Édouard Louis, la literatura que da voz a “los de abajo”

Fotografía de cabecera por Silvana Sergio

Emma Rodríguez © 2019 /

Para las clases dominantes la política es a menudo una cuestión estética: una manera de pensarse, una manera de ver el mundo, de construirse como individuos. Para nosotros era vivir o morir”. Quien lo escribe es el escritor francés Édouard Louis en su novela Quién mató a mi padre, un libro breve, airado y demoledor, en el que el autor se vale de la narración testimonial para dar voz a los menos favorecidos, para poner delante de los ojos de sus lectores los crueles efectos de las actuales políticas neoliberales sobre las vidas de las personas. 

Las desigualdades, la precariedad, la lucha entablada entre los de arriba y los de abajo, que se está convirtiendo en uno de los principales ejes para explicar el siglo XXI, entran en las páginas de este libro. Louis no utiliza esta terminología, le basta con contar una historia, la historia de su padre. Un relato vivido en primera persona a través del que consigue que comprendamos, de manera sencilla y directa, qué sienten y qué pulsiones mueven a los dejados de lado por el sistema. Esta obra que no llega a las cien páginas contiene muchas de las respuestas que están buscando desde hace tiempo pensadores, sociólogos y politólogos para explicar qué está sucediendo, cómo es posible que tantas gentes, en tantos lugares del mundo, estén dando su apoyo a movimientos de ultraderecha que atentan contra los valores más básicos de la Democracia. 

La desesperación, la humillación, la condena a permanecer en los márgenes, sin posibilidades de futuro, de trabajo, de dignidad, son razones poderosas. Son motivos que llevan a desconfiar de las instituciones que no dudan en abandonar a tantos a su suerte. Son, en gran parte, la causa de que se deposite la fe en líderes que prometen cambiar el rumbo, que ofrecen mejoras y protección, al tiempo que fomentan el discurso del odio contra los que vienen de fuera, a los que se acusa de acaparar trabajos y ayudas. La intención de Louis no es la de ofrecer diagnósticos. Él se vale de la literatura y, una vez más, podemos utilizar el argumento de que la mirada literaria es capaz de iluminar zonas opacas, oscuras, de la realidad, llevándonos, por medio de la emoción, de la identificación con los otros, a entender sentimientos y comportamientos que no es posible vislumbrar a través del mero análisis político o histórico.

Las desigualdades, la precariedad, la lucha entablada entre los de arriba y los de abajo, que se está convirtiendo en uno de los principales ejes para explicar el siglo XXI, entran en las páginas de «Quién mató a mi padre», un libro breve, airado, demoledor.

Considerado como uno de los autores prodigio de las actuales letras francesas, admirado por unos y denostado por otros que lo tachan de exhibicionista, de explotar en exceso sus vivencias biográficas, Édouard Louis (Hallencourt, Somme, 1992) puede gustar más o menos, pero de lo que no cabe duda es de que nos ofrece una voz y una manera de contar diferentes. Sus tres novelas hasta el momento, publicadas en castellano por Salamandra, han conformado un territorio propio, coherente, cuyos pilares son los turbios fondos de un presente resbaladizo. Su perspectiva, la atalaya desde la que mira, no es la de los altos edificios del poder, sino la de los escenarios de la derrota, de la intemperie. A partir de su vida y la de su familia, de su conocimiento y visión de la periferia, de la existencia fuera de las grandes ciudades, el autor ha ido levantando una obra que visibiliza y sirve de altavoz a los marginados, que afronta con valentía temas como la violencia, la homofobia, la miseria de amplios sectores de la sociedad.

Por todo esto me parece un escritor interesante. Louis no es de los que sostienen que la obra de creación artística debe mantenerse alejada de las agitaciones del presente, postura igualmente respetable. Lejos de molestarme su posicionamiento político, lo agradezco. Nada de sutilezas, él va directo al grano. No cuesta identificar actitudes ni referencias al ahora, él las nombra. Quién mató a mi padre no es una novela policiaca, aunque su título pueda parecerlo. Es un largo monólogo o un diálogo en el que uno de los interlocutores permanece en silencio; una especie de carta. Y junto a los protagonistas, básicamente dos, el hijo y su padre enfermo, a quien se dirige, se encuentran personajes públicos tan conocidos como los ex presidentes franceses Chirac, Sarkozy, Hollande y el actual Emmanuel Macron, a quienes también acompañan ex ministros como Manuel Valls, Myriam El Khomri o Xavier Bertrand.

Todos ellos han tomado decisiones que afectan a la vida de las personas, que las empobrecen, las achican, las recortan y pueden llegar a destruirlas. En la novela, la historia del padre del protagonista es una demostración de lo que pueden provocar los cambios de leyes, los recortes sociales. Ha sufrido un accidente en el trabajo que le destroza la espalda y le impide seguir trabajando y, a partir de ahí todo va cuesta abajo. La última parte de la novela es una enumeración de fechas (de 2006 a 2017) y de sucesivas medidas políticas que van arruinando la vida de este hombre. Es uno más, forma parte de los miles de perjudicados de la crisis económica, de las políticas europeas de ajuste, pero, en este caso, es el padre de alguien a quien sí le importa lo que le pasa. Es el protagonista de esta novela.

En 2009, el gobierno de Nicolas Sarkozy y su cómplice Martin Hirsch sustituyen el RMI, una renta mínima que el Estado francés concede a las personas sin trabajo, por el RSA. Tú cobrabas el RMI desde que habías tenido que dejar de trabajar. Y el paso del RMI al RSA pretendía “favorecer la vuelta al empleo”, como decía el gobierno. Pero la realidad fue que a partir de entonces el Estado empezó a hostigarte para que volvieras a trabajar, a pesar de tu salud deplorable, a pesar de lo que te habían hecho en la fábrica. Si no aceptabas el trabajo que te proponían, o más bien que te imponían, perderías tu derecho a las ayudas sociales (…) Al cabo de cierto tiempo te viste obligado a aceptar un trabajo de barrendero en otra ciudad, por setecientos euros al mes, y pasarte el día inclinado recogiendo la basura de los demás, inclinado a pesar de tu espalda arruinada. Nicolas Sarkozy y Martin Hirsch seguían destrozándote la espalda. / Tú eras consciente de que, para ti, la política era una cuestión de vida o muerte”. 

La novela de Édouard Louis demuestra que Chirac, Sarkozy, Hollande, Macron, han tomado decisiones que afectan a la vida de las personas, que las empobrecen, las achican, las recortan y pueden llegar a destruirlas.

Este párrafo resulta demoledor. Y hay otros, igualmente crudos, en los que va desgranando medidas devastadoras, declaraciones despreciables de gobernantes como Macron, quien ha llegado a llamar vagos y holgazanes a los que no tienen trabajo. En su discurso-monólogo-carta el narrador se refiere a Macron del siguiente modo: “Actualiza la violenta frontera entre los que van con traje y los que van con camiseta, los dominados y los dominantes, los que tienen dinero y los que no, los que lo tienen todo y los que no tienen nada. Este tipo de humillación por parte de los poderosos te hace doblar aún más el espinazo”.

La última fecha que se anota en el libro es agosto de 2017, cuando el gobierno de Emmanuel Macron “retiene cinco euros al mes de las ayudas sociales que permiten a los más pobres de Francia alojarse, pagar un alquiler”, mientras “anuncia una bajada de impuestos a las personas más ricas del país”. “Cree que los pobres son demasiado ricos, que los ricos no son lo bastante ricos…”, vamos leyendo. Aún no habían aparecido en escena los Chalecos Amarillos, pero ya se palpa la desesperación, el malestar social en la novela. Louis es capaz de apresarlo, de narrarlo. Desde su posición de escritor planta a cara a los resortes que mueven el mundo. No puedo evitar pensar en un ensayo del que he escrito en otro artículo de “Lecturas Sumergidas”: No society. El fin de la clase media occidental, del geógrafo francés Christophe Guilluy.

Ambos libros se complementan. El planteamiento de las sociedades del presente que plantea Guilluy, del abandono del “mundo de arriba” del interés común; del territorio de las periferias, alejado del empleo y las riquezas, adscrito a los emergentes populismos, se enriquece con la ficción, capaz de dotar de luz y proximidad al análisis. Muchas veces el relato de una historia pequeña, mínima, puede trascender de tal modo que nos lleve a entender la deriva de toda una colectividad.

El padre de la novela de Louis es una víctima más, pero, ¿es posible no cuestionarse los principios que mueven el neoliberalismo y las sociedades de la desigualdad al conocer su historia? En los medios de comunicación se elude hablar, para no alarmar a las poblaciones, de las cifras de suicidios de gente que ha sido desahuciada tras perder sus trabajos y no poder pagar el precio de sus viviendas. Los accidentes laborales están a la orden del día, a consecuencia de las malas condiciones en que se desarrollan los trabajos o debido a la rebaja de presupuestos en lo que afecta a la seguridad. Puede que a muchos lectores les  aburra escuchar hablar de estos temas y busquen simplemente evasión en la literatura.

Si estáis en ese grupo, Édouard Louis no es vuestro autor. He leído críticas en las que se le acusa de echar la culpa de todos sus males a los políticos. Y no puedo estar más en desacuerdo. Lo que plantea está ahí, ante nuestros ojos, no se lo inventa. Sus males son los males de muchos, cada vez de más personas, de más colectivos, como señala Christophe Guilluy, quien nos dice: “Después de los obreros, los empleados y los campesinos, hoy son las profesiones intermedias y los jubilados los que sufren los efectos negativos de la globalización”.

He empezado hablando de la segunda parte de la novela, pero Quién mató a mi padre es, sobre todo el relato de una reconciliación. El narrador, que, debido a su homosexualidad, ha sufrido la crueldad de su padre, se pone en la piel de este para intentar comprender su vida, su derrota, recuperando escenas y recuerdos de la vida en común, momentos de alegría, de calamidad, de revelación. 

Édouard Louis nos regala el relato de una aproximación, de una búsqueda. El hijo quiere encontrar respuestas a la dureza y los silencios de su padre e intenta reconstruir su vida con las pocas piezas del puzzle de las que dispone. Su padre está en lo que él recuerda, en capítulos, más o menos diáfanos, del tiempo que compartió con él antes de huir del pueblo y marcharse a París a estudiar, a fraguarse su propia vida, un destino diferente al de sus antecesores. Pero también es lo que fue antes, una historia desarrollada a partir de una infancia llena de pobreza, abandono y violencia. Etapa que marcará de forma irremediable su camino. 

Édouard Louis nos regala el relato de una reconciliación, de una aproximación, de una búsqueda. El hijo de la novela quiere encontrar respuestas a la dureza y los silencios de su padre e intenta reconstruir su vida con las pocas piezas del puzzle de las que dispone.

El concepto de la masculinidad, de la falsa armadura de la masculinidad, es importante en la narración, porque define una manera de posicionarse en el mundo. La masculinidad mal entendida se impone como una coraza que con su fuerza oculta las debilidades. La masculinidad mal entendida demoniza la fragilidad, las lágrimas, la sensibilidad de quienes no obran según determinados postulados, imágenes y rigideces. La masculinidad castiga, y al mismo tiempo se siente cuestionada, por quienes eligen otro tipo de vida y de sexualidad. “La masculinidad –no comportarse como una tía, no ser un maricón– significaba dejar la escuela lo antes posible para demostrarles tu fortaleza a los demás, para mostrar tu insumisión lo antes posible…”, vamos leyendo.

La identidad y el fracaso son otros temas relevantes en esta novela que avanza desde el desconocimiento hasta la comprensión. Algunas páginas son altamente emotivas, pese al estilo distante que adopta el narrador. Pero la lectura de Quién mató a mi padre se queda incompleta, a mi parecer, sin conocer su antecedente, Para acabar con Eddy Bellegueule, la obra con la que se dio a conocer Édouard Louis. Fue publicada en España en 2014 y se convirtió en todo un fenómeno en Francia, porque en ella se retratan los ambientes de los que estaban surgiendo los votantes de Marine Le Pen. Cuando la leí, ante su potencia, no dudé en calificarla como una especie de puñetazo literario. Un puñetazo que ahora se completa con esta nueva entrega.

En medio de ambas, el autor escribió Historia de la violencia, la narración, también biográfica, de una violación, que le conduce a explorar los mundos de la exclusión, los fondos de la violencia. Pero vayamos a su ópera prima, donde narraba el desprecio de sus padres y de su entorno por su condición de homosexual. Ahí está la antesala de lo que ahora ha escrito. De hecho, alude a ella en distintas ocasiones. El rechazo que experimentó el autor en la región de Picardía, donde creció, le sirve para retratar los focos crecientes de violencia y xenofobia en una parte de Francia cada vez más marginada. En su momento su libro nos permitió conocer la parte menos bonita y privilegiada del país galo. Tras leerlo le envié al escritor un cuestionario [Édouard Louis forma parte de un reportaje de Lecturas Sumergidas sobre autores que comenzaban su andadura, sobre primeras novelas.]

¿Hasta qué punto en esta novela fuiste consciente de dar la palabra a los que nunca son escuchados, a los marginados, a los humillados?, era la primera pregunta. Y he aquí la respuesta: “Mis libros son hijos de la ausencia. Cuando empecé a interesarme por los libros, a descubrir la literatura –bastante tarde, ya que en mi familia no se leía, la lectura se consideraba un signo de pereza o de feminidad para un chico-, lo que me llamaba la atención era no encontrar el mundo de mi infancia, ese mundo de pobreza, de miseria extrema, incluso en los autores a los que más admiraba. Como mucho descubría libros que hablaban del mundo obrero, pero ése no era el mundo de mi infancia: de pequeño mi madre decía que los obreros eran burgueses, ya que cobraban su salario todos los meses, mientras que mi familia sobrevivía gracias a las ayudas sociales. Éramos lo que Marx denominó el lumpenproletariado. Albergábamos mucho resentimiento contra los obreros. Por ello he querido dar voz a ese mundo invisible. Cuando hablo de “dar la palabra”, creo que “palabra” es algo importante. En “Acabar con Eddy Bellegueule” he plasmado el lenguaje de ese mundo”. 

«Para acabar con Eddy Bellegueule» la obra con la que se dio a conocer el autor, fue todo un fenómeno en Francia, porque en ella se retratan los ambientes de los que estaban surgiendo los votantes de Marine Le Pen.

También me contaba el autor que una de sus motivaciones consistía en narrar la violencia profunda, subterránea, invisible, tan difícil de ver y germen de tantos conflictos. Y que la literatura para él era proponer otras maneras de ver. Ahí sigue, proponiendo lecturas que cuestionan el discurso oficial, miradas sobre los trozos de realidad que afean los marcos impuestos, levantando una obra que se alimenta de lo vivido, de la propia biografía. La literatura del yo, tan puesta en cuestión por determinados sectores de la crítica, posiblemente utilizada en exceso, es la fuente de la que bebe este joven escritor, forjado en la era de las redes sociales y de la inmediatez, pero también en el pensamiento de autores como Pierre Bourdieu, destacado sociólogo que analizó las desigualdades sociales en el sistema educativo. Louis, que estudió Historia y Sociología, coordinó un libro que reunía algunos de sus ensayos. 

¿Es verdad todo lo que nos cuenta? ¿Ha sufrido tanto, ha padecido tantas calamidades Édouard Louis? ¿Acaso importa? ¿No es cierto que la memoria engrandece, distorsiona, la realidad? ¿No es la ficción el arte de ahondar, de alterar las propias vivencias para dotarlas de cierta luz o trascendencia? Todas estas preguntas acuden a mí cuando repaso la obra de Louis. En su caso, el yo, más que un juego egocéntrico, es su puente con los otros, su manera de contar lo que sucede fuera, en los márgenes. En su constante sensación de ser diferente está la herida de la que parte para enfrentarse al mundo. En la miseria y la exclusión que observó desde muy niño, está el impulso de una literatura que no solo retrata sino que planta batalla al presente. Si de algo no cabe duda es de su impacto, de su capacidad para hacernos sentir el puñetazo.

“Quién mató a mi padre”, de Édouard Louis, ha sido publicado por la editorial Salamandra. La traducción ha corrido a cargo de Xavier Dolan.


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