Tiempo de palabras

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Por Emma Rodríguez © 2014 / La naturaleza fue la principal fuente de inspiración de Henry David Thoreau y no por eso dejó de asomarse a los escombros del mundo, a la fealdad de lo real. Cuando recientemente cogí su “Musketaquid”, denominación india elegida por la editorial Errata Naturae para titular el que fuera su primer libro, bautizado en su origen “A week”, como correspondía al paseo en bote durante una semana por los ríos Concord y Merrimack, allá en las tierras de Nueva Inglaterra, sentí que el jardín, casi secreto, desconocido para mí hasta hace poco en el Museo del Romanicismo de Madrid, representaba un poco eso: el sosiego, la paz, en medio de los ruidos y las turbulencias de una ciudad acosada.

Es posible, saludable, recomendable, aislarse de los conflictos, pero resulta imposible cerrar del todo las puertas a la realidad. Hace poco alguien me decía que sería mejor para mi salud anímica centrarme en la lectura, dejar de pisar las calles y abandonar las reivindicaciones. Fui respetuosa ante tal comentario, pero ahogué una gran carcajada. ¿Acaso no está la rebeldía, la crítica, en la literatura que me gusta? ¿Acaso no están los más “peligrosos” mensajes de insumisión y compromiso en los escritores y pensadores que han ido abriendo el camino? Pensaba en todo esto mientras leía a Thoreau en ese espacio cerrado del bello e íntimo Jardín, con el murmullo de una pequeña fuente como sonido de fondo, consciente de que era un paréntesis, de que afuera, horas después, me esperaba una multitudinaria manifestación, y, seguramente, como suele ser habitual, un guirigay de noticias confusas, fruto muchas de ellas de ese discurso imperante, dictado desde el poder, contra el que tanto arremetía Thoreau.

Cercana al espíritu indomable del autor de “Walden”, a su devoción por la poesía -él decía, entre otras muchas cosas, que ”el poeta expresa hasta la mínima información, incluso la hora del día, con tal magnificencia y amplio uso del imaginario natural, como si fuese el mensaje de los dioses”-, he abierto las páginas de otro libro oportuno y necesario: “En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis” (Bartleby Editores). Un volumen hilado con los versos de más de 200 autores, representantes de distintas generaciones, portadores de voces, estéticas y actitudes diferentes, pero unidos todos por la mirada alerta ante los acontecimientos del presente, por el grito de la denuncia, ese grito que no puede ser ahogado ni anulado. Ahora no, en este momento de la Historia, por favor, no.

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Como prologuista excepcional marca el paso Antonio Gamoneda y lo hace con contundencia, nada de sutiles y temerosas metáforas. “España está dolorosamente sumergida en una que dicen “crisis económica”. ¿Crisis económica? La verdad es otra; potencialmente, existen los mismos bienes y recursos, la misma fuerza del trabajo; en resumen, la misma economía real que en tiempos que no se consideraron críticos. Pero la economía real ha sido falsificada, convertida a la dinámica especulativa”, sostiene el poeta, quien señala a las democracias actuales como la “máscara sonriente” del capitalismo.

“El capitalismo”, prosigue, “se ha movido con torpeza; advierte sus desequilibrios internos y teme que estos sean indicios de una quiebra histórica y global del sistema. Desde este temor trata de fortalecerse despojando aún más a los de siempre, a los pobres y sometidos”, prosigue quien sabe mucho del dolor de la represión y de la guerra, quien ha puesto voz a los desheredados en una obra cargada con la intensidad, con la profunda intensidad, de la memoria.

¿Puede ciertamente la poesía hacer algo?, se pregunta. Y contesta, frente a los escépticos, a los que no creen en la fuerza de la palabra, que sí, que sí que puede. “Los poetas pueden dar señal de unas convicciones que descalifican moral y socialmente el capitalismo con solo reunirse para significar su acusación, su protesta y su identificación con los despojados (…) La poesía no puede modificar directamente la praxis financiera, pero su fuerza emocional  y sensible sí puede modificar las conciencias, propiciar la adopción de un pensamiento operativo. No se trata de denotaciones ideológicas o políticas; se trata de escribir desde el sufrimiento o ser solidarios con el sufrimiento”.

El capitalismo se ha movido con torpeza; advierte sus desequilibrios internos y teme que estos sean indicios de una quiebra histórica y global del sistema. Desde este temor trata de fortalecerse despojando aún más a los de siempre, a los pobres y sometidos”, dice Antonio Gamoneda en “Legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis”, un libro colectivo, que aúna bajo el grito la voz de más de 200 autores de distintas generaciones.

Del Premio Cervantes, autor de títulos como “Libro del frío” y “Arden las pérdidas” se incluye en la antología un fragmento inédito perteneciente a “Las venas comunales”, de 2012. No puedo resistir la tentación de dar cuenta de su comienzo: “[…] Hoy es martes. Cuidado. Hay días incisivos. / Las semanas avanzan oficialmente negras, / conducidas por ciegos y verdugos muy dóciles / y, / con menor frecuencia / por muchachas verdes que tal vez nos amaron…”

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Junto a Gamoneda, otro Cervantes, José Manuel Caballero Bonald, que elige una pieza de su “Manual de infractores”, y Félix Grande, recientemente fallecido, del que se ha tomado “Ludópatas sin fronteras”, unos versos en los que habla de la Troika, de la “gente arrodillada”, del miedo. Miedo es una de las palabras que más se repite. “Desde hace meses tengo / un nudo en el estómago, / duermo mucho peor, / alimento pesadillas, sospecho / que el mundo está contra todos / y que hemos perdido libertad / de golpe en un ataque de víboras… “, leo “La boca sucia de la sombra”, de Antón Castro.

Pese a las divergencias, a las tonalidades múltiples, el conjunto derrocha equilibrio y llega allí -ésta es la potencia de la poesía- donde no alcanzan los hechos, a esos pliegues donde se oculta la verdad y donde la conciencia permanece en estado de letargo. Si Gabriel Celaya decía que “la poesía es un arma cargada de futuro”, los autores reunidos en torno a esta “Legítima defensa” parecen recuperar la frase sin complejos y, sin complejos de ningún tipo, vuelven a enarbolarla. Unos lo dicen todo ya desde el título. Es el caso de Luis Artigue, que titula “ERE” un poema en el que dice: […] “Oh, sí, son tiempos de bajada / pero no en la / escala de la dignidad…” Es el caso de Felipe Benítez Reyes, que arranca de la palabra “Dinero”; de Cecilia Quílez, que prepara un “Conjuro para tiempos difíciles”; de Juan Carlos Mestre, quien inicia su “Asamblea” así: “Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, / les traigo el saludo solidario de los metafísicos. / También para nosotros la situación se ha hecho / insostenible…” o de Ángel Petisme con sus certeras “Instrucciones para una huelga general”.

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Elocuente, Jorge Riechmann se refiere en sus versos a “Lo realmente importante de los poderes de este mundo”. Kepa Murua dibuja “Un día negro”. Joan Masip se pregunta: “¿Qué sucede?” y Antonio Jiménez Paz abre otro interrogante: “¿De dónde procede tanta contraorden” en su “Poema-Piedra”. Juan Ramón Mansilla se dirige en “Estuario” a los “malditos gobernantes” y les dice que “la venganza aún nos pertenece”. Manuel Vilas reconstruye su “Historia de España”. Un historia “donde nunca supimos qué era tener / ni por qué éramos pobres / si otros no lo eran”. Manuel Rico recobra en “La calle” la ciudad del pasado porque el presente se la recuerda con sus “grietas”, su “intemperie”, sus “vacíos y penumbras”. Porque el hoy lo conduce “al desván de lo olvidado”. En la misma línea, Francisca Aguirre alude en “La sorprendente vida” a “este miserable presente, esta penosa realidad” como “copia de un tiempo ya vivido”. Y Jaime Siles se refiere en “Canción apocalíptica” al dolor, a ese dolor que no cotiza en Bolsa ni vota en las sociedades de consumo.

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Almudena Guzmán, Jordi Doce, Juana Vázquez, Fanny Rubio, Recaredo Veredas, Chema Rubio, José Ramón Ripoll, Miguel Veyrat con su “Canción para ensanchar el grito”, tantos y tantos otros -imposible citarlos a todos- construyen, repito, un ejercicio de compromiso, una entrega altamente recomendable por cuya iniciativa hay que felicitar a los editores.

De Marta Sanz, que también participa en esta antología con un poema titulado simplemente “El miedo”, acabo de leer “No tan incendiario” (Periférica), un ensayo valiente, original, retador, sobre el malestar de la actualidad y sobre todos esos temas que deberían estar sobre la mesa y que apenas despiertan el debate. Sanz despliega una batería de preguntas sobre las que reflexionar, una cascada de pensamientos que, como dice, “parten de la realidad de que la literatura ya no le importa a casi nadie y que a la vez pretenden hablar de la literatura desde un lugar que no sea su templo, su jardín vallado, su paraíso perdido”.

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Cultura, política, compromiso, izquierda. Sobre todo ello reflexiona la escritora, quien se interroga e interroga a sus lectores en una obra dialogante. Una obra que también indica que algo está cambiando, que algo se está moviendo, que los escritores, los creadores en general, de este país, sienten la necesidad de cuestionarse el mundo y pisar las calles, algo que en los tiempos de bonanza se había olvidado demasiado. “Volvamos a recuperar el pensamiento crítico”. “Volvamos a pensar en clave marxista”, anima Marta Sanz.

Marta Sanz despliega en “No tan incendiario” una batería de preguntas sobre las que reflexionar, una cascada de pensamientos que, como dice, “parten de la realidad de que la literatura ya no le importa a casi nadie y que a la vez pretenden hablar de la literatura desde un lugar que no sea su templo, su jardín vallado, su paraíso perdido”

A partir de comentarios de prensa, de artículos que reclaman su atención, de lecturas y observaciones, desde la libertad de poner sobre el tapete sus propias opiniones, la autora habla de los males del mercado en lo que afecta a la literatura, una literatura que ha tendido a la complacencia, al abandono de la realidad, al cultivo de lo bonito, de lo amable. “Propongo escribir textos que duelan”. “Yo quiero escribir feo de lo feo”. “Aún confío en el realismo como marco ético y estético: curiosamente los escritores que escriben desde convicciones parecidas a éstas (…) son los que después producen las novelas menos decimonónicas de todas. Menos rancias”, voy tomando extractos de este ensayo escrito desde la lucidez y desde la necesidad de poner las cosas en su sitio.

 

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Frente a esos escritores que palidecen “ante la idea de que su novela pudiera tener un contenido político”; la autora de “Daniela Astor y la caja negra”, se pone del lado de todos aquellos creadores que huyen del conformismo, haciendo un análisis certero de la presencia de la política en la vida, de la necesidad de que el arte sea subversivo, agite las conciencias  y se rebele contra lo que no está bien. Al final, frente a los que no creen en la utilidad de las ficciones, Marta Sanz defiende su poder transformador. De ese poder de la literatura para influir en el devenir de la vida, de la propia biografía, da cuenta otro libro, “Milhojas de sentido”, del periodista y crítico literario Javier Goñi. Se trata de una atractiva selección de textos que nacieron como entradas para su blog “El Pizarrín”, acogido en la web divertinajes.com. Editado por La Isla de Siltolá el volumen está lleno de autores y de libros a los que se ha entregado con pasión este lector compulsivo, este descubridor de nuevas voces y frecuentador de caminos no trillados.

La presencia de determinados títulos en circunstancias diversas es el hilo conductor de esta obra que se abre a la crítica literaria y también a la biografía, ya que las piezas que lo componen no son meros análisis sobre estilos y contenidos, sino apuntes llenos de una gran carga vital, aderezados con múltiples referencias y relaciones entre autores y textos. Es eso lo que las hace distintas y las dota de valor literario.

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Libros y ciudades. Libros y viajes. Libros y afectos. Todo está junto en el carrusel de las vivencias. Hay muchos textos interesantes en este homenaje al lector activo, adicto, en el que asoman los rostros de escritores como Max Aub, Borges, Benet, Trapiello, Muñoz Molina, Ruano, Foxá, Henry James, María Zambrano, Carmen Laforet, Jean Rhys y muchos otros, pero permítanme que les recomiende dos entradas: la última del conjunto, titulada “La dulzura de la vida”, y otra de tono novelesco titulada “Gardini en Marina di Ravena”. La primera es un ejemplo de hasta qué punto la vida no sería lo mismo sin los libros que se leen y de cómo los libros acompañan hasta en las circunstancias más difíciles, incluso en el dolor y en la enfermedad. La segunda, de tono novelesco, reconstruye una estancia en un hotel italiano, una estancia en la que que el lector atento a lo que le cuenta Giorgio Bassani en “Historias de Ferrara” convive con el turista que observa la vida de un rico empresario que poco después de esas vacaciones acaba suicidándose.

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No puedo cerrar esta “Ventana”, que se inició en un jardín recoleto, sin dar noticia de lo que para mí está siendo un regalo: la llegada del número 109-110 de la revista cultural “Turia” con un especial dedicado a quien es uno de mis escritores más admirados, Juan Eduardo Zúñiga. Todo seguidor del autor de “Capital de la gloria” sentirá el placer de conocer más a fondo a un hombre que, como dice Joan Tarrida, su editor, prefiere ocultarse y dejar que sea su obra la que se defienda por sí misma.

Hay análisis muy interesantes sobre el autor madrileño. De él escriben, entre otros: Rafael Chirbes, Manuel Longares, Luis Mateo Díez y Antonio Soler, sin olvidar las impresiones de Antonio Muñoz Molina, que lo califica como “uno de los grandes, un pionero, un raro, un innovador a destiempo”. Pero, sin duda, con lo que más he disfrutado es con el texto del propio Zúñiga, fragmento de unas Memorias íntimas en las que está trabajando actualmente. Se trata de un texto sobre la infancia en el que el escritor ofrece algunas de las claves de sus obsesiones, en el que mira de una manera absolutamente cristalina al germen, a las semillas, de lo que llegó a ser posteriormente.

Los primeros paisajes inspiradores, las primeras lecturas, el primer espacio de aislamiento, el primer amigo con el que habló de libros y frecuentó tertulias en la España de la posguerra. La imagen de la madre, el momento en que fue consciente de la muerte… Todo contado desde la evocación, con ese tono tan de Zúñiga, tan revelador, que siempre consigue conmoverme, deslumbrarme. Imprescindible este número de “Turia” en el que, además, he tenido la suerte de hacer una entrevista a fondo a otro de mis favoritos, el filósofo Emilio Lledó.

Los libros de los que se habla en esta “Ventana” son: “Musketaquid”, de Henry David Thoreau (Errata Naturae); “En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis”, obra colectiva con prólogo de Antonio Gamoneda (Bartleby Editores); “No tan incendiario”, de Marta Sanz (Periférica) y “Milhojas de sentido”, de Javier Goñi (La isla de Siltolá. Colección Álogos).

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Las fotografías fueron realizadas por Nacho Goberna en el jardín del Museo del Romanticismo de Madrid.

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