Emma Rodríguez © 2025 /

En uno de los cuentos incluidos en Un nombre para tu isla, libro de la escritora peruana Katya Adaui (Lima, 1977), leemos: “Todo se trata de dónde pones la luz, dónde la dejas caer. Si hay luz, hay sombra. Si hay sombra es porque hay luz”. La frase resulta clave en un conjunto de narraciones lleno de conversaciones, de acercamientos, de afectos, en el que los viajes, las mudanzas, los tránsitos, se convierten en un tema esencial, sin ser el único.

Hay un nutriente de vivencias personales en esta entrega que comienza con un viaje en avión y termina con un cambio de residencia, con una casa que debe ser vaciada para dar paso a otro capítulo, a otros paisajes. La autora, que lleva seis años viviendo en Buenos Aires, donde imparte talleres de escritura en la universidad pública, está experimentando un proceso de cambio que afecta a su manera de expresarse, de ser en comunidad, también de escribir. Después de obras más sombrías como Geografía de la oscuridad (también relatos) asoman aquí tonalidades más luminosas. No se evita la presencia del negro, de la violencia, que inevitablemente, hace acto de presencia, pero se introduce un poco de compasión, de risa, de alegría. 

Y otro aspecto a tener en cuenta es que, sin dejar de dar importancia al juego con el lenguaje, en Un nombre para tu isla cobra un mayor peso la narratividad, el discurrir de las tramas. Esta mujer que ama los cuentos –tanto escribirlos como leerlos– y que también cultiva la distancia larga, tiene la capacidad de mostrar, a partir de situaciones cotidianas, conocidas por todos, las incomodidades y las inconsistencias del tipo de vida de las sociedades desarrolladas, en las que tantas veces somos incapaces de reconocer que no hay que recorrer grandes distancias para encontrar el paraíso, la belleza; que la satisfacción puede originarse en los gestos más pequeños, más humildes, en los vínculos, en esas resistencias a lo que se supone que debemos ser y hacer.

La autora, que lleva seis años viviendo en Buenos Aires, donde imparte talleres de escritura en la universidad pública, está experimentando un proceso de cambio que afecta a su manera de expresarse, de ser en comunidad, también de escribir.

Además de la obra que nos ocupa y de la ya citada Geografía en la oscuridad, en el haber de Adaui destacan, a día de hoy, otros títulos de piezas breves como Aquí hay icebergs y Algo se nos ha escapado, además de las novelas Quiénes somos ahora y Nunca sabré lo que entiendo. Quien de niña disfrutaba escribiendo con limón, disfrutando con la magia de la tinta invisible, con esos mensajes secretos que emergían con el calor de la plancha, sigue entendiendo que la escritura consiste en mostrar lo oculto, lo que no es evidente a simple vista. A nuestra protagonista le gusta perderse para descubrir, viajar a lugares donde la espera gente querida, mirar desde ángulos no previstos, observar, conversar sin tener en cuenta el reloj. Todo ello se hace evidente en el diálogo que compartimos el pasado 5 de febrero en Madrid, en la sede de Páginas de Espuma, justo el día después de que la editorial celebrara sus 25 años de existencia, 25 años atravesados de cuentos de ayer y de hoy que quienes amamos el género no podemos dejar de agradecer. 

– Del conjunto de relatos que componen Un nombre para tu isla, en total siete, hay cuatro que giran alrededor de los desplazamientos, de los tránsitos. ¿De dónde surge este cauce?

– Pues creo que de esta idea, de esta pregunta tan contemporánea sobre si somos viajeros o turistas, cuando en realidad siempre somos lo segundo. Me interesaba mucho la incomodidad del tránsito y la ilusión de esas vacaciones placenteras que nunca son tales porque habitualmente salimos agotados de ellas, sin terminar de desconectar del todo. Quería escribir del malestar de la expectativa, de algo que al final no acaba de resultar como deseábamos.

– Tus personajes están en tránsito, fuera de sus entornos habituales, y eso ofrece una perspectiva de extrañamiento.

– Sí. Es como si siempre estuvieran echando algo de menos y a la vez se sintieran atravesados por el extrañamiento de no encajar allí donde están. Sucede que les roban, les molestan, les quitan algo, y tampoco son entendidos cuando quieren dar. Se da una anomalía que tiene que ver también con el espíritu de época de querer pertenecer y no poder.

Después de obras más sombrías , en «Un nombre para tu isla» asoman tonalidades más luminosas. No se evita la presencia del negro, de la violencia, que inevitablemente, hace acto de presencia, pero se introduce un poco de compasión, de risa, de alegría. 

– En dos de los cuentos, en Isla grande y Camalotes, trabajas de forma muy directa con el anhelo, con esas expectativas que no se cumplen, como ya has comentado. La distancia entre el deseo y la realidad es un foco poderoso. Y también está presente la idea del viaje como escapatoria, como solución a los conflictos del día a día… Una idea que se trunca muy pronto, al ser conscientes de que el paraíso buscado no existe, no puede estar fuera.

– Es así. Yo tenía muy presente esto que decía César Aira de que viajar solo vale la pena si uno lleva consigo su vida. Y es muy frecuente que la gente, como mis personajes, entre en esa fase de negación ilusionista, como de pensamiento mágico, de que todo va a estar bien cuando lleguen al nuevo lugar, como si la vida se solucionara por el mero cambio de paisaje. Lo cierto es que siempre estamos perseguidos por quienes somos y por quienes son los demás. Y yo en estos cuentos he pensado, sobre todo, en la clase media, en lo mucho que trabajamos para llegar a otros sitios, para tener vacaciones. Hemos ahorrado tanto, le hemos puesto tanto esfuerzo, y al final… ¿Cuál sería esa vacación que uno puede pagar para poder descansar realmente? Están los hijos, que nos siguen llamando; está la vida que sigue ocurriendo alrededor… Me puse a dar vueltas a todo esto, a esa especie de fastidio por querer dejar de ser por un rato quienes somos y por no poder lograrlo, ya que seguimos siendo los mismos, estemos donde estemos, y los otros también. Ahora recuerdo la noticia del chico que alquiló un apartamento con vistas al mar y era una simple pegatina en un vídeo. A veces la vida es algo así. Lo hacemos todo para que ocurra lo mejor y no sucede.

– El viaje como escapatoria a los problemas, a los miedos e inquietudes asociados a un lugar, a unas circunstancias, es realmente un tema muy interesante.

–  El viaje sigue siendo algo profundamente idealizado y romantizado, cuando ya no queda prácticamente nada por descubrir. Vemos a gente mostrando fotos de Machu Picchu o comentando algo sobre Turquía como si lo estuviera viendo o diciendo por primera vez, como si no existieran milenarias crónicas de viajes sobre esos lugares. Esto tiene que ver con el ansia por demostrar que lo estás pasando bien. Me vienen ahora a la cabeza esas situaciones en las que alguien comenta: “Vi tus fotos, ¡qué maravilloso todo!”, y en la posible respuesta: “Bueno, no sabes, me robaron, sufrí picaduras, no todo fue tan bonito…” La verdad es que no hay escapatoria posible. Si tú no estás bien, vayas donde vayas, tampoco vas a estar bien. 

– Bueno, no todo es desencanto en tu libro. La pareja de Isla grande, acaba encontrando, no sin dificultades, un trocito de ese paraíso.

– Claro que sí. Escribí ese cuento pensando en que terminaría muy mal, pero me fue llevando en la dirección contraria, y me dije: “Voy a dejar que las cosas conduzcan también a la paz, a la ilusión. No voy a interferir… Acá hay amor. Esta pareja se quiere, pero no desea que todo se convierta en hacer largas caminatas para llegar a este lugar y a este otro. Ellos lo que desean es llegar y lanzarse al agua, no que todo sea un esfuerzo”. Entonces opté por darles ese solaz, la promesa de un mañana mejor… Esto es algo muy habitual al escribir. Empiezas tu cuento con una idea y controlas lo que puedes controlar, pero a partir de ahí es el cuento el que te lleva y en mi caso no me resisto, lo entrego todo. Aquí se trataba de iluminar. Los primeros cuentos del libro pertenecen mucho más a la luz; luego viene un niño que lo cambia todo, que oscurece algo las páginas, y, al final, me parece, hay como un repunte.

– Leyendo los relatos pienso también en la idea de los viajes, del turismo, como una especie de imposición social. No eres nadie si no viajas. Ahí está esa idea de las vacaciones, del viaje, no para descubrir otras culturas, para propiciar el acercamiento a los otros, tan diferentes en muchos casos, sino para aparentar, para hacerse las fotos y colgarlas en las redes sociales; para dejar constancia de que estuve aquí, y aquí y aquí… En Isla grande el protagonista llega a decir: “No quiero ser turista, no tengo que conocerlo todo”. Es una declaración muy significativa.

– Cuando tenía veintitantos años yo también experimenté ese ansia por viajar. Me decía: “No conozco Argentina, no conozco Colombia, no he ido a tantos sitios…” Pero, después, con la edad, empecé a darme cuenta de que lo que quería era viajar a ciudades en las hubiera personas queridas; donde pudiera conversar en mi idioma, entenderme con la otra persona, conocer las casas de la gente. No quería estar caminando todo el rato con google maps. Yo me pierdo mucho y pienso que hay algo en el perderse que nos asusta profundamente, como si a la vuelta de la esquina nos fueran a robar en cualquier momento. Ahora se viaja con el recelo a cuestas y la maleta se convierte en una carga para la mente. ¿Dónde la dejas? Todo se convierte en un incordio, el hotel te decepciona, la arena no es la que pensabas… Este libro se burla un poco de todo eso. 

– Podríamos decir que, de alguna manera, son cuentos antiturísticos, aunque sobre ellos sobrevuela una mirada compasiva…

– Bueno, yo también, por mi propio trabajo, suelo viajar mucho. Los libros me llevan a viajar y eso me gusta. Pero lo que busco es el encuentro, no el desencuentro. Y estas historias tratan del encuentro y el desencuentro permanente. Me interesaba, además, reflejar el cuidado del lugar al que vamos, plasmar la situación depredatoria que se da cada vez más. Vengo de un país extractivista, donde todo está vendido de algún modo, y me preocupa cómo el turismo funciona para ciertos barrios, para otros no. Es fuente de alegría y al mismo tiempo provoca una eclosión de cosas negativas, funestas, extractivistas. Aquí he querido mostrar estas inquietudes sin hacer una bajada de línea, sin subrayar demasiado la ecología, el feminismo, con sus propios lenguajes, para evitar caer en la cosa panfletaria… Todo puede estar dicho subrepticiamente, pero sin convertirse en un gran letrero. Me preocupaba todo esto, pero quería hacerlo “caleta”, como decimos en Perú, por lo bajito.

«hay algo en el perderse que nos asusta profundamente, como si a la vuelta de la esquina nos fueran a robar en cualquier momento. Ahora se viaja con el recelo a cuestas y la maleta se convierte en una carga para la mente», señala KatYa Adaui.

– “Si hay sombra es porque hay luz”, dice uno de los personajes. Esta podría ser una de las claves del libro, tal vez ya estaba en otros. ¿Cómo  conectas esta entrega con otras anteriores?

– La verdad es que me he dado cuenta de lo conectados que están mis libros, aunque el estilo de este sea muy diferente al de los anteriores. En Aquí hay icebergs está la idea del iceberg que va surgiendo, del mismo modo que las islas, que no es que aparezcan de un día para otro, sino que están sedimentándose durante años y años. Pienso que lo mismo ocurre con los cuentos. No los estás escribiendo, pero sí los estás creando en tu cabeza. En cuanto a lo de la sombra y la luz que comentas, sí. Es una idea clave, pero no fui consciente de ello hasta que terminé de escribir Un nombre para tu isla, que cierra lo que podría denominar una serie de libros de duelo y abre otra forma de escritura un poco más piadosa. Este es un libro más narrativo; hay lenguaje, pero hay narración también y mucho más diálogo. Me importaba que la gente conversara, ver si se entendía, llegar a la conclusión de que a veces se entiende.

– Las amigas de Camalotes descubren que la amistad y el cuidado entre ellas, es lo realmente importante, más allá del lugar en el que se encuentren, de lo maravilloso, o no, que este pueda ser.

– En efecto. Yo vivo actualmente en Buenos Aires y hay una frase que se utiliza mucho, del mismo modo que en Perú: “A mí no me cuida la policía, me cuidan mis amigas”. En este cuento el reino del varón se ve en la figura del padre y también del dueño del sitio donde se alojan las mujeres, que viene a echarlas antes de tiempo. Me di cuenta de la fuerza que ellas tenían. Una fuerza que partía de que se podían contar las cosas, incluso las pesadillas, sabiendo que siempre una iba a escuchar a la otra. Los secretos de todas ellas son secretos  que se comparten; saben de los divorcios de cada una, de las dificultades… Y pueden pensar inteligentemente sobre todo lo que les ha pasado y les está pasando, sobre todas esas cosas oscuras que no desean que les ocurran a sus hijos. Las protagonistas de este relato pueden nombrar su horror en voz alta. Para mí es un cuento sobre el cuidado, dejando claro que son las amigas las que te quieren, las que te protegen y, sobre todo, las que te escuchan y te quieren sin exigirte todo el rato que cambies.

– El primer relato tiene un título que define muy bien la dirección que tomará el conjunto: Tripulación, puertas en manual, cross check, y reportar, y tiene como tema central el miedo a volar. El último, El arte de perder, es, creo, el más autobiográfico de todos, donde más te expones, porque se narra una mudanza, un estar entre dos ciudades, Lima y Buenos Aires, que es un poco tu situación.

– Sí, es un poco mi situación, por no decir mi situación total (risas). Para mí el primer cuento es siempre el que anuncia el libro y el último es el que deja ver ya el estilo que se viene, aunque todavía yo no lo tenga muy claro. El arte de perder para mí es un cuento sobre el amor, que tiene que ver de nuevo con el cuidado: el amigo que te ayuda a mudarte y que te dice: “Vete con lo necesario; como un Caronte hacia la vida. Cruza tu río con lo que tengas. Deja, bota, saca…” Aquí los amigos te empiezan a comprar cosas para ayudarte a cambiar, a marchar ligera a ese otro lado en el que ya tienes amores, relaciones rotas, plantas, hasta un perrito enterrado… 

– Me pregunto si te sientes un poco distinta en uno y otro lugar… ¿Eres la misma Katya en Lima y en Buenos Aires, tu escritura ha variado, tus narraciones han cambiado de algún modo ante un nuevo país y los descubrimientos que ello conlleva?

– Es evidente que cambiar el paisaje me ha modificado. Llevo en Buenos Aires seis años y debo decir que el paisaje que más me ha cambiado es el de la protesta social. Tuve que irme para considerarme un ser mucho más político del que era. Claro que veía las injusticias de mi propio país, pero en Perú está casi prohibido discutir de política en la mesa, no hay que pelear, porque existe esa cosa reconciliatoria a la fuerza… Ahora me he vuelto mucho más política, más crítica conmigo misma y con mis tibiezas. Y también debo decir que me cambió el agua dulce. Vivir ahora junto a un río es muy diferente que vivir junto al mar. Hay algo mucho más calmo, aunque se trate de un río tenebroso, oscuro, que arrastró los muertos de la dictadura; que tiene un oleaje que impide que los buques salgan. Es un río que parece mar, mientras que mi mar nunca parece río… Me pongo a pensar en cómo ha cambiado eso mi escritura y creo que la ha hecho un poco más dulce, como si yo me hubiera apaciguado. Hay algo que tiene que ver con mi propia rabia, que se apaciguó, pero eso no significa que me quiera reconciliar en todo momento. 

– Señalas que has descubierto un poco la reivindicación, la crítica, y, sin embargo, dices que te has apaciguado. Hay una cierta contradicción ahí… ¿Te refieres a que lo primero te ha ayudado a entenderte mejor, a sentirte más tranquila contigo misma?

– Sí, o a dejar de criticar la ambigüedad del otro y asumir mi propia ambigüedad. Por ejemplo, me quejo del turismo y yo soy una más. Respeto mucho el vegetarianismo, pero como carne… Entonces me planteo que no puedo exigirle al resto lo que yo tampoco cumplo. Todos hacemos lo que podemos, lo importante ahora es protegernos desde otro lugar… Pienso que mis libros son muy anacrónicos respecto al tiempo que habitamos. No hay mucho celular, no hay tablets, mis textos son muy analógicos en ese sentido. Cuando escribo quiero un mundo sin gadgets, que la gente se pierda, que en el reloj no te lleguen mails… Son mis pequeñas resistencias, esas éticas pequeñitas que trato de defender aunque a veces no pueda.

– En el tiempo que llevas en Argentina ha cambiado mucho la situación política, social, con la llegada de Milei al poder. ¿Cómo te asomas a esa realidad?

– Mira, como peruana que viene de años locos de neoliberalismo, lo que estoy viendo es la peruanización de Argentina. Lo veo en la entrega del territorio, de soberanía, en los discursos anticientíficos, en la apertura a Elon Musk… Argentina siempre se jactó, y en esto parecían coincidir todos los sectores, de la educación pública, de la salud pública, de su soberanía, del territorio patagónico para los mapuche… Y de pronto llega este tipo que dice: “Ya está, se acabó”, y que lo conduce todo, empezando por la economía, al desastre. Cuando se vaya va a dejar a unos diez millones de nuevos pobres. Estoy asistiendo a la desaparición de la clase media, que ya la hubo en Perú. Cada vez hay más familias enteras en la calle y más gente al costado de la línea de la pobreza; gente que se ha quedado sin trabajo de repente y te dice: “Disculpe, le voy a pedir limosna”. Pero, pese a todo esto, me gusta que la población salga a las calles. Cuando Milei dijo en Davos que homosexualidad era igual a pedofilia, la gente marchó. La deshumanización siempre empieza por el lenguaje y este tipo habilita los discursos de odio. Ya ha habido asesinatos de lesbianas y se ha empezado a normalizar lo de pegar al pobre en la calle, lo de prenderle fuego, el hecho de que alguien pueda morir de frío fuera del supermercado. Esto es demasiado cruel. No es manera de hacer política.

«En ARgentina Estoy asistiendo a la desaparición de la clase media, que ya la hubo en Perú. Cada vez hay más familias enteras en la calle, más gente al costado de la línea de la pobreza, que se ha quedado sin trabajo de repente y te dice: “Disculpe, le voy a pedir limosna”.

– Destacas el grito, la protesta social, pero esto no se resalta suficientemente en los medios de comunicación. 

– Así es, pero lo más importante es que se empieza a ver la solidaridad, la organización en los barrios para donar los colchones, la comida, para empezar a cuidarse. Esto es como lo que sucedió en el tiempo reciente de la pandemia. Acá el que se quiere vacunar primero no está salvando a nadie… ¿Por qué quieres tú salvarte si los demás están muriendo? Yo no puedo decir que a mí me va bien si cada dos minutos llaman a mi puerta para pedir comida, si el otro no está pudiendo comer. Pero, insisto: la solidaridad está ahí. Hay que tener mucho cuidado con la narrativa del mal que gana. Hay que tener mucho cuidado. Pareciera siempre que gana el mal porque tiene los medios. Las extremas derechas poseen mucho dinero para transmitir su discurso, para introducir las ideas del emprendimiento, del dinero fácil. No tengamos una falsa imagen de lo que sucede en Argentina ahora mismo. Las marchas son poderosas, de millones de personas, pero lo importante es que la cosa no termina ahí. Hay una red impresionante de circulación de afectos, de amor, de comida, de libros que se prestan, de fotocopias. Hay un no a la indiferencia, un aceptar que hay que conmoverse con la situación, porque todos, llegado un momento, seremos jubilados, que son los que más están sufriendo. Son ellos los que dicen: “Yo no tengo que ser gay para marchar por ti; tú no tienes que ser viejo para marchar por mí. Yo quizás nunca seré gay, pero tú sí que serás un jubilado…” (risas). Esta manera de pensar se está dando. Y a mí me agrada vivir en un país que es digno en ese sentido.

– En Perú también empieza a percibirse un despertar colectivo.

– Bueno, Perú marcha, pero desde las provincias sobre todo, porque son las que siempre tienen más muertos. Eso es terrible. Es duro lo que voy a decir, pero la realidad es que Lima sale a la calle cuando la muerte le toca directamente, o cuando se trata de su hambre. Es cierto que Perú está manifestándose, pero existe ese miedo a morir en las marchas. Siempre suele haber víctimas. La presidenta ha autorizado a los militares a salir a disparar. Eso está comprobado. Debería estar presa por crímenes de lesa humanidad, pero cogobierna con la extrema derecha de los fujimoristas y se protegen mutuamente. Es muy duro lo que está ocurriendo… Tú hablas con un argentino y sientes alguna esperanza, pero si lo haces con un peruano lo que percibes es desesperanza, no se ve la luz para salir de esto, no hay candidatos, no hay partidos ni líderes. Y esto provoca un grave desinterés por la política.

– La violencia entra en algunos de los relatos de Un nombre para tu isla. Lo hace no abruptamente, como si estuviera al acecho, en Un niño, o de forma brutal en Tal como está.

– Sí. En Un niño, hay un punto de luz, pero este otro que mencionas, que parte de una historia cercana que conocí, es brutal. Perú está atravesado por un sicariato terrible, el país está entregado a la delincuencia en muchos niveles y hemos perdido esa batalla. Por muy poco se manda matar a alguien y cuando hay un asalto con armas, aunque tú le entregues todo al asaltante, es probable que tampoco salves la vida. Esa violencia indiscriminada me asusta mucho. No pude evitar pensar en ella en este cuento, en esa violencia que nos atraviesa como peruanos, como latinoamericanos. Morir por tan poco…

«Hay que tener mucho cuidado con la narrativa del mal que gana. Pareciera siempre que gana el mal porque tiene los medios. Las extremas derechas poseen mucho dinero para transmitir su discurso, para introducir las ideas del emprendimiento, del dinero fácil».

– También aparece la desigualdad, se cuela en las conversaciones. El viaje permite a las amigas de Camalotes observar, comparar. Al ver las lujosas embarcaciones a su alrededor se preguntan: “¿Cómo alguien puede tener tanto dinero? ¿En qué trabaja esta gente?”,  y se responden: “Jodiendo a otro, no se me ocurre cómo si no”.

– (Risas) Sí. Totalmente. Además ellas son todas vendedoras y han trabajado en una empresa de telefonía atendiendo a los presos. Saben bien lo que es la desigualdad, lo que es venir de una clase y quizás acceder a otra, el tema del ascenso social… 

– En Un niño se aborda el tema de las infancias complicadas, no felices, un asunto que aparece en otros de tus libros. La infancia es un territorio que te inspira, que te preocupa.

– Sí. Este relato surgió de una vez que fui a la playa y vi a un chico, a un vendedor, que tenía un chupete, de los que llevan los bebés, agarrado a su cajita de mercancías. Me pareció un gesto muy tierno, muy materno. Creé primero al vendedor caminando por la playa, y ahí apareció este niño que no quiere volver a su casa, que no quiere irse del entorno de la playa, del mar, porque no lo cuidan, pero que se encuentra con alguien que resulta capaz de ejercer sobre él ese amor paterno. El tema de los niños me interesa, me gusta mucho. Los niños me parecen divertidos, sarcásticos, inteligentes, y si son educados con mucho amor solo van a dar amor.

– También está muy presente en tu recorrido el tema de la familia, por ejemplo en Geografía de la oscuridad, tu entrega anterior. Aquí aparece, sobre todo, en el relato Una buena por cada diez malas, protagonizado por una familia desestructurada (la madre, la hija, el hijo, de padre diferente, que se marcha). ¿Podría ser este cuento el puente entre este libro y los anteriores?

– Creo que sí, aunque con la diferencia de que aquí hay mucho sarcasmo. Creo que este libro en general ríe un poco más, y, aunque la familia y la infancia aparecen, mi foco está en las otras familias, los otros afectos, las relaciones, los vínculos, los amigos, las hermandades, las sororidades… Y, por otro lado, es un  cuento que me parece divertido porque también tiene que ver con la expectativa de una madre que quiere obtener la fama a costa de un hijo y no lo consigue.

– Parece evidente que Un nombre para tu isla supone un punto de inflexión, una ruptura, un camino hacia otra cosa…

– Sí. Geografía de la oscuridad se componía de 16 cuentos, mucho más breves, y muy centrados en la prosa, en la manera de hablar. Aquí también he cuidado el lenguaje, pero son solo siete cuentos, que de pronto se me iban haciendo largos y en los que hacía hablar mucho a la gente, algo que, tratándose de mí, es raro y novedoso. Estos cuentos son muy hablados y tuve que esforzarme para dejar claro quién está diciendo qué. A veces, a propósito, dejo una mínima ambigüedad para que no se sepa bien quién dice las cosas. Pienso que la vida es así. Nos interrumpimos cuando hablamos, no hacemos monólogos, tenemos que volver al otro todo el tiempo. En mis talleres suelo animar a la gente a que escriba sin guiones, porque uno nunca dice: “espera, que ahora le toca hablar a este, espera”…  Ese no guión lo tienen en común todos los cuentos de este libro. Me gusta el esfuerzo que implica dejar claro de quién es la voz. Es como un reto que pone un punto más de dificultad. 

«Aunque la familia y la infancia aparecen en «Un nombre para tu isla», mi foco está en las otras familias, los otros afectos, las relaciones, los vínculos, los amigos, las hermandades, las sororidades».

– Volviendo a este relato, debo decirte que me ha resultado muy inspiradora la idea de la chica protagonista, que trabaja en un medio de comunicación y se plantea que por cada diez noticias malas debe meter una buena. Es algo en lo que pienso mucho. ¿Por qué se cuenta todo lo terrible y no lo bueno, que también tiene que estar acaeciendo en el mundo? Antes, al hablar de Argentina, te referías a ello: “No nos dejemos llevar por la narrativa del mal que gana”.

– Sí. Yo trabajé muchos años en un canal de noticias de 24 horas, que en su día estuvo muy bien y que siempre tenía un apartado de miscelánea, donde se contaban otro tipo de cosas: anécdotas, celebraciones… Y me acuerdo de lo lindo que era editar esas noticias, encontrarte con ellas cuando acababas de salir de un tema duro, sobre los decapitados en Irak, por ejemplo. A mí eso me aliviaba mucho y quise traerlo a este cuento. Una buena noticia puede hacer que tu día empiece mejor. El cuento que mencionas contiene esta idea, a través de esa hija que quiere transmitir un poco de alegría de vez en cuando como periodista. 

– El interés humano casi ha desaparecido de la información.

– Así es. Y también lo que sucede el día después. El día después de la catástrofe, del incendio. Pasamos muy rápidamente de casilla. Hay algo ahí que se queda vacío. Ponemos el foco en el fuego vivo y no en la ceniza, que también puede traer vida. 

– Vuelvo a la frase: “Si hay luz hay sombra, si hay sombra es porque hay luz”, que aparece precisamente en esta historia y es clave, como ya comentábamos, en un libro lleno de claroscuros.

– Sí. Antes de escribir este libro estaba leyendo a John Berger y sus estudios de la luz, del dibujo. Él dice que cuando dibujas tu mano no se desprende del papel, como también sucede en la escritura, y habla de las sombras. Siempre me ha interesado mucho el otro lado de las cosas, probar las amistades, probar los vínculos… Mi escritura se está dirigiendo hacia la luminosidad. En este libro hay un solo cuento violento por seis con focos de luz. Es como si yo también quisiera cumplir con el plan de mi protagonista respecto a las noticias.

– Hay otra clave que aparece en el primer relato y que tiene que ver con la escritura como una manera de intercambiar las verdades y las mentiras. La narradora señala. “Una amiga dice que me gusta la mentira, por eso trabajo en cosmética”.

– Totalmente. Es otro cuento que también tiene algo de mis propias experiencias, porque trabajé nueve años escribiendo sobre productos de belleza. Pasé del mundo de las noticias periodísticas, muy duro, a esto tan distinto. Y la verdad es que me hizo bien. Me hizo bien pasar de la crueldad a esa cierta forma de banalidad. Entendí que eso era escribir, poder hacerlo de una cosa y de otra. En cuanto a lo que comentas, sí. Se trata de darle la vuelta a los acontecimientos, a las circunstancias. Lo interesante no es nunca que algo haya sucedido, sino cómo lo has transformado en otra cosa, cómo lo cuentas, cómo haces que sea interesante e importante al mismo tiempo. Recuerdo que cuando era chica escribía con limón, porque cuando lo planchas aparece el mensaje. A mí me encantaba entregar un papel con frases secretas, que había que poner en caliente para que pudieran ser vistas. Para mí la escritura es, en cierto modo, como escribir con limón y planchar. Vas mostrando cosas que quizás estaban medio ocultas y tú las has ido iluminando de alguna manera, pero el otro las tiene que planchar. Tú pones el limón y debe haber alguien que sepa poner la plancha.

– ¿Referencias, inspiraciones? ¿Hay lecturas que han podido influir de algún modo en Un nombre para tu isla?  

– Aunque estamos en las antípodas en cuanto a nuestros temas de escritura, hay un autor peruano, Cronwell Jara, que tiene un relato largo que se llama Montacerdos, que cuenta la historia de Yococo, un niño que monta un chancho en una barriada. Se trata de un texto sobre la crueldad de Lima hacia sus migrantes, pero también funciona como si hubieran destapado una gaseosa y saliera una espuma altísima de lenguaje. No conozco al autor en persona, pero siempre estoy escribiendo sobre su relato o recomendándolo. Él me ha mostrado la importancia del lenguaje al servicio de la narración. Y, ya más concretamente refiriéndome a Un nombre para tu isla, hay otras autoras que me han ayudado: Joy Williams y Amy Hempel. La primera, que siempre mete bichos, animales, insectos, también plantas en sus historias, está muy preocupada por los diálogos, por hacer pensar a sus personajes, por crear atmósferas muy sólidas, mientras que la segunda es cínica y se ríe muchísimo. En el tiempo en que escribí estos relatos leí mucho a estas autoras y volví a Montacerdos… Yo soy muy de leer cuentos, incluso cuando escribo novelas leo cuentos. Los cuentos me generan una especie de euforia de corazón.

– ¿Cómo es ese proceso en el que la escritura y la lectura se encuentran?

– No es que yo lea a propósito para escribir tal o cual libro, la verdad es que nunca investigo para mis libros, pero sin querer se me va armando un sistema y termino leyendo cosas que tienen que ver con aquello con lo que estoy trabajando. Nunca es nuevo lo que escribimos, siempre estamos dialogando con quien ya lo escribió antes. Solo hacemos reescrituras de textos que ya existen… Como imparto talleres, sé que los problemas que tiene alguien que empieza a escribir son los mismos que sigo teniendo yo ahora. Mi trabajo de medium consiste en ir destrabando esos problemas. Leo a gente que admiro porque crea cosas muy complejas, muy profundas y a la vez muy ligeras. Para mí escribir tiene que ver también con eso, con ir sopesando la profundidad con la banalidad.

Un nombre para tu isla ha sido publicado por la editorial Páginas de Espuma.


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