Libros cálidos, espacios de intimidad

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Por Emma Rodríguez © 2014 /

Estamos ante una ventana tras la que se filtra la luz benéfica del invierno. Una ventana en una ciudad, en una calle concreta, que se convierte en las múltiples ventanas por las que podemos asomarnos en cualquier parte del mundo. Estamos de espaldas al frío y a la intemperie en esta ventana que se cierra a los ruidos y que da cabida a esos cálidos espacios de la intimidad que tanto echamos en falta cuando estamos inmersos en los conflictos del día a día. Espacios en los que los libros campan a sus anchas, inmóviles, silenciosos, pero tan llenos de vida, de energía, de palabras renovadoras en las que detenerse. La lectura es algo íntimo, cierto. Sumergirse en un libro supone crear un mundo, mantener un diálogo de puertas adentro, pero también nos permite salir fuera, explorar situaciones, emociones, paisajes, descubrir refugios que no existían hasta que decidimos abrir unas páginas determinadas y habitarlas durante un tiempo.

Llegamos a casa, colgamos el abrigo en la percha, nos quitamos los guantes, el gorro, nos preparamos un té, nos calentamos y ansiamos volver a la historia en la que estábamos, recuperando sus atmósferas, su hilo argumental, las pasiones y frustraciones de sus personajes. El tiempo pasa despacio. Estamos dentro y estamos fuera, en esa otra parte que los libros abren para nosotros, en las calles de ciudades desconocidas, en medio de aventuras y sueños que alguien dibujó sin ser del todo consciente de su destino, de su efecto en los otros. Sentimos la plenitud de ese momento único, de ese privilegio que supone poder olvidarse de todo lo demás y sentir la paz o la sacudida de un acontecimiento, la pasión o la frustración de un personaje en el que reconocemos algo que también late en nuestro fondo, al fondo.

La lectura es algo íntimo, cierto. Sumergirse en un libro supone crear un mundo, mantener un diálogo de puertas adentro, pero también nos permite salir fuera, explorar situaciones, emociones, paisajes, descubrir refugios que no existían hasta que decidimos abrir unas páginas determinadas y habitarlas durante un tiempo.

Son estas fechas de libros, fechas para elegir y regalar. Y, pese al carácter social de esta actividad, pienso que también se trata de un espacio de intimidad, porque si de verdad disfrutamos con ello, debemos concentrarnos para decidir, para acertar con la novela, con el ensayo, con los versos adecuados al estado de ánimo del familiar, del amigo. Dándole vueltas a todo esto acude a mí el personaje del recetador de La soledad, de Natalio Grueso, un hombre que ha leído mucho y que sabe tanto de libros y tanto de la psicología de las personas que es capaz de recomendarles obras que les ayuden a afrontar los encontronazos de la vida y las enfermedades del espíritu, esos accidentes emocionales que hacen que los pasos sobre la tierra se atasquen, o para decirlo de otro modo, mucho más ligero, que las alas se rompan.

Llegué a La soledad (Planeta) después de ver a alguien sonriendo en el metro con el libro en las manos y después de que una amiga, no sé si con segundas intenciones, me dijo que ya estaba harta de complejidades y de audacias narrativas, que lo que le apetecía era leer libros así, llenos de alegría, de grandes gestos de generosidad. “Nada de violencia, ni de pesados discernimientos”, me dijo. “Necesitamos un poco de alegría”. La entendí cuando leí esta novela, la primera del autor, hasta ahora dedicado a la gestión cultural y a las relaciones internacionales, según leo en la solapa, que tiene el tono de las leyendas, de esos cuentos que no olvidamos. Grueso va hilando distintos episodios con los que parece querer decirnos que, a pesar de la fealdad, de la mezquindad del presente, también hay magia.

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Con la capacidad de los contadores de historias de antaño, que transmitían oralmente sus cuentos, el autor construye personajes cargados de ternura y situaciones imprevistas, así la del admirador que persigue a una mujer y le va dejando señales sin nunca mostrar el rostro, o la de la bellísima joven japonesa que parece salida de un relato de Las mil y una noches, una joven que huye de la soledad eligiendo cada día a un amante en función de su capacidad para fascinarla con la palabra escrita, con el relato que le haga llegar a través de una carta. Unas historias van llevando a otras, unos personajes, como el de Bruno Labastide, ladrón de guante blanco y seductor nato, van pasando de un escenario a otro y sirviendo de hilo conductor.

La generosidad, en efecto, está presente en la entrega, así como la búsqueda del amor y del cumplimiento de los sueños. El tono de cuento, de leyenda, nos traslada a paisajes lejanos, míticos, de la imaginación, pero a la vez hay referencias a la actualidad, a la avaricia, a la desigualdad, a la especulación y a la privatización de casi todo, que nos indican que pisamos las arenas movedizas del aquí y del ahora. Con sutileza, con sencillez, La soledad nos habla de muchas cosas, pero es, ante todo, una obra sobre la lectura como vía de aprendizaje del mejor vivir, sobre el poder benéfico, consolador, inspirador, de la literatura.

En la vida todo llega, hasta la muerte llega, no compensa pasarlo mal sin motivo (…) Lo que nos hace profundamente infelices es esa absurda capacidad que tenemos los humanos para anticipar las penas, nos preocupamos por el futuro cuando ni siquiera tenemos la certeza de que vayamos a tener más horas de vida, de que estemos invitados a la fiesta del mañana o del mes que viene”, recuerda un personaje lo que le ha dicho un amigo. Yo transcribo este pasaje porque me lleva a otro libro en el que, de manera similar, se insiste en lo mismo.

La generosidad está presente en La soledad, primera novela de Natalio Grueso, así como la búsqueda del amor y del cumplimiento de los sueños. El tono de cuento, de leyenda, nos traslada a paisajes lejanos, míticos, de la imaginación, pero a la vez hay referencias a la actualidad, a la avaricia, a la desigualdad, a la especulación y a la privatización de casi todo, que nos indican que pisamos las arenas movedizas del aquí y del ahora.

Se trata de Lo que aprendemos de los gatos (Anagrama), de la autora madrileña Paloma Díaz-Mas, un recorrido delicioso sobre el mundo de los felinos domésticos y las enseñanzas que nos trasmiten que me ha remitido, a su vez, a una feliz lectura, la de Gatos muy distinguidos, de Doris Lessingque realicé hace ya muchísimos años, un verano en Tenerife, en una época en la que en la casa de mi infancia conviví, de manera cómplice, con estos animales tan adorables y literarios.

En esta obra, intimista y sosegada, que he recomendado una y otra vez, la autora de El cuaderno dorado recrea un país de gatos, ingrávido y solemne, donde se mira al mundo desde las tapias de un jardín y donde el azar representa un papel estelar. Ella vive en ese país en el que los gatos son despojados de su aura de misterio y se convierten en figuras débiles, amenazadas, que llegan a representar los caracteres humanos en toda su multiplicidad y ambigüedad. El gato en abstracto, como ente, como representación del aire. Recupero ahora el volumen antiguo, editado por Laia, recorro esas páginas en las que subrayé, entre otros muchos, este fragmento: “Pasé muchos años comparando a los gatos de los amigos, de las tiendas, de las granjas, de las calles, los gatos encaramados a los muros, los gatos del recuerdo, con aquel ser gris azulado y ronroneante que a mis ojos había sido el gato insustituible”.

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El recuerdo de ese libro, repito, me ha conducido al recién publicado de Paloma Díaz-Mas y ya sé que también voy a recomendarlo a todos los amantes de los gatos, porque aunque sea tan diferente al de Lessing, me recuerda ese pasado del que hablaba y me lleva a darle la razón a la autora en las muchas cosas que nos regalan y que nos enseñan estos animales a los que, quienes no conocen bien, suelen tachar de egoístas, confundiendo el egoísmo con su característica independencia.

Díaz-Mas da cuenta de la relación mantenida con su primera gata Tris-Tras, que murió un día, dejando el rastro de sus pelos adheridos a la ropa, a las superficies, y muchísimos recuerdos inolvidables. El vacío lo llenó con posterioridad una pareja de felinos recogidos en una sociedad protectora de animales. La convivencia con todos ellos, la observación de sus comportamientos, le permite escribir un tratado sobre las cosas que debemos asimilar para movernos por la vida de una forma más sana y placentera.

Así, los gatos nos enseñan a vivir el presente, a huir de las proyecciones y de los excesos de la razón. Los gatos saben estar sin hacer nada, sin pensar en nada, saben “distraerse con cosas insignificantes y efímeras propias del presente, como mirar sus propias manos al contraluz, dar grititos para escuchar su propia voz o chuparse un pie. Si está a gusto muestra su contento y si está a disgusto o enfadado, lo muestra también, sin disimulo”, nos cuenta la escritora, quien sostiene que para nada manifiestan los pequeños felinos el síntoma más grave de la enfermedad de la razón que afecta a los seres humanos y que consiste en la manía de planificar el futuro, de imaginar lo que pasará, “lo que provoca un serio déficit de atención con respecto al presente”, una incapacidad para captar lo que se tiene alrededor.

El arte de la paciencia, de la lentitud, de la atención a los pequeños detalles, son otras de las lecciones de estas mascotas tan especiales cuyas pequeñas vidas son símbolo de plenitud. Esta entrega sugerente, tierna y divertida, que nos ayuda a construir escenas cálidas, íntimas, de juego y de relax, incluye un capítulo de instrucciones para aprender a acariciar a un gato, nos invita a descubrir por qué a los gatos les gusta tanto vivir con lectores empedernidos y nos transmite la historia de cómo y de qué manera en vez de ser domesticados fueron ellos quienes decidieron domesticar a los seres humanos.

Lo que aprendemos de los gatos, de Paloma Díaz-Mas, es una entrega sugerente, tierna y divertida, que nos ayuda a construir escenas cálidas, íntimas, de juego y de relax. Incluye un capítulo de instrucciones para aprender a acariciar a un gato, nos invita a descubrir por qué a los gatos les gusta tanto vivir con lectores empedernidos y nos transmite la historia de cómo y de qué manera en vez de ser domesticados fueron ellos quienes decidieron domesticar a los seres humanos.

De la apreciación de la lentitud, de la necesidad de percibir el ahora, nos habla también el autor francés Fréderic Gros en Andar. Una filosofía, un ensayo editado por Taurus que se suma a la lista de las lecturas sobre caminantes y caminos en “Lecturas Sumergidas” y que nos invita a desconectar. “Para quien no lo haya experimentado nunca, la simple descripción del estado del caminante se ve enseguida como un absurdo, una aberración, una servidumbre voluntaria. Porque, espontáneamente, el urbanita interpreta en términos de privación lo que para el caminante es una liberación: no estar ya atrapado en la tela de los intercambios, no verse reducido a un nudo de la red que redistribuye informaciones, imágenes y mercancías; darse cuenta de que todo ello sólo tiene la realidad y la importancia que yo le otorgue. Mi mundo no solamente no se derrumba por no estar conectado, sino que esas conexiones se me antojan de pronto lazos opresivos, agobiantes, demasiado estrechos”.

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Resulta muy interesante el análisis que realiza Gros de todo lo que atañe a la actividad de andar. Cuántas vertientes y variantes, cuántos aprendizajes. Nos habla de la búsqueda de la libertad que hay en todo trayecto, cuanto más largo en el tiempo, mejor. La libertad como “un bocado de pan, un sorbo de agua fresca, un paisaje despejado. La libertad suspensiva que nos permite alejarnos de la rutina tecnológica de cada día, de las reglas del sistema, durante un paréntesis, y esa otra libertad más agresiva, más rebelde que nos impulsa a romper. En ese sentido, el autor alude a los escritos de Kerouac o de Snyder, la transgresión, el “gran afuera”, ese espacio donde no hay cabida para “las convenciones estúpidas, la seguridad letárgica de las paredes, el tedio de lo idéntico, el desgaste de la repetición, la medrosidad de los pudientes y el odio al cambio”.

De lo que nos habla este libro es de la marcha tras la que se deja entrever un sueño, de caminar “como expresión del rechazo de una civilización corrupta, contaminada, alienante y miserable”. Y más allá de eso, la renuncia, el recogimiento, la meditación. Puede que sean metas poco fáciles de alcanzar, pero resulta sanísimo tenerlas cerca, practicarlas en la medida de las posibilidades de cada cual. Huir de los ruidos, de la velocidad, ocupar un espacio de intimidad a conciencia, ya es un paso importante. Saber mirar con ojos curiosos, saber esperar…. “Siempre estoy haciendo algo, pero ¿siendo?”, se pregunta, nos pregunta Frédéric Gros. Acudid al libro para seguir reflexionando sobre ello, para buscar vuestras propias respuestas.

En Andar. Una filosofía, Frédéric Gros nos habla de la libertad como “un bocado de pan, un sorbo de agua fresca, un paisaje despejado. Nos habla de la libertad suspensiva que nos permite alejarnos de la rutina tecnológica de cada día, de las reglas del sistema, durante un paréntesis, y esa otra libertad más agresiva, más rebelde, que nos impulsa a romper.

Esta filosofía del Andar nos sitúa en el territorio de lo esencial. De la mano de grandes caminantes como Nietzsche, Rimbaud, Rousseau, Kant, Nerval,  Walter Benjamin o Gandhi, el autor nos anima a avanzar por el camino abierto. Y, por supuesto, en ese camino nos encontramos con Thoreau, referencia siempre presente en estas páginas. Hay un capítulo dedicado concretamente a una obra del pensador trascendentalista, Un paseo invernal, que acaba de publicar Errata naturae, y que he tenido la suerte de disfrutar estos días.

Nuevamente nos fascina el Thoreau caminante, esa manera tan poética de expresar su comunión con el entorno, esa invitación a salir a las afueras, a crear espacios de intimidad, pero en la naturaleza, a través de la mera contemplación del paisaje, de la belleza. ¿Qué más puedo deciros del autor de Walden que ya no haya dicho en otros artículos de “Lecturas Sumergidas” dedicados a él? Os puedo decir que no temáis al invierno, que sigáis sus indicaciones y salgáis a los “campos desnudos” y a “los bosques tintineantes” para poder ver “qué virtud sobrevive”, porque “en los lugares más fríos y desolados , nos dice, “la más cálida benevolencia resiste”, porque “un viento frío y escrutador ahuyenta todo contagio y sólo aquello que aloja la virtud puede enfrentarlo”.

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Resulta vigorizante respirar este aire límpido. Su pureza y delicadeza superiores son apreciables incluso para el ojo, y de buena gana pasaríamos mucho más tiempo a la intemperie, hasta que los vientos empezaran a soplar a través de nuestro cuerpo como lo hacen a través de los árboles sin hojas y nos aclimatáramos realmente al invierno”. seguimos el discurso de este hombre que no se resignaba nunca a permanecer mucho tiempo dentro de una casa, sin contacto con el exterior. Por eso, al leerlo, no me queda más remedio que abrir la ventana, la ventana que, en este caso, a través de la imaginación, me conduce al lejano bosque.

Nuevamente vuelve a fascinarnos el Thoreau caminante de Un paseo invernal, esa manera tan poética de expresar su comunión con el entorno, esa invitación a salir a las afueras, a crear espacios de intimidad, pero en la naturaleza, a través de la mera contemplación del paisaje, de la belleza.

Thoreau es consciente, sin embargo, de que en invierno llevamos una vida más recogida.Tenemos el corazón templado y contento, como una cabaña cubierta de nieve, con las puertas y las ventanas medio tapadas, pero desde cuya chimenea asciende el humo. La nieve acumulada que nos impide incluso salir aumenta la sensación de comodidad de nuestra casa, y en los días más fríos nos sentimos felices de sentarnos junto al fuego”, escribe. Podría seguir reproduciendo pasajes y más pasajes de este hermoso paseo, pero prefiero dejarlo aquí, con esta imagen que tanto encaja con la atmósfera cálida con la que he querido impregnar las páginas de este diario.

Siempre es enriquecedor llamar a las puertas de Thoreau, como lo es volver a Chéjov. Páginas de Espuma acaba de publicar el segundo tomo de sus Cuentos Completos, que abarca la prolífica etapa creativa de un solo año, de 1885 a 1886, y ya me pongo a fantasear con placenteras tardes invernales recorriendo sus páginas. En este tomo entran piezas tan significativas como La broma o Vanka, en las que el escritor despliega su lado más tierno, pero hay muchos otros relatos que muestran de qué modo Chéjov fue aprendiendo y madurando como creador y encontrando su lugar en el territorio de la gran literatura.

Paul Viejo vuelve a acertar con el prólogo, un prólogo inteligente en el que, como es habitual en él, entabla un diálogo con el clásico desde el presente. Cuestiona el hecho de que Chéjov adoptase una actitud pasiva frente a la política, de lo que se le ha acusado tantas veces, “unas justas, muchas injustas”, y demuestra hasta qué punto fue en su obra donde tomó postura frente a muchos de los conflictos de su tiempo, por ejemplo los despilfarros de los gobernantes, el maltrato de las mujeres y tantos otros asuntos que siguen indignándonos hoy, asuntos que el escritor abordó con las armas que mejor dominaba, las de la escritura.

Paul Viejo vuelve a acertar con el prólogo del segundo volumen de los Cuentos Completos de Chéjov, un prólogo inteligente en el que, como es habitual en él, entabla un diálogo con el clásico desde el presente y cuestiona el hecho de que el escritor adoptase una actitud pasiva frente a la política, de lo que se le ha acusado tantas veces.

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Nos cuenta el prologuista que en el corto espacio de tiempo que fue de sus 25 a sus 26 años, Antón Chéjov elaboró muchísimos cuentos por encargo. Lo hacía por necesidad, para poder vivir, pero ya empezaba a “proyectar sus intereses”, a escribir lo que él creía que debía escribir. En los cuentos que se incluyen en este segundo tomo destaca la utilización del humor y la clara intención de no provocar muchas ampollas. “Pero escribe también cuentos sobre huérfanos”, apunta Paul Viejo, “con toda la miseria que hay alrededor de un huérfano; escribe sobre viudas tristes y esposas tristes y niños tristes, porque en el fondo es lo que él ve; y escribe sobre todo cada vez con menos humor (pero con más gracia) para ir acercándose a una cosa que nadie le pedía: dejar de retratar lo que sucede alrededor de nosotros para ir retratando lo que nos sucede a nosotros”.

Se trata de un año bisagra, de un puente hacia un periodo distinto, donde escribe cada vez menos y de lo que de verdad quiere. Viejo nos anima a seguir ese proceso, a acompañar a Chéjov en el camino hacia la madurez. Sigamos disfrutando, pues, de sus relatos. Construyamos un espacio de intimidad, de sosiego, para seguir leyéndole, leyendo.

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En esta Ventana se recomiendan los siguientes libros: La soledad, de Natalio Grueso (Planeta); Lo que aprendemos de los gatos, de Paloma Díaz-Mas (Anagrama); Andar. Una filosofía, de Frédéric Gros (Taurus), traducido del francés por Isabel González-Gallarza; Un paseo invernal, de Henry David Thoreau, traducido por Marcos Nava y editado por Errata naturae, y el segundo tomo de los Cuentos Completos de Antón Chéjov, publicado por Páginas de Espuma bajo la edición de Paul Viejo.

Todas las fotografías han sido realizadas por Karina Beltrán © 2014