Foto de cabecera: editorial Almadía /
Emma Rodríguez © 2026 /
Todos los fines del mundo de la escritora mexicana Andrea Chapela es una novela hecha de reflexiones y de emociones, una historia que penetra en la intimidad de Angélica, Angie, la protagonista, en sus sentimientos, en sus experiencias y sus preguntas sobre el amor, la amistad, el deseo, la complejidad de las relaciones; pero que, al mismo tiempo, se ocupa del mundo, de este presente en el que somos conscientes del daño irreparable que hemos causado al planeta, del futuro incierto que nos aguarda, de ese horizonte ennegrecido para las futuras generaciones, que, esperemos, encuentren la manera de salvarse.
Me ha atrapado esta historia, publicada por Random House, que transcurre entre Madrid y México (su capital y otros entornos), hecha de capas, de tiempos y circunstancias que se cruzan, de rebeldías, pues es mucho lo que cuestiona, lo que remueve. Chapela construye una novela dentro de una novela, un mecanismo que nos enreda y descoloca, un trayecto narrativo en tres partes que vamos recorriendo guiados por una gran curiosidad, sorprendidos por los cambios que acaecen, tanto de situaciones como de escenarios. Todo gira alrededor de los interrogantes que va abriendo Angie en su afán por comprender lo que está sucediendo, lo que le sucede en compañía de Manu y Susana, sus amigos, sus amores.
AnDREA Chapela construye una novela dentro de una novela, un mecanismo que enreda y descoloca, un trayecto narrativo en tres partes que recorremos con una gran curiosidad, sorprendidos por los cambios tanto de situaciones como de escenarios.
La relación que entabla con ambos, un trío que no acaba de definirse, de reconocerse del todo, llevan a la joven a plantearse cómo quiere vivir y sentir, por qué ha de hacerlo siguiendo las reglas que marca la tradición, la sociedad. “¿En qué momento se nos enseña que solo hay una manera correcta de sentir las cosas?”, se pregunta. Y se responde a sí misma: “No lo sé, pero un día nuestra experiencia no calza en lo que espera la sociedad, lo que se discute todo el tiempo, lo que aparece en películas y libros, lo que vamos absorbiendo desde la infancia gracias a nuestros padres, tíos o amigos. Y la única explicación es que entonces no estamos sintiéndolo, no de verdad. / El deseo de tantas personas no cabe en esas cajas, se desborda, es cambiante y múltiple, no se queda estático. Es más, una persona puede sentir de muchas maneras diferentes a lo largo de su vida…”

Es complicado reducir la novela a una explicación, a un argumento, pues está atravesada de caminos, de indagaciones, de hallazgos. Podemos decir que se trata de una obra sobre el descubrimiento de la identidad, del amor, y, al mismo tiempo, describirla como una narración sobre los turbulentos tiempos que anteceden al posible colapso, al final del mundo tal como lo conocemos. Hay una pregunta que sirve de puente entre ambos planos: “¿Con quién pasarías el fin del mundo?” Se repite como el estribillo de una canción a lo largo del camino. Y la respuesta saca a la luz el abrazo, el cariño, el amor, en toda su amplitud, como único asidero.
Me ha encantado sumergirme en este libro sin claves previas, sin apenas pistas, dejándome llevar, aceptando sus momentos. Angie, una chica de ciencias que ama el teatro y lo convierte en su principal ocupación, acaba recurriendo a la ficción para nombrar las cosas, los sentimientos, para tomar distancia y capturar sus dudas. “Se supone que la ficción permite quitar el ruido de la vida, enfocarse para dejar que la verdad reluzca debajo de los detalles, para observar con claridad. ¿Existe un límite para la imaginación? ¿Cómo es posible que sea capaz de imaginar futuros que no han sucedido, pero no pueda captar el interior de otra persona?”, reflexiona.
Volviendo al asunto de cuál es el tema de la novela, de su carácter abierto, indagatorio, la narradora señala en un momento dado: “Hace años habría dicho que escribí una historia de amor, pero ¿puedo decir eso todavía? ¿O más bien es un manual de afectos? ¿O, quizá, el retrato de una experiencia inventada?”
Me gusta el carácter impreciso, la introspección, esa sensación de apertura que nos obliga a entrar en la historia, a dar vueltas a los asuntos que aborda. Hay muchos elementos, muchos hilos de los que tirar. Angie es la voz principal de esta historia que se desarrolla durante gran parte del camino como un largo monólogo, que se abre a la ciencia-ficción en su segunda parte y que incluye escenas teatrales en las que los tres personajes principales dialogan entre sí acerca de su relación, de la constatación de que juntos se complementan de un modo especial. “Cuando estamos los tres solos, tenemos una forma de ser que no surge con nadie más”, es una frase de Susana a la que se vuelve una y otra vez.
“Se supone que la ficción permite quitar el ruido de la vida, enfocarse para dejar que la verdad reluzca debajo de los detalles, para observar con claridad», reflexiona la protagonista de «Todos los Fines del mundo», una historia llena de caminos, de hallazgos.
Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990), que cuenta en su haber con una obra ya extensa, que la ha hecho merecedora del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por el libro de relatos Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio (editorial Almadía) y del Nacional de Literatura Juan José Arreola por otro conjunto de cuentos, Un año de servicio a la habitación (Editorial Universidad de Guadalajara), así como del Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez por Grados de miopía (Tierra adentro), nos estimula con su última entrega a pensar en lo mucho que coartan las convenciones, los encasillamientos, así como en la necesidad de encontrar palabras diferentes para nombrar los sentimientos; palabras que no significan lo mismo para todos.

Construye la autora mexicana una historia intimista, volcada hacia dentro, pero, al mismo tiempo, conectada con el afuera, con el tiempo que vivimos, con el que ya empezamos a vislumbrar. Su mirada se sitúa en un futuro que ya está llamando a la puerta. En el Madrid que habitan Susana, Manu y Angie, que llega a la capital española desde México para estudiar teatro, las temperaturas superan los cincuenta grados centígrados y hay días de extrema peligrosidad en los que suenan alarmas que indican a los ciudadanos que deben permanecer dentro de sus casas y no abrir las ventanas. Imposible no recordar el confinamiento a causa de la pandemia de Covid que hemos vivido recientemente y a la que se alude en la novela.
Los tres amigos comparten un edificio de microviviendas inteligentes y siguen las indicaciones de utilizar el mínimo de electricidad y encender los reguladores que mantienen el clima adecuado en el interior y protegen la estructura exterior de los edificios. Como el resto de la gente se han acostumbrado a los cortes de agua, de luz, de espacio, algo que se acaba aceptando, que se ve con normalidad. Asoman a la narración otros elementos futuristas como el “Hyper”, un sistema de transporte, de tubos al vacío, mucho más rápido que el avión y bastante más caro, que no necesita del uso de combustibles contaminantes.
En el Madrid que habitan Susana, Manu y Angie, las temperaturas superan los cincuenta grados centígrados y hay días en los que suenan alarmas que indican a los ciudadanos que deben permanecer dentro de sus casas y no abrir las ventanas.
“Hasta ese momento, el mundo se había adaptado para acomodar cada catástrofe climática, las heladas del invierno, los calores del verano, la falta de lluvias en algunas regiones, los terribles huracanes en otras. Pero la vida diaria, especialmente en los Países del Bienestar, seguía sin demasiados contratiempos”, va contando Angie, y yo pienso con profundo pesar, en este tramo de la lectura, en lo cercano que resulta todo, en la rapidez con que la fisonomía de nuestro planeta está cambiando, en la falta de reacción de los dirigentes del mundo, ciegos ante las catástrofes ya en marcha, dirigiendo sus pasos en la dirección más inadecuada; hacia la destrucción, el disparate, la crueldad, la violencia, la guerra… Y también reflexiono sobre la necesidad de seguir aferrándonos al amor, a la ternura; de seguir soñando, pese a todo, con mejores horizontes de futuro. Me conmueven los niños con sus juegos, los ancianos apegados a sus recuerdos y visiones, los jóvenes que se enamoran y planifican sus vidas en este mundo en el que les ha tocado vivir. Esta novela ha intensificado en mí muchas emociones.
La narradora ya está lejos de Madrid, de vuelta a su país, cuando rememora esos días de encierro, esas jornadas que en ocasiones pasó en compañía de sus amigos, afianzándose con el aislamiento, con el cautiverio, los vínculos, las complicidades. “Puedo olvidar que allá afuera el mundo se está yendo a la mierda cuando estamos aquí los tres”, confiesa, sacando a la luz esas conversaciones que, tras ver maratones de películas, giraban en torno a las relaciones, el amor, las parejas, mientras que en otros momentos se abrían a cuestiones tan serias como qué otro futuro puede haber en un mundo que se está muriendo, o abordaban la precariedad que les había tocado como generación, la importancia de mantener una vida digna: “Una vida digna es el agua y la comida y el tiempo, y no pasar nuestros días en una rutina capitalista que nos aliena de la gente, que nos hace olvidar que cada día no es igual al anterior (…) Nos han hecho creer que solo vale la pena vivir en una rutina de supervivencia. Pero hay que rechazar la supervivencia y elegir vivir”, recuerda Angie las palabras de Susana.

Cautivadora en sus diferentes direcciones, esta historia va más allá e imagina el colapso, la desconexión total (“poco a poco, el afuera se silenció y nos quedamos solos”). Andrea Chapela no nos da respiro, nos motiva a preguntarnos con quién pasaríamos el fin del mundo mientras nos atrapa con una historia paralela, de resistencia, adaptación, supervivencia, en la que el tiempo se mide de diferente manera y cobra sentido la comunidad. Angie es de nuevo la protagonista y la encontramos en un pueblito montañoso a las afueras de la capital mexicana.
Andrea Chapela nos motiva a preguntarnos con quién pasaríamos el fin del mundo mientras nos atrapa con una historia paralela, de resistencia, adaptación, supervivencia, en la que el tiempo se mide de diferente manera y cobra sentido la comunidad.
Prefiero no dar pistas sobre las circunstancias en que sucede todo, sobre las tramas de la que es una novela que nos enreda, que nos impacta, dentro de la novela. Opto por detenerme en algunos pasajes y elijo el del momento en que la protagonista menciona el miedo: “Miedo de no volver a sentirme como entonces, tan cómoda, tan querida, tan fascinada por alguien. Miedo a que, si la vida sigue así, se me olvide cómo abrazar a otro ser humano. Miedo a que el resto de mi vida se reduzca a prepararme constantemente para lo peor. ¿No necesitamos más que eso? ¿Dónde, en nuestros planes de futuro, entra la posibilidad de constatar nuestra humanidad, nuestra capacidad de querernos como algo más que compañeros de supervivencia?”
Me parece especialmente significativo este otro: “Alguna vez oí decir a alguien que la riqueza de la vida de una persona puede medirse a través de sus relaciones. ¿Conoció gente? ¿Se dejó conocer? ¿Arriesgó algo de quien era? ¿O pasó flotando por la vida, acumulando cosas, pero no amores? No sé si este “fin del mundo” es el definitivo o si alguien en un país lejano encontrará la solución y de repente, casi como por arte de magia, volveremos a estar todos conectados. Pero no como lo estábamos antes, sin saber acompañarnos, como si cada uno fuera una isla. Quisiera, si volvieran el Internet, los aviones, la posibilidad de comunicarnos y viajar, que encontráramos otras maneras de hacerlo. Maneras más humanas, menos frías, más cercanas. Que algo de la comunidad que hemos formado aquí sobreviva y se expanda”.
Y concluyo con un tercero: “Dicen que volvemos a los lugares que fueron importantes, donde fuimos felices, y yo digo que volvemos a las personas que fueron importantes, con quienes fuimos felices. Llevamos el cariño en el cuerpo. En lo profundo, en un impulso por otro ser humano. En la necesidad de piel con piel, ojos con ojos, voz con voz”.

Manu y Susana están presentes en todo momento, nunca desaparecen de los pensamientos de Angie, y vuelven a cobrar protagonismo en la tercera parte de esta novela hecha de encuentros y desencuentros, de silencios que dejan de serlo, de búsqueda de palabras para expresar lo más complicado, lo que late en el fondo, lo que está sumergido. Todo vuelve a cambiar en el último trecho del camino. “Querer siempre merece la pena”, piensa la protagonista, quien nos entrega unas hermosas palabras sobre la intimidad, “una red de experiencias, de afectos, de cariños, de intentos (exitosos y fallidos) de comunicación”, una red que “se construye día a día, gesto a gesto” y que hay que cuidar “para que nos sostenga en momentos difíciles”.
“Saltar, lanzarse al vacío, tomar riesgos, todo eso es más fácil cuando se tiene una red, la seguridad de que no tendremos que salvarnos solos. Y esa red no solo se crea en una pareja, a veces es más fácil tejerla con amigos, y, en vez de un solo eslabón, construir un sistema de cariño y apoyo. Da igual si algunas personas no están geográficamente cerca, la red puede funcionar aun en la distancia”, medita Angie.
“Querer siempre merece la pena”, piensa la protagonista, quien nos entrega unas hermosas palabras sobre la intimidad, una red que “se construye día a día, gesto a gesto” y que hay que cuidar “para que nos sostenga en momentos difíciles”.
Chapela nos sorprende de nuevo en el giro final de la historia. Los sentimientos de los tres protagonistas se aclaran, se definen, y cobran relevancia las reflexiones sobre la creación, sobre las capacidades del arte, del teatro, de la literatura, para sacar a la luz las verdades profundas, para consolar y acompañar. Concluye la escritora con una especie de epílogo en el que habla en primera persona sobre los impulsos que la llevaron a escribir Todos los fines del mundo.
“Me quedan todavía muchas preguntas sobre el estado de nuestro mundo, sobre la forma en que podemos estar juntos sin destruirnos, sobre la diferencia entre el amor y la amistad, sobre la necedad de tener esperanza. Nona Fernández [escritora chilena] me dijo una vez que, sin esperanza, mejor nos pegábamos un tiro. Recuerdo esto cuando me siento cínica, o cuando pienso en mi manera de existir en el mundo, en las contradicciones inherentes a la humanidad, en todo lo terrible que nos rodea. Quería escribir un libro esperanzador, acogedor, pero no ciego…”, nos hace saber Andrea Chapela. Particularmente agradezco a su novela, entre otras muchas cosas, la capacidad para desmontar tantas verdades asumidas, para dar cabida a tantas rebeldías, a tantas preguntas a las que seguir dando vueltas.
Todos los fines del mundo ha sido publicado por Random House.









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