Rumbos a Ítaca: Serrat, Llach, Machado, Homero, Kavafis…

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Por Fidel Oltra © 2018 / Nací y crecí en un pueblo pequeño, rodeado de campos, y desde muy pequeño me fascinaron las carreteras cuyo origen y destino me eran desconocidos, los caminos que se desvanecían entre los naranjos. Me gustaba subirme en la bicicleta y perderme por ellos, aunque alguna vez me costara algún disgusto con mis padres. Luego, cuando ya empecé a conducir y tuve mi propio coche, descubrí el placer de cambiar de trayecto cuando iba o volvía de mis diferentes trabajos, incluso optando a veces por el camino más largo. Todavía hoy lo sigo haciendo, a pesar de que ahora trabajo a escasos kilómetros de casa y no dispongo de muchas alternativas. Incluso así me sigue seduciendo la idea de volver por un camino distinto al usado en la ida, lo disfruto de una manera casi infantil a pesar de haber recorrido centenares de veces ambas rutas. El camino, ese era el concepto que me atraía ya desde aquellas correrías en bicicleta, aunque quizás no lo supe hasta mucho después. Es algo que uno descubre con la edad, al desprenderse de esa urgencia inherente a la juventud: lo importante, lo que de verdad da sentido a la vida, no es la meta sino el camino. Al fin y al cabo, como dijo Jorge Manrique en las Coplas que escribió con motivo de la muerte de su padre, “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir“. Con tan triste meta, no estaría de más que aprendiéramos a disfrutar del camino. Como el viajero de la canción de Alan Parsons y Eric Woolfson, Days are numbers, al que no le importa que el camino que escoge no lleve a ningún sitio.

The traveler is always leaving town
He never has the time to turn around
And if the road he’s taken isn’t leading anywhere
He seems to be completely unaware

 

(El viajero siempre está abandonando la ciudad
nunca tiene tiempo para darse la vuelta
Y si el camino que ha tomado no lleva a ninguna parte
parece no darse cuenta)

 

(Canción: Days are numbers de Alan Parsons Project)

 

Mucho se ha escrito, y se ha cantado, sobre la atracción que sentimos, sobre todo los que crecimos en un entorno rural, por los caminos. Quizás el poeta que más atención dedicó a esa idea fue Don Antonio Machado. En sus poemas encontramos múltiples referencias a los caminos, tanto reales como metafóricos. Es conocido que a Machado le encantaba andar, transitar esas sendas que le llevaban entre árboles y páramos, bordeando el Duero o sus alrededores. O el Guadalquivir, como en los largos paseos que eran casi su única distracción durante su vida en Baeza, donde se instaló a la muerte de su amada Leonor ante la imposibilidad de encontrar un destino en Madrid. En su poema Caminos, escrito en aquella época, nos dice:

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

(Antonio Machado)

 

Antonio Machado en una de sus últimas fotografías

También la idea de la vida como camino está presente en la obra de Machado. En la línea de Jorge Manrique y otros autores anteriores, el poeta nos revela el sentido de la vida como un viaje del que ya sabemos el destino cierto, de manera que lo único que nos queda es disfrutar del camino. El viajero es alguien que vive plenamente, al que no le importa en realidad a donde le lleva su viaje, sino el viaje en sí mismo. Alguien que vive el presente, que no piensa demasiado en el mañana y que disfruta de cada minuto, de cada kilómetro. Sin perder el tiempo, ya que si solo vivimos esperando llegar a nuestro destino, entonces será demasiado tarde porque no hay vuelta atrás. La vida es una ruta con múltiples direcciones, donde a cada momento nos encontramos con bifurcaciones de las que tenemos que escoger la más apropiada, pero de un solo sentido. Vivamos, caminemos y disfrutemos del camino, no debamos arrepentirnos más adelante.

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¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!

(Antonio Machado)

 

Y, claro, está aquello de “Caminante no hay camino” que escribió en Proverbios y Cantares. Se hace camino al andar, nos dice el poeta. Si no andamos, si nos recogemos en nuestra propia inacción, la vida pierde sus bifurcaciones, vemos como desaparecen sus carreteras secundarias, y así nuestro tránsito por este mundo se convierte en una línea recta hacia el inevitable final, un camino tiránico sobre el que no tendremos ninguna autoridad ni capacidad de decisión.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Antonio Machado)

 

No ocurre en demasiadas ocasiones que se descubra buena literatura a partir de una canción o un disco, pero creo que no me equivoco si pienso que mucha gente descubrió a Antonio Machado, o al menos volvió su atención hacia su obra, a partir del disco que Joan Manuel Serrat publicó en 1969. Aunque en Dedicado a Don Antonio Machado, Poeta no encontramos una recreación exacta de sus poesías sino adaptaciones hechas por Serrat, lo cierto es que contribuyó, sin duda a alguna, a divulgar la obra de Machado y hacerla accesible a todas las generaciones, pues gente de todas las edades compró y escuchó el disco. Si muchos nos aprendimos de memoria La saeta, y si Caminante no hay camino caló en la cultura popular de los 70, fue desde luego gracias a Serrat. En su disco encontramos también la canción He andado muchos caminos, basada en la poesía de Machado en la que utiliza el camino en su acepción de trayectoria vital, de mirada atrás hacia la vida ya transcurrida. En Cantares Serrat combina la poesía de Machado, que abre la canción, con las estrofas escritas por él mismo que la cierran. En un acto de valentía, no olvidemos que en 1969 todavía estaba vigente la dictadura que obligó al poeta a exiliarse, añade a las palabras de Machado las suyas propias como homenaje, reconocimiento y reivindicación:

Murió el poeta lejos del hogar
Le cubre el polvo de un país vecino
Al alejarse le vieron llorar
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar”

(“Cantares”, Joan Manuel Serrat, 1969)

 

Ulises / Odiseo, el héroe de Homero, vivió mil peripecias en su largo viaje desde que salió de Ítaca rumbo a la guerra de Troya. Aunque lo aparentemente importante era el destino, la ansiada vuelta a su hogar (más ansiada por su familia y sus súbditos, todo hay que decirlo, que por el propio héroe), lo cierto es que la mayoría de cantos que componen la Odisea se centran en el camino, en lo que le sucede a Ulises durante su larga ausencia. La vuelta a su patria es, en realidad, lo que en lenguaje cinematográfico llamaríamos un Macguffin, expresión popularizada por Alfred Hitchcock con la que se refería a los elementos de suspense que hacían avanzar la trama en sus películas, pero que finalmente se manifestaban como irrelevantes para la historia. Aunque Ítaca ha quedado como símbolo del destino que hay que alcanzar, como impulso para perseguir nuestros objetivos vitales, en realidad Ítaca es el Macguffin de nuestras vidas. El lugar al que no debería importar si llegaremos o no, pero que nos alienta a seguir adelante, haciendo camino mientras andamos. No olvidemos que Ulises, pudiendo evitar a las sirenas, no quiso hacerlo y pidió ser atado para poder escuchar su canto, viviendo así una experiencia única. Si el destino fuese lo importante, y no el camino, sería una necedad obligarse a pasar por tal tortura. Pero, como ya sabemos, no era el caso del héroe homérico.

Constantin Kavafis (Alejandría, 1863 – 1933)

El poeta griego Constantin Kavafis (Constantino Cavafis) sí que interpretó perfectamente la idea que, en mi opinión, subyace tras la historia de Ulises. En su poema dedicado a Ítaca –ese es su título–vuelve, una y otra vez, sobre esa misma idea. La palabra “camino” aparece muchas veces en el texto, mientras que “destino” solo lo hace una vez. Kavafis aconseja a quien emprenda el viaje en busca de su particular Ítaca que pida “un viaje largo” y “lleno de experiencias“, y aunque le dice: “ten a Ítaca siempre en tu mente, llegar allí es tu destino“, al mismo tiempo le desea: “no apresures nunca el viaje, mejor que dure muchos años“. Al final, las dos últimas estrofas muestran, con plena convicción, que Ítaca es la excusa para ponernos en marcha pero que, una vez lo hacemos, es el camino el que nos dará felicidad y tristeza, alegrías y penas, experiencias de todo tipo y todo aquello que, en fin, ofrece una vida plenamente vivida.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

Años después de que Kavafis publicase su poema, el humanista y escritor Carles Riba lo tradujo al catalán, igual que había traducido la Odisea de Homero. Cuando en 1975 el cantautor Lluís Llach grabó su disco Viatge a Ítaca, no cabe duda de que se inspiró en la obra de Kavafis, con la que había entrado en contacto poco antes seguramente a través de la traducción de Riba. De hecho el tema Ítaca se convierte en principal protagonista del disco, ocupando con sus más de quince minutos toda una cara del vinilo. En aquella época el disco consiguió una amplia difusión, incluso entre los no catalanohablantes, convirtiendo a la Ítaca de Homero y Kavafis en una metáfora de la búsqueda de la ansiada libertad que, por aquel entonces, todavía íbamos a tardar unos años en disfrutar enteramente. Con el tiempo el poema, y la canción de Lluís Llach, se convertirían en un símbolo de las reivindicaciones nacionalistas catalanas, pero independientemente de lo que cada uno piense de tal apropiación se trata de un hecho que no debería ocultar la infinita belleza de una canción inabarcable, que bebe de la canción de autor pero deviene sinfónica, frondosa, excelsa. Muy posiblemente, la cima creativa del cantautor catalán.

La vida, en resumen, es el camino, y el camino es la vida. Una vida que, llegado un momento, buscamos paladear lentamente, disfrutando de cada minuto y abrazando todo aquello que el camino nos va dejando, mirando atrás lo menos posible y adelante principalmente para buscar estímulos que nos ayuden a seguir la marcha. Sin prisa por llegar al destino, como aquel Tuareg nómada del desierto que, ante la burlona actitud de un occidental que se jactaba de recorrer con su vehículo en unas horas la distancia que al Tuareg le costaba semanas o incluso meses con su caravana, le respondió entre inocente y sarcástico: “Y el resto del tiempo, ¿qué haces?“.

 


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