Kirmen Uribe: “Los hombres debemos caminar junto a las mujeres”

FOTO CABECERA POR RICKY DÁVILA / Artículo por Emma Rodríguez © 2022

El título de la nueva novela de Kirmen Uribe, La vida anterior de los delfines, tiene que ver con una leyenda vasca que habla de las personas que se enamoran de las lamias, seres mitológicos de aspecto similar al de las sirenas. Quienes entran en contacto con ellas sufren un cambio radical, “definitivo, irremediable”, acaban convirtiéndose en delfines. Esta leyenda, que otorga a la historia un cautivador cariz poético, que actúa como una especie de fondo “musical” que se va introduciendo en el relato, tiene mucho significado, pues alude a las transformaciones que sufren los migrantes, a los que la vida les cambia por completo cuando cruzan la frontera.

Una vez emprendido el viaje, el camino se vuelve otro, muy diferente al imaginado, y los sueños que alimentaron nuestra partida quizá resulten tan fantasiosos como las propias lamias (…) Los migrantes desconocemos lo que nos deparará el futuro, pero sabemos bien que el pasado ya nunca será el mismo que fue”, leemos en las primeras páginas de una obra que habla de viajes, de huidas, de marchas forzosas, de búsquedas en otros lugares, lugares ajenos que representan tanto el desarraigo como la promesa.

Kirmen Uribe (Ondarroa, Bizkaia, 1970) desarrolla su narración en dos planos fundamentales: pasado y presente, ayer y hoy. Todo empieza con una investigación y con una beca de escritura concedida al autor por la Biblioteca Pública de Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de abrir las cajas que guardan la trayectoria de Rosika Schwimmer, una valiente activista y feminista judía de origen húngaro, emigrada a Estados Unidos, del mismo modo que su biógrafa, Edith Wynner, gracias a la cual su historia sigue viva. El discurrir de esta aventura, que nos lleva a la convulsa Europa de la Primera Guerra Mundial, corre en paralelo al devenir de una familia vasca, la familia del propio escritor, a la que las circunstancias conducen a la capital estadounidense. Se trata de historias, de migrantes en cualquier tiempo y circunstancia. Mientras leemos tenemos la sensación de que lo que sucedió renace de algún modo para intensificar memorias, sentidos, emociones, convicciones, luchas que no deben caer en el olvido.

Una vez me habitué a desempolvar los archivos de Rosika Schwimmer como parte esencial de la investigación, no tardé demasiado en advertir que aquellas cajas, además del pasado, contenían secretos del porvenir, y no precisamente del de ella, sino del mío, la vida pendiente, el tiempo por vivir”, escuchamos la voz del escritor mientras se adentra en un destino ajeno que tiene el poder de remover sus recuerdos, de agitar su conciencia, de fortalecer su identidad.

Uribe habla de lo acontecido en otra vida, pero lo que busca es hallar reflejos de circunstancias, de hechos, de ideas y cuestionamientos que le han constituido como persona, que han marcado su manera de ser, los pasos de su trayecto. “Yo crecí entre mujeres feministas de los años setenta. Siempre tuve la sensación de pertenecer a una familia diferente, eran mujeres laicas que se replantearon todo: la sociedad, las relaciones personales, la propia familia. Ser un niño diferente acarreaba mucha incomprensión, también soledad, ya que la sociedad aún no estaba preparada para asimilar los cambios que planteaban las mujeres que me ayudaron a crecer. / Para mi cuarta novela quería buscar un espejo en el que se reflejase aquella niñez tan especial…”, explica el autor en un texto titulado De Ondarroa a Nueva York, donde analiza las principales claves del proceso de escritura.

La novela de Uribe habla de una mujer que, en su época, fue vilipendiada por sus ideas, por su ferviente activismo en la lucha por los derechos civiles, al tiempo que rememora otras luchas más cercanas acaecidas en el entorno del escritor. Rosika Schwimmer es una figura absolutamente vigente que nos recuerda la importancia de la perseverancia y la resistencia ante las olas de regresión que están al acecho. Esta obra que va abriendo tantas ventanas, tantas capas de sentido, reivindica de fondo las corrientes de reivindicación, de protesta, de insumisión, que siempre van moviendo la Historia hacia adelante. 

«La vida anterior de los delfines» habla de Rosika Schwimmer, una valiente feminista que, en su época, fue vilipendiada por sus ideas, por su ferviente activismo en la lucha por los derechos civiles.

El feminismo en La vida anterior de los delfines es una poderosa linterna que ilumina lo que acontece, tanto en el ayer como en el hoy. Su fuerza se percibe en una entrega que mira hacia atrás y a la vez deja que la inmediatez se introduzca en sus páginas. Creación y vida; memoria e introspección; reflexión y emoción, se dan la mano en un libro que, a fin de cuentas, habla de ideales, del deseo de “cambiar el mundo, un propósito que es, sin duda, una poderosa manera de resistir, de plantear batalla, desde el territorio de la ficción. Al respecto, en el intercambio de preguntas y respuestas mantenido con el autor, vía correo electrónico, este menciona lo que decía Susan Sontag de que “cualquier lucha perdida servirá de inspiración a otra” que se podrá ganar en el futuro.

Kirmen Uribe fotografiado por Richard Rothman.

Mientras leía la novela me planteaba, como me ha sucedido otras veces, con otros libros, la manera en que muchas veces la literatura se adelanta a los acontecimientos o merodea en torno a temas y conflictos que están a punto de ocuparnos, de preocuparnos. En La vida anterior a los delfines se aborda la biografía, de una mujer, Rosika Schwimmer, que defendió hasta las últimas consecuencias el pacifismo, el antimilitarismo. Su tiempo fue el de la Primera Guerra Mundial. Ahora, con la guerra de Ucrania, el pacifismo, su defensa, ha vuelto al primer plano de la actualidad. ¿Qué opinas al respecto?

– Que la historia, en cierta manera, se repite. Aunque la sociedad cambie, la violencia, la guerra, siempre están ahí. Son la solución fácil. La Guerra aparece ya en las obras de Homero. La Iliada es la crónica de una guerra europea de hace miles de años. Aunque a mí me gusta más la Odisea, que es el viaje posterior a la guerra, el regreso, un regreso no directo, ni instantáneo, que se prolonga durante muchos años. Es como si Ulises no quisiera volver, como si dudara de cuál es su lugar en la tierra.

En la época a la que nos traslada la novela, el camino del pacifismo, la búsqueda de la negociación, del diálogo, para parar la guerra, se veía ingenuo y resultaba incómodo para amplios sectores de la población. La protagonista se encontró con muchos seguidores, pero también con feroces detractores. En la actualidad quienes defienden la diplomacia, convencidos de que se podía haber evitado la guerra, también somos tachados de ingenuos. Ha pasado el tiempo, se supone que deberíamos haber aprendido del devenir histórico, pero…

– Así es. El pacifismo tuvo mucha fuerza en la sociedad estadounidense en la primera mitad del siglo XX. También en el mundo, no hay que olvidar la figura de Gandhi. Schwimmer fue candidata al Premio Nobel de la Paz. Pero poco después, durante la Guerra Fría, su figura no interesaba. Fueron unas décadas marcadas por el militarismo, con dos bloques que se armaron hasta los dientes. No fue hasta la Guerra de Vietnam, en los sesenta, cuando se volvió a pensar en el pacifismo, con figuras como John Lennon y Yoko Ono y su Imagine, con una letra tan revolucionaria y tan vigente.

¿Hasta qué punto la literatura puede ayudarnos a interpretar el presente, el mundo en el que vivimos? Pienso que, en medio del ruido, del caos informativo, una novela como esta puede añadir algo de luz, de comprensión, de perspectiva. ¿Estás de acuerdo?

– Claro que sí. No hay más que leer Guerra y Paz, de Tolstói. La literatura va a los matices, te habla de las personas. El detalle del cometa de 1811 en la obra de Tolstói, por ejemplo. Fue un cometa de gran tamaño, visible, similar al Hale-Bopp, que nosotros conocimos. De repente aparece un cometa en el relato, este episodio es bellísimo, es como si fuera una señal de que todo va a cambiar, de que habrá otra vida después del conflicto. Estos detalles te los da solo la literatura. El discurso político trata de unir, o de desunir, en él muchas veces se fomentan la uniformidad y el odio. La literatura habla de las consecuencias de esos discursos en las personas, siempre va a lo particular. Porque los seres humanos somos únicos y diferentes, y de eso va la literatura, desde los inicios.

«El pacifismo tuvo mucha fuerza en la primera mitad del siglo XX. Rosika Schwimmer fue candidata al Premio Nobel de la Paz. Pero durante la Guerra Fría, su figura no interesaba. Fueron décadas marcadas por el militarismo, con dos bloques que se armaron hasta los dientes», Explica el escritor.

La vida anterior a los delfines es una novela que se lee con facilidad, a lo que contribuye el estilo directo, desnudo, pero es mucho más compleja de lo que parece por sus muchas capas de sentido, por todos los puentes que tiende, entre tiempos, espacios, circunstancias. Da la impresión de que su forma, su desarrollo, no fue algo premeditado, sino que se fue dando sobre la marcha. Bueno, en cierto modo, de ello se da cuenta en el discurrir de la narración; de hecho, un aspecto muy interesante del libro es que como lectores asistimos al proceso de su creación. ¿Puedes hablarme un poco de todo esto?

Orham Pamuk habla del escritor naif y del sentimental. El primero escribe de manera casi natural, sin pensarlo mucho. El segundo, aunque parte de la intuición, construye cada paso del relato. Yo soy de los segundos. Me gusta mucho planificar cada detalle, ir construyendo la narración con diferentes niveles, con juegos de espejos, trabajando las transiciones. Aunque luego mis libros se lean fácilmente, hay mucho trabajo anterior detrás. Me gusta que el lector pueda leer el libro a diferentes niveles, que parta del superficial, claro está, pero que luego se vaya adentrando en todas las conexiones interiores. Tal vez en una segunda lectura se entienden mucho más las cosas.

¿De qué manera los acontecimientos vividos se fueron introduciendo en el relato? ¿La pandemia, el confinamiento, influyeron en el devenir de la historia que se estaba construyendo, contando?

– Por supuesto. La pandemia me dio el pretexto adecuado para cambiar de voz narrativa. Para pasar de la perspectiva de Uri a la de Nora tenía que haber un pretexto muy claro, de lo contrario el lector se preguntaría el porqué del cambio, se perdería. La pandemia fue la excusa perfecta. Uri pierde las ganas de escribir, está más centrado en otras cosas, le preocupa la situación emocional de sus hijos, y deja la novela. Será Nora la que seguirá con el relato, pero tendrá otra forma, la de una larga carta escrita a su mejor amiga, Maider. Durante la pandemia hubo mucho de eso, nos acordamos de gente que no veíamos desde hacía muchos años. Nora seguirá contando la historia de Schwimmer, pero desde otra perspectiva. Y veremos al autor desde fuera, con sus virtudes pero también con sus defectos, que los tenemos.

Hay otro episodio, el del asesinato de George Floyd en 2021, que activa el movimiento Black Lives Matter, que entra en la historia, y conduce a reflexionar sobre el racismo latente en la sociedad estadounidense. ¿Consideras que la novela es un medio idóneo para narrar el presente, para pensarlo, para evitar que lo verdaderamente importante se pierda entre lo anecdótico, se diluya en el ruido, entre tanta mentira y manipulación?

– Lo creo. Ha habido una gran revolución en la literatura del siglo XXI. Mientras los políticos mienten, en la época de la posverdad, el escritor es el que cuenta la verdad. Ha sido una reacción que se ha vivido no solo en literatura, sino también en el arte o en el cine. La poeta Claudia Rankine, por ejemplo, cuenta “hechos» en sus poemas. Cuenta lo que ha vivido la comunidad afroamericana. Sin adornos. Pum. Esto es lo que hay. Pero lo hace, por otro lado, de una manera emocional, combinando hechos y emoción, los dos grandes paradigmas de la creación en el siglo XXI. Olvídate del “todo está dicho” borgiano. No, no todo está dicho, aún hay muchas cosas que contar, muchas historias y vivencias que han sido silenciadas.

Rosika Schwimmer (1910).

¿De qué manera un personaje como el de Rosika surgió en tu vida y en qué medida la transformó, abrió ventanas de reflexión, de búsqueda, de empatía?

– Los hombres debemos caminar junto a las mujeres en el camino de la igualdad. No solo es pensar ”yo no soy machista» y ya está. No, hay que ser muy autocríticos, deshacernos de los roles masculinos que nos han sido transmitidos durante muchas generaciones. En eso me ha ayudado la figura de Rosika, que me interesó también porque fue una adelantada a su tiempo, incomprendida, olvidada. No soy mucho de victorias épicas, no me atraen.

Supongo que entre las grandes satisfacciones de esta novela está la de haber rescatado a un personaje olvidado, un personaje de gran fuerza que, sin embargo, permanecía oculto, y que, sin duda, es un gran referente del movimiento feminista y pacifista.

– Sí, pero no quería solo escribir una biografía, o una novela histórica, todo eso no me llena. Quería ir más allá. Hacer un experimento. Ver qué pasaba en mi mente cuando abría esas cajas, qué pensamientos me venían. Quería escribir una novela contemporánea, sobre nuestro tiempo, no solo hablar del pasado, sino de la importancia del pasado, del nexo entre generaciones. Ese era mi propósito, más que hablar solo de una persona.

¿Qué le ha aportado a Kirmen Uribe, a nivel personal, la historia de Rosika Schwimmer?

– Me ha llevado a Nueva York. He empezado una nueva vida gracias a ella. He aprendido de mí y de mi pasado. Y me ha dado un libro. 

Es mucho lo que abarca un personaje así. La novela se detiene en su relación, en torno al pacifismo, con el magnate Henry Ford, y se alude a su amistad con Einstein, quien la propuso al Premio Nobel. ¿Hubo algún momento en el que te sentiste desbordado con tanta información, con tantos archivos, detalles, ramificaciones?

– Claro. Siempre hay momentos así. Creo que era Vila Matas quien hablaba de perder teorías. En una investigación de este calado, uno tiene que olvidarse de muchas cosas, quedarse con los detalles esenciales, si no el lector se puede ver abrumado con tanta información. Una novela, estoy convencido, te tiene que enseñar algo que no sabías. En eso estoy de acuerdo. Pero la información no es lo más importante. Lo es más el personaje y su devenir dentro de la historia. Y para ello, con unos pocos detalles basta. Me tuve que olvidar de muchos datos y quedarme con lo esencial.

«no quería solo escribir una biografía, o una novela histórica. Quería ir más allá. Hacer un experimento. Ver qué pasaba en mi mente cuando abría esas cajas. Quería escribir una Novela sobre nuestro tiempo, hablar de la importancia del pasado, del nexo entre generaciones», declara Uribe.

Los migrantes desconocemos lo que nos deparará el futuro, pero sabemos bien que el pasado ya nunca será el mismo que fue”, leemos muy al comienzo de una novela que habla de las dificultades de los migrantes. Si hay que buscar un gran tema en la novela yo diría que es este, el cambio, la profunda transformación que supone abandonar las raíces, integrarse en otra cultura, adquirir otra lengua… 

– Es así. Es una novela sobre los migrantes, sobre el cambio, sobre el derecho a una segunda oportunidad.

El tema de los migrantes es, por otra parte, uno de los grandes temas de nuestro tiempo. No podemos darle la espalda. Sabemos que cada vez será más crucial, que el proceso de cambio climático lo acentuará…

– Es cierto, aunque, por otra parte, siempre ha sido así. Siempre ha habido migraciones. Me acuerdo que en una visita que hice al Sahara me hablaron de la ceremonia del té, tan importante para ellos. Pues bien, aquellas hojas de té las traen desde China. Y eso ha sido así durante muchos siglos. La uniformización, la idea de un país puro, eso es muy reciente. Siempre ha habido desplazamientos de comunidades.

La leyenda vasca de los delfines, tan poética, tiene que ver con todo esto. “A los migrantes nos cambia la vida cuando cruzamos la frontera”, señala el narrador. ¿Cómo se integró esa leyenda en la narración? 

– Pues fue casi al final. Para mí el título es muy importante y encontrarlo es un proceso muy lento. El título original del proyecto que presenté a la Biblioteca era The Book She writes (El libro que ella escribe). Pero luego me acordé de esta leyenda vasca que cuenta que los delfines antes fueron personas y se convirtieron en delfines por amar a las lamias, una especie de sirenas. Me gustó esta idea para el título, el concepto de la metamorfosis, de como una decisión puede hacer cambiar tu vida. Una vez te vas a vivir a otro país todo cambia, tú mismo, y la percepción que tienes del lugar de donde procedes. 

La historia de los vascos que emigraron a Estados Unidos está presente, de fondo, en la novela. En cierto modo, por el planteamiento, por las alusiones, encuentro paralelismos con Días de Nevada de Bernardo Atxaga, donde también el escritor viaja a EEUU y se encuentra con sus recuerdos…

Atxaga es siempre un gran referente. Pero para esta novela he tenido otras lecturas, por supuesto mi querido Sebald, y, por supuesto, Emmanuel Carrère, y también Sigrid Nunez, Valeria Luiselli, Edna O’Brien

La reivindicación de las lenguas minoritarias, más vulnerables, es fundamental en el libro, concretamente la defensa del euskera es otra de las líneas troncales de la novela.

– El euskera es muy importante en mi identidad. Escribir en euskera es ayudar a preservar la diversidad cultural del planeta, y por ello es un bien de todo el mundo, no solo de los vascos. 

Kirmen Uribe fotografiado por Richard Rothman.

Me pregunto hasta qué punto el personaje del escritor, Kirmen Uribe, sintió la necesidad de volver a su lengua, a sus raíces, a sus tradiciones, a sus recuerdos, precisamente por estar lejos. ¿La lejanía intensifica los resortes de la memoria, intensifica el sentido de pertenencia?

– La lejanía ayuda a ver las cosas de otra manera. Es buena la distancia para la reflexión. Y creativamente también es muy positiva. Velázquez no hubiera pintado Las Meninas si no hubiera pasado por Italia; tampoco Joyce hubiera escrito su Ulises si hubiera permanecido en Irlanda. A mí me ha venido muy bien, me siento mucho más creativo ahora, he aprendido mucho.

La insumisión, la desobediencia civil, la lucha por la legalización del aborto en España, la alargada sombra de ETA… De todo esto se habla en la novela, cuya escritura actúa como un activador de lo vivido, de lo experimentado, de lo aprendido, de lo sentido.

– Cuento lo que he vivido y como lo he vivido. Es mi mundo.

Aquí abro otra línea que me lleva a dibujar un camino trascendental en la novela: el de todas aquellas personas que no se resignan, que luchan, que activan los cambios sociales. 

– Es lo que estamos viviendo ahora, después de la posmodernidad. Parecía que no merecía la pena luchar por nada, que todo se había conseguido. Pues no. Hay mucho que hacer aún. Yo no soy muy de echar la toalla. Hasta que me demuestren lo contrario, siempre lucho por mejorar las cosas.

Otra de las particularidades de La vida anterior de los delfines es la de las voces narradoras. Como comentabas antes, la segunda parte de la novela, que en mi opinión gana en emotividad, es contada por Nora, la mujer del autor que está escribiendo sobre Rosika Schwimmer y que en un momento dado atraviesa por un bloqueo creativo. E incluso hay una parte final, más breve, en la que son los dos hijos de la pareja los que ofrecen su versión de lo que está aconteciendo. ¿Cómo surgió esta estructura?

– Esta estructura la tenía en mente desde el principio. Contar una historia con diferentes voces y perspectivas. Empezar con una voz cercana a la mía y luego ir poco a poco alejándome de mí mismo. La novela empieza con una voz masculina, hablando de una sufragista, de las abortistas de Bilbao, de mi tía… y en la segunda parte tenía que haber un cambio. Era necesario que el escritor hombre callara y diese la voz a su compañera, que la mujer contase la historia desde su perspectiva. Eso fue una especie de liberación. Dejar mi voz y ponerme en la piel de mi mujer, verme a mí mismo desde fuera… Y luego acabar con la voz de los niños. Son muy importantes en la novela. Ellos cuentan una escena que ocurre en el futuro, además, en el verano del 2022.

«Parecía que no merecía la pena luchar por nada, que todo se había conseguido. Pues no. Hay mucho que hacer aún. Yo no soy muy de echar la toalla. Hasta que me demuestren lo contrario, siempre lucho por mejorar las cosas», señala el autor.

¿Te sientes cómodo en la autoficción? ¿Crees que La vida anterior de los delfines se puede incluir en esta etiqueta? 

– La autoficción la probé hace años con Bilbao New York Bilbao, mi primera novela. Creo que esta es más biográfica, todo lo que se cuenta en la primera parte es verdad y el lector así lo lee. Luego, al cambiar de voz, de perspectiva, nos vamos adentrando más en la ficción. Es una novela que va de la no ficción a la ficción.

Para terminar volvamos a Rosika Schwimmer. En un momento dado, en su época, tras tantos atropellos sufridos, se convirtió en un símbolo “para las nuevas generaciones idealistas”? ¿Crees que hoy podemos seguir creyendo en referentes similares? ¿En estos tiempos de descreimiento generalizado sigue habiendo lugar para el idealismo?

– Claro que sí, la utopía nos enseña a caminar. Ya lo decía Susan Sontag, cualquier lucha perdida servirá de inspiración a otra que ganará. Hemos avanzado en la igualdad, en los derechos de las minorías, de las identidades sexuales, en la defensa del planeta, porque ha habido muchas luchas perdidas anteriormente. El idealismo es vital, aún hay mucho trecho para conseguir una sociedad justa. Las utopías son necesarias en democracia, si no todo se estanca, empezamos a perder derechos, como ya está ocurriendo en países con gobernantes populistas y de extrema derecha.

La vida anterior de los delfines, de Kirmen Uribe, ha sido publicado por Seix Barral. La traducción del euskera ha sido realizada por el propio Kirmen Uribe en colaboración con J. M. Isasi.

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