Fotografía de cabecera CC Schorle /

Nacho Goberna © 2025 /


Prefacio LSDA 3×2025 |

Horas antes del lanzamiento de la nave tripulada Shenzhou-21 con destino a la estación orbital Tiangong, la taikonauta Nanji Siyu hizo un pacto consigo misma: una vez llegara a su nuevo hogar en el espacio exterior, comenzaría a contar en tiempo real las órbitas terrestres completadas por el “Palacio Celestial” en su incansable viaje alrededor de la Tierra. Mantener actualizada en su memoria la creciente cifra de vueltas al mundo durante seis meses y un día, tiempo previsto para la duración total de la misión, le serviría como una suerte de anclaje en su afán por no perder el equilibrio físico y emocional ante las sucesivas tensiones, inseguridades e incluso aparentes paradojas que, inevitablemente, irían aflorando como consecuencia de la alambicada relación entre las pautas terrestres, los ciclos solares, los patrones biológicos y cada uno de sus tres alteregos orbitales. 

Nanji abordó la Tiangong en la medianoche del 30 de julio de 2026. Con objeto de minimizar el vértigo espacial y adecuarse al ritmo circadiano humano, el tiempo de luz y oscuridad, de sueño y vigilia dentro de la estación orbital fue programado, desde la base en la milenaria capital del norte, para sincronizar los días y noches artificiales del interior de la estación con sus heterónimos del Centro de Control de Vuelos Espaciales de Beijing (BACC, por sus siglas en inglés).

Estación China de Investigación Orbital TIANGONG. Se pueden observar sus tres módulos acoplados hasta ahora: el módulo central TIANHE, y los dos módulos laboratorios, el WENTIAN y el MENGTIAN.

Mientras se liberaba de su casco, guantes y traje espacial, en el encapotado cielo nocturno que cubría la ciudad milenaria llovía lento. La tenue intensidad de las luces con las que el Palacio Celestial recibió a Siyu y sus tres compañeros, indicaba que el tiempo presente en el interior sería también su primera noche mimética. En el sistema de altavoces de la Tiangong podía escucharse un stream en vivo conectado con el hipnótico golpeteo de la lluvia sobre las ventanas del Centro de Control de Beijing. Al acceder a la zona de descanso de la estación y mirar a través de la pequeña ventana situada a la izquierda de su cabina del sueño, el espectáculo tantas veces imaginado en los estrictos meses de entrenamiento espacial la abrazó con una intensidad que robaba el aire. Durante unos fugaces segundos, agazapada en su fragilidad ante la inmensidad espacial, Nanji olvidó respirar. Con milimétrica cadencia, desplegando una inquietante belleza desconocida para la luz y el movimiento a ras de tierra, el fascinante zoótropo terrestre comenzó a girar. La suma pactada para sí antes del lanzamiento, estaba a punto de comenzar: una vuelta al mundo cada noventa minutos,16 amaneceres cada 24 horas, 27,600 kilómetros recorridos cada 3.600 segundos, 46.336 crepúsculos por presenciar hasta la finalización, seis meses y un día mediante, de la misión. Nanji respiró hondo.


Módulo Central «Tianhe» (Armonía de los Cielos) |

Islandia a vista de Estación Orbital.

En paralelo con los poliédricos misterios del espacio exterior, también en el globo terráqueo nos encontramos con hechos y cifras nativos que comparten frontera con lo asombroso, por no decir con lo inexplicable. Islandia y su vínculo umbilical con la mayoría de las más interesantes propuestas musicales neoclásicas nacidas a lo largo de lo que va de siglo XXI, es uno de esos sucesos inauditos. Teniendo en consideración que en 2024 la población islandesa era de tan solo 387,000 personas y siendo su superficie habitada de poco más de 20,000 km², no se puede evitar preguntarse cómo puede ser eso posible. Cierto es que, si presumiblemente la pequeña Tierra es la única portadora de vida inteligente dentro del extenso Sistema Solar, la “anomalía neoclásica islandesa” no debería sorprendernos demasiado. Descartando factores alienígenas o esotéricos propios de los expedientes X, para dar un explicación a dicho fenómeno nos inclinaríamos a pensar que, una vez más, la impredecible creatividad humana decidió emerger desde dónde, cuándo y cómo, tal vez nadie esperaba. 

Efectivamente, en el último cuarto de siglo, tanto la cantidad de las y los creadores islandeses como la extraordinaria calidad de sus obras, se han salido literalmente de escala, fuera de órbita. Clásica con destellos de Pop exquisito, Post-Rock, Electrónica y con origen rodeado de océano, insular, dando la vuelta al mundo y llenando de admiración los oídos de aquellos humanos y humanas sensibles a la emoción. ¿Qué hay en esa isla de piel volcánica y ADN cultural vikingo para que la creatividad de su panorama musical fluya como si nada, con una naturalidad pasmosa, como si de lava derramándose a borbotones en el Atlántico se tratara? Más allá de citar a inmortales cumbres sonoras como Björk o Sigur Ros, ambos ya  parte del panteón de dioses islandeses encabezados por Odín, nos permitimos recitar, admirados por los fascinantes significados nórdicos de las palabras que vinculan a las personas con sus herencias más ancestrales, algunos de los nombres que forman parte de ese fabuloso bosque de compositores y compositoras maestros en el arte de los mestizajes clásicos en el siglo XXI: Ólafur Arnalds («El heredero de los ancestros, hijo del que tiene el poder del águila»), Jóhann Jóhannsson «(Jóhann, hijo de Jóhann»), Hildur Guðnadóttir («La guerrera, hija de lo divino renovado»), Víkingur Olafsson («El Vikingo, hijo del Heredero de los Ancestros»), Gabriel Ólafs («El ángel mensajero, proveniente del linaje de los herederos»), Viktor Orri Árnason (hijo de Árni), Álfheiður Erla Guðmundsdóttir (honor de elfo, lavandera, hija de Guðmunds ), Eydís Evensen («La Diosa de la Isla, descendiente del Venturoso»)…


Módulo Laboratorio «Wentian» (Preguntar a los cielos) |

Ólafur Arnals junto a Nils Frahm, el músico alemán protagonista del anterior capítulo de «Los Susurros de Antàrtica»

De la misma manera que Nanji usaba la cuenta de las órbitas como anclaje, la extraordinaria obra del compositor y pianista islandés Olafur Arnalds se ha ido consolidando para una generación como punto de referencia sonoro en los territorios Post-Clásicos. Pulsar a pulsar, patrón a patrón, la originalidad y coherencia de su trayecto ha sido digna de honra. Desde sus inicios en 2007 con el álbum «Eulogy for Evolution» (Elogio a la evolución), hasta sus grabaciones más recientes, como el insultantemente bello «The World is Finally Quiet» (el mundo está finalmente en silencio) de 2024, Ólafur ha sabido cartografiar con maestría continentes sonoros donde las fronteras estilísticas dejan de estar valladas; donde la creatividad del autor es libre de balancearse entre los diferentes territorios. Mestizaje como palabra clave. Música Clásica, Electrónica, Dreampop y Ambiental cohabitando en la personal Rosa de los vientos del heredero de los ancestros.

Más allá de su sello como alquimista musical, diría que el compositor islandés anima a los taikonautas de sus obras a transfigurarse en equilibristas del tiempo suspendido. Bucle con bucle, respiración a respiración, nos da la bienvenida a su envolvente quietud pautada. En nuestra condición de oyentes, nos encontramos ante la constante incitación a dejarnos tomar por los cadenciosos arpegios, los fondos magmáticos y las sutiles líneas melódicas. Pianos y sintetizadores directrices son arropados por tersos violines y secciones de cuerda que, acompañadas de evocadoras resonancias y puntuales disonancias, quizás suplican ser abrazados por nuestra intimidad. La introspección emocional y espacial de la música de Arnalds está articulada partiendo de una austera sobriedad. A partir de esa argamasa propia, desarrolla con preciosismo de orfebre obras que son cuentos. Calladas unas, narradas con distintas voces aterciopeladas otras, las historias se suceden en sus ya casi dos décadas de discos bajo un nombre patronímico que apela a ancestros y águilas, a isla y a espacio exterior: «For Now I am Winter» (Por Ahora yo soy Invierno), «Only The Winds» (Solo los Vientos), Lost Song (La Canción Perdida), «Back To The Sky» (De Vuelta al Cielo)…


Módulo Laboratorio «Mengtian» (Soñar con los cielos)|

Vaya por delante que elegir dos referencias entre todo lo publicado por Arnalds —incluídos tanto sus álbumes bajo patronímico como las múltiples bandas sonoras de series y películas que ha firmado—, diríamos que viene a ser algo similar a una quimera, una suerte de propósito análogo a pretender recorrer en un par de días, e impulsado por un trineo capitaneado por preciosos Huskies, la isla más grande del planeta, la gigante Groenlandia situada a apenas 300 kilómetros del oeste de Islandia.

Una vez asumida la ingenuidad humana no solo como algo inevitable, también necesario, nos detenemos en el evocador disco «Island Songs» (2016), un proyecto colaborativo único donde Ólafur Arnalds, a lo largo de siete semanas, viajó por Islandia grabando una nueva canción en 7 lugares diferentes con 7 artistas locales. El objetivo de Ólafur consistió en desplegar un mapa musical telúrico, apegado a la tierra de sus ancestros, pero por encima de todo intensamente humano, emocional, anclado profundamente a las personas y comunidades de su país.

La canción que abre el disco, Árbakkin, donde podemos escuchar a Einar Georg Einarsson («Georg, el guerrero único, hijo de Einar»), poeta y profesor jubilado de lengua y literatura islandesa, eriza la piel. A modo de letanía secular, asistimos a la lectura de un poema en el que el propio Einar, expresándose en la bella lengua de las madres de isla, de su isla, asoma su vejez a la lejana niñez vivida. Hipnótica, envolvente, la narración en sí misma está inundada de música pronunciada que evoca calma. Poco a poco se va sumando a las palabras un acogedor piano. Tranquilo, pausado, es seguido por la sutil llegada de una ondulante marea de cuerdas que anuncia el silencio de la voz de Einar. Las palabras se esconden, son cubiertas. A partir de ese instante toma la palabra el más puro lenguaje instrumental, una preciosa sucesión de armonías y texturas destinadas a difuminarse para, ya en el final del cuento hecho música que es Árbakkin, dejar en soledad a la última oleada de decreciente piano. Ya en los últimos compases, el increíble piano menguante, desperdigado, se ve abocado a la vuelta a los orígenes de toda música, al silencio.

La sexta canción del álbum, Particles (Partículas), no sería tal sin el carácter sedoso de la voz de Nanna Hilmarsdóttir («Nanna, la hija de la batalla de Hilmar»). Tampoco sería lo que es sin la vertiente más cercana al Pop elegante, preciosista, que Ólafur Arnalds ha ido cultivado, más o menos intensamente según las etapas, desde sus inicios.

Siendo canciones tan diferentes entre sí, prestando atención a los códigos musicales que laten al otro lado de la escucha superficial, intentando trascender al análisis creativo a ras de álbum, resulta llamativo cómo se puede percibir en ambos temas, Árbakkin y Particles, una sintonía creativa sorprendente. Aquí también Ólafur convierte la voz en el centro de gravedad de un cuento hecho canción. Dos texturas y naturalezas vocales en las antípodas, pero ambas sosteniendo de raíz la propia razón de ser de la existencia del tema. Aquí también el piano, en este caso basado en acordes a tierra suavemente acariciados, marcando los lindes del territorio a habitar por el resto de elementos; aquí también el cuarteto de cuerda desplegando su aterciopelada intensidad a partir del momento en el que la voz, rezagándose primero y desapareciendo después, cede su protagonismo.

El viaje emocional que Ólafur Arnalds nos plantea en el que quizás sea su disco más íntimamente viajero, en «Islands Songs», exige una escucha pausada, respirada con tiento y tempo, pero también intensa, valiente, en todo caso alejada de las aburridas convenciones y clichés. Asumiendo como oyente las premisas antes citadas, apostaría una proa de Langskip decorada con una cabeza de dragón a que la belleza de los musicales territorios «de isla» por descubrir: emocionales, íntimos, susurrados hasta acaso lindar con lo secreto, les merecerá el misterio a muchos.

Un año antes de su personal peregrinación por la piel emocional de su matriz geográfica, de Islandia, Ólafur Arnalds se embarcó en su mayor «rara avis» hasta la fecha, hasta hoy, 29 de diciembre de 2025. En The Chopin Project» (2015), Ólafur abordó de manera arrojada, sin prejuicios estúpidos o invisibles cadenas de pretendida pureza musical, una reinterpretación íntima e innovadora de la música de Frédéric Chopin. Fueron los recuerdos con su abuela, quien siendo pequeño lo incitaba a escucharlo, los que tal vez lo motivaron para asumir semejante reto. El resultado fue definitivamente brillante, asombroso diríamos, y lo llevó a cabo en colaboración con Alice Sara Ott, reconocida pianista de ascendencia germano-japonesa y espectacular interprete de infinidad de grabaciones, con obras de compositores clásicos, recogidas bajo el catálogo del legendario sello discográfico Deutsche Grammophon.

Ólafur Arnalds & Alice Sara Ott en «The Academic Glinka Capella». Foto CC deepskyobject

En 2012, el productor, pianista y compositor contemporáneo Max Richter, británico de ascendencia alemana, quizás había abierto el camino de entablar diálogos valientes con el excepcional pasado musical europeo de las pasadas centurias. En su caso, Richter lo hizo al asumir el audaz reto de atreverse a «recomponer» las míticas «Cuatro Estaciones» de Vivaldi. Su disco, realmente bello, obtuvo de inmediato reconocimiento a nivel mundial.

La génesis del proyecto The Chopin Project de Arnalds y Ott orbitó alrededor, entre otras, de una premisa a nuestro entender certera: las grabaciones clásicas tradicionales, demasiado pulidas, perdían la autenticidad y el carácter único del sonido del piano del siglo XIX. Para capturar esa esencia, el «hijo del que tiene el poder del águila» y Sara Ott experimentaron con equipos de grabación vintage, pianos antiguos y lugares de grabación poco convencionales en Reykjavik. El resultado fue sorprendente: un sonido imperfecto, frágil, salvajemente orgánico y, por encima de todo, portador de una musicalidad extraordinaria, a prueba de siglo.

Larga vida al «El heredero de los ancestros, hijo del que tiene el poder del águila», a Ólafur Arnalds. «Skál!»

Ólafur Arnalds & Alice Sara Ott en «The Academic Glinka Capella». Foto CC deepskyobject

Epílogo |

En los auriculares de Nanji, orgullosa taikonauta de la Estación Orbital Tiangong, sonaba el álbum “The world is finally quiet” (el mundo está finalmente en silencio) del compositor y pianista Ólafur Arnalds. Al otro lado del cristal, Siyu pudo vislumbrar la asombrosa Islandia, probablemente el territorio más densamente creativo —en lo que a Música Neoclásica del siglo XXI se refiere— de todo el planeta Tierra. Imaginando contar vueltas al mundo en su primera noche mimética en el espacio exterior: una, dos, tres… Nanji cerró los ojos y se quedó dormida.

“Despierta, ha salido el Sol y voy a contemplar el alba”


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Una respuesta a «Ólafur Arnalds y las vueltas al mundo de la taikonauta Nanji Siyu»

  1. Precioso

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