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Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
La lectura debería ser un motivo de celebración. Leemos para no sentirnos solos o para sentirnos verdaderamente solos. Y para salir de los libros un poco diferentes, con algo de vida a cuestas. Pero la actualidad nos sigue jodiendo. Es una costumbre casi hablar sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y no entender nada. Repetir lo fragmentado que lo vemos todo en las redes y no entender nada. Asistir como observadores a una actualidad que se destruye y se renueva a gran velocidad. Sigue muriendo gente en Gaza, siguen los países europeos (y España) siendo cómplices con la compra de armamento al gobierno israelí, siguen los sionistas considerando a los palestinos como unas bestias a las que hay que exterminar.
No podemos quedarnos impasibles, pero lo hacemos. Y Trump presidente. Y la DANA (depresión aislada en niveles altos). Y el cambio climático. Y las responsabilidades políticas. Y gente valiosa como la experta en Derecho Internacional e investigadora del cambio climático, Karla Zambrano, despertando las conciencias sobre el tema. Esa es la actualidad a día de hoy. Y muchas más cosas.
La biblioteca en la que trabajo me parece, a ciertas horas de la tarde, un lugar luminoso y perturbador. Los estudiantes entran y salen con una parsimonia nerviosa. Y yo pienso en que intentaré recomendar alguna lectura. Comienzo con Orner. Peter Orner y sus libros de no ficción, sobre la lectura y la escritura, me han devuelto la esperanza en el ser humano. La ambigüedad de estar vivo y de no tener certezas. El autor habla de sí mismo a través de los libros que ha leído. Yo hago lo mismo con las películas que he visto. Siempre (o casi siempre) que me ocurre algo lo comparo con alguna situación fílmica. Orner tiene una biblioteca en el garaje y con eso también me identifico. En mi caso ha sido porque me he mudado hace unos meses a la casa materna y no tengo espacio en la vivienda. También tengo muchos en cajas. Creo que mi estancia aquí es algo temporal y vivir en esa provisionalidad me crea cierta incertidumbre y desasosiego.
Un día abrí unas cuantas cajas y rellené con su contenido un par de estanterías metálicas. Desde entonces me recluyo de vez en cuando en el garaje para leer, picotear y recordar en qué momento adquirí tal o cual libro, si fue un regalo, si lo compré, con quién estaba en ese momento, quién me había dejado, a quién había dejado yo, dónde trabajaba, si estaba estudiando, si aún estaba escribiendo mi primera novela, etcétera. Orner hace algo parecido, pero con las situaciones y los personajes de las historias que ha leído. La ficción le ayuda a ordenar sus recuerdos y a enmarcarlos en un referente literario y vital, le ayuda a explicarse a sí mismo porque se compara con el que fue y con el que es ahora y con ese personaje que aparece en algún cuento de Cheever, o de Chejov, o de Jean Rhys.

Sobre Jean Rhys (que en realidad era un seudónimo, se llamaba Ella Gwendolen y nació en Dominica en 1890), Orner, cuenta algo acerca de su relación con Ford Madox Ford, quien, en un prólogo a una novela de la autora, no para de hablar de sí mismo. Me parece que es al final cuando le dedica un pequeño elogio. Me leo en estos días El ancho mar de los Sargazos, la novela de Rhys publicada en 1966, cuando la autora tenía 76 años, después de pasar varias décadas sin escribir nada. Con esta novela, que es una especie de precuela muy libre de Jane Eyre, Rhys salta a la fama. No dejo de pensar que me recuerda algo a la novela de género y la comparo con La riada de la saga Blackwater, de Michael McDowell, que este año ha publicado en castellano Blackie Books.
Rhys, nos habla de la primera mujer de un hacendado británico, el señor Rochester, de su infancia en las Antillas, la relación con su madre, con la magia negra y el origen de su supuesta locura. Es como si hiciera perspectiva de género con algo de temática poscolonial, novela gótica y decimonónica (Maydeu en un artículo publicado en 2010 en “Letras Libres” habla de que la obra es un pastiche que revisa la novela victoriana, cargada de ironía y con un punto de vista fragmentado). Ambiente perturbador, psicología de personajes femeninos atormentados por el aislamiento y el abandono.
Me quedo con la que para mí es una de las mejores frases que he leído nunca: “Estábamos solos en el lugar más bello del mundo”. Podría ser Canarias hace unos años. Antes de la masificación, etcétera. Y pienso que podría ser el título de una novela. Siempre he creído que se me ha dado bien titular o subtitular. Otra cosa es avanzar. Crear una novela a partir de un título debería ser una excusa maravillosa. A veces cuesta encontrar la conexión con el título en las obras que leemos. Otras veces, está claro desde el principio, como en la novela de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Volviendo a Rhys, la comparación con La riada (una historia muy entretenida, de corte fantástico y gótico) me parece lícita hasta un punto, porque Rhys construye personajes (sobre todo uno) que está bastante cerca de un personaje de novela de terror o de intriga y a eso ayuda su tratamiento psicológico.
Madox Ford (leo en Orner) le recomendaba que tenía que poner más descripciones geográficas porque sus narraciones eran esqueléticas como ella (los hombres siempre dando consejos paternalistas y ridículos). Un consejo que, afortunadamente, la escritora ignoró por completo. En su caso, el ambiente funciona como un contexto de la psicología perturbada de la protagonista. Intento ser preciso y siempre me cuesta. Intento poner mis pensamientos por escrito, mientras tecleo con algo de ansiedad porque llego tarde a una cita conmigo mismo (siempre llego tarde) e intento expresar que los personajes de la novela de McDowell son más planos que los de Rhys. Me parece un juicio injusto, pero, por momentos lo he percibido así. Leyendo La riada veía al personaje “femenino” como una criatura terrorífica que oculta un gran secreto y al leer a Rhys me encuentro con una mujer atormentada porque su niña interna no ha logrado escapar del incendio de su infancia. Veo algo más de complejidad psicológica en la segunda. Pero están igual de logrados las dos figuras.

El idilio que tiene Peter Orner con los libros me hace recordar a John Cusak (a su personaje) en la película de Stephen Frears, Alta fidelidad. Esta película la he vuelto a ver en Filmin, después de mil años. Cuando se estrenó, allá por el dos mil, estuve viéndola media vida. Me sabía los diálogos y los temas de la banda sonora. Recuerdo un tema que me costó encontrar. Es el que suena mientras el protagonista está deprimido en un piano bar. Hay un cantante, Liam Hayes, (autor real) que está interpretando el tema en concreto (Soaring and boring). El protagonista interpela a la audiencia y mira a la cámara, rompiendo eso que en teatro se llama la cuarta pared. El joven Cusak está amargado porque le ha dejado la novia. Pronto descubriremos que es un adolescente grande, tiene una tienda de discos y se pasa los días con sus empleados que son tan snobs como él. Piensa en el fondo que es un incomprendido y cada vez que tiene ocasión se victimiza un poco.
También descubrimos que su novia quería ayudarle a evolucionar (o lo que ella considera que es evolucionar). Se trata de una pareja desigual (ella es un poco más ambiciosa). Él se siente traicionado cuando, en realidad, es quien ha traicionado la confianza de ella. Cuando la vi por primera vez me identificaba mucho con el personaje masculino (yo tenía 20 años), ahora que la he vuelto a ver (con 45), me identifico más con la protagonista femenina. Aunque yo lo hubiera resuelto de otra manera (me callo para no hacer spoiler).
Volviendo al hilo de este artículo, hay un momento en el que Cusak está ordenando sus vinilos y uno de sus empleados lo viene a buscar para ir a un pub. Cusak le dice que no le apetece (está removiendo su pasado emocional y se siente bastante deprimido) porque se va a quedar en casa ordenando su discoteca. Cuando el empleado le pregunta cuál es el criterio de ordenación, Cusak le dice que no es ni cronológico ni alfabético. Es autobiográfico, le dice. Y ahí estamos otra vez. El empleado se queda patidifuso. Cusak (su personaje) le dice que puede recordar la estantería en la que se encuentra el disco de Fleetwood Mac porque fue en la primavera del año 83 (me lo estoy inventando) cuando lo compró para hacer un regalo que al final decidió no hacer. Con eso me identifico (casi). Puedo recordar casi cualquier libro que tengo (no su orden, la mudanza me ha destrozado eso) a través de lo que viví o estaba viviendo mientras me lo leía, me lo regalaron o me lo compré.

Puedo visualizar qué estaba estudiando entonces, dónde me encontraba cuando hacía comentarios entusiasmados con algún amigo, quién me lo regaló y en qué contexto fue, etcétera. Pues bueno, Orner es un maestro en hacer que la literatura y su lectura no sea algo distante y difícil. Lo integra totalmente en sus vivencias y en sus recuerdos. Y si se encuentra en mitad de la calle y se acuerda de algún personaje o de alguna frase de algún cuento, o de alguna anécdota de alguna escritora, se lanza corriendo al garaje a buscar el ejemplar que le ha venido a la memoria.
El Orner que yo he leído es más analógico que digital. No tiene libro electrónico y tira de su memoria para hablar de sus lecturas. Lo genuino de sus interpretaciones que no parecen nada impostadas, es precisamente el trazo vital, empírico y personal que hay en cada uno de esos textos que componen los dos libros de no ficción que la editorial Chai Editora ha sacado en estos últimos años. Recopilación de textos sobre otros textos, interpretaciones, lecturas, vida… Los libros son: ¿Hay alguien ahí?: Apuntes sobre vivir para leer y leer para vivir (2020). Y Sigo sin saber de ti (2023).
Leyendo La otra Sonia, de Sonia García Soubriet (Anagrama, 1987), me doy cuenta de que mi tema favorito es la autoficción. Hace unas semanas me leí el libro de Manuel Alberca, El pacto ambiguo (El Toro Celeste, 2024), que trata precisamente sobre la autoficción y su presencia en la literatura española de las últimas décadas. A Soubriet la conocí ahí. Este libro suyo tiene tan solo 101 páginas. Podría ser una novela corta o un cuento largo; aunque en realidad es una colección de postales impresionistas sobre la Sonia niña, mientras que la otra Sonia es esa excusa maravillosa que plantea la autora para hablar de ella misma acudiendo a su pasado.
Diríamos que ya desde El lazarillo de Tormes se practica algo parecido. Tenemos a Proust ahí, siempre marcando la diferencia (por cierto, ha salido una nueva traducción de En busca del tiempo perdido, al menos el primer volumen, Por el camino de Swann, editado por Alfaguara, y traducido por Mercedes López-Ballesteros) con su saga de la memoria. Y a Anthony Powell (al que se llamó el Proust británico) con Una danza para la música del tiempo. Del sabor de un trozo de magdalena mojada en té, Proust (su personaje, su protagonista y su narrador) construye, a través de la memoria involuntaria (que explicaba el filósofo Bergson como aquello a lo que accedemos sin querer y que nos invade por completo, a partir de un olor o un sabor), el mecanismo perfecto para convocar a la memoria biográfica y ficticia de una vida entera.

Pero siempre partimos de un Paraíso perdido. Con Sonia también sucede, la otra ella vive en un paraíso sin percibirlo del todo. La conciencia de la narradora y de la autora hacen que veamos a esa otra Sonia siendo, simplemente siendo. Es la magia, creo yo, de la ficción. En mi narcisismo recurrente y aburrido, podría titular esta crónica como “Los tres Óscars”; El que escribe, el que narra y el que protagoniza la historia, y los tres serían distintos y muy parecidos. Ahí radica la belleza de la autoficción, porque no es ni una autobiografía, ni una novela autobiográfica, más bien se mantiene (y aquí habla Alberca) estableciendo un pacto ambiguo entre el autor y el lector, a medio camino entre el pacto autobiográfico y el pacto novelesco.
Alberca homenajea con el título la obra ya clásica de Philippe Lejeune, Le pacte autobiographique (1975). El primero que utilizó el concepto de autoficción como tal fue el escritor francés Serge Doubrovsky en 1977, para definir su novela Hijos, pero la autoficción se ha practicado (sin ser conceptualizada) durante siglos. El yo que se identifica con el autor y que al mismo tiempo es otro, hace –desde mi punto de vista– que la narración necesite de elementos que acerquen quizás el texto a otra dimensión, más verdadera, aunque inventada, a través de elementos externos que pone el lector. Este se convierte en detective e intenta discernir lo que es verdad de lo que es pura ficción, y ahí está la trampa, creo, porque la verdad, muchas veces, se construye con algo de ficción, y viceversa. Tal vez simplemente sea un juego entre el autor, la obra, su vida y el lector. La otra Sonia se construye así a través de recuerdos que tienen un pequeño desarrollo y una importancia en la educación sentimental de la protagonista. El descubrimiento de la muerte y de la finitud del tiempo son claves en esa memoria.
Quizás recordamos porque sabemos que vamos a morir, o quizás el recuerdo nos acerca a la muerte de una manera más consciente. En cualquier caso, la actualidad caduca. En Los hijos del limo de Octavio Paz se habla sobre la temporalidad lineal en la edad moderna, en contraste con la medieval, en la que la temporalidad es circular o cíclica. En ese sentido la actualidad es un tiempo no lineal que avanza y se autodestruye. Nos acerca y nos aleja del presente. La Historia acelerada. Por eso me refugio en la ficción. Aunque creo que la buena ficción hace que te preguntes cosas acerca de la actualidad. Me imagino cruzando la calle, en busca de algún libro (tipo Orner) para explicarme alguna duda que me atraviesa al ver tanta DANA y desesperación; tanta instrumentalización política de los hechos, e interpretación de esos hechos. ¿Es la autoficción una manera de acercarse al mundo y modificarlo o al menos proponer alternativas, alejarse de los adoctrinamientos y de las certezas férreas?
Convocar un refugio humano, me digo, es lo que logra Orner. Pero un refugio humano con otras lecturas y gente con las que compartir. Y también pienso en lo que ocurre en las islas, en cómo la gestión política está destruyendo el ecosistema (Cuna del alma en Adeje es un claro ejemplo). Y cómo los alquileres y su subida criminal, hace que me pregunte tantas cosas sobre la actualidad y sobre mí mismo. Me invento un yo muy parecido a mí, que interactúa en ese refugio y discute para ser mejor o para ser diferente, e intenta explicarse el hecho de que estar solo ante la actualidad y los libros es un punto de vista crítico o al menos humano. La autoficción se prolonga durante días así. Y encima afuera llueve.

Todos estos son, o podrían ser, argumentos para una vida (o no). Termino esta serie de recomendaciones irregulares con La novia grulla de CJ Hauser, que me hace recordar (igual que Orner) que no estamos solos en eso de intentar explicarnos a través de la escritura y de la cultura. Hauser habla de su feminidad y de la búsqueda de identidad. Debería leer Dysphoria mundi (a lo mejor ya lo hizo) de Paul B. Preciado, creo que le encantaría.
CJ Hauser nos habla de cómo se ha equivocado eligiendo hombres que tenía que salvar todo el rato porque no eran responsables (emocionalmente hablando). Unos adolescentes grandes como el Cusak de Alta fidelidad (que antes de ser una peli fue un libro de Nick Hornby y que también recomiendo). Y cómo fue descubriendo (CJ Hauser) que ella tampoco había practicado la responsabilidad afectiva y que se había movido en dinámicas tóxicas consigo misma (esa es la mejor parte para mí, la más humana). Le cuesta aceptar su bisexualidad, su identidad anfibia y no binaria, pero lo logra y nos lo muestra a través de sus recuerdos y con esa grulla que aparece en el cuento japonés tradicional, incrustado cerca de la página cien de la edición de Libros del Asteroide, que dio título a un artículo publicado en la revista “The Paris Review” y que fue la razón, tras su éxito descomunal, por la que decidió sacar un libro con textos, ensayos y relatos que giraban en torno a su vida y a la idea del autodescubrimiento y aceptación de sí misma.
La grulla en cuestión se quita las plumas para ser aceptada (como ha ocurrido siempre o casi siempre con las mujeres, que deben ser otras para ser admiradas y deseadas y valoradas), ella (CJ Hauser), en cambio, descubre que debe ponerse las plumas para aceptarse a sí misma, a pesar de no cumplir con los requisitos de la mirada propia del heteropatriarcado (o quizás, precisamente por eso) y lo consigue. Integra lo vivido a través de la música, el cine y los libros y nos da una lección de estilo y de vida.
La lectura debería ser motivo de celebración. Acudir con un libro en la cabeza y ser mejor que el libro, ser un poco ridículo y humano, e imperfecto (aunque la actualidad nos siga jodiendo). Pero no es una actualidad nueva, ya en su momento Dostoievski se refería a algo que nos puede sonar un poco. En La última palabra de la civilización, uno de los textos que componen su Diario de un escritor (en traducción de Cansinos Assens), habla de que la misma civilización que trajo el fin de la esclavitud está consintiendo el exterminio de un pueblo entero (¿les suena?) y empieza así: “Sí, en Europa se está incubando algo inevitable. La cuestión de Oriente se complica, sube como una marea y es posible que acabe anegándolo todo, de modo que todo amor a la paz, todo buen sentido, toda firme resolución de no atizar la guerra resulten ineficaces con el envite de las circunstancias.” ¿Qué ocurre con esas circunstancias? ¿Son tan inevitables? ¿Lo son hoy en día? Me toca cerrar la biblioteca, se ha hecho de noche y llego tarde. Feliz lectura a todas. Y mejor vida a cuestas.









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