Emma Rodríguez © 2026 /

“¿Por qué los hombres no me tratan como a un ser racional? ¿Por qué no me dicen cosas con sentido, ni comparten conmigo sus mejores ideas? ¿Por qué no me cuentan sus planes y ambiciones, ni me dejan disfrutar del auténtico hombre que hay en ellos o conocer quiénes son realmente en realidad?”, se pregunta la protagonista de El capricho de Anna, de Louise May Alcott.

“Nos hemos pasado todos estos años dando por hecho que los hombres se esmeraban tanto como nosotras y que sus ocupaciones tenían el mismo mérito. Suponíamos que mientras nosotras criábamos a los hijos, ellos escribían libros y pintaban cuadros. Nosotras hemos poblado el mundo, y ellos lo han civilizado. Sin embargo, ahora que sabemos leer ¿qué nos impide juzgar los resultados?”, leemos en Una sociedad de Virginia Woolf.

He elegido fragmentos de dos de los cuentos incluidos en la antología Si las mujeres mandasen, un conjunto de diecisiete “relatos de la primera ola feminista” que funcionan como un espejo, a través del tiempo, de la situación de las mujeres, de sus frustraciones, de sus padecimientos y anhelos, llevándonos a no olvidar la humillación, la sumisión, el trato de inferioridad al que fueron sometidas nuestras antepasadas, haciéndonos valorar también la capacidad fabuladora de quienes, a través de la pluma, se desprendieron de los rígidos corsés que la sociedad les imponía y vislumbraron otros horizontes.

En este interesante recorrido, además de las autoras ya citadas, nos acompañan: Jane Austen, Elizabeth Caroline Grey, Frederika Bremer, Amantine-Aurore-Lucile Dupin (George Sand), Mary Shelley, Mary Anne Evans (George Eliot), Mary E. Bradley Lane, Charlotte Perkins Gilman, Olive Schreiner, Kate Chopin, Begum Rokeya Sakhawat Hossain, Edith Wharton, Rosalía de Castro, Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) y Emilia Pardo Bazán. Lenguas, nacionalidades, circunstancias diversas, representadas por este grupo de mujeres (siglos XVIII, XIX y principios del XX), unidas por el convencimiento de que debían dar voz a sus iguales, sacar a la luz sus preocupaciones y sus sueños.

Es mucho lo que nos depara este hermoso libro, del que la editorial Siruela acaba de lanzar una segunda edición (la primera se publicó en 2020), a cargo de la editora, escritora y traductora María Casas Robla, quien señala en el prólogo que antes de que las mujeres fueran ciudadanas de pleno derecho en el mundo occidental –en la primera mitad del siglo XX– hubo algunas “letradas y letraheridas que decidieron hablar por aquellas que no podían ni sabían”.

Y lo hicieron en artículos de prensa, en panfletos y ensayos, en poemas, obras de teatro y cuentos, donde “iban construyendo, con voz de mujer, el relato de las injusticias, las desigualdades, el enclaustramiento, el ensañamiento o la tortura física o mental de las mujeres en aquella sociedad que las consideraba estúpidas y dependientes”, sigo las palabras de la prologuista, quien continúa: “Este es el hilo violeta que une todos los textos (…), por alejado que parezca de algunos de ellos. Unos muestran las restricciones que le impiden a la mujer formar parte activa de la sociedad civil; otros satirizan hasta provocarnos la risa alta y llana sobre la simpleza de una sociedad eminentemente masculina y sus intrincados protocolos, las escasas habilidades de los hombres y su comportamiento estereotipado respecto a las mujeres”.

Indica MarÍA Casas Robla, editora y prologuista de «SI las Mujeres mandasen», que antes de que las mujeres fueran ciudadanas de pleno derecho en el mundo occidental –primera mitad del siglo XX– hubo algunas “letradas y letraheridas que decidieron hablar por aquellas que no podían ni sabían”.

Son muchos los temas y los tonos que se despliegan en un conjunto de piezas que nos hacen viajar a un pasado que, pese a estar superado, sigue siendo el lugar al que siguen aspirando a regresar no pocos reaccionarios. Como indica Casas Robla, “hay relatos que, bajo pequeñas historias de la vida cotidiana, ocultan un análisis certero de la sociedad, en general, y otros más explícitamente políticos, como las utopías, en las que se muestra qué sería del mundo, del gran mundo y de los pequeños mundos, si las mujeres gobernasen”.

Nos dice la responsable de la edición que muchas de las autoras de esta antología ni siquiera se consideraban feministas y que “pocas de ellas fueron militantes activas en alguno de los movimientos que englobamos bajo la primera ola feminista”, pero no le cabe duda de que, “todas contribuyeron a que podamos entender por qué el feminismo se convirtió en un movimiento tan sólido a lo largo de tantos años”.

En este libro, a través de la ficción, encontramos el germen de una lucha llamada a transformar las sociedades. Son muchas las sorpresas que nos depara esta entrega que nos demuestra cuán cerca seguimos, en muchos aspectos, pese al tiempo transcurrido y los avances conseguidos, de muchos de las autoras; cuánto compartimos sensibilidades y esperamos cambios profundos en las estructuras, en los comportamientos, en los resortes de un mundo cada vez más alejado de la paz, del entendimiento, de la dignidad.

Retrato de Mary Wollstonecraft, realizado por John Opie hacia 1797.

Considero todo un acierto incluir en la entrega a dos voces reconocidas como precursoras del feminismo, que dan el contexto necesario para comprender mejor la época en la que escribieron todas las autoras, algunas de ellas escondidas bajo seudónimos. Así, a modo de prefacio, se incluye una breve narración, Mary, un relato, de Mary Wollstonecraft (1759-1797), y la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana de Olympe de Gouges (1748-1793). 

Ambas contribuyeron a sentar las bases “de la defensa de la dignidad, la inteligencia y el potencial humano de las mujeres”, apunta María Casas Robla, quien traza en su texto de introducción un rápido recorrido histórico por la lucha de la igualdad de género. Las ideas de Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, pueden considerarse “prefeministas”, pues el término feminista no se acuñó hasta 1890. La educación intelectual de las mujeres para que se pudieran convertir en ciudadanas de pleno derecho y adquirieran obligaciones cívicas, es algo primordial para ella, muy combativa con la “institución matrimonial como cárcel doméstica”, bajo la tiranía masculina. 

Figura de la Francia posrevolucionaria, Olympe de Gouges, por su parte, luchó firmemente para que las mujeres no fueran excluidas por el nuevo Estado de la ciudadanía con derechos civiles y políticos, pero la recién nacida República no las liberó en absoluto de las imposiciones familiares. Su vida fue segada por la guillotina, pero su obra fue un gran movimiento de avance, que marcó el rumbo a otras muchas mujeres, con gran impulso de las abolicionistas estadounidenses y las sufragistas inglesas en los siglos posteriores. En el prólogo se cita a figuras clave en el proceso de emancipación femenina en distintas partes del mundo, caso de Flora Tristán, Alexandra Kollontai, Emma Goldman, Clara Campoamor, Victoria Kent, María de Maeztu…

Entre mediados del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX se fecha la denominada “primera ola feminista”. Y en ese marco temporal se circunscriben todas las piezas de las autoras seleccionadas en la antología, a excepción de la de la escritora británica Jane Austen, que data de 1790 y lleva el título de Amor y amistad, una narración epistolar en la que la autora de obras tan célebres como Emma y Orgullo y prejuicio nos cuenta una historia, a modo de parodia de la novela romántica, en la que desmonta los tópicos vertidos sobre las mujeres, caso de su extrema sensibilidad como signo distintivo, que lleva a una de las protagonistas a desmayarse continuamente, mientras introduce críticas al poder despótico de los padres, “los grilletes de la autoridad parental”, que inducen a sus hijas a casarse por interés, de forma impuesta.

Virginia Woolf (1923).

Austen, que en vida publicó sus grandes novelas de manera anónima, siendo difundida su autoría por su hermano tras su muerte, abre un sorprendente recorrido, en cuyo tramo final nos encontramos con Virginia Woolf, quien hace acto de presencia con un original e irreverente relato titulado Una sociedad. En el mismo un grupo de intrépidas amigas decide ponerse a investigar, en distintas instituciones, la realidad de los logros de los hombres, llegando a la conclusión de que, en muchos casos, no son tan excelsos como les han hecho creer (por ejemplo, en lo que se refiere a la gran cantidad de libros basura que pueblan las bibliotecas).

Si bien no se puede discutir la erudición de los hombres, los avances y descubrimientos que han alcanzado, a lo largo del tiempo, en ámbitos como las ciencias, las matemáticas, la filosofía…, la pregunta que plantea esta pieza es: ¿Qué habrían logrado las mujeres si se les hubiese permitido, si hubiesen recibido la misma educación que ellos, si no hubiesen dedicado su vida exclusivamente a tener hijos y cuidarlos?

En «Una sociedad» de Virginia Woolf, un grupo de intrépidas amigas decide investigar, en distintas instituciones, la realidad de los logros de los hombres, llegando a la conclusión de que, en muchos casos, no son tan excelsos como les han hecho creer.

La respuesta hemos de encontrarla mirando a los últimos siglos, donde las mujeres han podido demostrar sus capacidades, allí donde han tenido las mismas oportunidades que los hombres, pese a todos los escollos que se han ido encontrando, y que siguen encontrando, en el camino, lejos de desprenderse del todo de los afianzados principios patriarcales. Virginia Woolf habla en este cuento de la maternidad, de la trampa de la castidad, de las mujeres creadoras (cita a Jane Austen, Charlotte Brontë, George Eliot), de las guerras… Una sociedad, como indica María Casas Robla, “es un buen resumen de “muchos de los asuntos que importaron a este innegable icono del feminismo, así como una muestra de un estilo menos experimental que el de sus grandes novelas y no exento de humor, algo de lo que Virginia, por poco creíble que pueda parecer cuando se resume su vida, no carecía”.

A través de narraciones utópicas, otras escritoras tiraron del hilo de la pregunta a la que conduce el relato de Woolf y nos llevan a imaginar qué pasaría si gobernaran las mujeres, qué tipo de sociedades surgirían. Es el caso de El sueño de Sultana, de la escritora bengalí musulmana Begum Rokeya Sakhawat Hossain, pionera del feminismo musulmán, quien tuvo la suerte de contar con un marido, partidario de la educación de las mujeres, que la animó a escribir. 

En su relato, que se desarrolla a la manera de un hermoso sueño, con ágiles toques de ironía, se retrata un mundo en el que las mujeres gobiernan, deciden, mientras los hombres permanecen encerrados en las casas, ocupándose de las tareas domésticas. El planteamiento es contrastar la realidad de la India, donde las mujeres viven bajo el dominio masculino, con esa ideal “Tierra de las Mujeres” que es visitada por Sultana, la protagonista, quien no puede dejar de sorprenderse ante una sociedad altamente avanzada científicamente, donde el poder pacífico del cerebro, de la inteligencia, ha sido capaz de ganar a la barbarie de las guerras. 

La reina de ese país tan diferente al suyo le explica los principios en los que se basan: “Desde nuestro punto de vista, la moralidad de los hombres no está a la altura, por lo que no nos gusta tratar con ellos. No codiciamos los territorios de otros pueblos; no luchamos por piedras preciosas (…); y tampoco envidiamos el trono del Pavo Real de ningún monarca. Nos sumergimos en las profundidades del océano del conocimiento en busca de gemas mucho más preciosas que la naturaleza ha reservado para nosotras y disfrutamos en la medida de lo posible de todos sus dones”.

En la misma línea, se sitúa Mizora. Un mundo de mujeres, de Mary E. Bradley Lane, autora estadounidense de esta única obra conocida, de la que se incluye un fragmento en la antología. El libro es “un antecedente directo” de la que es considerada la primera novela utópica feminista, Matriarcadia (Herland, 1915), de Charlotte Perkins Gilman. En ambas el gobierno está en manos de las mujeres, capaces de gestionar de una manera distinta a la de los hombres, con el propósito de imponer la paz.

La historia de Bradley Lane, que también elige el formato de una guía que va explicando a una visitante los principios que rigen a un país sin hombres al frente –después de una larga etapa de malas prácticas y rumbo hacia un poder absoluto por parte de un líder sumamente autoritario y con delirios de grandeza– muestra la eficacia y energía de las mujeres, que ponen la educación al alcance de todas, logrando grandes avances tecnológicos y científicos, al tiempo que eliminan la corrupción, el juego de intereses como base de los mandatos masculinos.

Perkins Gilman, la autora de la citada Matriarcadia, está presente en el recorrido con un relato enigmático, que, sin duda, es uno de mis favoritos. Se titula El empapelado amarillo y logra transmitir de manera sobrecogedora la sensación de asfixia de una mujer obligada a mantener reposo en una extraña casa donde las paredes parecen hablar y contar una historia perturbadora. La pieza refleja la manera en que durante mucho tiempo fue vista la depresión femenina (“una ligera tendencia a la histeria«), así como el cultivo de la escritura por parte de las mujeres. 

Charlotte Perkins Gilman logra transmitir en «El empapelado amarillo» la sensación de asfixia de una mujer obligada a mantener reposo en una extraña casa. La pieza refleja la manera en que durante mucho tiempo fue vista la depresión femenina Y el cultivo de la escritura por parte de las mujeres. 

La protagonista encuentra alivio escribiendo, una salida a las restricciones, a la opresión en el hogar, pero debe hacerlo a escondidas, pues sus cercanos, empezando por John, su marido médico, consideran que la ha hecho enfermar. Protector y supervisor, es él quien le impide tomar decisiones por sí misma, haciéndola sentir culpable si duda de su cariño y de sus constantes atenciones.

“Dice que, con la imaginación que tengo y con mi costumbre de inventar historias, un trastorno nervioso como el mío puede desembocar en todo tipo de fantasías difíciles de controlar, por lo que debería poner todo mi empeño y mi fuerza de voluntad en controlar esa tendencia. Así es que intento hacerle caso”. / “A veces me digo que, si al menos pudiera escribir un poco, eso me aliviaría de la presión de todas esas ideas descabelladas y podría descansar”, escuchamos a la protagonista de este relato “a medio camino entre el análisis psicológico y el cuento de terror”, en palabras de María Casas Robla, quien indica que está basado en una experiencia personal de la autora.

Charlotte Perkins Gilman (1900).

Impresiona la manera en que se va desarrollando, a la par que la protagonista se va transformando, entre los barrotes que siente la están cercando, cada vez más cerca de las imágenes que van apareciendo en la pared de la habitación donde está instalada. Mientras lo leía acudían a mí escenas representadas por la artista Francesca Woodman en sus fotografías, un trabajo donde exploró la relación con el espacio y sus desapariciones dentro de él, en paredes, en escurridizos rincones.

Otros relatos que me han cautivado, sorprendido, por distintos motivos, son: La historia de una hora, de Kate Chopin; El capricho de Anna, de Louise May Alcott; La muchacha invisible, de Mary Shelley; Vida soñada y vida. Un breve cuento africano, de Olive Schreiner, y Carta a Eduarda (Las literatas), de Rosalía de Castro. 

La narración de Chopin, “reconocida pionera de los movimientos por la emancipación de la mujer en los estados sureños de los Estados Unidos”, impacta con su eficacia y brevedad al contarnos la aventura de una mujer que, al enterarse de la muerte de su marido, se siente aliviada, aunque la cosa no se queda ahí… La de Louise May Alcott nos atrapa por el retrato de la enérgica protagonista, quien se cuestiona las normas de la sociedad de su tiempo, la supeditación de las mujeres a los hombres, su deseo de encontrar una pareja que no la aprecia solamente por su belleza, con la que sentirse una igual. 

Como indica la editora y autora del prólogo, el personaje central de Anna tiene mucho en común con la inolvidable Josephine March de Mujercitas, alter ego de la escritora, en cuya biografía adquiere relieve su unión a los abolicionistas y su creencia en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Ella fue de las primeras mujeres que se registraron para votar en Concord, la ciudad trascendentalista, movimiento que la nutrió, pues su padre, Amos Bronson Alcott, era compañero de Emerson, Thoreau y Margaret Fuller.

Con un fragmento de este cuento iniciaba este artículo. He aquí otro: “No quiero admiradores. Los he tenido a docenas y estoy harta de ellos. No me casaré con ningún hombre hasta que no le haya conocido en profundidad. Y ¿cómo podría hacerlo con este velo que se interpone entre ellos y nosotras? No pueden imaginar como soy en realidad, y yo necesito demostrarles a ellos y a mí misma que tengo un cerebro y un corazón, además de “un par de ojos angelicales”, “una regia figura” y “unos labios hechos para besar”.

Louise May Alcott (1832-1888).

El territorio de lo gótico es el que elige, cómo no podía ser de otra forma, Mary Shelley en su cuento La muchacha invisible, donde relata la historia de un faro mágico y de una muchacha que se aparece en sus entornos tras haber perdido a su amado por la intransigencia y crueldad de los familiares de este. En esta historia de amor trágica, entre atmósferas de mar embravecido, sombras de la noche y ruinas abandonadas, Shelley, cuya madre, Mary Wollstonecraft, murió a los pocos días de que naciera, y cuya vida estuvo atravesada de turbulencias, aborda, a su manera, como apunta Casas Robla, el tema de “las convenciones sociales y la falta de libertad que han convertido a la mujer en fantasma, en un ser pospuesto y sin entidad, oculto en las sombras, proscrito y vano”.

Por su parte, la escritora sudafricana Olive Schreiner, convencida feminista y pacifista, muy entregada a la lucha de los derechos humanos y por la igualdad y la independencia de Sudáfrica, nos acerca al racismo, al mundo del “apartheid”, en un cuento de gran dureza, donde narra la historia de una niña esclavizada. “Si los ángeles se encargaran de recoger todas las lágrimas que se han derramado en esta tierra, creo que las más amargas serían las de los niños”, leemos en este relato que habla de la falta de libertad, de las “criaturas que viven encadenadas”. Anota la prologuista que esta pieza es un precedente de los trabajos de Nadime Gordimer y J. M. Coetzee.

la escritora sudafricana Olive Schreiner, entregada a la lucha por la igualdad y la independencia de Sudáfrica, nos acerca al mundo del “apartheid”, en un cuento de gran dureza, donde narra la historia de una niña esclavizada.

Totalmente diferente el cariz de Las Literatas. Carta a Eduarda, un relato chispeante, mordaz, de la autora gallega Rosalía de Castro, donde la narradora avisa a un amiga de la fatal tentación de publicar sus textos, haciéndole saber que ella optó, “irritada contra los necios y las musas”, por romper y tirar a la papelera todo lo que había escrito.

No me resisto a transcribir este fragmento, que refleja tan bien lo que, sin duda, la escritora conocía de primera mano: “Esto es insoportable para una persona que tenga algún orgullo literario y algún sentimiento de poesía en el corazón; pero, sobre todo, amiga mía, tú no sabes lo que es ser escritora. Serlo como Jorge Sand vale algo; pero, de otro modo, ¡qué continuo tormento!; por la calle te señalan constantemente, y no para bien; y en todas partes murmuran de ti. Si vas a la tertulia y hablas de algo de lo que sabes, si te expresas siquiera en un lenguaje algo correcto, te llaman bachillera, dicen que te escuchas a ti misma, que lo quieres saber todo. Si guardas una prudente reserva, ¡qué fatua!, ¡qué orgullosa!; te desdeñas de hablar como no sea con literatos. Si te haces modesta por no entrar en vanas disputas dejas pasar desapercibidas las cuestiones con que te provocan; ¿en dónde está tu talento?; ni siquiera sabes entretener a la gente con una amena conversación. Si te agrada la sociedad, pretendes lucirte, quieres que se hable de ti, no hay función sin tarasca. Si vives apartada del trato de gentes, es que te haces la interesante, estás loca, tu carácter es atrabiliario e insoportable; pasas el día en deliquios poéticos, y la noche, contemplando las estrellas, como don Quijote. Las mujeres ponen de relieve hasta el más escondido de tus defectos, y los hombres no cesan de decirte siempre que pueden que una mujer de talento es una verdadera calamidad, que vale más casarse con la burra de Balaam, y que solo una tonta puede hacer la felicidad de un mortal varón”.

Pese al tono divertido, esta pieza es un espléndido retrato de su tiempo, e incluso en ciertos aspectos, del nuestro, donde tanta animadversión despiertan mujeres que brillan, que no callan ante las injusticias, que no se pliegan a las normas, principalmente, a día de hoy, las que se dedican a la política, aunque no solo.

Ya que Rosalia de Castro cita a George Sand, alias de Amantine-Aurore-Lucile Dupin, una mujer rebelde que se disfrazaba de hombre para poder deambular libremente por París y frecuentar lugares a los que las mujeres no podían acceder, bien merece la pena pasar las páginas de Cora, título de su relato elegido en esta antología, donde se ridiculiza el exceso de romanticismo, el provincianismo y las ridículas convenciones sociales, temas que también son abordados por otra mujer que escribió con seudónimo, Mary Anne Evans (George Eliot), en El hermano Jacob, un divertido relato de engaños y enredos.

Todos los cuentos que conforman Si las mujeres mandasen, tienen un indudable punto de interés. Os dejo que os dejéis sorprender por ellos, que descubráis vuestros propios relatos favoritos. Como señala María Casas Roblas en toda selección hay ausencias y esta no iba a ser la excepción, sobre todo porque el número de páginas ya es una obligada limitación, pero, sin duda, el conjunto ofrece no pocos atractivos, entre ellos el de acercarnos a autoras que desconocíamos, al tiempo que recuperamos la voz de otras a las que admiramos, y leemos, desde hace tiempo. Incide la prologuista en algo que mencionaba al principio de este texto, proximidad y complicidad que entablamos con muchas de las escritoras, con sus historias, pese al tiempo transcurrido.

Si las mujeres mandasen funciona como un espejo en el que mirarnos para darnos cuenta de lo mucho que se ha avanzado desde que todas sus protagonistas escribieron este ramillete de cuentos que nos siguen interesando, impactando, conmoviendo. Y también para ser conscientes de lo mucho que queda por hacer, con el ojo puesto en todos los movimientos de regresión que se dan a día de hoy, en la pervivencia de estereotipos, de ideas que siguen latiendo en lo más profundo de la sociedad. Muchos querrían volver atrás, pero la siembra de las luchas, de las palabras escritas, de las voces que se han alzado, es demasiado poderosa.

En Una sociedad, de Virginia Woolf, una de las protagonistas se pregunta cómo puede educar a su hija, planteándose si saber leer no acabará incluso siendo perjudicial para ella, si no es mejor vivir en la ignorancia. “No hay nada que puedas hacer, nada de nada. En cuanto aprenda a leer, solo hay una cosa en la que puedes enseñarle a creer, y es en sí misma”, le responde una de sus amigas. Me parece un buen final.

Si las mujeres mandasen. Relatos de la primera ola feminista, ha sido publicado por Siruela. Edición y prólogo de María Casas Robla.


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