Foto principal: Thomas Anderson y Leonardo Di Caprio rodando «Una batalla tras otra»/
Óscar Hernández Arteaga © 2025 /
He ido tres veces a ver Una batalla tras otra, la última película de Paul Thomas Anderson. No voy a hablar del argumento ni a hacer un resumen de su historia. Prefiero citar el ritmo narrativo, al lenguaje visual, la influencia de Tarantino, los hermanos Coen y Kubrick. Y destacar la escena final, huida o persecución final. En el cine casi te mareas al verla. No sé lo que comunica exactamente. El cine es así, el arte es así. Los significados son múltiples.
He estado unos días en Granada. He visto la Alhambra y mi amiga me pide que escriba sobre ello. Ha sido una visita turística pero también un reencuentro con la historia. Me pongo solemne, lo sé. Hubo una época en la que Granada simbolizaba el respeto y la convivencia de tres culturas. Me pierdo por las calles del antiguo barrio del Albaicín, plagado de Cármenes (típicas casas con jardín interior), y andando un poco me doy cuenta de que la gentrificación también ha llegado a la ciudad de Lorca. Cuando me acerco a ver la casa de verano del poeta, la Huerta de San Vicente, convertida en su museo y ubicada en un parque (la cosa fue al revés, hicieron un parque alrededor), me doy cuenta de que está situada en un barrio obrero, me paro en una terraza, pido una caña y agradezco la tapa de corvina frita, la mejor del viaje. En mi deambular solitario llego a la librería Picasso y me encuentro con los libros de Cioran.
La comunicación no es lo que está detrás de las palabras y menos de la escritura. Digo esto porque me doy cuenta de que el mensaje nunca llega o llega transformado, que todo puede ser una interpretación de una interpretación, una caída en el tiempo que diría Cioran, una pérdida de la inocencia. ¿No es acaso eso el conocimiento y el enredo de las palabras?, ¿no es acaso eso un silencio ruidoso? Alejado de la mística del asunto, creo que cuando hablamos nos distanciamos del mensaje.

Confieso que no paro de ver el programa Tu casa a juicio, que cuenta con una versión americana y otra canadiense. Las casas que aparecen están por encima de mis posibilidades. Se manejan unos precios increíbles. En uno de los episodios, como es habitual, la pareja protagonista se divide porque uno quiere quedarse y el otro marcharse, y quienes conducen la situación, el agente inmobiliario y el equipo de diseño, intentan ayudarles a decidir si valoran quedarse y renovar la casa o mudarse a otra vivienda. Mudarme a una nueva casa. Vivir una nueva vida. Ser otro. O ser yo en un sitio diferente. Acortar la distancia, llegar a un acuerdo, comunicar. El programa trata precisamente sobre eso: un acuerdo, un reencuentro, una historia de amor (como dice Stallone sobre Rocky).
Mientras estoy ocupado con este artículo, mi amiga me escribe y me pregunta sobre qué va y no sé qué contestarle. Me lanzo y ensayo una explicación: va sobre la comunicación y sobre cómo cuando hablamos casi nunca nos comunicamos, sobre cómo muchas de las veces o queremos saber o queremos hablar. No hay una comunicación completa. Y hablamos y hablamos y nos escribimos y nos escribimos. Ella me dice (me escribe): “Muy interesante”, con tres emoticonos que se quedan pensando con la mano en la barbilla.
Escucho a Facundo Cabral, Hugo Mora y Silvio Rodríguez. Estoy algo melancólico. «En estos días terribles / Asesinos del mundo», que diría Silvio. Recuerdo tantas guerras anónimas y alejadas y no puedo dejar de sentirme afortunado por no estar dentro de esos conflictos.
Ya rompí el hielo. La comunicación es posible con las palabras, pero no siempre. Es más, diría que muchas veces no perseguimos comunicarnos con las palabras. ¿Y con el arte? Creo que con la escritura, y con el arte en general, hay un empeño secreto por expresar y en última instancia, y sin querer (casi), comunicar. Es complicado…
Escribo frente a dos gatos. Me miran a veces pero casi siempre están a lo suyo. A veces los veo en esquinas opuestas. Siento que estoy invadiendo sus espacios o que, al menos, en ciertos momentos del día, me han acogido. No es lo mismo, lo sé. Quizás me comunican cosas secretas o quizás soy yo quien me pongo a interpretar obviedades gatunas. La interpretación infinita. A veces, uno de ellos, llamado Willy, se me acerca despacio y me pide (interpreto) que lo acaricie. Creo que era Gadamer el que hablaba del horizonte hermenéutico, algo así como que es imposible tener una interpretación definitiva de las cosas porque es un proceso de comprensión que no termina.
No es lo mismo comprender que comunicar. Pero cuando uno comunica es porque ha logrado que el otro comprenda lo comunicado, sigo reflexionando. Y vuelvo al principio de este texto preguntándome: ¿Qué pasa con la última película de Paul Thomas Anderson (P.T.A., a partir de ahora)? Este tipo se ha convertido en una institución casi secreta. Es recordado por Magnolia (con Tom Cruise) y por Pozos de ambición (con Daniel Day-Lewis). Mi favorita es Licorice pizza (la que dicen que es la más floja).
El otro día vi otra vez Puro vicio. ¡Qué buena es!. En fin… En Una batalla tras otra vuelve a adaptar (muy libremente) otra novela, Vineland, de Thomas Pynchon (ese escritor del que no se conoce ni una foto). Y encuentro semejanzas entre una historia y otra. Toda la movida de la revolución, de lo alternativo, del sistema corrompido; la crítica irónica a lo establecido y a lo solos que estamos. Y lo difícil que nos resulta comunicarnos con el otro. Mi amiga me dice al otro lado del teléfono (me escribe) que la comunicación se basa en la escucha. Puede ser, pienso.

Una batalla tras otra es una persecución tras otra. Los personajes son exagerados y algo grotescos. Pero a mi juicio funcionan. La película trata sobre la revolución o sobre la actitud revolucionaria, tan necesaria en estos días. Pero es en el fondo una historia de amor (como Rocky), una historia de amor entre un padre y su hija. Más allá de las tramas y subtramas; de los andamiajes de la ultraderecha; de la crítica a un estado de cosas que asusta; de la represión y la ignorancia; de la declinación de los mensajes obsoletos de la izquierda; de la caricatura de los militares y de los revolucionarios; de la tortura y la demagogia política, todo tan en boga en la actualidad, nos encontramos con una historia de amor, cruda y desesperada.
Creo que P.T.P., lo comunica bien. Y supongo que, en realidad, estoy hablando de las cosas inherentes, de las cosas que no podemos evitar. De lo que somos y de lo que queremos comunicar que somos (que casi siempre es distinto). El psicoanálisis se basa en esa diferencia (también inherente).
El amor es otro asunto serio, del que no puedo hablar aquí, demasiado complicado. Unos dicen que está basado en la comunicación (otra vez), yo me inclino a pensar que está basado en un delirio compartido.
Puro vicio (o Inherent Vice en el original) es, en los seguros marítimos, todo aquello que no se puede asegurar, lo imprevisible, los huevos que se rompen o el chocolate que se derrite. Me quedo con esa explicación de la película y pienso que eso es la vida. El amor, el habla, el delirio, la huida hacia delante, el arte, la comunicación, la necesidad de cambiar, de ser otro. Son ejercicios imprevisibles, un puro vicio. ¿Y no es la comunicación con uno mismo el peor de los vicios? Hablar y hablar y escucharse y no entender nada. Pero ese es el juego, me digo. Dejo el artículo aquí. O lo que sea esto. Y me despido hasta el próximo intento de comunicación fallida. ¿Me vale con eso? Más me vale que así sea, me digo. Las cosas inherentes, etcétera, etcétera.









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