El placer de descubrir

Emma Rodríguez en la Feria del libro de Madrid. Junio 2013. Por Nacho Goberna © 2013

Por Emma Rodríguez © 2013 /

“El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo”. Tomo prestada la bellísima definición de Emilio Lledó para empezar esta Ventana abierta a los libros, a los universos paralelos, tan nutritivos, de la ficción, del conocimiento, de la exploración. No podía ser de otro modo. Inspirada, alentada, estimulada por las palabras del filósofo, protagonista de este número de “Lecturas Sumergidas”, al que acababa de visitar en su casa, muy cercana al Retiro, me decidí a dedicar una tarde a visitar las casetas que cada año se alinean en el Paseo de Coches. “La Feria del Libro de Madrid”, me dijo hace muy poco un librero, “es uno de los lugares más visitados de la ciudad después del Museo del Prado”. Y me quedé con el dato.

Un dato que me lleva a reflexionar sobre los reductos de la cultura, tan necesarios en estos momentos en los que se la ningunea y banaliza. Antonio Muñoz Molina ha arremetido contra ello aprovechando la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Ha contrastado la desidia de las autoridades españolas con el apoyo decidido de las francesas a la red de librerías. “La cultura se ha sometido ya desde el principio de los 90 a las leyes de mercado, no sólo la canción popular, sino todo, también el cine, la literatura… Atravesamos una etapa en la que el alud de información ni selecciona ni nos permite seleccionar la información. No hay criterio, se sigue el sendero de la rentabilidad inmediata“, afirma Santiago Auserón en el entrevista que se publica en este número. Todas esas declaraciones bullían en mi mente y, además, había hablado largamente con Lledó sobre el cultivo de la sensibilidad y del criterio propio como los pilares básicos en la formación de ciudadanos críticos, despiertos, honestos, democráticos; sobre esos “juguetes” libro, como él los denomina, cargados de ideales. Con ese equipaje a cuestas, pensando en todo ello, recorría el Paseo, tranquilo, silencioso, con los puestos aún cerrados.

Me encanta esa imagen. Es como un decorado sin actores. Me recuerda a las sombrillas en una playa desierta, cuando aún no han llegado los bañistas; cuando aún el roce de las olas sobre la piel no se ha producido; cuán todavía no hay ruido. Una bicicleta me adelantaba, caminantes solitarios avanzaban a mi lado buscando la sombra o esperaban tumbados en la hierba el momento en el que esas ventanas a la luz de todas las historias del mundo se abrieran y pudiera repetirse ese gesto de unas manos pasando las páginas del libro elegido, encontrado. ¡Qué subjetiva es la experiencia de la lectura! ¡Qué cantidad de emociones, de sensaciones, de pensamientos, puede despertarnos una historia, un relato que tal vez a otra persona le resulta anodino, insustancial…! De todas estas cuestiones me puse a hablar con un conocido que me encontré casualmente y que me estaba comparando la Feria con una verbena justo cuando empezó a percibirse el movimiento de apertura de las casetas.

Emma Rodríguez en la Feria del libro de Madrid. Junio 2013. Por Nacho Goberna © 2013

Sí, es cierto. El jolgorio se palpa, sobre todo los fines de semana, pero, más allá de su carácter festivo, que tanto atrae a los visitantes, esta cita casi ritual que tenemos con los libros cada mes de junio en Madrid, y que se celebra también en otras ciudades españolas con formato muy parecido, es ahora mismo, más que nunca, me atrevería a decir, un reducto, un lugar para escapar de la grisura, de los ecos del desencanto, de tanto desayuno con noticias desalentadoras.

Entiendo que la gente la viva como un respiro. Entiendo que cada año acuda al Retiro con el aliciente de encontrarse cara a cara con los autores a los que admira, pedirles una firma, charlar un rato con ellos sobre sus experiencias de lectura. En mi caso, como no soy nada mitómana, prefiero los días tranquilos, de principios de semana, sin tanto bullicio, sin tantos escritores esperando pacientes el momento de las dedicatorias, algo que a algunos les gusta por lo que supone de intercambio, de diálogo, y que otros aborrecen, pero que han de hacer porque forma parte del juego, porque no se puede eludir en un presente tan mercantilizado. A mí, sin embargo, lo que me gusta es caminar en busca del deslumbramiento, de esa perla que puede ser un libro concreto, una colección, un sello editorial del que no tenía conocimiento.

Entiendo que la gente viva la Feria como un respiro. Entiendo que cada año acuda al Retiro con el aliciente de encontrarse cara a cara con los autores a los que admira, pedirles una firma, charlar un rato con ellos sobre sus experiencias de lectura. En mi caso, como no soy nada mitómana, prefiero los días tranquilos, de principios de semana, sin tanto bullicio, sin tantos escritores esperando pacientes el momento de las dedicatorias.

Me gusta acudir sin mapas, guiada únicamente por  la intuición, por el  azar. Son muchos los títulos, los descubrimientos, que me recuerdan la Feria. Evoco, por ejemplo, la vez que me encontré con un libro que ha resultado muy especial para mí, “Caminar (o el arte de vivir una vida salvaje o poética), de Tomas Espedal, editado por Siruela. Uno de esos libros deliciosos -alguna vez me referiré a él más detenidamente- de los que no solemos leer reseñas en los suplementos literarios y que se detiene en las experiencias y anécdotas de grandes caminantes que saben disfrutar de los trayectos, de los senderos abiertos, sin lindes, por las geografías de la vida.

Emma Rodríguez en la Feria del libro de Madrid. Junio 2013. Por Nacho Goberna © 2013

En esta ocasión, hace apenas unos días, no me sentí decepcionada en absoluto con las pequeñas joyas que encontré. Aún en las atmósferas de Yasunari Kawabata, cuya sutileza impregnó la entrega anterior de “Lecturas Sumergidas” me topé de bruces -¿casualidad?- con Satori, una editorial especializada en la cultura japonesa, atenta a su literatura, pero también a su historia, a su filosofía, a sus leyendas, a sus expresiones teatrales.

Bellísimas ediciones ante las que lo que resulta difícil es no dejarse embriagar, títulos cargados de sugerencias, llamaron poderosamente mi atención: “Los amantes suicidas de Sonezaki”, de Chikamatsu Monzaemon; “El tren nocturno de la Vía Láctea”, de Miyazawa Kenji; “Una extraña historia al este del río”, de Nagai Kafu… permanecían aletargados en el frontal de la caseta junto con obras como “El Japón fantasmal” o “El mundo fantástico de la literatura japonesa”. Me los hubiese traído todos a casa, pero tenía que elegir y me quedé con “Misceláneas primaverales”, de Natsume Soseki, un autor ampliamente representado en Satori a través de otros títulos como “El caminante” o “Las hierbas del camino”, pero que yo conocía gracias a las ediciones de su obra en Impedimenta, editorial que también lo venera.

El viento de la literatura japonesa lleva algún tiempo soplando en nuestro país. El éxito de un autor como Haruki Murakami, a quien sigo los pasos fielmente desde que descubrí “A la caza del carnero salvaje” en Anagrama, ha propiciado, junto con la concesión del Nobel a Kenzaburo Oe en 2004, el culto a figuras como Kawabata o Mishima y la exploración de otros autores, tanto clásicos como contemporáneos, que nos refrescan con una mirada diferente. Murakami ha logrado conectar con los lectores occidentales y ha servido como puerta de entrada a una literatura que, dentro de su variedad, mantiene unas líneas de afinidad muy marcadas: la ambigüedad, la capacidad de sugerencia de lo que se cuenta; la simbiosis entre los estados anímicos y los ciclos de la naturaleza; la atención a los movimientos del alma;  la facilidad con la que se cruza el puente entre la vida y la muerte... Por todo eso me apasiona. Por esas misteriosas rutas de afinidad cuyo origen es tan difícil situar, identificar, la siento muy cercana. Busco en ella su profundidad y su delicadeza, esa manera de hablarme del mundo con pequeños y sutiles gestos, pero también con dramáticas acciones, con respuestas enigmáticas que aluden a ese otro lado del espejo del que nada sabemos.

Emma Rodríguez en la Feria del libro de Madrid.  Caseta de

El viento de la literatura japonesa lleva algún tiempo soplando en nuestro país. El éxito de un autor como Haruki Murakami, a quien sigo los pasos fielmente desde que descubrí “A la caza del carnero salvaje” en Anagrama, ha propiciado, junto con la concesión del Nobel a Kenzaburo Oe en 2004, el culto a figuras como Kawabata o Mishima y la exploración de otros autores, tanto clásicos como contemporáneos, que nos refrescan con una mirada diferente.

Entender el mundo, interpretarlo. “Todos somos filósofos. Desde un principio queremos saber, conocer”, me decía Emilio Lledó. Si esta “Ventana” se abrió con su palabra, con su amor a los libros, con su llamamiento a una educación que cultive la sensibilidad, el criterio, mi segundo descubrimiento tiene que ver con la filosofía. Se trata de una nueva colección, Los Pequeños Platones, que Errata Naturae dedica a los niños y que se abre con tres títulos: “El filósofo-perro frente al sabio Platón”, de Yan Marchand, con ilustraciones de Vincent Sorel; “Un día loco en la vida del profesor Kant” (Jean Paul Mongin y Laurent Moreau) y “El fantasma de Karl Marx” (Roman de Calan y Donatien Mary). Una magnífica y divertida oportunidad de ir introduciendo a estos pensadores en la vida de quienes aún tienen la capacidad de hacer las preguntas más limpias, aún libres de contaminación y de prejuicios. Una buena ocasión para leer juntos, grandes y pequeños. ¿Qué podemos hacer?, me preguntan cada vez más madres, conocidas y amigas, que se preocupan porque sus hijos no se interesan por la lectura. ¿Qué podemos hacer? Jugar leyendo. Acceder al libro, recipiente de tiempo y de sueños, como el juguete más estimulante posible.

Las fotografías fueron realizadas por Nacho Goberna en la Feria del Libro de Madrid, en el Paseo de Coches del Parque del Retiro.

Emma Rodríguez en la Feria del libro de Madrid.  Caseta de

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