Los paisajes interiores de José Carlos Llop


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Por Emma Rodríguez © 2016 / Hay escritores capaces de crear atmósferas envolventes, tan inolvidables que podemos evocarlas en cualquier momento, al reconocer un olor, un sonido, una niebla, un estado del cielo, una tonalidad del mar, una calle sinuosa, un rincón solitario… Hay escritores que construyen ciudades imaginarias más poderosas que las reales, ciudades que brotan de lo reconocible hasta tornarse íntimas, absolutamente secretas. Hay escritores que parten de la memoria como el único barco en el que zarpar rumbo a los paisajes interiores. Es ahí, en esa estela, donde tenemos que situar al mallorquín José Carlos Llop, poeta, narrador, ensayista, diarista, demoledor de fronteras y de géneros, creador de un territorio atravesado por puentes que es un placer cruzar en busca de coincidencias, de claves, de direcciones, de mapas de afinidades.

En la estirpe de los arquitectos literarios hay que situar, sí, a este autor insular y cosmopolita, dos circunstancias que suelen ir de la mano, pues el isleño se vuelca en sus adentros, pero también mira lejos, a los exteriores, desde las orillas de una geografía acotada. Siempre que leo a José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) lo imagino mirando al mar, con el viento dándole en la cara. Siempre que leo a Llop pienso en las particularidades de los seres de isla, abocados a la ensoñación, a la soledad, a la exaltación de los sentidos, a los adioses, dispuestos siempre a la partida y al regreso. A través de los viajes, de las lecturas, mantiene este hombre un permanente diálogo con el mundo, pero sin llegar a perder nunca su rincón solitario, ese punto de mira que le permite observar sin mezclarse, reflexionar desde la calma, salir para volver, sin dejar nunca de sumergirse en sí mismo, de buscarse en los distintos planos de su vida.

Siempre que leo a José Carlos Llop lo imagino mirando al mar, con el viento dándole en la cara. Siempre que leo a Llop pienso en las particularidades de los seres de isla, abocados a la ensoñación, a la soledad, a la exaltación de los sentidos, a los adioses, dispuestos siempre a la partida y al regreso.

Reyes de Alejandría es la última obra del autor que acaba de ser publicada por Alfaguara, el último tramo de un trayecto lleno de complicidades. Podemos decir que se trata de una novela o de un libro de memorias. Tratar de poner diques, etiquetas, no viene al caso, cuando pasamos las páginas de esta entrega mestiza que, en parte, también es un ensayo sobre el tiempo y sobre las edades. Nos da igual cuando aceptamos que estamos en el territorio Llop, que paseamos por las calles de una Palma de Mallorca que ya conocemos a través de libros anteriores; por los escenarios de una Barcelona anclada en la década de los 70, a la que también ha hecho mención en ocasiones diversas, con París como punto de partida, siempre al fondo. Es reconocible todo lo que nos cuenta esta vez, pero cambia el foco, la perspectiva, el lugar en el que se coloca para iluminar determinadas circunstancias.

El territorio que conocemos está ahí, pero sigue enriqueciéndose, y se agranda, y se muestra distinto, diverso. En Reyes de Alejandría, título que homenajea a Cavafis, uno de los autores de cabecera de Llop, he apreciado, sobre todo, la parte reflexiva, las meditaciones sobre lo que hemos sido, sobre todo lo que desaparece y conforma el presente con sus contradicciones, sus renuncias y también sus aprendizajes. José Carlos Llop parte de sí mismo, de sus vivencias, de sus amores, de sus lecturas, de sus músicas, para acabar hablando del paso del tiempo, de las elecciones, de las pérdidas, de las identidades que nos construyen. Y es con ese trascender con el que nos identificamos.

Debo confesar que no es Reyes de Alejandría el libro de Llop que prefiero. Su exceso de referencias, de nombres, de influencias, de erudición, me resultaba en ocasiones demasiado apabullante. Pero, sin embargo, encontré nuevamente en este libro imágenes y pensamientos deslumbrantes; esa combinación de sutileza y profundidad que tanto me gusta; esa habilidad para abrir puertas que nunca se acaban de cerrar, por las que los lectores entramos y salimos libro a libro, como en una casa ya conocida, llena de estancias antiguas, de fotografías amarillentas, de un irresistible encanto que nos hace querer quedarnos a vivir en ella una temporada.

En Reyes de Alejandría encontré nuevamente  imágenes y pensamientos deslumbrantes; esa combinación de sutileza y profundidad que tanto me gusta; esa habilidad para abrir puertas que nunca se acaban de cerrar, por las que los lectores entramos y salimos libro a libro, como en una casa conocida.

Es el momento de citar novelas tan enigmáticas y deliciosas como El informe Stein, una entrega primeriza, de iniciación, donde ya están las atmósferas tan características de Llop y muchos de sus temas: la amistad, la familia, los secretos, los fantasmas del pasado, de las contiendas. Y también El mensajero de Argel, una historia cautivadora que se complementa ahora con los Reyes… porque allí ya nos hablaba el autor de las sombras imborrables de la II Guerra Mundial, de la  sensación de fracaso generacional, del fin de las utopías hippies, del individuo y sus búsquedas en medio de los vaivenes de la Historia. Porque allí ya sonaba la misma música con la que ahora volvemos a encontrarnos.

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Y es el momento de hablar de otro libro clave en la trayectoria del escritor y muy apegado al que ahora nos ocupa. Se trata de En la ciudad sumergida, un ensayo sobre Palma de Mallorca, sobre la ciudad real y la ciudad literaria, sobre la ciudad vivida y la ciudad soñada. Os hablaba antes de puentes y resulta divertido, estimulante, comprobar el itinerario trazado, pasar de un lado a otro de esta literatura abierta. En el prólogo del ensayo, titulado La ciudad irreal, escribe José Carlos Llop: “A principios del siglo XXI, la ciudad donde nací dejó de ser la ciudad donde había nacido. La ciudad real se convirtió en la ciudad de la memoria y sus calles, el eco de las calles donde yo había vivido…

Ciudad y literatura”, nos dice más adelante, “se unen en un espacio común: quizá porque ese binomio –ciudad y literatura y al fondo el yo, como en una ficción– es un lugar donde siempre he sido feliz”. Y a continuación abre su lista de la felicidad, una lista donde entran: “La Alejandría de Cavafis y Lawrence Durrell, la Ferrara de Giorgio Bassani, el San Petersburgo de Nabokov, el París de Proust, pero también de Cyril Connolly, Patrick Modiano y Bernard Frank, el Londres de Dickens, la Estambul de Orhan Pamuk, el Trieste de Joyce, o la Venecia de Proust –de nuevo–, Paul Morand, Thomas Mann, Joseph Brodsky y tantos otros…”

La obra de José Carlos Llop, como decía antes, es un diálogo abierto. Su ciudad se levanta sobre sus recuerdos y vivencias, pero también se nutre de los pasos de otros –de los autores que ha leído y amado– en otras ciudades envolventes, cautivadoras. De ahí que entrar en sus libros sea especialmente grato para quienes disfrutamos ensanchando el mapa, buscando pistas, trazando las líneas de la complicidad, de las influencias, de las corrientes. Igual que Patrick Modiano, con quien se le ha llegado a comparar en más de una ocasión, a Llop le basta con pocos elementos para contar el mundo, su mundo, sin apenas moverse de su mirador, de sus calles, de su inmediatez. Y ese mundo puede acabar convirtiéndose en el nuestro a través del mágico entramado de las proximidades, las búsquedas, las reflexiones. Quienes le achacan a Modiano la falta de variedad, la repetición, me temo que tampoco acabarán estimando a Llop. Sin embargo, quienes agradecemos reconocer, reencontrar, observar bajo luces diferentes, saber más, hurgar, escudriñar, volver a visitar los lugares que nos han atrapado para descubrirlos una y otra vez, abriremos las páginas de sus libros con renovado placer.

Igual que Patrick Modiano, con quien se le ha llegado a comparar en más de una ocasión, a Llop le basta con pocos elementos para contar el mundo, su mundo, sin apenas moverse de su mirador, de sus calles, de su inmediatez. Y ese mundo puede acabar convirtiéndose en el nuestro a través del mágico entramado de las proximidades, las búsquedas, las reflexiones.

En la ciudad sumergida, donde el autor se refiere a la literatura como “un testamento del tiempo” es un ensayo que acompaña muy bien la lectura de Reyes de Alejandría. “La verdad es que nunca he sido capaz de vivir Palma como si fuera una sola ciudad, ni de vivir en Palma como si viviera en una sola ciudad. Palma es un buque que recala en otros puertos sin dejar de ser una capital mediterránea. Durante ya más de medio siglo, ha habido días en que me he despertado en Tánger y otros que he estado tomando café en Trieste. Sin moverme de Palma. En el muelle he vislumbrado fragmentos del puerto de Shanghai en los años treinta y en la calle d’Es Sindicat he encontrado los restos de un viejo mercado asiático de aves, cestos y especias. Y todo eso, al mismo tiempo, era mi ciudad, el lugar de donde soy más que de ninguna otra parte…”, nos transmite el autor en un bellísimo capítulo de la entrega, titulado La herencia del voyeur, que tanto tiene que ver con su obra, con su manera de entender la literatura y la vida.

El espacio de la iniciación, de la primera educación sentimental, emocional, nos marca, pero somos nosotros quienes lo conformamos, quienes lo convertimos en propio y lo abrimos al mundo a través de la memoria, de las vivencias. La identidad tiene que ver con los lugares que habitamos en conjunción con el más sublime de los territorios, el interior. La identidad tiene que ver con lo que hemos sido y sentido, con lo que ya ha dejado de ser y aún sigue latiendo en forma de recuerdos. La identidad tiene que ver con las elecciones que hemos realizado y que han ido dibujando el camino de la vida. Y es de eso de lo que, una y otra vez, nos habla Llop. Ya en las primeras líneas de Reyes de Alejandría, señala que el libro trata de “un viaje en el tiempo”, que hay un momento en que “la ciudad natal se abre como las figuras de un caleidoscopio y sin dejar de ser ella misma, es también otras ciudades”. El escritor adopta un tono de evocación desde el principio. Está en París, “la ciudad donde desembocan todas las historias” y desde allí mira al pasado, al tiempo de la juventud. ¿Llegó a existir realmente la ciudad que recuerda?, se pregunta, y recupera la necesidad de huida de antaño, cuando aún no conocía paisajes ajenos ni sabía de contornos más allá de los de la isla. “Nos íbamos hacia el muelle en el coche de algún amigo (…) y soñábamos con marcharnos algún día en uno de aquellos buques que veíamos zarpar con sus cascos negros y rojos y sus chimeneas de colores, cargueros rumbo a Turquía...”, nos cuenta.

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Estamos inmersos en una novela generacional, el yo de José Carlos Llop abraza al nosotros, se reconoce en los impulsos, en las felicidades y las frustraciones colectivas. La vida en grupo, entre amigos e iguales, los ideales hippies, la creencia de que era posible construir sociedades distintas… El amor libre de prejuicios. El deseo y el sexo. La poesía. La música, sobre todo la música de esos años en los que todo estaba en construcción y nada se había forjado aún de manera irremediable. “Si tuviera que asociar un momento de mi vida a la felicidad, sería a esos días, semanas, meses, cuando todo era posible y nada había empezado ni se había torcido aún”, confiesa el escritor.


En Reyes de Alejandría Llop mitifica la juventud sin pudor alguno, recreándose en ella, en su tono exultante, buscando su autenticidad, su libertad, su frescura, antes de llegar a perder su rastro para siempre. Su generación asistió a los últimos coletazos del franquismo, a la oscuridad de un Régimen al que se enfrentaban desde la ética y la estética, armados con libros y canciones, ya fuese desde el margen de la isla o desde la Barcelona donde tantos jóvenes –universitarios, “melenudos”– vivían en la calle, en los bares, resistiéndose a prolongar el miedo.

Alguien dijo que limpiábamos la ciudad del miedo. Y el miedo no vestía de faralaes sino de uniforme gris y ululaba y unas luces azules y giratorias te hacían creer que estabas cercado porque miraras adonde miraras ahí había una luz de esas y más abajo las escopetas y las porras y las pistolas y las caras de pocos amigos dispuestas a acabar con lo que hiciera falta e iba en serio…”, leemos en un momento dado. La historia particular, la historia del grupo de amigos, se abre a la historia de la España de entonces, a episodios trágicos como el del ajusticiamiento de Puig Antich en marzo de 1974, a momentos tan decisivos como la agonía y la muerte del dictador una madrugada de noviembre del 75. El escritor narra cómo vivió él la mañana después, cuando paseando por las calles de Barcelona se cruzó con dos viejos de traje gris, pajarita y sombrero. “Llevaban”, escribe, “sendas botellas de champán bajo el brazo, envueltas en bolsas de papel de estraza y sonreían mientras los miraba. Todos los paseantes vimos aquella mañana a algún anciano sonriente con botella de champán –nadie lo llamaba cava aún– en la mano”.

Su generación asistió a los últimos coletazos del franquismo, a la oscuridad de un Régimen al que se enfrentaban desde la ética y la estética, armados con libros y canciones, ya fuese desde el margen de la isla o desde la Barcelona donde tantos jóvenes vivían en la calle, en los bares, resistiéndose a prolongar el miedo.

Y también entran en el libro capítulos como el asesinato de Pasolini o el secuestro de Aldo Moro, acontecimientos con fuerte impacto en el devenir de toda una generación. Fueron aquellos tiempos de descubrimientos eróticos, de citas clandestinas, de tanteos con el Partido Comunista, de vigilancia, también de rebeldía. El autor intenta atrapar el pasado huidizo, tantea entre las brumas de lo vivido en un ejercicio de búsqueda de sí mismo. ¿Qué queda de lo perdido? ¿Qué es posible salvar cuando todo ha cambiado y el mundo ha tomado rumbos que para nada responden a los anhelos del pasado?

En la España franquista, pese a todo, Llop vivió en jardines de luz, de plenitud. Se recuerda viajando en Land Rover con sus amigos, por la carretera, entre los olivos y el mar, deprisa, demasiado deprisa, mientras un “Hombre invisible” cuidaba de la Nación, inauguraba pantanos y firmaba penas de muerte. En esta crónica generacional, teñida de poesía en el tono y en el acompañamiento (Pound, Cavafis, Eliot, Rilke… ) y animada por una potente banda sonora (Dylan, Morrison, Bowie, The Beatles, The Rolling Stones, The Velvet Underground y un larguísimo etcétera) se vislumbran amplias zonas de claridad, pero no pueden faltar las sombras del pasado, de un país herido, las grietas que empiezan a abrirse, a romper los sueños de una juventud que no está dispuesta a doblegarse. Ahí está la idealización de cualquier tipo de drogas, la creencia en sus beneficios, en su capacidad para expandir la mente que tantas vidas se llevó por delante. Y después, ya en los 80, la irrupción del sida. Nada es nuevo en la historia. Lo novedoso, lo atrayente, lo cautivador, lo que la hace diferente, es la manera en la que nos es contada. La mirada de Llop es una mirada nostálgica que asume el pasado con sus derrotas, sus fracasos y sus ruinas, pero sabiendo que sobre esas ruinas siguen planeando, de algún modo, los sueños.

A veces pienso que la guerra estaba demasiado cerca. No lo sabíamos, pero estaba muy cerca. Cuando yo nací, por ejemplo, hacía diecisiete años que había acabado y solo once de cuando los rusos tomaron Berlín a sangre y fuego (…) La vida estaba empezando para nosotros y el peso del pecado flotaba silencioso en el aire, teñía de manera invisible la atmósfera, pero no nos pertenecía, no era nuestro pecado”, vamos leyendo.

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Palma y Barcelona son dos estaciones de la memoria de José Carlos Llop que acabamos reconociendo sus lectores. Palma es la iniciación, las raíces familiares, el origen al que se vuelve para permanecer, para quedarse. Barcelona es el territorio del crecimiento, de la aventura, de la acción, de tantas experiencias destinadas a convertirse en relatos. Pisos compartidos, amores furtivos abocados al adiós, escenas que parecen sacadas de novelas de género negro… Y, por encima de las geografías, de los mapas reales, están los trazados imaginarios y las rutas, las vidas, los refugios literarios. Imposible dar cuenta aquí de todas las referencias a las que alude Llop, a todas las melodías que suenan en este libro tan musical (no sería mala idea una edición futura con banda sonora incluida). Decía antes que, en ocasiones, me resultaba apabullante el exceso de nombres, aún reconociendo el interés de tantas rutas abiertas, de tantos caminos de diálogo.

En Reyes de Alejandría Llop nos conduce al tiempo en que fue feliz, un tiempo de ideales, y abre para nosotros un amplio ventanal al pasado, con vistas al mar, porque cuando las utopías escasean, cuando la resignación es una senda demasiado transitada, cuando el romanticismo es mal visto y todo parece reducirse a la conexión permanente a Internet, la literatura, la ficción, sigue siendo capaz de salvarnos del olvido y de hacernos comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Palma y Barcelona son dos estaciones de la memoria de José Carlos Llop que acabamos reconociendo sus lectores. Palma es la iniciación, las raíces familiares, el origen al que se vuelve para permanecer, para quedarse. Barcelona es el territorio del crecimiento, de la aventura, de la acción, de tantas experiencias destinadas a convertirse en relatos.

Son anchas y abiertas las páginas dedicadas a ese lugar anclado en la memoria en forma de paraíso proustiano y algunos los huecos por los que se filtra la decepción. Le bastan unas pocas líneas a Llop para cruzar el puente hacia el presente, unas pocas y efectivas líneas: “De repente el dinero fue cool, la medida de todas las cosas, el metro de platino iridiado. El arte, una prenda de vestir, y las palabras, otra forma de la mentira (…) Se institucionalizó el engaño y quienes hablaban de verdad lo hacían también con engaño (…) Los artistas se hicieron mercaderes y siervos de los nuevos ricos que los sentaban a su mesa como quienes adquirían un jarrón chino. El poder, por pequeño que fuera –y todo eran poderes pequeños y a todos se miraba como si fueran faraónicos–, se convirtió en un imán. Y el olvido en un ansiolítico. La coherencia era un estorbo, la deslealtad, una costumbre…

Son muchas las direcciones, las bifurcaciones, de esta entrega en la que si decidís entrar encontraréis mucho más de lo que yo os he contado, porque es un libro que se expande según las percepciones de cada cual, llevándonos a fijar la mirada en tonos y matices diversos. En mi caso, como os decía antes, he vuelto a disfrutar recorriendo los paisajes interiores, los espacios luminosos de José Carlos Llop, apreciando su voz reflexiva, esa combinación de ficción, biografía, crónica y pensamiento que tanto me gusta. “Nunca he escrito sobre otra cosa que no sea el paso del tiempo y el tiempo pasó. El fin de las cosas está escrito en el tiempo. El fin de las épocas también y en el destino de las personas está vivir distintas decadencias, como quien vive un ciclo natural”, nos dice en las páginas finales de la obra. Y se refiere a las otras vidas que toda vida contiene y que hay que vivir o dejar pasar.

Le bastan unas pocas líneas a Llop para cruzar el puente hacia el presente, unas pocas y efectivas líneas: “De repente el dinero fue cool, la medida de todas las cosas, el metro de platino iridiado. El arte, una prenda de vestir, y las palabras, otra forma de la mentira…”, escribe.

Sería este un buen final para este artículo si no fuera porque no quiero dejaros de contar algo más, algo que tiene que ver con el carácter de conversación literaria, de cruce de caminos, que es toda la obra de José Carlos Llop. Es difícil salir de sus libros sin descubrir algo nuevo, sin hacer alguna pesquisa. En esta ocasión, la novela se abre y se cierra con la alusión a una lámpara que se enciende en el entresuelo de enfrente de la habitación del Hotel l’Odéon, donde el escritor se hospeda, ya en el presente. También a Modiano, siempre tan cerca de Llop, le gusta recrearse en las luces que se encienden en habitaciones ajenas, tal vez conocidas, en las que resulta fácil imaginar situaciones enigmáticas.

Pero no es Modiano el escritor admirado que enciende esa luz en el misterioso entresuelo de enfrente del hotel, sino Olivier Rolin, cuyo nombre no cita Llop, pero al que se llega por las referencias a las que alude, por los nombres de ciudades y circunstancias biográficas que nombra. No he leído a Rolin, al que Llop llegó a conocer cuando éste presentó uno de los libros de nuestro autor en París, pero hay una obra suya que prometo buscar, un libro viajero, sobre ciudades, titulado precisamente Siete ciudades, un recorrido literario por Buenos Aires, Trieste, Lisboa, Alejandría, Leningrado, Praga, Valparaíso. Llop (que en el intercambio de mensajes cruzados, a propósito de las fotografías de esta página, me recomienda empezar por Port-Sudan; “es buenísima”, me dicecuenta que visitó la casa, de Rolin, esa casa del entresuelo con la luz encendida que tantas veces divisó desde su hotel. Y asegura que allí vio muchos de los libros que amó en su juventud. Puede ser verdad o invención, pero da lo mismo. Es una bellísima historia, de esas que recordamos mucho después de cerrar las páginas del libro.

0000921933_A-001Los reyes de Alejandría, de José Carlos Llop, acaba de ser publicado por Alfaguara.

También se habla en este artículo de: El mensajero de Argel (Destino, 2005), El informe Stein (leído en la edición de RBA, 2008) y En la ciudad sumergida (RBA, 2010).

  • Fotografías 2 y 3 realizadas por Miguel Dalmau en el año 2009.
  • En la 4 vemos al José Carlos Llop de los años juveniles, protagonista de Los reyes de Alejandría. Todas las imágenes nos han sido cedidas por el propio autor.

 


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