Bernardo Atxaga: «Había muchas señales que indicaban que este sistema económico y social es nocivo»

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Foto de cabecera: © Lobo Altuna

Emma Rodríguez © 2020 / Con Casas y tumbas Bernardo Atxaga vuelve a conseguirlo. Nos traslada a unos paisajes y atmósferas donde nos sentimos alejados de la realidad, de las urbes y escenarios que transitamos habitualmente, pero al mismo tiempo logra que reconozcamos y nos sintamos próximos a muchas de nuestras aflicciones, fragilidades y temores. El territorio Atxaga tiene sus propias reglas y un fondo de misterio agazapado muy particular.

Hay escenas y momentos en esta última novela del escritor vasco donde recuperamos los entornos naturales de su célebre Obabakoak, pero en esta ocasión las tonalidades son más sombrías. La idea de la vida como viaje, como camino, impregna esta historia donde la familia y la amistad son ejes fundamentales, pero, como es habitual en Atxaga, son muchos más los fondos, las capas de sentido que vamos encontrando, y muchas también las referencias personales. El trayecto del autor, su propio crecimiento, sus heridas, sus recuerdos, entran en esta obra que nos sobrecoge por momentos, que nos sorprende y nos conduce a búsquedas interiores, dependiendo de nuestras vivencias, de nuestros procesos y ahoras. 

En la parte final de la novela, Epílogo en forma de alfabeto, el autor ofrece interesantes claves sobre los rumbos de la historia y se refiere a los “cientos de páginas, miles de palabras, millones de combinaciones posibles…” de los libros. “No solo suponen un infinito virtual, como el que nos sugiere una milla de mar cuando nos ponemos a mirar desde el paseo marítimo, sino un infinito real, trasunto de todas las realidades de fuera y de dentro, del mundo y del alma”, nos dice.

La vida como trayecto transformador, como os decía, asoma en una entrega que depara algunas iluminaciones realmente prodigiosas y un tránsito por una especie de bosque espeso por el que andamos a tientas, en estado de alerta, expectantes. En este sentido comparte el deslumbramiento que proporciona la gran poesía, descubridora de espacios recién nacidos, de trozos de esa realidad invisible que habitualmente no percibimos. 

La vida como trayecto transformador asoma en «Casas y Tumbas», una entrega que depara algunas iluminaciones realmente prodigiosas y un tránsito por una especie de bosque espeso por el que andamos a tientas, en estado de alerta, expectantes.

La penumbra del bosque, la acechanza, la desgracia, la muerte y también la sanación y la resistencia ante los embates del existir forman parte de Casas y tumbas, donde tampoco faltan los toques de humor del escritor, su habilidad para tomar prestadas las estructuras de géneros como el western o el relato detectivesco. Las seis partes, historias, narraciones, que componen Casas y tumbas, son como tramos del camino que se van encontrando y abarcan un tiempo que va de 1972 a 2017. Conocemos a algunos de los personajes más destacados de niños y nos los volvemos a encontrar en la edad adulta, ya tocados por los golpes de la vida. La España franquista y el conflicto terrorista en el País Vasco forman parte del marco temporal en el que se desarrolla esta novela donde también entra la lucha ecologista y la nefasta gestión de las residencias de ancianos, un asunto de absoluta actualidad en estos momentos de pandemia. 

Casas y tumbas tiene un cierto cariz anticipatorio. Sus matices sombríos se ajustan a lo que estamos viviendo. Hablando de ello empieza esta entrevista con Bernardo Atxaga, un hilo vía Internet entre Madrid y un pequeño pueblo de la provincia de Álava. Preguntas a las que el escritor ha respondido rodeado de naturaleza salvaje y silencio.

– ¿Por dónde empezar? ¿Cuál debe ser la primera pregunta? Casas y tumbas es un libro cargado de sugerencias, de búsquedas, que nos conduce a otras búsquedas. He salido de él como de un bosque espeso, habiendo franqueado sus zonas sombrías, sus acechanzas. En cierto modo, la obra parece ajustarse a los momentos que estamos viviendo (pandemia, confinamiento, oscuridad, perplejidad…) Es evidente que se escribió antes, pero refleja muy bien los espacios de la penumbra… ¿Qué te parece esto que te comento? ¿Te lo has planteado?

– Hace ya tiempo que me pregunto sobre si lo que muestran mis escritos es un campo sombrío. Un bosque, dices tú. Sé que no es así en muchos de ellos, por ejemplo en los infantiles, que, creo, son cómicos y hacen reír a los lectores. Tampoco es sombrío Obabakoak. Al contrario, es un libro alegre. Lo mismo Días de Nevada, aunque en varias de las piezas se hable de la muerte y se describan funerales. Dos hermanos, en cambio, sí lo es. Una novela corta muy sombría. Otras novelas, quizás también. El hombre solo, indudablemente. Dejando al lado lo estrictamente personal, el humor heredado, encuentro un motivo principal, el bosque real que me ha tocado atravesar en esta vida. No he vivido en un campus, ni en un barrio burgués de París en el que podías bramar contra el Estado, la Iglesia, la Familia, la policía, el amor romántico, los bebés etc. mientras te tomabas un café con leche y un croissant. Nací en un pueblo de Guipúzcoa, y llegué a la Facultad de Económicas en Bilbao en 1968, en plena dictadura. Situación tremenda. Bombas, atentados mortales, detenciones, torturas…¿Quién habla de la tortura en la literatura española? Muy poca gente, me parece. Yo lo hago, pero porque me he encontrado con ello. Ese lobo estaba en el camino. Ese lobo y otros muchos. Ahora bien, siempre he tratado de ir más allá de lo previsible. Pienso en la cuarta pieza de Casas y tumbas, la que tiene como asunto el accidente de Luis. Es un texto dramático y, al mismo tiempo, divertido. Eso me parece.

– ¿La literatura, la creación en general, igual que los sueños, puede considerarse un espacio de anticipación, de intuición?

– Hay gente que me ha escrito en ese sentido. “Lo que ocurre con la pandemia es lo que aparece en el título del libro. Ahora mismo, no hay nada más. Todo gira en torno a las casas y a las tumbas”. Pero no sé, no creo que la literatura o los sueños puedan ser proféticos. No me parece posible la historia de que Nabucodonosor soñara con la estatua de los pies de barro y que luego se cumpliera lo dicho por Daniel. Tampoco me merecen confianza, ya en los tiempos modernos, las opiniones de George Steiner, lo de que los textos de Kafka presagiaron el holocausto. Hay anotaciones de Kafka que demuestran que no tenía ni idea de lo que iba a pasar, como cuando se refiere a la literatura en yiddish y le augura un gran futuro. El único futuro que tenía era el que hizo notar I. B. Singer en su discurso de agradecimiento por el Premio Nobel. Dijo que escribía en yiddish porque creía en la resurrección de los muertos.

Lo que sí hace una determinada literatura es decir la verdad, lo que ya está delante pero que no se dice, lo que otros lenguajes esconden o enmascaran. Ocurre además lo que apuntó Victor Klemperer, que con frecuencia el lenguaje piensa por nosotros, que decimos o escribimos lo que ya está “preparado” y, aun siendo falso, parece verdadero. Por eso es difícil la tarea del escritor. Estamos obligados a utilizar una lengua que no nos pertenece y que siempre está dispuesta a traicionar nuestros propósitos.

– En determinados momentos, sobre todo en las dos primeras historias, Casas y tumbas nos transporta al territorio de “Obaba”. Pero el paisaje aquí es más oscuro. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué separa al autor de Obabakoak del de Casas y tumbas?

– Ya he contado alguna vez que la idea de “Obaba” me vino en un viaje que hice a Nápoles, mientras visitaba el Museo Arqueológico. Vi allí un mosaico procedente de Pompeya en el que unas niñas jugaban a las tabas. Me llamó la atención. Había visto una escena similar antes, en mi niñez, en mi pueblo natal. Mis compañeras de la escuela de párvulos sacaban las tabas, las tabas de verdad, los huesecillos de la rótula de los corderos pintados de rojo o de azul celeste, nada más salir al recreo. Pensé entonces que, en lo que al juego se refería, nada había cambiado en dos mil años. La línea no se había roto. La conclusión era fácil: mi mundo, el mundo que conocí en mi niñez, era antiguo, y como tal había que tratarlo. Por eso no hay ningún término psicoanalítico, ni político, ni televisivo en Obaba. Hay animales, fantasmas, pero nadie dice “paranoia”, por ejemplo. Tampoco hay alcaldes, ni elecciones, ni protestas sindicales. En Ugarte, en cambio, el lugar nuclear de Casas y tumbas, hay televisión, hay conflictos laborales, hay personas que en el futuro acudirán al psicoanalista. Ugarte empieza justo donde acaba Obaba. Estamos ya en otro universo… he estado a punto de decir “otro tiempo”, pero no, no sería exacto. Al cabo, la mayor parte de las palabras que utilizamos pertenecen al pasado. Muchas de ellas tienen miles de años. Los universos son distintos, igual que los países o las épocas, pero también hay una continuidad, una unidad. La lengua es la gran argamasa, la materia que lo une todo.

«no creo que la literatura o los sueños puedan ser proféticos. Lo que sí hace una determinada literatura es decir la verdad, lo que ya está delante pero que no se dice, lo que otros lenguajes esconden o enmascaran».

– En la parte final de la novela, Epílogo en forma de alfabeto, señalas al respecto que Obaba pertenecía al mundo de antes, a lo viejo, mientras que Ugarte es un lugar situado en la frontera entre el viejo y el nuevo universo… Esto me lleva a pensar en la manera en que ha ido desapareciendo la cultura rural, en la España vaciada y también en la manera en que el mundo urbano, moderno, globalizado, está haciendo aguas. ¿Tendremos que recuperar lo viejo, aprender de lo de antes? No sé, igual me estoy desviando demasiado…

– Vuelvo a la idea anterior. Yo veo el mundo como veo la lengua, para mí son dos conjuntos similares. Abramos un diccionario, cualquiera de las páginas. ¿Cuántas palabras de las que allí figuran han desaparecido ya de la realidad social? Muchas. ¿Hay alguien que hoy en día utilice palabras como “floreo”, “dentellar”, “maznar” o “ricio”?  Creo que no. De los sustantivos y verbos relacionados con el trabajo campesino, no debe quedar casi nada. Sin embargo, la sintaxis ha cambiado menos, mucho menos. La gente sigue diciendo “me voy a casa que tengo prisa”, la construcción no cambia, o cambia poco. Con el mundo pasa igual. Si comparamos el día a día de una persona de ahora con el de una persona de hace un siglo, las acciones de una y otra serán diferentes, pero, ¿sus pensamientos? ¿lo que siente? La tristeza de un exiliado del imperio romano no debió ser muy diferente de la de un exiliado actual. El miedo a la muerte y el llanto por la desaparición de un amigo es hoy lo que fue en el pasado, por ejemplo en la época de Gilgamesh. De modo que es muy difícil delimitar lo viejo y lo nuevo. Un cibernético actual no actúa como un herrero de hace cien años, pero es posible que ambos sean como dos gotas de agua en lo que se refiere al amor filial o a los gustos sexuales.

– En esa parte final, tan reveladora en cuanto a las claves del libro, te refieres a que una obra no puede simplificarse, que ofrece “millones de combinaciones posibles”, “un infinito real, trasunto de todas las realidades de fuera y de dentro, del mundo y del alma”. ¿Crees que cada lectura reescribe la obra literaria? ¿En qué medida adaptamos a nuestras propias vivencias, experiencias, las historias que nos llegan? “Los libros que se leen sirven para darse una vuelta por la propia vida”, es una de tus frases…

– Indudablemente. Toda buena lectura implica una vuelta por el interior de uno mismo. El texto literario está siempre abierto a la interpretación, el lector lo cierra. Eso se ve claramente cuando se compara una novela, El Quijote, por ejemplo, con las películas que se han basado en ella. En el texto, don Quijote no suena, no oímos su voz, ni siquiera creo que nos la imaginemos. Nos desplazamos por dentro del libro como por un ensueño. En el cine, en cambio, don Quijote tiene una cara, una voz concreta, una forma de caminar. El cine muestra hechos. Como dice Tarkovski, y perdón por la cita, yo sé poco de cine, pero ocurre que el director Imanol Rayo me regaló el libro Esculpir el tiempo, y que yo lo leí con aplicación…Tarkovski dice que el cine es fáctico. Las películas están mucho más cerradas que los textos. Alguien me dirá que sí ve una imagen de don Quijote cuando lee, pero eso ocurre a causa de las ilustraciones de Doré y de sus imitadores. Pero, ¿Pasa lo mismo con Rinconete? ¿Podría alguien decirnos cómo era su voz o la expresión de su cara? Imposible. Hago una precisión, ahora. No todas las novelas propician el viaje por el interior de uno mismo. Las de género, por ejemplo, muy poco, porque se arman a base de estereotipos. Están pensadas para la evasión, es decir, para viajar por el exterior.

– Entre los muchos temas, ventanas que abre esta novela, está la amistad, fundamental en el recorrido. Casas y tumbas es sobre todo una narración sobre el camino de la vida, que avanza entre piedras, como dices “hilos de agua entre las piedras”. Yo la he recibido así. Un recorrido por la vida, por las heridas de la vida, a través de sus obstáculos, asumiendo el dolor que supone, las pérdidas, y las zonas de luz, de aprendizaje que nos depara.

– Hace unos días, repasando los papeles de la novela, encontré un fragmento que, en un principio, iba a formar parte del epílogo. Lo copio casi tal cual: “Si el alma se estuviera quieta como las estrellas fijas de la física antigua, siempre en el mismo sitio y con la misma luz, las amistades se mantendrían sin alteraciones, sin subidas ni bajadas, sin crisis; pero no se da el caso, y lo que más se puede pedir es que todo ese movimiento discurra con suavidad”. Este párrafo contiene lo que para mí es esencial. Todo es movimiento, y, en lo que se refiere a nosotros, vamos por la vida un poco justos –no como un río poderoso– sorteando las dificultades que nunca dejan de presentarse –no por un jardín ameno, sino entre piedras—. No digo que en todo momento, pero sí durante buena parte del recorrido. Tampoco digo que esa realidad implique un estado de ánimo concreto. De modo que estoy de acuerdo en la forma en que has leído el libro, la forma en que lo has “recibido”. Está bien esa palabra que tú utilizas, “recibir”. Me gusta mucho.

– Es evidente que el trayecto de Bernardo Atxaga cada vez se dirige más hacia el interior, hacia los enigmas de la existencia. La muerte cobra cada vez más protagonismo y hay una necesidad de enfrentarse a ella, de abrir espacios de comprensión. En la entrevista que te hice con motivo de la publicación Días de Nevada me decías que ese rumbo se había iniciado después de la muerte de tus padres. Es un proceso que todos, en mayor o menor medida, hemos de atravesar… Un estadio fundamental, transformador; de pérdida y de inicio hacia algo diferente.

– Cuando era joven y empezaba a escribir pensaba que el misterio estaba en la otra parte, al otro lado del espejo, en la posible existencia de universos paralelos, en los textos de la, así llamada, literatura fantástica. Pero llegué pronto a la conclusión de que eso que llamamos misterio es sencillamente la complejidad de lo real. La ciencia y la poesía se aúnan; la ciencia trata de un mundo físico complejo; la poesía, la ficción, de un mundo asimismo muy complejo, el que ahora llamamos “subjetivo”. Creo que era Valery el que decía que no había mapa más complejo que el rostro humano. Decía asimismo que incluso las personas mentalmente simples eran, como tales personas, complejas. Ese es el terreno en el que juegan el escritor y el lector. En cuanto a la muerte, siempre supone un punto y aparte. Si se me permite el chiste, a veces de manera radical. Otras veces, de manera espiritual. La metáfora de referencia en este asunto es la primera en el tiempo. La reacción de Gilgamesh tras la muerte de su amigo Enkidu es ejemplar.

«Cuando era joven y empezaba a escribir pensaba que el misterio estaba en la otra parte, al otro lado del espejo, en la posible existencia de universos paralelos, en la literatura fantástica. Pero llegué pronto a la conclusión de que eso que llamamos misterio es sencillamente la complejidad de lo real».

La muerte, o el temor a la muerte, está presente en todo el recorrido de Casas y tumbas. Vivimos tiempos de pérdidas, de duelo. En el “Epílogo”, en el momento en el que hablas de otro posible “epílogo”, hay un fragmento que me parece muy revelador… Me refiero a la entrada “Tumba”, cuando señalas que “la muerte atrae, fortalece, incluso resucita a veces el amor”. Lo he experimentado. Me consuela pensarlo, percibirlo. Pese al tono jocoso del episodio, es de una gran profundidad y trascendencia. 

 – El fragmento que citas pertenece, efectivamente, a un epílogo anterior titulado Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Ugarte, un texto de unos ochenta mil caracteres. Estaba ya preparado para la publicación, pero toda la gente de mi alrededor me aconsejó dejarlo momentáneamente de lado, porque, aun siendo en parte humorístico, resulta siniestro. Me decían que marcaría el libro, y que estropearía el tono luminoso que, a pesar de lo que sucede en el hospital, tiene el último capítulo. Siempre hago caso de la gente cercana, y ahí se ha quedado, a la espera.

Creo que, efectivamente, la muerte fortalece o resucita el amor. Es una experiencia universal. Nos hace más comprensivos, nos saca del modo de relación diario que, necesariamente, es superficial, ligero, acompasado al movimiento constante de la vida. Pero, ¿cómo expresarlo? Públicamente, digo. En un libro. A mi modo de ver solo puede hacerse al revés, “al revés te lo digo para que lo entiendas”. Estoy convencido de que el tono jocoso, el gag, el humor, es lo más adecuado a la hora de enviar un mensaje dramático. El barquito de papel que lo puede llevar a destino. El lenguaje elevado, supuestamente humanista, con poesía mil veces dicha y redicha, es barcaza que siempre acaba hundiéndose, no llega a ninguna parte. Hago excepción de las fórmulas. Pasa como con el “querida amiga” o el “querido amigo” de las cartas. Si el contexto ayuda, siempre expresan algo, siempre comunican. El día del funeral de mi madre cantaron la canción de siempre en las iglesias vascas, el Agur Jesusen ama (“Adiós, madre de Jesús”). Creí entender lo que de verdad significaba, a pesar de que ese “agur” es en realidad una salutación, no una despedida. Pero el contexto cambió su sentido, y me emocionó mucho.

BERNARDO ATXAGA © LOBO ALTUNA

– Otro aspecto muy interesante de la novela es la mirada al pasado, a tu propio pasado. Gran parte de las historias parten de fogonazos biográficos. La urraca, el cuartel de El Pardo, la enfermedad de una de tus hijas… Los mecanismos de la memoria, de la creación, son absolutamente misteriosos. ¿Te lo parece?

– Los años acaban convirtiéndose en un puesto de observación. Tengo ahora 68, y veo un mundo. Podría hablar de cuando iba en bicicleta a la escuela del pueblo vecino, Zizurkil, en invierno bajo la lluvia o el granizo, en primavera con el sol y las orillas de la carretera llenas de flores. Y de una poesía de Gabriela Mistral sobre las estrellas que venía en la enciclopedia. Podría hablar igualmente del primer encontronazo de ETA con la policía, cuando Etxebarrieta mató a Pardines, algo que ocurrió a unos dos kilómetros de la escuela a la que yo había asistido. Nunca hasta entonces había visto patrullas de la Guardia Civil en mi pueblo. No sé cuántas páginas podría llenar con lo que hay en mi memoria, supongo que miles. Y si añadimos a eso los intentos de entender los hechos, cómo me afectaron, cómo reaccioné, entonces no sé cuántas páginas serían en total, una infinidad. Probablemente es así en todos los casos. A mi modo de ver, la memoria es como una esfera. Por eso he dicho antes que veo un “mundo”. Quiero decir que no veo una superficie, una carretera que sale del momento presente y llega hasta el día en que nací, sino una esfera. Tengo el proyecto de hacer, no literariamente sino como un dibujo, el mapamundi de mi vida. Pero, en fin, no creo que lo consiga. Hay muchas variables.

«CREO QUE LA MUERTE FORTALECE O RESUCITA EL AMOR. ES UNA EXPERIENCIA UNIVERSAL. NOS HACE MÁS COMPRENSIVOS, NOS SACA DEL MODO DE RELACIÓN DIARIO QUE, NECESARIAMENTE, ES SUPERFICIAL, LIGERO, ACOMPASADO AL MOVIMIENTO CONSTANTE DE LA VIDA».

– La violencia también está muy presente en Casas y tumbas. La política, el terrorismo, el pasado del País Vasco… Es una constante en tu obra. ¿De qué manera te sigues enfrentando al conflicto? ¿Cómo entiendes el caso Alsasua? ¿Cómo es posible que esté sucediendo algo así? ¿Cómo puede ser que el tema de ETA se siga utilizando todavía desde determinados sectores de la política?

– Recuerdo un cuento de Pushkin en el que se habla de las cartas que te da la vida. Habla, concretamente, y lo digo sin consultarlo porque no tengo el libro en la casa del pueblo donde estoy confinado… habla del destino que, como una carta sellada, le espera a una persona. Pues bien, la carta sellada que nos esperaba a nosotros, a la generación vasca que nació hacia los años cincuenta, era la violencia, lo que unos llamaban lucha armada y otros terrorismo. Como te he dicho antes, yo llegué a la Facultad de Económicas de Sarriko, en Bilbao, en 1968. Allí había sido profesor ayudante, Etxebarrieta. A partir de ahí, lo que quieras. Un continente en el mapamundi de mi vida. Empecé a escribir de ello poco a poco, algún poema, algún artículo en un fanzine. Luego, en 1993, hace casi treinta años, publiqué Gizona bere bakardadean (El hombre solo); en 1995 Zeru horiek (Esos cielos). Y Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista) en 2003. Ahora, en Casas y tumbas, incluyo el tema, pero el tratamiento es distinto. Los relatos que hablan de la tortura o de los atentados están entreverados con relatos estilo Agatha Christie o estilo Far West. Lo he he hecho así para evitar que el relato periodístico y político dominante, el de esos sectores que, como dices, siguen utilizando el tema de ETA para sus propios fines, puedan manipularlo. O peor aún, asimilarlo a otra literatura que, por decirlo suavemente, trabaja a favor del relato oficial.

– Te decía que la lectura de este libro ha sido para mí como atravesar un bosque espeso. En ese bosque se abrían trechos de luz y evidentemente momentos de sorpresa, de desconcierto, de descoloque. ¿Qué supone en el conjunto la historia de Daisy? Un cambio de relato, de escenario… La intromisión de la televisión en nuestras vidas…

– Creo que cuando el lector llega al capítulo de Daisy se lleva un pequeño susto. Veo que también te ha pasado a ti. Pero está ahí por varias razones. Primero por una consideración general sobre la televisión. Forma parte del paisaje familiar, y las personas que aparecen en pantalla son, para la mayor parte de la gente, más reales que sus primos o sus vecinos. No creo que sean unos entrometidos, no se les ve como tales, todo lo contrario. Recuerdo que una vez iba con Javier Gurruchaga por Vitoria y la gente lo saludaba llamándole por su nombre de pila, “hola, Javi”, “adios, Javi”. Por otro lado, más en concreto, ese capítulo sigue al del accidente, donde se “viaja” a través de una película del Far West. Es decir, no pasamos de una pieza realista, como “Cuatro amigos”, a la de la televisión. Viene después del cine, hay una cierta coherencia narrativa. Por otro lado, Daisy comparte con Eliseo y con Antoine, incluso con los gemelos, la mala relación con la familia, que es otro de los asuntos del libro. Y lo más importante: el capítulo de Daisy ayuda  a construir el último, y da forma a uno de los momentos especiales del libro, cuando la niña vuelve del hospital y sueña con ella.

– En la primera pregunta te comentaba el carácter sombrío de esta novela, la manera en que se ajusta –al menos yo así lo he percibido– al momento que estamos viviendo. Hay un cierto cariz visionario incluso. Uno de los temas que aparecen es el de las malas condiciones de las residencias de ancianos privatizadas, que van  a ser denunciadas en la revista sindical en la que trabaja Martín. Ahora somos más conscientes que nunca de todo esto. ¿Qué piensas al respecto? ¿Qué efecto te está produciendo?

– Sinceramente, no había caído en ello. Pero es cierto lo que dices. El problema de las residencias de ancianos es otra de las cartas que he recogido de la realidad. Seguí desde bastante cerca las huelgas de las cuidadoras de Bizkaia, y lo que cito en el libro es de primera mano. Antes de eso había tratado la cuestión en algunos de los artículos de la radio. Siempre he sentido afecto por los ancianos, los débiles entre los débiles. Baudelaire o Maupassant, quizás los dos, también lo sentían.  Hablaron de las viejecitas que veían caminar solas por la calle, de las petites vieilles. Un poeta inglés cuyo nombre no recuerdo escribió un poema donde venía a decir que “solo los viejos se dan cuenta de que ha muerto un viejo”, afirmación exacta que estos días cobra una significación especial. Pero no es un tema muy tratado por los escritores. Vuelvo a lo que he dicho antes. Quizás no haya anticipación, sino simplemente una búsqueda de la verdad que, a veces, descubre cosas.

¿Cómo estás viviendo el confinamiento? ¿Cómo interpretar este extrañísimo momento de parón general? El parón obligatorio de una sociedad en constante movimiento, ruidosa, entregada a la productividad… En un mensaje previo a esta entrevista utilizaste tres palabras: apocalipsis, revelación, aviso…

– Mentalmente estoy como siempre, aunque ha cambiado mi percepción del tiempo. Hoy por la mañana he leído una novela corta de Tabucchi…, pues bien, ahora son las siete de la tarde y tengo la impresión que desde la lectura han pasado días, no horas. Es una impresión similar a la que nos domina cuando salimos de viaje. Ahora estamos en casa, no fuera, no de viaje, pero el mundo es extraño, extranjero, nos sentimos como si estuviéramos viajando por otro país. Desde luego, “apocalipsis” es una palabra adecuada a la situación. Como sabes, significa “revelación”. Había ya muchas señales que indicaban que este sistema económico y social es nocivo. Muchos pensaban, ya, es nocivo, pero para los países pobres, los subsaharianos, los indios, pero no para nosotros… pues bien, ya hay una respuesta.

Bernardo Atxaga. Por Muskerraren Bidea

– ¿Qué enseñanzas crees que deberíamos extraer, como colectividad, como sociedad, de todo esto? ¿Crees que sabremos responder al aviso, que nos quedan nuevas oportunidades? 

– No debemos generalizar, no debemos decir “nosotros”. No somos la misma gente. Hay personas, instituciones, partidos políticos, fuerzas de muchas clases –de una clase, sobre todo, si me permites el chiste–. Fuerzas que trabajan a favor de un sistema brutal que explota a la gente, explota el planeta, explota la ingenuidad o la debilidad de la gente, que explota todo lo que le es posible sin otra lógica que el beneficio económico. De modo que no podemos meter en el mismo saco a los explotadores y a los explotados. Me dirá alguien que esos términos, como el de “colonialismo” o el de “obrero”, o el de “bondad”, son de la época de Bertolt Brecht, términos camp, y ese supuesto me da pie a recordar lo que leí en un cartel de Edimburgo cuando el referéndum: “El verdadero campo de batalla es la mente”. De modo que hay que luchar por las palabras, por el léxico, sabiendo que el oponente ya lleva mucho tiempo preparando sus armas, es decir, sus diccionarios, sus voceras, sus cursos de formación en los que los clérigos, conversos o no, difunden sus inventillos terminológicos y corrompen el lenguaje.

«Hay Fuerzas que trabajan a favor de un sistema brutal que explota a la gente, explota el planeta, explota la ingenuidad o la debilidad de la gente, que explota todo lo que le es posible sin otra lógica que el beneficio económico».

– ¿No crees que en momentos así es necesario volver a las Humanidades, abandonar el frío espacio de los números, de los sondeos, de las escalas de producción?

– En mi opinión, nada ayuda tanto a vivir como la formación humanística. Fuera de la salud o de un mínimo bienestar económico, se entiende. La pintura, la poesía, las canciones, la historia, el teatro, el conocimiento de los libros en los que se recoge el pensamiento crítico, la conversación sosegada y sin tiempo… todo eso produce alegría y ayuda a ensanchar la conciencia. La opinión contraria… debemos ser conscientes de que el descrédito de las Humanidades ha sido vehiculado por el sistema dominante que, a la hora de proponer un disfrute, ofrece televisión o tiendas. No hay más que ver el recorrido de un calificativo como “aburrido”. Para cierta gente, cualquier cosa que requiera un poco de concentración es “aburrida”. Pero es opinión inducida, introducida en la mente desde fuera, como el aire en un neumático. Ocurre justamente lo contrario, tal como se está viendo durante el confinamiento impuesto por la pandemia: se aburren los que son incapaces de un mínimo de concentración. Las personas aficionadas a la lectura, a la música, a las artes, a la conversación, aprovechan el tiempo y se lo pasan bastante bien. Deberíamos montar una línea de defensa de las Humanidades. Podríamos llamarla “Línea Lledó”. Cada vez que escucho a Emilio Lledó hablar de las humanidades me siento reconfortado, y no creo ser el único.                  

– ¿Has estado escribiendo? ¿Qué escribes ahora mismo?

– Creo que el escritor nunca deja de escribir, salvo que su situación sea extremadamente desgraciada. Recuerdo que una vez, en una mesa redonda preguntaron a Juan Gelman si había podido seguir escribiendo después de que los militares argentinos hicieran desaparecer a su hijo y a su nuera. Con cierta hosquedad, molesto por la pregunta, respondió que se había pasado cinco años sin escribir una sola línea. Pero, en general, en situaciones quizás anormales, pero no tan cercanamente dolorosas, es más frecuente que ocurra lo que, al parecer, señaló cínicamente Lord Byron: “Cuando un escritor asiste al funeral de un conocido siempre hay un momento en que se lleva la mano al corazón…  para ver si la pluma estilográfica sigue en el bolsillo de la chaqueta”. Resumiendo, sigo pasando bastantes horas en el estudio. Repaso los textos más o menos periodísticos que he ido leyendo en Euskadi Irratia, que son más de cien y que quiero publicar a fin de año con el título de Zeruko kronikak (Crónicas del cielo). Aparte de eso, escribo a mano lo que me va pasando por la cabeza, sin otra presión formal que la de escribir con claridad.


Casas y tumbas ha sido publicado por Alfaguara. En euskera Etxeak eta hilobiak, ha sido traducido al castellano por Bernardo Atxaga y Asun Garikano.

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