El tiempo detenido de Patrick Modiano

Foto-Patrick-Modiano-©-Hélie-Gallimard-COUL-3-09

Por Emma Rodríguez © 2014 / 

– 5 meses después de la publicación de este artículo en Lecturas Sumergidas (Junio 2014), a Patrick Modiano le concedieron el Premio Nobel de Literatura (Octubre 2014) –

Este artículo parte de un deseo, el deseo de viajar a una ciudad que sólo existe en los libros, en los libros de Patrick Modiano. Una ciudad que se llama París y cuyas calles y localizaciones, incluso los números de las casas que se nombran, tienen un correlato con la realidad, pero a la que no se puede llegar utilizando los mapas convencionales ni tomando los medios de transporte al uso. Ni el tren ni el avión nos llevarán hasta allí. Será necesario dar con esos corredores temporales que se abren en la imaginación en el momento oportuno y que nos permiten arribar a esa urbe de atmósferas difuminadas, de espacios clandestinos, de orillas escurridizas y callejones secretos por los que siempre se acaban perdiendo las huellas de alguien.

Son muchos los títulos de Modiano y largo el viaje, el viaje de un hombre que nunca ha dejado de buscarse en el ayer, de ir tras el rastro de lo que conoció, de lo que soñó, en ese tiempo de ruinas que siguió a la II Guerra Mundial. Nació en 1945 en el municipio francés de Boulogne-Billancourt. Eran tiempos sombríos y siempre se sintió solo, abandonado, poco atendido por unos padres demasiado preocupados en sobrevivir, en huir de la pobreza, en escapar de la policía por diversos motivos, entre ellos los orígenes judíos del progenitor y sus trabajos en el mercado negro, muchas veces utilizando identificaciones falsas. De todo ello da cuenta el autor en una obra escueta, estremecedora, la más biográfica de las suyas, “Un pedigrí”, donde encontramos muchas de las claves de su literatura.

Me resulta difícil recordar exactamente qué libros he leído en el pasado de Modiano. Sus historias se cruzan, se confunden unas con otras, se parecen demasiado, pero, sin embargo, es imposible olvidar la manera en la que son contadas, los ritmos, las ambientaciones en penumbra, los paseos por calles solitarias, las nieblas y los silencios en la narración, los fragmentos imprecisos de paisajes, esas estancias que se dejan precipitadamente sin haber apagado la luz, esas esquinas misteriosas en las que se acecha un cierto peligro. Todo eso me esperaba en “La hierba de las noches”, la última de sus novelas publicada en nuestro país por Anagrama, una entrega en la que Modiano regresa nuevamente a una época ya ida, una época y una casa lejana en cuyo cuarto de juegos siguen esparcidas las piezas del puzzle de su vida, unas piezas que engarza una y otra vez, de distintas maneras, a la búsqueda de algo siempre huidizo, de algo que nunca le es revelado completamente, pero que le impulsa a seguir adelante, ahondando cada vez más en lo que sólo puede nombrarse con una bella y compleja palabra, enigma.

“Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de otro. Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles. Y nadie ya con quien hablar de ellos…” Así se abre esta historia en la que vemos a Modiano en la actualidad, dudando de la verdad de los recuerdos, escudriñando en su libreta repleta de notas para constatar que todo existió y fue cierto. Le seguimos cuando se interroga sobre las casualidades que le salen al paso, en su deambular por las calles del  barrio de su juventud donde experimenta la rara sensación de que un doble de sí mismo sigue allí, sin haber envejecido, “viviendo en los mismos detalles y hasta el final de los tiempos”, lo que él ya había vivido.

Me resulta difícil recordar exactamente qué libros he leído en el pasado de Modiano. Sus historias se cruzan, se confunden unas con otras, se parecen demasiado, pero, sin embargo, es imposible olvidar la manera en la que son contadas, los ritmos, las ambientaciones en penumbra, los paseos por calles solitarias, las nieblas y los silencios en la narración, los fragmentos imprecisos de paisajes, esas estancias que se dejan precipitadamente sin haber apagado la luz, esas esquinas misteriosas en las que se acecha un cierto peligro.

La biografía, la observación, la experiencia, la reflexión se dan la mano en esta novela en la que, sabiamente, desde un principio, el escritor nos pone sobre la pista de lo que verdaderamente le interesa: indagar sobre el concepto del tiempo. “Los domingos, sobre todo a media tarde, y si uno está solo, abren en el tiempo una brecha. Basta con colarse por ella”, nos dice, y nos habla del vértigo que acompaña a esos momentos. En realidad esta novela, muchas de las novelas de Modiano, se desarrollan a partir de ahí, en esa grieta que se abre y permite pasar al otro lado, al lado de lo ya acaecido, simplemente para apagar la luz que un día se dejó encendida o para recuperar los gestos, las voces, las presencias que fueron importantes y que se han desvanecido.

Poco importa que lo que acontece en “La hierba de las noches” responda a la biografía del autor o sea fruto de la invención, aunque sabemos que las fronteras del territorio Modiano son unas fronteras escurridizas que parten de lo conocido y se expanden hacia los campos sembrados por la recreación, por el ensueño. Ahí, en ese espacio intermedio que ha ido construyendo libro a libro, es donde nos espera, sabedor de que regresaremos tarde o temprano, alentados por ese anhelo de traspasar los bordes de lo previsible, de arribar a orillas que se escapan de lo real.

Foto-Patrick-Modiano-2007©-Hélie-Gallimard

Desde muy pronto, atraídos por los pensamientos en voz alta de quien relata, nos sentimos atrapados en el misterio que emana de la narración, atentos tanto a las aventuras del Modiano joven, de ese joven que sabía que su destino era convertirse en escritor para detener y prolongar los instantes de dicha, de dolor, de descubrimiento, como a las pesquisas presentes de quien se ha convertido en uno de los grandes nombres de las letras francesas y no es capaz de resistirse a seguir atravesando las puertas de antiguos edificios, cines y cafeterías, las mismas hasta las que se acerca su protagonista a encontrarse con Dannie, una misteriosa mujer que calla más de lo que dice y que se relaciona con personajes salidos de la clandestinidad. Personajes muy similares a los que nos encontramos en “Un pedigrí”, trasunto de los compañeros de ruta de los padres del escritor, esos seres de los que él llegaba a saber muy poco, pero cuyos gestos, comportamientos, apariciones y huidas tanto le intrigaban y despertaban su imaginación.

Hay un momento en “La hierba de las noches” en el que el protagonista y su amiga se meten en una casa de campo a la que no han sido invitados y de la que ella conserva unas llaves. Corren las cortinas para no ser descubiertos, se iluminan con la luz de una vela y él percibe eso como algo casi normal, “porque estaba acostumbrado a vivir sin la menor sensación de legitimidad, esa sensación que notan quienes han tenido padres buenos y honrados y pertenecen a un ambiente social muy concreto”. Se trata de un pasaje que, irremediablemente, nos conduce a ese tiempo inquietante, peligroso, que Modiano vivió en la adolescencia, y que es la fuente de la que emanan todas sus historias. Un trayecto en el que fue yendo de un internado a otro, en el que estuvo al cuidado de extraños, en el que se paseaba solo por las calles, en el que experimentó la pérdida de su hermano, su única fuente de afecto, y supo del poco amor que podía recibir de una madre a quien describe como “una chica bonita de corazón seco” a la que nunca pudo hacer confidencias ni pedir ayuda. Circunstancias y heridas que ha ido cerrando en gran parte gracias a la literatura, porque como revela en “Un pedigrí”, escribir le ha permitido tomar distancia, perspectiva, ser consciente de que al final lo único con lo que se ha quedado es con la oscuridad y el misterio de las cosas, con ese lado complejo e incomprensible de la existencia.

Se trata de un pasaje que, irremediablemente, nos conduce a ese tiempo inquietante, peligroso, que Modiano vivió en la adolescencia, y que es la fuente de la que emanan todas sus historias. Un trayecto en el que fue yendo de un internado a otro, en el que estuvo al cuidado de extraños, en el que se paseaba solo por las calles, en el que experimentó la pérdida de su hermano, su única fuente de afecto, y supo del poco amor que podía recibir de una madre a quien describe como “una chica bonita de corazón seco” a la que nunca pudo hacer confidencias ni pedir ayuda.

Aquí quiero abrir un inciso para recomendar a quienes quieran conocer mejor al autor de obras como “El café de la juventud perdida” o “Calle de las tiendas oscuras” esta entrega que camina en paralelo a sus ficciones y donde repasa, con una distancia sobrecogedora, su etapa de formación, esos años en los que, como dice, aún no era dueño de su propia vida y en los que posó, por primera vez, la mirada en esos  paisajes que amaría siempre, en los libros y autores que habrían de alimentar su fantasía. En su nueva novela Modiano escribe: “Ahora ya ha dejado de darme miedo la libreta negra. Me ayuda a inclinarme sobre el pasado, y esta expresión me hace sonreír”. Y, más adelante, se pregunta: “¿El pasado? No, qué va, no se trata del pasado, sino de los episodios de una vida soñada, intemporal, que le arranco, página a página, a la desabrida vida cotidiana para proporcionarle algunas sombras y algunas luces”. He aquí los planos en los que se mueve, ese territorio de desdoblamientos que despliega ante nosotros a la manera del prestidigitador que nos confunde, nos emociona y nos inquieta.

Estamos ante una novela que no es un “thriller” pero que participa de sus ambientes turbios y que cuenta con un detective, mejor, en este caso, con dos: el propio Modiano, que no cesa de investigar a su manera, y el inspector de policía que le interrogó en el pasado y al que, muchos años después, vuelve a encontrarse por azar en la calle para recibir de sus manos un informe. Estamos ante una narración que se construye con los detalles desordenados de la memoria, con los datos y escritos fragmentarios que se anotan en los diarios. “Nunca he vuelto a ver a ninguna de las personas cuyos nombres constan en las páginas de esta libreta negra…” nos confiesa el narrador, quien se presenta como un observador, como un ser curioso que escucha con mucha atención, pero que siempre parece estar en otra parte, seguramente en la literatura, en compañía de esos otros personajes surgidos de la imaginación que, como también nos dice, llegan a ser más reales para él que quienes aparecen de repente en su día a día y con la misma facilidad desaparecen y le dejan con sus sombras fugitivas.

Modiano despliega temas que en sus manos adquieren nuevos matices y utiliza un vocabulario propio, palabras que parecen hechas a su medida, pulsos y giros nada trillados. Es el suyo un estilo directo, efectivo, que llega sin rodeos, sin adornos innecesarios, al corazón de las cosas, a lo que quiere contar. Estamos ante un maestro de los “flashback” y de los silencios, de esos silencios que nos llevan a detener la lectura y pararnos a pensar, por ejemplo, en hasta qué punto siempre habrá una parte de nosotros en las calles por las que hemos transitado, en los barrios en los que hemos vivido, en las casas que hemos ido dejando atrás, en los pliegues y rupturas de nuestras vidas.

Foto-Patrick-Modiano-©-Hélie-Gallimard-COUL-1-09

Modiano tiene la capacidad de abrir ante nosotros el frasco de las sugerencias y de impregnarnos de un inconfundible aroma a nostalgia. “Por entonces era ya igual de sensible que ahora en lo tocante a las personas y a las cosas a punto de desaparecer”, nos cuenta muy avanzada ya la novela. Y también hace que nos reconozcamos en sensaciones y en experiencias que pueden ser tan simples como el hecho de cruzar de acera para huir de alguien a quien no queremos saludar, o tan complejas como percibir que lo que estamos viviendo en un momento dado ya nos ha sucedido con anterioridad.

Nada queda claro en “La hierba de las noches”. Sabemos que la policía sigue los pasos al grupo en torno a la enigmática protagonista. Sabemos que hay asuntos políticos por medio, tenemos noticia de un asesinato, pero lo importante no es desentrañar todo esto. Son otras cosas las que nos conquistan en esta novela de luces y grietas donde leemos que “por todas partes se cernía una amenaza en el aire que le daba un color particular a la vida”; que “los encuentros auténticos son los de dos personas que no saben nada una de otra, ni siquiera de noche en una habitación de hotel”, o que “evitamos descubrir los detalles demasiado íntimos de nuestra vida, por temor a que, cuando ya hayan quedado recogidos en el papel, dejen de pertenecernos”.

Los paisajes de Patrick Modiano son paisajes interiores pasados por el filtro de la imaginación. Sus calles conducen siempre al pasado y en esta novela en concreto ese viaje le saca de sus propias peripecias vitales y le lleva a encontrarse con personajes como Jeanne Duval, la actriz y bailarina de orígenes franceses y africanos que fue el gran amor de Charles Baudelaire. Hay un encuentro misterioso, una brecha temporal. Hay una investigación en torno a la Revolución Francesa y un libro que resulta esencial para entender el fondo de la novela, el lugar al que se quiere llegar. Se trata de “La eternidad por los astros”, al que el escritor se refiere como un libro de cabecera que acude a su mente un día en el que sentó en un banco del Jardín Botánico, se puso a pensar en que el tiempo se había detenido y se sintió tremendamente ingrávido y feliz al constatar que había estado recorriendo toda su vida las mismas calle, al situarse en un punto en el que ya no le era posible distinguir el pasado del presente.

Hay un encuentro misterioso, una brecha temporal. Hay una investigación en torno a la Revolución Francesa y un libro que resulta esencial para entender el fondo de la novela, el lugar al que se quiere llegar. Se trata de “La eternidad por los astros”, al que el escritor se refiere como un libro de cabecera que acude a su mente un día en el que sentó en un banco del Jardín Botánico, se puso a pensar en que el tiempo se había detenido y se sintió tremendamente ingrávido y feliz al constatar que había estado recorriendo toda su vida las mismas calle.

Escrita en 1.871 por el incendiario Louis Auguste Blanqui, un personaje que llamó la atención de escritores como Borges o Walter Benjamin, esta obra habla del tiempo, del cosmos, del infinito, anticipando en cierto modo los pensamientos del eterno retorno de Nietzsche. La vida se puede estar desarrollando paralelamente en distintos espacios temporales. Pueden existir copias infinitas de nuestro planeta más o menos perfectas; cada segundo de nuestra existencia ha podido ser, es y podrá repetirse por infinitos dobles en infinitas Tierras y lo mismo puede suceder con las narraciones, con las historias que se escriben y que pueden ser copias de otras historias. Modiano juega con todas estas ideas en “La hierba de las noches” y he ahí, en esa intuición, en esa complicidad con Blanqui, en esas teorías que tanto han alimentado las sagas narrativas de ciencia-ficción y que él desarrolla de una manera absolutamente literaria y personal, donde radica, en mi opinión, uno de los mayores atractivos de “La hierba de las noches”.

Estamos ante una novela en la que no sólo Modiano es un detective que investiga y busca claves y sentidos. Estamos en una novela que nos anima también a adoptar ese papel y seguir las pistas que el autor va dejando para nosotros en sus páginas. Aparentemente se trata de una historia sencilla, de una enigmática historia de márgenes poco definidos en la que podemos entrar como quien penetra en una pieza con tintes detectivescos. Pero se trata de una puerta falsa. Es muchísimo más que eso lo que encierra esta entrega en la que se habla de la construcción de la identidad, de la necesidad de querer a los demás sin juzgarlos, de los huecos de la memoria y del tiempo, del paso del tiempo, de los misterios del tiempo que a veces abre ante nosotros brechas, líneas de fuga.

Foto-Patrick-Modiano-©-Hélie-Gallimard-COUL-2-09

– “La hierba de las noches” ha sido publicado por Anagrama, la editorial española del escritor francés, en cuyo catálogo encontramos también “Un pedigrí”. La traducción de ambos ha corrido a cargo de María Teresa Gallego Urrutia.

-Las fotografías las firma Catherine Hélie / Éditions Gallimard.