Emma Rodríguez © 2025 /
En uno de los textos que componen El escriba sentado, que vuelve a poner en las librerías la editorial Altamarea, Manuel Vázquez Montalbán se pregunta: “¿Cómo lee un escritor a los otros escritores?” Y se refiere a los “desciframientos especiales” que puede proporcionar un creador sobre la obra de sus colegas, desciframientos que parten de la experiencia de la escritura por dentro y que no están al alcance de la “metodología convencional de la crítica”. Se define el autor como un “lector intruso” y nos lleva de la mano por un conjunto de piezas variadas que le permiten explorar y ahondar en territorios ajenos, observar el mundo desde ellos, implicarse y reflexionar a fondo.
Ha sido para mí toda una sorpresa acceder a los artículos, a los prólogos que escribió Vázquez Montalbán y que, en conjunto, además de proporcionarnos información sobre sus gustos literarios y sobre su formación –los fondos que nutren su propia obra–, trazan un retrato del autor, de sus ideas, de sus preocupaciones y convicciones, al tiempo que nos refrescan la memoria sobre la historia reciente y nos ayudan a entender las derivas de las sociedades occidentales hasta llegar al ahora.
Literatura, sociedad y política, están estrechamente relacionadas en el camino de este hombre, nacido en Barcelona en 1939 y al que la muerte alcanzó de improviso en uno de sus viajes a Bangkok en 2003, cuyo quehacer va mucho más allá de las aventuras del detective Carvalho, su popular serie de entregas policiacas. Novelista, periodista, poeta, ensayista y especialista gastronómico, autor de títulos como Los mares del Sur, Galíndez, Asesinato en el Comité Central, Sabotaje olímpico o Los pájaros de Bangkok, entre otros muchos, todo el trayecto de Vázquez Montalbán, en sus distintos campos de acción, se asienta sobre los pilares firmes del compromiso con el mundo que le tocó vivir. Adscrito a la política de izquierdas, su mirada, forjada en los principios del marxismo, es como un poderoso foco desde el que supo iluminar la realidad y sus sombras, hasta tal punto que algunas de sus observaciones, al hilo de determinadas lecturas, resultan altamente esclarecedoras respecto a muchas de las circunstancias que estamos atravesando.
Son muchos los tonos y las geografías de este libro cuyas páginas voy pasando, en el que nuestro protagonista tiende la mano a compañeros de oficio, clásicos y contemporáneos, entablando diálogos llenos de lucidez, acudiendo a sus obras como si fueran miradores desde los que observar mejor sus alrededores y lanzar puentes de entendimiento. “El escriba sentado” encabeza una serie de reflexiones sobre la operación de escribir en relación con el tiempo histórico”, señala en la nota introductoria, dejando claro el sendero desde un primer momento, y reconociendo que, junto a otra de sus publicaciones, La literatura en la construcción de la sociedad democrática, constituyen “la especial biografía de un escritor a través de la lectura de otros escritores”.
todo el trayecto de Vázquez Montalbán se asienta sobre los pilares firmes del compromiso con el mundo que le tocó vivir. su mirada, forjada en los principios del marxismo, es como un poderoso foco desde el que supo iluminar la realidad y sus sombras.
Ya en el texto que da título al volumen, Vázquez Montalbán deja bien clara su posición, su manera de situarse y de actuar, al establecer la diferenciación entre escribas sentados y no sentados, entre intelectuales dóciles con el poder e inconformistas (entre los que él se cuenta). “Aunque la connotación del escriba disidente sea reciente, más o menos fijada durante la Ilustración prerrevolucionaria, la historia ha ofrecido un continuado espectáculo entre escribas sentados y no sentados, entre ese intelectual mero reproductor o avalador directo o indirecto de la ideología dominante y su contrario, el especialista de la liberación, al que se ha referido Marcuse. Sacerdotes, latines y campanas por una parte, y por la otra, el hereje tratando de convertir las ideas de cambio en energía histórica por el procedimiento de inocularse a las masas”, argumenta.

Y más adelante, prosigue: “El siglo XX hereda la polémica sobre el subjetivismo o el objetivismo del compromiso intelectual con el movimiento obrero, sujeto contemporáneo de cambio histórico”. En muchos de sus escritos sobre las lecturas de otros autores, en los análisis que los acompañan, aparecen estos temas clave: el compromiso de los intelectuales, la clase obrera, los cambios sociales. En el que os estoy comentando se habla de la revolución rusa, de las marchas de Mao, de los intelectuales franceses de la “Rive Gauche”, corriente surgida en los años 30 del pasado siglo, con Sartre y Camus como dos de sus principales representantes. Vázquez Montalbán se refiere al “dique de papel contra el avance del fascismo” que construyeron, y también al “desencanto padecido por la mayor parte de ellos cuando se enteraron de casi todo lo concerniente al estalinismo como ejercicio de barbarie revolucionaria”.
El escritor considera fascinante aquel periodo de entreguerras en el que se enfrentaron “lo revolucionario y lo reaccionario” y en el que muchos intelectuales siguieron dando su voto de confianza al socialismo utópico porque, pese a los horrores del estalinismo, no había otra posibilidad de avance histórico. Se refiere también al “reflujo conservador y aplazador que significó la Segunda Guerra Mundial”, que dejó muchas causas en el aire y supuso “una redivisión del mundo en cotos de caza y el establecimiento paulatino del cilicio del mal menor en torno a las zonas más creadoras del cuerpo humano y social”.
Es muy profundo, muy interesante este texto en el que me he detenido. Dice mucho del pensamiento del autor, de su idea de la función transformadora de la literatura y el arte, de su defensa del compromiso, algo que a día de hoy tan poco se cultiva y que tantos se empeñan en considerar obsoleto, fuera de onda, falto de sentido, una dirección que ya Vazquez Montalbán percibió y criticó en su momento. Como continuación nos encontramos con otra pieza escrita por el autor diez años después del Mayo del 68 francés, “aquel mayo florido” en el que los estudiantes lo pusieron todo patas arriba. Aquello fue, señala, una “revolución eminentemente escénica”, pasando a analizar el apoyo a la misma de Sartre, del que nos dice: “va a morir sin ver la resolución del dilema entre socialismo y barbarie”.
Califica el Autor «aquel mayo florido» DEl 68 En FRANCIA como una «revolución eminentemente escénica», analizando el apoyo de Sartre, del que dice: «va a morir sin ver la resolución del dilema entre socialismo y barbarie».
Es complicado dar cuenta de todo lo que ofrece esta entrega en la que el escritor nos habla de las lecturas que le han acompañado desde sus inicios, entre ellas una obligada en sus estudios: la del Lazarillo de Tormes, que le lleva de pasada, a referirse al Quijote. La obra anónima, “que forma parte del origen mismo de la invención literaria en lengua castellana (…) se lee como una novela perfectamente ensamblada en la encrucijada de distintas lógicas: el desencanto ante la contradicción entre crecimiento imperial y miseria marginal, entre la verdad oficial y la verdad del subsuelo, entre el idealismo posmedieval renacentista y la primacía de la riqueza y el poder sobre cualquier otra consideración, incluso sobre los valores convencionales de las leyes que nos hacen a todos iguales”, explica.

Los derroteros literarios más próximos, de su cultura, de su lengua, entran en este libro. Manuel Vázquez Montalbán escribe sobre la Generación del 98, realizando un hondo análisis que parte de Pío Baroja, de sus contradicciones, para acabar haciendo un retrato de conjunto. Hace hincapié en la ambigüedad del grupo, en su talante pequeño-burgués, en sus papeles de “sumos sacerdotes de la religión cultural, en su templo fortaleza”. Se refiere a que pese a ser “gente culta, inteligente, dotada de sensibilidad verbal e imaginería, manifestaron, con excepción de Machado, una increíble miopía ante los orígenes y condicionamientos de los males sociales y nacionales que siempre denunciaron”.
No estaban preparados para “aceptar la explicación de la historia”, insiste, y lo argumenta, salvando siempre a Antonio Machado, que “puso en evidencia el sustrato intolerante que había en sus compañeros de generación, su dogmatismo, su esquematismo, su fanatismo relativista que en definitiva se empeñaba en ocultar el sendero tenebroso que conducía a la caverna donde se refugiaba un yo asustado por las desmesuras que iban alcanzando los tiempos”.
Es consciente nuestro hombre de la “evidente y literariamente controlada irritabilidad” con que ha tratado en su texto al que denomina “ramillete floral del 98”, sobre todo a Ortega; podría haber enfocado su escrito, se dice, sobre el aspecto indiscutible, menos incómodo y polémico, de la “grandeza cultural” del grupo. “Hay que leerles un tanto desarmados de fumigador ideológico, ser tolerantes con sus afeites y apreciar su valor de estación de tránsito en el recorrido de nuestra cultura”, escribe, señalando, ya centrado en Baroja, que era “el menos dotado para la coquetería”, el “menos ansioso de dominio y poder de todos los sumos sacerdotes de su tiempo”.
“Hay que leerles un tanto desarmados de fumigador ideológico, ser tolerantes con sus afeites y apreciar su valor de estación de tránsito en el recorrido de nuestra cultura”, Dice el autor de la Generación del 98.
Otra generación, la de los 50, ocupa distintos tramos del camino trazado en El escriba sentado. Vázquez Montalbán habla, desde la cercanía, de autores como Juan García Hortelano, Juan Marsé, Juan Goytisolo, Jesús Fernández Santos, a quienes dedica artículos, prólogos, y nombra repetidamente a Carlos Barral, a Jaime Gil de Biedma… Se echan en falta las voces femeninas en este recorrido. ¿Qué opinaba de las trayectorias de Ana María Matute, de Carmen Martín Gaite…? Apenas se nombran en esta selección; desconozco si en otros momentos escribió sobre ellas.
Apenas hay creadoras en este volumen, salvo en un apartado final, titulado Notas sobre literatos obvios, por orden alfabético –textos breves, condensados, llenos de mordacidad en ocasiones y también de lucidez–, donde hacen acto de aparición Agatha Christie, Marguerite Duras, Doris Lessing y Virginia Woolf. Cuatro escritoras de una lista de 26, en la que entran Cervantes, Borges, García Márquez, Lorca, Kafka, Joyce, Moravia, Thomas Mann, Nabokov… Muy significativo este vacío tratándose de alguien que seguía los avances de su tiempo (habla de la “ciudadanía femenina del universo”, al referirse a Lessing; de la “mirada feminista”, que “ha dado definitivo sentido a la obra de esta novelista intercontinental”).

Hecho este inciso, me centro en el que es uno de mis textos favoritos del trayecto, el dedicado, con total admiración y devoción, al escritor siciliano Leonardo Sciascia, quien, con su obra, según confiesa Montalbán, “golpeó fuertemente” su “conciencia lectora”. Sobre los motivos de ese impacto reflexiona con pausa, destacando desde un primer momento el distanciamiento de “la idolatría al lenguaje ensimismado” del escritor, periodista y político, autor, entre otras obras, de El contexto, Todo modo y El caso Aldo Moro, por nombrar las tres citadas por nuestro lector “intruso”.
“Sciascia era la prolongación del escritor que se enfrenta al desorden de la realidad, trata de descodificarlo y reordenarlo, mediante la arquitectura literaria, bien sea a través de la ficción, bien a través de un discurso analítico implacable como “L’affaire Moro”. Me llegaban noticias además de que Sciascia no limitaba su intervención a la seguridad que dan las cuatro paredes propicias de su laboratorio literario, sino que salía a la palestra mediática y decía lo que pensaba en artículos y otras intervenciones públicas”, seguimos leyendo.
Confiesa el escritor, en uno de los textos que componen «EL escriba sentado», que el autor siciliano Leonardo Sciascia “golpeó fuertemente” su “conciencia lectora”, destacando el distanciamiento del mismo de “la idolatría al lenguaje ensimismado”.
“Más de una vez mereció la ironía interesada de quienes consideran finiquitado el tipo de intelectual convertido en conciencia externa social, descalificación que han utilizado insidiosamente en estos últimos años para impedir el ejercicio de la crítica”, apunta a continuación, señalando a la “cultura conservadora” que “desacredita o aniquila al que sigue colocando bajo el microscopio de la sospecha al orden establecido y le pregunta desdeñosamente: “¿Qué cuestionas, si el orden ya es inevitable?”.
Os decía que este es uno de mis textos favoritos de El escriba sentado. Me interesa especialmente por lo mucho que Vázquez Montalban (que declara la influencia que la literatura italiana ejerció sobre él), se retrata, poniendo de manifiesto su afinidad con los intelectuales comprometidos, su complicidad con Sciascia, su “simpatía” por la “posición moral de partida” de este, que sale reforzada por el hecho de que “su principal instrumento analítico era la razón”.
“Un hijo de la cultura de las luces utilizaba la mirada crítica de los ilustrados para sancionar el sistema de relaciones y conductas derivado precisamente de la lógica interna del liberalismo económico y político”, señala, valorando también el crisol de culturas y géneros contenidos en la obra del escritor, su idealismo impulsor que siguió en pie pese a su desencanto final. Podría seguir transcribiendo párrafos y párrafos de este texto tan significativo, pero, si habéis llegado hasta aquí, os animo a que acudáis a este libro que contiene otros artículos reveladores sobre Dostoyevski; sobre Graham Green; sobre George Orwell y su novela 1984, que se hermana con Huxley (Un mundo feliz) y con el autor ruso Yevgueni Zamiatin, con su obra Nosotros. Tres autores de novelas visionarias, de distopías en las que, en mayor o menor grado, podemos reconocer rasgos de nuestro tiempo.

Vázquez Montalbán, que escribió este texto, titulado La literatura del miedo, cuando llegó 1984, nos dice: “Orwell temía este mundo en el que toda la verdad estuviera depositada en el Ministerio de la Verdad, pero poco podía imaginar que en 1984 para conseguir la alienación de las masas bastara con controlar sus necesidades y sus motivaciones, bastara con fomentar y controlar su conciencia consumidora”.
En otro de sus escritos, dedicado a la novela Extramuros de Fernández Santos, la trama de la obra, situada en un convento, alrededor del frágil y condenado amor entre dos monjas, le conduce a hablar de la corriente intelectual europea, principalmente italiana, que, desde fines de los años sesenta del siglo XX, “ha apostado por una imaginería según la cual el fin del segundo milenio tendrá acentos medievalistas”.
Este análisis, que relaciono con el hilo de la literatura distópica de Orwell y compañía, resulta muy interesante, visionario, visto ya con la perspectiva del convulso siglo XXI que estamos viviendo: “Signos económicos, sociales y culturales propician la sustitución de la economía del progreso continuo por la utopía del retorno a la Edad Media, como consecuencia del hundimiento de la quimera del progreso sin fin y de las consecuencias de la grave crisis cíclica padecida por el capitalismo desde comienzos de la década de los setenta”.
«poco podía imaginar Orwell que en 1984 para conseguir la alienación de las masas bastara con controlar sus necesidades y sus motivaciones, bastara con fomentar y controlar su conciencia consumidora”, señala Vázquez Montalbán.
La etapa de la dictadura franquista también ocupa trechos del camino que recorremos. Vázquez Montalbán sufrió en su propia carne el encarcelamiento debido a sus actividades políticas, pero son las vivencias extremas de otro autor, Jorge Semprún, víctima de los campos de concentración y conocido como legendario resistente, como luchador contra el fascismo bajo el nombre de Federico Sánchez, el que ocupa un capítulo del libro. Es el desdoblamiento, los dos perfiles de su protagonista, lo que interesa a Montalbán, quien hace una lectura detenida de Autobiografía de Federico Sánchez, una novela que parte de la memoria, que participa del “doble juego continuo entre personaje y autor”.
“El lector viaja por el interior del Partido Comunista, por el interior de la España franquista y por el interior de un Jorge Semprún lo suficientemente distanciado de Federico Sánchez como para darle estatura de personaje literario”, nos dice, explorando el desencanto respecto al PCE que experimentó Semprún en su momento y que entra en las páginas de su novela.
Antes me detenía en Sciascia y ahora quiero hacerlo en otro autor al que Vázquez Montalbán solía referirse al hablar de la novela policiaca, que él cultivó con éxito en su serie de Carvalho. Se trata del escritor de color Chester Himes, al que compara con Balzac por su contribución a ensanchar los cauces de la novela realista a través del género. De él, que merece toda su admiración, dice que miró a Harlem con la visión de dos policías negros y que acabó su vida en España, en la villa mediteránea de Gandía, casi de incógnito y desconocido “por una sociedad literaria ignorante de su convivencia con un escritor universalmente excepcional”.

Son muchas las revelaciones, las perspectivas, que nos depara este libro que culmina, a manera de epílogo, con un escrito dedicado a Salman Rushdie, a raíz de la condena lanzada sobre él por la publicación de su novela Los versos satánicos, considerada una blasfemia contra Mahoma por el régimen iraní del ayatolá Jomeini. Nuestro autor escribe el texto a la manera de una “carta a un artista seriamente amenazado por los dioses”, abordando en ella el tema del fanatismo y de la intransigencia de las religiones a lo largo de la historia, de su capacidad para inocular el miedo y coartar las libertades.
Es mucho, insisto, lo que nos ofrece este libro capaz de reavivar la memoria y de abrir el apetito lector. Termino ya mi repaso con un capítulo especialmente gozoso, el dedicado a Josep Pla y sus entornos, en la comarca del Bajo Ampurdán. Os aseguro que despierta las ganas de visitar los escenarios que contempló el autor de El cuaderno gris, acompañados de sus escritos. No deja de constatar Montalbán los estragos devastadores del turismo que se percibían en ese territorio campesino y de pescadores, por lo que nos hace saber: “Para llegar a redescubrir el paisaje del escritor hay que mirar por entre las rendijas de las tapias del desarrollo”.
El autor, lector “intruso”, asoma tras las entregas de los otros y yo pienso que, de algún modo, todos nos retratamos a través de los libros que elegimos, de esas obras capaces de conmovernos o de agitarnos profundamente. Quienes cultivamos la lectura como un nutriente esencial de nuestras vidas, sabemos que hay experiencias que nos han marcado, que han ampliado nuestra mirada, que han iluminado o ensombrecido nuestros días, que incluso nos han transformado.
Esta idea anima el recorrido de “Lecturas Sumergidas” y es una inspiración permanente para quien está escribiendo este artículo que, precisamente por eso, aparece en la sección “Una ventana propia”, una sección que pretende ser una especie de diario que da cabida a lo más personal, a las corrientes de afinidad, a los diálogos que se van abriendo entre unas lecturas y otras. Ahora que me pongo a dar vueltas a todo esto llego a la conclusión de que siempre que me pongo a hablar de un libro termino, en mayor o menor medida, y salvando las distancias, como Vázquez Montalbán, refiriéndome a mí misma: a mis gustos, a mis convicciones, a mis temores, a mis búsquedas. Seguro que os pasa lo mismo.
El escriba sentado de Manuel Vázquez Montalbán ha sido publicado, en una nueva edición, por la editorial Altamarea.





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