Stevie Wonder, historia del soul y la Motown

Fidel Oltra © 2019 / 

Se podría decir que los que crecimos a la vida y la música – para muchos de nosotros es lo mismo – a principios de los 80 no empezamos exactamente con buen pie con Stevie Wonder. Habrá excepciones, nunca se sabe, pero apuesto a que no soy el único que tuvo su primera experiencia consciente con el genial cantante con una canción empalagosa hasta la saciedad. ¿Con cuál? Bueno, hay varias opciones: puede haber sido I just called to say I love you, incluida en la película La Mujer de Rojo y por la que ganó el Oscar; o quizás fue Ebony and ivory, a dúo con Paul McCartney, o muy posiblemente fuese la benéfica We are the world, en la que Stevie aparecía junto a un par de docenas de las más conocidas figuras norteamericanas de la época.

También es posible que alguien lo viera por primera vez en aquella cansina publicidad del «Si bebes, no conduzcas«, que se aprovechaba de otro tema que Stevie había publicado por aquellos años, Don’t drive drunk, para lanzar un mensaje necesario que a los adolescentes nos resultaba más risible que pedagógico. Sí, es muy posible que en la radio hubiésemos escuchado Superstition, tal vez su canción más recurrente en las ondas, pero al menos en mi caso no la asocié a aquel simpático personaje del anuncio hasta un tiempo después.

Además, aunque con vergüenza, debemos admitir que casi todos los que tenemos cierta edad hemos usado alguna vez la infausta expresión «efestiviwonder» para manifestar acuerdo con nuestro interlocutor. Ahora no le vemos la gracia y suena muy pasada de rosca, pero que el nombre de un cantante se introduzca así en el acervo popular de chascarrillos y gracietas no es moco de pavo. Todo eso era Stevie Wonder en los 80: anuncios de TV, baladas edulcoradas para películas de éxito, risas y chistes. Ay, no sabíamos que estábamos ante uno de los grandes del soul de todos los tiempos. Esas cosas se aprenden tarde o, en el peor de los casos, nunca.

Stevie Wonder fue un artista precoz. No lo fue tanto como Michael Jackson, que a los siete años ya actuaba con sus hermanos en los Jackson 5, aunque su primer éxito en solitario lo obtuvo a los 13 años. Justo la misma edad con la que Stevie Wonder, entonces Little Stevie Wonder, consiguió su primer número uno. Era 1963, y aquella canción llamada Fingertips le convirtió en su momento en el cantante más joven en llegar a lo más alto de las listas norteamericanas. Dos años antes, con solo 11, lo había fichado un joven sello discográfico que apenas contaba con un par de años de vida y que a lo largo de la década, impulsado por grandes figuras como el propio Stevie Wonder, se convertiría en legendario dentro de la música negra. Hablamos, claro, del mítico sello surgido en Detroit, la ciudad del motor: Motown. Pero empecemos desde el principio.

Stevland Hardaway Judkins nació en el estado de Michigan, pero en un lugar a casi 200 kms de Detroit, una pequeña ciudad llamada Saginaw. Aunque siempre suele comentarse que no nació ciego, lo cierto es que su ceguera le sobrevino apenas llegar al mundo debido a una retinopatía desarrollada mientras estaba en la incubadora, donde tuvo que pasar sus primeras semanas de vida tras un nacimiento prematuro.

A los cuatro años sus padres se separaron y se mudó con su madre a vivir con una pareja anterior, padre de dos de sus hijos, en Detroit. Allí, como prácticamente todos los grandes nombres del soul, empezó a cantar en el coro de una iglesia. Sin embargo el pequeño Stevland desarrolló, además, otra gran habilidad: la de tocar varios instrumentos como el piano, la armónica y también la batería. La música era el entretenimiento que le permitía zafarse de una infancia plagada de problemas, ya que la familia vivía en una situación económica lamentable que muchas veces les llevaba incluso a pasar hambre.

A pesar de  vivir casi en la miseria, la madre de Stevie recorrió multitud de clínicas en busca de una cura para la ceguera de su hijo. Una cura que, lamentablemente, todos le dijeron que era imposible. Stevie fue creciendo y descubriendo que, a falta del sentido de la vista, podía usar el del oído para entender casi todo lo que ocurría a su alrededor. Cuando cumplió seis años, su infancia era ya casi tan normal como la de cualquier otro chaval de su edad. Quizás entonces, paralelamente a sus otras habilidades auditivas, se empezó a desarrollar su espectacular talento musical

Una de las ocupaciones favoritas de Stevie era escuchar la radio. Allí conoció la música de gente como Johnny Ace, tal vez su primer ídolo. También le encantaba el grupo The Staple Singers, y en general el góspel, el R&B y el primitivo soul. Un pariente le regaló una armónica, y pronto aprendió a tocarla. Tal como iba dominando el instrumento, se iba sintiendo cada vez más fascinado por el blues. Su sentido del ritmo, gracias a sus habilidades auditivas, le llevó también a tocar una batería, también regalada por otro pariente, con maestría. Su tercer instrumento, el piano, lo conoció en casa de unos vecinos.

Apenas tocando las teclas, haciéndolas sonar y aprendiendo un puñado de canciones infantiles, poco a poco consiguió tocar casi cualquier pieza que escuchaba, dentro de unas limitaciones lógicas. Limitaciones que se evaporaron cuando sus vecinos se mudaron y, ante el problema de su traslado, acabaron regalando su piano a Stevie. Todo ello mientras atendía a la escuela, siendo además un buen estudiante. Su afición por la música le llevó a tocar en casa y en fiestas familiares, pero pronto su talento resultó ser demasiado grande como para encerrarlo en un entorno tan reducido. Primero formó un dúo con un amigo llamado John Glover, con quien cantaba canciones de artistas de color como Marvin Gaye o Smokey Robinson, dos jóvenes veinteañeros que grababan para una compañía local de reciente fundación llamada Motown. 

En cualquier carrera musical de gran nivel hay siempre un componente de suerte, complemento sin el cual muchos grandes talentos seguramente se han quedado en el camino. En el caso de Stevie su momento afortunado aconteció cuando su música llegó a los oídos de Gerald White. Este se convirtió rápidamente en un entusiasta seguidor de Stevie and John, que así se llamaba el dúo. Gerald era hermano de Ronnie White, miembro fundador de The Miracles, el grupo en el que estaba también el antes mencionado Smokey Robinson y uno de los primeros triunfos de Motown.

Gerald convenció a su hermano para que escuchara a Stevie, quedando Ronnie igualmente impresionado. Ambos consiguieron que el joven prodigio tuviese una audición para nada menos que el fundador de Motown, Berry Gordy. En esa prueba, según cuentan, estaba Brian Holland, uno de los autores de más prestigio de la casa; algunas de las componentes de las Supremes; el productor Clarence Paul; cazatalentos de Motown y tal vez, aunque hay expertos que afirman que fue avisado tras la audición, el propio Gordy. El caso es que todo el mundo quedó atónito ante el talento del pequeño Stevie, que no solo interpretó varias versiones, tocando diversos instrumentos a la perfección, sino que también hizo lo propio con una canción compuesta por él mismo.

La personalidad del niño, que apenas tenía once años, también fascinó a los presentes. Finalmente Motown le presentó a su madre un contrato, que tuvo que firmar ella debido a que Stevie era menor de edad. Ese contrato le ligaba al sello en todos los aspectos: sería la propia Motown la que llevaría los asuntos económicos del joven genio, que no tendría acceso al dinero que supuestamente iba a generar hasta que cumpliera 21 años. Eso sí, el sello se encargaría de la educación de su joven fichaje, y además le pasaría a la familia una cantidad semanal para sus gastos. Esta cláusula sería en el futuro uno de los caballos de batalla de Stevie, un acicate que finalmente llevaría a una de las explosiones creativas más importantes e interesantes de la primera mitad de los años 70, y me atrevo a decir que de toda la historia de la música popular. De aquella audición el pequeño Stevie salió, además, con el que sería su primer nombre artístico: Little Stevie Wonder. 

En aquellos primeros años, bajo la tutela de Clarence Paul, Stevie Wonder aprendió los entresijos del negocio musical y con solo once años grabó sus primeros discos. Principalmente eran versiones – grabó un álbum entero con canciones de Ray Charles – o temas instrumentales compuestos por Paul, en algunos casos con aportaciones de Stevie. Ninguno de esos discos tuvo gran repercusión inicialmente, aunque uno de aquellos instrumentales, Fingertips, acabó siendo su primer gran éxito un par de años después. Antes, sin embargo, Stevie Wonder conoció también  el mundo de las giras al ser embarcado en la famosa Motortown Revue, una multitudinaria gira que llevaba a las estrellas de Motown por todo el país, actuando en los locales donde les estaba permitido hacerlo en un momento en el que la segregación, lamentablemente, todavía funcionaba en muchos lugares.

Dada su edad, que no le permitía trabajar pasadas ciertas horas, solía ser el pequeño Stevie Wonder el que abría las veladas. El público, aunque iba a ver a las figuras, quedaba entusiasmado con las grandes actuaciones de Stevie, que acababan alargándose más de lo previsto. En Motown, viendo las reacciones de la gente y tras dos discos que pasaron casi desapercibidos, decidieron intentar lanzar a Little Stevie Wonder con un disco en directo. Grabaron varias de sus magistrales interpretaciones y las recopilaron en un disco llamado Recorder Live: The 12 Years Old Genius. Una de esas interpretaciones era la del instrumental Fingertips, que en directo Stevie Wonder alargaba y aderezaba con llamamientos al público, al estilo call-and-response de sus ídolos del góspel y del propio Ray Charles.

Stevie improvisaba, hablaba con la gente, se dirigía a sus músicos y estos intentaban seguir sus imprevistos movimientos. Por cierto, en esa banda tocaba la batería Marvin Gaye. Todo ello quedó bien reflejado en la versión que se grabó para el disco, versión que se alargaba más allá de los seis minutos. Lanzada como single con la parte instrumental en la cara A y la parte vocal de Stevie en la cara B, fue precisamente esta canción, la que inicialmente ocupaba la cara B (Fingertips pt. 2), la que lanzó a Little Stevie Wonder al estrellato y le valió a Motown su segundo número 1 en las listas generales, tras el Please Mr. Postman de The Marvelettes. Con 13 años Stevie se ganó la admiración del público, de sus compañeros de sello, y también el derecho a que el ‘Little’ fuera eliminado de su nombre: tras unos meses y un par de singles, a partir de 1964 sería simplemente Stevie Wonder. 

Todo no fue, sin embargo, un camino de rosas. Hacia principios de 1965 Motown no había conseguido que Stevie Wonder tuviera ningún otro éxito de un nivel similar al de Fingertips. Algunos, dentro del sello, empezaron a pensar en cancelar su contrato. Además, la voz del cantante estaba cambiando, se hacía más grave y parecía que no podría ser vendido por mucho más tiempo como un genio juvenil. Por suerte, la primera mujer en tener un cargo relevante en Motown, Sylvia Moy, veía un potencial en Stevie que todavía tenía que explotar y convenció a Gordy para le diera más oportunidades. Sylvia escribió junto a Stevie Wonder el tema Uptight (everything’s alright). La canción fue otro gran éxito, llegando al número 1 en las listas de R&B, al 3 en las de pop y entrando incluso en las listas británicas. No solo eso, sino que además le valió a Stevie sus primeras nominaciones a los Grammy. Solo tenía 16 años. 

Siguieron, de nuevo, un par de años en los que lo más reseñable de la carrera del adolescente Stevie fue una versión del Blowin’ in the wind, de Bob Dylan, y su participación en la composición de The tears of a clown, número 1 en todas las listas británicas y estadounidenses y uno de los éxitos más conocidos de Smokey Robinson junto a The Miracles. En 1968, tras grabar un extraño álbum de jazz titulado Eivets Rednow (Stevie Wonder al revés), consiguió enlazar, con ayuda de Sylvia Moy y otros compositores de la casa, sobre todo Henry Cosby, varias canciones de éxito. Entre las más conocidas de esa etapa están I was made to love her o My cherie amour, aunque quizás la más exitosa fue una versión de un tema compuesto varios años antes por otros autores a encargo de Motown, una canción que, sin embargo, Stevie Wonder hizo suya como si la hubiese compuesto él mismo, convirtiéndose en una de las más recordadas de sus primeros años: For once in my life. Stevie Wonder iba, poco a poco, apuntalando su carrera y acercándose a la mayoría de edad, el momento en el que tendría la oportunidad de recuperar el control de su obra y su economía. 

En 1970, al cumplir los 20 años, parecía como si se hubiese desatado un incendio en el interior del todavía joven pero ya muy experimentado Stevie. En pocos meses Stevie Wonder tomó varias decisiones importantes: se casó con Syreeta Wright, una compositora que también había trabajado en Motown pero como secretaria; decidió dar más importancia al sintetizador en su música, explorando nuevas posibilidades; se propuso que sus canciones tuvieran un mayor calado social, impresionado por los movimientos por los Derechos Sociales y contra la Guerra de Vietnam, y finalmente tomó la decisión de dejar expirar su contrato con Motown, que finalizaba cuando cumpliera los 21 años, para asumir él mismo todas las decisiones relacionadas con su obra futura.

El primer disco en el que Stevie Wonder se encargó de todo, desde la composición de las canciones hasta la producción, aunque todavía estaba bajo las condiciones de su primer contrato, fue Where I’m Coming From (1971), un disco que tuvo la mala fortuna de competir en espacio y temática con el legendario What’s Goin’ On de Marvin Gaye. La crítica ensalzó este y pasó por alto el de Stevie, aunque en realidad era un muy buen disco. Pero lo mejor estaba por venir. Stevie renegoció su contrato con Motown con unas condiciones mucho mejores, y finalmente pudo concentrarse, por fin, en la parte creativa de su carrera.

Si Where I’m Coming From fue un primer intento, una prueba de lo que Stevie podría llegar a hacer con pleno control sobre su obra, la confirmación llegó con dos enormes discos publicados en 1972. Primero, en el mes de marzo, lanzó Music of my Mind, un álbum con canciones más largas de lo habitual, hilvanadas y unidas por una temática común, que aunque no contiene ninguno de los éxitos más conocidos de su carrera (quizás Superwoman) sí que hizo que la crítica empezase a replantearse sus dudas iniciales sobre las nuevas pretensiones artísticas de Stevie Wonder. Luego, a finales de año, llegó Talking Book, su mayor éxito hasta entonces, el disco que le valió su primer Grammy. Aquel álbum contaba con dos grandes canciones abriendo sus dos caras, dos temas de estilo diferente que mostraban la versatilidad de Stevie Wonder para moverse entre géneros. La cara A arrancaba con la melódica y dulce You are the sunshine of my life, mientras que la B lo hacía con la canción que acabó de hermanar para siempre la música negra y el rock, si es que para alguien todavía no lo estaban: Superstition.

A partir de entonces Stevie Wonder atravesó un estado de gracia que, unido al sonido que patentó junto con sus productores Cecil y Margouleff, le llevó a ser uno de los artistas de más éxito en la primera mitad de los 70. Su siguiente trabajo, Innervisions (1973), le encumbró todavía más, proporcionándole otro Grammy con canciones como Higher ground, Living for the city o All in love is fair. Un disco que, además, no estaba exento de crítica social. En ese sentido destaca, sobre todo, He’s misstra know-it-all, dedicada con toda la mala leche posible a Richard Nixon.

Stevie Wonder iba lanzado hacia la cumbre de la música soul de los primeros 70, igualando o superando a grandes como Marvin Gaye, Aretha Franklin, Al Green, Curtis Mayfield o Isaac Hayes. Un camino meteórico que ni siquiera pudo parar el grave accidente de coche que sufrió en el verano de 1973, tras el que estuvo varios días en coma y perdió el sentido del olfato y casi el del gusto. Pero nada podía detener a Stevie Wonder, que meses después estaba de nuevo girando y grabando. Su siguiente disco, Fulfillingness’ First Finale (1974), le supuso nuevamente otros premios Grammy, incluyendo el reservado para el álbum del año. Sus tres últimos discos lo habían ganado, siendo el primer artista en conseguir tal hazaña. Tanto es así que cuando Paul Simon lo ganó en 1976 por su disco de 1975, Still Crazy After All These Years, su agradecimiento fue para Stevie Wonder por «no haber publicado ningún disco este año«. Efectivamente, 1975 fue el primer año prácticamente en una década en la que no hubo disco nuevo de Stevie Wonder, quien al parecer se reservaba para lo que muchos consideramos su obra magna, publicada finalmente en 1976: el doble álbum Songs in the Key of Life

Concebido como un álbum doble con el añadido de un EP extra, Songs in the Key of Life podía resultar un hueso difícil de roer. Sin embargo la recepción del público fue espectacular, aupando al disco al número 1 desde el mismo momento de su publicación y convirtiéndolo en el más vendido de su carrera. Con el tiempo, también la crítica se rindió a la grandiosidad de un disco que, junto a joyas comerciales como Sir Duke (dedicada a Duke Ellington), I wish, la sampleada Pastime paradise o Isn’t she lovely (celebrando el nacimiento de su hija) escondía canciones tan elaboradas y emocionantes como Love’s in need of love today o Joy inside my tears. Un disco grandioso, casi inabarcable, un compendio de estilos y una prueba de la capacidad de Stevie Wonder para crear éxitos comerciales sin renunciar a la calidad, y también piezas más sofisticadas, no tan accesibles en una primera escucha pero igualmente espléndidas.

Tras un disco así, había mucha expectación por saber cuál sería el próximo movimiento de Stevie Wonder, convertido en un gigante de la música. Sorprendentemente, su siguiente álbum no solo tardó tres años en ver la luz sino que, para decepción de muchos, era la banda sonora de un documental sobre plantas: Journey Through the Secret Life of Plants (1979). Aunque arriesgado artísticamente, con muchas piezas instrumentales, canciones más cercanas al ambient que al soul al que nos tenía acostumbrados, profusa utilización de sintetizadores y grabación digital (el segundo disco de la historia, tras uno de Ry Cooder, por un par de meses), en algunos países como España fue todo un éxito llegando a obtener el Disco de Platino. Fue entonces cuando, para muchos, se empezaron a torcer las cosas. Bueno, en realidad para Stevie Wonder fue cuando empezaron a ir casi mejor que nunca. 

Los 80 fueron, a pesar de todo lo dicho anteriormente, la mejor época en lo comercial para Stevie Wonder, su definitiva entronización como estrella mundial y transversal. Lo consiguió, sin embargo, con su música más inofensiva y menos arriesgada. Hotter Than July (1980) fue el primer álbum en conseguir el Disco de Platino en los Estados Unidos. Incluía una canción reggae de gran éxito llamada Master blaster, así como una de las edulcoradas baladas que le encumbraron en los 80, Lately. Le siguió un recopilatorio que aprovechó para lanzar algunas canciones nuevas, entre ellas otra balada muy similar llamada Ribbon in the sky, y posteriormente la famosa banda sonora de la película La Mujer de Rojo, que le valió conseguir el Oscar por I just called to say I love you.

A partir de ahí Stevie Wonder se convirtió en un icono musical para lo bueno y lo malo, resultando encasillado durante toda la década en la confección de baladas del estilo de las mencionadas, formando parte de proyectos benéficos o de duetos con las grandes estrellas del momento. Temas como Ebony and Ivory (con McCartney), las benéficas y archiconocidas We are the world y That’s why friends are for, It’s you (con Dionne Warwick), Overjoyed o Part-time lover ayudaron a cimentar su leyenda pero también crearon un cliché que, lamentablemente, parecía eclipsar casi toda su obra anterior.

Prácticamente por inercia, en la segunda mitad de los 80 todavía consiguió algunos números en las listas de R&B, pero nada similar a lo conseguido en sus mejores años. Como en tantos otros casos, Stevie Wonder se había convertido en una leyenda que trascendía lo musical, de forma que abundaban los que ni siquiera se molestaron en escuchar sus trabajos en los 90, donde se puede encontrar algún tema muy recomendable pero de menor nivel, y también los que jamás se interesaron por saber lo que hizo antes de su Oscar por I just called to say I love you, de su We are the world, de sus dulzonas baladas, sus no menos edulcorados duetos y su aparición en nuestras pantallas para advertirnos: «si bebes, no conduzcas«. 

Stevie Wonder sigue vivo, y no es tan mayor como la gente cree. Aunque empezó a la vez que los Beatles o los Stones, tiene siete años menos que Paul McCartney, Mick Jagger o Keith Richards. De hecho Stevie Wonder tiene una edad y una ubicación temporal indefinida, como las leyendas vivas, y no tengo ni idea de lo que la gente joven pensará de él. ¿Se acordará alguien menor de 50 años de aquellas baladas de los 80, del «si bebes no conduzcas», del We are the world, más allá de la mueca despectiva o la risa floja? ¿Seguirá alguien diciendo efestiviwonder? ¿Sabrá alguien que tiene un Oscar por una de las peores canciones (de hecho ni siquiera es la mejor de aquella banda sonora) que jamás escribió? Y cuando suene Superstition en la radio, ¿sabrá alguien que se trata del mismo artista? Finalmente, cuando Stevie Wonder desaparezca, esperamos que sea dentro de muchos años, ¿nos acordaremos solo de su planetario éxito de los 80, o recordaremos también que durante la primera mitad de los 70 creó un puñado de los mejores discos de soul de la historia?

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