Foto cabecera (cc) Schorle. Hania Rani en el INNtöne Jazzfestival 2021 /
Nacho Goberna © 2024 /
Prefacio LSDA 1×2024 |
Bienvenid@s a la recién nacida sección sumergida Los susurros de… Mi nombre es Antártica. Con el presente artículo iniciamos una serie de recorridos en los que, juntos, iremos atravesando paisajes musicales contemporáneos que merecen ser explorados. Sin ánimo enciclopédico, encauzados en el poder que la música tiene para emocionarnos, para hacernos sentir, nos sumergiremos en deslumbrantes perfiles de la Nueva Clásica y la Electrónica del sXXI, dos géneros a mi entender fascinantes. Los sucesivos capítulos se irán desplegando a lo largo de las futuras ediciones sumergidas. Somos viajeras. Comenzamos.
Las distancias |
Entre el Círculo Polar Antártico y la localidad polaca en la que naciste, Gdańsk, hay 16.000 Kilómetros. Hania, si ahora estuviera escuchando tu primer larga duración —Esja— desde un pequeño barco en el Océano Austral y en este preciso instante te hallaras en Varsovia o Berlín, las ciudades donde compusiste la mayoría de las canciones que lo integran, casi la mitad del planeta se extendería entre nosotros. Pero, ¿qué trascendencia tendría esa abrumadora distancia si, ante la cercanía de tus delicados relatos musicales, el medio mundo que separa los sueños australes de la Europa asomada a las auroras boreales, puedo dar fe que se volatilizaría? Interminables praderas sumergidas y cordilleras invertidas bajo un continuo del Gran Azul, el Mar Glacial Antártico y tomando su relevo el abarcador Atlántico, desvaneciéndose al enfrentarse a la mágica conexión musical conjurada, a lo largo de 45 minutos y un puñado de segundos, por los aterciopelados oleajes y mareas que son capaces de inducir los diez acogedores sentimientos Bálticos que decidiste separar de ti, derramándolos —del Latín diramae, separarse las ramas de un árbol— en tu asombroso primero.
La capacidad de contraer las distancias hasta hacerlas desaparecer, de convertirlas en lejanías quizás cuánticas y, más asombroso si cabe, el poder de redefinir la esencia del propio tiempo escuchado, son, a mi sentir, dos de los poderes insignia de esas entidades artísticas que me atreveré a nombrar para ti, Hania. Y lo haré con dos palabras evocadoras de viajes y aventuras, de mares e islas, de búsquedas y cofres escondidos: las ”canciones tesoro”.
El tiempo vivido |

Giro hacia el pasado y rememoro mis “fronteras imposibles”. Vuelvo a recitar a solas “los mapas no son perfectos, a años luz”. Déjame, te lo ruego, proyectarme a la medianoche del 31 de diciembre de 2019. Han transcurrido cinco años desde entonces. Aún sin ser realmente conscientes del común, ensimismados en nuestras lejanías más allá de dónde estuviéramos desperdigados a lo largo y ancho de los mapas conocidos, nos encontrábamos tú y yo y todos atrapados sin saberlo en una espiral destinada a la pesadilla, deslizándonos irremisiblemente hacia la telaraña del año imposible. En ese asistir absortos al creciente desarrollo de un tiempo desquiciado; avanzando incrédulos camino a una malvenida distopía que llenaría de meses malvividos millones de vidas, es más que posible que aún no fuéramos conscientes de la irrevocable necesidad que podía latir bajo cada respiración profunda, pero si diría que íbamos, aunque lentamente, cayendo en la cuenta de algo que nuestras sociedades han tendido siempre a intentar esconder bajo toneladas de propaganda de sí mismas: la inherente e indomable fragilidad de nuestra naturaleza; la inesquivable necesidad de cuidados que, queramos o no, nos caracteriza por nuestra condición humana.
Y en la primera hora de aquel 2020 que estaba al borde de desbocarse, a pocas semanas de romper en estampida, mientras escuchaba en la cama y con los ojos cerrados tu primero, Esja, sentí paz. Posiblemente lo elegí para transitar aquel cambio de año, de década, por sus cadencias, por su marcada personalidad y carácter diferencial, o quizás por su insultante belleza minimalista. ¿Y si fueron tus canciones las que me eligieron a mí? Algo sí sé, afirmo que el tiempo se detuvo, minutos sin segundos, y que en ese marco temporal inundado por una oleada de sentimientos bálticos, cesaron los ruidos y se comprimieron, casi hasta la inexistencia, miedos e incertidumbres. ¿Quién podía estar detrás de semejante caudal de sensibilidad, de semejante poder?,¿quién eras?
La Nueva Clásica Contemporánea |

De la mano de la discográfica Gondwana Records, sello fundado en Manchester en 2008 por el compositor y productor Matthew Halsall, tú, Hanna Raniszewska, pianista y compositora báltica —llamadme Hania Rani, nos dices—, tomaste, allá por abril de 2019, tierra firme en el efervescente paisaje musical que quizás podríamos denominar como «Clasicismo Contemporáneo«, una suma de corrientes creativas que, a mi modo de ver y escuchar, aman y son amadas —con o sin instrumentación sintetizada, sea digital o analógica, eso no es relevante— por la música electrónica. Pero hay más en ese polifacético “Nuevo Clasicismo” del veintiuno, por ejemplo una constante celebración del mestizaje creativo que, echando un vistazo a la historia de la música, no es raro que caracterice las décadas iniciales de los nuevos siglos. Sed de las fuentes de la Música Clásica en sus diferentes estadios cronológicos —susurremos a los inauditos y apabullantemente vigentes Bach, Satie— , o abriendo foco pensemos en corrientes vanguardistas del sXX como la Avantgarde y reconozcamos a compositores acostumbrados a habitar el borde de los acantilados creativos del sXX, creadores como John Cage, Brian Eno o, más cercanos en el tiempo, Ryūichi Sakamoto o Alva Noto, pero no nos detengamos ahí, según quién, según cómo o cuándo, tal vez destellos de Jazz, Pop o Folk.
En suma, practicando una suerte de alquimia musical, en todo caso derramando en una marmita sonora gotas de fuentes e influencias de orígenes diversos, «La Nueva Clásica» llegó y no dudo que permanecerá para alimentar nuestros sedientos oídos. Una compañera ideal a la hora de impulsarnos a reimaginar nuestros más íntimos tiempos y espacios. Permíteme, Hanna Raniszewska, recitar, tal vez a modo de oración, algunos de vuestros nombres y apellidos: Jóhann Jóhannsson, Hildur Guðnadóttir, Nils Frahm, Agnes Obel, Olafur Arnals, Akira Kosemura, Max Ritcher, Yann Tiersen… Hania Rani.
De Esja |

Tu primer álbum, el sublime Esja, lo grabaste entre Varsovia y Reykjavik. El Báltico asomándose al gigante Atlántico. El frío que nos une, tal vez el blanco de la nieve, el agua salada, salvaje, y el azul celeste de un cielo que, enfrentado al negro, las nubes y el viento, protagonizan, enmarcando tu perfil, la austeridad de la portada del disco.
No puede ser casualidad. Diez composiciones introspectivas, sugerentes, que nos acompañan con delicadeza. Un piano emergiendo en hipnóticas introducciones, en oleadas de corcheas que poco a poco van derramando líneas melódicas en las cuatro direcciones, y que deshaciéndose y reconstruyéndose, como la marea, vuelven y vuelven. De Hawaii Oslo (canción tres) al Sol (canción dos), un Edén (canción uno). Ahora, corre —Now, run— (canción diez). Tan lejos, tan cerca.
En código estrictamente personal, puedo prometerte que este álbum es uno de los discos que más me ha impresionado, tanto en primeras escuchas como una vez sólidamente asentado en mis querencias musicales, en lo que llevamos de siglo. Parte de esa opinión oceánica puedo racionalizarla y por tanto intentar contarla, compartirla —de ahí, supongo, este artículo—, pero otra parte, la visceral, irracional, salvaje, no. Para esa no hay idiomas ni traductores posible. Esa se queda dentro de mí, de mis sueños australes, como la cara oculta de la Luna Antártica, ausente de miradas, invisible, escondida.
Con Dobrawa |


Cuatro años antes, en 2015, publicaste en el prestigioso sello Deutsche Grammophon un iniciático disco compartido con la chelista Dobrawa Czocher, Biala Flaga. En ese precursor álbum, cuyo hilo argumental se desarrolla principalmente de la mano de canciones del músico polaco Grzegorz Zbigniew Ciechowski, decidiste incluir algunas pinceladas propias, cuento cinco, que percibo como encantadoras precuelas de lo que vendría. Semillas bálticas, códigos expresivos en proceso de construcción. Queda por definir, mucho que perfilar, pero lo que escucho va más allá de ser una primeriza versión Beta.
En 2021 repetiste experiencia con Dobrawa y sello, D.G. Su nombre: Inner Symphonies. Un bonito álbum en el que, como en todo lo que tocas, hay destellos, improntas creativas, que me trasladan a tu personal lenguaje musical, a tu mirada, a tus paisajes. Todas las canciones, salvo dos, están firmadas por ambas. De esas dos canciones en los márgenes de la autoría del disco, una lleva solo tu nombre: Demons —Demonios—.
Vuelvo a encuadrar el foco exclusivamente en ti. Permíteme, por favor, volver a casa…
Del Hogar [Home] |

Apenas trece meses después de Esja, estando inmersos nuestros días y noches en el desbocado tiempo vivido al que antes me referí, llegó tu segundo, Home. Y con ese álbum amanecieron a las canciones, en el pasado exclusivamente instrumentales, tanto la íntima naturaleza de tu fina, frágil, zigzagueante voz, como la tersa humanidad de tus letras. Emocionante escriba de ti misma, de tu mar interior, de tus sentimientos bálticos. Y los ecos y bucles sumergiéndolo todo. La electrónica, latente en Esja, reclamando de manera explícita su merecido espacio en tu personal cielo creativo. Secuencias, texturas y colores sintetizados convirtiéndose en compañeros de bóveda celeste de los orgánicos pianos. Y en la construcción de los temas la intuición de retazos de la música espiritual negra, de sus estructuras y cadencias. Pero siendo letanías rabiosamente humanistas, no hay en las letras o músicas ni diosas ni mitologías. Si acaso piel, sentimiento y una cercanía que, con ternura, invita a que aflore la empatía. Y si entorno los ojos atisbo, tal vez, imaginados hilos de Ariadna que me retrotraen a canciones tradicionales irlandesas. Recuerdo la voz de Van Morrison recitando una de ellas: “En ocasiones me siento como un niño sin madre, muy lejos de mi hogar”. Pronunciemos juntos, los tres, él, tú y yo, la palabra Hogar. Una voz la de Van, que en ciertos giros y en su textura puedo vincular con la tuya, ambas para mí felinas. Llámame loco.
Home, un disco precioso que se abre con una despedida hecha pregunta, “Are you leaving”, ¿Te vas?, repites, ¿Te vas? Palabras y sentimientos que son mantras. Y la palabra Hogar, como en el canto irlandés nacido bajo los cielos del mar de Morrison, desparramándose sobre la totalidad de los surcos digitales. Océano Atlántico, Mar de Irlanda, Mar del norte y tu mar, el Báltico. Diferentes geografías compartiendo sentimientos que no entienden de fronteras. Hasta en el último de los segundos, hasta en la última de las plegarias de tu segundo LP: “Come back home”, Vuelve a casa (…) “Home, I feel like home”, Hogar, me siento como en mi hogar, dices, pides, deseas, añoras, ruegas.
Entre Fantasmas [Ghosts] |

Tu tercero, Ghosts —Fantasmas—, llegó en octubre de 2023 proponiéndonos desde su apertura otra tierra —Oltra Terra (canción 1)—. Una nueva oleada de sentimientos bálticos te muestran tanteando diversidades, pero en paralelo sólida en el apego a tus orígenes, a tus códigos base. Cómo no, el piano en tus manos, evocador, entrañable, pero con renovados compañeros de aventura como el legendario sintetizador modular Moog, pionero entre pioneros de las fuentes de sonido analógicas desde su invención en 1964.
Tras un trepidante saludo inicial con Hello, canción donde emerge sin complejos una suerte de espíritu electro-house, la segunda, Don’t break my heart —No me rompas el corazón— me lleva a reconocerte en tu Hogar. Quizás podría decirte que conviertes en paradigma la fragilidad que siempre te ha acompañado. El título del tema esconde, al mostrarnos en él solo las cuatro primeras palabras de la primera frase que recitas desde el segundo cero de la canción; al robarnos la quinta y sexta palabras de la nueva letanía que compartes con nosotros, el mapa completo ante el que nos encontramos: “Don’t break my heart with truth” (“No me rompas el corazón con la verdad”)… “with truth” (“con la verdad”). Íntima Hania. A partir de ahí los paisajes se suceden como estaciones, cerrando con la minimalista Nostalgia, un último suspiro, tímido, recogido, un piano a solas, un nuevo hasta pronto.
En la Nostalgia |
En septiembre de 2024, hace apenas unas semanas, has publicado Nostalgia, un álbum en directo grabado casi en su integridad en Studio 1 de Varsovia. La canción que lo cierra y que da nombre al álbum, Nostalgia, fue la única geográficamente rebelde, siendo registrada en la londinense Roundhouse. Estamos ante un recopilatorio en vivo de canciones publicadas en discos anteriores. Muy interesante. Poco que añadir a lo ya escrito.
Panoramas fílmicos |
Music for films and Theater publicado en junio de 2021, On Giacometti publicado en febrero de 2022, la banda sonora Venice – infinitely Avantgarde en 2022 y al año siguiente, 2023, la música para Las flores perdidas de Alice Hart, una brillante serie original de Prime Vídeo a la que has contribuido con una fabulosa banda sonora.
En esos discos “cinematográficos” está tu sello: atmósferas sabiamente trazadas, tempos cautivadores… en todos te reconozco y admiro. ¿Podría ser de otra manera? Pero tal vez me asusta la vertiginosa sucesión de producciones. No quisiera que, como consecuencia de la velocidad del tiovivo compositivo al que estás entregada desde aquella primavera de 2019, en algún momento puedan llegar a difuminarse las fuerzas, los mapas, los propósitos. Recito de nuevo la palabra maestra, Fragilidad.
Tempos videográficos |
Los momentos-historias reflejados en las imágenes de tus vídeos son de una belleza y capacidad de evocación estremecedora. Poemas visuales que parecerían haber compartido tiempo y espacio de cuna con las canciones que los acogen, que los motivan y animan. En el mosaico creativo que define tu panorámico mundo creativo, Hania, cada tesela brilla. Gracias por tanto.
Los mares y N a d a |
Se acaba el tiempo. La primera noche de Antártica, mi primera noche, se desvanece. Habiendo invocado tantos mares y océanos a lo largo de este escrito, déjame lanzar al aire encapotado del Cantábrico, un pequeño mar situado en el Golfo de Vizcaya y fronterizo con el Atlantico Norte; un lugar del que guardo memoria de unos ojos grises y que visito intensamente en mis sueños australes, un pensamiento fugaz, tal vez peregrino: me pregunto la importancia en la vida, también en la creativa, de parar y respirar profundo y pausado para poder reencontrarse; para que en la aparente «nada», ese espacio-tiempo juguetón y generoso tan poco valorado por las sociedades atropelladas, todo pueda volver a ser reencontrado reimaginado, renacido. Alguien me dijo que ese asombroso lugar, íntimamente bullicioso e irreverente ante su nombre como ninguno, la N a d a, nos necesita tanto como nosotros la necesitamos a ella. ¿Será?

Puntos suspensivos |
Hoy es 14 de noviembre de 2024 y está amaneciendo en el Océano Austral. Mi nombre es Antártica, adoro la Nueva Clásica, la Electrónica Contemporánea, los Bosques de Té Verde y, especialmente en las horas de Luna, susurrar en torno a las canciones tesoro.
Vínculos Antárticos |
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