Emma Rodríguez © 2025 /
En más de una ocasión, cada vez con mayor frecuencia, son esos libros discretos, que no ocupan espacio en los medios convencionales, que no están en boca de todos, los que llaman mi atención. Colocados modestamente en las mesas de novedades de las librerías que suelo visitar, me atrapan por el título e incluso por el atractivo de la cubierta, lo que me lleva a leer la contraportada y a hojear algunas de sus páginas. Me ha sucedido así, como os lo cuento, con el ensayo Cómo estar en soledad, de la escritora británica Sara Maitland (Londres, 1950), una entrega breve capaz de desmontar argumentos y de trazar un retrato colectivo de nuestro presente, de las sociedades capitalistas, en este siglo XXI donde tan complicado resulta pararse, aislarse, salirse de los cauces determinados, asumidos.
Parte la autora de su experiencia personal, de su retiro voluntario, en una casa rural en Galloway, Escocia, donde vive sola, desde hace más de veinte años (momento en el que escribió la entrega, publicada en inglés en 2014), en “una de las zonas menos densamente pobladas de toda Europa”, concretamente en una parte de la misma que no duda en calificar como de las más “desoladas”. Mientras en Reino Unido, como indica, la densidad poblacional promedio es de 246 personas por kilómetro cuadrado, en su valle hay ocho kilómetros cuadrados por habitante; las tiendas están a quince kilómetros como mínimo; no hay señal de móvil y el tránsito por carreteras sin asfaltar es muy escaso. “Por lo general no veo a nadie en todo el día. Me encanta”, asegura Maitland. Y yo no puedo dejar de imaginarme a muchos de quienes estéis leyendo estas líneas llevándoos las manos a la cabeza.
¿Qué mueve a una persona a tomar este camino?, os preguntaréis. Impacta comprobar que hay gente que se retira del ruido, de la sociabilidad, de las estructuras de confort, de impresión de seguridad, sobre las que están montadas las vidas. Tememos la soledad, estamos acostumbrados a pensar que es dañina y no acabamos de creer que haya quienes la disfrutan. Tendemos, por todo ello, a cerrarnos a otros enfoques y tomas de postura. He aquí una de las razones por las que esta obra resulta reveladora y estimula a expandir la mente, a abrir del todo los ojos, a la manera de los niños ante una sorpresa inesperada que les llena de alegría y de preguntas.
Así es como me estoy asomando yo a esta Ventana Propia desde la que imagino los paisajes de Sara Maitland. La casa iluminada en medio de la oscuridad, imagen de la portada del libro, ya me cautivó en la librería madrileña Antonio Machado cuando la vi, y una vez leída la obra me ha procurado reflexiones muy inspiradoras. No se trata de seguir, ni siquiera de aplaudir, el modo de vida de la autora, pero sí de aceptarlo como posibilidad, de hacer hincapié en la voluntariedad, dando vueltas a la idea de que, cuando la soledad no es impuesta, sino elegida, puede otorgar plenitud, beneficios, como bien expone la autora en su ensayo, que a mí, particularmente, me ha llevado a afianzar la idea de la necesidad del equilibrio.

El encuentro con los otros, las conversaciones, los buenos momentos, cuando son satisfactorios, nos aportan felicidad, por supuesto, pero, mejor, si se compaginan con un margen de soledad que nos permita practicar la introversión, mirarnos por dentro, pensar por nosotros mismos, contemplar, ser y sentir, más allá del bullicio incesante de la actualidad. A ese punto de equilibrio es al que nos conduce esta obra con la que Sara Maitland, que ya había publicado otro ensayo, Viaje al silencio –muy afín a este–, además de libros de ficción como la novela Daughter of Jerusalem (1978), ganadora del premio Somerset Maugham, nos invita a tambalear algunos pilares demasiado férreos de nuestro pensamiento.
“Creo que existe un problema grave, tanto social como psicológico, en torno a la soledad, y que es hora de abordarlo”, indica la autora, asegurando que escribió su libro con el deseo de aliviar los temores de muchas personas y ayudarlas a valorar, a disfrutar, el tiempo que pasan sin compañía. Estamos al comienzo de un recorrido en el que el relato de la propia vida se mezcla con el análisis sociológico.
Maitland se asoma, a grandes zancadas, a distintos momentos y personajes del pasado y se decide a explorar la soledad en el siglo XXI, las críticas y las reticencias a la misma, a partir de una pregunta que no duda en calificar como “escurridiza”: “¿Cómo es que llegamos, al menos en sociedades relativamente prósperas y desarrolladas, a un presente cultural que celebra la autonomía, la libertad personal, la plenitud, los derechos humanos y –ante todo– el individualismo (más que en cualquier momento previo de la historia humana), pero donde al mismo tiempo esos individuos autónomos, libres y que persiguen la plenitud viven aterrorizados ante la posibilidad de quedarse a solas consigo mismos?”
Ciertamente, merece mucho la pena detenerse en la cuestión. Abre muchos cauces al debate. Pienso, por ejemplo, en lo mucho que funcionan las modas, en lo fácil que es adscribirse a las corrientes al uso, en lo poco que cuesta entrar en determinados carriles. Pensar y actuar como muchos otros otorga seguridad, proporciona confianza, una cierta certeza de que lo que hacemos es aprobado por los demás. Y, a la contra, qué difícil resulta mantenerse al margen, no comportarse como la mayoría, seguir las propias directrices… Y cuando lo hacemos, cuando preferimos apartarnos un poco, seguir el rumbo deseado, hemos de sobrellevar comentarios del tipo: “¡Qué pena que hayas desaparecido!”; “Tienes que relacionarte más”; “¿Por qué no te dejas ver?”
Sigo pensando en las propuestas que constantemente hacen las plataformas tecnológicas que rigen los destinos de las redes sociales que tanto nos atrapan. El seguimiento es inmediato. Pocos usuarios deciden no entrar en el juego, ya sea poner música en los contenidos compartidos; ya sea abrir hilos o crear vídeos… Me gusta observar como enseguida hay miles de personas sumándose, siguiendo las pautas. Y basta con entrar en redes tan conflictivas como el antiguo Twitter para comprobar la manera en que se expande el odio, en que se contagian las ideas más tóxicas, muchas veces sin que quienes las repiten se hayan parado a contrastar, a ponerse en el lugar de los hechos, de los agraviados, en el caso de que los hubiera…
Nos puede llevar muy lejos la pregunta que plantea Sara Maitland, quien señala: “Repetimos que las convenciones morales y sociales están ahí para inhibir nuestra libertad individual, y sin embargo nos llena de pavor cualquier persona que se aleja del rebaño y desarrolla hábitos “excéntricos”. / Pensamos que todos los individuos tienen su propia “voz” y que son dueños, además, de una creatividad incuestionable, pero miramos con profunda desconfianza (en el mejor de los casos) a cualquiera que aprovecha uno de los recursos más tradicionales para cultivar ese costado creativo: la soledad (…) / “Nos decimos una y otra vez que la libertad personal y la autonomía son al mismo tiempo un derecho y un bien, pero pensamos que los individuos que ejercen esa libertad de manera independiente son personas tristes o locas o malas. O acaso las tres cosas al mismo tiempo”.
Hay mucha lucidez en el retrato que hace la escritora del modo en que nos relacionamos, pensamos, nos organizamos, en las sociedades que habitamos, por desgracia cada vez más dominadas por las prisas y por la productividad, regidas por eslóganes de éxito como el “hazte a ti mismo” y por el convencimiento de que “cuántos más likes, más seguidores tengas, mejor”. Se puede escapar de todo ello, sin duda, pasar a formar parte de una minoría a contracorriente. Y hay personas, las menos, que abrazan la soledad, una actitud que es vista, por no pocos, como un rasgo de egoísmo, reprobada moralmente porque indica falta de responsabilidad, de compromiso, con el bien común, poca disponibilidad para ayudar a los demás.
Llegada a este punto, me planteo cuánto ayudan a los demás tantas personas activamente sociales; pienso en que en muchos casos ni siquiera son capaces de sentir empatía por los más vulnerables, de conmoverse ante el sufrimiento ajeno. La irritación de los defensores a ultranza de la sociabilidad es evidente cuando el tema de la soledad sale en las conversaciones. “No puede ser bueno; nadie en su sano juicio; el ser humano es un animal social por naturaleza…”
Sara Maitland: «Nos decimos una y otra vez que la libertad personal y la autonomía son al mismo tiempo un derecho y un bien, pero pensamos que los individuos que ejercen esa libertad de manera independiente son personas tristes o locas o malas»
Indica la autora que los que aparentemente inquietan más son “aquellos individuos que convierten la soledad en una parte significativa de su vida y de su felicidad”, no quienes optan por estar solos en circunstancias excepcionales (una vuelta al mundo en velero, una peregrinación…) Entonces se admira la valentía de la hazaña, a sabiendas de que quienes la han realizado volverán a la vida común, la aceptada por la mayoría.
La escritora hace un inciso para indicar que todo es relativo, que estar sola no significa dejar de relacionarse con otras personas todo el tiempo. En su día a día, ella recibe la visita del cartero, saluda al joven pastor que cuida a las ovejas en los prados circundantes, acude a la iglesia los domingos, conoce los nombres y pormenores de sus vecinos a ocho kilómetros a la redonda, habla por teléfono con sus hijos y amigos, que cada tanto acuden a verla. Pienso que ni siquiera Thoreau, en la temporada que pasó en su refugio en la cabaña de Walden, dejó de ver a su hermana, a sus amigos, ni rehuyó las conversaciones con gente del pueblo que le visitaba, algo que le han llegado a reprochar algunos detractores de su mito de gran solitario. Su experiencia dio lugar a una de las obras más célebres sobre el apartamiento del mundo y el saludable contacto –comunión– con la naturaleza.

Quienes eligen la soledad no siguen los patrones marcados, se apartan y dicen no a muchos roles y costumbres, al ritmo rápido del trabajo, a los acontecimientos en sociedad, a las rutinas habituales en compañía, pero eso no significa que se alejen de los otros, ni mucho menos. Como argumenta Sara Maitland, ni siquiera en la más profunda de las soledades, es posible desprenderse del todo del entramado de dependencias sociales. “Leo libros que escribieron otras personas; compro comida que producen otros y que me venden otros; muevo un interruptor y la luz de mi hogar se enciende gracias a la electricidad que me provee una red de altísima tecnología, mantenida sin pausa y manufacturada con muchísimo esfuerzo. Sería un gesto de locura y de maldad no admitir ni agradecer esa no-soledad”, escribe.
Llegada a este punto, insisto en que uno de los valores del ensayo del que os estoy hablando es su capacidad para abrir preguntas, para estimular el cuestionamiento, la reflexión. “¿Por qué generan tanta inquietud los intentos de los demás por ser felices de una manera distinta de la propia, y por qué suele adquirir esa inquietud la forma de la condena, del juicio, y no la de una preocupación sincera?, se pregunta la autora y encuentra la respuesta en el miedo.
“El miedo embrolla las cosas; no es fácil pensar claro si se tiene miedo. Cuando aparece el miedo tendemos a proyectarlo sobre los demás, a veces disfrazado de enojo: veremos una amenaza en cualquier persona que nos parezca distinta. Y uno de los problemas que encierran esas proyecciones es que no son fáciles de erradicar…”, escribe Maitland, sin dejar de aludir al fenómeno de los medios de comunicación, que cada vez más se lucran con el miedo y no dejan de fomentar “un terror muy exitoso: la amenaza del solitario”.
“¿Por qué generan tanta inquietud los intentos de los demás por ser felices de una manera distinta de la propia, y por qué suele adquirir esa inquietud la forma de la condena, del juicio, y no la de una preocupación sincera?, se pregunta la autora.
Al solitario suele vérsele como una persona trastornada por algún motivo, negada para relacionarse con sus semejantes y por ello, incluso, capaz de causarles daño. Las connotaciones negativas le rodean (depresión, fobia social, familia disfuncional, misantropía, locura…), lugar que perfectamente podrían ocupar otras más luminosas (sensibilidad, creatividad, retiro, libertad, independencia…) Justo es decir también –y se resalta en otros momentos del recorrido– que la soledad ha despertado a lo largo del tiempo una cierta fascinación, asociada a la idea de tipos de vida heroicos, valientes, atípicos.
La autora de este libro se rodea de personas que optaron por la soledad y que desmontan los argumentos más oscuros. Es el caso de la actriz Greta Garbo, quien, en la última etapa de su vida, le hizo saber a Sven Broman, su biógrafo: “Estaba cansada de Hollywood. No me gustaba mi trabajo. Muchos días me tenía que obligar a ir al estudio (…). Quería vivir otra vida, francamente”.
“Y eso hizo. Tuvo el éxito suficiente como para poder retirarse a los treinta y cinco años, después de filmar veintiocho películas (…) Una vez retirada, cultivó un estilo de vida al mismo tiempo simple y relajado que a veces sencillamente consistía en “deambular por ahí” sin rumbo fijo. Pero siempre tuvo amigos íntimos con los que viajaba y socializaba. No se casó, pero mantuvo relaciones apasionadas tanto con hombres como con mujeres. Salía a pasear, sola o acompañada, más que nada por Nueva York. Era muy hábil a la hora de eludir a los paparazzi. Ya que su retiro fue producto de una decisión, y como durante el resto de sus días rechazó sistemáticamente cualquier oferta para hacer una nueva película, es de suponer que estaba feliz con esa vida”, expone Sara Maitland.
Otros personajes célebres encarnan distintos modos de vida en soledad en el largo trecho de la historia. Cita la escritora el caso de Antonio Abad (251-356 d. C.), “el primer ermitaño de la cristiandad y padre fundador del monaquismo” y, ya en la actualidad, el de de Jetsunma Tenzin Palmo, monja budista tibetana, de origen inglés –nacida en Hertfordshire en 1943–, quien con apenas veinte años se mudó a la India y durante un tiempo se convirtió en la única mujer en una comunidad de más de cien monjes, una vivencia dura, pues se la hacía de menos y se le negaba el acceso a conocimientos considerados demasiado elevados para ella.
Maitland repasa su trayecto: la búsqueda de una vida cada vez más solitaria; su aislamiento absoluto, durante años, en una cueva de los Himalayas, del que salió con la determinación de mejorar la vida de las monjas budistas; su etapa viajando por Europa, “enseñando, dando conferencias y recaudando fondos para lo que en 2000 se convirtió en el convento Dongyu Gatsal Ling, ubicado en Himachal Pradesh, India”, y su posterior regreso a la vida en soledad.
Las experiencias de Antonio Abad y de Tenzin Palmo están marcadas por la espiritualidad. Ambas son ejemplos de cordura y serenidad. Claro que también hay casos de locura en personajes que se aferraron a la soledad (se cita a Marguerite de la Rocque y a Alexander Selkirk, posible inspiración para Robinson Crusoe), pero, del mismo modo, la depresión y la locura también se dan en personas que participan activamente de la vida social.
“Si bien la soledad obliga a superar ciertas experiencias intensas y algunos miedos profundos, puede ser beneficiosa para el bienestar (desde luego no lo perjudica), siempre que sea el resultado de una elección libre”, nada que ver con las vivencias de personas en situaciones de aislamiento forzado, de incomunicación, argumenta la autora, quien prosigue: “El mayor peligro que entraña la soledad es el miedo, y muchas veces se trata de un miedo que se superpone con el escarnio y los juicios de los demás (…) Es probable que el miedo socave la salud mucho más de lo que lo hace la soledad”.
“El miedo está en el origen del malestar profundo (cuando no del terror) que mucha gente siente ante la soledad”, insiste Maitland, dirigiendo la mirada hacia la confusión cultural existente desde hace milenios entre los valores de la civilización clásica (virtudes sociales, públicas y políticas) y los de la vertiente judeocristiana (visión poco mundana), sin duda incompatibles entre sí; haciendo hincapié en lo complejo de hallar “un equilibrio entre el bien social común y la libertad interior solitaria”.

A través de un “pantallazo a vuelo de pájaro por la historia fundamental de ciertos paradigmas culturales europeos”, la ensayista saca a la luz “una especie de péndulo que oscila entre distintas formas de entender la buena vida”, y en todas ellas –nos explica– “el tema de la soledad (ya se trate de nuestra capacidad psicológica o de nuestras responsabilidades éticas en relación con el hecho de estar a solas) fue clave para la comprensión de la sociedad y de la identidad”.
“Hasta el siglo XIV, la soledad tuvo muy buena prensa. Las mayores “celebridades mediáticas” de aquella época eran los santos, y entre ellos había muchísimos solitarios: monjes ascetas o ermitaños: personas que se imponían el exilio y huían del mundo civilizado; mujeres que elegían no contraer matrimonio (la única opción de vida que les ofrecían las convenciones sociales). La mayor virtud era “salvar el alma” y cultivar un vínculo íntimo con lo trascendental”, vamos leyendo, adentrándonos en un ágil trayecto a través de los siglos.
El Renacimiento del siglo XIV y la Reforma protestante del XVI ya pusieron en entredicho el paradigma dominante, pero fue el cambio que se dio en el XVIII, con la Ilustración, el que produjo “un giro radical para volver a una concepción de la sociedad humana más afín a la que tenían los romanos”. Aquí un inciso para volver a lo que decía Aristóteles: “Es absurdo hacer del hombre dichoso un solitario, porque el hombre es un animal político y dispuesto por naturaleza a vivir con otros”.
«Hasta el siglo XIV, la soledad tuvo muy buena prensa. Las mayores “celebridades mediáticas” de aquella época eran los santos, y entre ellos había muchísimos solitarios: monjes ascetas o ermitaños: personas que se imponían el exilio y huían del mundo civilizado».
La Ilustración puso en un lugar relevante la tolerancia, el civismo y la libertad, pero con ella llegó el desprecio de la soledad, la consideración de que era “repugnante e inmoral”. De ahí provienen los calificativos de “tristes, locos y malos”, aplicados a los solitarios, una tendencia quebrada por el romanticismo, que se centraba en las emociones por encima de la razón, en los sentidos frente al intelecto. La introspección, la búsqueda del vínculo íntimo con uno mismo y de la verdad espiritual, la libertad creativa y la contemplación de la belleza natural, movía a los románticos y les llevó a rehuir los engranajes sociales y a cantar loas a la soledad, como indica Sara Maitland.
Pero estas ideas chocaban con las acciones colectivas que habían de ponerse en marcha, con los movimientos que marcaron los siglos más recientes: lucha obrera y contra el esclavismo, guerras por la liberación nacional, ampliación del voto, emancipación de las mujeres… El “poder y la efectividad del compromiso colectivo” se imponía a la exploración de la vida interior.
Nunca ha sido posible el equilibrio –me atrevo a decir saludable, necesario– entre ambas vertientes y estamos lejos de alcanzarlo en el siglo caótico que estamos viviendo, en el que la desorientación va ganando terreno entre tambores de guerra constantes, luchas geopolíticas y amenazas a todos los consensos que nos hicieron creer que la estabilidad a nivel global era posible. Tal vez alcanzar ese equilibrio sea el desafío del tiempo por venir, aunque los mejores horizontes de futuro nos parezcan ahora improbables.
La autora traza un retrato certero de nuestra época. “La situación es cada vez más frágil. La crisis financiera global puso en tela de juicio la sustentabilidad del capitalismo consumista basado en un crecimiento económico perpetuo”, señala, y apunta al debilitamiento del discurso de los derechos humanos, de la democracia participativa, a la dificultad de mantener el planeta a salvo. “Como en Roma”, nos dice, “los bárbaros están golpeando a nuestras puertas” y “en tales circunstancias la soledad se erige como una amenaza” (…) La gente que busca estar sola resulta un peligro para aquellos que se aferran, urgidos, a una balsa que zozobra”.
Querer apartarse, retirarse, aunque no sea de manera extrema, pone al descubierto las “grietas subyacentes” de nuestras estructuras sociales, expone Sara Maitland, y eso provoca rechazo. “Pero lo cierto es que el paradigma actual no funciona”, señala, citando algunos de los principios de ese paradigma: Los cuidados excesivos del “ego individual”; la insistencia en el cultivo de la “autoestima”; la corriente del trabajo en equipo frente a la creatividad autónoma; las promesas de libertad personal del neoliberalismo…
“A pesar de todo eso el pozo parece estar cada vez más seco. Vivimos en una sociedad plagada de niños infelices, de jóvenes alienados, de adultos sin compromiso político; una sociedad atrofiada de consumismo, cada vez más desigual, con vaivenes aterradores en su sistema económico, tasas de enfermedad mental exorbitantes y una vocación por dañar el planeta que podría acabar con él”.
No es la soledad la que daña. Pienso que, en nombre de la libertad que tanto se enarbola hoy, se atenta muchas veces contra el bien común. Y, al hilo de esto, me planteo que esa libertad no puede ser posible cuando cada vez somos más serviles a la tecnología, cuando, como señala la autora, “nos inquietamos si no estamos conectados con los demás veinticuatro horas por día”; cuando estamos a expensas del poder de manipulación a través del sistema de algoritmos de las plataformas en las que tanto tiempo consumimos.
Hay otra idea muy interesante en este libro, la contradicción que existe entre el miedo a la soledad y el aumento del número de personas que viven solas, entre las que destacan dos grupos: las mujeres mayores de setenta y cinco años, debido a la pérdida de sus parejas, y los hombres de entre veinticinco y cuarenta y cinco, a causa de rupturas amorosas. “Muchas veces la soledad toma a la gente por sorpresa”, indica la autora, y “es insostenible vivir siempre a la defensiva, con miedo, evadiéndose”. Aumentar los contactos sociales, buscar vínculos, a menudo inciertos, superficiales, en el territorio de lo online, no es el camino, como tampoco menospreciar a los que dicen disfrutar de la soledad. Sara Maitland propone enfocar la situación de otra manera: perder el miedo, enfrentarlo, a través del descubrimiento y la práctica de experiencias disfrutables sin necesidad de compañía.

Aquí su entrega se acerca a la autoayuda, pero en pequeñas dosis, mezcladas acertadamente con el análisis profundo y el relato biográfico, que a mí me resulta especialmente atractivo. “Hay que empezar de a poco. La sorpresa es siempre posible. Una vez que alguien ve que la soledad puede ser un sitio seguro, quizá descubra que le gusta, y se deje ganar por sus ventajas y sus alegrías”, nos dice la escritora, dando paso a la narración de su propio proceso, a la manera en que ella, que se percibía como “un ser humano sumamente sociable y extrovertido”, con un gran don para la conversación, empezó a darse cuenta de que estar en soledad no le disgustaba, le permitía “contemplar el mundo con más cariño, en detalle”.
“Hay que empezar de a poco. La sorpresa es siempre posible. Una vez que alguien ve que la soledad puede ser un sitio seguro, quizá descubra que le gusta, y se deje ganar por sus ventajas y sus alegrías”, Expone la autora.
El cambio se inició con una crisis, con una ruptura. “Cuando mi matrimonio llegó a su fin, me fui a vivir sola a una cabañita rural con la certeza de que me iba a convertir en la heroína abnegada de una historia de amor trágica y fallida”, nos dice, abriendo las puertas de lo que supuso para ella todo un descubrimiento, el reconocimiento gradual de que se sentía cada vez más satisfecha con su vida. Al principio sus dosis de soledad, en un entorno cercano a Londres, eran mínimas (su hijo y sus amigos la visitaban frecuentemente, realizaba trabajos a tiempo parcial…), pero, poco a poco, se fueron incrementando.
Así lo cuenta: “Tardé casi dos años en entender qué me hacía tan feliz. Después la soledad se me volvió un hábito, un motivo de avidez: ahora vivo en una suerte de espléndido aislamiento, en una casa diseñada especialmente (por mí) para una vida en soledad, en una zona donde paso muchos días sin ver a nadie. La dicha que me dan esos largos períodos de soledad también hace que disfrute más cuando no estoy sola: quiero a mis hijos, a mis amigos y a mis colegas tanto como siempre, y me ocupo de ellos con absoluta dedicación cuando los veo. pero, sobre todo, me gusto más. Tengo más para dar, y por ende más cosas que pueden resultar queribles: un yo amplio, profundo, creativo, provechoso y alerta a mi vida tanto interior como exterior”.
No es fácil tomar el camino de Sara Maitland, porque la mayoría nos hemos criado en entornos donde se reitera que la soledad es mala para la salud, sobre todo para la salud mental. “Pero lo cierto es que no hay nada que temer. No existe ni una sola prueba de que la soledad (ni siquiera si dura mucho tiempo) resulte nociva para la salud física o mental, siempre y cuando sea algo que se elige voluntariamente”, escribe la autora, quien señala la ausencia de estudios serios que sostengan las connotaciones negativas que se aplican a la soledad.
Maitland se apoya en otros autores para defender sus puntos de vista. En la parte final del ensayo se mencionan lecturas que enriquecen el tema, que le aportan perspectivas. En los últimos capítulos la escritora nos anima a empezar disfrutando de algo a solas, por ejemplo correr o dar largos paseos, y también nos estimula a explorar la ensoñación, a rememorar recuerdos y vivencias.
“Un matiz interesante que están descubriendo los psicólogos es que cuando la gente evoca momentos de felicidad –sobre todo de una felicidad elevada y aglutinante (cuando quien practica el ensueño usa la imaginación activa para recordar la sensación de estar unido, feliz, a la tierra toda, o incluso al universo mismo)– es muy probable que estos se vinculen con la soledad, y en general con la soledad al aire libre...”, leemos.
Menciona también la escritora actividades como escuchar música y leer, pero aquí se plantea si realmente estamos a solas o en compañía de quien interpreta una canción o de quien nos cuenta una historia. Personalmente considero que la lectura es una actividad que realizamos a solas, pero que nos permite entrar en contacto con los otros. Pienso, sobre todo, en los personajes de ficción, en la compañía que nos ofrecen mientras accedemos a sus vidas, a sus experiencias. Nos abren puertas, nos muestran senderos e, incluso mucho después de cerradas las páginas del libro, siguen acudiendo a nuestra memoria.
Son muchos los trechos inspiradores de esta obra que, insisto, es capaz de desmontar creencias, algo que siempre resulta estimulante. Frente a los males asociados a la soledad, que tanto se difunden, Sara Maitland muestra el otro lado, el de sus beneficios: “Una más plena conciencia del propio ser” / “Una sintonía más profunda con la naturaleza” / “Un vínculo más intenso con lo trascendente (lo numinoso, lo divino, lo espiritual) / “Una creatividad más desarrollada” / “Una creciente sensación de libertad”. Desarrolla la autora cada uno de esos puntos y concluye que su intención fue invitar a tanto reticente a probar un poco de soledad personal para ver qué sucede. Una aventura que abre sendas de fácil acceso, que nos puede llevar a encontrar satisfacción más allá del consumo, del ruido, de las obligaciones sociales, entre las que se cuenta estar todo el tiempo disponibles, visibles, en las redes.
Termino con una de las compañías de Sara Maitland en su trayecto: la también escritora y académica norteamericana Alice Koller, autora de The stations of solitude, de quien toma estas palabras: «Estar en soledad es estar cómodo a solas: es estar solo, inmerso en el lujo de hacer lo que se desea, consciente de la plenitud de la propia presencia y no de las ausencias de los otros. Porque la soledad es un logro«.
NOTA FINAL: Este artículo tiene puntos de afinidad con otros textos de Lecturas Sumergidas. Los más evidentes responden al título de: Cinco aproximaciones a la soledad y al silencio, y Rémy Oudghiri, tras los pasos de quienes se atreven a huir del mundo. Y, por supuesto, hay que incluir también las páginas dedicadas a Henry David Thoreau ( La lección de vida de Thoreau, El río de las contemplaciones, Emerson y Thoreau ).
Cómo estar en soledad ha sido publicado en castellano en 2025 por Fiordo editorial (la primera edición en inglés, 2014). Traducción de Juan Nadalini.
(Desde aquí sugerimos a los editores corregir, si hubiera otras ediciones, algunas erratas y fallos de traducción, sobre todo en el inicio del libro, que hemos detectado en su lectura).









Deja un comentario