Foto cabecera (cc) Ice Boy Tel /

Nacho Goberna © 2024 /


Prefacio LSDA 2×2024 |

Los nativos de Los Susurros de Antártica iniciamos travesía con una primera entrega en la que nos reconocimos entre nosotros, pero no solo, también como parte de las teselas indígenas de un mosaico austral imaginario, una matrix lanzadera a partir de la cual embarcarnos en la búsqueda del asombro que habita en determinados paisajes insólitos desperdigados por el siglo musical en curso. Hablamos de un lugar-no-lugar que anhelando ser hogar, madriguera, busca a su vez devenir en marmita de pociones mágicas, una suerte de recipiente donde ir volcando sensaciones vinculadas a cada uno de los trayectos subjetivos emprendidos, y por supuesto a los hallazgos inauditos que ¿quién sabe?, tal vez podamos ir encontrando fruto de nuestro declarado afán aventurero. Un propósito dentro de un deseo: desplegar, en la intimidad e íntimamente, las caleidoscópicas cartografías de la denominada «Nueva Clásica Contemporánea«, un apasionante akelarre de corrientes creativas que permanecen en constante mutación.

Y así llegaron nuestros primeros movimientos, ¿recuerdas?, y no dudamos en dejar a nuestras espaldas hileras de cordilleras sumergidas con destino a las costas del este de un viejo continente que descansa sobre los restos fósiles de una memoria que fue en gran parte consumida, la de los bosques más antiguos del planeta. Somos Antártica, somos viajeras.


Conmovedoras, en la orilla de un río que fluye |

¿Serán determinantes los puntos de partida para decodificar los procesos y dinámicas de las sucesivas etapas creativas y emotivas que vamos trascendiendo a lo largo de nuestras vidas?

A cuatrocientos kilómetros aéreos de Gdańsk, municipio polaco donde nació la protagonista de nuestra anterior entrega susurrada, Hania Rani, los mirlos bálticos con tendencia a aventurarse pueden descubrir otro lugar de natalicio excepcional: una isla danesa de nombre evocador e historia longeva, Selandia. En sus entrañas vikingas se encuentra una plácida localidad residencial, al menos en apariencia y con permiso de las improntas Noir de los paisajes escandinavos, llamada Gentofte donde, en 1980,  llegó al mundo la protagonista de algunas de las más bellas pinceladas aportadas en los últimos tres lustros al creciente lienzo de las propuestas crossover clásicas contemporáneas: Agnes Obel.

El 4 de octubre de 2010 y con un otoño aún en cuna, la pianista y compositora decidió abrir las compuertas de sus arroyos creativos más íntimos, y lo hizo con un espectacular disco debut: “Philharmonics”. Encantador, dulce, cariñoso, un cofre lleno de pequeños tesoros que nos dejó a muchos preguntándonos cómo es posible dar vida, musicalmente, a la ternura de una manera tan conmovedora.  La aterciopelada expresión y textura vocal de Obel abrazando la sobriedad instrumental que es cobijada por cada uno de los temas. Las síncopas articulando teclas y cuerdas orgullosamente frágiles, profundamente acústicas. Acordes a tierra y austeros arpegios deslizándose a lo largo del álbum junto a una voz prístina y precisa en su labor, la de desplegar bellas líneas melódicas que invitan a focalizar en palabras que son cuentos. Una firma vocal que no teme subrayarse al ser procesada, por momentos doblada, y en ocasiones expandida al panorama estereofónico, escapando así del habitual centro de gravedad vocal. Coros ensimismados aportando atisbos de espíritu juguetón a las canciones y enigmáticos contrastes fluyendo, entre realidades aparentes y ensoñaciones, a lo largo de ese río de historias íntimas que es el álbum y que podemos sentir filtrarse en nuestros pensamientos como si fueran, tal vez, pequeñas reliquias de vivencias propias, suyas y nuestras, íntimas y compartidas. Canciones de cuna, ecos de niñez y juventud, del comenzar, de las Gymnopédies (1888) de Erik Satie, de sus Gnossiennes (1889-1897) o de El Rincón de los niños (1906-1908) de Claude Debussy.

El puente y los detectives |

Como también le ocurre a la adyacente Copenhague, el claro de tierra de Gen —Gentofte—se encuentra asomado al estrecho de Øresund, uno de los tres corredores marinos que comunican Báltico y Mar del Norte. Además de dos mares, El Sund separa a dos de las tres naciones con memorias de Thor, Dinamarca y Suecia. Sobre sus aguas y a lo largo de 16 kilómetros, un extenso puente entrelaza las tradiciones y, al menos en la ficción, a los cuerpos de seguridad de ambos países. 

El 21 de septiembre de 2011 comenzó su andadura televisiva la serie El Puente (Bron/Broen), una espléndida coproducción danesa-sueca en la que dos detectives escandinavos nativos de ambas orillas del puente de Øresund y con perfiles radicalmente diferentes, la osca Saga Norén de la comisaría de Malmö y el extrovertido danés Marin Rohde, se irán enfrentando a  sucesivas investigaciones articuladas bajo un evocador hilo conductor común que hará justicia al nombre de la serie. Colores nublados aportando una apagada paleta de tonos tanto a los paisajes como a las perturbadoras tramas policiacas. Bienvenidas a la oscuridad y los misterios escandinavos.

Panorámicas Nordic Noir |

Portada de «Aventine» de Agnes Obel.

¿Para qué negar la incertidumbre al intentar perfilar los mapas relativos al cuándo y cómo de los futuros trayectos?

El 30 de septiembre de 2013, 1.092 días después de ver la luz su primero, Agnes Obel decidió mostrarnos dónde estaba en aquel su nuevo ahora, y  lo hizo reafirmándose en la pauta de publicación entregada al nacimiento del otoño. En su segundo, “Aventine”, diría que Agnes se muestra emocional y artísticamente valiente, transparente, sincera. Ya desde la portada nos encontramos con una declaración de intenciones visual que arroja pocas dudas: tres años pueden ser mucho tiempo. Frente a la gama de colores abiertos, el procesado nostálgico de los tonos y la desafiante mirada frontal de “Philharmonics”, “Aventine” se presenta bajo una carátula en marcados claroscuros, opresiva tal vez . El contorno de un perfil que apenas es silueta y una sucesión de degradados nos incitan al recogimiento. ¿Por qué negarnos?

El sello fotográfico del retrato de Obel, que en la versión deluxe del disco es virada a escalas de tonos grises, me hace pensar en la sensible y duradera metodología de revelado basada en la gelatina de plata, proceso inventado en el sXIX y utilizado en el XX por iconos del arte de la fotografía como, entre otros, Henri Cartier-Bresson. Introspección dentro y fuera de los surcos analógicos, de los flujos de datos digitales. Los códigos de su lenguaje musical siguen ahí —paisajes sincopados, acústicos, voces envueltas en procesados aterciopelados—, pero las sucesivas canciones-cuento son narradas desde otros espacios interiores, asomadas a otros horizontes. Los sentimientos evocados no habitan, a mi modo de ver, los mismos pasajes emocionales. Canciones que inquietan, por momentos oscuras, en todo caso alejadas de la tierna dulzura de su primero. En Aventine se puede palpar un creciente misterio y melancolía.

Al escucharlo rememoro la vetusta fotografía de Laura Palmer en las pantallas de las televisiones de los primeros 90s. En las fronteras geográficas, creativas y emocionales vinculadas al Nordic Noir sonoro que, si presto atención, puedo sentir latir en diversos pasajes a lo largo del segundo larga duración de Obel, me atrevo a pronunciar dos palabras alejadas en el tiempo y el espacio pero que aún hoy permanecen inquietantes. Tan lejos, tan cerca, Twin Peaks.

Un bosque de reflejos, la dama y el Film noir |

¿Es posible que no sepamos con certeza cartesiana hacia dónde nos dirigimos?

“La dama de Shanghai” (The Lady from Shanghai / Orson Welles) se estrenó en 1947 y dejó para la historia del cine una de las escenas más emblemáticas e inquietantes del sXX. Un parque de atracciones, una habitación llena de espejos realimentándose, bucles de reflejos en constante movimiento, un laberinto de proyecciones destinadas a desaparecer… Film noir.

Saludamos un nuevo otoño. Es 21 de octubre de 2016. Han pasado 1.117 días desde “Aventine”. Me resisto a pensar que las recurrentes pautas temporales tienen algo que ver con la casualidad. En la portada vemos un bosque de reflejos superpuestos del perfil de Agnes enmarcados por un rango de colores acotado, casi monocromo, y un título, «Citizen of Glass» que quizás nos impele a viajar en el tiempo casi un siglo atrás para vernos enfrentados a otra de las grandiosas películas de Welles: Ciudadano Kane.

Siguiendo la estela de “Aventine”, profundizando en el misterio, también en la tristeza, tal vez en la confusión, alejándose aun más de su primero, de “Philharmonics», y sofisticando tanto el sonido como las líneas melódicas vocales, siento que la ciudadana de cristal se está replegando en sí misma, protegiéndose tras un grueso vidrio de todo aquello que percibe como amenaza. Por instantes se escuchan gotas del manierismo vocal de otra gran K., una que nada tiene que ver con el prepotente precursor de las mentiras en la prensa escrita, el magnate estadounidense William Randolph Hearst sobre el que se basa la K. de Charles Foster Kane, la K. de Rosebud, la K. de Welles. Me refiero a la británica Kate Bush.

La sucesión de canciones de Citizen derraman sobre el nuevo puzzle creativo que nos propone Obel en 2016, una extrañeza en las melodías, construcciones y desarrollos, que me resulta desconcertante. La reverberación, más presente en los diferentes elementos que en el pasado, especialmente en las voces, nos aleja de Agnes, y a ella de nosotros. Su uso creciente no creo que sea casual, anecdótico o meramente estético. Creo que hay más. ¿Nos teme?, ¿se teme?, ¿se esconde?

Al otro lado del espejo, una Reina de Corazones |

Portada de «Miopía» de Agnes Obel.

¿Sabemos en todo momento en qué paisajes emocionales y creativos se asientan los sherpas vitales también conocidos como sentimientos de pertenencia?

39 meses después de su Ciudadano de cristal, el 21 de febrero de 2020 llegó su cuarto álbum. No es otoño, es invierno, hace frío y ni arropándose es posible protegerse de la incertidumbre y zozobra en el comienzo del año desquiciado. En «Myopia«, Agnes Obel continúa deslizándose por el pozo de Alicia. Nos muestra la portada más perturbadora hasta ahora publicada por la danesa, tenebrista, una imagen que proyecta, a mis ojos, una profunda tristeza, real, tangible.

Cada vez más notorias las reverberaciones en los emblemáticos pianos, en las líneas de cellos, en las percusiones, y en la voz directriz y coros. Más esquiva, Obel se sitúa conscientemente alejada de nosotros, proyectándose en la distancia y acercándose, quién sabe, a otros entornos menos expuestos, más oníricos, como ¿El País del Conejo Blanco, del Gato de Cheshire y de la Reina de Corazones? Cada vez más en su mundo, en su adentro, ¿en sus miedos? Canciones de una compositora admirable, capaz, pero que me generan añoranza por lo escuchado en aquellas, las primeras respiraciones creativas de Obel publicadas en el otoño de 2010. Hecho de menos su ternura.

En las noches del Botánico |

AgnesObel en el Rough Trade East. Foto (CC) Paul Hudson

Cuando te vi en vivo en Las noches del Botánico en Madrid, junio 2021, pude percibir, además de lo que ya sabía —tu extraordinaria brillantez artística—, la sinceridad de la fragilidad que derramas en cada una de tus composiciones, músicas y letras. No mientes. No finges ser quien no eres.

En aquel concierto que nunca olvidaré, especialmente por haberlo compartido con mis personas tesoro, tuve a pocos metros a tres músicas que se entregaron al arte con intensidad: un piano, un violín, un chelo, sintetizadores, secuenciadores… y como marco del paisaje, abarcándolo todo, inundando cada espacio de las tablas con azules y cadenas de imágenes serpenteantes que no paraban de realimentarse, un conjunto de cámaras situadas de manera quirúrgica y enfocadas en ella, en ellas. ¿Un bosque de reflejos protegiendo a Agnes y a sus dos compañeras de escenario, agazapándolas detrás de un manantial caleidoscópico de composiciones visuales danzando hasta el infinito, sincronizadas con la música y las palabras que eran cuentos, siendo capturadas, transformadas y lanzadas sobre todas y todos, también sobre ellas, sobre sus cuerpos? Y nosotras y nosotros, y nuestras miradas, y nuestros iris contraídos por los movimientos e intensidades lumínicas, y lo onírico, y las armonías y las palabras contadas, y todo vivo, naciendo allí y entonces, generado en tiempo real. Y también las imperfecciones, y la densidad, y la fragilidad. Emocionante, estremecedor. ¿Más cerca de Myopia o Citizen que de Philharmonics?, sí. ¿Acaso podría haber sido de otra manera?. Que así sea.

Nadie lo sabe |

La Orilla de un Río fluyendo, el Hermano Sparrow quizás apareciendo una noche en tu ventana, la conmovedora ternura, el Estrecho de Sund separando dos mares y dos naciones, El Puente y los dos investigadores, tal vez ecos lejanos de Las Gymnopédies, de El Rincón de los Niños, de Twin Peaks, de La Dama de Shanghai, de Alicia en el país de las maravillas… ¿qué nos deparará el futuro? Nadie lo sabe.

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