Imagen cabecera: ”Ulises y las sirenas” por Herbert James Draper (1909) /
Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
[Entradas de un diario ficticio. 26- 30 de Abril 2025]
26 de abril
00:11 H
Me propongo en esta crónica seguir con el recuento de películas y libros que me llenan de una sensación extraña, parecida a la felicidad. No voy a defender la cultura como si fuera un valor, más bien como una experiencia (que a veces es adictiva, como la propia escritura).
03:24 H
Empiezo escuchando la pieza de Maurice Jarre que compuso para The Mackintosh man (El hombre de Mackintosh), título de una película de John Huston de 1973. Ese hombre lo encarnaba Paul Newman. Y el tal Mackintosh era otro intérprete mayor cuyo nombre no recuerdo ahora. Es un filme de espías con una trama un tanto liosa. Lo que más me gusta es la música. Hay ciertas notas ahí que me hacen verme como un personaje de película. Esa identificación con una historia interna que te gustaría protagonizar o que ya estás protagonizando. Entiendo que he empezado este artículo de manera engañosa. Porque en realidad no empiezo nada. Maurice Jarre y su pieza musical están ahí y no hay una cronología. Es la necesidad de ordenar lo que escribimos. Ponerle un comienzo y un fin, cuando en realidad no es así.
Me he enterado de que Christopher Nolan está rodando una adaptación de la Odisea de Homero. Se ha dicho que Homero no era una sola persona y también se ha dicho que era una mujer. Homero significa ‘el que no ve’. Este ciego o ciega o ciegue, ofrece una serie de historias y de tramas que conforman lo que serán las novelas de aventuras con toques filosóficos, existencialistas, históricos, políticos, religiosos. No sé si es la primera, eso da igual. Estamos obsesionados con los rankings. Yo no controlo el griego para poder leerlo en ese idioma. Y el griego antiguo menos aún.
Leo traducciones de José Manuel Pabón, de Carlos García Gual. Son traducciones arcaizantes, porque están traducidas directamente del griego arcaico (y se decide traducir ese griego en un español arcaico) y eso puede tirar para atrás. Hay en la editorial Blackie Books una versión del inglés, más fluida y que recuerda a una novela burguesa (en palabras de Borges). Y luego está la adaptación rítmica de Agustín García Calvo. Casi nada. Recuerdo que la primera vez que leí este libro, me entusiasmó la aventura de Ulises (en la versión latina) (Odiseo en la versión griega) con la hechicera Circe. Esta lo quiere y lo secuestra, hace que los hombres de Ulises se conviertan en cerdos o puercos y de ahí el título de la novela de Luis Alemany (recientemente fallecido): Los puercos de Circe.
En mi juventud adolescente, allá por los principios del milenio, andaba perdido entre cafés donde se recitaba y se leía, y donde de vez en cuando aparecía alguno de los escritores locales con cierta notoriedad. Uno de ellos, a quien conocí, fue Alemany, que siempre residió en Santa Cruz de Tenerife. Tenía una pinta valleinclanesca (barba infinita y melena blanca) y solía llevar un vaso de whisky medio vacío. Me impresionaba por su aspecto, aunque más como el novelista de aquel experimento de los años 70, donde queda registro de la burguesía santacrucera. Sus puercos de Circe son refinados y cutres…

Pero sigo con Homero y finalmente me decido por la versión de la editorial Cátedra, algo novelesca también (aunque se trate de un poema épico, ya sabemos que es tradición oral y que se tiraba de memoria para ir cantando los versos donde se narran las aventuras del protagonista), y voy fabulando en mi cabeza sobre la versión cinematográfica que, seguro, será visualmente muy potente y con una estructura narrativa temporal, donde las narraciones irán entrando unas dentro de otras. Recordemos que la Odisea es una historia con historias, como Don Quijote. Y Nolan es experto en hacer tramas y subtramas hasta volvernos locos. Origen y Tenet son ejemplos notorios.
Cambiando de tema, pienso en Rosa Chacel y la publicación de sus diarios. Estoy leyendo para el podcast cabezadelibro a Rosa Chacel. Lo había intentado con su primera novela y no había manera de que la terminase. Pero con el primer volumen de sus diarios llamado Alcancía. Ida, es otra cosa. De entrada me recuerda a Mario Levrero y su Novela luminosa, donde se habla de la cotidianeidad y de los asuntos existencialistas más triviales y aburridos con una sinceridad y desnudez entretenida.
Levrero menciona a Chacel, por algo será. El marido de la escritora fue un pintor extremeño, responsable (entre otros) de salvar los cuadros del Museo del Prado durante el bombardeo nazi-franquista de la Guerra Civil española, casi nada. Pero el diario de Chacel es menos épico. Es todo, menos épico. Nada que ver con la Odisea (que ni es un diario, ni refleja lo cotidiano, aunque registre cosillas cotidianas, pero eso es otro tema) y por eso también me interesa, no consigue aburrir (de momento) y llevo ya 60 páginas. Hay escritores que nombran el bloqueo, la imposibilidad de escribir, hasta el punto de necesitar referirse constantemente a esa imposibilidad (Vila-Matas ha hecho su obra sobre este asunto, también sobre quien escribe sin una trama concreta), pero nadie habla del bache lector (como dice mi amigo Mariano), del bloqueo del lector cuando no encuentra qué leer. A mí Chacel me ha desbloqueado como lector hablándome de la escritura, de su oficio, de las novelas que tiene empezadas y de las tramas, de los personajes que van surgiendo alrededor. Ya ha pasado de los cincuenta, menciona a su marido Timo y a su hijo Carlos.
Habla de la literatura viva como esa literatura hecha a través de las cosas que conforman la experiencia de quien escribe y arrastra al lector a contemplar y reflexionar. Chacel tenía su casa en Copacabana y se aburría en ese tramo de su vida. Se entendía mejor con los argentinos y siempre ha llevado a cuestas su pasado español. Tenemos que recordar que estuvo exiliada durante cuarenta años. Esto cuenta en el programa A fondo de Joaquín Soler Serrano, en una entrevista de 1976 (un año antes de la muerte de su marido Timo), y ahí el bueno y grandilocuente Joaquín le hace uno de esos interrogatorios (Fernán Gómez llamaba así a las entrevistas), donde repasa exhaustivamente la vida y obra de Chacel.

En el momento de la entrevista Rosa ya estaba instalada desde hacía tres años en España y disfrutaba de la beca de creación literaria Guggenheim para terminar la novela que estaba haciendo por entonces (que si no me equivoco era El barrio de las Maravillas). Habla la autora de Proust, de Freud, de Ortega… Se refiere a la gran influencia que fue para ella El retrato del artista adolescente de Joyce.
03:41 H
Sobre Xita Rubert. Leyendo su última novela me entero de que es la hija del filósofo Xavier Rubert de Ventós, a quien descubrí hace más de diez años por un episodio de Imprescindibles de la 2 de TVE, donde salía conversando sobre todo lo humano y lo divino. Me acerqué a sus libros y no tuvieron el mismo efecto que ciertas ideas que escuché en aquella legendaria (para mí ahora) entrevista. Decía cosas como que quería que la vida lo pillara a contrapié.
Sobre Licorize Pizza, la película feliz de Paul Thomas Anderson. ¿Cómo era el mundo en los años de la infancia del director? El hijo de Seymur Hoffman nos ofrece un recital de actuación innato. Licorize Pizza en jerga o ‘slang’, significa disco de vinilo. Tenemos una historia de amor entre un chico de 15 años y una joven de 25 y de fondo una historia sobre un momento específico del San Francisco de principios de los 70, con crisis de petróleo incluida. Como siempre en el cine de Anderson, el estilo es reconocible, el lenguaje visual recuerda a Mike Nichols y a Robert Altman, entre otros. Historia coral, el punto de vista de la cámara hace que nos sumerjamos en las vicisitudes de sus protagonistas, que seamos testigos y que los acompañemos en su movimiento. Nos encontramos a un Bradley Cooper histriónico, psicópata y muy gracioso; a un Sean Penn chiflado por las motos y por sí mismo (homenaje a William Holden) y a un Tom Waits extraño (como siempre), completando con una semblanza caricaturesca este fresco casi felliniano.

28 de abril
09:30 H
Sobre Chacel y sus diarios. Es una obra maestra del aburrimiento y de la neurosis de un personaje que se crea a base de quejas y un registro de lo cotidiano que siempre parece algo sórdido y mediocre. Esta señora escribe muy bien y ha sido olvidada. Me decido a ver una película de Berlanga y Azcona, llamada Moros y cristianos y me pongo a googlear sobre la vida de José Luis López Vázquez, hasta terminar viendo la aparición del actor en la película de George Cukor, Viaje con mi tía (1973).
Algo parecido a la felicidad.
19:27 H
Massimo Troisi fallece el día después de finalizar el rodaje de Il postino (El cartero y Pablo Neruda). Muere de un infarto a los 41 años. Recuerdo ver la película en una época en la que no conocía a Neruda. El primer contacto que tuve con su poesía fue con 20 poemas de amor y una canción desesperada un año después de ver el filme. Pero esto lo he dicho con demasiada ligereza, quizás sea un recuerdo inventado. Sé que en la carrera nos hicieron leer la novela de Antonio Skármeta, y ahora mismo no sé si ya había visto la película basada en la misma.

Roberto Bolaño consideraba que Skármeta era un mal escritor, un escribidor (una diferencia que solía establecer). Y googleando un poco logro averiguar que Skármeta había hecho unos diez años antes una película sobre el mismo tema y que un año después sacó él mismo la novela. Entiendo que primero hizo el guión y dirigió el filme (que aquí se llamó Ardiente paciencia) y después escribió el libro en el que está basada la película de 1994, dirigida por Michael Radford (el director de El cartero siempre llama dos veces; la cosa va de carteros por lo que veo). Corroboro que en el guión colaboró también el protagonista, Massimo Troisi. Me parece una historia muy triste la de su muerte, sobre todo cuando escucho la música melancólica de la película. En fin, no sé si se ha entendido nada de lo que he escrito…
Me paso un millón de días buscando la manera de seguir y simplemente sigo (escuchen la canción A million days, del grupo sueco de rock psicodélico y más etiquetas, llamado The Amazing). Esto podría ser la letra de una canción, no sé si de ellos. Creo que la cultura te proporciona algo parecido a la felicidad. Y que nos engañamos buscando estructuras narrativas en lo que vivimos. Lo último que estoy leyendo es El coloso de Marusi de Henry Miller. Lo escribe cuando viaja a Grecia, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Y me recuerda muchísimo a Roberto Bolaño. Otra vez Bolaño.
29 abril
12:31
Cioran en Breviario de podredumbre y Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso comparten varios aspectos en común desde el punto de vista temático y filosófico. Aunque son autores muy distintos, leyendo a Barthes resonaron mis lecturas de juventud de Cioran y rebusqué en mi memoria algo de aquellos fragmentos cioranescos que siempre me parecieron la destilación estética de un Nietzsche del siglo XX. Pero basta de pedanterías. Voy al grano: algo parecido a la felicidad, cosas en común entre estos dos titanes de la filosofía del descontento (con prismas y estilos diferentes, Barthes estructuralista y semiólogo, se fija en los signos y en los discursos y los deconstruye para poder analizar la sociedad; Cioran, heredero de Kierkegard y Nietzsche, aplica un pesimismo existencial, estético, liberador y terapéutico.)

Barthes en este libro que tengo en mis manos (Fragmentos de un discurso amoroso), obra que siempre citan las filósofas de uno de los podcast, en mi opinión, más frescos y revitalizantes de los últimos tiempos (Punzadas), se estructura como una antología de discurso amoroso y llega a ser un libro muy popular en su época. Aplica la estética del dolor (muy cioranesco) al discurso amoroso. Ambos autores construyen sus disertaciones desde una subjetividad radical, confesional y muy íntima.
Ambos comparten un cierto malestar casi congénito, una melancolía que en Cioran llega a la desesperación filosófica. Ambos contemplan las contradicciones entre lo que sienten y lo que pueden expresar y por consiguiente se muestran escépticos con la capacidad del lenguaje para comunicar y expresar el vacío y el dolor. Lo curioso es que Cioran arremete contra Barthes y el estructuralismo. Pero en este punto íntimo, se encuentran estilísticamente de una manera muy potente. Encontrar estos puntos en común, conectar a autores que son aparentemente tan opuestos me lleva a confirmar la peregrina idea de que somos humanos desterrados que buscan algo parecido a la felicidad.

Por este camino acabo llegando al relato de Alberto Moravia Los escarabajos. Quizás uno de los cuentos cortos más lúcidos que he leído en años. Se trata de un monólogo interior con un final metafórico maravilloso. Habla de una madre que se confiesa y, al hacer recuento mental de la relación con su marido y con sus dos hijos, se descubre a sí misma como dos personas: la esposa y madre preocupada y sobreprotectora, por una parte, y, por la otra, la mujer que se queda sola analizando la mezquindad de cada uno de los miembros de su familia. La madre y la mujer sin reconciliación posible en un cuento casi fantástico. Léanlo ya.
30 de abril
01:10 H
¡Qué idiotez es esta de quererse a uno mismo! ¡Qué deriva de narcisismo! Como mucho deberíamos de aspirar a aceptarnos. Hablando con mi hermano el otro día, me soltó esto y creo que tiene toda la razón del mundo.
12:27 H
Bucles. Hay bucles en todo lo que hacemos, una repetición de muerte. Nada de esa repetición estilo danés existencialista. Y sin embargo es algo parecido a la felicidad. La cultura y sus consecuencias, su disfrute sinuoso y casi moribundo. Entrar en una inercia que reconforta y horroriza. Y luego toda esa fragmentación debido al consumo de las redes sociales y esos vídeos de cocina que duran lo justo para tu dosis de dopamina. La dopamina es una de las hormonas de la felicidad. No quiero seguir navegando (¿navegando?) por Internet. Es más bien un naufragio lo que necesito. Salir del caos y aburrirme, a la manera del gran apagón que en Canon de cámara oculta, la última novela de Vila-Matas, resetea y otorga vida de duración indefinida a los androides protagonistas. Saliendo de un apagón, de una desconexión, de una inercia programada, surge la vida, la imperfección. Algún análisis imperfecto sobre alguna película, canción o libro, un recuerdo inventado, un deseo. Vale.









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