Fidel Oltra © 2026 /
Es habitual ver todo tipo de listas y publicaciones dedicadas a repasar los mejores riffs de guitarra de todos los tiempos. Sí, esas líneas de guitarra repetitivas que le dan identidad a algunas canciones y todos las podemos tararear de memoria. Hablo por ejemplo de Keith Richards en Satisfaction, Jimmy Page en Whole lotta love, Ritchie Blackmore en Smoke on the water, Eric Clapton en Layla, Mark Knopfler en Money for nothing… Hay docenas, cada uno tendrá sus favoritos. Hay incluso recopilatorios específicos con esas canciones cuya parte más reconocible, muchas veces, es el riff de guitarra. Sin embargo, se ha escrito mucho menos sobre los riffs de teclado. Y no será porque nos lo haya también, seguro que si te gusta el synth pop te vienen a la cabeza unos cuantos.
Los que vivimos los 80 en todo su esplendor recordamos bastantes: el de Kraftwerk en The model, por ejemplo; el de Don’t you want me de The Human League, o algunos de nuestros Azul y Negro. Si nos vamos a otros terrenos también los hay, ahí están el Jump de Van Halen, o el The final countdown de Europe. Pero es, desde luego, en el género de la electrónica donde encontramos muchos de los más recordados. Y si piensas un poco, haces algo de memoria y te viene alguno a la cabeza, apuesto a que es muy probable que sea de una canción de Orchestral Manoeuvres in the Dark, OMD para los amigos. ¿Por qué? Pues porque muchas de sus canciones más famosas, si te fijas, tienen un riff de teclado en lugar de estribillo. Esa era una de las señas de identidad del dúo formado por Andy McCluskey y Paul Humphreys.
George Andrew McCluskey nació en 1959 en Heswall, en la península inglesa de Wirrall, en la orilla del Mersey opuesta a Liverpool. Su padre trabajó primero en el ferrocarril, y más adelante en una refinería. Su madre era peluquera. Por su parte, Paul Humphreys nació en Londres, pero sus padres se trasladaron pronto a otra ciudad de la pequeña península de Wirrall. Allí, en el Great Meols Primary School, ambos se conocieron. Su amor compartido por la música les llevó a pasar juntos el mayor tiempo posible. Incluso fundaron dos o tres grupos de breve vida. Más adelante, cuando ya estudiaban en sitios distintos, McCluskey empezó a tocar el bajo y a cantar en otros proyectos, mientras que Humphreys estaba muy interesado en la música electrónica, sobre todo en los grupos alemanes del estilo de Neu!, Kraftwerk o Can. Ambos eran todavía muy jovencitos cuando dieron sus primeros pasos en el mundillo: Humphreys estuvo en algunos grupos de rock progresivo, mientras que McCluskey cantó durante un tiempo en el grupo de synth pop Darek I Love You.
Los caminos de McCluskey y Humphreys volvieron a cruzarse en 1977. Esta vez decidieron ir en serio y, con la experiencia adquirida, formaron un grupo llamado The Id, nada menos que con siete componentes. Al mismo tiempo Andy y Paul colaboraban en otro proyecto que llamaron VCL XI. Un intrincado nombre inspirado en un esquema de la contraportada de Radio-Activity, el disco de Kraftwerk publicado en 1975. Cuando The Id se disolvió, volcaron todos sus esfuerzos en VCL XI, que poco después cambió su nombre por el de Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un nombre no menos rebuscado, del que McCluskey, que al parecer lo tomó de una de las frases que anotaba con frecuencia para posibles canciones, se arrepintió más tarde, según llegó a confesar él mismo años después. Por lo visto tenían en mente dar un único concierto y después dedicarse a otras cosas, así que el nombre del grupo les daba un poco lo mismo.

Tanto Andy como Paul venían de familias de clase trabajadora, así que tuvieron que tirar de imaginación para adquirir o construir sus primeros instrumentos. No se podían permitir muchos, así que OMD se mantuvo como dúo, aunque con puntuales apoyos de otros músicos. En 1978 dieron su primer concierto, en Liverpool, y en 1979 ya lanzaron su primer sencillo, Electricity. Aquella canción les dio cierta fama, y pronto se encontraron haciendo de teloneros de nombres consagrados como Joy Division o Gary Numan. El sello Dindisc se interesó por ellos y les ofreció un contrato para grabar nada menos que siete discos. Les dio, además, un suculento adelanto que Andy y Paul aprovecharon para construir su propio estudio. Allí grabaron su primer álbum, un disco homónimo en el que algunos de sus ex compañeros en anteriores grupos les echaron una mano, sobre todo con los instrumentos analógicos.
Orchestral Manoeuvres in the Dark, el disco, salió finalmente en febrero de 1980. Como vendría a ser habitual en los trabajos del grupo, combinaba piezas algo más experimentales con temas directos y accesibles. En este debut destaca, por ejemplo, la ya mencionada Electricity, una canción que ya habían grabado muy al principio de su carrera y que aquí recuperan. También Messages, que fue otro de los sencillos del disco.
El resto de temas juegan con diferentes facetas del synth pop de la época, desde lo más accesible a lo más vanguardista. Dancing, por ejemplo, suena densa y oscura, mientras que Bunker soldiers podría perfectamente haber estado en el primer disco de Depeche Mode, que saldría un año después. La producción, de la que se encargó el propio grupo, suena algo rara. Detalles como el saxo de Mystereality chocan un poco, la mezcla en ocasiones no es la más favorecedora y algunos experimentos salen mejor que otros. El propio McCluskey ha dicho en alguna ocasión que quizás deberían haber buscado un productor externo. En todo caso, ahí queda un excitante debut que también en las letras, que en muchas canciones tratan tema como la guerra, los conflictos o la incerteza del futuro, nos muestra a un grupo que sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Para entonces OMD eran ya un cuarteto, con Martin Cooper y Malcolm Holmes convertidos en miembros oficiales.
Esa misma temática, la bélica, iba a estar presente en el siguiente sencillo del grupo. Una canción que nos pilló por sorpresa, les dio a conocer en medio mundo (fue número 1 en Italia, Portugal y España, pero no en Inglaterra) y sonó insistentemente en la radio en 1980. Enola Gay era su título, tomado del avión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima. Un himno antibélico que llenaba pistas. La canción ya estuvo a punto de entrar en su disco de debut, pero finalmente quedó fuera y pasó a ser la punta de lanza de su siguiente álbum, Organisation. Un título tomado del grupo que Ralf Hütter y Florian Schneider formaron antes de convertirse en Kraftwerk.
A pesar de ese efervescente inicio con Enola Gay, Organisation era un disco oscuro y melancólico, marcado por el suicidio de Ian Curtis, el cantante de Joy Division, con quien OMD habían compartido sello y escenarios. El sonido repetitivo y tristón del grupo de Manchester se filtra en temas como 2n thought, sobre todo. La premura con la que Dindisc les obligó a grabar este segundo álbum, apenas unos meses después de lanzar el primero, hizo que se incluyeran algunos descartes de su debut, caras B y temas compuestos incluso antes de que el grupo tomara su nombre definitivo. De hecho una de las canciones se titula VCL XI, como su vieja banda. Sin embargo, curiosamente todo (excepto Enola Gay) converge bien hacia ese ambiente opresivo que se respira durante todo el disco.
Sorprende, eso sí, que un grupo de synth pop grabara un clásico del American Songbook, The more I see you. La canción, compuesta por Harry Warren y Mack Gordon en 1945, había sido popularizada por gente como Chet Baker, Ella Fitzgerald, Nancy Sinatra o Andy Williams. Parece ser que McCluskey empezó a trabajar en una canción nueva que le acabó recordando a la de Warren y Gordon, así que al final decidieron hacer su propia versión. Otra curiosidad: en Promise cantaba por primera vez Paul Humphreys.

En la música de OMD, como en mucho del synth pop primerizo, se respiraba fascinación y a la vez inseguridad por el futuro. Aquello daba como fruto canciones distópicas, con un pie en el pasado y otro en el futuro, debatiéndose entre la nostalgia y la ruptura. Esa dicotomía le dio el título y la temática al siguiente disco del grupo, con toda seguridad el mejor de su carrera: Architecture & Morality. El edificio, la tecnología, la rigidez, por un lado; por otro la moralidad, la parte humana, la imperfección, lo emotivo e incluso lo espiritual. McCluskey y Humphreys decidieron hacerle caso a una crítica de Organisation que les animaba a explorar más su lado pop, a intentar hacer más sencillos de éxito y abandonar su parte más experimental. Al mismo tiempo, una cierta curiosidad por el hecho religioso impregnó buena parte del disco. Se nota en la temática de algunas canciones, ahí están las dos dedicadas a Juana de Arco, pero también en el uso de coros y en la explotación del sonido del Mellotrón para, de alguna manera, darle una vuelta al típico sonido del órgano de una iglesia.
Sea como fuere, Architecture & Morality (1981) es un excelente disco que combinaba, con más acierto que nunca, todas las facetas del grupo que hemos mencionado. Para quienes buscaban canciones más inmediatas y pegadizas, ahí están la imperecedera Souvenir, la emotiva She’s leaving o Joan of Arc (Maid of Orleans). Canciones de las que poco más se puede decir salvo que siguen sonando intensas, frescas y excitantes después de tantos años. En todas ellas se repite un patrón que ya hemos mencionado: los estribillos vocales no existen, siendo reemplazados por un pegadizo y reconocible riff de teclado. Por otra parte, quienes añorasen su cara más experimental, menos pop, podían repetir en bucle indefinido los primeros treinta segundos de la angustiosa The new stone age, saltar directamente a la canción que le da título al disco, dejarse llevar por los casi 8 minutos de Sealand (aunque la verdad es que toda ella es preciosa) o rebuscar en The beginning and the end algún vestigio de antiguas aventuras sonoras. Un disco casi perfecto, con algunos riesgos, pero perfectamente calculados, que marcó una época, un camino que siguieron muchas bandas que empezaron al mismo tiempo o poco después.
Curiosamente, las mismas revistas que habían animado a OMD a ser más comerciales ahora les criticaban por ello. Es sorprendente que algún periodista tildara Architecture & Morality de “aburrido”, cuando es mucho más entretenido que sus dos discos anteriores. Quizás por ello, McCluskey y Humphreys decidieron que no iban a hacer más concesiones que las justas. Para su siguiente disco, Dazzle Ships, publicado en 1983 por Virgin, después de que Dindisc echara el cierre, volvieron a combinar canciones más accesibles con otras más experimentales, al estilo de sus dos primeros trabajos. Los temas relacionados con la Guerra Fría, la incertidumbre hacia el futuro y el impacto de las nuevas tecnologías están otra vez muy presentes en las canciones.
En la parte compositiva, la balanza se decanta más hacia lo experimental: a pesar de que el disco dio singles claros como Telegraph o Genetic engineering, en otras canciones se usan collages, sonidos de radios (Radio Prague, Time zones) y otros recursos de la música vanguardista. Canciones como ABC Auto-industry o Dazzle ships (Parts II, III and VII) iban más lejos que cualquier otra cosa que OMD hubiesen hecho anteriormente. En Virgin no debieron quedar muy contentos, ya que básicamente les habían fichado para que replicaran el éxito de su anterior trabajo. El grupo tuvo que echar mano, de nuevo, de descartes y caras B anteriores para completar el disco. Algunas de ellas, de todos modos, eran bastante buenas, caso de Of all the things we’ve made o The romance of the telescope. Tanto Dazzle Ships, como Architecture & Morality, son discos que han llegado a ser más apreciados y comprendidos con la perspectiva que da el paso del tiempo.
Dado que Dazzle Ships no tuvo demasiado éxito en su momento, las presiones de Virgin fueron en aumento. Según han confesado los miembros del dúo, tenían que «pagar las facturas”, así que de nuevo OMD dio un giro hacia el pop más accesible con su siguiente disco, Junk Culture (1983). El grupo rebajó su instinto experimental y entregó canciones como Tesla girls, Talking loud and clear o Locomotion. En ellas hay sintetizadores, por supuesto, pero también bajos deudores de la música negra, instrumentos de viento e incluso ritmos levemente caribeños.
En este sentido White trash o All wrapped up son especialmente llamativas. Junto a esas canciones había otras donde el grupo se sentía más suelto en sus ansias de experimentar, como en Junk culture o Apollo, pero era una experimentación contenida que no se alejaba tanto de lo que hacían grupos como Human League o Heaven 17. La crítica, una vez más, andaba despistada. Mientras unas revistas alababan el disco diciendo que cada canción era un single en potencia, otras criticaban su exagerado eclecticismo y sus bandazos emocionales. Lo cierto es que suena a un grupo jugando a estirar la cuerda con su discográfica.

Sin embargo, parece ser que OMD estaban más o menos cómodos con la situación, porque apenas un año después lanzaban otro disco en una línea parecida, Crush (1985). De nuevo presentaban canciones que jugaban con otras músicas, incorporando más elementos orgánicos que convivían sin rubor con unos sonidos sintéticos que seguían teniendo su importancia en la música del grupo. Para potenciar esa faceta más orgánica se unieron al grupo oficialmente los hermanos Graham y Neil Weir. Declarando desde el principio las cartas sobre la mesa, el disco se abre con dos excelentes canciones como So in love y Secret (de nuevo con la voz de Humphreys). Del resto de temas se pueden destacar La femme accident o Hold you, así como ese tímido retorno a sus orígenes que es The native daughters of the Golden West. El resto pasan sin pena ni gloria, mientras otras como Bloc bloc bloc vuelven a adentrarse en terrenos peligrosamente ajenos de lo que la gente pudiera esperar de un grupo como OMD.
La presión de Virgin no cedió, y finalmente consiguió que sus pupilos se pasaran de rosca. Otra vez, apenas un año después, entregaban el flojo The Pacific Age (1986), culminando un trienio de luces y sombras. La fórmula era muy similar, así que no podía fallar el single de éxito. En este caso fue (Forever) live and die. Otra canción que salió como sencillo, aunque con menos repercusión, fue We love you. Un tercero, Shame, pasó incluso más desapercibido. El resto de canciones, entre aceptables y olvidables.
Una de ellas, sin embargo, le dio un nuevo momento de gloria al grupo. Fue Goddess of love, y lo hizo de forma indirecta. En un principio iba a parecer en la película Pretty In Pink, cuya banda sonora incluía canciones de grupos como Psychedelic Furs, Echo & The Bunnymen o New Order. Sin embargo, hubo algunos cambios de guión, sobre todo se reescribió el final y la canción que iba a sonar como cierre de la película ya no encajaba tan bien como parecía en un principio. Goddess of love se dejó fuera de la banda sonora y fue reemplazada por una nueva composición. A pesar de ser un encargo y escribirse con ciertas prisas, If you leave consiguió de tal manera captar el espíritu de la película, y por extensión de toda la década, que se convirtió en un gran éxito y en la canción por excelencia del grupo con permiso de Enola Gay. Un último golpe de talento que no fue suficiente para evitar que la carrera del grupo sufriera un vuelco, no por esperado menos doloroso.
En 1988 OMD vivió un año extraño. En Inglaterra empezaban a convertirse en dinosaurios de otra época que ya estaba en retroceso, mientras que en Estados Unidos su carrera despegaba. Ese verano actuaron como teloneros de Depeche Mode en su famoso concierto en el Rose Bowl de Pasadena que dio lugar al disco en directo 101. En aquella gira, plasmada también en un documental con el mismo nombre, actuaron varias veces más abriendo para el grupo de Dave Gahan, Martin Gore, Andy Fletcher y Alan Wilder. Ese mismo año OMD publicaron un recopilatorio de grandes éxitos, The Best of OMD, que daba perfecta cuenta de la importancia que había alcanzado la banda. Vistas así, todas juntas, la cantidad de canciones de éxito que produjeron en la década de los 80 es abrumadora. No solo eso, sino que además crearon un nuevo tema específicamente para promocionar el recopilatorio: Dreaming. Una canción que, esta vez sí, tenía estribillo cantado. Para no romper todas las costumbres, su amarga letra contrasta con su ritmo pegadizo y su alegre melodía.
El éxito que empezaban a vislumbrar en los Estados Unidos contrastaba con el clima interno del grupo. Primero fueron los hermanos Weir quienes abandonaron OMD, y finalmente en 1989 lo hizo Paul Humphreys. Poco después Cooper y Holmes también se marcharon para unirse a Humphreys en un nuevo proyecto, The Listening Pool. En 1994 publicaron su único disco, Still Life, ciertamente recomendable para quienes gusten del pop electrónico más sofisticado y elegante.
Estos abandonos convirtieron a OMD en prácticamente el proyecto en solitario de McCluskey, acompañado de diversos músicos de Liverpool en estudio y en sus actuaciones en vivo. Así fue durante toda la década de los 90, llegando a grabar tres discos. El primero fue Sugar Tax (1991), con canciones interesantes como Pandora’s box, Sailing on the seven seas, Call my name y una versión del Neon lights de Kraftwerk. El disco tuvo bastante éxito y la marca OMD parecía a salvo a pesar de la desbandada. En 1993 llegó Liberator, algo más orientado hacia el dance pop. No está mal, pero no tiene apenas interés dentro de la discografía del grupo. Algo mejor (no mucho) es Universal (1996), que además incluye lo que podríamos calificar como último éxito del grupo: Walking on the Milky Way Una canción que propició el final de OMD durante unos años, ya que McCluskey optó por disolver el proyecto ante la que él consideraba escasa repercusión que tuvo el single, que en su opinión estaba entre los mejores que había escrito nunca.

Una década duró el silencio de OMD. En 2006 fueron invitados a un programa de la televisión alemana a la que acudieron con su formación clásica. Hubo chispa, y se anunció su regreso. Primero con una gira celebrando los 25 años de Architecture & Morality, que fue reeditado con extras y material en vivo, y unos años después grabando su primer disco juntos en 20 años, History of Modern (2010). Un disco que demostró que el grupo no había vuelto solo por la fama, el dinero y para realizar giras de viejas glorias, sino que estaba en una buena forma compositiva.
De hecho, aunque lógicamente no han facturado singles de éxito como en los 80, tanto History of Modern como sus sucesores: English Electric (2013); The Punishment of Luxury (2017) y el más reciente Bauhaus Staircase (2023) no representan ningún borrón en su trayectoria. Al contrario, todos ellos, pero sobre todo los dos primeros, pueden considerarse sus mejores trabajos desde Dazzle Ships sin temor a exagerar. OMD son toda una leyenda, aunque sus últimos discos (hasta Bauhaus Staircase, que sorprendentemente llegó a alcanzar el número 2 en las listas principales) puntuaban alto solo en las listas independientes del Reino Unido.
Sus años de facturar éxitos masivos han quedado ya lejos, pero es de agradecer que no se limiten a vivir de sus canciones de hace 40 años y que se esfuercen por crear material nuevo. Además con varias canciones con cierta carga social y críticas con el sistema, especialmente en The Punishment of Luxury y Bauhaus Staircase, este último considerado como su disco más comprometido y politizado. En cualquier caso, su legado queda ahí y ha inspirado a multitud de grupos y artistas de música electrónica y dance. Tampoco podemos olvidar, aunque para ellos no fuera lo más importante, que han vendido más de 40 millones de discos. Y, para terminar, a fecha de hoy el grupo sigue en activo, así que no hay que descartar que vuelvan a dar la sorpresa con material nuevo. ¿Por qué no?









Deja un comentario