Basilio Martín Patino: “Con el 15-M se perdió el miedo”

Basilio Martín Patino – Fotografía de Nacho Goberna © 2013

Por Emma Rodríguez © 2013 /

El último gesto de Agustín García Calvo, el colofón a una trayectoria de libre-pensamiento, fue tomar parte activa en el 15-M, dar voz al descontento. Como si supiera que le quedaba ya poco tiempo de vida, el filósofo y poeta acudió a la madrileña plaza del Sol a seguir proclamando la necesidad del surgimiento de nuevas formas de vida, no ancladas al yugo del dinero; a seguir hablando de los engaños de las democracias occidentales. García Calvo no es el protagonista del recién estrenado documental de Basilio Martín Patino sobre el movimiento que sorprendió al mundo. Ni siquiera aparece en ninguno de los fotogramas, pero de algún modo su ideario, su espíritu, está presente. El homenaje está patente en el título, “Libre te quiero”, unos versos que en la voz de Amancio Prada sirven de banda sonora a la narración visual de lo que aconteció esas semanas a partir del 15 de mayo de 2011.

“Contra García Calvo no había nada que hacer. Fue auténtico durante toda su vida. Lo que hacía lo hacía de verdad, con esa especie de urgencia y de entrega que le ayudó a resistir siempre”, dice Martín Patino. “De esa entrega dio muestras en Sol. Estaba ya muy averiado, pero su participación fue ejemplar. Él vio enseguida que tenía que estar allí, era como una especie de sacerdote laico que acudía todas las tardes a sermonear y tenía muy buena clientela (risas), mientras que la mayoría de los intelectuales se quedaron descolocados, sin saber qué pensar. Lo cierto es que no se lucieron. No sé: igual los catedráticos actuales tengan miedo, estén sometidos al sueldo…”

García Calvo está presente durante toda la conversación mantenida con el veterano director, un “outsider” al que debemos títulos tan representativos de la historia del cine de este país como “Canciones para después de una guerra”, “Queridísimos verdugos” o “Caudillo”, y que transcurre una mañana soleada en su casa de Madrid, una casa cercana al acueducto, con vistas al Palacio de Oriente. Martín Patino es un hombre afable, con un cabreo existencial que le viene de antiguo, aplacado por el paso del tiempo, y una mirada dulce que expresa cercanía, bondad y un punto de sabia socarronería. A sus 83 años, los recuerdos se le emborronan, se le pierden a ratos, pero para nada ha disminuido su entusiasmo, esa vitalidad que le hizo aguantar al pie del cañón, día tras día, el rodaje de las manifestaciones del 15-M, un estallido de reivindicaciones callejeras, de contestación social, que le cautivó y que explica la sensación de idealización con la que el espectador se queda tras ver el metraje.

“Agustín García Calvo vio enseguida que tenía que estar en Sol, mientras que la mayoría de los intelectuales se quedaron descolocados”

Quienes busquen crítica, análisis profundo, no lo encontrarán; sería conveniente que surgieran otros trabajos, otras iniciativas, por esa senda. Pero quienes no pasaron por allí, quienes no lo vivieron, sí se harán una idea de lo que aconteció, de la fuerza que movió a tanta gente. Y aquellos que fueron protagonistas pueden recobrar la energía, la vibración de unas jornadas en las que creyeron que sí se podía cambiar el rumbo de las cosas y que se han llegado a comparar con otro Mayo, el del 68. Las imágenes, tan directas, con una carga de utopía que recuerda la rebeldía hippy, pero teñidas también del color de la sangre, golpean las conciencias con su impacto y constantemente se tiene la impresión de que la cámara está enamorada de lo que rueda.

“Es posible que se produjera ese enamoramiento, pero me parece normal. Estábamos entregados como equipo, nuestro objetivo era dejarnos llevar, colocarnos frente a los hechos y captar el entusiasmo de lo que allí estaba ocurriendo. Eso fue lo que buscábamos y debo decir que esos días nos sentimos felices, participamos en el gozo colectivo, fuimos de sorpresa en sorpresa; una noche me encontré a las cinco de la mañana con mi hija más pequeña pintando carteles dentro de una tienda, no tenía ni idea de que estaba allí”, cuenta Patino. “Nunca había visto nada igual; tal vez se le pueda comparar un poco con el espíritu de la Transición… Fue una explosión que se acabó porque era imposible mantener ese entusiasmo durante mucho más tiempo, que tuvo un fin suave, bastante bien arreglado… Podía haber sido peor”, reflexiona casi para sí mismo, concentrado en sus pensamientos.

De entre todas las escenas hay una difícil de olvidar por su mezcla de simbolismo, de poesía, y en ella se detiene el realizador:  “No todo fue alegría. Llegado un momento las cargas policiales fueron muy terribles y las vivimos en permanente tensión. Yo estuve en primera línea viendo escenas increíbles que no había más que rodar. Ahí estaba esa chiquita jugando con un globo que al darse cuenta de que la enfocábamos se quiso retirar. La tranquilizamos, le dijimos que no se preocupara, que siguiera a lo suyo. Y allí continuó, tan tranquila, con su globo, en medio  de las botas de los policías”.

Momentos así son regalos para cualquier director, pero más allá de ellos, trascendiéndolos, aportándoles sentido, hay una idea, una enseñanza, una vivencia, con la que Basilio Martín Patino se queda y que repite una y otra vez: “con el 15-M se perdió el miedo”. Esa frase revolotea durante toda la charla. Perseguido por el franquismo, acorralado por la censura y obligado a realizar parte de su trabajo en la clandestinidad, el director de “Nueve cartas a Berta” sabe mucho del miedo, de esa sensación pegajosa, escurridiza, que acobarda a los individuos y paraliza a las sociedades.

“No todo fue alegría. Llegado un momento las cargas policiales fueron muy terribles y las vivimos en permanente tensión. Yo estuve en primera línea viendo escenas increíbles que no había más que rodar”.

Los antidisturbios recibían órdenes de actuar, se les exigía que fueran muy rígidos y feroces, pero la gente no les permitía eso, les cantaba en la cara, les hacía burla, les hablaba de tú a tú, con respeto, pero sin miedo. A mí me interesaba reflejar eso: la voz unánime, el no enfrentamiento asumido a la autoridad, algo a lo que no estaba habituado. En la película se ve cómo varias mujeres se dejaban llevar como estatuas por los guardias y cuando las dejaban libres volvían a incorporarse a la lucha. Había una especie de heroicidad en esos gestos y una energía contagiosa. Y, pese a la tensión, tampoco yo sentí miedo, porque había mucho entusiasmo en el ambiente, porque lo que iba a pasar se dominaba”.

¿Qué escenario más cinematográfico que una plaza como Sol llena de tiendas de campaña?, se pregunta el director y confiesa que aquellos días “rodar se convirtió en una especie de vicio”. Los miembros del equipo, el grupo con el que habitualmente trabaja, no podían parar, todo transcurría velozmente; se repartían las pesadas cámaras entre cuatro, ni siquiera hablaban entre ellos. Estaban en el centro de Madrid, pero también en el parque del Oeste, donde paraban todos los que llegaban de los pueblos y de otras ciudades. “Teníamos que hacer el retrato de una ciudad capaz de enfrentarse, de resistir. Y la verdad es que el ambiente de Sol contrastaba con la mayor rigidez de Barcelona, donde también rodamos y de donde son las escenas más duras. Allí fue algo impresionante, los guardias pegaban de una manera brutal, tanto que a la hora del montaje opté por evitar momentos demasiado bestiales”.

– ¿Difícil, duro? “No, lo teníamos todo a favor; la gente estaba de nuestro lado. Encontrábamos comunicación, entrega, y esa ayuda, esa colaboración, nos fortalecía. Al final, teníamos mucho más metraje, pero hubo que condensar para que el resultado no fuese demasiado repetitivo”, asegura Patino, quien insiste en que de lo que se trataba era de dejar constancia de lo que sucedía desde la inmediatez, desde el impacto, dejando de lado las posibles lecturas, los análisis a posteriori.

– ¿Qué circunstancias se dieron en ese momento concreto para que se produjera esa explosión? ¿Ha dejado huella el 15-M?, son, sin embargo, preguntas obligadas. “Estaban pasando cosas imposibles de admitir por parte de la autoridad y aquello estalló porque tenía que estallar. Fue una experiencia única. Se pedía un cambio muy sincero y claro que algo queda de todo eso. La gente cada vez se suma más a las manifestaciones, ha perdido el temor a la policía, pese a las escenas desoladoras que se han ido viviendo. Sol se ha convertido en un símbolo, es la casa de Madrid. Está por ver qué pasará dentro de un tiempo…”, deja Patino la respuesta abierta.

Y hay otra reflexión necesaria. ¿No fue decepcionante que el después del 15-M fuese el triunfo, por mayoría absoluta, del PP, un partido que representa todo lo contrario a lo que el movimiento pedía? “Decepcionante, triste. Ahora tenemos la sensación de que este es un país en el que ha cambiado todo. Pero, ¿esto es verdad? Ya nadie es de izquierdas. No puede ser… Asistimos a una realidad cotidiana muy dura y podemos pensar que vamos hacia atrás, pero no me atrevo a hablar de regresión en lo que respecta a la gente, a la sociedad. Políticamente, sí, estamos en un momento de regresión, en manos de un Gobierno fantasma. Pero hay que confiar en que eso acabará algún día, en que estos señores se irán y seguirá el pueblo, el mismo pueblo de siempre”.

Basilio Martín Patino – Fotografía de Nacho Goberna © 2013

En este punto, por contraste, la memoria, tan sabia, vuela al pasado. “Lo de Franco fue terrible, aguantábamos por inercia, por costumbre. A mí, había un policía que me seguía los pasos permanentemente. A la menor sospecha, por la tontería más mínima, le mandaban a buscarme, me detenía y me llevaba a los calabozos. Llegué a tomármelo como una especie de juego, ridículo. En aquellos tiempos nos daban de verdad y eso que en mi grupo, en el que también estaban García Calvo y Alfonso Guerra, entre otros, teníamos la ventaja de ser intelectuales, de salir en los medios extranjeros, y eso en cierto modo era una especie de protección, nos proporcionaba impunidad”.

“Políticamente, estamos en un momento de regresión, en manos de un Gobierno fantasma. Pero hay que confiar en que eso acabará algún día, en que estos señores se irán y seguirá el pueblo, el mismo pueblo de siempre”

García Calvo vuelve a ser protagonista. Patino recuerda una ciudad, Sevilla, donde ambos habían ido a rodar para televisión una pieza literaria, nada sospechosa de atentar contra el Gobierno, “Rinconete y Cortadillo”, de Cervantes. Pero llegó Manuel Fraga, mandó a llamar al director y éste le comunicó que iría en cuanto acabase el rodaje. “Se cabreó mucho y dijo que nos fuéramos de Sevilla”, recuerda Patino, “pero nosotros seguimos allí lo que nos dio la gana, hasta que se nos acabó el dinero, ya expulsados del rodaje, claro y con la cinta confiscada. Nos paseábamos por Sevilla como malos, malos de la película, con la policía detrás de nosotros, vigilándonos. Nunca más supimos del material que habíamos rodado”.

Pausa, silencio. Vuelta al presente. Basilio Martín Patino alude a las noticias de cada día, a los periódicos.  Hace el gesto de llevarse las manos a la cabeza. “¡Cómo está la situación! ¡es tremenda!. Los gobernantes de Madrid se plantean proyectos grandilocuentes de cara a los Juegos Olímpicos, no sé. Dan la impresión de vivir en un país de las maravillas. ¿De dónde sacarán el dinero? El ministro de Cultura está loco, no mide la realidad, y, mientras, el Estado sigue hundiéndose, percibimos la miseria de la gente que pierde sus casas, su empleo; que pasa hambre”.

– ¿Y dónde está la izquierda?
– “No sé si están dando de sí lo que tienen que dar. Yo no los veo o no sé si los que vivimos el franquismo estamos acostumbrados a ver a la izquierda actuar con más audacia. Ahora ni los veo ni veo maestros tampoco. Ya son muchos años a la espalda, mucha experiencia, mucho hartazgo y muchos escepticismos respecto a cosas que antes me parecían más fáciles. No veo a partidos políticos que funcionen de una manera que a mí me parezca acertada, aunque tampoco soy yo quien para decir cómo se deben hacer las cosas, para saber lo que se hace o lo que se deja de hacer”.

– ¿Y la cultura, el cine?
– “Los momentos actuales son fatales. La industria cinematográfica ha degenerado ya hasta límites. Yo hace tiempo que me liberé y he hecho lo que me ha dado la gana desde fuera; dentro hubiera sido impensable. El cine y la industria lo están pagando caro… Por un lado está la crisis económica, pero también hay una evidente falta de creatividad. No sé dónde están las señas de identidad del cine español. Hay una mecánica fallida, se hacen películas que no cuentan, que tienen un éxito muy reducido…”

Última pregunta: ¿Optimista, pese a todo? “Por supuesto. Veo síntomas en el pueblo, en la gente; en su capacidad de lanzarse a la calle, de protestar. Las manifestaciones están a la orden del día y acuden personas de todo tipo. Puede que quieran ponerle límites a todo esto, pero creo que llegan un poco tarde. La gente se ha crecido. Nos pueden dar la hostia en cualquier momento, claro, la fuerza la tienen ellos, pero… Después de la noche brutal en Sol, la gente volvió al día siguiente. Eso es algo que no se olvida. Es algo positivo para lo que habrá de venir… Y está por venir todo. No es posible que volvamos atrás, repito, porque han cambiado muchas cosas y hemos ganado experiencia. Si algo queda del franquismo está en las clases poderosas, que se están viniendo abajo y haciendo el ridículo con sus imposiciones, eso sí. ¡Cuántos errores están cometiendo, tan tontos, tan ingenuos…! Quienes nos gobiernan están en la inopia, hacen cosas muy raras. No se puede fallar más. No vemos que haya proyectos claros para salir de la crisis; comprobamos que la economía no va por el camino que ellos están trazando; que las medidas que adoptan lo que hacen es aumentar el número de gente sin trabajo. Nos faltan respuestas”.

Escena final: la luz se cuela por la ventana, dibuja reflejos en los muebles, en las manos. Una pausa larga. Una sonrisa. Patino concluye: “Pero, pese a todo, vivimos un momento interesante, de eso no cabe duda. Quizás falta gente que lo analice de una forma más profunda, más competente, más seria. En este aspecto me están defraudando los pensadores, los intelectuales, esos sabios que deberían aportar más. ¿Dónde están? ¿Están preparándose, están asustados, son pesimistas?. Yo creo que no hay que ser pesimistas en este momento. Hay que ir más allá de la apariencia. Todo está por ver. En este país aún han de pasar cosas. Si lo del 15-M se repitiera ya no habría Dios que lo parase”.

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