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Nacho Goberna © 2025 /
Prefacio LSDA 2×2025 |
A una semana del final del verano en el continente europeo e inmersos en una creciente necesidad de abandonar el explosivo y ciertamente polifacético bochorno occidental, os proponemos dirigirnos por unos momentos a las tierras más australes del planeta, esos inmensos espacios nevados en los que ahora serpentean los últimos coletazos del penetrante invierno antártico.
Durante la estación del hielo en la interminable meseta blanca del otro lado del mundo conocido como Norte Global, en el extremo sur ausente de los osos blancos e iglús nativos del ártico, la nieve vuelve a acumularse en las curtidas figuras de los fascinantes pingüinos emperador. Enfrentados a aires veloces de 200 km/hora y temperaturas que rondan los 40°C bajo cero, esos resilientes animales optan, invierno tras invierno, por congregarse en extensas formaciones tortuga que les permiten, aun ante las condiciones meteorológicas más extremas del planeta, salvaguardar el calor vital de su comunidad entera y la posibilidad de un futuro para su especie. Cuerpos con cuerpos, improntas sosteniendo vidas, nuevos inviernos por venir. Naturaleza sapiens, admirables pingüinos, poderosa pachamama.
En contraste, intentamos imaginar dos hemisferios muy homo sapiens con ausencia radical de indeseables proyecciones y proyectores militaristas y nos resulta, a tenor tanto de lo leído en los libros de Historia como de lo visto en los últimos tiempos, poco menos que quimérico. Mientras todo amenaza con saltar por los aires en esta humanidad crecientemente huérfana de una mínima sapiencia, ocupada en la suicida práctica de un instinto de supervivencia dado la vuelta —llamémoslo impronta autodestructiva—, y atrapada en una densa tela de araña tejida con interminables millas de posverdad digital y analógica, mientras todo eso ocurre ahí afuera, nosotras, en nuestras frágiles semanas de aquí y ahora hemos decidido lanzar al aire memorias del pasado, del pequeño y el grande, del privado y el compartido.
Tras efímeros minutos suspendidas ante nosotras para ser revisitadas, repensadas, reaprendidas, las sombras chinescas de sucesos que transcurrieron; de épocas vividas o tal vez leídas; de sentimientos y emociones que quizás dejaron muescas en la piel de nuestros recuerdos, o en la de nuestros antepasados, todo lo recordado, como siempre hace, vuelve a caer a tierra para desvanecerse en mil ayeres hechos añicos, en miríadas de caras y cruces deshilachadas, en mil y una noches desparramadas abocadas a disolverse en la marejada de memorias ancianas y recién nacidas conformada por el total de las historias, mayúsculas o minúsculas, íntimas o colectivas, desde siempre habidas.
Quizás algún día cercano, quién sabe, esos u otros recuerdos vuelvan a ser traídos del pasado para que nos muestren sus enseñanzas, pero en esa ocasión no por nosotras, seres comunes con miedos y anhelos comunes, si no por quienes actualmente están ejerciendo su poder para enviarnos a todas y todos, y banalmente, sí, como si les importara medio bledo, como si fueran dioses caprichosos jugando al dominó con nuestras existencias, a la más profunda de las oscuridades colectivas.
Nosotras creemos que esa inabarcable Biblioteca de Alejandría personal y compartida —llámala memoria colectiva y vivencias personales, historia e Historia, la suma de todo ello— tiene la virtud de señalar con asombrosa precisión dónde acechan gran parte de los infiernos de la humanidad, o si lo prefieren, de la condición humana. Ignorar semejante conocimiento, o la negación o tergiversación del mismo, nos hará muchas cosas, nos hará desgraciados, desechables, carne de cañón, pero nunca felices… y quién sabe si ni siquiera vivos.
Buscando sostén y equilibrio en nuestras horas ásperas, recitamos en letanía: descubriste fronteras imposibles, los mapas no son perfectos, a Años luz.
Dos mares, un río y Nils |

Nils Frahm vino al mundo entre un mar abierto y otro interior. Para más detalles, ambos entornos marinos considerados poco profundos —uno menos que otro —, de aguas frías y con parte de su litoral asomado a la tierra natal del gigante Johannes Brahms. Adivina adivinanza.
Aproximadamente a 100 km. al este de las costas del Mar del Norte y otros tantos al sur de las orillas alemanas del mar coprotagonista de los episodios de los Susurros de Antártica publicados hasta ahora, del Báltico, se encuentra Hamburgo. En ella, como hizo Brahms siglo y medio atrás, nació Nils Frahm. Adivinanza resuelta. Era 1982. Saber que su padre ejerció de diseñador y fotógrafo en portadas para la prestigiosa discográfica alemana ECM Records —fundada en 1969 por Manfred Eicher—, sello reconocido mundialmente por su exquisito catálogo de música Clásica Contemporánea, Jazz y Músicas del Mundo (World Music), quizás nos hace pensar en una suerte de destino o predestinación, o quizás en absoluto, pero tal vez sí podríamos apelar al conocido “no hay puntada sin hilo”. En todo caso, nosotras preferimos recitarnos: dentro de un por qué otro por qué.
La urbe, atravesada por el río Elba y con una población actual cercana a los dos millones de habitantes, fue su compañera de niñez y juventud, tiempos aquellos en los que consta que recibió formación pianística clásica. Es cierto que podríamos decir que su ciudad de nacimiento supuso una suerte de pista de despegue para sus inquietudes musicales, pero para encontrar la capital geográfica de su efervescente producción musical a partir de 2004, de sus primeras publicaciones y posteriores desarrollos a lo largo de las dos primeras décadas del XXI, deberemos trasladarnos a 600 km. del Báltico. Permanecemos en Alemania, sí, pero más al sur, exactamente en las coordenadas 52°31′00″N 13°23′00″E.
Apuesto a que tanto la compositora danesa Agnes Obel, como la pianista y compositora polaca Hania Rani o el líder de la banda sueca Library Tapes, David Wenngren, para nosotras tres referentes de las corrientes neoclásicas y electrónicas contemporáneas, podrían resolvernos en un santiamén el enigma sobre el lugar exacto al que corresponden las citadas coordenadas, pero en aras de un fugaz suspense, mantengamos por unos segundos el misterio. Hablamos de una metrópoli bien conocida no solo por su potente peso histórico, también por su reconocida condición de escena cultural vibrante; de efervescente hervidero creativo y punto de encuentro para creadoras y creadores de todas las latitudes y, en lo que nos atañe, vinculada íntimamente con la música Clásica Contemporánea, la Música Electrónica, el Crossover y el Avant-garde sonoro.
¿Adivinaron de qué ciudad se trata? Frahm, Obel, Rani, Weengren y muchos otros músicos a lo largo de las décadas, pusieron pies en polvorosa en sus respectivos países y/o ciudades para convertir Berlín en su particular “centro del mundo”. Berlín como madriguera de creadores nativos y migrantes iniciando sus caminos; como nave nodriza de propuestas artísticas vinculadas a las vanguardias contemporáneas; como gran manitú geográfico a partir del cual proyectarse, con permiso de Buzz Lightyear, hasta el infinito y más allá, en las cuatro direcciones, a años luz.
Y fue allí y entonces, especialmente a partir de 2009 con The Bells, que comenzó a llegar la belleza a borbotones. Pretender hacer un recorrido detallado por la discografía de Nils Frahm no es nuestro objetivo. Invitar al lector a sumergirse en todas sus grabaciones a partir de un mapa del tesoro con dos X dibujadas que conducen a sus álbumes iniciáticos, y probablemente más emblemáticos, sí lo es.
La reverberación natural de una vieja iglesia berlinesa |

Tras algunas propuestas iniciáticas interesantes, Frahm publicó, llegado 2009, su primera obra totémica, uno de los discos —a nuestro juicio— más trascendentales de la música contemporánea neoclásica de la primera década del XXI. La grabación se llevó a cabo en una vieja iglesia situada en el corazón de Berlín, un lugar muy especial que, junto al también músico Peter Broderick, alquilaron durante dos noches para que Nils, sentado delante de un viejo piano de cola cuyo sonido fue registrado por dos micrófonos que él mismo situó dentro del instrumento y otros tres que distribuyó en la iglesia para recoger la reverberación natural del espacio, pudiera dar rienda suelta a lo largo de cinco horas y media de interpretación a su apabullante creatividad. En las semanas que siguieron a aquellas dos extraordinarias noches, Broderick y Frahm eligieron las mejores piezas de ambas sesiones de grabación y compilaron el resultado de su selección en 40 minutos de impresionante belleza, un álbum de nombre genérico con ecos quizás sacros: The Bells (Las Campanas). Preciosas armonías, interpretación orgánica, libre, sonido aterciopelado, aire de incienso y de letanías derramándose por cada surco digital, analógico. Emocionante.
Puede que en este disco esté todo Nils Frahm, el del pasado y presente, por supuesto, pero también el del futuro. Quiero decir, otros artistas evolucionan como un río que fluye por su acotado cauce, poco a poco, añadiendo elementos, desechándolos, transfigurando el todo o las partes, tal vez reconstruyéndose de raíz con cada salto al vacío. Pero en esta grabación-brújula, Nils Frahm planteó, creemos, unos códigos de lenguaje completos. A partir de ese momento, en cada nuevo disco grabado, y han sido muchos, sabiendo dónde prestar atención se pueden encontrar reverberaciones, entonaciones y giros, de aquella iglesia berlinesa de 2009. A lo largo de los años, propuesta tras propuestas, Frahm ha ido focalizando en unas u otras zonas específicas del lenguaje que registró en aquellas dos madrugadas, tal vez perfilando ciertas características presentes, o puede que desenfocando otras. En todo caso, fuera escribiendo con tintas electrónicas o con carboncillo, ha continuado expresándose en el mismo idioma, usando las mismas gramáticas y semánticas musicales y sonoras que planteó en The Bells. Reconocibles trazos, grafías e ideogramas, aunque para dar forma a palabras, frases, historias y significados musicales y sonoros diferenciados en cada uno de sus evocadores álbumes.
The Bells no es un disco más en la trayectoria de Nils. “Las Campanas” de Frahm es un álbum océano en el que de alguna manera estaba condensado todo su universo creativo. Como señalamos antes, pasado y presente, pero también el que estaba por venir. Si te apetece decodificar el lenguaje compositivo de Nils Frahm, sus pautas, giros y fuentes, acude primero a su particular “Piedra de Rosetta”, a su álbum The Bells. Probablemente, a partir de ahí, podrás leerlo todo.
“Me aseguro de que el fieltro entre las cuerdas y los martillos del piano calme al instrumento para que susurre” |

En el libreto interior de su disco “Felt” (fieltro), álbum publicado dos años después de The Bells, en 2011, Nils Frahm nos plantea, con sugerente claridad, la hoja de ruta creativa que tenía en la cabeza a la hora de abordar la grabación de su nuevo Larga Duración:
“Si decides no escribir tus ideas, no terminar tus composiciones, sino más bien mantenerlas como fragmentos abiertos, te dejas abierto a muchos accidentes y coincidencias felices cuando las interpretas. Descubres nuevas posibilidades; al arriesgar tus ideas creas otras nuevas.
Juego con estas posibilidades, mis dedos golpean suavemente las teclas y los micrófonos casi tocan las cuerdas. Me aseguro de que el fieltro entre las cuerdas y los martillos del piano calme el instrumento para que susurre. Llevo auriculares, que tengo que subir al máximo para escuchar lo que estoy tocando. Otros sonidos se incorporan a la mezcla: me escucho respirar y jadear, el sonido de raspado de la acción del piano y el crujido de mis tablas de madera, todo tan fuerte como la música. La música se convierte en una contingencia, una oportunidad, un accidente dentro de todo este susurro. Mi corazón se abre y me pregunto qué es exactamente lo que me hace sentir tan feliz. Mis auriculares se convierten en microscopios infinitos que me permiten sumergirme en un mundo de sonidos inaudibles.”
¿Cómo expresarlo?, escribir sobre este disco viene a ser como intentar describir el deslizamiento por tu mejilla de una gota de lluvia en un día encapotado mientras esperas en la esquina de una calle cualquiera a la persona que quieres. Aún atenta a cada mínimo sonido; deseando escuchar antes que nadie, y a pesar de la lluvia y el ruido callejero, las pisadas que tanto anhelas, no puedes evitar preguntarte por la sensación de sutil cosquilleo en tu cara.
Todo el disco —cada armonía, nota, ruido, chasquido, crujido, murmullo— está cerca, de hecho tan cerca de quien escucha que el autor desaparece. Solo nosotras y la música, solo nosotras y los sonidos. Los micrófonos, pegados a los fieltros puestos por Nils para calmar el golpeteo de cuerdas y martillos del piano, nos transmiten suavidad; los auriculares o altavoces, obsesionados por cada detalle de la grabación, nos muestran que no hay nada que temer. Inspirar, expirar, rozar, acariciar. Entramados armónicos y rítmicos con vocación hipnótica. En The Bells era todo analógico, aquí no. Los mismos grafismos e ideogramas antes citados dando voz musical a revisadas emociones. Letanías analógicas y electrónicas sucediéndose mientras proclaman a los cuatro vientos su compartida consagración a la intimidad.
Felt es un disco introspectivo y hermoso. Tomando con las palmas de ambas manos un puñado del océano de The Bells, hacer nacer un nuevo lago. Eso es Fieltro. Tan cerca.
Y llegados a este punto, habiendo sumergido fugazmente nuestros oídos en el extraordinario océano creativo de Frahm, en sus discos iniciáticos, pero teniendo aún por delante la increíble inmersión que nos espera con Screws (2012), Spaces (2013), Solo (2015), All Melody (2018), Empty (2020), Old Friends New Friends (2021), Music for Animals (2022), Day (2024), Night (2025), así como con todas las magníficas colaboraciones desperdigadas en las dos décadas de trayectoria, grabaciones en las que se acompañó de compositores coetáneos como Olafur Arnals, Anne Muller, F.S. Blum…
Lectores sumergidos, respiren profundamente, no miren atrás, merece la pena.

Epílogo |
Permítenos, por favor, tomar impulso para poder despedir, con el presente artículo sumergido, al cabotaje Báltico en el que hemos permanecido absortas durante ásperos meses de nuestras vidas. Y lo hacemos nombrando una naturaleza originaria, blanca, azul, austral, la que nació y enraizó hace un año en este rincón escondido de Lecturas Sumergidas. Decimos Susurros, decimos Antártica. En el futuro permaneceremos recorriendo con las yemas de nuestros cinco sentidos cualesquiera asombrosas cartografías musicales encontremos en cualquiera puntos cardinales. Trenzando nuestros dedos, nos detendremos, curiosas, en cada muesca, color y textura sónica del camino y reivindicaremos, orgullosas, el placer de la escucha, el poder de la música, y la defensa a ultranza de la naturaleza, la paz y la vida digna y acogedora para todas y todos.
Recordamos tres veces: Mapas en constante mutación, paisajes inquietos, coordenadas sin ataduras, todo ello disfrutado con intensidad a pesar del ruido y los ruidosos. Hayas llegado aquí perdido o buscando refugio, hasta que volvamos a leernos recordamos tres veces: somos viajeras, somos nativas, somos indígenas de la música neoclásica y electrónica del sXXI en Lecturas Sumergidas.









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