarra y sin arreglos, con una sola estrofa y la voz de Nick que por momentos resulta casi inaudible. Lo mismo ocurre con Know, que parece realmente una maqueta más que una grabación de estudio. Aquello era lo que sonaba en la cabeza de Nick, pero no lo que el público quería escuchar, ni lo que las revistas musicales querían promocionar. De nuevo se negó a realizar cualquier acto publicitario, y de hecho se aisló más que nunca. Pink Moon vendió todavía menos copias que sus dos discos anteriores. Nick se fue a vivir a casa de sus padres y empezó a comportarse de manera preocupante. Salía en el coche y no volvía. Llamaba desde cualquier lugar posible de Inglaterra para decir que se había quedado sin combustible y que fueran a por él. Finalmente aceptó ingresar en un psiquiátrico del que salió con un montón de recetas pero sin respuestas a las preguntas que lo atormentaban. Estimulado por los primeros efectos de los antidepresivos, y sintiendo que ha fracasado como músico y creador, busca un trabajo normal. Consigue uno, pero solo dura una mañana. Quiere volver a la música, pero para pensar con claridad y que le llegue la inspiración debe dejar la medicación. Prepara material para un cuarto disco, pero las canciones no funcionan al intentar grabarlas. Drake acaba reconociendo que no están a la altura. Decidido a dejar la música, empieza a hablar con sus más allegados, por primera vez, de su miedo a cometer alguna locura.

Un artículo en una revista, titulado En Busca de Nick Drake, le hace darse cuenta de que hay gente que, a pesar de todo, siente interés por él y su música. Pero el camino que ha emprendido su mente ya no tiene vuelta atrás. Sufre cambios de humor muy repentinos, igual compone canciones folk que decide hacer un disco de rock ruidoso, o se obsesiona con comprar un violín y aprender a tocarlo. Sus amigos se lo llevaron a pasar una temporada en Francia, pero no cosecharon ninguna mejora en su estado de ánimo. Solo la música, sobre todo el jazz y el blues, conseguían que se pareciera un poco al Nick de su juventud. Una noche, tras una cena normal y una conversación animada con sus padres, se fue a su habitación. Ya no saldría de ella con vida.

A mediados de los 80 Joe Boyd decidió publicar algunas grabaciones inéditas de Drake. Aquello suscitó el interés de los melómanos por saber más sobre ese cantante folk desconocido. El libro de Rasmussen, antes incluso de traducirse al inglés, también empezó a circular. La gente pedía más información sobre Nick Drake, quién era, qué hacía, qué más cosas había publicado. De repente gente como Paul Weller o Kate Bush le citaban como influencia. Se rodaron un par de documentales, se escribieron libros, y un extracto de la canción Pink Moon apareció en un anuncio de televisión. Un año después de ese anuncio, las exiguas ventas de sus discos se habían multiplicado por más de diez. Hoy Nick Drake es citado como uno de los grandes talentos de su época, un gran poeta y un extraordinario guitarrista, influencia clara de muchos de los cantantes introvertidos y torturados que aparecerían en décadas posteriores. La gente, finalmente, parecía haber entendido a Nick, su música y su personalísima sensibilidad.

Las cenizas de Nick Drake reposan en el cementerio de la Iglesia de Santa María Magdalena, en el pueblo donde residió en sus últimos años junto a sus padres. Estos, tras mucho rebuscar entre las letras de sus canciones, escogieron como epitafio la frase que, en sus propias palabras, les pareció la única que mostraba algo de esperanza en toda su obra: “Now we rise / and we are everywhere” (Ahora nos levantamos / y estamos por todas partes). Unos versos que aparecían en From the morning, canción que cerraba Pink Moon, dejando una pequeña rendija por la que se colaba la luz de la mañana, la última ilusión de que todo cambiara para Nick. Cambió, en efecto, pero demasiado tarde.

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