Rafael Chirbes: Mucho más que el discurso de la codicia

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Por Emma Rodríguez © 2013 / La desazón es una emoción profunda, dolorosa, y a la vez cargada de lucidez. Se parece a la tristeza, pero resulta más punzante y mas que llanto provoca rabia, una inquietud comparable a la que experimentamos al asomarnos a un abismo o al mirar al fondo de un pozo oscuro que de repente aparece en el camino y ante el que hasta ese momento pasábamos con los ojos vendados. Es un ovillo de malestar,  de impotencia,  que se acomoda en un hueco en el fondo del estómago, un hueco casi imperceptible pero persistente, al que acabamos acostumbrándonos a sabiendas de que una chispa transformadora se ha encendido en algún punto de la conciencia.

Me puse a pensar en todo esto cuando terminé de leer  “En la orilla”, la última novela de Rafael Chirbes, consciente de que debía dejarla reposar un tiempo para llegar a digerirla del todo, para asumir que iba a ser difícil desprenderse de su efecto demoledor, de sus atmósferas pútridas, de sus personajes derrotados. Iba a ser complicado, sí, huir de las múltiples sensaciones, de los sucesivas impactos y sacudidas que me produjo esta historia coral que me acercaba al presente de una manera despiadada, sin ningún tipo de amarras hacia la esperanza.

Sacudir, impactar, revolver, remover, son verbos que reflejan el estado de ánimo que me iba produciendo una lectura ante la que es imposible salir indemne, de una pieza. Adentrarse en las páginas de “En la orilla” (Anagrama) es como realizar un trecho a nado a través de aguas pantanosas del que, al igual que sucede en algunas pesadillas, conseguimos emerger con algún atisbo de comprensión. Proseguir la aventura es una experiencia similar a navegar a bordo de una embarcación agitada, dispuestos a soportar la náusea. No hay confortabilidad posible, no hay excusa para mirar hacia otro lado ni posibilidad de volver atrás. Las olas se encrespan y estamos ahí, atrapados, luchando, obligados a tocar el tejido viscoso de ciertas verdades que producen repulsión.

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Adentrarse en las páginas de “En la orilla” (Anagrama) es como realizar un trecho a nado a través de aguas pantanosas del que, al igual que sucede en algunas pesadillas, conseguimos emerger con algún atisbo de comprensión. Proseguir la aventura es una experiencia similar a navegar a bordo de una embarcación agitada, dispuestos a soportar la náusea

Rafael Chirbes ha hecho una novela sobre la España actual, sobre la crisis y sus consecuencias, pero no es solo eso. Sin apenas distancia ni perspectiva, se ha zambullido en el ahora y se ha puesto a trazar el discurso de la codicia, del dinero, de los tiempos de derroche, pero no se ha quedado ahí. El escritor ha ido más allá, ha bajado a las alcantarillas, ha escarbado en el lodo del pasado para hallar los orígenes, lo que se esconde detrás del telón, en los oscuros túneles de la Historia reciente: la Guerra Civil, la memoria, el rencor enterrado… Hasta ahí “En la orilla” ya sería una entrega lograda, pero en mi opinión supera esa categoría y se convierte en imprescindible a la hora de explorar los fondos abisales del alma, las semillas de la violencia, de la crueldad, del mal. Es en ese punto donde alcanza su  mayor trascendencia, esa pátina simbólica que poseen las grandes obras de la literatura y que las hace sobrevolar por encima de cualquier circunstancia, de cualquier época concreta.

Todo comienza en un pantano, “el pantano siempre visto de reojo por los vecinos como lugar insalubre, infeccioso, agua estancada de la que hay que desconfiar, líquido que se calienta y corrompe al calor de la primavera y ya no se lava hasta que llega la gota fría de otoño”, leemos en la página 42 y proseguimos: “El mar limpia, oxigena, el pantano pudre. Como la guerra, la comisaría y la cárcel”, le va contando Esteban, el protagonista, a su viejo padre enfermo, a quien cuida mientras hace frente a la quiebra de la carpintería familiar, al despido de sus trabajadores.

En realidad lo que hace es hablar consigo mismo, ir construyendo un largo y doloroso monólogo que llena toda la novela. Esteban es un hombre atrapado en los márgenes de su destino. Un hombre sin suerte, que se jugó todas las cartas a un amor y perdió; que, a diferencia de sus amigos, no buscó los horizontes de la engañosa prosperidad y se quedó varado en el pueblo de su infancia, asumiendo, ya en la última etapa de su vida, una brutal derrota como consecuencia de la única operación arriesgada que se atrevió a llevar a cabo, la inversión de todos los ahorros en una empresa dedicada a la promoción inmobiliaria que fracasó cuando explotó la burbuja.

Todo comienza en el pantano en el que Ahmed Ouallahi, un marroquí que se queda en el paro a consecuencia de esa mala racha, encuentra un cadáver. Todo comienza en un marjal, en una geografía de ficción que enseguida asociamos a los paisajes en ruina de la costa levantina, a esas fantasmales edificaciones a medio construir que son la  metáfora más certera de una época de posibilidades que parecían ilimitadas, una época de especulación y de sobreabundancia que ha quedado atrás. Esa escena inicial, que ya indica al lector la crudeza del camino que apenas ha comenzado a transitar, permanece en el aire. Es una incógnita que no encuentra resolución hasta que los distintos ramajes de la historia van armando la fronda del árbol. Todo es sórdido, descarnado, desde el primer momento. No hay asideros posibles, repito, pero merece la pena recorrer el trecho con valor, con curiosidad, buscando esa chispa, ese aldabonazo  que nos lleve a entender por qué hemos llegado hasta aquí.

Esteban es un hombre atrapado en los márgenes de su destino. Un hombre sin suerte, que se jugó todas las cartas a un amor y perdió; que, a diferencia de sus amigos, no buscó los horizontes de la engañosa prosperidad y se quedó varado en el pueblo de su infancia,

Fotografía © Mara Gilda Zorrilla Bocconi

Igual que un documental como “Inside Job”, de Charles Ferguson, marcó un antes y un después en el sentido de ser capaz de desvelarnos los entresijos de la crisis financiera de 2008, conduciéndonos a ese ángulo en el que empezó a fraguarse el ahora, “En la orilla”, que sigue la estela marcada por Chirbes en su anterior entrega, “El crematorio”, es una novela que va despejando las brumas de lo que ha pasado en este país, un peldaño necesario en el proceso de apertura, de desvelamiento, en el que muchos estamos inmersos. Si a mí me preguntarán, como se hace en otra sección de “Lecturas Sumergidas”, qué libro recomendaría para afrontar y entender esta época convulsa, no tendría dudas en recomendarlo apasionadamente.

Sigo repasando mis anotaciones en los márgenes del libro, los fragmentos que fui destacando mientras leía y me quedo con una idea, con una pregunta: ¿hasta qué punto nos hemos dejado engañar, hasta qué punto todos tenemos parte de culpa? Chirbes retrata a los especuladores, a los arribistas, a los explotadores, a los políticos corruptos, a los que han defraudado y son perseguidos por la justicia, pero no sólo muestra las indignidades de los peces gordos. Aquí hay grandes y pequeñas miserias. Caben las culpas colectivas, los “sálvese quien pueda”, las justificaciones cobardes, las preguntas que no llegaron a formularse cuando todo parecía ir bien; cuando la felicidad de tantos dependía de conseguir una hipoteca para tener una segunda vivienda en la costa.

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Esta novela, que, como he apuntado en la esquina de una de sus páginas, se parece a una pintura negra de Goya, destapa el juego de las mentiras que ha desembocado en la realidad del paro, de los desahucios, de los recortes y la desigualdad. Pero vuelvo a insistir en que siendo grandioso el retrato que realiza Chirbes de las miserias, de la fealdad del presente, lo que más estremece es la manera en que nos muestra de qué manera los comportamientos del hoy arrancan en el ayer, de qué manera se repiten hasta la saciedad usos y costumbres similares.

Chirbes retrata a los especuladores, a los arribistas, a los explotadores, a los políticos corruptos, a los que han defraudado y son perseguidos por la justicia, pero no sólo muestra las indignidades de los peces gordos. Aquí hay grandes y pequeñas miserias.

Hechos recientes están demostrando que ciertas rémoras franquistas siguen presentes, que ciertas actitudes dormidas han despertado al albur de las nuevas políticas, que la democracia no ha sido capaz de apagar los derroteros fascistas, los extremismos. Todo eso bulle en una obra que tiene en la herencia uno de sus temas centrales. Es complicado escapar de la línea de transmisión, de las influencias. “Los herederos consumen los despojos del predecesor y eso los nutre, los fortalece a la hora de levantar el vuelo. A mayor cantidad de carroña consumida, el vuelo es más alto y majestuoso. Desde luego, más elegante. Nada que esté fuera de la condición de la naturaleza…”, leemos.

La Guerra Civil es una sombra poderosa. Aún cuando abracen otras ideologías, los hijos de los ganadores, de los que salieron favorecidos de la contienda, lo han tenido más fácil para medrar en la España de los nuevos aires y oportunidades. Ya contaban con capital y con conocidos dispuestos a favorecerlos; los hijos de los perdedores han cargado con las frustraciones, los miedos, los complejos de unos padres que han querido ver sus aspiraciones realizadas en ellos.

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En la novela ambos lados están representados por Esteban, hijo de un orgulloso luchador de la República que hubo de padecer la marginación después de la derrota, y su amigo Francisco, cuyo éxito en la vida se ha apuntalado en el poder y las riquezas de su progenitor, Gregorio Marsal, quien, una vez finalizada la guerra, recibió tierras como recompensa por ponerse al frente de una temida patrulla de falangistas que realizaba batidas de maquis en las montañas y en el pantano.

“Para que crezca la planta primero hay que estercolar. Esas correrías no tenían la inconsciencia juvenil que parecían mostrar las bromas, las risas y las copas que las acompañaban, eran calculado peaje para seguir creciendo, ritos de paso, etapas en el proceso de formación de las nuevas generaciones empresariales: en las escaramuzas empezaron a redondearse las facciones del propietario del ultramarinos, adquirió el tendero esa jovialidad en la mirada, la franqueza en el tono de voz, la autoridad en los gestos (quién se atreve conmigo), la risa satisfecha que separaba sus labios sonrosados y gordezuelos. No hay mal que por bien no venga. El dinero tiene, entre otras infinitas virtudes, una calidad detergente. Y múltiples cualidades nutricias. Te alegra los ojillos, te hincha los mofletes, te otorga esa manera de sentarte en la butaca con las piernas extendidas y el periódico entre las manos…”, va reflexionando con amargura Esteban.

La Guerra Civil es una sombra poderosa. Aún cuando abracen otras ideologías, los hijos de los ganadores, de los que salieron favorecidos de la contienda, lo han tenido más fácil para medrar en la España de los nuevos aires y oportunidades.

“En la orilla” es un largo desfile de víctimas, de verdugos, de delatores y cobardes, de hombres que han de pagar un alto precio por mantener sus ideales y de otros que cambian de camisa a la más mínima, que son capaces de cualquier trapicheo para obtener un favor, un ascenso en el escalafón social. Mientras seguimos sus pasos no podemos evitar pensar en la suciedad que se esconde en el fondo de lo que estamos viviendo, en los despojos de una historia miserable. “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”, leemos en esta áspera entrega que tan bien refleja la obscenidad del dinero, el dinero que quiere comprarlo todo: las voluntades, el respeto de los otros, el lujo y el sexo asociados al poder. “El dinero que todo lo corrompe, lo estropea”, seguimos las palabras de Esteban.

Fotografía © Philippe Matsas-OPALE

Y de ahí el gran salto hacia el todo, hacia la indagación en lo primitivo, en ese cariz salvaje que late, que ha latido repetidamente a lo largo de la historia de la humanidad, tras la violencia, tras el abuso en todas sus escalas. ¿Dónde se agazapa el terror, en qué momento sale a la luz “ese “rencor de abajo” al que se alude en la novela? “No hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”, piensa el protagonista, encontrando en ese pesimismo extremo una similitud con su padre, un puente final entre dos existencias abocadas a la soledad y a la ruina.

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Si bien las vivencias y las reflexiones de Esteban conforman el tronco central de la novela, hay otras historias que van fortaleciendo su fronda. Historias de emigrantes que introducen el tema de la incomunicación y el desconocimiento de los otros, de la lejanía entre culturas y costumbres; historias de miserias familiares y de engaños; historias de gente que se queda sin trabajo y ha de humillarse y pedir prestado para mantener a sus hijos. Historias de maltrato urbanístico y de agresión al medio ambiente. El presente que conocemos entra en la novela para quedarse y resulta demasiado frío, viscoso, inquietante, mucho más que cuando se nos muestra desmenuzado en las noticias. Aquí adquiere sentido y nos duele.

Muchas veces me he sorprendido a mí misma con el lápiz en el aire después de haber subrayado una idea. He cerrado los ojos y totalmente ensimismada he imaginado los escenarios: el pantano, metáfora de la podredumbre moral, las putas de carretera, el bar como lugar de encuentro, donde los hombres se reúnen a beber, jugar a las cartas y ver pasar la monotonía de la vida. Ha habido escenas de pesca y caza que irremediablemente me han recordado a Miguel Delibes, otro hábil cultivador de los monólogos, de los personajes que hablan para sí mismos, y ha habido otros momentos que me han remitido al tremendismo de Cela. Chirbes bebe en las fuentes del realismo, toma sus logros y los adapta a un estilo potentísimo, certero, cargado de metáforas diáfanas, de una cierta poesía existencial.

Hay ráfagas de belleza en determinadas descripciones del paisaje, de la naturaleza, que acompañan a los estados anímicos, y que contrastan con las penumbras del conjunto. Son como faros en medio de la rudeza de una historia contada por hombres, una historia en la que no pueden faltar los comportamientos y actitudes machistas como demostración del peso, del legado de un tiempo no ido. Pero también hay personajes femeninos muy bien trazados, mujeres movidas por el interés y por la avaricia, capaces de manipular y de traicionar, caso de Leonor, la gran pasión de Esteban, quien no duda en abandonarlo por un mejor partido.

Pudiera parecer por todo lo dicho que no hay compasión en esta novela, pero mentiría si no dijera que, pese a toda su crudeza, que pese a todo el entramado del mal que pone en escena, también hay algunos huecos para la ternura. Está la especial relación de Esteban con su perro; está la figura del tío Ramón, un hombre honesto, sensible, que nos lleva a pensar que otros discursos, otros modelos de ser humano, son posibles y está la carta final, escondida, misteriosa, del padre, el viejo carpintero que no huyó al pantano con sus compañeros de combate y que confiesa haberse sentido un extraño gran parte de su vida. Su misiva contiene un tesoro, el recuerdo de su primera visita de niño a Valencia, la gran ciudad, de la mano de su padre. Recuerdo que coincide con el instante de felicidad que rememora Esteban al pasear por la feria en compañía de su tío.

Hay ráfagas de belleza en determinadas descripciones del paisaje, de la naturaleza, que acompañan a los estados anímicos, y que contrastan con las penumbras del conjunto. Son como faros en medio de la rudeza de una historia contada por hombres, una historia en la que no pueden faltar los comportamientos y actitudes machistas como demostración del peso, del legado de un tiempo no ido

La vida es frágil, huidiza y los grandes momentos, esos que se conservan como perlas en la memoria, pueden ser los más sencillos: la contemplación de la luz de un atardecer, la belleza de un paisaje, la inocencia infantil rememorada. Hay ráfagas así en esta “orilla” del presente desde la que se mira al pasado y se atisba lo que ya es futuro, lo que empieza a levantarse sobre las ruinas, sobre los desechos. “Obviamente, vivimos menos emputecidos, vivimos desengolfados, o con resaca de golfeo. En el ambiente se palpan nuevos valores, virtudes franciscanas: se aprecia de nuevo la lentitud, el paseo tranquilo al atardecer, que es cardiosaludable…” habla en esta ocasión Tomás Pedrós, el estafador que ha destrozado la vida de Esteban y de tantos otros y que se dispone a afrontar los tiempos difíciles en los que la ostentación empieza a estar mal vista. Su discurso, cargado de cinismo, -Pedrós no puede ser más que un descreído ante la posibilidad del cambio hacia sociedades no construidas sobre el lucro- es otra de las vertientes de una novela necesaria, abierta, imposible de apresar en un artículo por sus muchos matices y lecturas. Una novela a la que merece la pena acercarse sin miedos.

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“En la orilla”, de Rafael Chirbes, ha sido publicada por Anagrama, que, además, acaba de lanzar “Pecados capitales”, un díptico con dos de sus títulos anteriores, “La buena letra” y “Los disparos de corazón”. Las fotografías, cedidas por la  editorial, las firman: Philippe Matsas (el primer plano) y Maria Gilda Zorrilla Bocconi (las otras dos, realizadas mientras el autor firmaba ejemplares de “En la orilla” en Barcelona, el día de Sant Jordi).

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