Rodrigo Muñoz Avia: “Thomas Bernhard ha sido todo un mito en mi familia”

Emma Rodríguez © 2019 / 

La casa de los pintores es un libro de memorias escrito con la tensión y las pautas de una novela. Su mecanismo narrativo resulta interesantísimo y cautivador. El escritor Rodrigo Muñoz Avia recupera la vida de sus padres, los artistas Amalia Avia y Lucio Muñoz desde su mirada infantil, la mirada de un niño que escudriñaba, desde un discreto segundo plano, dos procesos creativos que iban surgiendo en paralelo. La posición de proximidad, la actitud del menor que accede con naturalidad, desde una actitud de permanente descubrimiento, al mundo de unos adultos tan singulares, está muy lograda y consigue desde un primer momento la complicidad lectora.

Pero estamos ante una obra especial por muchos otros motivos. Frente a tantos libros testimoniales, que sacan rédito a la exposición de traumas y vergüenzas familiares, poniendo en el foco los trapos sucios de progenitores célebres (algo muy perseguido por los sellos editoriales), nos encontramos con un relato que parte de la admiración, de la experiencia enriquecedora de crecer en un ambiente altamente estimulante, donde se potenciaba la autoestima y la libertad creativa de los hijos (cuatro varones). El autor consigue conmovernos sin necesidad de contar sucesos truculentos, con la narración sencilla y serena de los aconteceres cotidianos de una familia española en tiempos de posguerra y Transición. Una familia de artistas de relieve, claro, lo que dota a la historia de un mayor atractivo y trascendencia.

El narrador se detiene en detalles, en escenas, intentando atrapar los recuerdos de sus padres en un relato sencillo y profundo a la vez que refleja los distintos matices, las etapas, los procesos, de dos obras pictóricas distantes entre sí, pero con evidentes puntos de conexión. El realismo de Amalia Avia y la abstracción de Lucio Muñoz mantuvieron un diálogo lleno de afinidades. Para los amantes del arte, para los seguidores de ambos creadores, este libro resulta fundamental. Cualquiera que quiera adentrarse en sus trayectorias tiene aquí información reveladora y un gran caudal de inspiración. No está de más decir que prosigue y amplía las memorias publicadas por Avia en la etapa final de su vida, De puertas adentro, que serán reeditadas por Taurus próximamente.

El escritor Rodrigo Muñoz Avia recupera en «La casa de los pintores» la vida de sus padres, los artistas Amalia Avia y Lucio Muñoz desde su mirada infantil, la mirada de un niño que escudriñaba, desde un discreto segundo plano, dos procesos creativos que iban surgiendo en paralelo.

Pero el gran mérito de este libro consiste en que no se le puede encasillar en las estanterías del arte. Sería un gran error caer en ello. No es un volumen de crítica, aunque hay momentos, como ya decía, en los que autor, en su papel de transmisor de un importante legado, aporta elementos de gran interés sobre los procesos creativos de sus padres, sobre sus carreras. Autor de títulos como Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, Vidas terrestres y Cactus, Rodrigo Muñoz Avia conoce las técnicas de la novela y las ha aplicado en La casa de los pintores (Alfaguara). La entrega habla de arte, pero participa de la magia de la narración, de sus texturas y ritmos. La vida, el paso del tiempo, va discurriendo mientras los protagonistas cambian de estudio, preparan exposiciones y observan los devenires políticos y el crecimiento de los hijos. Los momentos de felicidad llenan la historia, pero también aparecen la enfermedad, la pérdida, la ausencia. Es ahí, en el apresamiento de las edades, de los transcursos de la existencia, donde la obra es capaz de conectar con todo tipo de lectores. No hace falta ser entendidos en arte ni conocer a los protagonistas previamente.

De todo esto, y de mucho más, alrededor del libro que nos ocupa y de los gustos lectores de su autor, hablamos en la conversación que sigue a continuación y que permitió a quien esto escribe acercarse a la casa que habitaron los pintores en Madrid, en Ronda de la Avutarda, entre las zonas de Esperanza y Arturo Soria. Un espacio convertido en novelesco por Rodrigo Muñoz, el lugar donde la pareja de artistas creó gran parte de sus piezas y cuyas puertas estarán ya siempre abiertas gracias al indudable poder de la literatura. 

Rodrigo Muñoz Avia. Fotografías por Karina Beltrán.

– ¿Hasta qué punto la escritura de La casa de los pintores ha supuesto para ti una liberación? ¿Tienes la impresión de que hay un antes y un después de este libro?

– Estoy seguro de que hay un antes y un después, principalmente por haber sacado a la luz todo lo que cuento. Sabía que, tarde o temprano, acabaría escribiendo un libro sobre mis padres y tenía claro que debía hacerlo. Pero, por los motivos que sea, durante mucho tiempo sentí que no era el momento. Hasta que llegó el día en que, sin saber muy bien porqué, me apeteció ponerme manos a la obra. Siempre había algo que me frenaba, sobre todo el temor de que la historia no iba interesar, de que era algo muy íntimo y familiar, para mí, para mi propia gente. Era consciente de que no había un gran conflicto que articulase el relato. Me rondaba la idea, que arrastramos desde ese manoseado comienzo de Ana Karenina, de que todas las familias felices son iguales, de que la felicidad no se puede contar, de que la historia de una familia feliz no es capaz de trascender.

– En mi opinión, uno de los méritos de La casa de los pintores es que se inscribe entre las obras literarias que logran romper ese tópico. El libro mantiene despierta la curiosidad en todo momento sin necesidad de destapar escándalos, algo muy habitual en testimonios de este tipo.

– Agradezco lo que me dices. Ese fue mi mayor reto y lo que más me frenaba a la hora de afrontar el proyecto. Tenía en mente ejemplos de libros interesantes de autores que han escrito sobre sus familias, sobre sus padres, y, claro, cuantos más conflictos hay, cuanto más truculentos son, parece que tienen más interés. En ocasiones es poderosísimo lo que te están contando y yo me planteaba qué podía aportar, cómo me iba a enfrentar a relatar la historia de una familia normal, las rutinas de una familia feliz, aún sabiendo que evidentemente contaba con la ventaja de hablar de dos personas muy atractivas, de dos artistas relevantes, que despiertan admiración en mucha gente. Pero no quería que fuese un libro solo para lectores especializados. Me parecía que había algo más y que yo tenía que ser capaz de transmitirlo, de elaborar un retrato de nuestra vida familiar con su felicidad y su infelicidad, porque, evidentemente, el desgaste de la vida, con sus reveses, y el paso del tiempo, se acaban filtrando en el relato.

–  ¿Cómo fue el proceso a partir de ese momento?

– Cuando fui consciente de lo que quería hacer, el libro fue adquiriendo forma y peso. Empecé a ver que el conflicto narrativo no tenía que ser un acontecimiento grandioso, dramático, sino el desgaste de la propia vida llegando poco a poco, lentamente, y eso me hizo confiar un poco más en el libro. Tenía que ser capaz de contar el paso del tiempo en la existencia de dos artistas que eran mis padres y comencé a tantear, sin estar para nada seguro de hasta dónde podía llegar, si sería capaz de escribir algo parecido a un gran relato, con los resortes de la novela. Me preguntaba si podría mantener el interés de los lectores, no solo de los seguidores del arte, en un texto de 200, 300 páginas y, poco a poco, fui creyendo en ello y confiando en que era posible.

«No quería que fuese un libro solo para lectores especializados. Tenía que ser capaz de elaborar un retrato de nuestra vida familiar con su felicidad y su infelicidad, porque, evidentemente, el desgaste de la vida, con sus reveses, y el paso del tiempo, se acaban filtrando en el relato».

– En esta historia los padres no oscurecen a los hijos ni les ponen el listón tan alto que los acaban convirtiendo en seres frustrados e infelices. No hay tormentos de fondo. Aquí la influencia resulta estimulante, impulsora. Según cuentas, os dejaron, a los cuatro hijos, total libertad para desarrollar la creatividad, os educaron fortaleciendo la autoestima. Sin relatar grandes truculencias consigues que el relato interese y conmueva. Me apetece insistir un poco más en esto.

–  Como te decía ese fue un gran desafío. Cuando empecé a creer en las posibilidades del libro puse mucho afán en que no decayera en ningún momento, en contar solo cosas verdaderamente relevantes, en huir de las anécdotas familiares que suelen contarse en las cenas navideñas. Para mantener la tensión debía ser muy riguroso y escrupuloso, dejar que los acontecimientos fueran creciendo en una determinada dirección. Me preocupó también que en el relato estuviera equilibrado el retrato de los dos protagonistas centrales, así como el papel que juego yo como narrador. En cuanto a lo de la visión positiva de mis padres, lo único que hago es ser honesto con mi experiencia con ellos. Creo que si mi vida hubiera sido traumática y la vida de mis padres hubiese tenido muchos elementos truculentos,  habría preferido simplemente no escribir de ello. No va con mi forma de ser. Considero que muchos escritores que hacen tanta sangre con sus historias familiares, tienen una vivencia de la literatura y de la escritura tan poderosa que no pueden evitar ponerla por delante de cualquier otra cosa. No lo juzgo, pero en mi caso no es así. 

– La mirada del niño, su observación atenta del mundo de los adultos, hace que, en  cierto modo, también estemos ante un libro de formación, porque ese niño va creciendo, va evolucionando a la vez que evolucionan sus padres y la obra de sus padres. Esa mirada se va desarrollando, va adquiriendo sentido crítico…

– Así es. Y creo que medir eso fue lo que más me costó del libro. De entrada, el tono que debía dar al relato fue lo más complicado. Estaba jugando con materiales de la vida, de la vida de mis padres, de mis hermanos, y de otra gente que sale en el libro, aunque principalmente el escenario lo ocupa la familia. Fui dando muchos palos de ciego, fui probando y llegó un momento en que vi claro que lo que mejor me funcionaba era lo más sencillo. Cuanto más sencilla era la voz, el tono, más a gusto me encontraba. Sentía que era lo más respetuoso que podía hacer, porque no podía poner la vida de mis padres y de mis hermanos al servicio de mis ejercicios literarios. El narrador con el que mejor me identificaba era un narrador más bien discreto, silencioso. Así era realmente yo en mi infancia, un niño que miraba con admiración a mis padres y que iba fichando todo lo que pasaba a mi alrededor.

– Reencontrarte con el niño que fuiste resultó básico, entonces…

– Sí. Y una vez encontrado el siguiente paso fue saber cuánto debía pesar el yo en el libro. La búsqueda de ese tono respetuoso del que te hablaba me llevó en un principio a que mi figura desapareciera por completo. En las versiones iniciales que tengo, de las primeras cincuenta páginas o más, yo estaba muy desaparecido, simplemente era como una voz de fondo, en un papel todavía mucho más discreto del que resultó al final. Fue en relecturas posteriores cuando me fui dando cuenta, no sé si acertadamente o no, de que ese yo cuando aparecía funcionaba bien. Era importante para el lector porque le hacía identificarse con alguien (al final tú te identificas con la voz que te está hablando), le hacía ponerse en la piel de ese niño, acceder a algunas vivencias suyas, no sólo de sus padres… Esos momentos están muy dosificados, trazados con pinceladas breves, disueltas, por ejemplo el episodio de cuando me quemé las piernas, o las referencias a mis gustos musicales, a mi formación como lector. Encontrar ese equilibrio también me resultó trabajoso.

La casa de los pintores es un libro que tiene muchas capas. Está contado con sencillez, pero también hay en él ahondamiento, introspección. A mí me recuerda un poco el tono de una obra como Léxico familiar de Natalia Ginzburg. Ella también habla de su familia desde la sencillez de lo cotidiano, de lo auténtico, y resulta absolutamente conmovedora, profunda.

– Bueno, yo me identifico mucho con este libro, con Natalia Ginzburg, con su manera de escribir. Ojalá pudiera llegar a la décima parte… 

¿Tuviste presente esta obra en algún momento?

– Pues sí la tuve presente en un aspecto concreto. El padre de Natalia Ginzburg tiene un léxico, una manera de hablar que ella a veces reproduce y convierte en una especie de leitmotiv del libro. Esas exclamaciones tan exageradas de su padre me ayudaron muchísimo a recordar que mi madre también tenía un léxico muy peculiar. Mucha gente que ha leído el libro me ha destacado precisamente esto, en general el tratamiento de la figura de mi madre, pero especialmente su manera de expresarse. Léxico familiar me ayudó a ver que yo debía hacer justicia a mi madre, con su manera de hablar tan característica, a la vez heredada de mi abuela. El lenguaje permite definir maravillosamente a una persona, más si esa persona tiene un léxico propio. 

El libro resulta muy abarcador y toca palos muy potentes: la muerte, la pérdida, la ausencia, la depresión, la enfermedad y el potencial de la creatividad. “La pintura es vida”, llegas a decir en un momento dado.

– Sí. Como comentaba antes, los elementos de drama aparecen soterradamente, por debajo, y es su aparición lenta lo que le otorga peso y vuelo a la narración. Aquí entraba la depresión de mi madre, que fue esencial en todo su trayecto y en el de todos los miembros de la familia. Era algo que no podía eludir. Hubo momentos en los que dudé, pero es que realmente mi madre estuvo con depresión veinte años y esa circunstancia era parte de ella, influía en su obra. Estaba ahí en todo momento, aunque era una persona tan alegre y tan expansiva que había muchos momentos en los que no se notaba para nada. Este rasgo es típico de muchas personas depresivas, como he sabido posteriormente a través del testimonio de psiquiatras.

– La depresión de Amalia Avia es como una sombra alargada en la familia y en la narración.

– Así es. Ella tuvo momentos terribles y horribles relacionados con la depresión y nunca lo escondió. Era algo de lo que hablaba con todo el mundo que se encontraba. No he sacado a la luz nada que no se pudiese contar. Pero ser consciente de su importancia y de que al final tenía que aparecer la muerte, inevitablemente, me hicieron ver que sí que había una historia cerrada. En este punto, también debo decir que en todo momento rehuí hacer un libro de duelo. Su escritura me ha ayudado, por supuesto, a ordenar la mente y en cierto modo he soltado lastre, me he liberado, pero siempre hablé mucho con mis padres y no sentí en ningún momento estar descubriendo nada nuevo ni secreto. De ahí que no lo haya vivido como una catarsis, como una terapia, que es algo que me dice mucha gente. Y tampoco el ejercicio de la escritura me sirvió para afrontar la pérdida. Eso suponía centrar la narración mucho en mi propia vivencia de la muerte de mis padres. No quise que fuese así, pero evidentemente sí que vi con claridad que una historia que contaba la vida de mis padres tenía que acabar en ese desenlace inevitable. Porque el libro es eso, mi vida con mis padres, y tenía que llegar hasta el final, hasta el momento en que dejé de convivir con ellos. Además, en el caso de Lucio Muñoz su final tiene algo de épica, con toda la historia de la construcción del mural para la Asamblea de Madrid en el que estaba trabajando mientras padecía su enfermedad.

«La depresión de mi madre era algo que no podía eludir. Hubo momentos en los que dudé, pero es que esa circunstancia era parte de ella, influía en su obra, estaba ahí en todo momento, aunque era una persona tan alegre y expansiva que había muchos momentos en los que no se notaba para nada».

– Dices que tampoco descubres nada nuevo, pero supongo que en el proceso de la escritura sí te acercaste a zonas poco transitadas de la vida de tus padres, a claves o momentos que no situabas en un primer plano y que acabaron adquiriendo importancia.

– Claro que sí. Desde un punto de vista psicológico, no puedo decir que haya sido un libro transformador para mí, pero el ejercicio de memoria que he hecho ha sido bestial y maravilloso. Invitaría a todo el mundo a que lo hiciera, independientemente del alcance de su texto. En ese tirar del hilo me surgieron recuerdos que estaban sepultados y reapareció la imagen vital y extraordinaria de mi madre antes de la depresión. Volver a verla tan alegre, tan singular en su expansividad… Recuperar los gritos que daba, lo cariñosa que era, algo que llamaba la atención de todo el mundo que venía a casa, fue increíble. Tanto yo como mis hermanos habíamos perdido esa imagen. La depresión de mi madre, que fue siendo más acusada con el tiempo y el alzheimer de los últimos años de su vida, había tapado todos esos rasgos de su carácter. Aparecían a la manera de ramalazos, es cierto, pero no con su potencia, con la plenitud que he vuelto a recuperar gracias a este libro.

– Es muy interesante la mirada doble sobre los dos protagonistas, a nivel humano y a nivel creativo: las corrientes a las que pertenecían, su manera de entender el arte, sus diferencias y también sus semejanzas. Siendo una realista y el otro abstracto, se parecían más de lo que a simple vista puede parecer. En el nivel del análisis crítico, que también subyace en el libro, eso supone, en cierto modo, un hallazgo. Llegas a apuntar que habría que explorar más ese diálogo, incluso con una exposición.

– Sí. De hecho, este verano ha habido una exposición en Cantabria donde se exploraban las semejanzas entre Lucio Muñoz y Amalia Avia, pero fue insuficiente porque se mostraban muy pocos cuadros. Esas semejanzas están ahí, tampoco estoy yo descubriendo tanto. Incluso ha habido alguna tesis que ha apuntado en esa dirección. Si se seleccionan los cuadros adecuados se aprecia una paleta de color muy similar entre ambos, y también un trabajo parecido con las texturas, con las calidades. En ambos hay un amor por el aspecto material de la pintura, por la plástica, por las rugosidades. Y en los dos hay una inclinación por la madera. Mi padre trabajó con la madera toda su vida, pero es que mi madre sentía debilidad por las puertas de madera, por los muebles. Los encuadres planos, frontales, y las simetrías también los acercan. 

– La proximidad, la manera en la que se cuentan los procesos de trabajo de los dos artistas, todo lo que les mueve, el impulso creativo de ambos, es revelador para los amantes del arte y especialmente para los seguidores de Lucio Muñoz y Amalia Avia, pero este libro llega a cautivar a cualquier lector, porque al final lo que cuenta es una historia de amor, de complicidad. 

– Mucha gente me lo dice, incluso gente que no sabía quiénes eran sus protagonistas. Y sí, el acercamiento que hago a la cocina de los cuadros – cómo se hacía un cuadro, cómo pintaban uno y otro– interesa mucho. Otro aspecto que me ha preocupado es reflejar cómo se enfrentaban cada uno a las dudas, a las crisis. Ella tenía menos crisis creativas que él. Mi padre lo vivía todo de una manera mucho más intensa y, como cuento en el libro, era muy curiosa la manera en la que expresaba esa relación con el arte. Cuando le iba bien con un cuadro entraba en la casa silbando y moviendo las manos de esa manera tan especial en que lo hacía. Pero si le iba mal se le notaba enseguida. Tanto que, durante la comida, mi madre le decía: “Pero chico, como se nota que te va mal el cuadro...” 

– ¿Se influían el uno al otro, se contagiaban? ¿Hubo algún tipo de competitividad entre ellos?

– Bueno, la influencia es inevitable cuando se trabaja tan cerca. Si te llega a influir cualquier otro artista que admiras, pues dos personas que están conviviendo y creando al mismo tiempo, imagina. En cuanto a la competitividad, no hubo ninguna porque mi madre tenía muy asumido el escalafón. A ella no le importaba ser una pintora consorte. Lo que le preocupaba era que a mi padre le fuera bien. Es terrible, pero era así. Está claro que tenía su vanidad y también quería lo mejor para su trabajo. Pero sentía que quien sufría y vivía para eso era mi padre y su actitud siempre fue muy discreta; aunque por su naturaleza no fuera nunca la típica mujer de artista que vivía al servicio de él y que se dedicaba a cuidarle y a llevarle las cosas prácticas, para nada. Eso era más bien al revés. Era él quien la protegía constantemente y la estimulaba a seguir con su obra, cosa que tampoco Amalia Avia necesitaba mucho porque fue una pintora muy profesional y siempre tuvo un tesón increíble.

–  En el libro se refleja muy bien su capacidad para compaginar su papel de ama de casa, de madre abnegada, incluso absorbente, y de artista. 

– Sí. Era muy hormiguita y cuando tenía un par de horas, fuera de las ocupaciones de la casa y de los hijos, las aprovechaba muy bien. Además, su manera de pintar era rápida, ella siempre lo decía, y eso la favorecía mucho. Su caso no fue el de la típica mujer de artista que cuando se casa deja de pintar, todo lo contrario. Nunca se lo planteó. Pintar era algo esencial en su vida. Lo que sí le costaba más era el mundo de las relaciones públicas: llevar la obra a la galería y preocuparse por si la exponían o no; poner precios a los cuadros y vender. Todo eso le costaba y ahí mi padre sí que la ayudaba mucho. Pero no competían. Mi madre, aún importándole mucho su pintura y siendo una gran profesional, era una persona muy vital, con otros intereses. Mi padre vivía para su trabajo, lo suyo era una auténtica obsesión y todo estaba relacionado con el arte, sus conversaciones, todo… Era una persona muy natural y para nada atormentada, con muchísimo sentido del humor, pero realmente su estudio era algo sagrado, mientras que para ella el estudio era simplemente un lugar funcional. En cualquier sitio colocaba su caballete y se ponía a pintar. Cuando éramos pequeños y vivíamos en un piso más pequeño en Madrid, ella pintaba en el dormitorio de sus hijos más pequeños, de mi hermano Diego y mío. Por la noche quitaba el caballete y el cuadro y allí dormíamos nosotros, pero el caso de mi padre era diferente. Él empezó a pintar antes y, desde el principio de su trayectoria tuvo reconocimiento. Lucio Muñoz era el artista famoso de la casa y un poco el héroe. 

Supo hasta eludir la vejez, se marchó en su mejor momento, en un momento de esplendor, cuentas que decía tu madre tras su muerte.

– Sí. Exacto. 

– Los espacios físicos, la relación de los protagonistas con ellos, son muy importantes en el libro.

– En efecto. En algún momento tuve claro que los estudios iban a tener una gran importancia y me iban a ayudar mucho a elaborar la historia. Sabía que los escenarios eran fundamentales. Visualmente eran maravillosos y eso suponía que también lo serían narrativamente. Mi desafío como escritor consistía en narrar esos espacios, en describir cómo eran. Fueron esenciales en las trayectorias de mis padres y no se pueden separar del resto de sus vidas, igual que sus vidas no se pueden separar de la pintura. No puedo hablar de mi padre sin aludir a su condición de pintor. Me resulta imposible. Bajaba a comer y hablaba de pintura, o lo hacía de literatura o de cine, pero el arte estaba siempre presente.

«Mi padre vivía para su trabajo, lo suyo era una auténtica obsesión y todo estaba relacionado con el arte, sus conversaciones, todo… Era una persona muy natural y para nada atormentada, con muchísimo sentido del humor, pero realmente su estudio era algo sagrado».

– También es muy curiosa la manera en que Lucio Muñoz convertía a sus hijos en críticos de su obra. Esos episodios del día a día, de la vida familiar, resultan significativos para entender la personalidad de los protagonistas, su manera de entender el arte y la vida familiar.

– Sí. Todo estaba unido. En mi infancia yo me pasaba las tardes enteras en el estudio de mi madre y al de mi padre, donde la entrada no estaba tan permitida, también iba mucho. Él solía llamarnos muchas veces, cuando terminaba un cuadro. Nos iba llamando por separado, uno a uno, y también a mi madre, para que opináramos. Para nosotros supuso todo un entrenamiento, una educación visual increíble. Nuestro gusto está muy impregnado del gusto que tenían mis padres. Hay una manera de ver el arte que hemos heredado los cuatro hermanos y que es difícil de explicar.

En tu caso has escrito textos para catálogos, has comisariado exposiciones…

– Sí, sobre todo de mi padre. Y siempre que explico su pintura me refiero al concepto de verdad. Creo que hay mucha verdad en él. Y también en su manera de valorar el arte de los otros. 

Señalas que no le gustaba nada la palabrería en la obra artística.

– Sí. Estaba en contra de los discursos añadidos al arte. Le hartaba tener que leerse dos o tres páginas de explicación para entender un cuadro y la obra de un artista. A él, que tanto reivindicaba el aspecto plástico y visual de las piezas artísticas, esto le cansaba enormemente. A mí me parece que no es criticable, que la deriva del arte va por ahí y que es entendible porque el mundo ha cambiado mucho. Hoy hay tal inflación de imágenes que hacer simplemente algo bello no tiene el mismo sentido que antes. En medio de tanto objeto, de tanto diseño, un cuadro no tiene el mismo poder de comunicación que antes. El arte se ha ido desmaterializando y el relato, el discurso, han entrado a formar parte de la obra. El momento que vivieron Lucio Muñoz y Amalia Avia fue muy bueno para ser artistas. Ellos eran conscientes, se sentían unos privilegiados en ese sentido. En la actualidad es mucho más difícil emerger, aunque tengas el mismo talento que tenían ellos, porque hay un griterío alrededor bestial, porque hay muchísima más gente creando. En su época los artistas, los escritores, gozaban de un mayor prestigio. No se puede negar el mérito de haber dado el salto en una época tan rancia y oscura como era la España franquista, pero una vez que lo dabas más o menos te hacías un hueco. Ahora es mucho más complicado.

– Al leer el libro, es inevitable pensar, en relación a tu madre, en lo difícil de ser mujer y artista en la época de la posguerra en España. La continuidad y el tesón de Amalia Avia es meritorio, siempre desde la aceptación del segundo plano, tras Lucio Muñoz. A ella el reconocimiento le llegó más tarde.

– Pues esa es una de esas cosas que, como hijo, he aprendido a valorar un poco a toro pasado. Mientras lo viví no fui consciente de las dificultades, e incluso siendo mayor me ha costado entender el mérito de que siguiera adelante, de que no abandonara su propio trayecto. Sin ser feminista, en el sentido de un perfil reivindicativo, se puede decir que sí lo fue a través de sus acciones. Vivía en la época en que vivía y el peso de las tareas del hogar recaía más en ella que en mi padre. Mi hermano Diego recuerda más que yo lo mucho que se quejaba de esto… Yo cuento en el libro lo poco que le gustaba hacer la compra, pero la hacía y era ella la que se ocupaba de nosotros, de traernos y llevarnos. Aunque era una mujer moderna, que leía a Simone de Beauvoir y demás, en su educación llevaba todo esto incorporado. Pero, como te decía, el no renunciar a su carrera la diferenciaba de otras mujeres de su entorno. Recuerdo que le dolió mucho que su amiga Esperanza Parada interrumpiera su carrera después de casarse. Ella era la gran figura en la que mi madre y otras compañeras confiaban. La admiraba de una manera increíble desde que estudiaron juntas y compartieron estudio, durante unos años, con otras pintoras. Ella era la que más despuntaba. Puede que siguiera pintando algo en la intimidad, no lo sé, pero dejó de hacerlo de forma profesional. No fue el caso de mi madre, que siempre tuvo muy clara la importancia de la pintura en su vida. Yo me di cuenta tras la muerte de mi padre. Pensábamos que no iba a volver a ponerse tras el caballete, porque, además, los efectos de la depresión se habían agravado por entonces, pero se dio cuenta de que lo necesitaba, de que quería seguir pintando. “Aquí, en el estudio, es donde menos noto su ausencia, aquí, con mi pintura, con mis cuadros, es donde mi vida se parece a lo que ha sido siempre”, nos decía. 

– ¿Ella hablaba de la situación de las mujeres artistas en la España de entonces?  Un episodio interesante también es el de las tertulias que organizaba.

– Mi madre se movía en un ambiente intelectual e incluso se relacionaba con gente más joven, que había formado parte de Mayo del 68. Su mundo estaba impregnado de ideas innovadoras, aunque no era una mujer muy reivindicativa. Las tertulias que organizaba eran curiosas, sí. Forman parte de ese tipo de cosas que yo he ido valorando con el tiempo. Ella se iba todos los martes a la casa donde se celebraban, en la Puerta del Sol, totalmente independiente de mi padre, porque allí no se permitía que nadie fuera con su pareja. Era una persona con iniciativa y con mucho empuje, y constituye un ejemplo. Yo entiendo que, desde el discurso feminista, hoy se reivindique su figura, como la de muchas otras artistas. Me parece fenomenal, pero a veces me llama la atención que se utilice un poco el cliché de la mujer que ha estado a la sombra y al servicio de un marido que la ha tapado completamente. Eso no es verdad. Mi madre era una pintora muy conocida. Toda su vida hizo exposiciones, tan importantes como las de mi padre, en distintas galerías y con sus distintos estilos, pero igual de relevantes en sus ámbitos. Amalia Avia vendió muchísimo toda su vida y tuvo presencia y reconocimiento en los museos. Para nada creo que la figura de él la dejara en la sombra o la entorpeciera. Todo lo contrario. Me consta que, en el plano profesional, tener a mi padre a su lado, fue para ella de gran ayuda y no la perjudicó en absoluto. Otra cosa es el baremo social que se haya aplicado a la hora de valorar la obra de ambos en función de su género. 

Me parece fenomenal que, desde el discurso feminista, hoy se reivindique la figura de Amalia Avia, como la de muchas otras artistas. Pero a veces me llama la atención que se utilice el cliché de la mujer que ha estado a la sombra y al servicio de un marido que la ha tapado completamente. Eso no es verdad.

– Tus padres eran grandes lectores. Resulta muy llamativa la relación tan cómplice, tan especial, que tenían con Thomas Bernhard… La gran admiración de ambos por el escritor austriaco, la influencia que ejerció en la obra de él.

– Sí. Hubo una época en la que estuvo muy influido por Thomas Bernhard. Fue algo muy poderoso que se refleja en una serie de cuadros con títulos que vienen de su obra. Anteriormente le pasó lo mismo con Kafka, que está presente en esas figuras que hacía tan minerales, metamórficas, raras. Nosotros la llamábamos la época de los bichos. Mi padre era un lector muy apasionado, cuando alguien le gustaba iba de principio a fin de su obra. Esto le pasaba con la literatura y también con la música clásica, ambas cosas por lo mismo: llevaban a esos mundos fantásticos, como muy románticos, a los que tanto tendía, y le daban mucho material para sus cuadros, para crear sus climas. En el caso de Bernhard, como no estaba traducido todo al español, pudo ir dosificándolo, leyéndolo a medida que aparecían sus libros. A mi madre también le gustaba mucho, sobre todo los cinco volúmenes de su autobiografía, muy peculiar y ficcionada, de la que luego se supo que incluía muchas cosas inventadas. Esa parte fue la que más le apasionó, pero mi padre sentía entusiasmo por todo… Realmente Thomas Bernhard ha sido todo un mito en mi familia. Mi hermano mayor llegó a decir en un momento dado que no podía soportarlo más, que si alguien volvía a hablar de Thomas Bernhard en una comida se marchaba (risas). La verdad es que era una presencia constante. Hacíamos bromas, hablábamos mucho de su sentido del humor, que lo tiene, y de su ironía y de sus repeticiones. 

– ¿Te transmitieron esa pasión? ¿Es un escritor que te sigue interesando?

– Sin duda. No podía ser de otro modo. Hablamos de un mito familiar. A mí Bernhard es un escritor que me sigue encantando. Antes te decía lo de su sentido del humor y lo mucho que nos divertía en casa, pero en realidad es un tipo muy duro. Su estilo me parece insuperable. Es un genio total del fraseo, de la ironía, de la repetición hasta un nivel tan exagerado que sí, puede acabar produciendo risa. 

¿Qué primeras lecturas recuerdas? 

– Las primeras lecturas que recuerdo son los cuentos de Celia, que mi madre intentaba que leyera, y los cómics de Tintín, que devoraba en bucle. Luego también recuerdo las novelas de aventuras que me daba mi padre, las que a él le habían fascinado en su infancia, sobre todo las de Emilio Salgari. Pero no fui un niño muy lector, más allá de ciertas lecturas del colegio que me impactaron, como Momo, de Michael Ende, o La historia interminable, que leí después. Mis padres sí que eran grandes lectores y su influencia empezó a calarme en la adolescencia. Mi padre me guió por el camino de Hermann Hesse, Thomas Mann, los clásicos rusos, Kafka… Mi madre me recomendó encarecidamente Los Thibault, de Roger Martin du Gard, uno de los libros que recuerdo haber leído con mayor placer, o también, sabiendo de mi querencia de aquel momento por el conocimiento científico, la biografía de Madame Curie que escribió su hija Ève.

– ¿Qué opinas de De puertas adentro, las memorias de tu madre? ¿Recurriste a ellas para elaborar La casa de los pintores?

–  Me parecen preciosas y sí que me han ayudado muchísimo para escribir este libro. Recurrí a ellas en bastantes ocasiones para localizar determinados temas, pero en general ambos libros nunca se solapan. El mío empieza básicamente donde termina el suyo, porque mi madre de nosotros no cuenta nada ni de su vida de casada, con hijos. Al final incluye una especie de apéndice en el que relata algunas cosas, pero no de la vida familiar, sino de su carrera profesional. La mayor parte de las memorias está dedicada a su infancia y juventud, a la etapa anterior a conocer a mi padre. Fue un período muy duro, muy trágico. Su padre fue asesinado en la guerra, dos hermanos murieron de tuberculosis… Y todo eso marcó su carácter e influyó en su depresión. 

¿Qué libro estás leyendo ahora mismo?

– Estoy leyendo El otro nombre de Jon Fosse, del que había leído hace unos meses Trilogía, que me encantó. Para mí este escritor noruego, uno de los grandes nombres de la literatura actual, es tan atractivo porque te introduce en mundos y capas de la realidad muy distintos de los de nuestra cotidianidad y nuestra racionalidad. Yo lo relaciono mucho con otros grandes de la tradición europea, como Kafka, Hans Lebert o Bernhard, por supuesto, cuyas narraciones tienen algo de mítico e intemporal y en las que el misterio, tanto el de la naturaleza como el de la propia conciencia, juega un lugar fundamental. Es una noticia buenísima que la editorial De Conatus esté acercándonos este autor a los lectores españoles.

«Estoy leyendo «El otro nombre» del escritor noruego Jon Fosse, uno de los grandes nombres de la literatura actual, tan atractivo porque te introduce en mundos y capas de la realidad muy distintos de los de nuestra cotidianidad y nuestra racionalidad.

– ¿Una lectura, o lecturas, transformadoras para ti?

– No hay un solo libro que pueda destacar en este sentido. Pero los grandes libros y los grandes autores te dejan mucha huella y por lo tanto te transforman. Iluminan la realidad y la naturaleza humana, te ayudan a entenderlas, pero también las construyen, las trazan con nuevos perfiles, demostrando algo que para mí es evidente, que la literatura y el arte en general son formas de conocimiento únicas, que llegan a lugares imposibles para otros modos de conocimiento. Lo que cuenta Bernhard, o Sebald, o Bellow o el primer Vargas Llosa no se puede contar de otra manera, es una indagación prodigiosa en el ámbito de la imaginación y de la observación que te abre a nuevas formas de ver, sentir e imaginar el mundo. Aún así, creo que en mi caso le concedo todavía un mayor poder transformador a ciertos libros de pensamiento que han sido claves para mí a la hora de pensar el mundo y de interpretarlo, como las Meditaciones metafísicas de Descartes; La genealogía de la moral de Nietzsche o Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, entre otros.

– ¿Autores de cabecera?

– Mi ansiedad lectora me hace siempre buscar nuevos nombres e intentar cubrir lagunas, por eso no soy de esos lectores (mi padre era así) que cuando descubren a un autor se agarran a él y no lo sueltan hasta que lo agotan. Por ello no podría destacar a ningún escritor en particular entre los muchos que me gustan. Pero, yendo más allá de los grandes nombres de la literatura europea ya citados, es cierto que mi literatura de cabecera ha sido la norteamericana, y ahí puedo mencionar nombres, muy dispares entre sí, que se repiten mucho en mi biblioteca: Willa Cather, Saul Bellow, Philip Roth, Don DeLillo, Jonathan Franzen, Alice Munro

– ¿Últimos descubrimientos? ¿Estás al tanto de las novedades? 

– Sí que estoy al tanto de las novedades en la medida muy limitada en que esto es posible. Aun así, me atrevo a decir que mi último gran descubrimiento es un autor inglés que quizá te suena, se llama Charles Dickens. Tengo tales lagunas en mis lecturas de los clásicos que de repente la lectura de un escritor como Dickens puede ser para mí una gran revelación. Empecé hace dos o tres años por David Copperfield y mi impresión y disfrute fue de tal calibre que después me he ido dosificando, como regalos que me hago a mí mismo, siempre en verano, algunas de sus mejores obras: Casa desolada, Historia de dos ciudades y Grandes Esperanzas, aunque ninguno me ha gustado tanto como David Copperfield. De Dickens me deslumbra su sentido del humor, su capacidad de construir situaciones e itinerarios vitales y de retratarlos con ironía y ternura. El próximo será Los papeles póstumos del club Pickwick.

– ¿Qué libro recomendarías para entender mejor el presente?

– Más que para entender el presente, recomiendo un libro para vivir el presente: La resistencia íntima, de Josep María Esquirol. Es un libro precioso que invita a la resistencia frente al “imperio de la cosificación” que nos rodea, una resistencia que mira hacia el interior, que invita al coraje que se necesita para recogerse, para la renuncia y la discreción. Al yo pantallizado, consumidor y patologizado, Josep María Esquirol opone la experiencia del sí mismo, la casa, la cotidianidad o el pensar.

«Para vivir el presente recomiendo «La resistencia íntima», de Josep María Esquirol, un libro precioso que invita a la resistencia frente al “imperio de la cosificación” que nos rodea».

– ¿Una asignatura pendiente? 

– Me avergüenza no haber leído más a los clásicos españoles, clásicos de siglos pasados y también del siglo XX. No he leído El buscón, ni La regenta, ni Fortunata y Jacinta, ni Tiempo de silencio ni tantos otros. Hace poco he leído Nada de Carmen Laforet y al terminar me preguntaba: ¿cómo es posible que no hubiera leído yo una maravilla como esta, con todos los libros que me trago que no le llegan ni a la suela del zapato?

– ¿Qué obra te llevarías a una isla desierta?

– Creo que en el solipsismo de la isla, sin vida social, en contacto con la naturaleza, la ficción dejaría de interesarme, dejaría de tener sentido, porque la ficción, la novela, indaga en la condición humana, nos acerca a otros yos y eso, en cierto modo, habría dejado de estar en mi horizonte, se habría convertido de pronto en una frivolidad. Creo que preferiría leer un buen tratado de botánica, de zoología, de astronomía, de geología o de oceanografía, cualquier libro que me ayudara a entender el mundo natural que me rodearía, y a empatizar con él. La verdad es que si no fuéramos tan fantaseadores, si no amáramos tanto los mitos y los sueños, si no nos gustara tanto vivir otras vidas, ese tipo de libros de conocimiento positivo sobre el mundo natural deberían ser los únicos que leyéramos siempre.

La casa de los pintores ha sido publicada por la editorial Alfaguara

Las fotografías fueron realizadas por Karina Beltrán en la casa del autor, en Ronda de la Avutarda, al lado de la que fue la residencia de toda la familia. En las imágenes, está leyendo “El otro nombre” (primera parte de “Septología”, del escritor noruego Jon Fosse). El cuadro que aparece es obra de Lucio Muñoz.

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