Escenas con fondo de mar Cantábrico

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Por Emma Rodríguez © 2014 /

Quiere abrirse esta Ventana a los espacios extendidos, a los horizontes amplios, a los caminos que nunca acaban y en los que siempre aguardan sorpresas. Quiere abrirse esta Ventana al aire fresco y al azul de los cielos limpios y del mar. Me pregunto si será porque es verano, porque estoy inundada aún por las historias de tantos paseantes que han sabido apreciar el sabor de los frutos elementales de la existencia, los verdaderos frutos. Será porque he pisado la arena y me he sumergido en el agua salada después de meses y meses de asfalto. Y no ha sido mi océano Atlántico, sino el Cantábrico. Días nada aburridos climatológicamente, días atravesados de claros y oscuros: “Nubosidad variable”, que decía Carmen Martín Gaite, a la que volveré más adelante.

Es cierto que los vientos y los climas influyen en los estados de ánimo. Y también lo es que nuestra alegría o tristeza es capaz de cambiar el color de los despertares. Le doy la razón en todo esto a Karl Gottlob Schelle. Os invito a que visitéis la página dedicada a los paseantes donde, entre otros muchos se habla de este caballero que vivió el paso del siglo XVIII al XIX y que supo cuánto se estimula la imaginación y cuánto se siente la armonía de todos los elementos cuando se emprende el camino. Le doy la razón al filósofo germano, autor de “El arte de pasear”. He vuelto a visitar estos días pasados Donosti. Una breve escapada, suficiente para poner distancia con la urbe y volver a tomar el pulso de una ciudad bellísima, que siempre me parece salida de las páginas de un cuento. He disfrutado de la playa y del sol tímido del Norte y he ido con mis libros a cuestas, con historias que para mí ya siempre quedarán asociadas a localizaciones concretas, a escenas que permanecerán fijadas en la memoria con su carga de imágenes, de evocaciones, de anotaciones y pensamientos al margen.

¿Quién no asocia un determinado espacio, un viaje, un país concreto, a una lectura? Os confieso que me gusta visitar lugares que estimulen en mí el sueño de que sería posible quedarme a vivir en ellos. Os confieso que uno de mis mayores placeres cuando llego a un entorno nuevo es encontrar ese café con ventana abierta por la que poder atisbar al exterior, esa terraza, ese banco en medio del paseo marítimo, ese mirador casi secreto, entre árboles. Son sitios hermosos, apacibles, sitios en los que me siento cómoda con un libro en las manos: leyendo, imaginando, dejándome llevar por el fluir de otras vidas, por el pulso de ritmos y voces ajenas, de relatos capaces de conmoverme. No uso coche y tal vez por eso soy una viajera que se para, que se detiene, que se queda para volver sobre sus pasos y notar cómo cambian los paisajes con la luz que se proyecta sobre ellos, siempre distinta. Sé que no soy la única a la que le pasa esto, que he de encontrar muchos cómplices que experimentan las mismas sensaciones. Pero no quiero alargarme con más divagaciones. Toca ahora repasar el álbum de fotos y dar cuenta de esos libros que me han acompañado y que, tal vez, alguno de  vosotros abrirá en otra playa, en otro mes, en otra larga tarde de este o de cualquier verano.

He vuelto a visitar Donosti. Una breve escapada, suficiente para tomar distancia y volver a tomar el pulso de una ciudad bellísima, que siempre me parece salida de las páginas de un cuento. He disfrutado de la playa y del sol tímido del Norte y he ido con mis libros a cuestas, con historias que para mí ya siempre quedarán asociadas a localizaciones concretas, a escenas que permanecerán fijadas en la memoria con su carga de imágenes, de evocaciones, de anotaciones y pensamientos al margen.

 Cartarescu mirando a la Bahía

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Pensé que era una bonita casualidad leer al escritor rumano en San Sebastián, poco después de que él hubiera estado allí para recibir el Premio Euskadi de Plata que le concedieron los libreros de Guipúzcoa por “Las bellas extranjeras”, una obra que me ha sorprendido porque nada tiene que ver con su maravillosa “Nostalgia”, cautivadora, hipnótica  narración cargada de fuerza, de fantasía, de originalidad. No quiere esto decir que no me haya gustado esta nueva entrega publicada por Impedimenta, su editorial española. Para nada. Todo lo contrario. Simplemente me ha sorprendido el cambio de registro, el modo en el que el autor hace uso de la ironía, del humor, del tono autobiográfico. Su invitación a entrar en una estancia diferente de su fecundo territorio, el territorio Cartarescu.

Este es un libro divertido, sincero, desmitificador, sobre el mundo literario, sobre todo lo que acontece más allá del escritorio, de la soledad, cuando el creador ha de entablar relación con el resto del mundo, promocionar su obra, dar conferencias, conceder entrevistas, mantener encuentros, recitar en público, emprender viajes en compañía de colegas, amigos, enemigos… Ser escritor no tiene nada que ver con el “glamour” que se vende en ocasiones y sí, bastante, con el, esfuerzo y el talento mal valorados y retribuidos; también con la animadversión, la enemistad, la envidia de quienes no aceptan que un miembro de la misma generación, un autor de la misma lengua, sea más leído o traducido. Cartarescu es capaz de ironizar sobre todas esas circunstancias y lo que es más inusual, de trazar su propio autorretrato caricaturesco.

Apreciamos como lectores el juego entre la realidad y la ficción, el gran juego de la literatura. Sabemos que Cartarescu nos está hablando sobre sí mismo y sus circunstancias, pero sabemos también que mucho de lo que cuenta está forzado, llevado a los extremos, como si objetos y situaciones se hubieran puesto ante un espejo deformante. Él mismo explica su intención en una breve nota que sirve de prólogo a las tres narraciones, partes, que constituyen el libro. Las tres historias que siguen nacen de situaciones y personajes reales. SIn embargo, son una obra de ficción en mayor medida de lo que parecen. Al que me acuse de haber adornado los hechos no le diré aquello de que “se ocupe de sus asuntos”, sino que reconoceré con una leve sonrisa en los labios, que así ha sido. Los he maquillado un poco aquí y allá, los he derivado sutilmente hacia lo cómico, lo burlesco, a veces incluso lo grotesco, pero siempre sin ánimo de causar daño a nadie. Me he divertido un poco a cuenta de algunos que sin duda se reconocerán aquí (…) pero también, en la misma medida, a cuenta de mí mismo”.

“Las bellas extranjeras” es un libro divertido, sincero, desmitificador, sobre el mundo literario, sobre todo lo que acontece más allá del escritorio, de la soledad, cuando el creador ha de entablar relación con el resto del mundo. Ser escritor no tiene nada que ver con el “glamour” y sí, mucho, con la animadversión, la enemistad, la envidia de quienes no aceptan que un miembro de su misma generación, un autor de la misma lengua sea más leído o traducido.

En esta nueva estancia, vertiente de Cartarescu, hay una pieza, la que abre el volumen, por la que siento predilección. Se trata de “Ántrax”, un homenaje a Kafka aderezado con la maestría del autor de “El ruletista”. La situación no puede ser más graciosa, pero en su comicidad hay algo de pesadilla. Vemos al escritor en el momento en que recibe un sobre que le llega de Dinamarca y que ya le extraña porque “aparte de Hamlet”, dice, “no conocía a ningún otro danés”. Algo le hace sospechar que contiene “ántrax”  y ha partir de ahí se destapa un proceso de paranoia que acabará con el tímido Cartarescu, acompañado de su mujer, en unas estrambóticas dependencias de policía donde todo se desenvuelve de una manera muy poco profesional.

Las sombras del pasado comunista, con el típico retorcimiento eufemístico del lenguaje, la turbiedad de los escenarios, la presencia de funcionarios acostumbrados a moverse entre papeles y declaraciones intimidatorias, planean todo el tiempo sobre esta historia en la que el autor se convierte en su personaje, algo común a las otras dos que la acompañan: “Las Bellas Extranjeras” y “El viaje del hambre”.

En la que da título al volumen asistimos a un viaje de Cartarescu y de otros escritores rumanos a distintos lugares de Francia para promocionar las letras de su país. Leen sus poemas en distintos escenarios, son agasajados con cenas pantagruélicas y rocambolescas; se convierten en protagonistas de programas y de documentales que inciden en los tópicos del país de Drácula y demás. No podemos dejar de reír con las situaciones a las que se han de enfrentar. Cartarescu aplica su mirada observadora, irónica, a todo lo que rodea a la carrera literaria. Se detiene ante temas tan fundamentales como el de la traducción, sus interpretaciones y errores,  su capacidad para actuar sobre los textos, para modificarlos. Y también dedica páginas memorables a hablar de París (“París no es una acumulación de edificios, sino un estado del espíritu”, comenta) y de su propia generación; de los sueños de un joven grupo de poetas que soñaron con emular a los Beatles con sus versos en una Rumanía gris y cerrada, de bloques de hormigón y “gente enloquecida por el hambre y el frío”.

En la tercera y última parte vemos precisamente al Cartarescu más joven, cuando tenía 28 años, vivía en un apartamento sin ningún ángulo recto y pasaba hambre. De nuevo hay un viaje a un pueblo cercano a Bucarest, donde le invitan a leer sus versos. Un viaje miserable en el que llega a tener una visión, un sueño, que nos remite a sus grandes obras. Hay mucho humor, pero también mucha reflexión en este libro que es mucho más profundo de lo que pudiera parecer y que resulta necesario para todo el que quiera acceder a las claves de Cartarescu, a sus ideas sobre la literatura, sobre la crítica, sobre la imagen que tiene de sí mismo y de los demás. “He vivido todo lo que se puede vivir, e incluso lo que no se puede, en el espacio protector de la imaginación”, nos dice en un momento dado. “Nadie sale indemne de su propia vida. Todos llevamos encima los traumas, la infelicidad, las ofensas, los fracasos, las injusticias, la adversidad de los demás”, señala en otra ocasión. Fui subrayando todos estos hallazgos con la Bahía de fondo. No pude evitar leer en voz alta, a mi compañero de viaje, algunas de las escenas más jocosas. Riendo juntos, cerca del mar.

“La paz de los vencidos” en la playa, recordando las islas

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Hacía tiempo que me apetecía leer “La paz de los vencidos”, de Jorge Eduardo Benavides, novela ganadora del XII Premio Julio Ramón Ribeyro y publicada por Nocturna, una de esas editoriales independientes, osadas, que tanto admiro. Sabía que la novela transcurría en Tenerife y tenía curiosidad, tal vez deseos, de regresar a mi isla a través de la mirada de alguien ajeno, capaz de recrear literariamente una geografía amada y conocida. En un mar diferente, en el Cantábrico, añoré ese trocito de océano de la infancia al que volveré pronto, como todos los veranos. Y me sumergí en otras olas, las de la ficción, capaces igualmente de elevarnos, de hacernos caer y de llevarnos de vuelta a la orilla. Como en el caso de “Las Bellas extranjeras”, de nuevo me encontré con un libro que partía del yo, en este caso un yo novelado.

Benavides (Perú, 1964) opta por una narración que sigue las pautas del diario, de las anotaciones al pie de lo acontecido, para contarnos una historia de ruptura y de soledad, uno de esos períodos de la vida en los que estamos de mudanza, en los que nos sentimos náufragos y buscamos algún lugar firme para recuperarnos, para poder reconstruir las piezas de la identidad fragmentada. El protagonista no nos puede resultar más cercano, un inmigrante peruano en Tenerife, un hombre sensible, que escribe, que observa y practica la amistad al tiempo que ha de ganarse la vida trabajando en un salón de máquinas tragaperras.

Benavides (Perú, 1964) opta por una narración que sigue las pautas del diario, de las anotaciones al pie de lo vivido, para contarnos una historia de ruptura y de soledad, uno de esos períodos de la vida en los que estamos de mudanza, en los que nos sentimos náufragos y buscamos algún lugar firme para recuperarnos, para poder reconstruir las piezas de la identidad fragmentada.

La acción transcurre en Santa Cruz, La Laguna, La Orotava, en bares y calles tan reconocibles para mí. El autor logra transmitir esa sensación de aislamiento, de espacios abiertos al mar y al mismo tiempo cerrados en sí mismos, como en una concha, doble condición de toda isla, y retrata el discurrir provinciano con sus agradables rutinas y sus miserias, la contraposición entre los ambientes de abuso en el trabajo y los círculos literarios con sus vanidades y su juego de apariencia y falsedad. Hay en la entrega derrota y desconsuelo, pero también brotes de esperanza, por ejemplo el encuentro entre el personaje central y un viejo profesor gallego, varado también en la capital tinerfeña, que vive en una pobre pensión y sigue dando clases de matemáticas a esporádicos alumnos en un aula-café improvisada.

El amor, el engaño, la decepción, el fracaso y la necesidad de la escritura como medio de autoconocimiento y medidor de perspectivas. “¿A qué carajo tanto reparo para ventilar ciertas cosas, para escribir sin que el pulso tiemble, todo lo que tácitamente convine en escribir?, se pregunta el narrador. “Escribir (escribirme) es avanzar por un campo minado; yo que pensé que era un alivio, un consuelo, una forma mínima y decente de entablar pequeñas charlas conmigo mismo y no: soy mi propio acoso, me busco y ausculto las secretas excrecencias de la rutina, pero siempre con la espantosa impresión de que no estoy terminando de decirme ciertas cosas, de que no soy ni seré capaz de hacerlo”, sigue reflexionando. Y concluye: “Me siento como esos exiliados (…) que no hayan consuelo en ningún lugar porque en el fndo no han roto amarras con lo único con lo que nos es imposible romper: con nosotros mismos”.

Benavides novela, teoriza, reflexiona, para hablarnos, en el fondo, de un proceso de construcción, de cómo se va construyendo un lugar en el que habitar una temporada o para siempre. Y nos dice mucho acerca de la provisionalidad, de los vacíos y de esos paréntesis de la vida que tanto nos hacen crecer. “La paz de los vencidos” es una novela sobre llegadas y partidas, sobre lo que se gana y lo que se pierde, sobre los amigos que se alejan y los que, sin previo aviso, llaman a la puerta y se instalan confortablemente en un hueco del corazón. Merece la pena remar en el barco que es esta novela y seguir el rastro de su autor.

 “Un lugar llamado Carmen Martín Gaite” con vistas al azul.

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Inmersa en lecturas que transitan por los alrededores del yo, de lo biográfico, empecé a recorrer las páginas de “Un lugar llamado Carmen Martín Gaite”, un libro coral, coordinado por los profesores e investigadores José Teruel y Carmen Valcárcel, resultado de las ponencias de un congreso celebrado en 2013, a algunas de cuyas jornadas asistí. Alentada por el recuerdo de las intervenciones que hacían referencia al modo en que la autora de “Entre visillos” utilizó siempre, de una manera u otra, los materiales de su propia vida, para tejer sus ficciones, llegué al texto de Maria Vittoria Calvi, una de las grandes especialistas en la obra de Martín Gaite.

Calvi habla de la tendencia a narrarse uno mismo como “propia de nuestro tiempo”. Nos dice que dicha tendencia no solo se ve en la literatura, sino también en diversos géneros no literarios como el blog, “dispositivo autobiográfico al alcance de cualquier internauta”, donde “el yo narrador encuentra un lugar para la construcción identitaria, para realizar una composición de imagen aunque sea provisional dentro de un mundo que siguiendo a Zygmunt Bauman, se nos presenta como cada vez más líquido…”

Recuerdo ahora que el día de su conferencia, la profesora italiana dijo algo así como que “de vivir hoy Carmen Martín Gaite habría sido una activa bloguera” y me detengo ante lo que la propia autora escribió: “Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas…”

Recuerdo ahora que el día de su conferencia, la profesora italiana Maria Vittoria Calvi dijo algo así como que “de vivir hoy Carmen Martín Gaite habría sido una activa bloguera” y me detengo ante lo que la propia autora escribió: “Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y receptores de historias…”

Interesantísimo este texto de Calvi que me llevó a ver a Carmen Martín Gaite en sus viajes, en sus lugares de paso, en hoteles y moradas provisionales que tanto la ayudaban a tomar distancia para observar su vida y observarse a sí misma. Carmen Martín Gaite con sus libretas de apuntes a cuestas, asomada a balcones desde los que mirar al exterior, asomada a sus propios pasadizos solitarios. También yo encontré un lugar idóneo, un mirador con vistas al azul del mar en el monte Urgull, camino al cementerio de los ingleses, un lugar absolutamente literario para recorrer los territorios de la escritora de la mano de quienes tanto la han estudiado, para evocar sus lecturas y percibir, una vez más, la frescura de su mirada, su absoluta modernidad y vigencia.

Son muchos los autores que merodean en este libro tan revelador en torno a Martín Gaite que, además, se acompaña de fotos inéditas. Hay estudiosos como José Carlos-Mainer, Roberta Johnson, John L. Brown, José María Pozuelo Yvancos… Y escritores como Rafael Chirbes, Belén Gopegui, Manuel Longares y Carme Riera, en su doble condición de catedrática y creadora. Entre todos, sobre el papel, han dibujado un retrato de los múltiples rostros de una mujer de fuerte personalidad que supo mirar al mundo con espíritu abierto. Recomiendo esta lectura a todos los que amen a la escritora y vuelvo a recomendar, una vez más, seguir leyéndola, descubriéndola.

Entre sirenas en El Gros

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“Sirenas. Seducciones y metamorfosis” es el título de un ensayo de Carlos García Gual que acaba de publicar Turner. ¿Se os ocurre título más idóneo para pasar las largas tardes veraniegas? Cargado de Historia y de literatura, mucha literatura, de ritmo de olas y de  embarcaciones y navegantes legendarios, que han de resistir a todo tipo de tentaciones si quieren arribar a buen puerto, este evocador y sugerente recorrido nos hace soñar con cuentos y tiene un indudable sabor a sal y a infancia.

La sirena, vamos leyendo “es un ser entre dos mundos -la tierra, el mar, la vida y la muerte, este mundo y el otro, el mundo celeste y el submarino-. Emblema fúnebre, se yergue, a modo de esfinge silenciosa, sobre tumbas y se dibuja en las estelas, guardiana enigmática en el umbral del viaje al otro mundo”.

Es bellísima la edición de esta obra, que se acompaña con ilustraciones sobre sirenas de toda clase y condición. Es hermosa la manera en la que García Gual, escritor, crítico, traductor y catedrático de Filología griega, nos sumerge en un territorio mítico, que permanece dormido al fondo de la memoria y que tanto nos dice de nuestra cultura en torno a mares y océanos. Las sirenas atrapan y arrastran, no con garras (como sus horribles primas, las arpías), sino con su canto meloso, sugestivo. Ejercen una  irresistible fascinación a través de sus melodías y promesas (…) La seducción de las sirenas estriba en su promesa de gozar a su vera de exquisitos placeres, oyendo sus cantos y saboreando los idílicos encantos que dispensan, olvidando en sus arrullos el penoso navegar…”  Recuerdo mientras transcribo estos párrafos el efecto de una lectura tan embriagadora mientras se tiene la oportunidad de levantar la vista de las páginas y mirar una playa como la del Gros, ya desierta, sin gente ni tablas de surf, sólo con gaviotas, mientras la tarde se va oscureciendo y dando paso a la tormenta.

Es bellísima la edición de esta obra, que se acompaña con ilustraciones sobre sirenas de toda clase y condición. Es hermosa la manera en la que García Gual, escritor, crítico, traductor y catedrático de Filología griega, nos sumerge en un territorio mítico, que permace dormido al fondo de la memoria y que tanto nos dice de nuestra cultura en torno a mares y oceános.

El autor de esta entrega mágica define la ruta de las sirenas como “una intrigante historia, de múltiples ecos poéticos y pictóricos”. Nos invita a emprender el viaje de la “Odisea” con Ulises como patrón y nos permite, entre otras muchas cosas, adentrarnos en los secretos de los argonautas, que también, como nuestro héroe, “lograron escapar a su vez de los hechizos melódicos de las pérfidas y atractivas cantoras gracias a que con ellos viajaba otro músico formidable, Orfeo. El volumen, abierto a la poesía y a la interpretación, se convierte en toda una tentación en sí mismo y nos dice mucho acerca de todo lo que, con falsas apariencias, en este presente confuso, nos aleja de lo que de verdad es importante e imprescindible.

 Nota final. Los caminos y El Peine del Viento

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No quiero cerrar esta Ventana sin otra recomendación, la exposición de Eduardo Chillida en El Kursaal, bajo el lema “Bideak / Caminos”. Nuevamente el camino en este número de “Lecturas Sumergidas”. El camino como hilo conductor, como ideal, como mirada al frente. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 28 de septiembre, indaga en las rutas, las direcciones, que siguió el escultor vasco a través de su trabajo, poniendo de relevancia “el concepto de camino, tanto formal y estéticamente como conceptualmente”, un tema que curiosamente, como bien se indica en el texto explicativo de la muestra, ha sido raramente tratado en los diferentes análisis de su obra.

Las huellas, las texturas, las escalas, los espacios de Chillida se aprecian en un gran número de piezas, de dibujos, de bocetos. Intimidad y abrazo al exterior se dan la mano. Esculturas con forma de casas, de refugios, se acompañan de extrañas estructuras, sólidas o ingrávidas, que parecen dialogar sobre los secretos de todo lo que nos rodea. Hombre y naturaleza mano a mano. Lo terreno y lo sagrado. La invitación, siempre la invitación a caminar, a caminar sin rumbo, a la deriva.

Caminemos, pues, hacia el Peine del Viento. Ese lugar desde el que soñar con sirenas y con lejanías. “El Peine del Viento recibe sin descanso las olas y los vientos frente al horizonte inalcanzable”, nos dijo Chillida, quien tenía elegido el lugar en el que habría de situar una de sus más hermosas y emblemáticas esculturas mucho antes de realizarla, desde 1952. “Era un espacio que ya había ocupado espiritualmente, que me fascinaba”, recojo aquí sus palabras. Y cierro los ojos para volver a percibir, ya en la ciudad, la dicha del aire en el rostro y la imagen del mar rompiendo.

Los libros de los que se habla en esta Ventana son: “Las bellas extranjeras”, de Mircea Cartarescu, traducido por Marian Ochoa de Eribe y editado por Impedimenta. “La paz de los vencidos”, de Jorge Eduardo Benavides (Nocturna Ediciones). “Un lugar llamado Carmen Martín Gaite”, obra colectiva, con edición a cargo de José Teruel y Carmen Valcárcel, en Siruela. Y “Sirenas. Seducciones y metamorfosis”, de Carlos García Gual, publicada por Turner.

Todas las fotografías fueron tomadas por Nacho Goberna©2014 en su ciudad natal, Donosti.

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