En los momentos decisivos y las cosas pequeñas con Iñaki Uriarte.

Por Emma Rodríguez © 2015 / Me acabo de incorporar a los Diarios de Iñaki Uriarte. Me he subido al tren en marcha en el tercer trecho, en el tercer tomo, el correspondiente a 2008-2010, y he pensado que los diarios son una manera de detener el tiempo, de atraparlo, de encerrarlo en unos límites, en cierto modo un acto de indocilidad porque va contra las prisas del presente y nos obliga a mirar hacia atrás, a parar el ímpetu de la actualidad, a hacer recuento de lo vivido.

Acabo de descubrir los Diarios de Iñaki Uriarte. Me los habían recomendado, me habían hablado con entusiasmo de ellos. Conocí al autor de pasada en una librería en Madrid a la que yo había ido a hacer una entrevista y él, a su vez, muy cerca, en una sala aledaña, estaba siendo entrevistado por otro periodista. Le había visto poco antes en la calle, acompañado por la que supongo era su mujer, la María de sus apuntes, y me llamó la atención porque enseguida supe que estaba de visita y que no era un turista cualquiera. Uriarte miraba todo a su paso, se paraba ante los edificios, hablaba mucho, comentaba, reía.

Unos minutos después, ya dentro del local, me lo presentaron. Con él estaban los editores de Pepitas de Calabaza, quienes apostaron por sus escritos desde un principio. “¿No lo conoces? se dirigieron hacia mí. El cruce de saludos fue breve. Cogí el tercer tomo de los Diarios de la mesa de novedades. Leí la contrasolapa y sentí interés por sus confesiones. Poco después, estaba con el libro en las manos, sumergida en sus atmósferas. Decidí empezarlo una mañana en el parque del Retiro, una de esas mañanas de calor que inauguran un nuevo verano y que nos llenan de ganas de mar. A falta de mar el lago del Retiro, la imagen de las barcas, el verde de los árboles al fondo y las vivencias, las miradas, de Uriarte, como compañía.

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Normalmente los diarios de escritores son el espacio en el que éstos dan cuenta de sus observaciones, de sus reflexiones sobre el proceso creativo, de sus lecturas. Es un género que les sirve de respiro, paralelamente al desarrollo de sus obras de ficción, pero este caso es diferente. Iñaki Uriarte es un escritor de diarios. Le sobra y le basta con moverse por las avenidas del género. Los diarios son su territorio natural, el único territorio que le interesa. En ese espacio amplio, abierto, importante por sí mismo, que no se erige como complemento de nada, se encuentra a sus anchas.

Normalmente los diarios de escritores son el espacio en el que éstos dan cuenta de sus observaciones, de sus reflexiones sobre el proceso creativo, de sus lecturas. Es un género que les sirve de respiro, paralelamente al desarrollo de sus obras de ficción, pero este caso es diferente. Iñaki Uriarte es un escritor de diarios. Le sobra y le basta con moverse por las avenidas del género.

En otra de las páginas de este número de “Lecturas Sumergidas” abrimos las puertas a los talleres de cinco escritores, desde Virginia Woolf a Hanif Kureishi, pasando por Flaubert, Cortázar y Ricardo Piglia. En el reportaje, los diarios, también las cartas, aparecen una y otra vez porque son una herramienta esencial de la que los creadores se valen para desahogarse, para expresar sus estados de ánimo, para situarse frente al mundo y escucharse sin necesidad de recurrir a la invención. Uriarte, como decía, es un caso diferente, pero en el tono irreverente, en el humor, en la capacidad para aplicar su criterio frente a los órdenes impuestos, frente a las apreciaciones sobre lecturas y libros intocables, encuentro, salvando las distancias, rasgos en común con la Virginia Woolf que consideraba el Ulises de Joyce aburrido –lo mismo le pasa a Uriarte con El astillero de Onetti– o con el Flaubert que daba rienda suelta a su escepticismo ante el mundo.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015 en embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid

Iñaki Uriarte podría ser perfectamente un personaje de ficción. Me puse a pensar en ello en cuanto cerré las páginas de su libro. Deseosa de ir a las dos entregas anteriores, tarea que acometeré en breve, intenté responderme dónde radicaba su atractivo, por qué un autor que no conocía hasta ese momento, de quien no había leído nada previamente conseguía conquistarme con el relato de sus experiencias, de sus encuentros y desencuentros, de sus rutinas cotidianas. No es lo mismo leer los diarios de un autor admirado, movidos por la curiosidad de acceder a sus espacios íntimos, me decía. ¿Qué era lo que me había sorprendido, atrapado?, seguía cuestionándome. Iñaki Uriarte podría ser perfectamente un personaje de ficción, he ahí la respuesta. Podría ser uno de esos personajes rebeldes que nos encantan en las novelas por su inconformismo, por su coraje a la hora de decir lo que otros callan, por su mirada melancólica o no complaciente sobre la realidad. Podría ser uno de esos personajes de los que queremos saber más cuando concluimos la lectura de la narración, sin acabar de resolver los enigmas de su protagonista: ¿cómo es realmente, qué piensa, cómo actuaría en tal o cual ocasión?

Iñaki Uriarte podría ser perfectamente un personaje de ficción. Me puse a pensar en ello en cuanto cerré las páginas de su libro. Deseosa de ir a las dos entregas anteriores, tarea que acometeré en breve, intenté responderme dónde radicaba su atractivo, por qué un autor que no conocía hasta ese momento, de quien no había leído nada previamente conseguía conquistarme con el relato de sus experiencias, de sus encuentros y desencuentros, de sus rutinas cotidianas.

Poco sabemos de la biografía de este hombre nacido en Nueva York (1946), que es de San Sebastián y que actualmente vive en Bilbao. Son los únicos datos de su vida con los que nos encontramos cuando abrimos los diarios. Pero, poco a poco, lo vamos conociendo. Lo conocemos a través de lo que observa, de lo que opina, de lo que lee, de lo que piensa. Uriarte se retrata a sí mismo y a la vez consigue que lo veamos como un personaje de ficción porque es capaz de dotarse de una especie de leyenda. La leyenda de un hombre que escribía páginas de un diario para sí mismo, sin intención de publicar, hasta que un día decidió hacerlo y empezó a ganar adeptos, reconocimientos. La leyenda de un hombre que ha logrado vivir sin realizar trabajos convencionales, sin aceptar del todo las reglas del juego de la sociedad y que, ahora, ya convertido en escritor de culto, anuncia que hasta aquí ha llegado, porque saber que lo que apunta en sus cuadernos va a ser publicado le resta frescura a la hora de escribir y  le lleva a añorar el anonimato.

Nada parece premeditado, nada parece un ejercicio de postureo en esta historia. Llegada a este punto repito que acabo de incorporarme a los diarios de Iñaki Uriarte y compruebo que me he perdido en el preludio, que apenas he contado nada de ellos, de lo que de verdad importa. Vuelvo a las páginas previamente subrayadas. Repaso las anotaciones que he ido haciendo por el camino. “Cualquier día es decisivo en el curso de una vida, pero algunos parecen serlo más que otros” señala el autor muy al comienzo del recorrido, cuando recuerda el impacto que produjo sobre él el estallido de Mayo del 68, una fecha clave en el destino colectivo y crucial en su trayecto individual, porque entonces decidió dejar sus estudios y marchar a París, al escenario donde había que estar para vivir el posible, anhelado, cambio de rumbo.

Estoy harto de los análisis sociológicos sobre aquellas fechas. Sobre si fueron importantes o no lo fueron históricamente. Yo creo que, cuarenta años después, se puede decir que sí lo fueron, al menos porque no dejan de citarse una y otra vez, para bien y para mal…”, argumenta Uriarte. Esa es su manera de mirar: directa, despojada de solemnidad, de trascendencia. Dejémonos de dar vueltas a las cosas. Así han sido, así son. Pasemos a otra cosa. Relajémonos, bostecemos. Simplemente vivamos, es uno de los mensajes –esto lo digo yo– que recibimos quienes leemos estos diarios.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015 en embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid

Buscar los instantes decisivos, algunas veces evidentes, pero casi siempre imperceptibles, mueve al escritor, quien con frecuencia, como indicaba antes, se pregunta por qué escribe un diario, si el hecho de publicarlo le está robando la capacidad de disfrutar del proceso, de ser espontáneo, porque no es lo mismo saber que se va a ser juzgado, porque tomar conciencia de ello conlleva ser más cuidadoso, no contar cosas que puedan herir a otros, callar más, contradecir el lema de Epicuro de “esconder la vida”, que tanto le ha gustado siempre y que, en cierto modo, está obligado a traicionar.

Pero sigamos adelante. Iñaki Uriarte está todo el tiempo reflexionado en voz alta, buscando relaciones, asociaciones entre personas, tiempos y geografías, a la caza de posibilidades, de casualidades, de historias que podrían haberse cruzado en el camino. A iñaki Uriarte le gusta viajar a otras ciudades y países, sentir como la extrañeza inicial va desapareciendo en las horas en las que es capaz de atrapar los latidos de cada lugar, esos pequeños detalles que son los que realmente se graban en la memoria. Uriarte tiene una gran capacidad para hacernos reír, pero también para despertarnos la ternura.

Aunque le gusta parapetarse tras el humor, la ironía, hay momentos en los que no puede evitar que se abra la espita de las emociones. Sucede cuando recobra el pasado, la infancia, a la manera de uno de sus autores de cabecera, Marcel Proust, en quien, irremediablemente pensamos siempre que se trata de recuperar el tiempo perdido. ¿Acaso ese tiempo ido es de su propiedad?, podría ser una pregunta de Uriarte. Su efecto es contagioso. Repasando el volumen tercero de sus diarios, apunto que las mejores páginas, en mi opinión, son aquellas en las que vuelve la vista al ayer, aquellas en las que alguien que llega de atrás le habla de su niñez y él no recuerda nada, porque en la etapa de los primeros descubrimientos, de los juegos, nos dedicamos a vivir el instante sin más, sin atesorar nada, en el hoy absoluto, un hoy que se diluye, que pasa sin dejar huella.

Esas son las sensaciones que tan cristalinamente refleja el diarista, esas son las experiencias que emocionan, aunque, repito, él siempre añade la distancia, la pizca de humor, la contención, para poner coto al exceso de sentimentalismo. Ese freno es un recurso que le funciona muy bien cuando recrea retratos, historias familiares, huellas imborrables. Soberbias son también las páginas en las que refleja ráfagas de felicidad, instantes que todos hemos vivido alguna vez y en los que nos reconocemos. Le vemos, por ejemplo, sentado en la arena en la playa de Ondarreta, en San Sebastián. Acaba de llegar de visita a la ciudad y siente que en apenas dos horas ya tiene el ánimo “más alegre, más vivo”.

Hay marea alta y el agua está muy tranquila. Paseo por la orilla. Tres chicos corren junto a un dálmata. Una pareja de novios se fotografía con la bahía al fondo. Se tumban, se abrazan, el fotógrafo toma más imágenes. Recojo un puñado de arena, la arena tan limpia y fina de Ondarreta y la dejo caer entre los dedos. Siempre que hago ese gesto, en cualquier playa, pienso en Borges. Un día, junto a las pirámides de Egipto, hizo lo mismo y se le ocurrió: “Estoy modificando el Sahara”. Voy hasta el bar y pido un café largo y un croissant. Me siento eufórico. Otra vez Pascal. Qué poco nos hace desgraciados y qué poco nos hace felices...”, anota en el Diario. Es la voz evocadora, la manera de hacernos partícipes, cómplices de vivencias, lo que termina por seducirnos.

Repasando el volumen tercero de sus diarios, apunto que las mejores páginas, en mi opinión, son aquellas en las que vuelve la vista al ayer, aquellas en las que alguien que llega de atrás le habla de su niñez y él no recuerda nada, porque en la etapa de los primeros descubrimientos, de los juegos, nos dedicamos a vivir el instante sin más, sin atesorar nada, en el hoy absoluto, un hoy que se diluye, que pasa sin dejar huella.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015 en embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid

Hay muchas alusiones a lecturas, a escritores, en estos Diarios en los que la literatura se convierte en un elemento más de la vida, la enriquecen, la explican, la completan. Iñaki Uriarte pasea, viaja, contempla, siente, y no puede evitar que sus autores de cabecera le acompañen y le hagan reconocerse en sus palabras, en sus hallazgos. “Borges es el escritor al que menos imagino en el acto de escribir. Él mismo aconsejaba no tomar el asunto demasiado en serio y practicarlo solo en los ratos libres de la vida (“spare time”). A veces parece como si hubiera encontrado sus textos en el cajón de alguna mesa”, escribe Uriarte. En otro momento le vemos releyendo en Benidorm –otro de sus escenarios habituales, lugar de reposo, de veraneo– el primer tomo de En busca del tiempo perdido.

Con lo que más disfruto esta vez es con el humor de Proust”, apunta. “No sé por qué es algo que no se suele resaltar, el humor estupendo de Proust”, observa. Y prosigue con desparpajo, con esa capacidad que le caracteriza para desacralizar, para hacer cercanos a los clásicos: “Entro en el mundo del neurasténico y privilegiado Marcel con toda familiaridad. Lo conozco bien. Asisto de nuevo con él por primera vez a una función de la Berma, nos presentan a Bergotte, ligamos con Gilbertta detrás de unos matorrales de los Campos Elíseos…”

Los clásicos habitan en estos diarios, pero también autores contemporáneos como Miguel Sánchez Ostiz, Luis García Martín, otro devoto diarista, Kirmen Uribe… Uriarte narra citas, charlas, viajes con ellos. Y también, aunque se contiene, hay alguna que otra maledicencia, rasgo que no puede faltar en ningún diario, porque sin crítica, sin hiel, nadie puede ser del todo sincero. “Si no estuviera permitido criticar a los amigos a sus espaldas, sería insoportable y no tendríamos amigos”, señala el autor, quien no puede evitar comentar la impresión que le causó el encuentro con el superventas Paulo Coelho, a quien define como simpático y en su opinión “un gran pícaro, un pícaro monumental, al que le han salido muy bien las cosas”.

Uriarte observa a Coelho, que ha ido a presentar un libro en el Centro Niemeyer y al que esperan en la salida “tres cochazos oscuros para llevarlo a cenar”. “Se subió a uno de ellos rodeado de varias chicas jóvenes que hablaban en brasileño”, va relatando. Y se pregunta: “¿Cómo se sentirá un tipo así? ¿un escritor con millones de lectores por todo el planeta, viajando constantemente a donde quiere y siendo recibido y acompañado por un séquito de admiradores? Me gustaría creer que como un impostor, por lo menos en sus horas más lúcidas”.

Las páginas que más me gusta leer son las que vuelven insignificantes las mías. Nunca habría podido pretender ser un escritor. Tantos buenos libros me habrían disuadido de ello”, anota en otro rincón de su cuaderno. Un cuaderno en el que los apuntes de lecturas se mezclan con las anécdotas del vivir, con episodios de viajes en compañía de su mujer, María, profesora de Historia del Arte. Con ella conversa, comparte impresiones, descubre rincones alejados de todo, se zambulle en el ruido de urbes como Nueva York o Berlín, descubre los encantos de ciudades cargadas de Historia como Atenas, majestuosas pese a su aspecto sucio y destartalado en plena crisis.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015 en embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid

La actualidad, las incertidumbres de la crisis, ETA y su alargada sombra en la historia del País Vasco, las costumbres asumidas y puestas en cuestión por el autor, por ejemplo la paternidad o la obligación de adaptarse a un trabajo, son asuntos que entran en este diario que se abre, sobre todo, a los detalles mínimos, a las pequeñas cosas de la vida, que tanto sabe captar el autor.

No quiero dar más pistas. He dicho mucho, pero me quedo con la impresión de no haber contado algo, de no haber podido apresar lo fundamental. Aún así desisto, porque sé que cada lector que entre por esta puerta hallará sus particulares momentos de disfrute, de interés. Ojalá haya conseguido estimular el apetito, porque de verdad merece la pena emprender el recorrido, mirar a la realidad a través de la mirada de un hombre que no la acepta porque sí, tal cual es, que la adapta a su ángulo de visión y que nos impulsa a ser, sin prejuicios, nosotros mismos.

No es raro que la lectura de Iñaki Uriarte me haya llevado a pensar en una escritora a la que he leído, tratado y admirado mucho, Carmen Martín Gaite. Ella también amó los diarios, se dirigió a sus lectores desde el yo, desde la autoficción, retratándose y haciéndose preguntas una y otra vez. Los seguidores de la autora de Los cuadernos de todo, una obra donde volcó como en ninguna otra los materiales de su propia vida, de su día a día, estamos de enhorabuena, porque Círculo de Lectores acaba de retomar la edición de sus Obras Completas –interrumpida en 2.010–  con la publicación del cuarto volumen, dedicado a sus ensayos de investigación histórica, entre ellos El proceso de Macanaz, Usos amorosos del dieciocho en España o Usos amorosos de la postguerra española.

“Para Martín Gaite el ensayo fue exploración y viaje”, señaló recientemente, el día de la presentación del tomo, José Teruel, al frente de la aventura de unir los puntos cardinales del un amplio recorrido, un recorrido que abarca prácticamente todos los géneros. En palabras de Teruel, la curiosidad, la capacidad conversadora de la escritora, se puso también al servicio de su indagación en los recovecos de la Historia.

Los seguidores de Carmen Martín Gaite, estamos de enhorabuena, porque Círculo de Lectores acaba de retomar la edición de sus Obras Completas –interrumpida en 2.010– con la publicación del cuarto volumen, dedicado a sus ensayos de investigación histórica.

“Ella puso el pasado en relación con el tiempo que le tocó vivir, adoptó una actitud crítica y revisionista de los ilustrados, desamordazó el siglo XVIII frente a la oficialidad…”, expuso Teruel, quien también hizo hincapié en el modo en que Martín Gaite aplicó su maestría en el uso del ritmo y los resortes narrativos para contar la Historia. “Lo último en historiografía es el giro subjetivo que se da a la investigación, la relación estrecha que puede entablar entre Historia y literatura”, añadió la historiadora, María Cruz Seoane, quien firma el prólogo del volumen.

El relato de la Historia desde la calidez de quien tanto sabía contar cuentos, hilvanar novelas. Desde esa posición, desde la pasión, fue como Martín Gaite llegó a adoptar como suyos personajes del pasado con los que se llegó a implicar de un modo absolutamente fiel, como le sucedió con Macanaz, un proceso que explicó su hermana Ana María de modo entrañable. Volver a sus territorios abiertos, tomar de nuevo el pulso a su modernidad, a su condición de adelantada, de pionera en tantas cosas, es siempre un placer. Por eso, repito, estamos de enhorabuena por sentirla tan cerca.

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Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015 en embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid

En esta “Ventana” hablo del tercer volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte (de 2008 a 2010), publicado por Pepitas de Calazaba, y del cuarto tomo de las Obras Completas de Carmen Martín Gaite, dedicado a sus ensayos de investigación histórica. Prólogo de María Cruz Seone. Edición de José Teruel. Círculo de Lectores.

– Todas las fotografías a Emma Rodríguez  fueron tomadas por Nacho Goberna © 2015 en el embarcadero del lago del Parque del Retiro, Madrid.

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