Foto Cabecera: Celia Johnson y Trevor Jones en escena de Breve encuentro (David Lean) /
Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
En tiempos de guerra, de genocidios y conflictos horribles (todos retransmitidos por las redes sociales) y con una frivolidad que alimenta la insensibilidad aguda, a veces se me hace raro emocionarme y lo hago con ciertas cosas ñoñas, como las comedias románticas, y menos ñoñas, aunque igual de naifs, caso de alguna película del oeste clásico (quizás porque me recuerda a mi padre); o de otras como Big Fish, de Tim Burton, o la del niño que quiere bailar (Billy Elliot). También recuerdo llorar a moco tendido con el final de ET… Pertenezco a una generación a la que se le hizo un poco difícil eso de llorar sin vergüenza hasta ya pasados unos años. El hombre de la nueva masculinidad sensible se libera del encorsetado de las generaciones anteriores. En mi casa nunca se hablaba de emociones, simplemente salían en discusiones o en retiradas herméticas a algún espacio seguro, o a algún libro.
En días como estos, me pongo a revisar cierta filmografía como Breve encuentro, filme de David Lean de 1945, con una Celia Johnson trémula y sensible y un joven Trevor Jones, caballeroso y vulnerable, que nos muestra una masculinidad ajena a la época de posguerra. El texto de Noël Coward resalta la fineza de los sentimientos y la dialéctica que se establece entre la vida privada y las convenciones sociales. Una cárcel para el amor romántico. O el lugar perfecto para los amores prohibidos (de aquella época, años 40 del siglo pasado).
Después de un comienzo triste, se produce una apertura –en forma de flashback– al relato del affaire. La naturalidad de los primeros encuentros y el contexto temporal y transitorio (los protagonistas se conocen en una estación de tren) hace que la historia se convierta en una metáfora del paso por la vida emocional de los personajes, en un momento en el que interrumpen sus rutinas particulares. En el primer almuerzo ella insiste en pagar a medias y él le propone acompañarla al cine (uniéndose a la rutina de ella, que la lleva, una vez a la semana, a cambiar un libro en la biblioteca e ir al cine). Y unas cuantas citas después, en una conversación, él, que es médico, le cuenta algo sobre una enfermedad pulmonar, ocasionada por la inhalación del carbón en las minas, y Celia Johnson le dice que, de pronto, es como si fuera un niño, sin dejar de mirarlo. Ahí sabemos que se ha enamorado.

Hay un remake que he descubierto en la bendita Filmin, protagonizado por Richard Burton y Sophia Loren (casi nada). De entrada, y sin haber visto aún la película, me pareció que se intentaba dar un giro brutal con respecto a la original; un giro tal vez más acorde a los tiempos, más sensual (el remake es de los años 70). Pensé que Celia Johnson y Trevor Howard, con su estilo británico, físico delgado y espíritu sensible, cedían el lugar a la sensualidad de la italiana Sophia Loren y su partenaire galés, el también sensual y emocional Richard Burton.
Se trata de una adaptación televisiva de 1974, dirigida por un tal Alan Bridge, y de entrada tiene una puntuación de suficiente raspado en FilmAffinity. Pero tengo curiosidad por verla y me puse a ello. En la estación de tren se ve a Sophia Loren leyendo una novela de H. E. Bates, escritor conocido por sus obras dedicadas a la vida rural de la campiña inglesa. Una declaración de la vida tranquila (quizás aburrida) del personaje femenino. Tras unos minutos de visionado, no veo mucha sensualidad. Es un tanto oscura e inquietante. Y la música resulta un poco dramática. Decido interrumpir el visionado y me quedo pensando en la representación amorosa de los tiempos que corren. Hoy en día no se dedicaría tanto tiempo a un romance prohibido, se introducirían varios y serían casi simultáneos, superficiales y “tinderianos”. Sé que mi afirmación es un tanto injusta, aunque creo que no está demasiado desencaminada. No es que quiera volver a los tiempos encorsetados de antes. La represión y la clandestinidad son recursos literarios y cinematográficos para entender la psicología humana: deseamos lo que no tenemos.
Cambio de escenario, de película. Ojo con la reciente El caso Abel Trem, la película húngara que trata sobre un joven enamorado que suspende voluntariamente el examen final de historia y convierte la situación en una reivindicación de los derechos de la independencia húngara. La escarapela que lleva es el desencadenante de todo, el motivo inventado por el protagonista para defender sus derechos. Y curiosamente es utilizado por una joven periodista, con ansia de reconocimiento, para publicar un artículo que va a mover los cimientos sociales. Con el fondo de la historia europea (comunismo, nazismo…), pensamos en la utilización política de estos gestos. La escarapela, a día de hoy, representa la facción de la ultraderecha, los sentimientos de orgullo nacional (Viktor Orban es un buen ejemplo). La escarapela con la bandera húngara representa la revolución cívica del 15 de marzo de 1848. Llevarla puede levantar ampollas.

Todo el entramado resulta ridículo, porque se van a cargar a un profesor por lo que es algo menor, una chorrada. La película de Gábor Reisz vuelve a la historia de siempre, de las derechas y las izquierdas; a la instrumentalización política de las opiniones y las noticias inventadas, las “fake news”. Es una película brillante, que habla sobre la libertad de expresión. Ponerse la escarapela significa (supuestamente) estar de parte del partido de Viktor Orban, Fidesz). Pero lo cierto es que el protagonista (Abel Trem) es un burro en lo que respecta a sus conocimientos de historia.
Esta historia también mueve los sentimientos y las emociones. Sucede, como en estos días de locura y sangre, que la instrumentalización de los sentimientos te hace cada vez más insensible. La pareja del profesor le echa en cara que no está presente. Que está demasiado enfocado en una lucha dialéctica sobre la ultraderecha y la reducción de los derechos sociales y frente a eso el profesor se desespera por la estupidez crónica de los nacionalistas/fascistas. La reacción de Europa para mantenerse firme pasa por ignorar lo que ha ocurrido en el pasado. La exaltación de la patria es un peligro narrativo.
El último ensayo que estoy leyendo es el de Lola López Mondéjar, Sin relato. Habla de la atrofia que padecemos para contarnos y tener una narrativa coherente sobre nosotros mismos. La sobreestimulación de lo externo nos convierte en seres cognitivamente insatisfechos y fragmentados, y si a eso le sumas la desvinculación con el relato del otro, tienes un cóctel perfecto hecho de soledad, ansia y apatía, tan necesarios en la rueda del sistema capitalista para convertirnos en consumidores perfectos, con espíritu crítico nulo y afectividad mutilada. A eso lo denomina la autora la jibarización de la capacidad narrativa. Yo lo llamo una tremenda putada.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Orlando. Una obra de la escritora británica Virginia Woolf (1882-1941), con traducción de Borges (aunque él dice que fue su madre quien la tradujo). Releo la novela después de dos décadas. Había visto la película de los 90 con una Tilda Swinton, desconocida para mí cuando era niño, y me había cautivado. Paul B. Preciado utiliza la novela de Woolf, publicada en 1928, para hablar sobre su propia vida, en un documental que recomiendo y que se puede encontrar en Filmin, mi plataforma favorita, (que por cierto ha salido a la venta, triste noticia), y que se llama Orlando, mi biografía política. La novela se mantiene y el mensaje sobre la soledad y la identidad está más vigente que nunca. El protagonista se convierte en mujer en la página 105 (de la edición que manejo).

Paseaba tranquilo por la calle Heraclio, cuando me di cuenta de que la habían peatonalizado; de que podía dejar la acera y pasear por el asfalto. La peatonalización se acompañaba de unas pinturas en el suelo. Lo habían hecho durante la pandemia para estimular el comercio. El nombre de la calle, de las más conocidas y feas de la ciudad en la que vivo, me hace pensar –por similitud– en el filósofo griego Heráclito, quien decía que todo fluye y cambia y que lo que permanece es el cambio, pero en esta calle creo que nada cambia, aunque se haya peatonalizado. El río de Heráclito siempre me ha fascinado, nadamos en él como Paul Newman y Robert Redford en Dos hombres y un destino, arrojados como dos delincuentes que huyen para ser libres. La corriente nos lleva y nos seduce, nos convence y nos arroja al pasado y al futuro. Somos esa huida que no termina y el tiempo en el río de Heráclito no tiene consistencia, no puedes remontar el río ni ir hacia atrás, pero el río se repite incesantemente y sigues huyendo sin lograr huir. Creo que he idealizado eso de dedicarme a la Filosofía.
Me pillo un libro sobre Sócrates. Es una incógnita con patas. Nos han llegado testimonios y una creación ficticia de este personaje histórico (cuya semblanza es difícil de esbozar, hasta tal punto que su caso se ha llamado el problema de Sócrates): ¿Quién fue Sócrates? Sabemos (¿sabemos?) que nace aproximadamente en el año 469 antes de la era cristiana en la aldea Alopece (cercana a Atenas). Aquí me detengo un momento y busco la raíz de esta palabra que me recuerda a ese mal de la caída del pelo que muchos padecemos y que lo han terminado por llamar (me informo en Google) por la dichosa raíz griega del término latino del que deriva (alopex) y que significa zorro. El hecho de que el zorro mude su pelaje ha sido la razón por la que se llama alopecia a la alopecia. Vaya rollo para empezar mi inmersión en Sócrates (que por cierto era, al parecer, calvo).
La sustancia. No puedo con ella, lo intento y la termino de ver. Sé que es una crítica a la sociedad moderna y a la presión que sienten las mujeres sobre su cuerpo, el paso del tiempo y el envejecimiento. Sé que está llena de referencias cinematográficas: Hitchcock, Brian De Palma, David Cronenberg… Dejo de verla y me pongo M.A.S.H, de Robert Altman. Creo que me estoy refugiando en el cine. Es un manifiesto antibelicista y una crítica mordaz a los gobiernos de la época. Y sigue vigente. Las guerras y los genocidios; las intenciones de hacer un “resort” tras una matanza de miles de civiles deja a Hitler en pañales.
El cine, ¿puede hacernos mejores? Lo dudo, pero está bien intentarlo. Seguir viendo cine, asumir que las posibilidades de la ficción, si no nos hace mejores, sí nos abre a más preguntas, a más opciones. Sé que no es práctico, que no cumple la lógica capitalista del consumismo rápido e inconsciente.
Ha fallecido Gene Hackman. Tenía 95 años y fue encontrado junto a su esposa y uno de sus su perros, todos muertos en dramáticas circunstancias, según han revelado las fuentes de la investigación. Y me viene a la memoria alguna película que he visto de él últimamente. Sus interpretaciones siempre le dan un plus de naturalidad a la historia. Pienso en Arde Mississippi o en French Connection. También en La conversación.
Escucho el podcast de Sucedió una noche y me quedo con ganas de ver la película de Sam Peckinpah, Grupo salvaje. Un filme violento y del que John Wayne decía que había destruido el mito de las historias del Oeste. Veo los primeros veinte minutos, y no tiene nada que ver con las entregas del Oeste clásico. Es otra cosa. Los personajes son antihéroes, asfixiados por los años y en decadencia, que actúan a través de la violencia para sobrevivir.

Por último, acabo viendo La suerte de los Logan. He vuelto a ella después de mucho tiempo. Es una película entretenida y muy inteligente. Hace pensar en la vena cómica de los hermanos Coen, con un Daniel Craig divertidísimo e irreconocible. La dirige Steven Soderbergh y es el guión el que destaca.
¿Y a qué viene tanta película diferente, libro, o distracción? ¿Cuál es el hilo conductor? La propia vida con sus reveses de redes sociales, imágenes fragmentadas, responsabilidades remotas o simplemente esa velocidad falsa de los tiempos que corren. O que ya no corren tanto. Hay un florecimiento de la ultraderecha, la clase media es un delirio, me cuesta llegar a final de mes. Los alquileres son una quimera y aún pienso en la cultura como un refugio, y no como esa zanahoria del capitalismo que nos engancha a nuestra vida cómoda. ¿Qué hacer entonces?, me pregunto. La batería siempre está media agotada, el PC me advierte siempre que la energía es limitada, y sin embargo sigo.
Este año me he propuesto prepararme oposiciones de secundaria y pienso en términos de programación didáctica. Intervenir didácticamente con recursos y metodologías que sean relevantes. Me vuelvo a preguntar si mi intervención no tiene algo de adoctrinamiento y me convenzo de que en realidad la serie de contenidos curriculares surgen de un consenso democrático. Voy más allá y me vuelvo crítico, conmigo mismo y con mi estrategia. Quizás la cultura como producto heredado y prefabricado no sea la respuesta, quizás sea la pregunta, el punto de partida. Me dan ganas, a veces, de salir en días de lluvia como el pasado lunes de carnaval y gritar: “Albricias”. Sé que no hay nada que celebrar. Pero quizás ese sea el motivo, la conciencia de cómo el orden del mundo es una farsa y que en nuestras pequeñas-grandes vidas, nos morimos por intentar ser mejores, o simplemente ser. Me presento para profe de Filosofía. Siempre he idealizado ese trabajo. Enseñar a pensar, me digo. Enseñar a protestar, a cuestionar, a criticar (kantianamente hablando).
“Albricias”, grito. Y noto el agua de la lluvia en mis ojos de miope, en la boca, en el pelo, en la frente…









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