Aurora Egido: “La desmemoria, la amnesia, es lo peor que puede acontecer en un pueblo”

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Por Emma Rodríguez © 2014 /

De niña era una lectora compulsiva que recorría las páginas de todo volumen que cayera en sus manos, lejos de imaginar que los libros, los clásicos, las bibliotecas, las universidades, iban a ser esenciales en su vida. Cuando se habla con Aurora Egido de literatura es como si Gracián, Calderón, Lope, Cervantes, San Juan de La Cruz, y tantos otros, hicieran acto de presencia, decididos a sentarse en la misma mesa, porque a ellos se refiere no desde la posición distante de la erudita, de la estudiosa, sino desde la cercanía y la naturalidad de quien ha aprendido de ellos, los considera compañeros de viaje y es capaz de ver sus excelencias y también sus defectos, entablando un diálogo apasionado y libre de las cargas del tiempo. Esta catedrática de literatura española, que ha impartido la docencia en distintas universidades españolas y del ámbito anglosajón; que es una de las grandes especialistas en el Barroco y en el Siglo de Oro, período al que ha aportado obras esenciales, que ha obtenido múltiples distinciones y premios, como el Nacional de Humanidades Ramón Menéndez Pidal en 2008, y que ha sido elegida recientemente para ocupar el sillón “B” de la Real Academia Española, es una mujer de la que puede decirse que lo ha conseguido todo en su carrera, pero que, sin embargo, confiesa sentirse especialmente feliz dando clases y siempre que un antiguo alumno o alumna, ya convertidos en profesores, la reconocen por la calle y le comentan que aún siguen utilizando sus apuntes.

Los intereses, las etapas vitales, de quien se define como una investigadora, como “una profesora normal”, asoman a lo largo de esta entrevista intensa realizada en Madrid, en un café cercano a la Biblioteca Nacional, lugar en el que Egido suele pasar muchas horas cuando está en la ciudad. Encerrarse a seguir rastreando las pistas dejadas por esos clásicos que nunca dejan de sorprenderla, lejos de ser un trabajo, parece un actividad que forma parte de sí misma y que irremediablemente lleva a pensar en lo gozoso que resulta poder desarrollar una auténtica vocación, hacer aquello para lo que se está dotado. Disfruta Aurora Egido buceando en los secretos de la literatura, sumergiéndose en las profundas aguas del océano de las letras. Disfruta leyendo, observando y viajando porque siente que la mirada se renueva y el espíritu se transforma de un modo u otro. El día del encuentro acababa de ver la luz su último libro, “Bodas de Arte e Ingenio” (Acantilado), un conjunto de estudios sobre Baltasar Gracián y tenía en el horizonte un viaje a Oxford por motivos profesionales, que le iba a permitir unos días de descanso en Londres. “Pero no sé si voy a poder resistir la tentación de ir a la Biblioteca Británica”, me decía. Esa frase puede ser el punto de partida de su retrato, un retrato cuyos trazos serán fijados a partir de ahora con el pincel de sus palabras, de sus reflexiones. 

– Partamos de los comienzos. ¿Cómo se forjó la vocación de Aurora Egido?. ¿Cómo descubrió los primeros libros, cómo era el ambiente de su infancia, de su familia?

–  Bueno, yo nací en Molina de Aragón -1946-. Era una ciudad que entonces tenía unos 2.000 habitantes. Mi niñez la pasé en colegios de monjas y el cambio al instituto, que era mixto, supuso toda una liberación. Mi vocación lectora se despertó, sobre todo, a raíz de unas fiebres de malta que contrajo mi padre y que lo mantuvieron postrado durante una temporada. Mi madre y yo empezamos entonces a ir a la biblioteca con un cesto, que traíamos y llevábamos lleno de libros para él, y al poco tiempo me ocupé yo sola de ese cometido. Allí me di cuenta de que, aparte de esos libros, que eran fundamentalmente novelas no aptas para mi edad, había otras obras que sí lo eran y que los bibliotecarios me facilitaban. Pronto me convertí en una gran lectora. No podía vivir sin estar leyendo mañana, tarde y noche. Y, además, tuve la ventaja de vivir en un entorno donde la oralidad era importante. Mis abuelos no eran personas cultas y, sin embargo, llevaban consigo todo ese acervo del romancero, de la tradición teatral. Se sabían de memoria “El Tenorio”, conocían las letras de las zarzuelas. Ese hecho, la experiencia de la palabra literaria transmitida a través de la voz, fue una de las cosas que más me influyeron en aquel momento. Fue fundamental esa costumbre que había entonces de recitar. A mí las monjas me utilizaban para todo festejo que hubiera y el ejercicio memorístico que supone aprender poemas bastante largos, aunque no fuesen todos de gran calidad, te familiariza con el lenguaje.

¿Cuáles fueron las primeras lecturas?

–  El libro que más me atrajo en un primer momento fue “Las rimas” de Bécquer, que memoricé en gran parte y cuyo lenguaje me cautivó. Más adelante me entusiasmé por la novela rusa, sobre todo por Dostoievski, al que leí a los 12 o 13 años. A esa edad ya era una lectora compulsiva y, sobre todo, tenaz. No elegía demasiado, ya que tenía que adaptarme a lo que había en la biblioteca y esa circunstancia propició que me aficionara a las novelas policiacas de Edgar Wallace, del que estaba la colección entera. En ese sentido, a veces me acuerdo de aquello tan ingenioso que decía Augusto Monterroso de que la biblioteca de su pueblo era tan pobre, tan pobre, que sólo había libros buenos, como el “Quijote” y nada de novelas modernas norteamericanas. Eso lo cuento en un artículo que se incluye en “Bodas de Arte e Ingenio”, en el que relaciono a Monterroso y Gracián porque ambos gustaban de esa literatura que dice mucho con pocas palabras. Monterroso ejemplifica esas obras completas que caben en varias páginas que, sin embargo, a lo mejor, pueden valer más que cientos de ellas vacías de contenido.

De niña tuve la ventaja de vivir en un entorno donde la oralidad era importante. Mis abuelos no eran personas cultas y, sin embargo, llevaban consigo todo ese acervo del romancero, de la tradición teatral. Se sabían de memoria “El Tenorio”, conocían las letras de las zarzuelas. Ese hecho, la experiencia de la palabra literaria transmitida a través de la voz, fue una de las cosas que más me influyeron en un principio.

– ¿Y cómo era la niña Egido?

– Pues era bastante rebelde y siempre mantuve una batalla con las monjas, a las que al cabo de los años también he comprendido en su afán de mantener la disciplina. No me costaba nada cumplir con la puntualidad y el estudio. Siempre acababa aprobando, y bien, el curso, pero me agobiaba con todas esas horas de Rosario y de piedad. Eran otros tiempos.

– ¿Hasta qué punto la tierra, el origen, fue importante en su formación, en el forjado de su carácter?

–  Molina de Aragón es un lugar de frontera entre Aragón y Castilla, pero pertenece a Castilla-La Mancha y de niña yo tenía conciencia de castellana. Como dice Luis Mateo Díez, está claro que la tierra es el “humus” del que venimos. Los primeros años son fundamentales, marcan mucho y yo reconozco que el haber vivido en uno de los lugares más fríos de España, en una tierra muy áspera, muy dura, ha  influido indudablemente en mi carácter. Es imposible desprenderse de eso, del contacto con otras personas que provienen del mismo “humus”. Y, por otro lado, en mi caso, en el de mi generación, tampoco se puede eludir la herencia de ese mundo de la posguerra lleno de silencios, de recuerdos amargos por los que habían desaparecido. Había una cultura y una moral muy cerradas, una especie de sospecha permanente hacia las personas. Pese a todo ello, puedo decir que mi infancia fue muy feliz porque tuve la fortuna de tener unos padres complementarios: mi padre era imaginativo y fantasioso, mientras que mi madre era muy realista, con los pies en la tierra. Ella me hacía aterrizar cuando volaba demasiado alto con la imaginación. Es curioso, pero pasado el tiempo, cuando me encontré con un emblema del Siglo de Oro, procedente del incunable italiano “Sueño de Polífilo” -”Hypnerotomachia Poliphili”-  donde se muestra a una mujer que tiene una pierna atada al suelo, con una piedra que la sujeta, y en el brazo un ala que le permite volar, me sentí muy identificada con esa imagen que, por supuesto, desconocía cuando era niña. Yo era  la mayor de seis hermanos y podíamos pasarnos el día en la calle, sin el agobio que hay ahora en las familias de estar todo el tiempo pendientes de los niños. Yo lo que recuerdo de Molina es el callejear; el irnos a coger moras o a meternos en el río a pescar cangrejos; el jugar al escondite por las calles; el tocar en las puertas y echarnos a correr y cosas así. Eran juegos que inventábamos o que se transmitían boca a boca, pero que nos llenaban la vida.

– Pero hubo un momento en el que ese escenario de la infancia quedó atrás. ¿Cómo fue el cambio a Zaragoza, un lugar tan distinto, una ciudad en la que ha transcurrido gran parte de su vida?

– Cuando tenía 15 años, toda mi familia se fue a Zaragoza a vivir, pero yo me quedé en Molina dos años más a terminar el bachillerato y a hacer lo que se llamaba entonces el PREU. Esa etapa la viví con mis abuelos y después estudié los dos primeros años de la carrera, los llamados comunes, en Zaragoza, antes de marchar a Barcelona a hacer la especialidad de Filología Española, que allí no existía.  Me gustaba mucho Barcelona, que conocía porque había trabajado durante los veranos como guía turística para poder costear mis estudios. Barcelona -mediados de los 60- era una ciudad muy cosmopolita, abierta a Europa, y el clima, para alguien nacido en las parameras de Molina, me la hacía parecer un paraíso terrenal. Además, me atraía mucho poder descubrir otra lengua y la Universidad tenía un plantel de profesores que era envidiable. En eso también fui  absolutamente afortunada.

En mi caso, en el de mi generación, tampoco se puede eludir la herencia de ese mundo de la posguerra lleno de silencios, de recuerdos amargos por los que habían desaparecido. Había una cultura y una moral muy cerradas, una especie de sospecha permanente hacia las personas. Pese a todo ello, puedo decir que mi infancia fue muy feliz porque tuve la fortuna de tener unos padres complementarios: mi padre era imaginativo y fantasioso, mientras que mi madre era muy realista, con los pies en la tierra. 

– En Barcelona se inició su actividad como docente.

– Sí. Fui profesora tanto en la Universidad Central como en la Autónoma, después de haber estado tres años de lectora en Inglaterra, uno en la Universidad de Cardiff y dos en la de Londres (Westfield College). Allí tuve la suerte de contar con profesores de primera categoría, sobre todo en el teatro del Siglo de Oro. De esos años recuerdo las muchas horas que pasé encerrada en la biblioteca del Museo Británico haciendo la tesis doctoral, que ya tenía acabada cuando me contrataron en la Universidad de Barcelona. En Zaragoza me instalé años después, tras un período de tres años en el Colegio Universitario de Lérida. Llevo muchos años ejerciendo de profesora en la ciudad, lo cual no quiere decir que me haya quedado siempre allí. Después de opositar al cuerpo de agregados y al de catedráticos, estuve un año en la Universidad de León. Mis hijos eran pequeños y me pasé ese tiempo yendo y viniendo todas las semanas de una capital a otra, nueve horas de trayecto en tren. Después de ese paréntesis, he procurado estar en Zaragoza, pero con estancias temporales en universidades británicas o norteamericanas. Siempre he pensado que la filología española no tiene fronteras, como tampoco la lengua, y que es bueno salir para volver con nuevos bríos y nuevos ánimos.

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– La suya ha sido una trayectoria de muchos tránsitos. ¿Se siente muy viajera?

– Bastante. Yo creo que es algo que llevo dentro, porque en mi familia ha habido empresas de autobuses y agencias de viajes. Como decía mi abuela: “cojo el portante y me voy”. Y eso de coger el portante e irse, aunque sea para pocos días, permite volver de una manera diferente. Recuerdo también otra frase al respecto, esta vez de mi madre: “Cada día que salgo cuando regreso me siento distinta, porque he visto cosas que no quería haber visto y he dicho cosas que no quería haber dicho” (risas). Esto de los viajes me lleva a pensar en la manera un tanto absurda en la que se habla a veces de los jóvenes de hoy. No nos damos cuenta, por ejemplo, de que han mejorado mucho en este aspecto. Cuando yo me fui a Inglaterra parecía que me iba al más allá; incluso hubo gente que me lo llegó a reprochar. Como si hubiera hecho algo mal, como si el irse supusiera no responsabilizarse de lo que había que hacer en la España de Franco y cosas por el estilo. Siempre tuve claro que marcharse enriquece muchísimo, aunque ahora haya un componente bastante triste, ya que los que se van es muy difícil que vuelvan y tenemos que dar la vuelta a la historia y hablar de una pérdida en lugar de una ganancia. A mí me da muchísima pena que personas muy cualificadas, que se marchan porque aquí no encuentran sitio en la universidad, en la enseñanza o en la investigación, es casi seguro que ya no tengan la oportunidad de regresar. Y eso, no ya sólo a título personal, sino a escala nacional, significa una pérdida enorme y sobre todo un hiato en el trayecto común, en las aportaciones a los distintos ámbitos del saber. Cuando se cortan eslabones luego es imposible borrar ese paréntesis de vacío. La recuperación del tiempo perdido es inviable

A mí me da muchísima pena que personas muy cualificadas, que se marchan porque aquí no encuentran sitio en la universidad, en la enseñanza o en la investigación, es casi seguro que ya no tengan la oportunidad de regresar. Y eso, no ya sólo a título personal, sino a escala nacional, significa una pérdida enorme y sobre todo un hiato en el trayecto común, en las aportaciones a los distintos ámbitos del saber.

– ¿Y en qué momento, de qué manera, se decantó por el Siglo de Oro y por el Barroco? 

Pues el culpable fue el profesor que elegí para que me dirigiese la tesis doctoral, José Manuel Blecua, Blecua padre, que es como lo llamamos para distinguirlo del hijo, el actual director de la Real Academia Española. Él me aconsejó, con bastante acierto, que debía aprovechar mi estancia en Londres para investigar los fondos bibliográficos, extraordinariamente ricos, del Museo Británico. Ahí me encontré con mucho material sobre los poetas aragoneses del siglo XVII y vi claro que tenía que hacer mi tesis sobre la influencia que Góngora ejerció sobre ellos. En realidad fue una tesis doctoral que realicé por mi cuenta, bastante a solas, porque la relación que tenía entonces con Blecua era, prácticamente, una carta cada cuatro meses; entonces no nos comunicábamos de otra manera. Mi punto de partida fue el análisis de poetas que no eran de primera fila, pero eso me enseñó mucho sobre la investigación, sobre lo que decía Ramón Menéndez Pidal de que la investigación avanza por los márgenes y de que a veces, sobre el estado de la literatura, del arte o de la historia de una época concreta, nos dicen más los autores secundarios que los principales, que son precisamente los que destacan y los que se diferencian del resto de los mortales.

– En ese sentido Blecua actuó como todo buen maestro que sabe ver las virtudes y potencialidades de sus alumnos.

– Sí, sobre todo supo ver algo que era lógico: la inmensa ventaja que me proporcionaba mi estancia en Londres para acceder a estudios que en España prácticamente no existían, por ejemplo los relacionados con la emblemática, con las justas poéticas y las academias del Siglo de Oro. Eso me llevó a dividir mi trabajo en dos partes: una relacionada con los trabajos de Dámaso Alonso y la estilística, a través del análisis de la lengua de todos esos poetas casi desconocidos –Juan de Moncayo, José Navarro, Díez y Foncalda, etcétera-,  y otra con el ámbito de las justas poéticas, que se celebraron en Zaragoza a lo largo del siglo XVII, y de las academias literarias. Había academias en Huesca, en Zaragoza, y otras ocasionales en Calatayud o en Fréscalo, un pueblecito pequeño, donde existía una trilingüe en la que se utilizaba el catalán, el latín y el castellano para escribir poesía. La verdad es que fue una labor apasionante, muy intensa, que tuve que completar durante los veranos en Zaragoza, donde también manejé bastante documentación, y en la Biblioteca Nacional de España, en la que acometí el análisis de aquellos textos que no se encontraban en el Museo Británico.

– El Siglo de Oro ha sido su territorio desde entonces, pero siempre abriendo senderos en otras direcciones.

– Sí. A partir de esa tesis doctoral, decidí dedicarme, sobre todo, al Siglo de Oro, aunque oposité, tanto a la plaza de adjunto como a la de agregado, a toda la literatura española, y he publicado textos sobre el Medievo y sobre los siglos  XVIII, XIX y XX. Lo cierto es que ese afán por abarcar toda la literatura española, algo imposible hoy porque la bibliografía que existe, no ya sólo sobre un periodo sino sobre cualquier autor, es mostrenca, me sirvió muchísimo, tanto para la investigación del Siglo de Oro como para la docencia. En esto he seguido el consejo de Gracián, que decía que no hay que dar con el mazo sobre un solo tema, que salir de una materia a otra ilumina y enseña mucho. Yo nunca me he limitado ni a un solo autor ni a un solo género y he aprendido mucho de la mezcla de unos y otros. En “El barroco de los modernos”, una obra que escribí en 2009, por ejemplo, me salgo de la época aurisecular y emprendo un tránsito por otros períodos. Y es que el mismo concepto de barroco surgió en Alemania a principios del siglo XX. La perspectiva que tenemos ahora sobre el barroco es, en realidad, una perspectiva moderna sobre un período que habría de marcar mucho la creación literaria, desde la generación del 14 o del 27 hasta los novísimos y lo que llamamos posmodernidad, que, en cierto modo, ha recogido esa corriente tan rica del barroco, no sólo en la literatura sino en el arte y hasta en el cine.

En sus obras también se percibe su gusto por la literatura contemporánea. ¿Con qué autores disfruta especialmente?

– La literatura contemporánea es mi ámbito más gustoso, tal vez porque llego a ella por placer, sin pensar en un trabajo de investigación o de análisis, aunque luego pueda incorporarla a mis estudios. En cuanto a mis preferencias, no soy fiel a uno o dos autores, sino que pienso que cada día tiene su libro y su lectura. La verdad es que siempre que me hacen esta pregunta huyo un poco de la contestación, que lleva en cierto modo a establecer un canon personal. Como profesora  y como investigadora normal y corriente que soy, pienso que la elección de los autores es algo casi privado e intransferible y que el placer de leer va cambiando a tenor de las circunstancias y del tiempo. A veces puede resultar que en una relectura de Garcilaso, por ejemplo, encuentres una modernidad y una renovación del lenguaje mayor que la que pueda haber en un escritor absolutamente actual. En relación con los hábitos y la formación lectora sí me gusta recordar que, cuando fui alumna del Instituto de Molina de Aragón, me marcó mucho la llegada al instituto de un poeta gallego, Bernardino Graña, que llegó allí desterrado, supongo que por sus ideas políticas. Él nos enseñó que las lenguas se aprenden por gusto y por placer; nos hizo aprender de memoria los versos de Celso Emilio Ferreiro o de Ausias March, en gallego o en catalán respectivamente, y nos mostró el modo de disfrutar con la lectura y el análisis. En esa época  fui una gran lectora de la Generación del 98. Me gustaba Antonio Machado, pero, sobre todo, Azorín, con esa sintaxis impresionista y esas nominales. Todo en él me parecía que iluminaba un español que ya no era esa lengua de períodos largos a la que estaba acostumbrada, la que se utilizaba en la oratoria y la que la gente empleaba en las clases o en los escritos periodísticos de la época. También recuerdo el gozo que me supuso por entonces la lectura de Juan Ramón Jiménez, que ha sido una de las más importantes a lo largo de mi vida, precisamente también por la forma del lenguaje, una forma que en literatura es fondo. Actualmente yo diría que leo un poco de todo; que sigo siendo una degustadora de las mezclas; que me ha influido mucho el teatro, el cual me encanta ver en vivo y en directo y que disfruto con todos los géneros, aunque el que prefiero sea la poesía. De lo último que he leído puedo destacar el festín estilístico que ha sido para mí “El héroe discreto”, de Vargas Llosa, que ha tomado de Gracián no sólo el título sino la composición simbólica de los nombres de los protagonistas. 

La literatura contemporánea es mi ámbito más gustoso, tal vez porque llego a ella por placer, sin pensar en un trabajo de investigación o de análisis, aunque luego pueda incorporarla a mis estudios. No soy fiel a uno o dos autores, sino que pienso que cada día tiene su libro y su lectura. Como profesora  y como investigadora normal y corriente que soy, pienso que la elección de los autores es algo casi privado e intransferible y que el placer de leer va cambiando a tenor de las circunstancias y del tiempo.

– También los místicos han sido objeto de su atención. Me atrevería a decir de su pasión.

– Bueno, ahí tocamos uno de esos territorios íntimos de lectura a los que me refería antes. Les he dedicado varios estudios y debo decir que mis lecturas de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús fueron cruciales en mi adolescencia y lo siguen siendo hasta el día de hoy. Considero a San Juan de la Cruz el poeta mayor de la literatura española, precisamente porque él se adelantó en siglos a lo que fue, a partir de Bécquer, la poesía actual. La despojó de toda ganga y la desprendió de la carga alegórica y simbólica que las palabras acarreaban, lo cual era muy difícil. Eso no quiere decir que su poesía no sea simbólica, todo lo contrario. San Juan creó símbolos nuevos, autónomos, cuyo significado no proviene de la erudición que arrastran, sino de la que tienen y alcanzan en el propio poema. Si bien Garcilaso auguró, en cierto modo, esa trayectoria, sería él quien la llevó a sus últimos extremos.

– ¿Y Santa Teresa de Jesús? 

–  A Santa Teresa la descubrí posteriormente, pero también fue muy significativa. Me llama mucho la atención que un personaje tan singular como Truman Capote, haya sido también lector suyo, pero es que en la autobiografía moderna, después de San Agustín, cuyas “Confesiones” ella tenía y llegó a comentar, va a ser el gran hito de esa ficción que consiste en contar en primera persona. “El libro de la vida” es el más moderno y avanzado en ese sentido y de él Cervantes aprendió muchísimo. Ese estilo suelto, que recogía la tradición del “escribo como hablo” de Valdés, pero llevada a sus últimas consecuencias y que es lo que se ha dado en llamar “desbordamiento” de la palabra interior, está en esa obra. Santa Teresa siempre me ha interesado como prosista y creo que tiene mucho que decir a la narración moderna su trabajo en ese ámbito. Fray Luis de León se dio perfectamente cuenta de ello cuando prologó sus obras, incluso cuando hablaba de sus defectos, de los que decía que eran como un lunar en un rostro bello, que lejos de afearlo lo engrandecen. La belleza de la imperfección está también en Gracián, que prefiere a Velázquez con sus impurezas que a otros pintores más correctos. Esa belleza de lo feo, de lo desagradable, que está en Santa Teresa, marca ese cambio de estética y de gusto. El hecho, además, de ser mujer y de no ser letrada, se convierte para ella en una liberación. Siempre está parapetándose en que es inculta, y claro que no tiene los vastos conocimientos de Fray Luis, pero en verdad encierra una cantidad tremenda de lecturas, que no confiesa pero que están ahí. Su ventaja es que, haciéndose la tonta y la inculta, lo amaña todo a su manera, lo lleva a su propio terreno y hace que la prosa destile formulaciones nuevas, discurriendo con rupturas de la sintaxis que no estaban permitidas y rompiendo las reglas de la retórica. Después de ella, sólo Cervantes es capaz de hablar en ese estilo abierto y suelto, ese estilo de apertura que no se somete a las reglas.

Santa Teresa de Jesús siempre está parapetándose en que es inculta, y claro que no tiene los vastos conocimientos de Fray Luis, pero en verdad encierra una cantidad tremenda de lecturas, que no confiesa pero que están ahí. Su ventaja es que, haciéndose la tonta y la inculta, lo amaña todo a su manera, lo lleva a su propio terreno y hace que la prosa destile formulaciones nuevas, discurriendo con rupturas de la sintaxis que no estaban permitidas y rompiendo las reglas de la retórica.

– Cambiando de tema. ¿En algún momento del trayecto ha sentido que tenía que saltar más obstáculos por ser mujer?

– Sinceramente, pienso que los mayores obstáculos que, por lo general, tienen que afrontar las personas son debidas a la brecha social. Se insiste mucho en el problema de la mujer, que evidentemente existe y está demostrado históricamente, pero pienso que una mujer si tiene medios económicos podrá salir adelante, desarrollar una carrera, triunfar, pero que eso nunca lo conseguirá una persona, hombre o mujer, que carezca de esos medios. Eso lo pensé cuando tenía 14 años y lo sigo pensando ahora. En el plano personal, si he tenido dificultades ha sido, más que por el hecho de ser mujer, por haber destacado en algún campo, con las consiguientes envidias que eso suscita. Pero lo mismo le puede suceder a un hombre. Los seres humanos somos así. Hay que tener en cuenta que en la carrera de Filosofía y Letras hay muchas más mujeres que hombres y, aunque es verdad que cuando  se entra en el análisis de los cargos, y cargas que las personas tienen, hay muchos más hombres que mujeres que ocupan altas posiciones, lo cierto es que yo siempre he procurado acudir, entrar en los sitios, como persona y no como mujer. Por eso, incluso, cuando está pregunta ha aparecido, por ejemplo cuando he ganado una oposición con el número uno, o cuando me han dado un premio nacional o, recientemente, al ser nombrada académica, en el fondo me ha dolido. Si insistimos demasiado en ese tipo de preguntas, entonces no salimos del cerco del problema. Y resulta un tanto doloroso que, cuando ya tienes unos años como me sucede a mí, muchas veces eso sea lo primero que te pregunten y nada relacionado con tu profesión, con tu trabajo, con la materia de tus estudios, de tus libros. Dar prioridad a esa pregunta, que nunca se hace  a los hombres, puede llegar a ser ofensivo y creo que no ayuda nada a la causa femenina, a los problemas que la mujer tiene ahora mismo.

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– Pero la pregunta no surgiría si no hubiese un problema evidente de desigualdad en la sociedad. Sin nos circunscribimos al ámbito que le atañe, en la RAE parece que últimamente hay una intención de cubrir el hueco dejado por la ausencia de mujeres, pero durante mucho tiempo no ha sido así. Si repasamos la historia de la institución vemos cómo se ha negado la plaza a muchas mujeres que la merecían tanto o más que sus compañeros varones.

– Por supuesto que ha sido así, pero yo insisto en que no ayuda seguir insistiendo en ese hecho. Tanto si es en la Academia como si es en la Sanidad, la primera cuestión que hay que plantearse es si la persona que entra tiene el nivel suficiente; que luego se hagan otras preguntas, referidas a la condición de la mujer en casos muy llamativos de desigualdad, me parece bien, pero yo a lo que me refiero es a que resulta doloroso, desde el punto de vista personal, que lo primero que te pregunten es qué sientes por ser mujer, cuando tú lo que crees es que en tu vida profesional has alcanzado algo por tus méritos, por tu dedicación al trabajo. Hay que normalizar las cosas un poco, porque si no la anécdota se convierte en categoría y entonces se pasa a un discurso en el cual la mujer se convierte en una especie de bicho raro dentro de cualquier institución. Personalmente pienso que con lo que más se hace es con el ejemplo. Me gusta mucho esa expresión del “dímelo hilando”. En una clase, frente a los alumnos y las alumnas; en casa, ante los hijos, o en la sociedad, defiendo que es más efectivo el predicar con las obras que con las palabras y los discursos. Esto no quiere decir que no respete los discursos, siempre que sean sensatos, pero, en mi caso, prefiero aportar lo que buenamente puedo y hacer las cosas lo más dignamente que me han enseñado a hacerlas tanto mis padres como mis maestros. Eso me va mucho más que interpretar el personaje cervantino de la dueña Dolorida, lo cual es absolutamente negativo. Insisto en que debería hacerse más hincapié en la brecha social, que a la hora de la verdad es el auténtico obstáculo, y también defiendo que la solución para muchas mujeres que se angustian al no ver el camino para conciliar vida laboral y profesional pasa porque el hombre se implique más en el proceso de compartir el cuidado y la educación de los hijos. Poner en marcha programas que alejen a la mujer del trabajo durante un tiempo, como se hace en algunos países avanzados, a la larga, lejos de favorecerla, pueden perjudicarla en el momento en que se quiera volver a incorporar al mundo laboral.

Los mayores obstáculos que, por lo general, tienen que afrontar las personas son debidas a la brecha social. Se insiste mucho en el problema de la mujer, que evidentemente existe y está demostrado históricamente, pero pienso que una mujer si tiene medios económicos podrá salir adelante, desarrollar una carrera, triunfar, pero que eso nunca lo conseguirá una persona, hombre o mujer, que carezca de esos medios.

– Dar ejemplo con los hechos, que los hechos se ajusten a las ideas. Eso es muy de Gracián. A ello se refiere en uno de los textos de “Bodas de arte e ingenio”.

–  Es muy de Gracián y también muy del Siglo de Oro, aunque, en el fondo, es una tradición más antigua, clásica y medieval. Se trata de los dichos y los hechos, de que las palabras se ajusten a las cosas. En realidad la literatura es eso, una adecuación entre las palabras y las cosas, sin olvidar que a veces las palabras ya son cosas, porque en literatura un cambio en la forma es un cambio en el fondo. La literatura siempre ha hablado de cuatro o cinco temas grandes y universales: el amor, la muerte, la envidia, el odio, la melancolía. Lo que va cambiando son las maneras, las formas en que todos esos sentimientos, pasiones y razones, se van transmutando a lo largo del tiempo. Eso que dice Alberto Blecua, que a mí me hace mucha gracia, de que la literatura ni se crea, ni se destruye, únicamente se transforma.

– Pero también la frase tiene que ver con el hecho de dar ejemplo, de convertirse en modelo de conducta, de tender a la excelencia.

-Sí, pero aquí se ha de tener cautela porque es un error pretender ser modelo de algo o de alguien, sobre todo si partimos del hecho de que todas las personas tenemos muchísimos defectos, defectos que, además, se acrisolan, se acuñan y se agrandan con el tiempo. De lo que se trata es de procurar hacer las cosas lo mejor que se pueda y, en ese sentido, también es verdad que el servir de espejo a otros nunca lo tiene que pretender uno, sino que son los demás los que lo determinan. Tú puedes creer que estás dando una imagen y a lo mejor la imagen que das es la contraria a la que pretendías. A mí, en ese sentido, Gracián me ha enseñado lo que es la verdadera discreción, que consiste en saber elegir, una de las cosas más difíciles que hay. Ya  decía Aristóteles que la vida depende de las elecciones que hacemos, a sabiendas de que toda elección puede ser equívoca y de que, afortunadamente, también se puede deshacer el camino y volver a elegir de nuevo.

– Después de tanto tiempo leyendo y estudiando a Gracián, ¿en qué se ha convertido, en un compañero, en una buena compañía?

– Gracián, como se decía en el Siglo de Oro, es todo caldo de cabeza y suele ser agotador. Yo llegué a él tarde, con los cuarenta bien cumplidos. Hasta entonces me había parecido inaccesible, no me consideraba lo suficientemente preparada para acometer su estudio. Pero una vez que me adentré en su territorio fue toda una experiencia. Siempre que lees algo de Gracián, como él mismo diría, te deja con hambre. Te obliga a detenerte una y otra vez, no ya en cada realce, primor, capítulo o “crisi”, sino en cada línea, en cada parágrafo y hasta en cada vocablo, porque, siguiendo sus propias palabras, la agudeza es como una hidra vocal, llena de numerosos tentáculos y cuando cortas uno, va y se genera otro. Tal riqueza de lenguaje te conduce a un ejercicio casi gimnástico para intentar penetrar los distintos significados que ofrece. Y, por otro lado, a Gracián no se puede entrar con las manos vacías. Es necesario que te arropes con una erudición y una cultura que, afortunadamente, ya cada vez está más sostenida gracias a los editores y a los estudiosos. Pese a ello, hay que tener en cuenta que Gracián no es como Góngora, que tuvo sus comentaristas. No tuvo ni su Pellicer ni su Salcedo, de manera que interpretarlo es francamente difícil. Por eso he procurado mezclar el estudio de Gracián con otros viajes hacia Góngora; hacia San Juan de la Cruz y Teresa de Jesús; hacia el teatro del Siglo de Oro o hacia Cervantes, que en el fondo es un remanso en relación con Gracián. Bueno, la verdad es que Cervantes y Lope, que parecen tan sencillos, luego son tanto o más complicados que Gracián, pero lo que pasa es que su dificultad y complejidad es a otro nivel bien diferente.

– Él decía “dejar con hambre”, reivindicaba la dificultad. En el prólogo de “Bodas de Arte e Ingenio” se hace alusión lo que buscaba Gracián en los textos literarios: que llevasen al cuestionamiento, a las preguntas, a las reflexiones, a las dudas. Pero, sin embargo, todo eso está muy lejos de la postura del lector actual, cada vez más cómodo, más pasivo, molesto incluso a la hora de tener que afrontar cualquier dificultad.

– Aquí hay que empezar hablando de la pereza mental, de la abulia, que es una palabra que ya apenas se emplea, pero que reina por doquier. Se trata de una especie de dejadez absoluta en la que todo se tiene que servir en bandeja y que se da ya en la primera enseñanza, donde al niño se le convierte en un ente pasivo que va recibiendo cosas, sin apenas estimularlo para que busque por su cuenta, para que rastree. Pero la pregunta también nos lleva a otro planteamiento, el de la utilidad de la literatura. Se considera que la literatura es algo que sirve de adorno, como un hermoso florero, lo mismo que la cultura en general. No se entiende su utilidad inútil, porque los baremos por los que se tiene que medir la cultura no pueden ser los mismos que aquellos por los que se mide la industria o la ingeniería. Ante eso, ya en el Siglo de Oro, Góngora se defendía diciendo que, precisamente, al tener que vencer la dificultad; al tener que acometer una trayectoria semejante a la del autor, que ha llegado a plasmar su pensamiento y su idea, el lector ha de  meterse en el laberinto del lenguaje y de la erudición para desentrañar aquello que está oscuro. En ese momento todo se convierte en luz y en descubrimiento para él y es ahí donde está la utilidad de la literatura. El propio Cervantes dice: “yo he dado en el “Quijote” pasatiempo”. Parece que eso es gratis, pero si nos detenemos un poco en la palabra, pasatiempo significa un tiempo fuera del tiempo que se ha vivido dentro de la literatura.

– En realidad hablamos de algo que precisamente por ser tan valioso no tiene precio.

– Así es. Esa utilidad que da el placer y la belleza y también el terror, la fealdad, la tragedia o desazón que la literatura comporta, tiene una utilidad, entre comillas, que no es comparable a otras utilidades, pero que es la que enriquece al ser humano y le hace más digno. Reivindico ese predicado que en realidad se inició en el Renacimiento y que supuso el canto de la dignidad de las humanidades. Frente a las miserias humanas, el hombre, atado a todos los trabajos y fatigas, se realza dignamente a través de las humanidades, empezando por la lengua, que le permite acceder después al resto de los saberes y a cultivar la dignidad. Ya sólo con eso y con ser libres, con expresar una libertad de pensamiento, se justifica con creces, si es que hay que buscar justificaciones, la literatura. Hay que recuperar ese discurso frente al concepto de adorno y de superficie que en estos principios del siglo XXI se le da al conocimiento y a la cultura, que solamente se ensalzan y se realzan, a efectos periodísticos, en el sentido de escaparate, de algo que sirve de lucimiento.

Frente a las miserias humanas, el hombre, atado a todos los trabajos y fatigas, se realza dignamente a través de las humanidades, empezando por la lengua, que le permite acceder después al resto de los saberes y a cultivar la dignidad. Ya sólo con eso y con ser libres, con expresar una libertad de pensamiento, se justifica con creces, si es que hay que buscar justificaciones, la literatura. Hay que recuperar ese discurso frente al concepto de adorno y de superficie que en estos principios del siglo XXI se le da al conocimiento y a la cultura, que solamente se ensalzan y se realzan, a efectos periodísticos, en el sentido de escaparate.

– ¿Le preocupa transmitir todo eso a sus alumnos? ¿Qué es lo que más le gusta a Aurora Egido de su faceta como docente?

– A mis alumnos siempre les he tenido un grandísimo respeto. En las primeras clases, que di en la universidad de Barcelona, ya no solo era respeto, sino incluso miedo. Tenía 200 alumnos y yo era una profesora muy joven, de 25 años. Desde entonces siempre me he preparado mucho las clases, siempre he pretendido que fueran el resultado de un trabajo previo de investigación y siempre me he preocupado de la transmisión de los temas de una manera elocutiva, es decir, utilizando un lenguaje a la altura de lo explicado. Digo esto porque también creo que en la enseñanza la forma es el fondo. Quizá, a veces, he podido ser excesiva en ese aspecto, pero ha habido alumnos que luego, al cabo del tiempo, me lo han agradecido; porque les he transmitido esa doble función de fondo y forma que tiene que ser también la clase como medio de comunicación. Me he esforzado por estar al día en la materia tratada, por hacerla llegar de una manera atractiva a los estudiantes. He procurado, sobre todo, que amaran la literatura y cuando alguno de los alumnos que he tenido, y son varios los que se han convertido en escritores, me han reconocido que algo de esa vocación creadora, ya no digo investigadora, tuvo que ver con mis clases, me he sentido muy feliz. Confieso que, más allá de los premios y los reconocimientos, que no voy negar que me gustan, pero que son, indudablemente, signos de los honores y horrores de la vejez, que decía Gracián; cuando de verdad me siento feliz es cuando, por ejemplo, entro en un supermercado o voy en el metro, si estoy en Madrid, y de repente me viene alguien, que yo ya no sé cómo se llama, pero que reconozco, porque me fijo siempre en las caras de los alumnos, y me dice que se alegra un montón de verme, que trabaja como profesor, o profesora, en un determinado instituto, y que aún sigue utilizando mis apuntes de clase. Eso me encanta. Me gusta dar clases y les agradezco mucho a los alumnos que hayan sido para mí como un termómetro. Como siempre he vinculado mis investigaciones a la docencia, a veces, antes de publicar algo lo he transmitido en el aula. La reacción de los alumnos, las preguntas que me hacen o la manera en que vierten esas explicaciones en los exámenes, me ha ayudado a corregirme a mí misma, no sólo para las clases sino también a la hora de determinar los cauces de la investigación. Eso ha sido especialmente notorio con alumnos a los que he dirigido tesis doctorales, porque he aprendido mucho de ellos, de todos. Me han ayudado mucho a investigar.

Confieso que, más allá de los premios y los reconocimientos, que no voy negar que me gustan, pero que son, indudablemente, signos de los honores y horrores de la vejez, que decía Gracián; cuando de verdad me siento feliz es cuando, por ejemplo, entro en un supermercado o voy en el metro, si estoy en Madrid, y de repente me viene alguien, que yo ya no sé cómo se llama, pero que reconozco, porque me fijo siempre en las caras de los alumnos, y me dice que se alegra un montón de verme, que trabaja como profesor, o profesora, en un determinado instituto, y que aún sigue utilizando mis apuntes de clase.

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– Es bonito que Aurora Egido diga esto porque normalmente se habla del mal nivel de los estudiantes españoles.

–  Estoy completamente convencida de que los buenos, que los hay en todos los ámbitos, son mejores que los mejores de mi generación. Tienen mucha mejor preparación lingüística, en idiomas; tienen una vocación mucho más fijada y arraigada que la nuestra y yo creo que, afortunadamente, la superarán. Dicho esto, considero que los profesores de enseñanza media son los verdaderos héroes de nuestro tiempo, sin descontar, por supuesto, a los de la primera enseñanza, a los maestros. Ahí es donde el vacío es enorme, empezando porque la literatura se ha convertido en una maría, como se decía antes. La han ido denigrando cada vez más en los sucesivos programas. Se ha optado por fragmentarla, por transmitirla  a través de una serie de textos, de fragmentos, donde a pequeñas dosis se intenta suplir lo que es la lectura de una obra completa. Eso es algo que no entiendo. No digo que los escolares se vayan a leer “Los hermanos Karamazov”, pero es que convertir las novelas, o las obras dramáticas, en un fragmento suelto me parece un crimen cometido con alevosía y premeditación. Por otra parte, las horas que se dedican a lengua española están desgajadas de la literatura y cuando se realizan las pruebas de acceso a la universidad se suele poner como ejercicio, como comentario, cualquier artículo de periódico. No se coge a Larra, a Unamuno, a tantos grandísimos escritores, incluso actuales, que también practican el periodismo, o a periodistas buenos, que también los hay. Cuando se habla de la mala situación de la universidad hay que tener en cuenta los antecedentes. Es cierto que, junto a esos alumnos que mencionaba antes y que son los que de verdad tienen vocación, te encuentras con una masa de gente que no sabes muy bien qué hacen estudiando, por ejemplo, Filología, pero el problema es que la culpa no es de ellos. ¿Cómo van a contestar a nuestras preguntas correctamente si no han recibido una enseñanza básica y elemental suficiente? Es muy triste hacer una pregunta de métrica o de retórica en cuarto de Filología y que te la conteste un Erasmus que viene de Polonia, de Rumanía o de Italia, porque tienen mejor preparación en ese campo. Pero, insisto: aquí los culpables no son los alumnos. Habrá alguno que sí lo sea, porque no estudia o porque acude a la facultad como convidado de piedra, pero, en la mayoría de los casos, la culpa hay que buscarla en los vacíos, en las lagunas del sistema educativo. Es una pena que no haya habido un consenso entre los partidos para hacer programas de educación que permanezcan inalterables, por encima de los cambios políticos; programas que, además, deberían estar hechos, dirigidos y configurados, por los mismos profesores, con la participación de los alumnos cuando estos estén capacitados para ello. Pero “de aquellos polvos vinieron estos lodos” y a mí me parece muy difícil que, tal como van las cosas, esto vaya a mejorar. Si observamos el bachillerato en otros países de nuestro entorno vemos que la base que tienen de lengua es fundamental, porque a través de la lengua, o lenguas, es como se accede luego al resto de los saberes.

Es curioso que actualmente, desde las instancias políticas, se marque como prioridad de la enseñanza pública la enseñanza del inglés, mientras que se descuida la propia lengua.

– Considero que una cosa no debe quitar la otra. Hay que cuidar el español, por supuesto. Eso es básico, pero también es estupendo que se apueste por el segundo idioma. Y en el caso del País Vasco, de Cataluña o de Galicia, fomentar sus propias lenguas. Eso es una maravilla. Yo también quisiera ser trilingüe. Pero los políticos han convertido eso en un problema, lejos de entender que se trata de una riqueza añadida.  Gracián decía que las lenguas son las llaves del mundo, las que te abren las puertas, y ya no me refiero sólo a las económicas, que ya estamos viendo que es así, sino también las del conocimiento y la comunicación. En la edad temprana todo es aprendible, pero hay que transmitirlo desde el gusto por el aprendizaje. Las cosas no hay que hacerlas por imposición gubernativa sino por placer, por el placer de los idiomas, de las matemáticas, de las que tantos escolares se quejan. El niño no puede acceder a las distintas materias como si fueran un suplicio, ya se trate de lengua, de física o de matemáticas.

Los profesores de enseñanza media son los verdaderos héroes de nuestro tiempo, sin descontar, por supuesto, a los de la primera enseñanza, a los maestros. Ahí es donde el vacío es enorme, empezando porque la literatura se ha convertido en una maría, como se decía antes. La han ido denigrando cada vez más en los sucesivos programas. Se ha optado por fragmentarla, por transmitirla  a través de una serie de textos, de fragmentos, donde a pequeñas dosis se intenta suplir lo que es la lectura de una obra completa.

– Pero más que buscar ese goce del saber, del aprender, que es siempre descubrimiento, aventura, hoy se fomentan los resultados por encima de todo, se examina a los niños una y otra vez. Importan más las notas obtenidas que la curiosidad o la creatividad, por ejemplo. 

– Uno de los problemas de la enseñanza en este país es que pasamos de una educación férrea, anquilosada, a un dejarles hacer, que tampoco ha sido nada bueno. La enseñanza a los niños debe impartirse tratando de que les guste aquello que están haciendo, pero también hay que imponer ciertas normas y límites. Ahí está la gracia. Hay que tender a un equilibrio. Ahora hay muchas asignaturas en las que todo es imagen, plastilina, susceptible de tener mucho color, pero vacío. Hay que hacer programas más sensatos, con menos materias pero más sólidas. Yo abogo por mi terreno, que es el de la Literatura, pero lo mismo pasa con la Historia del Arte o con la Filosofía, ámbitos que no se están cuidando, en los que los niños llegan limpios, casi sin mancharse, a la mayoría de edad. Y es curioso, porque luego te encuentras con mucha gente con unas ganas enormes de conocer, de saber. Pero,  ¿cómo esas ganas no se han cumplido ya?, te preguntas. Pues resulta que a toda esa gente no le hemos dado lo que necesitaba y lo que le deberíamos haber dado, debido a una programación de la enseñanza nefasta. Me río yo después de los informes Pisa y demás. Ahí estamos todos: los profesores, los padres, la sociedad entera y los políticos, por supuesto.

– ¿Hasta qué punto la universidad es reflejo de la sociedad en que vivimos?

–  Absolutamente. Todo es reflejo de todo. La universidad no es un globo de cristal que se pueda aislar. Ahora mismo hay gente que destaca muchísimo, y no me refiero sólo al ámbito de las letras, sino también al de las ciencias. Si antes no veías un nombre español en las estadísticas internacionales, ahora hay gente brillantísima, que está en todas partes. Pero, claro, volvemos a lo de antes: esos son los felices pocos,  y a mí lo que me preocupa son los muchos que alcanzan un nivel cultural bajo. Eso se podría solucionar sin mucho esfuerzo, porque está en manos de los profesores, que están preparados, y de los padres, que también lo están. Pero no puede hacerse pensando que los niños, los adolescentes, son sujetos a los que no se debe molestar, a los que no se les deben marcar reglas. Ese no es el camino. El “usted”, por ejemplo, que no se utiliza ya, ni en el ámbito familiar ni en el de la educación, lo van a tener que utilizar desde el primer día que trabajen en una empresa privada. Pero terminan los estudios sin saber hablar en tercera persona. El salto que dan esos jóvenes cuando pasan al mundo laboral es tremendo, porque de repente se caen del árbol supuestamente maravilloso en el que se les había pretendido ubicar.

– ¿Cuándo se vive todo el tiempo entre libros es posible atisbar las miserias del presente? ¿Por qué da la impresión de que muchas veces el estudioso, el investigador, está como en una torre de marfil, alejado de la realidad?

– Esto nos lleva al árbol en el que vive el protagonista de “El barón rampante”, de Italo Calvino, el cual no le impide contemplar el mundo, vivir aislado de él. El universitario o el que se dedica al ámbito de la cultura se enfrenta a ese peligro, y por eso, precisamente, yo creo que es bueno vivir con los pies en el suelo, en la realidad que se pisa. Aunque la literatura, como dijo Borges y, en el fondo, también Gracián y Cervantes, no es el mundo, sino la capacidad de crear otros mundos diferentes, sí tiene el poder de decirnos algo del mundo que no se ve a primera vista. Gracián hablaba de ser zahorí, de ser capaz de imaginar y de ver lo que hay bajo la cifra de las cosas y descubrir lo que hay tras las apariencias. Eso lo enseña como nada la literatura y, por supuesto, la filosofía y el arte, que nos permiten mirar con perspectiva. Pero es evidente que la realidad es muy distinta, a veces incluso más complicada que la propia literatura o el arte. El mundo real exige que el intelectual, el escritor, el profesor, no deje de vivir en él, porque si no los libros se convierten en un castillo, en una prisión como aquella  en la que vivía el Segismundo de Calderón, que había conocido la cultura, pero sólo a través de los libros, y no había tenido comunicación alguna con el resto de los seres humanos.

– ¿Y cómo contempla usted la realidad, la brecha de desigualdad cada vez más acentuada; las dificultades de las familias; los derechos arrebatados sucesivamente en nombre de la crisis económica…? 

– Pienso que el progreso no siempre va en la dirección que debiera y en momentos como los actuales hay auténticos retrocesos. En el ámbito de las mujeres, por ejemplo, las nuevas generaciones han perdido algunos escalones o los han bajado en relación con avances que habíamos hecho anteriormente. Y también ocurre en el terreno de lo social. Yo estudié siempre con becas y reconozco que la beca te obliga a destacar, porque sabes que si no lo haces, si no te esfuerzas, puedes perderla. Pero resulta que esos planteamientos hoy se deforman para dar la impresión de que la gente lo quiere todo gratis. Sí, hay bastante retroceso y, sobre todo, a mí lo que más me asusta es la enorme brecha que se está abriendo con el empobrecimiento de la clase media, mientras cada vez hay más riquezas cuyas cifras astronómicas asustan. Da la sensación de que todo está dirigido, de alguna manera, para que los ricos lo sean cada vez más y para que haya una gran masa de pobres que, por supuesto, protesta, pero no tanto como debiera.

– Y si esa masa carece de conocimientos, si es privada de la cultura. ¿Cree que también hay intención, que la infravaloración de la cultura es premeditada?

– Considero que forma parte de lo mismo. De alguna manera parece que se tiende hacia una especie de océano gris. Justamente, cuando hay más comunicación y más posibilidades de aprender, se pretende que todo sea como una especie de tabula rasa, uniforme, que no cuestione nada, que no dude, que no obligue a preguntarse. Y la pregunta es fundamental, incluso a sabiendas de que las preguntas a veces no tienen contestación alguna. Por eso me duele tanto que el ámbito de las humanidades esté tan dejado de la mano de Dios, o de los dioses que nos rigen. Por eso digo que somos la única especie a extinguir no protegida, porque se protege al oso panda y a otros animales, mientras que el humanista da la sensación de que es una rareza en este mundo. Es un auténtico disparate. Las humanidades deberían seguir siendo patrimonio común de todos. Es incomprensible que, en este país, teniendo una literatura como la que tenemos, no presumamos de ella. La tratamos como si no valiera nada y yo me hago esta pregunta: ¿Por qué se conoce a España fuera de nuestras fronteras? Nuestros alcances económicos y científicos, afortunadamente, han ido para arriba en los últimos tiempos, pero España se conoce por figuras como Velázquez, como Picasso, como Cervantes. Y qué poco se presume de lo que verdaderamente se tiene. Parece como si todo estuviera guardado en el baúl del olvido, mientras se sacan abanicos y mantones de cosas absolutamente superficiales y efímeras. Tendríamos que mirar a los ingleses, a los franceses, por ejemplo, que en eso son los grandes maestros. Calderón o Lope de Vega no son tan conocidos como Shakespeare y son igualmente extraordinarios. En ese sentido tenemos mucho que aprender, sobre todo cuando tenemos tantos millones de hispanoparlantes. Cuando fui presidenta de la Asociación Internacional de Hispanistas, todos mis discursos iban en esa dirección. La verdad es que el número de hablantes se nos ha dado gratuitamente, por la fuerza de la unión entre hombres y mujeres, pero tenemos un peso muy escaso en los foros internacionales políticos y económicos. Ya es hora de convertir el español en lo que debería ser, una lengua a todos los niveles, no sólo en el ámbito de la cultura y de la comunicación, sino también en el económico y social. Con el tiempo eso se irá imponiendo por la fuerza de la gravedad; gravedad en el doble sentido: por lo grave, lo doloroso, y, también, por el peso que el número de hablantes impone. El español se está convirtiendo en una lengua de comunicación en Europa. Las universidades cada vez tienen más alumnos que lo aprenden, no tanto por España como por el conjunto de Hispanoamérica, pero queda muchísimo por hacer. En este sentido, que se pretenda hacer una política de España y de lo español, que a mí me parece estupendo, y que luego no se cuide la enseñanza de la literatura española y de la lengua española en España, parece casi un chiste.

Es incomprensible que, en este país, teniendo una literatura como la que tenemos, no presumamos de ella. La tratamos como si no valiera nada y yo me hago esta pregunta: ¿Por qué se conoce a España fuera de nuestras fronteras? Nuestros alcances económicos y científicos, afortunadamente, han ido para arriba en los últimos tiempos, pero España se conoce por figuras como Velázquez, como Picasso, como Cervantes. Y qué poco se presume de lo que verdaderamente se tiene. Parece como si todo estuviera guardado en el baúl del olvido, mientras se sacan abanicos y mantones de cosas absolutamente superficiales y efímeras.

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– Volviendo a Gracián. ¿Cómo convencer a un lector de hoy que es interesante acercarse a él y cómo comprender que una obra suya, “El oráculo y el arte de la prudencia” se llegó a vender como un libro de autoayuda con gran éxito?

– Bueno, hay que reconocer, como decía antes, que Gracián es un autor muy difícil. Nunca será Cervantes ni Lope de Vega, ni tiene porqué serlo, ya que la riqueza de la literatura es que hay autores para todos los gustos y para todas las épocas. El hecho de que el “Oráculo” haya sido tan atractivo proviene, no hay que negarlo, de que es un libro fragmentario, hecho a base de oráculos pequeños, que son como píldoras que vienen muy bien a este mundo fragmentado de la modernidad, mejor dicho de la posmodernidad, que se alimenta en gran parte de píldoras, de cosas efímeras, de frases sentenciosas, que quedan ahí, acrisoladas. En el fondo lo que Gracián hace es convertirse en oráculo para todas las preguntas que un lector le pueda plantear, preguntas que, además, no son nada claras sino que se insertan en una especie de laberinto lingüístico y conceptual. Entrar por el “Oráculo manual y arte de prudencia” es el camino más fácil, pero hacerlo por “El criticón” ya son palabras mayores. Pero también lo es el “Quijote”. La gente presume de su lectura y yo he comprobado en la universidad, cuando he tenido que examinar o hacer preguntas, que son muchos los que no han terminado la primera parte o han pasado a la segunda. Y lo mismo ocurre con Lope de Vega, que parece tan fácil y no lo es. En el caso del “Oráculo” nos damos cuenta también de hasta qué punto muchos de nuestros autores se han hecho universales a través de la traducción a otras lenguas. Aquí ocurrió que un hispanista, Christopher Maurer, hizo una traducción al inglés de la obra, adaptándola un poco al pensamiento moderno y haciéndola asequible al lector norteamericano o inglés medio. Esa traducción, además, se acompañaba de un CD que muchos “yuppies” de Manhattan escuchaban cuando iban a trabajar. Eran frases que la gente retenía, del tipo: ¿cómo situarse en relación con los que son superiores o inferiores?. El “Oráculo” es un arte para todos; como el de Delfos te responde a todas las preguntas, pero de ahí a pasar a una lectura profunda de la obra ya es otro cantar. Y luego nos encontramos con libros como “El discreto”, que son bastante fáciles de leer, pero que no han tenido una difusión muy amplia. Incluso otra obra como “El héroe” es bastante poco conocida y para mí es de lo mejor de Gracián. Se trata de la primera y en ella está todo. En lo que respecta a “El criticón” ha tenido grandes lectores, pero ha sido más estimado fuera de España, sobre todo en Alemania, gracias a Schopenhauer, a Nietzsche, quienes le pusieron esa medalla de ser uno de los mejores libros del mundo, de los tres mejores, como decía Schopenhauer. Gracián tiene esa resonancia de universalidad. Siempre es para unos pocos por la dificultad que comporta, pero traspasa el tiempo y el espacio.

– Aunque no se le lea mucho, a través de la corriente del tiempo y de la tradición, Gracián ha llegado hasta nosotros. Lo ha hecho de la mano de otros autores a los que ha influido. En “Bodas de arte e ingenio” resulta muy interesante comprobar el trazado de puentes hacia el presente, el diálogo con Borges o con Augusto Monterroso, por ejemplo.

– Sí. Incluso hay una atribución de un poema de Matías Genovés, que no era de Gracián, y por el que fue atacado por el propio Borges y por otros. Ahí vemos claramente que la literatura es historia de la recepción. En el caso de Borges siempre mantuvo una especie de batalla contínua con Gracián, como la mantuvo con Quevedo y con Cervantes, porque todo autor tiene que apartar al resto de los clásicos. Lope decía que cuando escribía una comedia tenía que encerrar a Plauto y a Terencio con seis llaves para que no le gritaran. Y eso es lo que hace Borges también con los clásicos. Los lee, se apasiona y luego tiene que encerrarlos con siete llaves o más, tiene que discutir con ellos. Y también hay que tener en cuenta que, a principios del siglo XX, cuando se resucitó al Barroco y al propio Góngora, los escritores tenían que luchar con un lenguaje que había llegado al máximo. Era necesario que, a partir de ahí, ellos crearan otro nuevo, acorde con su tiempo. Lo mismo pasó con el realismo mágico, cuyo concepto nació a la vez que el del barroco -ambos conceptos se transmitieron a través de la “Revista de Occidente”-. El realismo mágico ya estaba inventado, pero había que reinventarlo y crear un español moderno. Por eso, en el fondo, Borges fue un poco cruel con Gracián y lo convirtió en una especie de laberinto de palabras, de ingeniosidad y de fuegos fatuos. Él sabía que no era así. Si repasamos sus obras, desde “Funes, el memorioso” hasta “El jardín de los senderos que se bifurcan”, pasando por su idea de la biblioteca como un paraíso, que luego desarrolla también Umberto Eco, vemos que todo eso está ya en Gracián, pero había que reformularlo y transmitirlo de otra manera. Borges le da a todo un significado diferente, a través de un nuevo lenguaje, y ahí está esa especie de “otro yo” con el que todos los escritores combaten para crear un yo que sea distinto y que no se parezca nada al original. Ese es un proceso que todo creador tiene que llevar a cabo, cualquiera que sea la época o el momento.

Un hispanista, Christopher Maurer, hizo una traducción al inglés del “Oráculo” de Gracián, adaptándola un poco al pensamiento moderno y haciéndola asequible al lector norteamericano o inglés medio. Esa traducción, además, se acompañaba de un CD que muchos “yuppies” de Manhattan escuchaban cuando iban a trabajar. Eran frases que la gente retenía, del tipo: ¿cómo situarse en relación con los que son superiores o inferiores? El “Oráculo” es un arte para todos; como el de Delfos te responde a todas las preguntas, pero de ahí a pasar a una lectura profunda de la obra ya es otro cantar.

– ¿De qué manera dialoga Gracián con sus contemporáneos?

– Pues de una manera bastante cruel, en el sentido de que también hace como Borges. Cuando ves los prólogos de sus obras, el catálogo de autores que reivindica es siempre clásico. Invoca a Horacio, a Ovidio, a Homero, a Luciano. Alude a la sátira menipea, a John Barclay, que era extranjero, a Marino… Pero, a excepción de en “La agudeza”, donde la mayoría son españoles; donde alaba y cita a Góngora por encima de todos; a Lope no tanto; a Calderón menos, en el resto de su obra hay un silencio absoluto sobre los contemporáneos. Eso es algo que, a la hora de la verdad, todos los autores suelen hacer. Ya lo decía Truman Capote: “advertisements for myself” (“anuncios para mí mismo”). Desde Garcilaso hasta Gracián, que marcan un poco el arco desde el Renacimiento hasta un barroco que se irá diluyendo en la segunda mitad del XVII, a lo que aspiraban todos era a convertirse en clásicos españoles, emulando a los italianos, que eran los grandes modelos. Querían colocarse en el panteón clásico a esa altura y entonces, claro, solían ser  bastante olvidadizos con los que tenían al lado.

– ¿Y con Cervantes?

– Pues con Cervantes la relación es muy curiosa, porque apenas aparece, pero está. Yo creo que, de todas maneras, por quien más admiración sentía Gracián era por Mateo Alemán, porque el “Guzmán de Alfarache” para él era como el modelo por excelencia. En él encontraba una carga creativa de narración vital, de picaresca, género que también hemos apostillado después, y al mismo tiempo una gran peso de filosofía moral. La moralidad para Gracián es fundamental. No se le puede entender sin la filosofía moral, aunque no fuera un filósofo sino un escritor, faceta por la que le reconocemos. En relación con el “Quijote”, Gracián no lo valoraba porque lo veía un entretenimiento. Él, autor de “El héroe”, un libro donde va buscando maximidades en la persona y predicando eso tan difícil de que cualquiera puede ser héroe de sí mismo si alcanza la magnificencia, la excelencia, y la traslada a su diario vivir, no soportaba, o le parecía una desfachatez, que Cervantes hubiera convertido en héroe a un loco, acompañado, además, de un personaje como Sancho Panza. Eso a Gracián no le gustaba, como tampoco el teatro; siempre arremetía contra las comedias. Sin embargo, hay que decir que fue capaz de ver donde había una gran obra universal, porque “El gran teatro del mundo” y “La vida es sueño” son fundamentales en “El Criticón”. Las dos puertas que coloca en la primera de ellas Calderón, donde el nacer y el morir, la cuna y la sepultura, están tan cercanas, así como esos personajes que van buscando un autor, tema que aparece en el peregrino inmortal en “El Criticón” y que también tomó Pirandello, indican ese reconocimiento. Pero el mundo de la comedia le parecía quizá demasiado frívolo, festivo.

– También es interesante su relación con Góngora y con Quevedo.

Gracián no es Góngora, es contra Góngora, en el sentido de que lo admira, lo mismo que le pasa con Quevedo, del cual dice que sus obras son como el tabaco, de mucho placer instantáneo, pero de poco provecho moral. Es bastante injusto con él, pero a Quevedo lo imita también muchísimo, trasladando también sus bajadas al infierno a “El Criticón”. Pero él quería destacar de manera diferente, huyendo de lo que podríamos llamar literatura de mero entretenimiento y buscando la acomodación entre el concepto y el lenguaje, que estos fueran unidos y sirvieran el  uno al otro. En eso yo considero que es el más grande junto con Calderón. Fueron coetáneos, nacieron con un año de diferencia -Gracián murió bastante antes, veintitantos años antes que Calderón-  y ambos practicaron esa unión de literatura formalmente escrita con ingenio y agudeza, pero que está al servicio de una filosofía moral.

– La lagunas, los vacíos del presente, los males de la educación, la infravaloración de las humanidades. ¿Que tenemos que aprender del pasado en relación a todo esto? ¿Qué época del pasado le parece especialmente luminosa?

– Pienso que, aunque haya habido siglos de Oro y de las Luces, todo eso no dejan de ser convenciones. En mi opinión ninguna época ha sido perfecta, que incluso ha habido algunas que se nos han transmitido como imperfectas, caso de la oscura Edad Media, que los renacentistas trataron de inventarse y que luego la historiografía ha demostrado que no era tan oscura y oscurantista. A veces el Siglo de Oro también se vende, por culpa de la leyenda negra, como un siglo lleno de paños largos y de pesimismo, cuando en realidad también es cierto que la gente se pasaba el día de fiesta en fiesta y en el teatro. En ese sentido me gusta acudir a las caras de la prudencia, ese cuadro de Tiziano con tres caras: una que mira al pasado, otra al presente y otra al futuro. Gracián es lo que hace a lo largo de toda su obra. Mirar al pasado para rescatar todo lo bueno que haya en cada época y en cada momento. Lo del tiempo pasado fue mejor es una percepción que tenemos y que se inscribe en el plano humano, porque nos hacemos viejos y querríamos volver a ser jóvenes. Por eso tendemos a pensar y a rescatar lo bueno que nos queda, porque es gracias a eso que sobrevivimos. Debemos ir al juego de las tres caras de la prudencia: aprender del pasado para vivir mejor el presente y también para iluminar el futuro y hacerlo mejor. Al menos debemos intentarlo. Otra cosa es que lo consigamos.

– Pero es que el progreso se ha mitificado tanto, que lo bueno del pasado se ha olvidado. Quizá ése sea uno de los problemas de la época que vivimos.

– Sí. Y, además, cada época tiene una apreciación sobre el pasado o los pasados, que son muchos, distinta. Lo que sucede es que el pasado exige conocimiento, memoria y estudio. Lo que no se puede es frivolizar sobre los hechos acontecidos y ya no se trata de hablar de historia de la literatura sino de Historia con mayúsculas. De ahí la importancia de la educación, que permite estudiar y analizar el pasado sin apasionamientos, reflexivamente, con la luz de la razón. El pasado es historia del aprendizaje, por eso la desmemoria y la amnesia es lo peor que puede acontecer en un pueblo. Hay que ir al pasado y ahí rescatar lo mejor y también aprender las lecciones de lo peor, para no repetirlas. Dicho esto, no debemos olvidar tampoco que el ser humano caerá mil veces y que ese sentido progresivo de la Historia en ocasiones es equívoco, porque hay etapas de retroceso y ese retroceso se produce precisamente por falta de conocimiento del pasado, por inercia, por abulia. El futuro lo que exige es ánimo y una dirección. La teoría de la prudencia en Aristóteles y en Gracián significa tener una meta y el que no tiene una meta clara se pierde. Ahora bien, en la literatura también Cervantes nos enseña el gozo de no tener una meta. Don Quijote deja a veces el destino de su camino al caballo, al azar, porque lo que no puede el ser humano es tampoco vivir todo el rato pendiente de cosas trascendentes. Hay que buscar un término medio.

-La vida es imprevisible.

– La vida es imprevisible y debe serlo, porque de lo contrario no se descubren cosas nuevas. Es más, es necesario que uno se pierda en el camino para encontrar otros caminos. Huarte de San Juan, que fue un gran maestro de Gracián, habla de que en el ámbito de la literatura y en general de la creación no hay que ir por los senderos por donde van todos, sino marcharse y descubrir esos que nadie ha pisado. Si no es de esta manera no puede darse ninguna manifestación creativa. Y yo creo que esto también se puede aplicar al ámbito de la enseñanza e incluso a la propia vida. El gozo del descubrimiento se hace siempre a partir de caminos que no están prefijados con anterioridad.

– Aurora Egido ha publicado recientemente el libro “Bodas de Arte e Ingenio” (Acantilado) –

Esta entrevista se publicó previamente en el número 111 de la revista “Turia”.

Todas las fotografías a la académica Aurora Egido fueron tomadas, para Lecturas Sumergidas, por Nacho Goberna en diferentes estancias de la Real Academia Española.

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