Fernando Savater: “Hay que intervenir en política”

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Por Emma Rodríguez © 2014 / En una de sus obras más deliciosas, “La infancia recuperada”, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) confiesa que sigue “invariablemente fiel al mundo narrativo” de su niñez, a esas historias que “fundaron los objetos primarios” de su subjetividad. No cabe la menor duda de ello cuando se visita su casa en Madrid, un auténtico museo, como él mismo dice con sonrisa, en el que adquieren protagonismo personajes legendarios del cómic, de la ciencia-ficción, de los relatos de fantasmas y de aventuras que siempre le han acompañado, que no han dejado de ser sus héroes. Una enorme y terrorífica careta da la bienvenida al visitante que, poco a poco, va reconociendo las figuras de Shrek, Tintín, Milú, la Sirenita, toda la familia Simpson, el inolvidable Spock y otros protagonistas de la saga original de Star Trek, a las órdenes del capitán Kirk. Están colocadas en el suelo, en las estanterías, delante de libros de cuyas páginas tal vez algunos de ellos han conseguido escapar. Todos saben del afán coleccionista del pensador, de su deseo de no desprenderse de sus referencias, de sus señas de identidad.

“Esta casa es como un museo y la que tenemos en San Sebastián más todavía. Ahora que estoy jubilado he llegado a plantearme abrir sus puertas y vivir de cobrar entradas”, señala riendo Savater, mientras toma asiento en la esquina de un sofá decorado con cojines de llamativos estampados. En un ambiente tan barroco, parece hundirse, empequeñecerse, como un diminuto actor en medio de la grandilocuencia del escenario, y por un momento quien esto escribe tiene la impresión de charlar con el niño, ese niño que dice seguir llevando a cuestas y no con el hombre polémico, controvertido, dispuesto siempre al combate dialéctico, a decir sus verdades pese a quien le pese. Pero se trata de un espejismo, un espejismo fugaz que dura el tiempo que tardan todas las figuras inanimadas que llenan la estancia en hacerse familiares, en perderse en el túnel del tiempo. Los derroteros de la conversación conducen irremediablemente al presente, al presente de quien reconoce estar un poco cansado de su imagen pública, de esa irremediable necesidad de discutir, de discutirlo todo, siempre.

Empezamos hablando de “El traspié” (Anagrama), una breve y estimulante comedia filosófica que nació para ser representada en TVE hace ya 20 años y que ahora se ha decidido a reescribir por completo. La que es su última entrega hasta el momento gira en torno a Schopenhauer y, curiosamente, hablando de Schopenhauer, a través de las afinidades y distancias con el pensador, se toca irremediablemente a un Savater retirado ya de la enseñanza, que ha dejado atrás los apuntes, el bullicio de los jóvenes en las aulas. Ahora, según dice, es tiempo de leer, de disfrutar de las carreras de caballos que tanto le han gustado siempre, de charlar con la gente, de tomarse la escritura con más calma. “No me aburro, la verdad, pero ya me voy a ir quitando de tanta agitación”, asegura.

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-Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos que leyó Fernando Savater y uno de los últimos que dejará de releer, según confiesa en “El traspié”. ¿Cómo fue esa primera lectura, en qué circunstancias, a qué edad…?

– Pues resulta que mi madre había estudiado filosofía antes de la guerra con don Eduardo Ovejero, un profesor importante de la época, que, además, era traductor de Schopenhauer. Cuando yo tenía poco más de 15 años ella encontró la edición antigua de Aguilar, con los tres volúmenes de “El mundo como voluntad y representación”, traducidos por Ovejero. Los compró y me los regaló. Yo entonces ya era un monstruito que leía muchas cosas (risas) y Schopenhauer tenía frente a otros autores la ventaja de ser muy claro y muy fácilmente entendible. Puede que precisamente por eso no tenga éxito en los ambientes docentes. Los profesores de filosofía vivimos de los autores difíciles, de esos que la gente no entiende y necesitan ser descifrados, pero como a Schopenhauer se le lee y se le entiende mejor que al profesor que quiere explicarlo, se le suele tener cierta tirria o se le deja un poco de lado. Yo no leí al completo esos tres volúmenes que me regaló mi madre, pero sí las partes que me parecieron más sustantivas, más interesantes. Con el tiempo llegué a Nietzsche porque precisamente era un autor que hablaba de Schopenhauer, al que dedicó un apartado de sus “Consideraciones intempestivas”.

Los profesores de filosofía vivimos de los autores difíciles, de esos que la gente no entiende y necesitan ser descifrados, pero como a Schopenhauer se le lee y se le entiende mejor que al profesor que quiere explicarlo, se le suele tener cierta tirria o se le deja un poco de lado

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– ¿Qué descubrió el joven Savater en esa lectura temprana, qué fue lo que le aportó?

– Principalmente esa idea de la voluntad como fondo de un mundo que no está gobernado por el bien. La visión de Schopenhauer es la más contraria a las visiones religiosas que existen, porque toda visión religiosa, de un tipo o de otro, parte del hecho de de que nosotros, los seres humanos, somos los malos, los pecadores, y en cambio la naturaleza, el cosmos o la idea suprema, llámese Dios o lo que sea, representa lo bueno. Si algo le irritaba del cristianismo era esa parte consoladora de que el mundo era una especie de creación de un Dios bueno, pero en cambio sí estaba de acuerdo con la tesis de que había que renunciar al mundo, ésa le parecía adecuada porque a él el mundo no le gustaba, a diferencia de Nietzsche. Todo eso a mí me interesó mucho en su día. Encontré un auténtico estímulo intelectual en la idea de la existencia de un Dios malo, tan opuesta a los principios cristianos.

– ¿Y qué hay del pesimismo, del famoso pesimismo de Schopenhauer?

– Bueno, a mí el pesimismo siempre me ha parecido algo tónico, vigorizante. Lo que de verdad me deprime es toda esa gente que siempre busca razones para querer amar la vida. Me parece una actitud similar a la de quienes cuando van a comer un plato determinado tienen que encontrarlo a la temperatura deseada y están pendientes todo el rato de la motita que se le ha caído encima o de cualquier otro pequeño detalle. Eso le pasa a la gente que no tiene apetito. Los que tenemos apetito no nos fijamos en las estupideces de esos cocineros empingorotados. Lo que nos gusta es comer y precisamente por eso no estamos siempre fijándonos en el tipo de salsa que se ha puesto o en otros aspectos similares. En la vida sucede lo mismo. A mí, como soy muy vitalista, me deprimen las personas que están buscando siempre justificaciones para que el mundo esté bien. Hay que amar al mundo tal como es, con sus dolores, con sus frustraciones. El que le pone condiciones a la vida es que no la ama realmente.

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– ¿Sigue estando vigente Schopenhauer? Como se pone de manifiesto en “El traspié”, él mismo decía que en la posteridad aguantaría 27.000 años.

– Lo decía y la verdad es que actualmente es uno de los autores que más se sigue leyendo, partiendo por supuesto del hecho de que los filósofos son siempre unas lecturas minoritarias, para nada masivas. Él es de los que siempre están presentes, no su obra entera, pero sí selecciones de la misma. Yo hablo en mi libro de la que hizo en su día el novelista Vicente Blasco Ibáñez en la editorial Prometeo, que dirigía en Valencia, bajo el título “El amor, las mujeres y la muerte”. Era un primer compendio de textos del libro “Parerga y paralipómena”, que se hizo muy popular y que todavía se sigue reeditando. Además, hay que tener en cuenta que Schopenhauer ha sido mucho más leído por los artistas que por los propios filósofos. Los que empiezan la carrera de filosofía comprueban que se le menciona poco, que se alude a él como una especie de pensador original, extravagante, pero en cambio la mayor parte de los creadores, sobre todo de la última mitad del siglo XIX y principios del XX, lo consideraban el filósofo por excelencia. Esa era la opinión de Proust, de Borges, de Pío Baroja… En sus textos encontraban esa visión del mundo como una apariencia que podemos reinterpretar desde nuestra voluntad, como una especie de combate permanente entre el deseo y las realizaciones. Todo eso, que luego a través de Freud se ha convertido casi en un tópico, está en el fondo en Schopenhauer. Y además de de sus ideas esenciales, Schopenhauer tiene análisis muy profundos sobre asuntos como la risa o la homosexualidad -él fue de los primeros filósofos que habló de la homosexualidad-. Hay muchos temas que son como corolarios de su obra y que están descritos con esa fuerza expresiva que tenía y que le hace tan interesante.

Como soy muy vitalista, me deprimen las personas que están buscando siempre justificaciones para que el mundo esté bien. Hay que amar al mundo tal como es, con sus dolores y frustraciones. El que le pone condiciones a la vida es que no la ama realmente.

– A través de su libro, las ideas, las observaciones de Schopenhauer resultan muy cercanas al presente. Escribía del reinado de la estupidez, refiriéndose a su época, y expresaba sus dudas sobre el buen discernimiento de las generaciones futuras. “Los hombres de mañana serán igualmente abyectos, traicioneros, lo doy por seguro”, decía. Denominaba a los políticos “males genéricos de la naturaleza humana” y criticaba su arrogancia, su rapacidad y corrupción.

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– Es que si nos asomamos a la Historia nos damos cuenta de que siempre se ha creído eso y se han formulado críticas semejantes. En todas las épocas se ha tenido la sensación de que tan malo como entonces nunca ha sido el mundo. No existe una etapa en la que se haya pensado que todo el mundo era inteligente, bueno y honrado. Jamás se ha dado eso. Las quejas se han repetido una y otra vez. Borges tiene un cuento, que viene al caso, donde habla de un antepasado suyo y dice: “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”. Ante la frecuente  impresión de haber tenido en nuestra vida la mala suerte de conocer a mucho sinvergüenza, a mucho idiota, sólo tenemos que mirar al pasado, al siglo XVI, por ejemplo, para comprobar que ese tipo de gente existió en la misma medida, que entonces tampoco toda la gente era estupenda. Y en cuanto a los políticos y la corrupción, que tanto nos escandaliza ahora, tenemos que saber que desde siempre, desde los griegos, ha habido corrupción. ¿Qué sucede, que los que están representados en las estatuas eran todos buenos y a nosotros nos han tocado los malos? Pues no, los gobernantes de las estatuas no eran tan diferentes, aunque, por supuesto, no basta con tener esto claro. Hay que conocer las variantes, las circunstancias concretas de cada época, porque el siglo XIX no es el XX ni el XXI. No lo es ni en lo que respecta a la población, ni a la economía, ni a la tecnología… Schopenhauer resulta cercano, claro. Los filósofos no piensan exclusivamente en el presente, piensan en los seres humanos. Cada pensador es hijo de su tiempo, está al tanto de las circunstancias históricas, de los avances científicos del momento que le toca vivir, pero en última instancia sobre lo que reflexiona es sobre el ser humano dentro de esas circunstancias. Y los seres humanos son muy parecidos en todas las épocas. Pueden llevar una toga como los romanos o un iPad como sucede en la actualidad, pero en el fondo se parecen mucho, y eso es lo que busca, lo que le toca al filósofo.

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– Otra de las ideas de Schopenhauer es la de que la vida es hermosa para ser contemplada, pero no para ser vivida. En eso no coincide para nada con su visión vitalista.

– No, en absoluto. Yo en eso soy más de Nietzsche que de Schopenhauer. La belleza para él es la contemplación de algo que vivido no tiene ninguna gracia. Por ejemplo, pensemos en un paisaje que suele gustarnos mucho, el del mar embravecido, que es precioso, y demos un paso más allá hasta plantearnos que nos encontramos en una barca en medio de toda esa belleza. Eso ya no nos iba a gustar en absoluto. Ahí es donde se sitúa Schopenhauer, en ese disfrute del mundo que se da cuando se nos apacigua la voluntad de vivir y vemos las cosas que en él acontecen como si no fueran con nosotros. Por eso disfrutamos tanto con las tragedias que nos muestra el teatro o el cine, porque no estamos ahí metidos. A nadie le gusta que le suceda una tragedia, pero verla representada es algo distinto. Puede resultar hasta divertido.

En todas las épocas se ha tenido la sensación de que tan malo como entonces nunca ha sido el mundo. No existe una etapa en la que se haya pensado que todo el mundo era inteligente, bueno y honrado. Jamás se ha dado eso. Las quejas se han repetido una y otra vez. Borges tiene un cuento, que viene al caso, donde habla de un antepasado suyo y dice: “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”

– Además de Schopenhauer, ¿qué otros filósofos impactaron al Savater de los comienzos?

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– Bueno, recuerdo especialmente “La sabiduría de Occidente”, de Bertrand Russell, que ha sido uno de los autores a los que he sido devoto a lo largo de toda mi vida. Este título en concreto lo leí cuando tenía 15 o 16 años. Era una historia de la filosofía ilustrada, de las que hoy son tan comunes y que entonces resultaban bastante raras. Se convirtió en una especie de guía que me acompañó durante mucho tiempo. Pero al principio lo que a mí realmente me gustaba eran las ficciones, la literatura. Yo he escrito mucho de la infancia y puedo decir que conservo bastante fuera al niño que fui, no lo tengo para nada encerrado, sino que está muy presente. Después de “Ética para Amador”, el libro con el que he tenido más éxito ha sido “La infancia recuperada”, que está dedicado a mis lecturas de entonces. Ahí está todo, poco más puedo decir.

Llegados a este punto hagamos un inciso y abramos las páginas del libro como quien se asoma a una ventana y ve ante sus ojos distintas escenas de un ayer que no acaba de irse, que sigue siendo presente: el niño Savater devorando historias de aventuras, del oeste, de fantasmas, de futuros soñados, sobre todo una particular temporada de la niñez en que por motivos de salud hubo de guardar cama y que recuerda como un prodigioso lapsus de felicidad. “La historia más hermosa que jamás me han contado es “La isla del tesoro”. Raro es el año que no la releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella”, confiesa Savater, del mismo modo que asegura conservar a Guillermo Brown “sentado en la alfombra del alma, jugando con su escopeta de corchos o chupando pensativo una enorme barra de regaliz”. “Moby Dick”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”, “El mundo perdido”, de Conan Doyle, “La guerra de los mundos”, de Herbert George Wells, las exóticas andanzas de Sandokan y tantos otros títulos y personajes asoman en unas páginas cargadas de pasión y de enseñanzas. Por ejemplo, la reflexión sobre la audacia a partir de “La isla del tesoro” o sobre la epopeya del esfuerzo y la perseverancia, contenida en “Viaje al centro de la tierra”. Todo en la memoria del adulto consciente del nutriente de esas fuentes a las que se acercó a beber y cuyo sabor permanece intacto.

– ¿Los niños de hoy, con tanto ordenador, se están perdiendo todo esto?

¿Qué puedo decir…? Algunos de los autores que a mí tanto me gustaron se siguen leyendo, por ejemplo Jack London, pero Salgari ya no se lee, ni Julio Verne en igual medida. Puede que obras como “La isla del tesoro” o “Los tres mosqueteros” hayan resistido el paso del tiempo, pero no los libros de vaqueros, que tanto nos encantaban por esa época. Ya no los lee nadie y ningún niño de hoy sabe quién es Guillermo Brown. El equivalente podría ser Harry Potter. En fin, cada época va imponiendo sus gustos. Tampoco vale de nada lamentarse.

– Al principio de la charla apareció su madre en escena. ¿Fue decisiva en su formación lectora?

– Por supuesto. Mi madre me influyó desde el momento en que era ella quien me compraba mis primeros libros y me animaba a ir descubriendo cosas. Era una gran lectora y me fue orientando. También le gustaba mucho discutir, era una polemista temible, y estoy seguro de que mi gusto por la discusión arranca de ahí. Yo discutía mucho, de todo, con ella. Era una mujer religiosa y me gustaba llevarle la contraria desde mi incipiente rebeldía. Lo hacía porque mis ideas eran contrarias a la suyas, desde luego, pero también porque me encantaba tenerla como contrincante y si estábamos de acuerdo no había discusión posible. Schopenhauer decía que el carácter es eterno y que no hay manera de modificarlo, pero el mío se ha modelado en buena medida gracias a esas charlas tan encendidas con mi madre, de eso estoy convencido (risas).

– ¿Qué influencia ha ejercido en su manera de ver el mundo su tierra de origen, el País Vasco, San Sebastián?

– Muchísimo. Yo he sido siempre muy donostiarra y San Sebastián ha sido el lugar del corazón, la geografía a la que he estado más vinculado. Permanece en mi imaginación y no puedo estar mucho tiempo sin volver allí. Incluso en las épocas en las que lo he tenido más complicado, siempre he querido regresar. Es uno de esos sitios en los que uno se acaba reconociendo.

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– La ética ha sido el motor que ha movido gran parte de la obra de Fernando Savater como pensador. ¿Cree que ahora mismo, en las sociedades actuales, la ética es una asignatura pendiente?

-Bueno, en lo que respecta a mi obra, prefiero hablar de la filosofía de la acción. A mí lo que me ha interesado siempre son los motivos y los valores de la acción, la idea de que la libertad necesita motivos y hay que reflexionar a fondo sobre esos motivos. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, lo que yo creo es que tanto la ética como la filosofía deberían ser asignaturas propias de un bachillerato laico. Considero que una enseñanza laica es básica en toda democracia; después de todo tanto la filosofía como la ética nacieron con la propia democracia, a la vez, en el mismo sitio, en la misma época. Están fuertemente vinculadas. Lo que la democracia representa en el terreno político, la filosofía lo representa en el terreno intelectual. En ambos casos se impone la idea de que el portavoz del sentido es el individuo libre y no una colectividad legendaria y tradicionalista. En España venimos de 40 años de religión obligatoria en los colegios. Hubo un momento en el que la ética fue una alternativa, pero siempre se ha mantenido la religión. Nadie, ningún gobierno se ha atrevido a romper el concordato con la Iglesia que obliga a tener la religión en las escuelas y los capellanes en mitad de los regimientos. La asignatura de Educación para la Ciudadanía nunca llegó a cuajar del todo, los socialistas la incluyeron en los planes de estudio, pero de manera muy tímida, y ahora los populares la han suprimido directamente. Eso va en contra de lo que debería ser el conocimiento y la formación de ciudadanos en una democracia moderna.

Tanto la ética como la filosofía deberían ser asignaturas propias de un bachillerato laico. Considero que una enseñanza laica es básica en toda democracia; después de todo tanto la filosofía como la ética nacieron con la propia democracia, a la vez, en el mismo sitio, en la misma época. Están fuertemente vinculadas. Lo que la democracia representa en el terreno político, la filosofía lo representa en el terreno intelectual. En ambos casos se impone la idea de que el portavoz del sentido es el individuo libre y no una colectividad legendaria y tradicionalista.

Otro inciso. Mirada al pasado reciente. 1991. Felipe González, al frente de los socialistas, había iniciado su tercera legislatura y gobernaba un país que ya formaba parte de la entonces denominada Comunidad Económica Europea, un país inmerso en la euforia de la prosperidad económica que tuvo su colofón un año después, con la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. ETA era entonces la  principal preocupación, el gran temor de un pueblo que se adaptaba a la imagen del éxito colectivo a raíz de un proceso de Transición modélico, que tardaría tiempo en ser cuestionado. En esas circunstancias, cuando se asumía con normalidad y complacencia una bonanza que se creía perpetua, Fernando Savater publicaba “Ética para Amador” un libro que se convirtió en su particular best-seller, que ha acompañado ya a varias generaciones y que sigue gozando de plena vigencia. Fue toda una sorpresa para el autor. Cómo iba a imaginar algo así de una entrega nacida de un encargo. Un encargo motivado por la ausencia de manuales de texto que diesen a los profesores las pautas para enseñar esa nueva asignatura de ética, tan esencial como compleja, que había entrado en las aulas para formar a los ciudadanos modernos, del mañana.

– “A mí no se me hubiera ocurrido escribir una obra así, pero tenía muchos amigos y amigas que daban clases en institutos y que habían de recurrir a comentarios sobre noticias aparecidas en los periódicos para impartir la asignatura de ética. Ellos me pedían una y otra vez que hablara de circunstancias, de temas concretos, pero yo aproveché la ocasión para explicar la disciplina como yo entendía que se podía contar a un joven”, comenta Savater, quien una y otra vez insiste en que él más que filósofo ha sido profesor de filosofía. “Esos amigos docentes”, prosigue, “entendían que la ética tenía que ser transversal, que no sólo debía concentrarse en una materia, sino que debía planear, de manera difuminada, sobre todas las asignaturas, para lo que era necesario que el conjunto de los profesores se implicara aportando el ejemplo de sus propias conductas. Yo le daba vueltas a todo eso y me parecía un gran reto enseñar ética a niños que no habían leído a Spinoza, ni a Kant. Se trataba de transmitir que la ética es una cosa de cada cual, que estamos destinados a inventar nuestro destino sin segundas oportunidades, que podemos equivocarnos y cometer atrocidades, pero también, en base a los errores cometidos, ir transformando nuestras vidas e ir inventando sus contenidos. Yo no me creo que porque se impartan clases de ética en las escuelas la gente se vaya a volver buena, pero sí creo que es muy importante para el desarrollo intelectual, de la sensibilidad valorativa, de la reflexión acerca de porqué actuamos como actuamos. Con todo esas ideas en la cabeza, me puse manos a la obra y al final publiqué el libro en una editorial pequeñita de Barcelona, Ariel, sin pensar en absoluto que eso iba a tener tanto éxito”.

– ¿Influyó el hecho de ser padre, de tener un hijo, en el enfoque, en esa cercanía a través del diálogo que es, sin duda, uno de los grandes aciertos de la obra?

– Bueno, eso ayudó. Mi hijo entonces tenía 15 años, que era un poco la edad de los adolescentes a los que tenía que dirigirme, y se llamaba Amador, que quedaba bien para un título. Si su nombre hubiera sido Eufrasio, lo habría desechado (risas). Yo tenía miedo de ponerme demasiado doctoral, esa era mi preocupación cuando empecé a escribir. Lo que me interesaba era hablar directamente con el joven, pero no desde el punto de vista del profesor. Esa fue la gracia del libro, lo que hizo que tanta gente llegase a conectar con él.

– ¿Ha cambiado mucho el Fernando Savater que escribió “Ética para Amador”?

– Inevitablemente, espero que sí. Hay constantes que permanecen inalterables: aficiones, gustos… pero me molestaría seguir siendo exactamente igual, permanecer estático a través del tiempo como si fuera una pirámide o algo por el estilo. Yo soy una persona que lee varios libros todas las semanas; que ve películas; que disfruta en el trato con otros seres humanos. Todo eso, todas las cosas que he ido viviendo, me han cambiado, a lo mejor para bien, y espero que siga sucediendo así, sin perder de vista el paso del tiempo, claro. El envejecimiento es un proceso que no suele ser muy bueno, pero que nos transforma.

– ¿Qué ha ganado Fernando Savater con la edad y qué ha perdido?

La pérdida es lo más fácil de percibir. ¡Hay tantas cosas que pierde uno con la edad! La humillación de la vejez consiste en que nos quita muchas de las cosas sin las cuales no podíamos vivir, pero precisamente también por eso es un ofrecimiento, un regalo, la demostración de que podemos vivir sin mucho de lo que considerábamos esencial. Sobre todo nos quita algo que es de lo más dañino para la vida, la idea de futuro. Cuando eres viejo ya no tienes futuro y es entonces cuando puedes vivir el presente de verdad. Esa es una ventaja. Y si tienes cierto ánimo deportivo la vejez convierte la vida en un deporte de riesgo. Todo, absolutamente todo, ya puede ser fatal y eso proporciona una emoción especial al vivir. Yo, que siempre he disfrutado de las pequeñas cosas y por supuesto de las grandes, ahora soy consciente de que debo resignarme a cultivar las pequeñas porque he perdido muchas de las grandes, algunas de las cuales, confieso, no dejo de echar de menos.

– Cuando escribió “Ética para Amador” tenía un hijo y pensaba en las enseñanzas que quería transmitirle, pero al mismo tiempo, me imagino que emergía la imagen del Savater joven, que pensaba en sus anhelos de entonces, en todo aquello que le hubiera gustado recibir a sus 15 años.

– Bueno, esa fue una de las mayores dificultades, porque cuando escribí el libro ya tenía una cierta edad, más de 40 años, e irremediablemente no me situaba ante un joven de 15 años real sino ante el que yo fui, que era algo muy distinto. Un chico de esa edad de mi época no tenía nada que ver con uno de principios de los 90 ni mucho menos con uno de hoy. Es algo muy complejo porque el proceso de maduración ha ido en aumento en muchos aspectos y en otros, en cambio, no se termina de madurar de la misma manera. La relación con las tecnologías, con las marcas comerciales, etcétera, era algo impensable en mi etapa de adolescente. Yo tenía que pasar por encima de eso, vencer esa distancia, intentar hablar al joven en lo que los 15 años tienen de permanente. Ahí sí me ayudó tener un hijo de esa edad. Fue decisivo para llegar al joven que yo fui, al que vivía en el momento presente en que escribía y quizás al del futuro. Por eso precisamente renuncié a utilizar una jerga juvenil, lo cual fue una tentación, y me decidí por un lenguaje neutro, incluso más culto de lo esperado. Si hubiera optado por el otro camino, si hubiera recurrido a las expresiones habituales en ese momento, probablemente el resultado habría empeorado, el libro se habría convertido con el tiempo en algo mucho más anticuado.

La humillación de la vejez consiste en que nos quita muchas de las cosas sin las cuales no podíamos vivir, pero precisamente también por eso es un ofrecimiento, un regalo, la demostración de que podemos vivir sin mucho de lo que considerábamos esencial. Sobre todo nos quita algo que es de lo más dañino para la vida, la idea de futuro. Cuando eres viejo ya no tienes futuro y es entonces cuando puedes vivir el presente de verdad. Esa es una ventaja. Y si tienes cierto ánimo deportivo la vejez convierte la vida en un deporte de riesgo

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Amador ya ha crecido, ha tomado, como su padre, el camino de las letras, de la reflexión. Escribe en medios de comunicación… ¿Tiene algo que ver con la persona que Savater soñó que podría llegar a ser, ha sido usted de esos padres que tienden a proyectar el futuro de sus hijos?

– Yo me alegro de que los intereses de mi hijo sean la lectura, el pensamiento, los problemas sociales. La verdad es que si se hubiera dedicado a “brooker” en la bolsa me habría gustado mucho menos, pero fuera de eso… Yo creo que la idea de padre o madre debería tener una fecha de caducidad, como los yogures. A mí me gustaba el niño. Guardo la foto del niño de 8, 9, 10, 11, 12 años… Pero ahora ese niño ya se ha convertido en un señor de 38 años, un señor con barba que me parece muy bien y al que le deseo lo mejor del mundo, pero a veces cuando estoy con él tengo la sensación de que es mayor que yo (risas). Ya no me siento como antes. Uno es padre del niño; el otro ya es hijo de sí mismo.

– Pero, ¿Cuál es la relación con ese señor que fue su niño?. ¿Ha mantenido con él las vibrantes discusiones que entabló con su madre?

– Por prudencia mutua mi hijo y yo procuramos mantener los temas más controvertidos fuera del ámbito familiar. Los dos tenemos mucho carácter, aunque debo decir que el mío es peor que el suyo, y si a esas ciertas cosas que siempre hay entre padre e hijo, encima le introducimos temas para el enfrentamiento, pues nos amargamos la vida y le amargamos la vida a la familia. No merece la pena, cada uno tiene sus propias ideas y nos respetamos mutuamente, aunque es inevitable que de vez en cuando haya roces sobre temas en los que pensamos de manera distinta.

– ¿El 15-M, por ejemplo?

– Bueno, pese a que algunos lo creyeron así, yo nunca llegué a rechazar lo que supuso el movimiento 15-M, aunque sí critiqué que se atacara a las parlamentarios en Barcelona y sostuve que eso no se podía quedar ahí, que tenía que pasar a la participación, a la acción política. Eso es algo de sentido común, que sigo pensando y en lo que el tiempo me está dando la razón.

– Recientemente, como una secuela de “Ética para Amador”, publicó “Ética de urgencia”, donde precisamente habla del 15-M, de las nuevas tecnologías, de las fisuras del capitalismo y la democracia, e irremediablemente de las grandes cuestiones: la libertad, la solidaridad, la muerte… ¿Qué supuso enfrentarse a la misma situación?

– “Ética de la urgencia” es simplemente una conversación con jóvenes que se han educado y que han leído mi “Ética para Amador” de hace 20 años. Su pretensión fue ver sobre qué problemas ellos están proyectando ahora esas reflexiones éticas. No es un libro escrito sino hablado por mí con los jóvenes. La imposición del tiempo, su carácter urgente, de actualidad, tiene más que ver con los temas concretos sobre los que esos amigos que daban clases en institutos me pidieron que hablase en su día: el divorcio, la píldora, la bomba atómica. Entonces yo dije que no, que no me veía con autoridad para decir lo que se tenía que pensar sobre tales asuntos, que yo hablaría del fundamento de la ética a partir del cual se podría reflexionar sobre todo eso y sobre cualquier otra cosa. No aludí a ninguno de los problemas circunstanciales del momento y gracias a eso la obra ha durado 20 años y ahí sigue. En cambio, ahora sí, en “Ética de urgencia” sí se habla de las cosas que hoy están preocupando, con el convencimiento de que probablemente dentro de cinco años esos problemas, al menos algunos de ellos, ya no serán los mismos, serán sustituidos por otros.

– Fernando Savater ha escrito muchos libros de pensamiento, pero también de ficción. La ficción ha sido su debilidad, su pasión, y sin embargo, pese a ganar premios como el Planeta, no ha tenido la misma repercusión en ese territorio.

– Lo cierto es que yo, ante todo, siempre he sido un escritor. Un escritor que se ha dedicado al pensamiento, a la enseñanza de la filosofía, porque tenía que ganarse la vida, pero que siempre quiso construir ficciones, inventar historias y que nunca ha dejado de escribir novela y teatro. El problema es que esa parte se ha quedado más oculta, por decirlo de algún modo, y la gente me ha encasillado en facetas como la del autor de “Ética para Amador”. Ahí conseguí alcanzar ese punto tan difícil de llegar a conectar con muchísimas personas, pero tras el éxito si algo tuve claro es que eso no podía convertirse en una especie de bloqueo para el resto de mi vida. Ha sido algo estupendo, pero debo reconocer que me fastidia un poco el hecho de que cosas mejores que he escrito en el campo de la ficción no hayan sido reconocidas en igual medida, que hayan pasado más desapercibidas.

– ¿De los libros de ficción que ha escrito cuál prefiere?

– Hay uno de teatro, “El último desembarco”, que es el que más se parece a lo que yo he querido hacer siempre, y en el terreno de la novela  está “Los invitados de la princesa”, que considero lo mejor que he escrito nunca. Lo que tiene de bueno la ficción es que no necesitas estar exponiendo continuamente tu opinión, lo que tú crees de las cosas. Cuando me pongo a escribir de ética tengo que contar lo que pienso, pero la ficción me permite inventar situaciones y personajes con los que no tengo nada que ver, que pueden tener creencias completamente contrarias a las mías. La trama es una narración, no una argumentación, y para mí pasar del mundo de las argumentaciones al de la narración es muy satisfactorio. Con “Los invitados de la princesa” hice durar el proceso de la escritura un par de años porque me gustaba refugiarme un poco en la historia que estaba contando, en su mundo, en sus atmósferas. Eso es algo inusual en mí. Tengo la mala tendencia de escribir muy deprisa, empiezo las cosas con mucho entusiasmo pero a los pocos meses estoy deseando acabar y cambiar de tema. La ficción me ha impulsado a dejar atrás la prisa, pero también sucede que aquellos géneros en los que te encuentras más seguro son los que te proporcionan más placer. Por eso cuando escribo un artículo corto, que sé que me va a salir bien, estoy muy satisfecho, mientras que una novela es un reto mucho mayor, hay que esforzarse más y eso produce mayor inquietud, inseguridad.

– Schopenhauer, Bertrand Russell… ¿Y ahora?, ¿sigue habiendo descubrimientos o se ha quedado anclado, por decirlo así, a un autor de cabecera?

– Bueno, ahora ya estoy en la fase de las relecturas. Si tuviera que quedarme con algún filósofo, cosa que afortunadamente no sucede porque la gracia de la filosofía es que es se trata de una tradición, de una corriente en la que todo el mundo se aporta cosas, elegiría a Spinoza. Ha sido el filósofo que más me ha interesado después de esos primeros escarceos y quizás hoy, en cierta medida, mi visión del mundo se parece más a la de Spinoza que a la de ningún otro. Me lo sé mucho, bastante, pero sigo leyéndolo.

– ¿Y en cuanto a los filósofos actuales, de su tiempo: Sloterdijk, Morin…?

– A Sloterdijk lo leo mucho. Hemos coincidido muchas veces y yo hice el prólogo de la primera obra suya que se publicó al español. Curiosamente, nacimos el mismo año: yo, el 21 de julio y él, el 22. Nos llevamos apenas un día y yo siempre que estamos juntos hago bromas. Le digo cosas como: “Haz caso a tus mayores. Tú todavía eres joven, cuando llegues a mi edad, ya sabrás…” (risas). Me interesa mucho, sí, y he leído también a Edgar Morin, a Gianni Vattimo, que también es mi amigo. Por supuesto que estoy al tanto de mis contemporáneos, pero sucede que llega un momento, cuando se alcanza mi edad, en que uno tiende a releer a los clásicos. El problema de quienes hemos leído mucho desde jóvenes es que nos hemos acercado a los grandes autores demasiado pronto, no solamente a los filósofos sino a los grandes narradores. Si has leído “Crimen y castigo”  con 15 años no te has podido enterar de todo lo que encierra. Te ha impresionado, pero no tiene nada que ver con la lectura que puedes hacer años después. Y no digamos con otras obras mucho más relacionadas con la madurez como “Madame Bovary”. Yo ahora tengo el afán de volver a releer cosas a las que me acerqué en su momento un poco de pasada, tanto en el ámbito de la literatura como en el de la filosofía. Voy a volver a Platón ahora que ya no tengo que dar clases y que no tengo que leerlo pensando en los apuntes. Voy a leerlo por gusto, de manera relajada. Eso me parece magnífico. Y, por supuesto, en lo que respecta a la ficción, sigo muy apegado a la literatura popular, a las novelas policiacas, de terror, de ciencia-ficción. Me gusta seguir a los autores que van a apareciendo en estos géneros. El descubrimiento de la autora francesa Fred Vargas, por poner un ejemplo, me ha dado grandes alegrías últimamente.

Yo ahora tengo el afán de volver a releer cosas a las que me acerqué en su momento un poco de pasada, tanto en el ámbito de la literatura como en el de la filosofía. Voy a volver a Platón ahora que ya no tengo que dar clases y que no tengo que leerlo pensando en los apuntes. Voy a leerlo por gusto, de manera relajada. Eso me parece magnífico

– Fernando Savater es un hombre de muchos matices y perfiles: profesor de filosofía, escritor, hombre de teatro y personaje público, muchas veces controvertido, polémico. ¿Hasta qué punto ese personaje ha podido llegar a eclipsar, a perjudicar a los demás?

– Sí, efectivamente. Ha llegado un momento en el que todo parece condicionado por esa imagen. A los amigos les parece bien cómo actúas y lo que dices y a los enemigos les parece mal, pero ya ni unos ni otros te hacen caso respecto a lo que verdaderamente estás haciendo. Unos te dan la razón, un poco como a los locos, porque eres amigo o porque comparten tus opiniones, mientras los otros te niegan el pan y la sal sin llegar a escucharte siquiera. Haberme convertido un poco en hombre anuncio de mí mismo no deja de resultar un tanto pesado. Lo tiñe; mejor lo destiñe, todo. Tal vez he entrado demasiado en la polémica, no he sabido resguardarme tan bien como esos autores que caen bien a todo el mundo, que son elogiados tanto por la izquierda como por la derecha. No sé. Tal vez, simplemente, han tenido más suerte.

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– ¿Siente que determinadas polémicas le han desgastado, que han requerido demasiadas energías?

–  En momentos concretos, sí. Hay ocasiones en las que uno llega a obsesionarse demasiado y yo, que soy una persona muy colérica, muchas veces me he enfadado conmigo mismo por haber llegado a implicarme tanto con determinados asuntos. Pero, ¿cómo he podido prestar tanta atención a esto con la cantidad de cosas mucho más interesantes que hay en el mundo?, me he reprochado muchas veces a mí mismo. ¿Cómo me he centrado tanto en personas con tan poca sustancia con la cantidad de gente que hay que merece mucho más la pena?. No sé… Tal vez aquellas antiguas discusiones con mi madre tienen la culpa de este cariz polémico que me ha acompañado siempre (más risas).

Haberme convertido un poco en hombre anuncio de mí mismo no deja de resultar un tanto pesado. Lo tiñe; mejor lo destiñe, todo. Tal vez he entrado demasiado en la polémica, no he sabido resguardarme tan bien como esos autores que caen bien a todo el mundo, que son elogiados tanto por la izquierda como por la derecha. No sé. Tal vez, simplemente, han tenido más suerte

– Uno de los asuntos que más parece irritarle es el de los nacionalismos. Y, como usted mismo ha dicho, cuesta salir indemne cuando se ejerce la crítica al respecto.

– Así es. La verdad es que no deja de sorprenderme el éxito que ha tenido el nacionalismo. Cuando se es marxista o liberal, algo de bibliografía tiene que haber detrás, pero para ser nacionalista basta con sentirte de un lugar concreto. Debe ser que las ideologías más simples, para tontos, son las que más posibilidades tienen de extenderse. En mi opinión el nacionalismo es una de las fuerzas reaccionarias más potentes que existen. Como todo el mundo sabe, ha sido fatal durante el siglo XX, desgraciadamente ha provocado cosas atroces, y lo sigue siendo en nuestra época. Es malo el nacionalismo de los grandes países porque dificulta las uniones internacionales, como estamos viendo en la Unión Europea, y por supuesto también es negativo hacia dentro porque es un elemento disgregador en nombre de supuestas identidades inmutables de los estados modernos, que están basados precisamente en el ensamblaje de lo diferente y no en la perpetuación de lo único. En mi caso, lo que sucede es que hay demasiadas asociaciones de ideas erróneas, ciertos estereotipos que funcionan y a los que mi actitud no responde. Cuesta entender que ser españolista no es ser conservador; que el nacionalismo y el separatismo son las cosas más reaccionarias del mundo aunque se tiende a relacionarlas con la izquierda. El problema son los epítetos. Yo he procurado ser siempre progresista, pero, claro, el progreso tienes que buscarlo dónde está, no donde otros han querido ponerlo. Pensemos en la República, en la Constitución republicana del año 31. Lo primero que nos dice es que en España hay solamente una lengua oficial, que es el castellano, y que las demás lenguas serán respetadas pero no consideradas oficiales. Eso no lo dijo Franco, lo dijo la República, y así muchas otras cosas. Manuel Azaña, Indalecio Prieto, y tantos otros, tenían ideas diferentes, pero coincidían en que eran españoles y no otra cosa. Pero ahora mismo han surgido personajes reaccionarios de diversas tribus que parecen ser los progresistas. Eso a los republicanos de aquella época, pienso, por ejemplo, en María Zambrano, les habría parecido una cosa bastante risible.

El nacionalismo ha sido fatal durante el siglo XX, desgraciadamente ha provocado cosas atroces, y lo sigue siendo en nuestra época. Es malo el nacionalismo de los grandes países porque dificulta las uniones internacionales, como estamos viendo en la Unión Europea, y por supuesto también es negativo hacia dentro porque es un elemento disgregador en nombre de supuestas identidades inmutables de los estados modernos, que están basados precisamente en el ensamblaje de lo diferente y no en la perpetuación de lo único

– ¿Se siente un incomprendido?

-No. Eso es un poco ñoño. Prefiero pensar que si no se me comprende será que no he sabido explicarme bien. No. No creo que la gente me tenga que prestar tanta atención. No soy un enigma de otro mundo (risas).

-Es contradictorio abrazar el nacionalismo en la época de la globalización, pero ¿no resulta la globalización igualmente dañina?

– La globalización es un hecho, el impulso del ser humano le conduce  precisamente a ir rompiendo fronteras y separaciones. La primera globalización fue la de la Iglesia Católica y hoy todos estamos conectados, todos llevamos en el bolsillo un adminículo que nos permite entablar comunicación con los lugares más remotos. Podemos enterarnos de las noticias de lo que ha ocurrido en la otra parte del mundo al minuto. Todo eso, por supuesto, tiene aspectos positivos y aspectos negativos: los capitales se deslocalizan, las empresas buscan a los trabajadores que menos cobran y que menos derechos tienen porque eso abarata sus costes. Pasó lo mismo con la electricidad, que tuvo muchas cosas buenas, pero también dio lugar a la silla eléctrica. Todos querríamos una electricidad sin silla eléctrica y una globalización sin sus aspectos malos. Pero las cosas no funcionan así.

– ¿Qué reflexiones le despierta la actual crisis económica?

– Para mí es una manifestación de los errores que ha habido en el sistema, de los controles que debían funcionar y no lo hicieron. Una cosa es el capitalismo de producción de bienes y otra cosa es el capitalismo de la especulación, que se ha disparado, que se ha conducido sin control. Y precisamente todo esto demuestra que los estados son necesarios, que son ellos los que deben establecer las necesarias garantías de juego limpio. Yo siempre he creído que la socialdemocracia es el sentido común aplicado al mundo, lo que pasa es que también se ha demostrado que mucho socialdemócrata no ha sabido cómo actuar de acuerdo con sus principios.

– ¿Hoy están en peligro las democracias? ¿Cómo se ha llegado a la pérdida de confianza en los políticos que existe actualmente?

– Siempre, las democracias siempre han estado en peligro, desde Atenas. Es un régimen peligroso. Juvenal ya hablaba de los males de su tiempo, que sirven también para el nuestro. La pregunta sigue siendo: ¿quién controla a los que ejercen el control? Parece que los seres humanos siempre necesitamos a otros que vigilen al vigilante. La pérdida de confianza que vivimos hoy en España se debe precisamente a que muchos controles han fallado. Y no ha sido porque no existieran sino porque quienes tenían que aplicarlos fallaron, miraron para otro lado, guiñaron el ojo… En el Evangelio ya hay una parábola en la que el capataz de una finca acuerda con los deudores bajarles la deuda para asegurarse tener amigos fuera en el caso de ser despedido. La corrupción ya existe en el Evangelio y ahora estamos viviendo eso a gran escala. Pero no nos engañemos. Los casos de corrupción llevaban un tiempo produciéndose, en estos momentos están surgiendo los responsables. Mucha de la gente que ahora se indigna es la misma que estaba contenta antes. Si llega a seguir la burbuja la mayoría seguiría igual de satisfecha con el sistema. Lo que les ha hecho despertar es que sus intereses se han visto perjudicados. En ese momento es cuando nos volvemos buenos y hablamos de la transparencia. Hay que ejercer un poco la autocrítica. Incluso los más ignorantes en estos temas, entre los que me cuento, ya sospechábamos algo de todo esto cuando las cosas iban bien. ¿Cómo era posible, por ejemplo, que hubiese tanta gente con segundas residencias, o que se pidiese hipotecas para todo, incluso para bodas y comuniones? No había que ser un genio para sospechar algo. Yo no quiero decir que todo el mundo viviera por encima de sus posibilidades. No es eso, pero sí es cierto que se creó una cierta insensibilidad y que nos parecía bien lo que sucedía: el hecho de que los jóvenes dejaran de estudiar a los 16 años para ir a servir copas a los turistas por las noches o a trabajar en la construcción. A raíz de “Ética para Amador” yo me pasaba los días visitando institutos para convencer a los estudiantes de que debían intervenir en política y todo el mundo se me reía en las barbas.

Las democracias siempre han estado en peligro, desde Atenas. Es un régimen peligroso. Juvenal ya hablaba de los males de su tiempo, que sirven también para el nuestro. La pregunta sigue siendo: ¿quién controla a los que ejercen el control? Parece que los seres humanos siempre necesitamos a otros que vigilen al vigilante. La pérdida de confianza que vivimos hoy en España se debe precisamente a que muchos controles han fallado. Y no ha sido porque no existieran sino porque quienes tenían que aplicarlos fallaron, miraron para otro lado, guiñaron el ojo…

– Pese a todo, ¿tiene Fernando Savater una visión optimista del presente?

– Creo que estamos, como en otros momentos de la Historia, ante un espejo que refleja las dos caras, la buena y la mala. Hay una milonga argentina que dice que muchas veces la esperanza son ganas de descansar y yo añadiría que la desesperanza también. Hay gente que dice: “no te preocupes, que todo se arreglará solo, con el tiempo”, e inmediatamente se va a echar la siesta. Hay otros que dicen: “no hay nada que hacer y por lo tanto me voy a tomar una ración de gambas”. Ni unos ni otros hacen nada. Los que despotrican o los que celebran se quedan sin actuar. Mi visión es muy sencilla: hemos nacido rodeados de males y vamos a morir rodeados de males. A lo más que podemos aspirar es a que los males del final no sean los mismos que los del principio.

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– Uno de los conflictos en los que más energía y más tinta ha gastado ha sido el del terrorismo etarra, del que, como tantos otros, ha tenido que protegerse… Ahora se indigna cuando se habla de proceso de paz.

– Es que yo no sé qué es eso del proceso de paz. Ha habido un grupo terrorista que, afortunadamente, gracias a las fuerzas de seguridad y a algunos que nos hemos molestado un poco, ha sido puesto en cuarentena. La paz es consecuencia de las leyes, de la Constitución, de las instituciones. Lo del proceso de paz es un invento de los etarras, que quieren sacar algo de todo ello. En cuanto a lo que yo he padecido, otros han sufrido mucho más. Lo mío fueron incomodidades, pero la vida de otros se tiñó de tragedia. Ahora, a cierta distancia, puedo afirmar que ETA me ha dado disgustos, pero también reconozco que me ha dado mucha vida. Gracias a la fuerza, al sentido de esa lucha, he mantenido la juventud más tiempo de lo debido. Luchar contra los terroristas me ha mantenido vivo, alerta.

– Antes hablábamos del 15-M, de la necesidad de la acción. ¿No le parece que la consecuencia más positiva de aquella explosión de descontento ha sido la movilización y la constitución de plataformas ciudadanas?

– Sí, pero las plataformas ciudadanas no son algo nuevo, las más importantes nacieron en el País Vasco como reacción contra el terrorismo. Gesto por la Paz fue de las primeras. Ahí estuvimos en un momento en el que lo peor no era que un policía te pegara con una porra un día porque se ponía nervioso. Había bastantes más peligros… No consiguieron amedrentarnos, seguimos adelante y eso fue evolucionando. Muchos de los implicados en Basta Ya pasaron a formar partidos políticos. Unión, Progreso y Democracia nació precisamente de gente que estuvo en plataformas ciudadanas. Yo continúo en sus filas porque a la hora de valorar lo que ofrecen unos y otros es el partido que menos me disgusta.

– El bipartidismo es uno de los problemas que impiden la regeneración democrática en España, pero la reforma de la ley electoral parece lejana…

– Así es, pero la gente en vez de estar quejándose de unos y de otros lo que debería es buscar otra cosa, que es lo que hicimos nosotros. La ley electoral no solamente no ayuda, sino que es un impedimento. Hay que convencer a los que sacan ventaja de la actual ley electoral para que la cambien y eso resulta muy difícil. Ni los grandes partidos, ni los nacionalistas, van a querer cambiar una ley que les beneficia. Más allá de las siglas de los partidos tiene que ser la ciudadanía la que siga exigiendo, cada vez con mayor contundencia, una transformación.

– ¿Cuál es el consejo que puede dar ahora mismo a tanto ciudadano insatisfecho?

– Intervenir, intervenir en política. En una democracia políticos somos todos. La visión reaccionaria por excelencia es la que imagina que los políticos, buenos o malos, son como los actores que están encima de un escenario. Y no se trata de quedarse en el patio de butacas aplaudiendo o abucheando a los que lo hacen mal o gritando para que se vayan fuera. No existe esa diferencia. Nosotros también estamos en el escenario. No podemos limitarnos a silbar o aplaudir, tenemos que intervenir, buscar los cauces para hacerlo. Lo que pasa es que vivimos en una sociedad de masas y es difícil que todo el mundo se ponga de acuerdo. Una de las cosas interesantes del 15-M es que ha impulsado las asambleas. La gente se ha reunido en las plazas a debatir y se ha dado cuenta de lo complicado que resulta ponerse de acuerdo. Todos coincidimos en que determinadas políticas o políticos no nos gustan, pero es más difícil decidir qué hacer para cambiar eso. Siempre que se ha elogiado el coraje y el valor que hemos tenido en el País Vasco, yo he dicho que la virtud política por excelencia y la más difícil es la paciencia. Todos podemos ser héroes un día, salir a la calle, dar una patada a una farola…, pero lo difícil es asistir todos los días a reuniones pesadas, tomar decisiones, buscar acuerdos con otros que no te entienden… Esa es la política.

Hay que intervenir, intervenir en política. En una democracia políticos somos todos. La visión reaccionaria por excelencia es la que imagina que los políticos, buenos o malos, son como los actores que están encima de un escenario. Y no se trata de quedarse en el patio de butacas aplaudiendo o abucheando a los que lo hacen mal o gritando para que se vayan fuera. No existe esa diferencia. Nosotros también estamos en el escenario. No podemos limitarnos a silbar o aplaudir, tenemos que intervenir, buscar los cauces para hacerlo

– ¿Cómo lleva alguien como Savater la adaptación a la era digital?

– Pues la estoy llevando, como todo el mundo. “Ética para Amador” fue precisamente el primer libro que escribí con un ordenador y ese ordenador ya estará en el museo arqueológico. No estoy a la última en nuevas tecnologías, para nada. Siempre las he considerado medios, no fines, y doy gracias a los poderes celestiales porque nos facilitan las cosas, pero mi vida no gira en torno a ello. No tengo tiempo para dedicar a las redes sociales, por ejemplo, y de nuevo vuelvo a ver los dos lados del espejo. Todo lo que tiene tantísima fuerza es peligroso, se puede utilizar bien o mal. Sucedió con los automóviles y hubo que crear una legislación severa. Ahora tiene que establecerse una serie de prevenciones, de vigilancia, en lo que concierne a Internet. Pero hay mucha hipocresía al respecto. La gente vive en sus casas con las puertas cerradas, como es lógico, pero se escandaliza al saber que puede ser vigilada, que sus datos pueden ser controlados. Queremos sentirnos a salvo de los malos, pero no que nos vigilen… Ahora se critica a los medios de comunicación. Se dice que las empresas periodísticas están en manos de poderes financieros, pero yo me pregunto: ¿qué es google o facebook? Los grandes servidores son los grandes piratas de Internet. No todo es tan simple. Hay muchos matices, tenemos que ser ser un poco menos ingenuos con todas estas cosas, pensarlas un poco más despacio.

La felicidad es un tema que ha preocupado a los filósofos desde siempre. ¿Es posible alcanzar sociedades más felices, no tan volcadas en lo material?

La felicidad es algo personal. ¿Con qué instrumento la medimos? Hay gente que mantiene la alegría y gente que no. Ante el lucro no tenemos más que renunciar a ello. Nada ni nadie nos lo impide. La felicidad no tiene nada que ver con la sociedad y no hay que olvidar que la del presente es mucho más positiva y mejor que la de hace años: hay una cierta estructura de derechos sociales, de protección; existe libertad de expresión; podemos salir a la calle y protestar. Por supuesto que hay muchos motivos de infelicidad, de disgusto. Pero seguro que si resolvemos los actuales motivos habrá otros que ahora ni siquiera imaginamos.

Tales de Mileto, mientras miraba a las estrellas, se cayó al fondo del pozo y fue visto por una sirvienta que se burló de él. “Que un simple mamífero pretenda comprender el universo resulta bastante cómico, admitámoslo”, leemos en el prólogo de “El traspié”. ¿Cree que los filósofos de hoy siguen mirando a las estrellas o no les ha quedado más remedio que quedarse a ras de suelo?

– Así comenzó la filosofía, con la caída de Tales de Mileto, y hoy en día los filósofos seguimos cayendo al mismo pozo. Puede decirse que es una enfermedad profesional.

La entrevista con Fernando Savater fue publicada previamente en el número 108 de la revista cultural “Turia”. Acababa de editarse “El traspié” (Anagrama). Posteriormente el autor publicó una recopilación de textos ensayísticos bajo el título “Figuraciones mías” (Ariel).

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El reportaje fotográfico fue realizado por Nacho Goberna, mientras se desarrollaba esta entrevista,  en la casa  de Fernando Savater en Madrid.

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